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domingo, 27 de octubre de 2024

martin a. gosch, otro primer bronston

 

De esta película [Horas de pánico / Day of Fear (Donald Taylor, 1957)] no me acuerdo de nada, sólo me acuerdo de Martin Gosch, que era un hombre muy interesante. [...] Fue el primer productor americano que vio la posibilidad de hacer películas en España, el primer Bronston. [Pascual Cebollada: Fernando Rey. Madrid: Centro de Investigaciones Literarias e Hispanoamericanas (CILEH), 1992, pág.157.]

Como ya hemos visto más de una vez hay bastantes aspirantes a convertirse en “el primer Bronston”. Han ido compareciendo por aquí: Mitchel J. Frankovich y Binnie Barnes, Sidney Pink o Jack L. Miles y Helen Golino Miles. En cualquier caso Martin A. Gosch se presentó en España hacia 1954 con la intención de rodar veintiséis episodios para una serie de televisión que se emitiría en Estados Unidos y de título inequívoco: It Happens in Spain.

Gosch había empezado haciendo humor judío en la radio y se había dedicado luego a producir para el medio. Mediada la década de los treinta lo encontramos como responsable de un novedoso boletín informativo radiofónico en Filadelfia que conjuga la recepción de teletipos en tiempo real con la presencia de dos locutores y un actor que pone voz a las declaraciones de los protagonistas de la noticia. [“How WFIL Dramatizes News”, en Broadcasting, 1 de junio de 1935.]

En 1943 se casa con la actriz Joan Arliss, pero tres años y dos hijos más tarde ya está en marcha la demanda de divorcio. Para entonces él ha escrito y producido su primer —y que sepamos, único— largometraje: Abbott and Costello in Hollywood (S. Sylvan Simon, 1945). La productora es M-G-M. O las cosas no van bien con la compañía o Gosch es un hombre de culo inquieto porque en 1947 lo encontramos metido en otro fregado antípoda: Costa Este, teatro musical, un tema inquietante en la posguerra... The Gentleman from Athens, de Emmett Lavery, presenta a un miembro del Congreso de los Estados Unidos como un tipo corrupto que aboga por un gobierno mundial. La obra se estrena en Broadway el 9 de diciembre de 1947 con Anthony Quinn al frente del reparto. Su debut no debe resultar suficiente atractivo para el público porque la obra se cae del cartel con apenas siete representaciones. Pero en plena fiebre anticomunista, la madre de Ginger Rogers declara en un debate televisivo que la obra es una apología del marxismo a la soviética. Lavery y Gosch se querellan contra ella. ¿Sacaría algo Gosch? Lavery declaró ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas que él siempre había sido un ferviente católico y pidió un millón de dólares por daños morales, de los cuales acabo consiguiendo treinta mil.

Por entonces, Gosch tiene sus oficinas en el Hotel Savoy-Plaza de Nueva York y produce espectáculos para televisión, como las entrevistas y retransmisiones de Tonight on Broadway (1948-1949), patrocinadas por Esso. En 1949 es elegido presidente de la Independent Television Producers Association.

El idilio hispano-estadounidense tras la firma de los acuerdos militares y comerciales de 1953 parece estar tras el movimiento que nos ha traído hasta aquí. El convenio cinematográfico bilateral permite la utilización de hasta el sesenta por ciento de los beneficios que las empresas norteamericanas tienen bloqueados en España en la producción de cine. Aparte de eso, la producción de los episodios de It Happens in Spain cuenta con toda clase de apoyos oficiales: “Recibimos la ayuda de los ministerios de Información y Turismo, de Comercio y del Instituto de Moneda Extranjera. Pensamos, no obstante, hacer películas de distintas regiones, siempre que encontremos facilidades para el desplazamiento y el rodaje”. [El Silencioso: “Díganos la verdad: Martin A. Gosch”, en Pueblo, 19 de junio de 1956, pág. 6.] Además, de los contratos y las relaciones internacionales se encarga el bufete de Antonio Garrigues, que ya ha actuado como mediador —cuando no de testaferro— en este tipo de operaciones internacionales. [AGA, caja 36/03600]

Las oficinas de Martin A. Gosch Motion Picture Productions siguen estando en Nueva York —25, Central Park West—, pero en Madrid tiene su sede en los flamantes estudios Sevilla Films, propiedad de la familia Luca de Tena. Para negociar con la administración española, Gosch cuenta con la complicidad de Alfonso Migoya Valdés, propietario de la distribuidora y productora Eos Films. También la realización y la dirección de actores se duplica: por la parte estadounidense, el especialista en producciones televisivas Frederick Stephani; por la española, Pedro de Juan, compinche de Antonio Román en sus películas de los años cuarenta. Manuel Berenguer se hace cargo de la fotografía y cuenta con un material de rodaje que causa asombro al reportero de Primer Plano destacado en los estudios:

La entrada al plató número 4 de los estudios Sevilla Films me imagino que debe ser como entrar a cualquier estudio de Hollywood. Oigo habla en inglés por todas partes y veo muchas caras desconocidas, hay organización y sincronía en el trabajo y un material de rodaje mucho más moderno y perfecto que el utilizado en las películas españolas. [Pío García: “En el bar de los estudios”, en Primer Plano, núm. 816, 3 de junio de 1956.]

El protagonista es el actor estadounidense Scott McKay, en el papel del detective estadounidense residente en España Joe Jones. Para completar el elenco español Gosch se pone en contacto con Niels W. Larsen, quien le ofrece un abanico de actores que hablan inglés y a los que representa: Elena Barrios y Fernando Rey serán los elegidos para encarnar a personajes fijos. Recordaba este último: “Yo hago un detective de la policía española, un policía de comisaría, que colabora con un detective americano que es el protagonista. Yo aquí hablo en inglés con sonido directo”. [Pascual Cebollada: Fernando Rey. Madrid: Centro de Investigaciones Literarias e Hispanoamericanas (CILEH), 1992, pág.157.]

Como compositor, Gosch contrata a Leo Arnaud, un francés establecido en Hollywood. La gacetilla sobre su llegada a Madrid pone en evidencia el entramado ideológico-diplomático sobre el que se sustenta la serie: “Serán composiciones originales que han de reflejar el avance enorme de la España moderna y su tendencia progresista”. [“Una gran personalidad de Hollywood en España”, en Pueblo, 10 de mayo de 1956, pág. 12.] Y reincide en ello el productor al hablar del contenido de cada episodio:

Se desarrolla con un sentido policiaco y humorista. Explicando siempre el lugar que aparece en la pantalla y narrando, a través de la conversación de los personajes, la historia de ese lugar. [...] Hemos escogido calles típicas, el Museo del Pardo, palacios, estaciones de ferrocarril, hoteles, etcétera, incluso destacamos automóviles y productos de fabricación nacional española, a fin de que sean conocidos por el público de Norteamérica. [El Silencioso: “Díganos la verdad: Martin A. Gosch”, en Pueblo, 19 de junio de 1956, pág. 6.] 

El vespertino nacional-sindicalista Pueblo parece convertirse en portavoz de la estrategia promocional de la productora. A lo largo de la primavera y el verano de 1956 en su sección de “Espectáculos” se van dando como sucesos sensacionales los argumentos de los diferentes capítulos. “El caso del hombre sin nombre” es el primero del que tenemos noticia:

Todas las guerras dejan una inevitable estela de inmoralidad y delincuencia. La última conflagración mundial, por su enorme extensión y crueldad, nos legó una ola de criminalidad, a la que tuvieron que oponerse con energía los servicios de Policía de todas las naciones afectadas. En general, se logró combatir la plaga, pero hubo casos que por su misterio impenetrable hicieron fracasar, una y otra vez, las investigaciones oficiales. Uno de los criminales más peligrosos de los últimos tiempos fue el hombre, a quien correspondía la carpeta “Archivo Secreto número 4”, que tuvo en jaque durante los años de la guerra a los servicios de información aliados. A este misterioso personaje, del que nunca se supo su verdadera identidad, le conocían los agentes del Servicio Secreto por Mr. Cero, apelativo que dice, con elocuencia, el oscuro misterio del personaje. Fue precisamente en Madrid donde tuvo lugar la eliminación de tan peligroso delincuente. La sagacidad, del major Jones, del Ejército americano y el talento del inspector Gómez, de la Investigación Criminal española. consiguieron descifrar el misterioso robo de una valiosa joya de la época romana: un cáliz que perteneció al emperador Nerón. En esta ocasión hizo Mr. Cero alarde de sus perfectas caracterizaciones que, por primera vez, no lograron burlar a la Policía.
El relato completo de este fascinante episodio fue convertido en guión cinematográfico y rodado para la televisión norteamericana por el productor Martin A. Gosch con el título El caso del hombre sin nombre. [“Las aventuras del americano, un film policíaco para la televisión”, en Pueblo, 15 de mayo de 1956, pág. 12.]

Las siguientes entregas no son menos rocambolescas ni los títulos de las gacetillas menos alarmistas: “El cuadro de Los borrachos, la obra maestra de Velázquez, a punto de ser robado del Museo del Prado” [Pueblo, 18 de mayo de 1956, pág. 12.], “Tráfico clandestino de diamantes descubierto en el Rastro” [Pueblo, 25 de mayo de 1956, pág. 13.], “Se pretendía vender antiguas reliquias de Colón en una tienda de antigüedades” [Pueblo, 1 de junio de 1956, pág. 12.], “Falsificación de una partida de nacimiento para apoderarse de 500.000 dólares” [Pueblo, 16 de agosto de 1956, pág. 12.], “Famosa bailarina raptada la noche de su debut” [Pueblo, 18 de agosto de 1956, pág. 12.]... Y así hasta veintiséis. Todas estas situaciones se dan como hechos verídicos ocurridos en España que han dado pie a que la pareja de guionistas formada por George y Gertrud Fass decida semana tras semana que pueden constituir buenos argumentos para las películas de media hora de duración. La serie es sindicada a través de la Television Programs of America (TPA) para su comercialización en las televisoras estadounidenses. Acaso por ello, hoy es imposible encontrar una ficha de It Happens in Spain en ninguna parte. Tampoco Eos Films logró colocarla en TVE cuando ésta empezó a emitir series estadounidenses. Todo parece indicar que el interés económico no estaba en el producto resultante.


En paralelo a la realización de la serie, se pone en marcha la producción de una película en Eastmancolor, titulada provisionalmente Evil Star / La mala estrella, a la que se le concede permiso de rodaje el 19 de noviembre de 1956. El equipo técnico-artístico es idéntico, salvo porque desaparece el detective protagonista. Desbaratarán la trama criminal urdida en esta ocasión, el inspector de policía encarnado por Fernando Rey y un joven médico interpretado por Rubén Rojo. Elena Barrios es ahora su novia. Asume la dirección el británico Donald Taylor. Para que la película reciba la nacionalidad española, aparte del reparto y de otros jefes de equipo, es preceptivo que haya un “director adjunto” español. En este caso cubre el expediente Arturo Ruiz-Castillo, que ha dirigido para Eos Films Dos caminos (1953), Los ases buscan la paz (1953) y Pasión en el mar / L'île des désespérés (1956). De los diálogos se hace cargo Clemente Pamplona, aunque el guión está firmado por Gosch y los Fass.

El Sindicato Nacional del Espectáculo autoriza la coproducción, pero advierte seriamente a Eos Films “que la intervención del personal español debe estar de acuerdo con su categoría, lo que se tendrá en cuenta por la representación sindical al visionar la película para la estimación de su coste”. [AGA, caja 36/03600] O sea, que no vale que los actores locales con categoría de coprotagonistas salgan en un par de escenas o que el director de fotografía esté de pasmarote al lado de un profesional foráneo.


La trama urdida para el largo arranca cuando el Hospital General de Madrid debe enfrentarse a una epidemia de virus espinal. El único modo de hacerle frente es conseguir un medicamento denominado Corolen. Hubbard, un farmacéutico estadounidense está dispuesto a distribuirlo en España como un regalo del pueblo de Estados Unidos al de Madrid. El doctor Paul Rainer (Rolf Wanka) está al frente del equipo médico que tiene que acometer la tarea, pero su plan es robarlo en el trayecto entre el aeropuerto de Barajas y el centro médico. El botín está valorado en medio millón de dólares. La intención del médico es marcharse a Suiza con la bella Margot (Nina Karell), de la que ha ejercido de pigmalión hasta convertirla en la propietaria de una lujosa casa de modas. Miguel Valdés (Rojo), uno de los asistentes del doctor Rainer, ha inyectado curare a un niño enfermo, contando con la llegada del antídoto, pero cuando la droga desaparece, se ofrece a ayudar al inspector Alonso (Rey), que debe descubrir contrarreloj a los autores del robo antes de que el niño muera y la epidemia se extienda por toda la ciudad. Entretanto, Carlos de Marco (Julio Peña), el último eslabón de un golpe cuidadosamente preparado, recibe un porrazo en la cabeza y alguien le sustrae el Corolen. Las cosas se complican para unos y otros.


Dirigida sin el más mínimo pulso por Donald Taylor, con abundancia de escenas expositivas y dialogadas, Horas de pánico apenas destaca por la fotografía en Eastmancolor de Manuel Berenguer y por la oportunidad de contemplar un Madrid predesarrollista, con escaso tráfico, y por cuyos lugares emblemáticos —el aeropuerto, la Cibeles, el Paseo de la Castellana, el Palacio Real, la Ciudad Universitaria, la plaza de toros de las Ventas...— se incluye un indisimulado y plúmbeo recorrido turístico. O sea, lo que debía de ser más o menos la hoy invisible serie.

El estreno queda acordado para el Domingo de Resurrección de 1957. De hecho, la película se presenta a censura apenas una semana antes, en blanco y negro y con sonido magnético, dado que aún se está tirando la copia en Eastmancolor en los laboratorios Cinefoto de Barcelona. Debido a ello, y como en el Ministerio no cuentan con proyección interlock, Gosch solicita que la comisión censora se desplace a Sevilla Films o a los estudios de sonido Exa para ver la copia provisional y emitir el certificado para que pueda proyectarse el 21 de abril, ya que tienen...

el propósito de invitar a Madrid, en colaboración con la Dirección General de Turismo, a altas personalidades de la prensa extranjera para dicha fecha, debido a que la película, a nuestro entender, por su color y exteriores de Madrid, con su versión inglesa creemos tendrá un indudable interés turístico. [AGA, caja 36/03600]

El presupuesto, considerablemente hinchado en la participación española —al menos a juicio del Servicio de Ordenación Económica de la Cinematografía del Ministerio de Comercio—, queda considerablemente rebajado durante la tramitación administrativa. De los casi seis millones y medio presentados por la productora, se reconoce un coste de poco más de tres millones y medio. Además, la clasificación en Segunda A sólo proporciona a Eos Films una subvención del 30% de esta última cantidad. La productora española ha negociado con Gosch quedarse con el cien por cien del mercado peninsular, el cincuenta de los beneficios en Estados Unidos y Canadá, y el setenta en el resto del mundo. Son unas condiciones claramente ventajosas para la obtención de divisas para España. Pero la administración española quiere saber qué ha pasado con las divisas que deberían haber generado las anteriores coproducciones de la casa. Alfonso Migoya cursa una detallada respuesta el 15 de noviembre de 1956. Detalla en ella que la película hispano-francesa Pasión en el mar acaba de ser calificada y que aún no se ha podido exportar al extranjero. En cuanto a la serie Aventuras del americano, sólo los catorce primeros episodios han sido remitidos a Estados Unidos. Quedan por enviar los negativos y primeras copias de los restantes doce, que viajarán desde Cádiz en el buque Guadalupe de la Compañía Transatlántica. Así que las únicas divisas obtenidas hasta ahora han sido las tres mil libras del seguro de buen fin de la serie contratadas con la compañía británica Film Finance Limited y que en su momento fueron depositadas en el Instituto de Moneda Extranjera. [AGA, caja 36/03600]

Aún ha habido un tejemaneje más en todo este asunto. El abogado Antonio Garrigues Díaz-Cañabate escribe directamente al director de Cinematografía, Muñoz Fontán, para decirle que su hijo Antonio Garrigues Walker ha sido el encargado de la asesoría jurídica y financiera de la producción y que sería muy conveniente que se le otorgara a la cinta la clasificación en Primera A:

Como esta película ha sido producida o coproducida con miras principalmente a su distribución y difusión en el extranjero, su clasificación como 1ªA sería casi imprescindible para poder discutir y tratar con una posición fuerte y en términos favorables con las distribuidoras en el extranjero. Según me han comunicado les interesa mucho más el mero título de 1ªA que los subsidios económicos que se derivan de esta clasificación. [AGA, caja 36/03600]

El recurso no obtiene resultados o, al menos, no consta en el expediente. Migoya y Garrigues hijo deberán conformarse con la Segunda A.


La crítica se muestra inclemente. No hay reseñista que no diga que esas cosas pasan en Chicago o Nueva York, pero de ningún modo en Madrid. Al otro lado del charco, nadie les lleva la contraria porque Day of Fear no se estrena en salas. Es más, ni siquiera consta como producción estadounidense: no hay rastro de ella en el exhaustivo catálogo del American Film Institute. Para colmo, en España uno de los intérpretes —¿Fernando Sancho? ¿Adriano Domínguez? ¿Julián Ugarte?— expresa públicamente su desagrado al comprobar que se le ha excluido de la publicidad. Gosch y Migoya publican una nota de prensa en la que aseguran que “no existe ninguna obligación contractual con el aludido actor por el que deban hacer público su nombre en ningún anuncio” y que por el artículo tantos del contrato tipo del Sindicato Nacional del Espectáculo los intérpretes se comprometen a no hacer “manifestaciones publicitarias ni informativas sobre su trabajo en la película”. La nota concluye afirmando que “las estrellas no las hacen los productores, realmente el público es el que los eleva a la fama”. [Pueblo, 30 de mayo de 1957.]

¿Sería esta recepción negativa la causa del fin de la aventura española de Gosch? Porque su opinión es, desde luego, favorable a seguir trabajando en España:

Los productores norteamericanos pueden filmar en España ahorrando un cuarenta por ciento sobre lo que les costaría producir un material de idéntica calidad en las factorías de Hollywood. Otros intentos de abaratar nuestros costes en Europa han fracasado por varios factores: gobiernos inestables, unas cinematografías desprovistas de técnicos habilidosos y fracaso en comprender a los técnicos locales y su forma de trabajar. Mi equipo comprende técnicos españoles en todos los puestos clave y gracias a la organización que hemos logrado en Sevilla Films, puedo filmar cada una de mis películas cortas en brevísimo espacio de tiempo. [“Norteamérica hace su cine en España”, en Mundo Hispánico, núm. 104, noviembre de 1956, pág. 46.]

De hecho, tenía previsto continuar con un nuevo largometraje: La máscara roja. En marzo de 1957 Nina Karell hace escala en Madrid para concretar las fechas de la segunda película para la que la ha contratado el productor. No en vano, aseguran las columnas de chismorreo que éste ha asegurado los ojos de la actriz en medio millón de dólares. [Pío García: “Nina Karell de nuevo en España”, en Primer Plano, núm. 859, 31 de marzo de 1957.]

Lo cierto es que esta película ni siquiera se somete a la consideración de la comisión de censura previa —al menos, con este título—, como tampoco salió adelante la que le valió a Gosch el calificativo de “primer Bronston”: El Cid. Era éste un viejo proyecto de Vicente Escrivá y Rafael Gil, pero tras la salida de Aspa Films de este último, a Escrivá se le ocurre plantear la producción como un gran proyecto internacional: Technicolor, CinemaScope y un presupuesto de sesenta millones de pesetazas. [“Se hará El Cid en Cinemascope”, en Primer Plano, núm. 908, 9 de marzo de 1958.] Anuncia el rodaje para agosto de 1958 y dice del estadounidense que, después de tres años en España...

conoce nuestros usos y costumbres y ha demostrado cumplidamente ser un buen entendedor de nuestra idiosincrasia. Durante los meses que lleva trabajando con nosotros hemos podido comprobar la manera clara y abierta con que ha recogido el sentir de los españoles y de su historia. [“El Cid será producida en agosto por Aspa y Martin A. Gosch”, en El Adelantado, 11 de abril de 1958.]

Escrivá retoma con esta maniobra un proyecto cuya inviabilidad económica en coproducción con Italia le había llevado a dejar caducar el permiso de rodaje un par de años antes. Todavía resucitará el proyecto cidiano en 1960 cuando el auténtico Samuel Bronston ponga en marcha el rodaje de El Cid (El Cid, Anthony Mann, 1961). Según Agustín Rubio Alcover, Escrivá, esta vez en connivencia con Cesáreo González, habría resucitado por enésima vez su libreto con fines chantajísticos, a los que Bronston se habría avenido. [Agustín Rubio Alcover: Vicente Escrivá: Película de una España. Valencia: Ediciones de la Filmoteca/Culturarts-IVAC, 2013, pág. 282.]


También en 1958 había anunciado Gosch que iba a producir una adaptación de la novela Arena, de Charles Grayson, una historia romántica de alto voltaje en torno al mundo de los toros. Nada se vuelve a saber de esta película. A partir de entonces, Gosch sigue residiendo en Madrid, pero se dedica a “otros negocios”. [Carmen Deben y José Antonio Plaza, “Hora y media duró la declaración de Martin Gosch anoche en Madrid”, en Pueblo, 1 de febrero de 1962 pág. 8.]

El último proyecto de Gosch en Europa resulta tan abracadabrante que terminará opacando a todos los demás. No ha tenido el más mínimo empacho en saltar de las glorias patrias de El Cid a las fazañas delictivas de Lucky Luciano. El capo neoyorquino fue deportado a Nápoles al finalizar la II Guerra Mundial, pero ha seguido manteniendo su red de narcotráfico entre Europa y Estados Unidos y el control de la organización desde Italia. Gosch se entrevista varias veces con él a lo largo de 1960 y graba en cinta magnetofónica sus recuerdos a fin de producir un biopic. A cambio, le entregará cien mil dólares y un diez por ciento de los beneficios. El 26 de enero de 1962 viaja a Nápoles para ultimar los detalles del contrato y, en el mismo aeropuerto, Luciano se desploma en sus brazos víctima de un infarto. O acaso envenenado, según deja caer el productor en algunas declaraciones.

Gosch declaró que desde hace dieciocho meses proyectaba filmar una película sobre la vida de Luciano y que se había trasladado el viernes a Nápoles, desde Madrid, para resolver detalles finales con el propio Luciano. “Caminábamos juntos hacia consigna para recoger mi equipaje —ha dicho— cuando, repentina e inesperadamente, Luciano sufrió un colapso y murió en mis brazos”. [“Ha muerto Lucky Luciano”, en Pueblo, 27 de enero de 1962.]

Francesco Rosi recrea esta escena en Lucky Luciano (Lucky Luciano, 1973). Es la última de la película.

Ahí aparece Gosch interpretado por un actor al que no he logrado identificar. El telegrama en el que anunciaba su visita es la prueba incriminatoria para la Guardia di Finanza italiana, que sospecha de los encuentros de Luciano en Nápoles con viejos amigos que hacen la ruta Miami-Cuba-España-Sicilia-Nápoles-Nueva York. Uno de ellos es Pasquale “Patty Ryan” Eboli, de la familia Genovese de Nueva York, otro viajero habitual a España. Por tanto, no es extraño que el mensaje del productor afincado en Madrid levantara sospechas. La policía le detiene, la Interpol le interroga y sólo logra salir de allí cuando, desde Madrid, la Brigada de Investigación Criminal da referencias de su personalidad y negocios en España.

Como no ha podido firmar la cesión de derechos con Luciano y, al parecer, en Estados Unidos le han amenazado de muerte si lleva adelante la película, Gosch realiza un triple salto mortal. La nueva cinta, que podría protagonizar Henry Fonda y dirigir Delbert Mann, contaría “la aventura de un hombre que se ve envuelto casualmente en una serie de acontecimientos motivados por la muerte de un célebre gángster en sus brazos. Algo así como mi propia historia”. [Carmen Deben y José Antonio Plaza, “Martin Gosch (el hombre en cuyos brazos murió el gángster) acaba de regresar de EE.UU.”, en Pueblo, 8 de junio de 1962 pág. 8.]

No hay nadie dispuesto a financiar esta pionera autoficción. El proyecto duerme en un cajón durante una década. El éxito de The Godfather (El padrino, Francis Ford Coppola, 1972) pone de nuevo la maquinaria en marcha. Gosch lleva mucho tiempo alejado del cine, pero convence a un antiguo periodista del New York Times, Richard Hammer, de que le eche una mano para dar forma a las transcripciones de las entrevistas. Los derechos de edición de The Last Testament of Lucky Luciano se venden por ochocientos mil dólares y la revista Penthouse publica el texto en forma seriada antes de la edición en formato libro. Es esta serie la que hace saltar las alertas en el FBI, que llevaba años detrás de las cintas. Se revisan los informes del interrogatorio de Gosch en Roma por parte del Jefe de la Federal Bureau of Narcotics estadounidense donde constaba esta entrañable definición del productor: “totalmente indigno de confianza, mentiroso y oportunista, que intenta aprovecharse de su relación con Luciano para realizar una película sobre el mafioso fallecido”. [“The Last Testament of Lucky Luciano by Martin A. Gosch and Richard Hammer, Information Concerning”, en The FBI Files, 25 de septiembre de 1974.] Según la investigación del FBI, el libro contendría viejas acusaciones de sobornos a políticos y otros asuntos investigados y nunca probados. Por este motivo, los responsables de la investigación no consideran “que este libro tenga ningún valor para el FBI, ni para nadie”. [ibidem] Sin embargo, actualmente aparece citado en cientos de crónicas sobre la vida criminal en Estados Unidos.

Martin A. Gosch nunca pudo disfrutar de su éxito porque falleció en Nueva York un año antes de la publicación de la biografía de Luciano, en 1973, a los sesenta y dos años.

domingo, 11 de abril de 2021

frankovich y barnes descubrieron españa antes que bronston

A Jacob

Tormenta (John Gullermin y Alfonso Acebal, 1956) es uno de los quince títulos de la década de los cincuenta que el Catálogo del Cine Español (1951-1960) [Filmoteca Española, 2020] da por desaparecidos en archivos locales y foráneos. El aserto es veraz en lo que concierne a la versión española, pero ambiguo en cuanto a la preservación de Thunderstorm, la versión británica, editada en DVD por el sello Network. La cinta se rodó durante el verano de 1955 en Mundaca y otras localizaciones de la costa vasca para rematar su producción en los estudios Shepperton, en Surrey. Por entonces, ésta era la plataforma de producción europea del estadounidense Mitchel J. Frankovich.

Hijo de emigrantes yugoslavos en Estados Unidos, Frankovich fue prohijado por el comediante Joe E. Brown y empezó en el mundo del espectáculo al trabajar nada menos que junto a Mary Pickford y a las órdenes de Lubitsch en Rosita (1923). En la universidad triunfó en el deporte, intervino de nuevo en algunas películas, fue locutor deportivo radiofónico y piloto de las fuerzas aéreas estadounidenses en la II Guerra Mundial. En 1940 se había casado con la actriz británica Binnie Barnes, que por entonces llevaba un lustro trabajando en Hollywood.

Al finalizar la contienda se trasladan a Europa, como otros muchos productores estadounidenses. Frankovich ha sido jefe de producción en Republic Pictures y busca acuerdos a tres bandas: estudios y técnicos italianos, financiación a partir de los fondos de las majors retenidos en Gran Bretaña y distribución mundial a través de los mismos con repartos anglosajones con tirón intenacional. Es así como en septiembre de 1949 negocia con Walter Wanger participar, mediante una compañía transalpina bautizada Venus Films, en la producción de una adaptación de Balzac en la que Max Ophuls va a dirigir a Greta Garbo: La Duchesse de Langeais. La defección sucesiva de Peppino Amato y Arrigo Colombo, los dos productores italianos interesados en el proyecto, y la alianza del estudio Scalera Film con Frankovich para controlar la producción hacen desistir finalmente a Wanger de llevar adelante la película. Sin embargo, éste encontrará un nuevo proyecto que realizar en Scalera Film.

 

La strada buia / Fugitive Lady (Sidney Salkow y Marino Girolami, 1950) está basada en una novela de Philip Yordan, futuro colaborador en España de Samuel Bronston y explotador en Europa de las víctimas de la caza de brujas del senador McCarthy. Desconozco Dark Road —el relato adaptado, de acuerdo con los títulos de crédito—, pero un proyecto con este título circulaba ya por los estudios estadounidenses una par de temporadas antes. [addenda 02/05/2021: El guión parte de una novela de Doris Miles Disney titulada Dark Road o Dead Stop y publicada en español por la editorial Molino como Cien mil dólares de seguro, aunque leída la sinopsis no parece tener demasiada relación con el argumento de la película. Acaso por ello, la copia italiana atribuye el argumento al trapisondista Philip Yordan.]

Se trata de un noir con todas las de la ley, con su femme fatale, un acaudalado marido muerto en extrañas circunstancias y un agente de la compañía de seguros londinense con la que el fallecido había suscrito una póliza de vida millonaria investigando el caso. O sea, algo atípico en la producción italiana de estos años, más proclive a incardinar las intrigas en la realidad contemporánea por cuenta del mercado negro o la corrupción. La cinta se rueda en doble versión idiomática a finales de 1949 y pasa censura en Italia el 18 de abril de 1950. En Reino Unido se estrena un año más tarde y en Estados Unidos en julio de 1951 con distribución de Republic Pictures.


Binnie Barnes interviene en otra producción británica de capa y espada dirigida en Italia por Salkow, Shadow of the Eagle (1950), aunque en esta ocasión no hay rastro de Frankovich en los créditos. Eso sí, aprovechando las subvenciones que el gobierno italiano proporciona a este tipo de películas, Frankovich cierra acuerdos con pequeños estudios estadounidenses y planea cinco películas más en los siguientes doce meses a rodar en Italia, Suiza y Gran Bretaña con estrellas como Veronica Lake y Farley Granger. Exteriores en Italia, interiores y laboratorio en Reino Unido, reparto angloparlante en los papeles principales y doblaje al italiano para obtener una doble versión son las características comunes de estas producciones. De estos cinco proyectos, sólo se logra I’ll Get You for This (Los asesinos acusan, Joseph Newman, 1951), que en los archivos italianos consta como producción exclusivamente británica de Venus Films. De hecho, cuando la cinta pasa censura con el título de Il covo dei gangsters la comisión autoriza su exhibición simpre que se suprima una escena en la que resulta visible la matrícula italiana de un automóvil [informe de censura del 28 de abril de 1953, en Italia Taglia].

Establecida la pareja en Londres, la siguiente noticia que tenemos de ellos los liga ya a España en la producción de Tres historias de amor / Decameron Nights (Hugo Fregonese y Alfonso Acebal, 1953). Como la conjunción de los dos títulos indica, se trata de tres cuentos del Decamerón bocacciano enlazados por una historia marco. Los cuatro relatos están protagonizados por Joan Fontaine y Louis Jourdan y, aunque están ambientados en Italia, Marruecos, Francia y España, toda la producción tiene lugar en este último país.

Fotografía de Frankovich y Barnes en Madrid,
publicada en Primer Plano, núm. 600,
13 de abril de 1952.

Los productores y el director se instalan en un céntrico hotel de Madrid en abril de 1952 y recurren a las murallas de Ávila para ambientar Florencia o a la Alhambra de Granada para localizar Marruecos. De cara a legitimar el proyecto ante la administración española, Cesáreo González adquiere estatuto de coproductor y Alfonso Acebal figura como “director adjunto”. En el elenco, en pequeños papeles: Aurora de Alba, Carlos Villarias, Gerard Tichy y Carlos Díaz de Mendoza. A pesar de ello, la Junta de Clasificación y Censura reconoce la participación española con la condición de que no puede acogerse a los beneficios del crédito Sindical ni optar a la obtención de permisos de importación. Según el pressbook español la cosa queda como sigue...

Una producción
FILM LOCATIONS
de
M. J. Frankovich y W. Szekeley
en colaboración con
SUEVIA FILMS-CESÁREO GONZÁLEZ

En España fue distribuida por Suevia Films, en Gran Bretaña por Eros Films y en Estados Unidos por RKO con ocho minutos menos que en la versión británica.

Donald alaba en ABC las interpretaciones y la inserción de los personajes en paisajes ibéricos:

Para mí el mayor acierto de Fregonese y sus cineístas es haber “rodado” los exteriores en nuestro país. Animadas por el tecnicolor, que es magnífico, las vistas de Granada, Ávila, Segovia, el mar de Palamós, etcétera, son admirables. A cambio de tanto “sabor” visual los relatos resultan insípidos, y es una pena, porque la interpretación es, asimismo, excelente. Joan Fontaine continúa apareciendo encantadora; tiene gracia, flexibilidad, elegancia su figura, son equilibrados sus ademanes, y es suave y picante, a la par, su belleza. Jourdan es el galán apropiado y se mantiene siempre sobrio en su papel de narrador, y en los tres tipos de “enamoradores” que encarna. Es el “film” principalmente una obra de composición, de colocación de figuras en sus fondos luminosos; una película de estampas y si era eso la única aspiración de quienes lo concibieron y realizaron pueden considerarla cumplida. [Donald, en ABC, 12 de enero de 1954, pág. 27.]

 

Como productor asociado de Decameron Nights figuraba Montagu Marks —un veterano de las producciones de Alexander Korda con el que ya nos hemos encontrado en Castillo de naipes (Jerónimo Mihura, 1943)— y como coordinador de producción en España Juan N. Solórzano, cuyos nombres también encontramos en la nueva producción de Film Locations a rodar en España, aunque en esta ocasión no haya ninguna productora española asociada al proyecto: Malaga / Fire over Africa (Fuego sobre África, Richard Sale, 1954). Llos interiores se ruedan en los estudios Shepperton, pero los exteriores se filman en la Costa del Sol a finales de octubre y principios de noviembre de 1953 —de ahí los dos títulos que se barajaron durante la preproducción, Malaga y Port of Spain— con una breve incursión en Tánger para tomar algunos exteriores que sirven de prólogo a la cinta.

El argumento parte de una idea sobre la que Philip Yordan y Tony Bartley habrían empezado a escribir en 1952 aunque al final el guión queda acreditado a Robert Westerby. En cualquier caso, el resultado es una historia de aventuras de las que uno puede leer en una novela de a duro: el Sindicato del Crimen campa a sus anchas por Tánger y los servicios de inteligencia de todos los países presentes en la ciudad internacional se confabulan para desenmascarar a su cabecilla. La única solución que se les ocurre es que tal tarea sea llevada a cabo por una mujer tan atractiva como resolutiva. Y no hay duda de que Joanna Dane (Maureen O'Hara) lo es: experta en artes marciales, imbatible con los naipes y no titubeará en apretar el gatillo cuando el contrabandista Van Logan (MacDonald Carey) se ponga en su camino. Igual que en Casablanca todo el mundo se encontraba en el Rick’s Café, en Tánger todos acuden al Frisco’s Bar. Allí actúa la bailaora Carmen Carrasco:

Yo trabajaba en el ballet del hotel Miramar cuando llegó a Málaga el equipo de la película Fuego sobre África, el director Richard Sale me vio actuar una noche. Al terminar la actuación me llamó a su mesa y me propuso un papel para la película. Mi participación consistía en bailar en un bar marroquí, que en realidad se rodó en El Refugio, en la calle Alcazabilla. También tenía que decir una frase cuando Maureen O’Hara entrara por la puerta" [carmencarrasco.jimdofree.com]

 

Binnie Barnes y Maureen O'Hara en el Frisco's Bar de Tánger

Pero ni Van Logan es lo que parecía —algo que ya sabíamos desde el principio— ni Frisco resulta ser un tipo tan duro y desengañado como Rick Blaine, sino una mujer sofisticada (Binnie Barnes, cómo no) que sabe desenvolverse entre canallas de la peor ralea. Para descubrir a su presa, Joanna se embarcará en el barco de Van con destino a Málaga. El gran final es el desbaratamiento de una gran operación de contrabando por parte de la benemérita en la que se disparan más tiros que en Little Big Horn. La resolución del caso queda en manos de foráneos, pero la Guardia Civil colaboró sin duda en la producción, en tanto los malagueños seguían fascinados las evoluciones del equipo por el puerto, la calle Larios y plaza de la Marina, el castillo de Gibralfaro y el hotel Miramar, según cuenta Juan Antonio Vigar:

También se utilizaron la mansión Bellavista, en la avenida Pintor Sorolla, y el bar El Refugio, situado en la zona de calle Alcazabilla, que simulaba ser el bar Frisco's, lugar de reunión de los espías que poblaban la película. Para este filme, Málaga se convirtió a un mismo tiempo en decorado real y localización ficticia. Era Málaga cuando debía ser Málaga y también era Tánger cuando aquí se simulaban las calles, el puerto y los establecimientos de la agitada ciudad marroquí. [Juan Antonio Vigar: “Málaga, protagonista y decorado: Rodajes y anécdotas del cine internacional en la Costa del Sol”, en Litoral, núm. 252, 2011, págs. 318-331.]

La última incursión del matrimonio Frankovich-Barnes en tierra española es Tormenta / Thunderstorm (John Guillermin y Alfonso Acebal, 1956), la película con la abríamos estas líneas. En esta ocasión, la empresa foránea es Hemisphere Films —no sabemos si británica o estadounidense— y en los créditos aparece Binnie Barnes como productora, sin mención alguna a su marido, que es quien ha presentado la solicitud de rodaje en la Dirección General de Cinematografía y Teatro el 13 de octubre de 1954 [Archivo General de la Administración, 36/4759]. Asume la parte española Marco Films, con este único título en su cartera. La empresa fue creada ex profeso para esta aventura por el constructor Emilio Colomina de la Torre, marqués de La Felguera. Nominalmente, cuenta con un presupuesto de nueve millones de pesetas que ambas partes asumen al cincuenta por ciento. Estamos muy lejos, por tanto, de los cuarenta y seis millones de pesetas que ha costado Decameron Nights. Por otra parte, la documentación oficial nos permite conocer cómo se financiaban este tipo de producciones ya que Frabnkovich Productions solicita el desbloqueo de los fondos de la filial española de la petrolera Vacuum Oil Company.

A pesar de su condición de coproducción reconocida por la administración apenas hay créditos españoles en la copia británica. En la cabecera sólo figura Manuel Berenguer como responsable de la fotografía y en el rodillo de salida, a partir del séptimo puesto en el escalafón del reparto aparecen los siguientes actores con los personajes que interpretan: [José] Marco Davó (Padre Flores), Félix de Pomés (Domingo Ribas), Néstor M. Meana (Lalo), Carlos Díaz de Mendoza (Pedro), Julia Caba Alba (Señora Hidalgo), Isabel de Pomés (Señora Álvarez), Conchita Bautista (Margo), Amalia Iglesias (Dolores) y Manuel San Román (Manuel Hidalgo). Salvo los dos primeros, en papeles secundarios, los demás tienen cometidos bastante episódicos o, incluso, “de bulto”. De hecho, el papel que tiene el sacerdote, a pesar de abrir y casi cerrar la película, pareció insuficiente a la censura previa, que obligó a modificar algunas actitudes que se consideraban poco acordes con su ministerio.

La película arranca con el recorrido que el padre Flores hace por el pueblo de San Lorenzo a la espera de que lleguen los barcos de pesca. Todos ellos son propiedad del brutal Pablo Gardea (Charles Korvin), quien hace y deshace a su antojo en el pueblo. Diego (Carlos Thompson), uno de los pescadores, encuentra en un velero a la deriva a María (Linda Christian), una mujer con un oscuro pasado. Diego la aloja en su casa mientras reparan su embarcación y entre ellos surge el amor. Sin embargo, los obstáculos se acumulan para su plena realización: Pablo asedia a María y hace que primero peguen una paliza y luego detengan por asesinato a su rival. Pero tampoco la mujer, convencida de que trae el infortunio a los hombres a los que ama, hace nada por reforzar su relación una vez que se ha entregado a Diego, que ha entrado en contacto con un armador de la ciudad vecina (Félix de Pomés) para que le ceda un pesquero de gran tonelaje con el que poder hacer frente al cacicato de Pablo.

A película terminada, la censura eliminó cinco minutos de metraje, si es que no fue la propia productora la que prescindió de ellos en el momento de someter la película a su consideración. La escena de amor en la playa entre Diego y María y el posterior intento de violación fueron a buen seguro, si no amputados totalmente, sí seriamente recortados. No obstante, el principal problema de la productora fue el reconocimiento de la aportación española por parte del Servicio de Ordenación Económica del Ministerio de Industria, que la redujo a poco más de dos millones de pesetas. Entre dimes y diretes el estreno se va demorando. En Barcelona no se estrena hasta el 17 de julio de 1959 y en Madrid hasta tres meses más tarde todavía. La modestia de las salas en las que se proyectó nos ha impedido encontrar ninguna crítica en los caladeros habituales.

Al mismo tiempo que rueda estas películas en España, Frankovich saca adelante cuatro producciones británicas con la marca Film Locations y el respaldo para la distribución internacional de Columbia Pictures: Footsteps in the Fog (Pasos en la niebla, Arthur Lubin, 1955), Joe MacBeth (Cautivo del terror, Ken Hughes, 1956) —otro guión firmado por Yordan—, Soho Incident / Spin a Dark Web (Vernon Sewell, 1957) y Wicked As They Come (La vividora, Ken Hughes, 1957) [Sue Harper y Vincent Porter: British Cinema of the 1950s: The Decline of Deference. Oxford: Oxford University Press, 2003, pág, 130.]. Gracias al éxito de la primera de ellas, protagonizada por Stewart Granger y Jean Simmons, Frankovich fue nombrado responsable de la filial británica del estudio y, finalmente, regresó en 1963 a Estados Unidos en calidad de jefe de producción de la compañía matriz, con la que siguió manteniendo tratos preferentes como productor independiente de grandes éxitos de taquilla desde 1967.

Para entonces, el espejismo de un Hollywood en las afueras de Madrid edificado por Samuel Bronston ya se ha desvanecido [véase: Jesús García de Dueñas: El imperio Bronston. Madrid: Ediciones del Imán, 2000]. Sidney W. Pink está también agotando el ciclo de películas rápidas que factura junto a José María Elorrieta. Seguro que hubo otros que llegaron antes, pero junto con los hermanos Danziger —otros norteamericanos que se instalaron en Inglaterra y recalaron en España para coproducir Muchachas de Bagdad / Babes in Bagdad (Jerónimo Mihura y Edgar G. Ulmer, 1952)—, Mike Frankovich y Billy Barnes fueron pioneros en esto de las producciones foráneas  con modos hollywoodenses en suelo hispano.

domingo, 12 de enero de 2020

el tatuado que nunca rezaba


La censura no actuaba siempre de modo coercitivo, sino que a través de la clasificación ejercía también un efecto disuasorio sobre los productores.

Por asunto y equipo Secuestro en la ciudad (Luis María Delgado, 1965) era una película que se movía en la órbita de la filmografía de Ladislao Vajda, aunque la dirige Delgado, su ayudante habitual, tras el paréntesis dedicado a las producciones de Samuel Bronston en España. Se rueda en régimen de cooperativa y en el seno de Halcón P.C., la plataforma que el productor Vicente Sempere y Vajda habían montado para controlar sus propios proyectos en el seno de los estudios Chamartín. El rodaje tiene lugar en el otoño de 1964 y las mezclas se realizan a principios de 1965, cuando Luis María Delgado está ya embarcado en el rodaje en Barcelona de La dama de Beirut (Vajda, 1965).

La película narra, eludiendo cualquier complicación psicologista, el secuestro de una niña de cuatro años (Mónica Sugrañes) por parte de un jugador en mala racha (Alberto de Mendoza). La brigada de investigación criminal se pone inmediatamente sobre la pista a pesar de que el padre de la niña (Alberto Dalbés) no está dispuesto a colaborar con la policía. La película que se proyecta en el cine Richmond, donde se va a realizar el pago del rescate es Mi tío Jacinto / Pepote (Vajda, 1956) otra película sobre las complicadas relaciones entre un niño y un adulto, como la casa abandonada remite a Marcelino pan y vino (Vajda, 1955) y la inocencia comprometida proviene de El cebo / Es Geschah am Hellichten Tag (Vajda, 1958).


La  cinta se presenta ante la junta de clasificación a finales de marzo de 1965 y obtiene una categoría en Segunda A, lo que conlleva una ayuda de apenas el 30% del coste estimado por la administración, que es de dos millones menos que el preuspuesto de casi siete presentado por la productora. La operación no resulta ruinosa porque la mayoría del equipo técnico ha capitalizado su salario, pero a pesar de ello constituye un sonoro batacazo para las aspiraciones de Halcón y Chamartín de retomar la producción tras el final de la aventura de Bronston. José Luis de Navasqüés presenta un recurso, como es su costumbre, solicitando que se revise la clasificación. Para apoyar la solicitud se realizan algunos cambios en el montaje, “dotando de mayor ritmo en la supresión y diferenciación de secuencias”. [Citado por Isabel Sempere: La producción Cinematográfica en España. Vicente Sempere (1935-1975). Valencia, Ediciones de la Filmoteca, 2009, pág. 304.] Entre estos cortes que pretendían agilizar la narración desapareció a buen seguro el papel de la madre de la niña interpretado por Julieta Serrano, personaje al que se alude en un par de ocasiones y que nunca aparece.

Más interés tiene la inserción de una nueva secuencia “en el rollo 8 con longitud de 90,5 m entre Ana y el raptor, encaminada a acentuar la intervención de la niña”. [ibídem.] A juzgar por su ubicación, se trataría de la escena en que él llega magullado a la casa y la niña le sopla en la herida de la espalda y le ayuda a ponerse un apósito, en tanto que él tapa con sendos trozos de esparadrapo el impúdico tatuaje que lleva en el antebrazo.

 

Ya antes había habido una escena entre ambos, muy “Sánchez Silva” en la que la niña le obliga a rezar el “cuatro esquinista tiene mi cama” y le pregunta si él no dice nunca sus oaraciones antes de acostarse. La afirmación por parte de Navasqüés de que también se han “revisado el montaje, introduciendo nuevas variaciones, en espacial al final” [ibídem.], probablemente se refiera a la voz en off de la niña sobre el rostro del secuestrador: “¿Tú no rezas nunca? ¿Por qué?”. Aunque haya resultado malherido durante el tiroteo con la guardia civil y el final haga concebir pocas esperanzas sobre su supervivencia, esta frase y la sonrisa que se dibuja en su rostro posibilitan la lectura del final en clave de redención. Seguramente cascará, pero su alma inmortal puede salvarse.

domingo, 21 de octubre de 2018

selmier: actor, autor, asesino (4)

 

En el primer bienio de la década de los setenta Dean Selmier participa también hasta en cinco producciones estadounidenses o británicas rodadas en España con o sin participación española. En Patton (Patton, Franklin J. Schaffner, 1970) no aparece en los títulos de crédito pero tiene un papelito de un par de frases con George C. Scott. En Blow Away Selmier aprovecha este rodaje para hacer gala de sus viejas conexiones con Broadway y para poner en escena lo que es un rodaje de envergadura, no como aquéllos en los que ha participado en España hasta entonces:
Lentamente, el plano va tomando forma. Las cámaras se colocan en su posición, entran los sonidistas y luego los atrezzistas. Todos ellos son meticulosos, temperamentales y celosos ante cualquier invasión de sus dominios. Sobrevive el más espabilado, del cámara a los maquinistas, los mulos de carga del rodaje, y el jefe de eléctricos.
Hasta ahora no ha aparecido por allí ningún actor. Si son estrellas, están en sus caravanas, repasando el guión, haciendo crucigramas o practicando meditación. Scott… seguro que no hacía nada de eso. Estaría durmiendo. Es un tipo de una pieza. Seguro que tenía la escena estudiada desde hacía días. Su doble de luces está ahora en el decorado. Tiene la misma altura y complexión que Scott. Servirá para realizar los ajustes de luz y bloquear la posición de la cámara. Su trabajo es un chollo. Cuando aparece Scott me recuerda a un cangrejo de arena. Se coloca, aparta un poco de arena y regresa a su caravana. […]
Al verme se detiene.
—¿No te he visto antes?
—Claro —le digo. Se lo piensa.
—¡Ah, en Ballad of the Sad Café! No te había reconocido. Siempre andabas con el pequeño Michael. [Selmier y Kram: Op. cit. pág. 237.]
Cuando Patton llegó a Djebel Kouif, en Argelia, el 12 de marzo de 1943 se encontró, al parecer, un desbarajuste considerable y a la tropa bastante relajada en cuanto a la disciplina. Para ilustrar este punto, el guionista Francis Ford Coppola crea una escena en la que Patton tropieza con un solado tirado en mitad de un pasillo. Es el papel que interpreta Selmier, que pone su mejor cara de pasmado para explicar que sólo intentaba encontrar un sitio tranquilo para dormir. La respuesta del general es lapidaria: “Puedes volver a echarte, hijo. Eres el único en este cuartel que sabe lo que está haciendo”.


Poco más permanece en pantalla en la extraña Captain Apache (Capitán Apache, Alexander Singer, 1971), suerte de western autoparódico desde los mismos créditos de entrada y salida montados sobre sendas canciones interpretadas nada menos que por su protagonista: Lee Van Cleef. La producción corre a cargo de Benmar, una compañía británica con capital de donde lo hubiera organizada por el guionista Philip Yordan para aprovechar su experiencia en España junto a Samuel Bronston. El elenco hispano está integrado por José Bódalo y Elisa Montés en papeles de cierto peso, y Ricardo Palacios, Cris Huertas o Charly Bravo, habituales en este tipo de producciones. Selmier aparece brevemente en un archivo en el que el protagonista busca un informe secreto e intenta oponerse a sus desmanes, pero es inmediatamente acallado por un sargento.


Y aún menos suerte tiene en The Hunting Party (Caza implacable, Don Medford, 1971) y Man in the Wilderness (El hombre de una tierra salvaje, Richard C. Sarafian, 1971), donde figura en los títulos de cabecera, los personajes que interpreta se llaman respectivamente Collins y Russell, pero no hay manera de localizarlos en todo el metraje. En la segunda, su intervención habría tenido lugar en alguna de las escenas retrospectivas que recrean el pasado del superviviente interpretado por Richard Harris, rodadas en los madrileños Estudios Moro o en algunos exteriores en Soria, porque el rodaje principal se realizó en Arizona.


Take a Hard Ride / La parola di un fuorilegge... è legge! (Por la senda más dura, Antonio Margheriti, 1975) es el epílogo cabal a esta serie de presencias fantasmales. Selmier vuelve al Oeste nada menos que en Canarias, en un extravagante exponente tardío del género. Aparte de su exótica localización, pareciera que la película va a discurrir por caminos más o menos trillados cuando arranca con un sanguinario cazador de recompensas encarnado por Lee Van Cleef y un ranchero (Dana Andrews) que ha reunido una cuantiosa suma con la que quiere construir en Sonora (México) nada menos que… un falansterio. El hombre de confianza del ranchero (Jim Brown), un tahúr (Fred Williamson) y un experto en artes marciales criado por los indios (Jim Kelly) y una prostituta (Catherine Spaak) se aliarán para hacer que el dinero llegue a su destino, mientras el cazador de recompensas y varias recuas de villanos los persiguen. El caso es que los tres protagonistas masculinos son de raza negra. De este modo se configura un western atlántico —que no mediterráneo— que da una nueva vuelta de tuerca al filón blaxploitation al reunir a los tres protagonistas de Three the Hard Way (Los demoledores, Gordon Parks jr., 1974). La intervención de Selmier es mínima. En los primeros minutos de la cinta, entra en un saloon para poner sobre aviso al tahúr de que el dinero viaja hacia Sonora. Lleva bigote, se agarra a una columna, se inclina hacia adelante… suelta una información que nadie le ha pedido y se volatiliza. Es posible que hubiera una secuencia anterior que haya desaparecido del montaje definitivo.

El caso de Murders in the Rue Morgue (Asesinatos en la calle Morgue, Gordon Hessler, 1971) es ligeramente distinto porque aunque Selmier apenas tiene presencia en la cinta está allí con su amigo Michael Dunn, que encarna a uno de los personajes principales. Selmier novela su encuentro en España, adelantándolo a la primavera de 1968:
—¿Cuál será tu próxima película?
—Todavía no lo sé. Sólo me ofrecen basura, Películas de terror. Debería de hacer un remake de Blancanieves y los siete enanitos e interpretar yo solo a esos siete cabroncetes. ¿Qué te parece como tour de force? Estaría impresionante. Bueno, es una idea. Tengo que estudiarla.
—Creí que Ship of Fools te encumbraría.
—Esperaba que fuera así. Pero duró sólo un instante, como el barco. Estoy arrinconado por mi tamaño. Me parece que voy a tener que hacer un montón de televisión. [Selmier y Kram: Op. cit. págs. 218-219.]

La “basura” que le ha traído a España es una producción de la American International Pictures de Arkoff y Nicholson que ya había explotado la veta de Poe de la mano de Roger Corman a principios de los años sesenta. Una década después parecen dispuestos a resucitar el filón, pero con base en Londres y rodaje en España. La trama se aleja considerablemente del relato de Poe y lo toma simplemente como excusa para una obra de grand guignol representada por la compañía de Jacques Charron (Jason Robards) en un teatro parisino bautizado con el nombre del escritor bostoniano y en el que se están cometiendo una serie de sangrientos crímenes. Dunn encarna al acólito del siniestro René Marot (Herbert Lom), amante apasionado cuyo rostro quedó horriblemente desfigurado por el fuego. Selmier apenas aparece como figurante en el interior del teatro y tiene una intervención ligeramente más lucida en la primera secuencia tras los créditos, cuando avisa a los gendarmes de que el asesino está huyendo por el tejado del teatro.

Debe ser más o menos por entonces cuando Dunn y Selmier conciben juntos un western cuyo rodaje se llega a anunciar en el New York Times con el castizo título de Los paletos, así, en español. El articulista anuncia que será la primera película dirigida por Dunn, que se va a rodar a lo largo del verano de 1972 en los alrededores de Madrid y que la acción se sitúa en el Oeste americano después de la Guerra de Secesión. Una sinopsis de siete folios fue depositada en su día en el registro de la Propiedad Intelectual. La productora iba a ser Purple Adventure Productions, la marca del propio Dunn, y el guión era obra de Selmier y de Cass Martin, que había trabajado como actor en las dos primeras producciones en España de Benmar Productions. Dunn asegura que “habrá un montón de tiros y el mínimo de diálogo”. [A.H. Weiler: “Well-Dunn”, en The New York Times, 4 de junio de 1972.] 

En la filmografía de Selmier citada al final Blow Away se menciona otro proyecto con la participación de Michael Dunn, previsto para 1973 pero nunca realizado, que lleva por título The Name Is Rupert. [Selmier y Kram: Op. cit. pág. 273.] Dicho libreto fue registrado en abril de ese mismo año en el registro del copyright de la Biblioteca del Congreso estadounidense.

Dunn fallecerá el verano siguiente en Londres, aunque antes se ve implicado en varios proyectos, entre ellos y de nuevo en España, La loba y la paloma (Gonzalo Suárez, 1974).