domingo, 15 de julio de 2018

ramón torrado (15)


Encuadrada en el ciclo de películas dedicadas a la Guerra Civil que se produjeron entre mediada la década de los sesenta y la muerte de Franco, La montaña rebelde (1971) presenta una vez más a un pueblo adherido sin fisuras a la causa de los sublevados, a unos republicanos convencidos de su derrota a fuerza de bonhomía y, como únicos antagonistas, a cuatro anarquistas rijosos, cortos de entendederas y amigos del aguardiente.

Abel (Tamy Saad), joven médico recién titulado, llega a la aldea donde nacieron su abuelo y su padre, en las agrestes tierras de los vaqueiros de alzada. Mingo (Gonzalo Cañas), que ha quedado al cuidado de las propiedades durante el invierno, le salva de morir despeñado al perderse en la niebla. A raíz de este hecho se establece entre ellos una amistad, sólo empañada por el amor que ambos sienten por Rita (María Elena Arpón), la hija del molinero. Pero ella sólo tiene ojos para Mingo y la maestra del pueblo (María Mahor) está interesada en Abel. Pero al estallar la guerra, un grupo de anarquistas se instala en el pueblo. El cura (Ángel Álvarez) se esconde en las montañas y casa a Mingo y a Rita. El capitán de la cuadrilla anarquista, intenta violarla y Mingo acaba con su vida. Durante el traslado de presos, el camión en el que viaja se estrella. De este modo, al acabar la contienda, Abel encuentra el camino expedito al corazón de Rita. Sin embrago, las cosas no van a resultar tan fáciles.

La ambientación de cartón-piedra de los interiores, la almibarada partitura de Alfonso Santisteban, una fotografía equivocada y las torpes interpretaciones de los actores jóvenes, empañan sin remedio los escasos apuntes folklóricos -llamarlos antropológicos sería pecar de exceso- sobre un mundo, el de los vaqueiros de alzada, tan desconocido al finalizar la cinta como antes de verla.

Guerreras verdes (1976) retrocede sólo un poco más en el tiempo. Este canto a la labor de la Guardia Civil está ambientado en los años de la II República, donde no resulta difícil mezclar churras con merinas, contrabando con caciquismo, revueltas sociales con bandidaje, gamberrismo con delincuencia. En mitad de este totum revolutum se yergue la figura heroica del sargento Sáez (Sancho Gracia), ejemplo de gallardía, valor y sentido del deber. Enfrentado por igual a un alcalde corrupto (Luis Induni) y a las intrigas del administrador del cortijo Campo Bajo (Agustín González), deberá resolver el misterioso asesinato del capataz de la finca, que se pretende hacer pasar por muerte accidental. Campo Bajo es propiedad de la señorita Dolores (Carmen Sevilla), secuestrada cuando viaje a Barcelona a pedir consejo a su primo (Daniel Martín). Y es que éste está conchabado con la hermana gemela de la secuestrada.

A partir de este punto la película asume a ratos las claves genéricas del folletín, en tanto que en otros momentos busca la adecuación casticista del modelo implantado por el western, en cuya vertiente mediterránea Torrado se ha entrenado durante la década de los sesenta. La referencia, desde el mismo título sería la policía montada del Canadá, cuyas aventuras ya había glosado en La carga de la policía montada (1964).

domingo, 8 de julio de 2018

ramón torrado (14)


Tres vetas ya explotadas por Torrado se dan cita en el argumento de Más allá del río Miño: el western, el cine religioso y el infantil, en el que ya se había fogueado con Aventura en el laboratorio (1967), cinta de circunstancias rodada en un par de semanas y con un paso igual de raudo por las pantallas. Hay otro antecedente más remoto aún, Un fantasma llamado amor (1957), revisitación de Romeo y Julieta en la que una pareja de niños (Conchita Goyanes y Elías Rodríguez) escapan de sus casas y buscan refugio para su amor purísimo en un convento en ruinas donde toman a un vagabundo (Carlos Casaravilla) por un fantasma. Pero volvamos al presente...

Desde su mismo inicio, Más allá del río Miño plantea el sincretismo popular en el que las fiestas paganas –a rapa das bestas- y religiosas –la festividad de san Pedro- se confunden con la bendición del cura (Sergio Mendizábal). La rapa de las crines y el marcado de los caballos propicia la pugna entre Fuco (Luis Marín) y Andrés (Gustavo Rojo). Lo que está en juego en realidad es el amor de Ana (Enriqueta Carballeira), la maestra del pueblo. Ésta tiene como alumno predilecto a Andresiño (Nino del Arco), el hijo de Andrés, quien, a su vez, mantiene una amistad indestructible con un potro llamado Benito. Para vengarse de Andrés, Fuco vende el potro a unos zíngaros. Andrés emprende la búsqueda por toda Galicia, para lo que cuenta con la ayuda de una turista sueca (Maria Gustaffson).

Con Andresiño a cargo del cura y postergado el enfrentamiento inevitable con Fuco, el dilema de Andrés se presenta ahora como un conflicto romántico en el que se enfrentan modernidad y tradición, o sea, el viaje sin rumbo contra la vida inmutable de la aldea, el descapotable contra el 600, la sueca y libre Erika contra la española y pacata Ana.

A lo largo de la segunda mitad del metraje la película se convierte en un travelogue, cuyas panorámicas de paisajes se justifican mediante las tomas en súper-8 que Erika realiza de un viaje que culmina en la mismísima catedral de Compostela ante el santo ecuestre, donde Andresiño se reencuentra con su amigo Benito y Andrés con Ana.

Además de la sección dedicada al grupo musical La Pandilla de En un mundo nuevo (1972) Torrado tiene aún otro encuentro con el cine infantil, promovido desde la Dirección General de Cinematografía que rige García Escudero. Se trata de Aventura en el laboratorio (1967) -también conocida como Lío en el laboratorio-, pero al ser uno de los escasos títulos de Torrado que no he podido ver, me contentaré con mencionar su realización, con producción de Roberto Pérez Moreno y guión de éste y de Mateo C. Miranda. La participación de ambos en Aventura en el palacio viejo (Manuel Torres, 1967) invita a pensar en un filón agotado rápidamente.

domingo, 1 de julio de 2018

ramón torrado (13)


Pluma al viento / Plume au vent (Ramón Torrado / Louis Cuny, 1952) es la primera ocasión en que Torrado firma al alimón una coproducción y ya se plantea la duda de cuál sería su cometido. Los créditos –repartidísimos para que encajasen en los estrictos márgenes de una coproducción paritaria conforme a los acuerdos recientemente firmados entre Francia y España- indican que Enrique Llovet es el autor de la “versión española y diálogos”, ya que la adaptación de la comedia musical de Jean Nohain y Claude Pingault recae en René Wheler, Guy Decomble y Louis Cuny. Éste último, que aparece como director único en la versión gala, figura en la española como “director artístico”, en tanto que Torrado ocupa el último cartón en solitario con el crédito de director.

La comedia presenta a un grupo de jóvenes desocupados que han tomado por asalto la fonda de la madre de Fernando/François (Jean Gaven) en un pueblecito vascongado para representar allí un musical. El protagonista será Carlos/Claude (Georges Guetary), que trae a todas las chicas de cabeza y al que, por su volubilidad amorosa, apodan “pluma al viento”. Una de ellas es Alicia (Jacqueline Pierreux), que está dispuesta a que la acompañe a Madrid como sea. La ocasión se presenta cuando Javier/Jean-Pierre (José Luis Ozores), un matemático enloquecido empeñado en la invención del rayo atómico X2, haga volar media fonda. En ese mismo momento le llega la noticia de que ha heredado una participación de medio millón de pesetas en la farmacia Bullón y Pardillo. Carlos se ofrece a ir en su lugar sin saber que allí está trabajando al tiempo que estudia la andaluza Elena/Héléna (Carmen Sevilla), a quien su madre pretende casar con Fernando. Aún hay más, porque en la botica trabaja también la linda Ana María/Anne-Marie (Nicole Francis), la hija del señor Pardillo (Félix Fernández), quien entregado en cuerpo y alma a su pasión taurómaca, ha despistado el medio millón de Fernando que Carlos reclama bajo la identidad de su amigo. El enredo se enreda más y más y sólo unos números musicales bastante modestos, proporcionan un respiro al espectador.

Vodevil sin concesiones, aquejado de una alegría juvenil tan frenética como impostada, la película repunta intermitentemente con las intervenciones de Félix Fernández en el papel del atribulado farmacéutico, en una interpretación bufa, grotesca en la mayoría de las ocasiones, pero llevada adelante con una convicción arrolladora.

Además, la deslocalización será uno de los grandes inconvenientes de este tipo de coproducciones en las que, intentando contentar a todo el mundo, la cosa no termina de ser ni carne ni pescado. Sorprende ver en una película española de esta época los escotes que luce Jacqueline Pierreux y el número andaluz, propiciado por el protagonismo de Carmen Sevilla, casa con el resto de inserciones musicales lo que a un Cristo una pistola.

En Amor a todo gas (1969) Torrado revisa su éxito con Carmen Morell y Pepe Blanco Amor sobre ruedas (1954). El papel femenino queda reducido en esta ocasión al ser interpretado por Nieves Navarro, actriz frecuentadora del western mediterráneo, muchas veces en compañía de Fernando Sancho, quien en esta ocasión hace de representante alemán de la cantante Laura Montes, que en la primera versión interpretara José Isbert. No se altera, en cambio, el enfrentamiento musical final en forma de jotas de picadillo que eran la especialidad del dúo Morell-Blanco, sólo que ahora, por rumbas. Y Xan Das Bolas repite en el papel de amigo gallego del taxista.

Por lo demás, la historia vuelve a ser prácticamente idéntica y muchos de los diálogos, también. Una cantante internacional llega a España. Deseosa de pasar desapercibida toma un taxi que conduce un aspirante a cantante. Ella finge ser una modesta empleada. Él la corteja y se muestra orgulloso de su propio triunfo en un concurso radiofónico. Ella lo arregla para que lo incluyan en el reparto del espectáculo que va a estrenar, pero en el último momento se arrepiente, pues, al reconocerla, dejará de amarla. Él se las ingenia para irrumpir en el espectáculo y demostrar su talento. Al final, el amor prevalece, previo sometimiento de la mujer al imperio del varón. Los tres lustros transcurridos entre ambas versiones, apenas alteran un ápice el argumento, que se renueva en lo accesorio –el color, la actuación en televisión…- para mantenerse inmutable en lo demás. O sea, una película un tanto sonrojante, cuyo único atractivo son las cinco o seis rumbas interpretadas por Peret.

Con ella llegó el amor (1970) es un refrito de asuntos torradianos al servicio de Chacho, un rumbero catalán que destaca por acompañarse al piano. Las raíces de su música son las mismas que las de Peret o "El Pescaílla": la canción cubana, la bossa nova, los éxitos de la música ligera... Si Peret es taxista, Chacho será guía turístico; si aquél se enamoraba de una cantante latinoamericana, éste lo hará de una millonaria mexicana (Mara Cruz); como a Manolo Escobar en Tú canción es para mí (1966), le acompaña en sus aventuras y en la pensión Ángel de Andrés; como cualquiera de los otros dos, logra al tiempo el triunfo como cantante y el amor. Por el camino, la princesa del petróleo se hace pasar por modelo sin posibles a fin de probar que el amor del rumbero es sincero, cosa que él pretende demostrar fingiéndose descerrajador de cajas de caudales. En este bastidor convencional, Torrado va intercalando las actuaciones de Chacho, a las que intenta insuflar un poco de variedad mediante algunos artificios externos. Tras la introducción al piano rumbero, "Nuestro ayer" resulta voluntariosamente cómica porque Chacho ha tomado prestado el frac del prestidigitador (Luis Barbero) y de sus mangas y de su chaleco no paran de salir pañuelos de colores y palomas que perturban el ambiente distendido de la sala de fiestas. Más interesantes resultan "El mundo en mis manos" y el mix "Bum-Bum" / "Sin nada" por su carácter onírico, un recurso que Torrado venía empleando desde sus películas con Paquita Rico. Si en el primer tema, la vuelta a la realidad es una dura caída de la cama, el segundo tiene aspiraciones de ballet conceptual. Comienza con Chacho el piano, interpretando una pieza de corte clásico mientras su amada baila al ralentí envuelta en tules celestes. Pero cuando el artista abandona el piano e intenta acercarse a ella, unos hippies la atrapan y arrojan una guitarra que, al explotar, provoca la desintegración del piano y la aparición de más hippies que bailan al ritmo frenético de "Bum-Bum", una pieza de gipsy soul a la que ambos se incorporan una vez superado el sobresalto inicial. Los efectos caleidoscópicos, que ya habían hecho acto de presencia en el sueño anterior, se convierten en este fragmento en motivo visual preeminente. Pero he aquí que, de pronto, aparecen entre el humo un grupo de rumberos tradicionales, con sus camisas rojas y sus guitarras amenazantes. Chacho parece pedir disculpas cuando abraza a Desi y canta: "Sin nada, voy caminando por la vida, no tengo, y ya ni sé ni adónde ir". Su incertidumbre queda reflejada en la división de la pantalla panorámica en dos mitades: a la izquierda, los hippies arrastran a Desi hacia la modernindad, en tanto que a la derecha, los rumberos retienen a Chacho en el puerto seguro de la rumba catalana.

No sabemos cuál sería la responsabilidad de Torrado en En un mundo nuevo (1972), dado que va firmada al alimón con Fernando García de la Vega, aunque cabe pensar que los playbacks corriesen por cuenta de éste, especialista televisivo en este terreno desde los lejanos tiempos de Escala en hi-fi (1961-1967) hasta el programa Pasaporte a Dublín (1970), en el que se elegía la canción que representaría a España en el Festival de Eurovisión y del que En un mundo nuevo constituye una especie de secuela cinematográfica.

En cualquier caso, la bicefalia es evidente, incluso en la distribución espacial de las dos subtramas principales. La primera atañe a Karina (Karina), contratada como institutriz para domesticar un poco a los montaraces miembros del grupo musical infantil La Pandilla, obligados a vivir en un chalet, lejos de sus familias, mientras preparan su próximo disco. La Julie Andrews de Mary Poppins (Mary Poppins, Robert Stevenson, 1964) y The Sound of Music (Sonrisas y lágrimas, Robert Wise, 1965) sirve de patrón no solo al personaje de Karina, sino a las canciones que interpreta con los niños. Por otro lado, están las rencillas provocadas en la casa de discos por la estrella en decadencia (Marisa Medina), el productor con aspiraciones artísticas (José Rubio), el director cazurro (Juanito Navarro) y el publicista sin escrúpulos (Andrés Pajares), al que se adjudica la nacionalidad italiana sólo con el fin de poder bautizarlo con el delirante nombre de Chéfalo Palermo.

En buena lógica dramática, ambas tramas terminan confluyendo en un final tan almibarado como las canciones de Karina y los chicos de La Pandilla, que se entremezclan en un popurrí inacababable.

domingo, 24 de junio de 2018

ramón torrado (12)


Para Carlos Heredero, la seña de identidad del cine folklórico de Torrado es “una abstracción plana y colorista, sumisa cultivadora de los tópicos”. Pero hasta los lugares comunes se gastan. La última colaboración entre el director y Paquita Rico se produce en Las lavanderas de Portugal / Les lavandières du Portugal (Ramón Torrado / Pierre Gaspard-Huit, 1957), comedia ambientada en París en la que Torrado sólo aparece como codirector. Tanto ésta como María de la O (1959), en la que vuelve a dirigir a Lola Flores, son ya cintas en Eastmancolor. Aunque Torrado se dedica a géneros más acordes con los tiempos durante la década de los sesenta —peplums, spaghetti-westerns...— está claro que es capaz de reciclar el esquema que le había dado tan buenos frutos porque, a partir de 1965, se convierte en el artífice del lanzamiento de Manolo Escobar como ídolo cinematográfico mediante la puesta al día de los clásicos clichés andalucistas.

En su segunda película, Mi canción es para ti (1965), el cantante almeriense interpreta a dos personajes que se mueven en el mismo ámbito. Por una parte es Manolo de Lorca, humilde trabajador con voz de oro que viaja a Madrid en compañía de Tumbaíto (Ángel de Andrés) por un quítame allá esas pajas con el señorito que pretende a su novia (Alejandra Nilo) y con intención de triunfar… aunque ambos terminan dedicados a las tareas del hogar en la pensión en la que se alojan. El otro es Curro Lucena, prepotente cantante en una sala de fiestas para turistas americanas deseosas de tipismo (María Martín) al cual sustituye por incomparecencia gracias al formidable parecido que guarda con él.

A los mínimos apuntes sobre las condiciones de trabajo en el campo andaluz y la miseria generada por la emigración interior, le sucede una dinámica de ascenso social gracias al éxito y a la bonhomía del personaje popular al que presta voz y efigie Manolo Escobar. De este modo, Mi canción es para ti termina levantando una frágil armazón dramático más próximo a la picaresca que a cualquier otro género cinematográfico, cuya principal función es sostener el hilvanado de canciones que van pautando regularmente el metraje.

La España tradicional de Un beso en el puerto (1966) queda retratada en el habitual pregénerico humorístico, encuadrado además en un formato académico y en blanco y negro, en el que un hombre con un burro enfila un día y otro y otro… la misma calle, en un rito inmutable y eterno. El progreso queda representado por una pareja de turistas que se bañan en las aguas del Mediterráneo con unos bañadores minúsculos y que traen moneda extranjera… O sea, las tan ansiadas divisas. Aquel pueblecito de pescadores se ha convertido en el Benidorm de 1966 y el cromatismo y el anamorfismo invaden la pantalla panorámica. El procedimiento se denomina SuperScope y fue utilizado, sobre todo, por el triunvirato Arturo González (productor), Ramón Torrado (director) y Manolo Escobar (protagonista): Torrado filma mediante este sistema Bienvenido, padre Murray y todo el ciclo dedicado al lanzamiento de Manolo Escobar como estrella cinematográfica.

Manolo (Manolo Escobar) es el cantarín empleado de una gasolinera en la turística villa costera. Pero un playboy (Arturo López) le cuenta su sistema para ligar con las extranjeras. Basta con acercarse a ellas en el puerto, llamarlas Dorothy y plantarles un beso. Ya está roto el hielo y la turista con hambre de macho hispánico, en el bote. Manolo pone en práctica la estrategia de su amigo, con tan buena suerte que la chica a la que se acerca (Ingrid Pitt) se llama efectivamente Dorothy y cree que es su primo. Su encarcelamiento por suplantación de personalidad junto a un patriarca gitano (Antonio Cintado) propiciará una de esas fantasías onírica-musicales a las que tan dado es Torrado, que aquí recicla recursos que en Rumbo (1949) o Debla, la virgen gitana (1951) resultaban algo más justificables. Un breve ballet flamenco da paso a una canción que Manolo Escobar le canta a una Ingrid Pitt ataviada de zíngara. Tanto la puesta en escena como el arreglo “flamenco pop” del tema constituyen un auténtico anticlímax. No obstante, lo más delirante aún está por llegar, el enfrentamiento con sus rivales, interpretados por dos bufos como Manuel Alexandre y Antonio Ferrandis.

Lo de que los curas se metan en camisas de once varas no es una novedad para el realizador de Bienvenido, padre Murray, así que, ni corto ni perezoso, le encasqueta la sotana al cantante almeriense en El padre Manolo (1967). Se trata de un padre Brown a la andaluza, metido en una investigación sobre un crimen camuflado como accidente de tráfico. Como además, el protagonista es Manolo Escobar, el sacerdote dedica a la susodicha investigación el tiempo que le dejan libre sus trucos de magia y  sus cantares. Claro que, si no fuera por las actuaciones exitosas del curita yeyé, ¿cómo iba a financiarse el colegio que el padre Manolo y el padre Pepe (Miguel Ligero) sostienen en un barrio del extrarradio tampoco especialmente necesitado? Porque ya sabemos que la educación pública no alcanza donde sí que llega la caridad cristiana.

El fallecido es Fernando (Mariano Vidal Molina), un empresario teatral cuyos tres primos estarían encantados de heredarle, aunque la bala que ha hecho que su coche se saliera de la carretera ha salido del rifle con mira telescópico de un facineroso (Fernando Sánchez Polack). ¿Quién le dio la orden de disparar y de hacer desaparecer a los testigos molestos?

Tras los tanteos de Torrado y a partir de Pero, ¿en qué país vivimos (José Luis Sáenz de Heredia, 1967), Sáenz de Heredia toma el relevo emparejando al cantante almeriense con Conchita Velasco y consolidando una fórmula de éxito a partir de la contraposición entre la España tradicional y la juventud yeyé, en la que la conciliación pasa por el sometimiento de la mujer aunque, en compensación, el cantante se vea obligado a actualizar su repertorio.

domingo, 17 de junio de 2018

ramón torrado (11)


Aunque el comandante John Bedford (Alex Scott) y el cabo Paul White (Frank Latimore) vistan casacas rojas, sus aventuras bien podrían haber tenido lugar en Fort Apache con casacas azules. La principal originalidad de esta nueva incursión de Torrado en el western tras la rareza –por híbrida- que supone Bienvenido, padre Murray (1964) es que tiene lugar en Canadá: La carga de la policía montada (1964). Así que su primer western estricto es, en realidad, un northern.

Los primeros compases presentan la rivalidad amorosa entre el cabo y el comandante por el amor de Valerie Jackson (María Silva), indecisa entre las atenciones y galantería del primero y los sentimientos del segundo, que, no obstante, pone el cumplimiento del deber por encima de todo. El conflicto entre colonizadores blancos y pieles rojas se presenta en el segundo acto con la llegada de los indios a negociar con un mercader de pieles Peter Barton (Tito García), dispuesto a proporcionarles whisky y rifles a cambio de la mercancía. Con el grupo llega Flor de las Cumbres (Diana Lorys), una bella piel roja a la que los tramperos contemplan con una lascivia que sólo logra contener la llegada del cabo. Sin embargo, la muerte de tres indios pone en el sendero de la guerra al gran jefe Oso Pardo (José Truchado). La Policía Montada tendrá que hacer valer su primacía a la hora de imponer la justicia en el territorio, haciendo saber a los indios que no permitirán acciones de venganza y Bedford encargará a White una misión suicida a fin de despejar el camino hacia el corazón de Valerie. Pero, cuando ya parecía que el conflicto amoroso estaba solucionado, el amor de la muchacha india por el cabo, la indecisión de Valerie y los celos del comandante, activan de nuevo el conflicto. De un modo harto artificioso, todo hay que decirlo.

El guión está firmado en solitario por Bautista Lacasa Nebot, autor de novelas de a duro con los seudónimos de John Lack y John Nebot, quien proporciona a Torrado un material estándar con el que el realizador parece sentirse a gusto. De su trabajo, merece una mención especial la secuencia que sirve de ecuador a la cinta, un típico asalto a la caravana de colonos escoltada por la milicia por parte de los enardecidos pieles rojas. Una planificación dinámica, el aprovechamiento del formato anamórfico mediante TotalScope, la abundancia de caballistas, que en muchas ocasiones se juegan la vida bajo los cascos de los caballos, y, de seguro, la labor de Joaquín Vera en funciones de ayudante de dirección y responsable de la segunda unidad, hacen de esta set piece uno de los mejores momentos de la dedicación al western de Ramón Torrado.

Sin apenas respiro, Torrado se embarca en la confección de otro western, Relevo para un pistolero (1964), que arranca cuando el pistolero “Relámpago” Harris (Alex Nicol) decide colgar los revólveres y rehacer su vida en el pueblo donde han frustrado su atraco al banco.Veinte años después llega allí Edwin Jackson (Luis Dávila), el hijo de su mejor amigo, procedente de Boston. Ahora que su padre ha muerto, Edwin pretende instalar una tienda de tejidos con la que empezar su fortuna. Por qué hacerlo en este remoto pueblo del Oeste es un auténtico misterio, aunque pronto tiene entre su clientela a Anna (Laura Granados), la cantante del saloon. Allí impone su ley del terror Jack Dillon (José Guardiola). Cuando éste abofetee a Anna, Edwin se enfrentará a él a puñetazos, pero Jack le amenaza de muerte. Los bandidos asaltan los dos comercios de Edwin, porque éste, prendado de los encantos de Carmen (Silvia Solar), ha decidido poner otra tienda para mexicanos y colocarla a ella al frente. Relámpago accede entonces a enseñarle cómo consiguió ser el pistolero más rápido del Oeste: unas cartucheras articuladas que le permiten disparar sin desenfundar.

A pesar de la promesa de no utilizar este truco más que para enfrentarse al malvado, una vez desaparecido éste, Edwin se deja ganar por el lado oscuro. La conciencia del poder que le otorgan sus pistolas lo convierten en el nuevo matón del pueblo. Cuando abuse de Carmen, habrá llegado el momento en que deberá enfrentarse a su maestro en el arte de matar.

El ciclo llega a su conclusión en plena apoteosis del western mediterráneo, con Los cuatreros (1965). Torrado abandona el filón cuando los demás empiezan a explotarlo.

Del rancho de Thompson (Luis Induni) están saliendo caballos que se venden al sur de la frontera. La sospecha de que le están robando subleva al ranchero, que ordena al capataz el recuento de los caballos. Pero, cuando se dirige a cumplir las órdenes, el capataz es asesinado. Esa misma noche se presenta en casa de Thompson un desconocido (Edmund Purdom), que le avisa de que le van a secuestrar. Gracias a su ayuda, Thompson y su hija Mary (María Silva), salen indemnes del atentado, por lo que le ofrecen el cargo de capataz. Entre Mary y el hombre, que se llama nada menos que Jim James, no tarda en prender la llama del amor. Pero el padre de ella quiere que se case con su primo Lance (Frank Latimore), aficionado a la bebida y al juego, que debe una importante suma al dueño del saloon (Santiago Rivero).

Según se va desenvolviendo la trama a golpe de tópico –la cantante de saloon (Laura Granados) que ha conocido a Jim en el pasado, la falsa acusación de asesinato contra él con pruebas falsas….- también se va desplegando un juego de falsas identidades al que Torrado ha recurrido repetidamente con anterioridad –véanse, por ejemplo, La niña de la venta y Estrella de Sierra Morena- de modo que Jim no sólo se presentará en el cuartel vestido de uniforme, con lo que nos es revelada su auténtico propósito, sino que volverá al rancho disfrazado de sacerdote, fingiéndose hermano del fallecido a fin de hacer justicia.

Al contrario que en La carga de la policía montada, la acción de Los cuatreros se desarrolla en un puñado de decorados interiores –la casa de Thompson, el saloon, la oficina del sheriff…- y sólo muy ocasionalmente se arriesga en los auténticos escenarios que demanda el género: el aire libre de las espectaculares cabalgadas y las persecuciones a tiros. Torrado parece más cómodo en las escenas de comedia chusca -las chicas del coro admirando la galanura del reverendo...-, que en la acción por la acción, que constituye la médula del western de novela de quiosco, filón en el que Los cuatreros encuentra acomodo a pesar de sus divergencias con el canon.

A pesar de ser producciones estrictamente nacionales, Los cuatreros y La carga de la policía montada tuvieron distribución internacional con los nombres del equipo convenientemente anglosajonizados. Es así como Torrado se convierte en Ray o Raymond Torrad, a quien se acredita la realización de Savage Charge y Shoot to Kill. Eso sí, en esta trilogía western –tetralogía, si contamos Bienvenido, padre Murray- Torrado se muestra refractario al modelo impuesto por el éxito sin precedentes de las películas de Sergio Leone. Ni por temática ni por estilo visual se apunta al carro, permaneciendo fiel a unos modos que a estas alturas tienen más de rutinario artesanado que de maestría clasicista.

domingo, 10 de junio de 2018

ramón torrado (10)


El gran éxito popular de Botón de ancla (1948) propicia que el mismo equipo y, sobre todo, el mismo trío protagonista –Jorge Mistral, Fernando Fernán-Gómez y Antonio Casal- intervenga en La trinca del aire (1951), remedo de aquélla en el que la Escuela Naval de Marín se veía sustituida por la de Cazadores Paracaidistas de Alcantarilla. Jabato (Casal) y Zanahoria (Fernán-Gómez) se dedican a embromar al tenorio Alberto (Mistral), que lleva tiempo intentando conquistar a Irene (Carmelita González) pero la deja de lado por la bella Nati (Helga Liné). Entre aventuras románticas, bromas cuarteles, lecciones teórico-prácticas y ejercicios de salto en paracaídas se va desarrollando la vida en la Escuela de los tres tenientes. Torrado se atreve, incluso, a introducir sin la más mínima justificación una fantasía oriental a modo de sueño, lo que permite a Helga Liné lucir sus encantos y sus habilidades como bailarina, y a Fernán-Gómez ejecutar el clásico número cómico de la odalisca. El último acto presenta una acción heroica, como en Botón de ancla: cuando un hangar se incendie, Alberto que estaba a punto de desertar en pos de Tina, regresa para salvar a Jabato, sólo que esta vez todo se resuelve felizmente.

El mismo esquema argumental de aquéllas sirve como punto de partida para Héroes del aire (1957). Tres hombres se incorporan a la escuadrilla de cazas del comandante Gonzalo Rivas (Alfredo Mayo). El más descarado del grupo es Alfredo Soler (Julio Núñez), de cuya hermana (Lina Rosales) se enamora el heroico comandante. Pero este esquema argumental constituye sólo el primer flashback de un relato que adopta sucesivos esquemas genéricos -algo muy habitual en Torrado- para constituir un melodrama en toda regla construido en torno a dos historias de amor cuyo foco de atención se ve continuamente desplazado. A esta lógica del punto de vista alterno corresponden los otros dos flashbacks carentes de interés en lo relativo a la progresión dramática, suerte de piezas exentas con autonomía propia. Si el primero, focalizado en el comandante, corresponde a este esquema bélico, propicio a la aventura heroico-aeronáutica y a la diversión polifónico-cuartelera, el segundo, que se centra en Isabel, desarrolla la trama romántica del militar convaleciente y la mujer de pasado infeliz. El colofón melodramático será la reaparición del marido al que Isabel creía muerto (Tomás Blanco) quien la chantajea para desaparecer definitivamente de su vida. Ambas analepsis se encuadran en la investigación que se sigue en el presente contra Soler por haber estrellado su aparato y negarse a revelar a dónde voló con él. La tercera y última presenta el encuentro de Soler con Herminia (Maria Piazzai) una bella azafata y sus planes de boda. Ha sido precisamente durante el último vuelo transatlántico de ésta, que Isabel le ha pedido que vaya a pagar al chantajista y por lo que él no puede revelar la verdad al ahora coronel Rivas, su superior en el servicio de Búsqueda y Salvamento de Aviones. El último acto tiene lugar en el marco de este servicio, del que Soler ha sido relevado. No obstante, decidirá abordar en pleno vuelo el avión de pasajeros en el que viaja Herminia, al sufrir el piloto un desvanecimiento, haciéndose acreedor así a la redención de cara a sus superiores. Encuadrable plenamente este último dentro del cine de catástrofes, con un razonable trabajo de maquetas y fotografía en brillante Eastmancolor, Héroes del aire termina siendo una de las mejores películas de Ramón Torrado, en la que, a pesar del desgalichado armazón argumental, puede lucirse en todos los registros.

En Un paso al frente (1960) Torrado se atiene una vez más a un clásico esquema que ya devenido clásico y reúne a tres aspirantes a paracaidistas bisoños en la academia. Gabriel Linares (Julio Núñez) es un chico humilde dispuesto a salir adelante en la vida, Rafael Aguirre (Germán Cobos) el típico donjuán, y Miguel Ibarra (José Campos), el hijo de papá que se cree que el mundo es suyo y ha llegado allí por una apuesta. Bajo la paternal tutela del comandante Guzmán (Alfredo Mayo) y la severa vigilancia del sargento Canuto Bermúdez (Tomás Blanco), se desarrolla el periodo de formación que, como en otras películas del ciclo, se convierte en una especie de publirreportaje para que la juventud española se aliste al cuerpo. Vida saludable, sana camaradería y alguna gamberrada, que alternan con secuencias en las que el páter canta las excelencias arquitectónicas e históricas de Alcalá de Henares. Una vez pagado el peaje al estilo plateresco y al ejército español, se desarrollan una serie de aventuras sentimentales en los que juega el papel principal Milagros (Charito Maldonado), la chica del estanco de la plaza. De este modo, Torrado tiene ocasión de mostrar su aseo a la hora de hilvanar secuencias sin que el cambio de registro continuo parezca importarle demasiado. A algunas escenas resueltas con cierta habilidad les suceden otras cuya comicidad forzada no termina de rendir los dividendos pretendidos, como por ejemplo el larguísimo gag del puro explosivo, cuya resolución nos escamotea. La operación de salvamento durante el desbordamiento del río en el pueblo de Gabriel proporciona el clímax. Cuando el comandante (José Nieto) pide voluntarios para tan arriesgada misión, toda la compañía de “un paso al frente”. La reconfiguración del ejército español a dos décadas de la finalización de la Guerra Civil exige la misma eficacia en la guerra que en la paz y el proceso de maduración de los tres jóvenes no exige ya, como en Botón de ancla, el sacrificio de uno de ellos. España puede mirar al futuro con optimismo.

El ciclo tiene su estrambote en Ella y los veteranos (1961). La cinta arranca con un grupo de abueletes que juega a la guerra con el hijo de la dueña de la pensión en la que viven. En el ardor de la batalla han olvidado que es uno de abril, el día del Desfile de la Victoria, en el que las fuerzas armadas renuevas su adhesión al régimen y a quien lo personifica: el Caudillo. En la tribuna de veteranos, aunque tarde, ocupan sus puestos, mientras ante ellos se exhibe el más moderno armamento militar. No por ello dejan los ancianos de representar las dos Españas: si unos militaron en el carlismo, los otros estuvieron en el bando isabelino cuando la insurrección carlista de 1872. Eso sí, hace unos años que firmaron su propia paz para juntar sus ahorros y poder llevar una vejez más o menos digna en una pensión. Pero todo enfrentamiento termina cuando llega de Zamora Ana María (María Luz Galicia), la sobrina de don Joaquín (Jesús Tordesillas). A pesar de las reticencias iniciales, pronto los cuatro cascarrabias se rinden a los encantos de la sobrina. Las batallas, a partir de este momento, se libran en el campo de los sexos, porque Ana María se ha enamorado de un teniente de infantería (Javier Armet). La vigilancia de los ancianitos, el miedo a quedarse solos y, luego, la guerrilla de celos entre los jóvenes va acumulando incidentes sin que aquello tenga mayor interés que las inocentes meteduras de pata de los cuatro vejetes a la hora de reconciliar a la pareja.
Una vez casada la pareja, hay una coda patética: la muerte de don Joaquín, el primero de ellos en abandonar a sus camaradas. Si el desfile militar remitía a Un paso al frente, esta muerte que sirve para reconciliar a los demás es herencia de Botón de ancla, sólo que aquí no hay heroísmo, ni verdadera rivalidad, ni nada.

domingo, 3 de junio de 2018

ramón torrado (9)


El éxito de Molokai, la isla maldita (Luis Lucia, 1959) provocó una avalancha de hagiografías cinematográficas entre las que cabe destacar Rosa de Lima (José María Elorrieta, 1961), Teresa de Jesús (Juan de Orduña, 1963), Isidro el labrador (Rafael J. Salvia, 1964), Aquella joven de blanco (León Klimovsly, 1964)...

La contribución de Ramón Torrado al ciclo es Fray Escoba (1961), biografía del beato Martín de Porres, ambientada en el virreinato de Perú en 1580. Martín lleva sobre sí el doble baldón de ser mulato e hijo natural de un noble (Alfredo Mayo), que lo lleva a Guayaquil junto a él para que reciba educación de hidalgo. Pero, al regresar a Lima, el muchacho ingresa en el convento de la orden de los dominicos, donde su ejercicio continuo de la caridad y la humildad le llevan a realizar las tareas más humildes y a que algunos desalmados lo bauticen como "Fray Escoba". Su ejemplar bondad pronto comienza a traducirse en hechos prodigiosos. Como aprendiz de barbero (Roberto Rey), le saca la muela a un blasfemo (José Sepúlveda) sin que éste sienta el más mínimo dolor. Luego, en el mercado, el contenido de su cesta se multiplica para que pueda conceder a cada cual de acuerdo con sus necesidades... Y se desdobla para poder limpiar la habitación del incrédulo fray Cirilo (Francisco Bernal) y atender a los enfermos. Y levita para poder hablar íntimamente con Cristo crucificado. Prodigios todos, que Torrado rueda sin énfasis ninguno de efectos especiales incidiendo en el carácter cotidiano de los milagros que obra el fraile mulato.

El progresivo encanecimiento de fray Martín –y un maquillaje bastante pobre, todo hay que decirlo- sustituye a una estructura dramática que se organiza como mera sucesión de estampas piadosas. Es por ello que, discurridas tres cuartas partes del metraje, los guionistas recurren al expediente de enviarlo a un retiro para frailes enfermos y de convocarlo desde allí al lecho de muerte del arzobispo de Lima. En un quid pro quo ejemplar, la salvación del arzobispo supondrá la muerte terrenal de fray Martín y la conversión definitiva de fray Barragán (Juan Calvo), quien, como Balarrasa, ha sido militar blasfemo antes que fraile. Este milagro postrero se hace por fin acreedor de un modestísimo efecto especial, una sobreimpresión del espíritu del frailecillo, tan humilde en su ejecución como el personaje al que retrata.

Cristo negro (1962) es una película maniquea. Todo es blanco o negro. Todas las almas, no los cuerpos. Alma inmaculada la de Mikoa / Martín (René Muñoz) atrapada en un  cuerpo oscuro que convierte en aberración su amor por Mary (María Silva), a quien conoce desde niña. Alma negra la de Charles (José Manuel Martín), que asesinará al padre de Mikoa y volverá años después a esta región del África ecuatorial para ayudar interesadamente a quienes manipulan a los nativos para que se rebelen contra la metrópoli. Alma tan blanca como su toca la de la siempre risueña sor Alicia (Charo del Río) a la que un negro ebrio intentará violar. Si acaso, está en un sí es no es, el terrateniente Janson (José Bódalo), el padre de Mary, que mantiene unas excelente malas relaciones con el misionero y se resiste a dejarse chantajear por sus trabajadores.

La mismísima cruz que preside el pueblo será el símbolo de la labor civilizadora de España, pues el padre Braulio es el único español de los contornos. La civilización tiene tres estadíos cuya prioridad queda claramente establecida desde el principio: la iglesia o la salud de las almas, el hospital o la salud del cuerpo y la escuela o la educación. Olvidadas sus ansias de venganza gracias al bautismo, Mikoa / Martín se convertirá en el maestro de sus hermanos de raza y en un auténtico mártir durante la revuelta indígena.

Segunda de las tres producciones dirigidas por Ramón Torrado y protagonizadas por René Muñoz para la cooperativa Copercines, Cristo negro no oculta su intención de seguir explotando el filón hallado con Fray Escoba. Tanto es así, que el padre Braulio no dudará en bautizar a Mikoa con su nombre y el joven se postrará a rezar ante sí mismo en efigie.

El ciclo se agotará un año más tarde con el fracaso del western mediterráneo Bienvenido, padre Murray (1964). El padre Murray (René Muñoz) llega a un pueblo tejano para ejercer su ministerio. Pero el cura es negro y hace tiempo que allí se linchó a uno de su raza acusándole de un crimen que en realidad había cometido Ray Terris (Howard Vernon). Caroline (Charo del Río), la hija de un comerciante puritano (Jesús Tordesillas), es la única que está por encima de los prejuicios raciales. Al pueblo llega de incógnito el hijo del asesinado hace años (Ángel del Pozo), enamorado de Caroline, y un grupo de vaqueros que van a participar en el rodeo. Todo ello mientras Ray Terris planea un nuevo robo y busca a quien inculpar.

Con situaciones y diálogos de novela de a duro, Bienvenido, padre Murray sitúa su acción en la frontera con México a fin de justificar la presencia en la comunidad de un cura católico que no siempre ofrece la otra mejilla. No obstante, a pesar de su protagonismo, los hechos más violentos para defender la ley de Dios y la de los hombres recaen en personajes secundarios, lo que hace progresar la intriga con no pocos tropiezos. La presencia en las pantallas poco tiempo después de violentos predicadores más querenciosos del colt que de la cruz, sitúan a la película de Torrado en una especie de limbo genérico, ajeno a los códigos a los que pretende remitirse. Hoy en día sólo puede apreciarse de ella su condición de rareza.