domingo, 14 de enero de 2018

cine al ciclostil (9)


Cuatro versiones idiomáticas

A principios de 1931, algunos meses después de que Neville concluya el rodaje de El presidio, el reputado Paul Fejos se hace cargo de las versiones en alemán y francés. Menschenh inter Gittern, la alemana, está protagonizada por Heinrich George (Butch) y Gustav Diessl (Morgan, llamado en esta ocasión Morris). Una fotografía de rodaje muestra al físico Albert Einstein posando junto a ellos en el decorado del patio de la prisión. Algún comentarista de la obra de Fejos ha apuntado que ésta sería mejor película que la francoparlante, pero no lo hemos podido comprobar:
Rodada en doce días, la versión francesa de The Big House está considerada como uno de los grandes logros de los principios del sonoro, (…) pero la versión alemana era probablemente superior.
En los títulos de crédito de la francesa figura el título Big House, sin el artículo, pero en Francia se estrena como Révolte dans la prison. En principio, se iba a hacer cargo de ella Jacques Feyder, importado a Los Ángeles en 1928 para dirigir la última cinta silente de Greta Garbo —The Kiss (1928)—, pero debe renunciar para atender otros encargos. Él y Françoise Rosay se convierten en los anfitriones de la colonia francesa en Hollywood y prácticamente todo el reparto de la película pasa por su casa: Charles Boyer, Mona Goya, Rolla Norman, André Berley…

Brutal, con resabios escénicos, el Butch de Berley resulta el menos matizado del lote. El actor interviene a lo largo de once meses en seis multiversiones más de M-G-M. Como Landa, ha sustituido a Ed Brophy en una comedia de Keaton. Al regresar a Francia se declara decidido partidario del cinematógrafo y afirma que el medio requiere del intérprete “una gran fuerza de voluntad para exteriorizar sus sentimientos ante una hilera de focos y un micrófono por todo público”.
    
Pero no hay duda de que la estrella de Révolte dans la prison es Charles Boyer, en el papel de Morgan. La crítica gala se rendirá ante él:
La voz cálida, vibrante de Boyer llega lejos. Se mete a la perfección en la piel de su personaje.Sin duda ha tenido que distorsionar el papel que encarnaba en la versión original Chester Morris. Boyer lo reviste de una cierta nobleza que este actor increíble no había logrado imprimir a su interpretación. No hay nada de enigmático en Boyer, nada de simplemente criminal, pero resulta sólido, fuerte, una mezcla de distinción y decisión.    
Frente a la firmeza y energía de Chester Morris y la virilidad un poco chuleta de José Crespo, Boyer ofrece un héroe romántico sin ambigüedad. Su mirada vaga soñadora por otros mundos mientras conversa con Butch y apenas la fija en Anne durante la despedida, como si ella no fuera más que un espejo en el que se reflejara su melancolía.

En cambio, André Burgère interpreta a un Kent —apellidado Harvey, en lugar de Marlowe— a medio camino entre el amateurismo de Tito Davison y la pulsión estelar de Robert Montgomery, con unos ojos desmesuradamente abiertos que no dejan de recordarnos a los de Peter Lorre. Paul Fejos le ofrece instantes de introspección psicológica ajenos a cualquiera de las otras versiones, como en la breve escena en que el nuevo recluso se pone el uniforme de presidiario. Mientras en la anglófona y la hispanoparlante se trata de un mero plano de transición, Fejos coloca al guardia fuera de la habitación y hace que el actor mire con melancolía la ropa de civil que deja atrás. Además, cuando abandona la estancia sigue a ambos en panorámica ante un muro sobre el que se proyectan las sombras de la reja, en una composición de fuerte contenido simbólico más propio del modelo europeo que de la funcional puesta en escena de Hollywood, donde estas gollerías se dan con cuentagotas.    

Más significativo es aún es el momento en que, al entrar en la galería con paso de autómata, el encuadre privilegie su mirada al guardia que echa el cerrojo. Ahora es sólo una puerta más que se cierra entre él y la libertad, pero agarrado a este mecanismo morirá cosido a balazos al final de la cinta. El subrayado se refuerza mediante un reencuadre que muestra la rueda girando inútilmente y que, de nuevo, sólo está presente en la versión francesa.

También llama la atención la diferencia en la composición del plano previo a la ejecución de Wallace: mucho más frontal y apenas enfático en la versión española y acentuadamente adaptación contrapicado, lleno de humo y elementos que dotan de mayor profundidad al encuadre, en la francesa. Como quiera que en ésta, además, el guardia se detiene para quitarse la gorra una vez alcanzado el centro del cuadro, su muerte fuera de campo resulta mucho más solemne que en cualquiera de las otras versiones.   

La de Fejos —prestigioso director de Lonesome (Soledad, 1928)— es, por tanto, una versión plenamente autoconsciente de su condición de reescritura de un texto ya fijado, sobre el que se dedica a colocar, a modo de glosas, estas marcas autorales. Muy otra es la posición de Neville, subsidiaria en el plató de la del cuasi-anónimo Ward Wing, un periodista del que, aparte de su exigua filmografía como actor, sólo hemos podido saber que era el cuñado de la vamp Theda Bara.

Fejos se permite también algún apunte de humor excéntrico, como la inclusión en las escenas del patio de un recluso liliputiense con el que los reclusos cargan como si fuera un muñeco. Por lo demás, los diálogos no sufren variaciones sustanciales, más allá de las necesidades de la traducción. Sin embargo, en las escenas de acción colectiva se nota la sustitución del griterío por sirenas y ruido de disparos.

No nos consta que El presidio tuviera problemas con la censura española. La ambientación estadounidense impedía cualquier tipo de identificación con el sistema penitenciario nacional. No ocurre lo mismo con Révolte dans la prison. La delegación de M-G-M en París maniobra al modo de Hearst. Convoca a la prensa a un pase especial de la versión de George Hill y provoca la consiguiente polémica. Edmond T. Greville en Cinémonde y Pierre Desclaux en Mon Ciné se convierten en paladines de las dos versiones:
La opinión de nuestros colegas es unánime. No es necesario que la película de George Hill sea prohibida en Francia e, incluso,esperamos que la versión estadounidense se proyecte aquí íntegra. Tememos que una versión en francés no tendrá el carácter especial de la película original. La versión francesa diferirá de la versión americana y no es seguro que esta versión sea capaz de interesarnos artísticamente como la original. No es probable que The Big House provoque desórdenes en los cines. El trabajo de George Hill no es una apologíadel vicio.
Resultado: se autoriza en Francia la proyección de ambas versiones .La carrera comercial de Révolte dans la prison, a juzgar por las quince semanas que se mantiene en el local de estreno a partir de mayo de 1931, la convierte en la más rentable de las producciones francófonas rodadas en Hollywood, aunque algún crítico mencionara la distancia que encontraba entre el ambiente hard-boiled del original y los diálogos boulevardiers de Yves Mirande.

Acostumbrados hoy a los feroces dramas carcelarios de la Warner, este presidio puede resultar un colegio de ursulinas. Sin embargo, en el momento de su estreno, aún recientes algunas revueltas entre presos, The Big House apelaba directamente a la conciencia de los espectadores. Inquietaba entonces el hecho de que un asesino como Butch pudiera resultar simpático en la interpretación que del personaje hacía Wallace Beery.

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