domingo, 5 de abril de 2026

el blanco restalla: castellari recuerda

 

Publicado previamente en La Abadía de Berzano

Lo malo de las memorias de Enzo G. Castellari es que hay que comprarle el pack completo. Anécdotas jugosas sin tasa, cero autocrítica.

Publicadas en Italia en 2016 por Bloodbuster, sus más de seiscientas páginas van desgranado una vida dedicada al cine. No es de extrañar que la cosa arranque en un plató, el de Campo de’ Fiori (Mario Bonnard, 1943), cuyo argumento ha escrito su padre, Marino Girolami. En Cinecittà, con cuatro o cinco años, aprende que “el blanco restalla”: en italiano, un polisémico il bianco spara, que utiliza como título de su autobiografía. La frase se refiere a la necesidad de utilizar el amarillo en lugar del color blanco puro en la fotografía en blanco y negro. O sea, la mentira del cine que Castellari convertirá en verdad incontrovertible a lo largo de una treintena de títulos, gracias a su dominio de la economía productiva, el manejo de equipos, el montaje, la sonorización, el ritmo musical y las ocurrencias geniales. Todo ello al servicio de la acción y el movimiento. De ahí que destaque en todos los géneros populares desde mediados de los sesenta. Por orden de aparición: el western alla’italiana, el cine bélico con repartos internacionales, el thriller, la comedia grotesca, el poliziesco, el cine de aventuras, el de catástrofes con monstruo, el terror, el postatómico, los pseudo-Rambos y los “grandes relatos” televisivos.

Formado en las producciones de su padre, en la Escuela de Bellas Artes y en los gimnasios romanos, Castellari practica desde el principio un “cine macho” con la complicidad de Tito Carpi como guionista, Gianfranco Amicucci a la moviola, los especialistas Rocco Lerro, Romano Puppo y Claudio Pacifico, Giovanni Bergamini, Alejandro Ulloa tras la cámara y Emilio del Río con sus maquetas. Entre los intérpretes, su hermano Enio Girolami, Fabio Testi, el español Leo Anchóriz y, por supuesto, Franco Nero, que escribe el prólogo de una autobiografía en la que su mujer, la montadora Mirella Casini, ocupa un lugar no siempre cómodo. No así, su padre, Marino Girolami, que desaparece de la crónica inopinadamente tras la etapa de formación.

Vado... l’ammazzo e torno (Voy, lo mato y vuelvo, 1967), La polizia incrimina, la legge assolve (La policía detiene, la ley juzga, 1973), Il cittadino si ribella (El ciudadano se rebela, 1974), Keoma (Keoma, 1976) y Quel maledetto treno blindato (Aquel maldito tren blindado, 1977) son algunos de los hitos en una carrera que, según el relato de Castellari, aúna rodajes plenos de diversión y hallazgos, montaje en el mismo set con la película lista apenas una semana después de terminada la filmación, pases privados que arrancan el entusiasmo de los compradores internacionales, la admiración de ilustres colegas foráneos y estrenos multitudinarios en los que no cabe un alfiler. Todo ello teniendo en cuenta que los presupuestos no pueden ser más cicateros y que los productores no siempre juegan limpio.

En Keoma decide empezar la producción sin libreto porque los guionistas contratados no han incorporado los cambios que Franco Nero y él demandan. No importa. Adiós, guión. Cada mañana, Castellari se basta con unas localizaciones destartaladas, su propia habilidad para componer encuadres memorables, el entusiasmo del protagonista, el equipo habitual de especialistas y su capacidad de improvisación.

Tampoco importa que 1990 I guerrieri del Bronx (1990 Los guerreros del Bronx, 1982) sea un cóctel de The Warriors (Los amos de la noche, Walter Hill, 1979), Mad Max (Mad Max, salvajes de autopista, George Miller, 1997) y Escape from New York (1997 Rescate en Nueva York, John Carpenter, 1981) protagonizado por un chaval de diecisiete años al que Castellari saca directamente del gimnasio. Su éxito provoca el rodaje inmediato de dos secuelas que terminan constituyendo la “trilogía del Bronx”.

Esta destreza para fagocitar cualquier tendencia le pasará factura en L’ultimo squalo, (Tiburón 3, 1981), secuela apócrifa de la serie inaugurada por Steven Spielberg. Está en Los Ángeles disfrutando de las mieles del éxito y de que los productores se lo rifen cuando Universal denuncia la cinta italiana por plagio y consigue la retirada cautelar de todas las salas cuando ya había acumulado veinte millones de dólares. Castellari se muestra primero perplejo y luego indignado. Viaja a Australia con intención de darle allí la vuelta a la sentencia, pero regresa a Italia con un jet lag de aúpa y el rabo entre las piernas, echando la culpa a guionistas, productores, abogados y a la rapacidad de las majors estadounidenses.

Una última anécdota para completar el cuadro. Barbara Steele, dedicada a la producción a principios de los ochenta, lo contrata para interpretar a Mussolini en la serie televisiva The Winds of War (Vientos de guerra, Dan Curtis, 1983). Son sólo dos sesiones de trabajo, pero una de ellas la comparte con Robert Mitchum y tiene ocasión de cruzarse con Ali MacGraw. Consigue que le paguen treinta mil dólares por cada una de las dos jornadas de trabajo, en las que recita sus diálogos en italiano y en inglés. Atribuye a la envidia que algunos compañeros digan que ha nacido para interpretar el papel del Duce.

El estilo directo de Castellari no deja lugar a la reflexión: hay aliados o enemigos, mitomanía para con el Hollywood clásico del que se nutrirán algunos de sus repartos, “hondonadas de hostias” con unos boches borrachos y bellísimas actrices que le tiran los tejos apenas se cruzan con él. También alianzas inesperadas con malotes que te pueden joder un rodaje que se desarrolla con técnicas de guerrilla y presupuestos de calderilla.

Esta ausencia de reflexión le/nos impide profundizar en la estrategia de recambio de filones subgenéricos que dominan el cine italiano de los años setenta e, incluso, le permite realizar sin grandes sobresaltos la transición a los ochenta con un modelo productivo en plena crisis por la irrupción de las televisiones privadas —con la poderosa Mediaset berlusconiana al frente— y la progresiva desaparición de las salas de barrio en las que las películas de Castellari tienen su más fiel nicho de espectadores. 
Tras el rodaje de Tuareg / Tuareg (1985), adaptación de la novela de Alberto Vázquez Figueroa que coproduce por España el veterano Vicente Escrivá, Castellari entra en una espiral de series para una televisión que aborrece con toda su alma y producciones en países exóticos —Jamaica, Santo Domingo, Isla Margarita...— sin industria cinematográfica. Los presupuestos menguan aún más y le arrebatan la posibilidad de montar el material que ha rodado. La única película que escapa a este esquema es Jonathan degli orsi / Dzhonatan, drug medvedey (Jonathan de los osos, 1994), un western rodado en Rusia tras la disolución de la Unión Soviética. Lo único que le salva de una jubilación forzosa son las clases que imparte en la NUCT, la escuela de cine que Giuseppe Di Palma gestiona en Cinecittà.

Además, tras la firma de un acuerdo para iniciar un proyecto análogo en la Ciudad de la Luz, da clases también en Alicante, aunque el asunto termine en los tribunales. Cosas de Di Palma, no de Castellari, que ha encontrado un último acto espectacular para su biografía cuando Quentin Tarantino ha proclamado que sus Inglourious Basterds (Malditos bastardos, 2009) se lo deben todo a Castellari.

Viajes a California, homenajes en Venecia —y en Sitges, por qué no—, baños de multitudes, cameos... la oportunidad de acabar con una chulería que no le ha abandonado ni en sus momentos más bajos.

Por último, un par de apuntes sobre la edición de Applehead: traducción correcta de Santiago Alonso, aunque no queda del todo claro el criterio con el que se traducen los títulos de las películas; un apéndice filmográfico con el original, el de estreno en España y el año de producción no habría estado de más. Por otra parte, la encuadernación resulta demasiado precaria para un volumen con el grosor de este, corriendo el riesgo de que al leerlo algunas páginas del texto acaben sueltas y despegadas del lomo.

Enzo G. Castellari:
El cineasta se rebela (Autobiografía)
Applehead Team Creaciones, 2023.
Traducción: Santiago Alonso.

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