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domingo, 19 de octubre de 2025

la voz lejana, un neville abortado

Jornada, 4 de mayo de 1950, pág. 7

Me pone Miguel Zozaya —al que van dedicadas estas líneas— sobre la pista de una obra ignorada de Neville. Se trata de La voz lejana, un proyecto en torno al cual se conservan cuatro documentos mecanografiados en la Biblioteca Nacional, donados por Domingo Plazas, el abogado de la familia. [Biblioteca Nacional de España, ARCH.ENR/3/21-22-23-24.]

Los materiales catalogados son los siguientes: un tratamiento de 36 páginas con la descripción completa del argumento y los escenarios en que tiene lugar la acción; un guión literario a dos columnas —acción y diálogo, según la costumbre de la época— de 88 páginas; otro guión literario de 68 páginas, pero incompleto, en el que lo que en el primer tratamiento era trama principal pasa a ocupar un lugar secundario; y tres páginas tituladas “Notas a las primeras secuencias”. Los cuatro documentos están sin firmar y sin datar, aunque los dos primeros llevan el inconfundible sello de Neville. En los otros dos, según la investigación de Zozaya, habría intervenido el guionista Antonio Abad Ojuel, que lo menciona como una película “para Jorge Negrete”. Todo ello nos lleva a inferir que se trata de un proyecto concebido a rebufo de la celebración del II Congreso Cinematográfico Hispanoamericano celebrado en Madrid entre el 27 de junio al 4 de julio de 1948; más concretamente, tras la realización de Jalisco canta en Sevilla (Fernando de Fuentes, 1948), primera película de Jorge Negrete en España. Dirigida eminentemente al público español, Jalisco canta en Sevilla habría buscado las analogías entre el rancho jalisciense y el cortijo andaluz, pero habría renunciado, según Díaz López, a los elementos más “mexicanos” de la comedia ranchera, como la rivalidad amorosa entre los machos, las picardías de los personajes subalternos y algunas de las canciones más características. Como veremos a continuación, el proyecto de Neville, al resituar la acción en lo que entonces se denominaba Castilla la Vieja y eludir los tópicos andalucistas, permite recuperar alguna de estas señas características, no sin ciertas dosis de ironía.

El tratamiento de La voz lejana describía la historia en los siguientes términos: Una modesta compañía de circo ambulante llega a un pueblo castellano —Sepúlveda, Turégano o Coca— de amenazante cielo con “nubes zulogaescas”. La principal atracción del circo es Carlos Mendoza, un charro mexicano que, además de hacer sus números de doma de caballos, lazo y látigo, canta. Al instalar la carpa en las afueras del pueblo, se encuentra con Berta, una muchacha medio salvaje que vive en un vagón abandonado con su padre, un viejo ferroviario ciego. Berta es objeto de las burlas de Martín, el hijo del alcalde, y su grupo de amigotes. Carlos la defiende y la invita al circo. Durante la función, Martín y sus amigos hacen todo lo que pueden por reventar el espectáculo y Carlos les hace pagar por su comportamiento. Martín y su amigo jorobeta hacen que las vaquillas empitonen a los caballos de Carlos en la capea que sirve de broche a las fiestas del pueblo: se masca la tragedia, a lo que contribuye una repentina tormenta. Viene entonces la clásica estampa de la recogida del circo bajo la lluvia, pero Carlos no marcha con el resto de la troupe. El padre de Berta padece una crisis y cuando ella va a buscar al médico, tropieza con el cadáver de Martín. La Guardia Civil detiene a Carlos en el nuevo emplazamiento del circo. Éste reconoce ante el juez que pegó una paliza a su rival, pero no que le matara. Berta se confiesa culpable para liberarlo. Lola y Manolo, dos gitanos a los que Carlos ha ayudado cuando robaron un burro al alcalde, se convierten en cómplices de la pareja: Lola enseña a bailar a Berta para que se convierta en artista y Manolo emborracha al jorobeta hasta que confiesa su culpabilidad, harto de llevar toda la vida ejerciendo de bufón para su amigo. Final feliz: en el Parque María Luisa de Sevilla, la compañía anuncia las nuevas funciones. Berta es ahora la asistente de Carlos.

El ambiente circense y la trama de los gamberros provincianos remiten directamente a dos películas previas de Neville: Verbena (1941) y La señorita de Trevélez (1936), según Arniches. Otra tragedia grotesca del sainetero alicantino queda evocada con el lanzamiento de huesos de aceituna, central en Don Quintín el amargao, cuya versión cinematográfica dirige Luis Marquina en 1935 para Filmófono. El tema del circo que llega al pueblo turbando corazones femeninos provendría de L’alegria que passa, de Santiago Rusiñol, del que Neville acaba de adaptar El señor Esteve (1948), y de El fantasma y doña Juanita (Rafael Gil, 1944).

Desde luego, leyendo la descripción argumental sólo se puede pensar en Jorge Negrete, algo que queda reforzado en el guión literario, donde se ironiza con el contenido de los temas musicales. El primero, durante la parada y con el acompañamiento del Trío Calaveras, es una “canción diciendo que es muy machote y muy mejicano y esas cosas que dicen normalmente los charros”. [pág. 3.] La segunda está dedicada a sus caballos, que son “los mejores y corren como el viento porque él los ha cazado a lazo él en Jalisco que es donde los hombres son más machotes y más mejicanos y todas esas cosas que dicen”. [pág. 16.] Y Berta reconoce que se sabe un montón de canciones mexicanas de ver películas de Negrete. [pág. 17.]

El nuevo guión literario —incompleto y atribuible a Abad Ojuel, aunque carezca de firma— proporciona un giro radical al proyecto. La localización en Turégano se hace explícita y su castillo tiene un papel capital, porque Berta y su padre habitan en las ruinas. El circo no llega hasta avanzado el metraje y cobra protagonismo el acoso al que Martín y sus amigos someten a Berta como tema central de la película. En cambio, las canciones parece que hubieran sido dejadas caer un poco al tresbolillo, por obligación, con un complicado encaje en el tono gótico que adquiere la película debido a la localización y las persecuciones que en ella tienen lugar. Esta versión truncada culmina con la escena de la guardia civil descubriendo el cadáver de Martín con la cabeza machacada.

Las “Notas a las primeras secuencias” corresponden a esta versión e introducen la figura del tonto del pueblo y su participación en la resolución del crimen. La reconstrucción del asesinato, con sus flashbacks [nota 20] podría remitir a la construcción de El crimen de la calle de Bordadores (Edgar Neville, 1946), pero, en general, el “toque Neville” parece totalmente ausente de este desarrollo.

Cruzando todos estos datos encontramos algunas informaciones que nos permiten reconstruir la historia de este proceso frustrado. El semanario 7 Fechas del 2 de mayo de 1950 anuncia la llegada a Madrid de Negrete y su mujer, la actriz Gloria Marín, “sin aquel tremendo alboroto de admiradoras que le aguardaban en los andenes dela estación del Norte para apretujarle jubilosamente y arrancarle los botones del chaleco, que es lo que suelen hacer las admiradoras en estos casos”. La revista oficial Primer Plano da algún dato más: “Jorge Negrete y Gloria Marín. Matrimonio de actores. Jorge Negrete ha venido a interpretar una película a las órdenes de Neville. Hará el papel de un héroe de circo. Título posible de la película: La voz lejana. La voz, naturalmente, la de Negrete. [“Estrictamente confidencial”, en Primer Plano, núm. 499, 7 de mayo de 1950, pág. 22.] Y sólo dos días más tarde, el diario Pueblo aclara que el actor debería interpretar dos películas para Cesáreo González, que ha decidido arrancar el contrato con Teatro Apolo, de Rafael Gil, “por no estar totalmente terminado el guión de La voz lejana”. Neville estaría ultimando el libreto con la colaboración de Abad Ojuel, “para iniciar el rodaje inmediatamente después de Teatro Apolo”.

Lo extraño, entonces, es que la segunda versión de La voz lejana fuera abandonada y ninguna de las dos se presentara a censura. Es probable que Neville terminara la primera versión del guión durante la postproducción de El último caballo (1950), la cinta que ha estado rodando a principios de año con producción propia, y que el libreto no satisficiera plenamente al empresario gallego y éste propusiera la participación de Abad Ojuel, que ha colaborado con Gil en los guiones de La noche del sábado (1950) y la mencionada Teatro Apolo.

Cesáreo González decide entonces reforzar el elemento argentino de los acuerdos, poniendo en marcha la producción del remake de El negro que tenía el alma blanca, dirigido y protagonizado por Hugo del Carril en 1951 y la contratación de Luis Saslavsky para dirigir a María Félix en La corona negra / La couronne noire (1951). En cuanto a la vertiente azteca, se internacionaliza con dos nuevas películas de la Doña en colaboración con Italia: Mesalina / Mesalina (Carmine Gallone, 1951) y Hechizo trágico / Incantesimo tragico (Mario Sequi, 1952).

1953 es el año del fallecimiento de Negrete y de un giro radical en la política productiva de Cesáreo González, que pasa a exportar a sus estrellas femeninas españolas con contratos multimediales: cine, galas, radio... Es el año en que se pone en marcha Gitana tenías que ser (Rafael Baledón, 1953), con Carmen Sevilla y Pedro Infante, y Pena, penita, pena (Miguel Morayta, 1953), con Lola Flores y Luis Aguilar.

En cuanto a Neville, dirige en 1952 Duende y misterio del flamenco, con distribución de Suevia Films-Cesáreo y González y, ese mismo año, el estruendoso éxito de la comedia El baile y los problemas derivados de la coproducción con Francia de La ironía del dinero / Bonjour la chance (Edgar Neville, Guy Lefranc, 1953) hacen que pierda interés en su carrera cinematográfica y se dedique en cuerpo y alma al teatro.

El  jueves, 23 de octubre, a las 19:30 Filmoteca de Navarra proyecta Mare Nostrum (Rafael Gil, 1948) con motivo de la publicación de la monografía sobre el guionista navarro Antonio Abad Ojuel escrita por Miguel Zozaya, que presentará la sesión. Es el décimo volumen de la Colección de Libros de Cine de la Filmoteca de Navarra.

domingo, 17 de abril de 2022

gil al servicio de sara montiel

Como tantas películas de Sara Montiel de finales de la década de los cincuenta y principios de los sesenta, La reina del Chantecler (1962) es una reedición de El último cuplé (Juan de Orduña, 1957). Jesús María de Arozamena y Antonio Mas Guindal vuelven a hilvanar un libreto en el que asistimos a la condena al desamor de una artista del género ínfimo. Pero si en la película inaugural María Luján era un personaje imaginario, aquí remite directamente a Consuelo Portela "La Bella Chelito", que triunfó en el Salón Chantecler de la plaza del Carmen en la segunda década del siglo XX. Al situar la acción en el Madrid de 1916, los años de la Gran Guerra, los guionistas aprovechan para incluir también a otro personaje real, Margaretha Geertruida Zelle, conocida en los escenarios como Mata Hari, y en los círculos de los servicios secretos como la agente H-21. La participación —real o supuesta, tanto da— en su detención al regresar a Francia desde España del periodista Enrique Gómez Carrillo, proporciona al argumento una subtrama en la que figuran la bailarina holandesa (Greta Chi) con su propio nombre y el periodista guatemalteco afincado en España levemente alterado como Federico (Alberto de Mendoza), el amante de la Bella Charito. Acaso esta fuera la idea del figurinista y dibujante Pepito Zamora, buen conocedor de aquel mundo en compañía de Álvaro Retana, del que Sara Montiel canta dos cuplés, y que aprovechó el éxito de estas películas para intentar rescatar su legado como cronista de la sicalipsis con la publicación en 1963 de su última novela, oportunamente titulada La reina del cuplé.

Durante el primer acto, Gil se dedica a la descripción del ambiente de los teatros de variedades en esa época. El Chantecler, el salón Parisiana de la Moncloa, artistas casticísimas con apodos como "La Cuaquerita" (Eugenia Roca), comerciantes provincianos provectos que siguen echando canitas al aire en la capital (poco más que un cameo de Miguel Ligero) y ministros conservadores (José Franco) que regalan joyas a las mujeres más deseadas de su tiempo y consiguen que se reabran los teatros cerrados por escándalo público. En el segundo acto gana espacio el amor ilícito de la condesa de Valdeluna (María Asquerino) y Federico, y la añagaza que urden para que el marido burlado (José María Seoane) crea que la "mala mujer" es Charito y no la condesa. El escándalo de su suicidio aconseja que la artista y su madre (Milagros Leal) desparezcan de Madrid, por lo que aceptan un contrato para actuar en el Casino de San Sebastián. Allí cerca, en Oyarzun, Charito encuentra el amor auténtico en un ingenuo pelotari (Luigi Giuliani), miembro de una familia conservadora de rancia tradición carlista. La detención de Mata Hari en la frontera y el descubrimiento por parte del pelotari de la verdadera identidad de su amada conducen al clímax melodramático. Como mandan las leyes del ciclo, la protagonista volverá al escenario y ofrecerá su corazón destrozado al público en un cuplé postrero.

Samba (1964) es la segunda y última película en la que Rafael Gil dirige a Sara Montiel por encargo de Cesáreo González: una intriga policiaca bastante enrevesada que José López Rubio escribe en colaboración con Jesús María de Arozamena y que sirve de bastidor a los números musicales de la estrella femenina, como no podía ser de otro modo.

Belén Moreira (Montiel) es una modesta costurerita de la favela de Morro do Salgueiro ennoviada con Paulo (Marc Michel), un joven que trabaja en una gasolinera. La abuela de Belén (Antonia Marzullo) es una hechicera macumba que ha imbuido en su nieta el sueño de ser la nueva Xica da Silva, una esclava de gran belleza a la que un tratante de diamantes cubrió de riquezas. La escuela de samba local elige precisamente a Belén para encarnar este personaje en el desfile de carnaval. Claro que la cosa tiene truco, porque un par de gánsteres le han ofrecido al presidente de la escuela una pequeña fortuna para que sea ella la escogida. El cuento de la Cenicienta tiene su lado perverso porque ya hemos visto que el príncipe azul no es otro que el alucinado Fernandes de Oliveira (Fosco Giachetti), que ha disparado contra una cantante idéntica a ella en el prólogo de la cinta. Belén va a realizar la fantasía de que Laura, la fallecida, sigue viva. Todo es una confabulación de unos contrabandistas, que pretenden aprovechar la gira por Europa de la escuela de samba para sacar los diamantes de Brasil.

Gil dirige con un ojo puesto en Orfeu negro (Orfeo negro, Marcel Camus, 1957) y otro en el travelogue, esa suerte de documental sobre paisajes exóticos. El problema es que la figura principal, Sara, aparece siempre como despegada del fondo, un pegote imposible hasta en los números musicales, sobre todo, en los que deberían de tener sabor popular. Como, además, la química con Marc Michel es nula, el principal valor de Samba es el intento de facturar un cuento de hadas contemporáneo en la línea de la "comedia de la felicidad" que López Rubio cultivaba en los escenarios. Quizá por eso en esta ocasión no hay final melodramático para la estrella, sino la celebración de la vida que, un día al año, supone el carnaval.

De la participación brasileña en la producción, aparte de las localizaciones, apenas podemos destacar la presencia en el reparto de Grande Otelo, en un papel cómico de marido calzonazos.

domingo, 20 de marzo de 2022

gil, maría de los ángeles morales y el género chico

Una docena de años antes de que a José Tamayo se le ocurrirá empaquetar lo más popular del repertorio lírico español en las Antologías de la Zarzuela, ya andaba Rafael Gil en estos trances. Teatro Apolo (1950), con el divo mexicano Jorge Negrete como protagonista masculino, y De Madrid al cielo (1952), están producidas por Cesáreo González y tienen al frente del reparto a la cantante María de los Ángeles Morales, estrella fugaz de la ópera que se retiró en 1954, poco después de casarse.

Rafael Gil arranca la película con una advertencia al espectador de que lo que se va a ver no es una biografía del teatro, sino un homenaje al género chico. Y así, tanta importancia como los temas musicales tienen el ambiente del teatro titular, las juergas con las coristas en el Café de Fornos, los banquetes en Lhardy o las amanecidas en la churrería de San Ginés. La variopinta fauna de la pensión de doña Flora (Julia Lajos), con el sablista Viñas (Félix Fernández) a la cabeza, funcionan en este mismo sentido. Todo esto, de un modo frívolo y rayano, a ratos en el slapstick, como los dos primeros encuentros entre el acaudalado mexicano Miguel Velasco (Jorge Negrete) y la corista del Apolo (Celia Morales) o el episodio del tenor afónico (Enrique Herreros).

El viraje al melodrama se produce durante la escena en la que Celia se entrevista con el padre de Miguel, que ha suspendido su regreso a México para casarse por amor a la corista. Ella entiende la situación y decide alejarse de él, pero en la conversación deja claro que es una escena mil veces vista: es el argumento de La traviatta y La dama de las camelias. Para dejar el camino libre al hombre que ama, renuncia al estreno de la ópera Marina, de Emilio Arrieta, y se marcha de viaje con un antiguo pretendiente (Luis Hurtado). Pero Miguel no abandona España. Desheredado, malbarata sus últimas pertenencias esperándola. El reencuentro se produce en la chocolatería de San Ginés, buscando una mesa sobre la que descabezar un sueño. En cuarenta minutos, Gil nos ha conducido de la comedia jovial al melodrama.

Una vez juntos, el segundo acto discurre de éxito en éxito. No hay conflicto alguno y aparte de los duetos que interpreta la pareja, todo parece discurrir como los travellings por esa galería de retratos dedicados por grandes compositores que sirven de transición a los números musicales. Tras la retirada de Celia, el último acto recupera el conflicto. Ahora Miguel, que continúa como director artísitco del Apolo, se esfuerza por mantenerse al día y Celia le reprocha que haya olvidado los éxitos que les reportó el género chico. O sea, el paso de La verbena de la Paloma, de Tomás Bretón, a Molinos de viento, de Pablo Luna. Este trueque tiene su correspondencia argumental en la sospecha de un adulterio por parte de los hijos de la pareja. La infidelidad al género chico sería también deslealtad hacia quien mantiene un culto por él y capricho por la estrella emergente (María Asquerino).

En el argumento de Teatro Apolo se hace presente el debate sobre casticismo y modernidad, sobre la necesidad de amoldarse a los gustos del público en un momento en el que Rafael Gil ha abandonado la tutela de Cifesa, empresa en la que dio sus primeros pasos y antes de embarcarse, junto a Vicente Escrivá, en Aspa Films, donde se desarrollará una nueva etapa de su carrera dedicada al cine religioso y anticomunista.

De Madrid al cielo presenta a la cantante lírica María de los Ángeles Morales recién llegada de Cáceres a la capital, sin una perra —un espabilado Enrique Herreros le birla el monedero a su madre (Julia Caba Alba) apenas ponen el pie en Madrid— pero con una sed tremenda de éxito. Gracias a su voz y a la ayuda de un cochero de punto paisano suyo (Manolo Morán) pronto logra una colocación en el Teatro Lírico y ella, su madre y su hermana se instalan en una modesta habitación del extrarradio. Allí conocerá a Pablo (Gustavo Rojo), un pintor desengañado de la conquista de la capital. Pero la noche de su debut, la diva Lily Costa (Rosario García Ortega) obliga al empresario (Félix Fernández) a despedirla para que no le haga sombra. Pablo le aconseja que persevere y Elena se presenta a la convocatoria de un anuncio por palabras que resulta ser para cantar con un grupo de músicos callejeros en plena calle Alcalá —“lo nuestro es arte, pero a la intemperie”—, en un café cantante —“cuplés ligeros o cante andaluz, fuera de eso no puede serme útil”— y hasta en la iglesia de la Paloma, donde unas damas de la alta sociedad han organizado una velada benéfica. Pero nada de esto parece funcionar para auparla al ansiado éxito. Mientras Pablo triunfa por fin en París, ella se ve obligada a cantar chotises en el café cantante para llevar algo de comida a casa. Cuando Pablo regresa la descubre allí, prostituyendo su voz.

Lo más interesante del argumento tiene lugar en este momento, cuando Elena se niega a aceptar el matrimonio como solución. Planteada la situación en un plano de igualdad, sólo accederá a casarse cuando también ella haya conseguido triunfar. Poco importa que Pablo y Cayetano se confabulen para echarle una mano al destino.

Coherente en la elección de localizaciones naturales, con un estupendo trabajo de Enrique Alarcón en el diseño de decorados, la atención de Gil a los detalles de caracterización y un magnífico elenco en los papeles secundarios, De Madrid al cielo constituye todo un logro dentro de sus modestas aspiraciones.

maría félix llega a españa contratada por cesáreo gonzález

María Félix llegó a España en 1948 contratada por Cesáreo González por una cifra astronómica y paseó su belleza estatuaria por varias producciones nacionales y en otras internacionales de las que Suevia Films, la compañía de Cesáreo, se quedaba con la distribución en España y Latinoamérica. 

Para arrancar la maquinaria, el productor gallego la puso bajo la tutela de Rafael Gil en una producción costosísima —rodaje en Italia, embarcaciones varias y hasta un submarino— que adaptaba una novela de Vicente Blasco Ibáñez que ya había llevado al cine Rex Ingram antes de que el cine sonoro arrasara con todo lo anterior.

Mare Nostrum (1948) trae la acción de la novela a la II Guerra Mundial. La invasión nazi de Polonia inmoviliza al barco del capitán Ulises Ferragut (Fernando Rey) en Nápoles. En las ruinas de Pompeya conoce a una mujer misteriosa llamada Freya Thalberg (María Félix), cuya belleza supera a la de las estatuas de las diosas de la antigüedad clásica. La pasión enloquecida de Ferragut por ella, le hace aceptar la misión de minar para los nazis los puertos aliados en el Mediterráneo. El formidable equipo de canallas para los que trabaja Freya están encarnados nada menos que por Guillermo Marín, Porfiria Sanchiz y José Nieto. La Félix cumple con su papel de espía internacional como antes lo hicieran Garbo y Dietrich, pero Gil —excelente por otra parte en registros que le son más afines— no es Sternberg. Solvente en las escenas de acción, aplicadamente caligráfico en las melodramáticas, el director echa el resto en las apariciones —marianas, claro— de la estrella femenina, a la que se entrega por completo en el ineluctable final. Eso sí, con esta cinta España empieza a resituarse en el nuevo orden mundial en un momento en que el aislamiento internacional es total al colocarse finalmente el capitán del Mare Nostrum del lado de los aliados, aunque sea para vengar la muerte de su hijo.

Miguel Mihura discurrió la idea de su comedia Maribel y la extraña familia a partir de otro libreto suyo anterior que había constituido la base literaria de la segunda película de María Félix dirigida por Rafael Gil: Una mujer cualquiera (1948). Al principio de la cinta, la prostituta (María Félix) le pregunta al hombre (Antonio Vilar) si en la casa a la que la lleva hay alguien más y él contesta, con sorna, que su familia, que se la va a presentar. En Maribel Mihura decide llevar esta ocurrencia adelante. ¿Qué pasaría si este hombre de verdad viviera con sus tías y llevase a la prostituta a su casa convencido de que es una chica moderna, de esas a las que no les importa ir solas a las cafeterías?

El libreto de Una mujer cualquiera tenía un punto de partida como especial para la Censura: un hombre lleva a una prostituta a un chalet de Ciudad Lineal para que le sirva de testigo en un homicidio sólo aparentemente accidental relacionado con el tráfico de cocaína. Mihura quería titularlo “Una cualquiera”, pero el título no fue admitido. Tampoco determinadas alusiones al oficio que ejercía el personaje ni algunas relaciones extramatrimoniales previas a su caída. Éstas —el fallecimiento del hijo, el desamor del marido (Tomás Blanco), el via crucis de su descenso en la escala social— caen más cerca del melodrama que de la película de intriga y, al parecer, corresponderían a las exigencias de la estrella azteca para justificar no sólo moralmente al personaje, sino que eran la excusa para para lucir un vestuario que costó más que el guión. [Fernando Lara y Eduardo Rodríguez Merchán: Miguel Mihura en el infierno del cine. Valladolid: Semana Internacional de Cine, 1990, pág. 139.]

En el desarrollo argumental se trasluce el Mihura lector de Simenon y en algunos pasajes callejeros el ambiente del "realismo poético" a la francesa que en La calle sin sol (1948) constituía prácticamente el meollo de la cinta, pero la trama se va enrevesando cuando resulte que ella vive en la pensión de la prometida del asesino (Carolina Giménez). Mihura despliega entonces una extraña historia de amour fou en la que la belleza constituye una maldición casi bíblica para la mujer que ha sido agraciada con ella. Lo extraño es que Gil no saque el máximo provecho de ello multiplicando los espejos y demás atrezzo propio del melodrama y se limite a desarrollar este asunto mediante el diálogo:

—¡Buen miserable ese Luis! —concluye el comisario (Juan Espantaleón) en la escena final—. ¿Y cómo después de lo que hizo siguió usted con él y hasta llegaron a...? La verdad es que no comprendo nada.
—Cosas de mujeres, señor comisario. Para ustedes muy difíciles de comprender.

Cesáreo González reúne una vez más a María Félix con Gil para llevar a puerto La noche del sábado (1950), adaptación de un drama de Jacinto Benavente que el director realiza junto a Antonio Abad Ojuel. La Doña encarna a una muchacha italiana que ayuda a la economía familiar bailando en el local que regenta su padre (Manuel Kayser). Cuando las cosas se ponen feas el padre envía a su hija directamente a que traiga un jornal a casa “haciendo la calle”. De alguno de estos encuentros casuales nació una niña llamada Donina que poco importa a la ambiciosa joven. Quiere la casualidad que esa noche se encuentre con un artista (José María Seoane) que, además de enamorarse perdidamente de ella, esculpe una bellísima escultura de la que se encapricha su amigo, el príncipe Florencio (Manuel Fábregas). Imperia, que así ha decidido llamarse la muchacha, tomando el nombre de la estatua, escala rápidamente puestos en la corte de Preslavia. El príncipe Miguel (Rafael Durán), hombre recto, ajeno a las intrigas palaciegas, también se prenda de ella. E Imperia va y viene de uno a otro hasta dar en Montecarlo, veinte años después, con el Cirque Jacob.

Las leyes del melodrama son inexorables. En este circo trabaja su hija Donina (María Rosa Salgado), convertida ya en mujer. Al principio, Imperia se siente atraída por algo inexplicable: el baile de la chica le recuerda su tierra y su juventud. No tarda en descubrir la auténtica identidad de Donina y en sentir un repentino amor materno que dará sentido a su dilapidada existencia. “¡Aquí muere hasta el apuntador!”, se decía antes cuando la cosa se liaba y sólo había manera de desliarla a base de mandobles, venenos y otras lindezas. Pues La noche del sábado termina más o menos así.

domingo, 13 de marzo de 2022

dos incursiones históricas

Reina Santa / Rainha Santa (1947) es una coproducción con Portugal realizada en un momento en el que tal tipo de colaboraciones menudearon merced a la alianza, siempre reservona, entre Franco y Salazar. La película sigue la estela de la primera de estas coproducciones, Inês de Castro / Inés de Castro (José Leitão de Barros / Manuel Augusto García Viñolas, 1944) —ambientación (a)histórica, lectura política contemporánea...—, y le añade un componente religioso que Rafael Gil explotará sistemáticamente a principios de la siguiente década. La siempre un poco engolada Maruchi Fresno es el contratipo de las desmelenadas heroínas de Orduña, que han terminado por convertirse en la enseña de un cine que durante mucho tiempo se denominó "de cartón-piedra".

El argumento sigue la peripecia vital de Isabel de Aragón (Fresno) desde que consiente casarse, aún niña, con el rey Dionis I de Portugal (Antonio Vilar) hasta su peregrinación postrera a Santiago de Compostela, cuando ofrece al apóstol una corona a la que ha renunciado cuando su hijo, el infante Alfonso (Fernando Rey), logra por fin el trono por el que ha guerreado con su padre y sus hermanos. En el ínterin, resignación cristiana ante los amores adúlteros del monarca, mediación en los conflictos bélicos y familiares, caridad para con los humildes y desfavorecidos, dos sueños premonitorios y un milagro en el que Gil despliega todo el aparato de música e iluminación acorde con la intensidad del momento.

En algunas fichas aparecen acreditados como codirectores Henrique Campos y Aníbal Contreiras. En los créditos de la copia española Campos no aparece por ninguna parte; tampoco figura en la promoción portuguesa. Contreiras era un personaje al parecer bastante pintoresco que constituyó su productora al socaire de los acuerdos hispanos-lusos. Dicha productora contaba con financiación del portugués Isaac Garcia Fernandes y con la participación del propio Cesáreo González, quien suscribía también la parte de la producción española con la marca Suevia Films. Tanto en la monografía de Fernando Alonso Barahona sobre Gil como en la pionera historia del cine portugués de M. Félix Ribeiro, la dirección se acredita en exclusiva al español.

En El gran galeoto (1951), el abismo que se abre entre el industrial bilbaíno Acedo (Ramón Martori) y su hijo Ernesto (Rafael Durán) no es sólo generacional. El padre ve las veleidades artísticas de su hijo como un capricho de titiritero que lo aleja de la tradición familiar. Mientras la conflictividad laboral en los astilleros crece y los anarquistas atentan contra los empresarios, Ernesto está embebido en la creación de un ballet y en su amor platónico por la primera actriz Teresa La Bisbal (Ana Mariscal). Ésta acaba de contraer matrimonio con don Julio Villamil (José María Lado), un diputado al que precisamente, el padre de Ernesto le encomienda la tutela de su hijo cuando cae víctima de un atentado anarquista. Y a partir de aquí arranca el drama de las habladurías de las damas, que siempre han desaprobado esta boda con una cómica, y las burlas de sus rivales políticos, que no dudan en utilizar cuanta arma esté en su mano para desacreditar al marido. La actividad anarcosindicalista y las intrigas parlamentarias proporcionan una estupenda cobertura ideológica —esto es, conservadora, propatronal y antiparlamentaria— de cara a la administración. Luego, el melodrama va ganando intensidad y tiene su apogeo en el doble duelo de Julio y Ernesto con el malvado vizconde de Nebreda (Fernando Sancho) y en la escena en la que a Teresa le niega la entrada en su propia casa el hermano de su marido (Juan Espantaleón).

Como ya hiciera en películas tan distintas como El clavo (1944) o Teatro Apolo (1951), Gil se ocupa tanto de proporcionar solidez al relato —con excursos cómicos protagonizados por Enrique Herreros, Antonio Riquelme, Conchita Fernández o Julia Lajos— como de dar el ambiente de una época, a lo que contribuyen los decorados de Enrique Alarcón, la fotografía bicéfala de Kelber y Guerner, los figurines de José Luis López Vázquez e, incluso, las clases de esgrima de Ángel Monís.

domingo, 24 de octubre de 2021

la amargura de luis lucia (8)

Un paréntesis en coproducción con Italia

Rodada durante el verano de 1963 a bordo del transatlántico Cabo San Roque de la compañía Ybarra y Cía, Crucero de verano (1964) son unas vacaciones en medio de tanta niña cantante: una comedia romántica que Luis Lucia dirige para Cesáreo González P.C. en coproducción con Italia, pero la participación de la Royal Film italiana en la producción debió limitarse a la aportación de Gabriele Ferzetti y Marisa Merlini como intérpretes y a facilitar el fugaz rodaje durante la escala en Génova, porque ni consta título italiano ni parece que pasara los trámites administrativos para ser estrenada allí.

En cierta medida recicla el modelo de “mujeres que trabajan (pero lo que quieren es casarse)”, pero estamos ya en la España del desarrollismo y el boom turístico. Además, el personaje interpretado por Carmen Sevilla gana el centro del escenario, convirtiéndose sus compañeras de la agencia de viajes en meras apoyaturas cómicas —sobre todo, en el caso de la resuelta y simpatiquísima Margot (Margot Cottens)—, y desligándose, por tanto, del carácter coral del modelo tal como se había venido practicando tanto en España como en Italia en la década anterior. El problema es que el personaje de Patricia, empleada de la agencia que debe acompañar a los clientes en un crucero por el Mediterráneo, en el Cabo San Roque, se encuentra con el hombre que la ha enloquecido con un solo beso, Carlos Brul y Betancourt (Gabriele Ferzetti). Es éste el líder del movimiento revolucionario de un país de Oriente Próximo en el que tienen intereses tanto la Unión Soviética como un grupo de espías (José Alfayate, Goyo Lebrero y Venancio Muro) escapados de una historieta de Mortadelo y Filemón. Y es que en el papel de la candorosa Patricia parecen concitarse las contradicciones del aperturismo auspiciado por Manuel Fraga desde el Ministerio de Información y Turismo. Las escalas en Génova, en Atenas o en Estambul funcionan a modo de travelogue con locuciones más propias de un documental turístico o un reportaje televisivo, pero en el Egeo se cuela un comentario sobre el reciente matrimonio de Juan Carlos de Borbón con Sofía de Grecia y entre las cualidades del Bósforo esta su valor estratégico, “pues aquí se puede cerrar a Rusia el paso hacia Occidente”.

Entre el reparto “de continuidad” destacan José Orjas, como el pasajero que cuenta la misma milonga a cuanta chavalita se le pone a tiro y un magnífico Manuel Alexandre, como un señor que entró en la agencia buscando un billete para Pamplona, ciudad en la que iba a haberse celebrado su boda.

Carmen Sevilla interpreta cuatro temas con música de Algueró, su flamante marido, y letras de Antonio Guijarro. El más destacado por su situación en la trama es Complejito, con el que Patricia pretende provocar los celos de Carlos. Se trata de un tórrido tema burlesque —“puede ser que yo no tenga / cosas que admirar / y mi sex appeal / nada valga ya. / Por eso... / Yo nunca me quito, me quito, me quito... / Yo nunca me quito este complejito”— a cuyo compás Patricia mima un estriptis totalmente vestida. Burla de la censura —o aquiescencia con ella y guiño al espectador—, la escena, al igual que la del arranque en la falsa venta flamenca anunciada con neones, deja aflorar el humor socarrón de Lucia, soterrado en los últimos años entre tanto producto familiar. 

A título chafardero, parece que el enamoradizo Algueró entabló una relación durante el rodaje con Ángela Bravo, a la que inmediatamente lanzaría como cantante. Pues bien, Rafael J. Salvia aprovechó para reciclar la situación auténtica en los añadidos a la comedia de Enrique Jardiel Poncela en Un adulterio decente (Rafael Gill, 1969), cuando el personaje interpretado por Andrés Pajares aborda a Carmen Sevilla... en un crucero, claro.

domingo, 17 de octubre de 2021

la amargura de luis lucia (7)

Marisol, sol, sol

Marisol, la estrella Marisol, el producto Marisol... fue lanzado al mercado por Benito Perojo y Manuel J. Goyanes, para los que Luis Lucia había trabajado ya en ocasiones anteriores. Hemos de deducir que a satisfacción de ambos ya que recaban su colaboración para realizar Un rayo de luz (1960). La película es un prototipo a partir de un argumento de Manuel y Félix Atalaya —que ni se apellidaban así ni tenían relación familiar directa— guionizado por Jaime García Herranz, que ya había colaborado con Lucia en este cometido en Un ángel tuvo la culpa y Molokai, la isla maldita. Tras la presentación del conflicto en clave más o menos humorística —Marisol canta la italianísima Santa Lucia y, de pronto, se le escapa un jipío flamenco—, un flashback nos proporciona las claves de su posición en casa de su abuelo en Italia, el conde D’Angelo (Julio Sanjuán). Elena (María Mahor), su madre, es una española dedicada a las variedades folklóricas, su padre murió en un accidente de aviación y ella renunció a su hija para que tuviera la educación esmerada que podía proporcionarle la familia paterna. Una vez al año, a fin de curso, va al internado de Málaga disfrazada de señora pudiente para que su hija no sospeche su miseria, porque ha prometido a Pablo (Anselmo Duarte), el hermano de su marido, que no arrastrará su apellido por teatros de mala muerte. O sea, un melodrama en toda regla.

La llegada de Marisol a Italia retoma el rumbo fijado por un ilustre precedente, según recordaba el propio Lucia: Little Lord Fauntleroy (El pequeño lord, John Cromwell, 1936). Eso sí, en la batalla infantil contra los Barbarroja, él recicla la primera escena de Jeromín. El melodrama prístino vuelve a primer plano en la escena en que, en el día de su cumpleaños, Marisol escucha la voz de su madre cantando en un magnetofón. Que la institutriz inglesa (María Isbert) haga un comentario despectivo sobre “such a kind of sentimental situation!” es una de esas puyas autoirónicas sin las que Lucia era incapaz de pasar.

El éxito de la operación invita a Goyanes y a Perojo a repetir la jugada con Ha llegado un ángel (1961), esta vez con participación de Cesáreo González. La base literaria es más complicada: un argumento de Manuel Sebares sobre el que Alfonso Paso elabora un primer guión que convierte en libreto definitivo y dialoga José Luis Colina. Acaso por ello los intríngulis intertextuales resultan bastante más sofisticados que en la película anterior. El punto de partida es más o menos el mismo: Marisol llega a un hogar en el que reina la infelicidad y lo soluciona todo en los noventa minutos de metraje. Viaja de Cádiz a Madrid porque se ha quedado huérfana, pero al llegar a casa de su tío (José Marco Davó) se la encuentra patas arriba: su mujer (Ana María Custodio) es una beata preocupada únicamente por el que dirán; el hijo mayor (Carlos Larrañaga), un golfo que debe una abultada suma de dinero; la siguiente (Ángeles Macua), una frívola colgada todo el día del teléfono y en busca de un marido rico que le resuelva la papeleta; el mediano (Francisco Vázquez), un chico que ha dejado los estudios para cultivar su musculatura; y la pequeña (Pilarín Sanclemente), una cinematófila irredimible que se cree que el mundo es como aparece en la pantalla. Menos mal, que la criada gallega (Isabel Garcés) lo pone todo de sí para sacar adelante la casa. Bueno, ella y Marisol, que se ha traído veinticinco mil pesetas de la venta de los muebles familiares sobre las que se abalanzan todos como lobos. Parte del dinero sirve para comprar el electrodoméstico de moda: una televisión. Y así se pone en marcha unos de los mecanismos intermediales de los que hablábamos al principio. El concurso Salto a la fama, emitido por TVE entre 1961 y 1965, tiene un papel relevante en la trama y sirve de base a un gag cuando el sonido se pierde y Marisol lo soluciona “doblando” al gesticulante cantante. En el tercer acto, los estudiantes de Derecho a los que ha conocido en el tren la invitan a cantar con ellos y gracias al premio pueden liquidar las cuentas pendientes del hijo mayor. Además, ve la emisión televisiva un productor (Santiago Ontañón) y pretende contratarla como sea sin saber que la niña ya ha hecho una prueba cinematográfica. La aspirante anterior ha puesto en evidencia que lo cañí es un tópico y que las niñas gitanas no cantan como niñas. En cambio, Marisol, con su cabello rubio y sus bulerías, hace que hasta los eléctricos y los maquinistas del estudio se arranquen por palmas. La escena final funde de nuevo realidad y ficción al entremeterse los miembros de la familia en un plano de la película que está rodando Marisol y al incorporarse los estudiantes a la apoteosis por indicación de la criada convertida en demiurga: “¿No quería usted terminar su película con una escena de mucha emoción? ¡Pues enchufen las cámaras hacia aquí! ¡Y vosotros, a cantar!”.

El abanico de temas musicales se ensancha con algunos números regionales ajenos al folklore andaluz —jotas de Aragón y Navarra ante un catedrático hueso interpretado por Julio Sanjuán, con lo que se hace un guiño a la película anterior—, pero, sobre todo, la incorporación de Augusto Algueró supone la ampliación del repertorio de Marisol hacia el pop —o la música ligera, como se llamaba entonces—, con canciones como Ola, ola, ola o Estando contigo. El proceso se consumará con el tema central de Tómbola (1962), la tercera película de Marisol con Lucia siempre detrás de la cámara. La adolescente Marisol es en esta ocasión alumna del exclusivo Liceo Studio, “con ese líquida”, según se encarga de recalcar siempre la directora. Los movimientos de liberación en África tienen eco en las aulas porque Marisol siente una amistad entrañable por María Belén (Joëlle Rivero), hija del secretario de la embajada en España de un innominado país africano. La exaltada imaginación de Marisol la lleva a pensar que su amiga ha sido secuestrada durante una excursión a caballo, lo que pone en marcha a la policía, el servicio diplomático y hasta el ejército. De este modo, una Marisol cada vez más amanerada como actriz, queda evacuada momentáneamente del centro de la pantalla y Lucia se puede dedicar a planificar secuencias de acción cómica, en las que tan a gusto se siente. Eso sí, durante el paseo a caballo aparecen ya las panorámicas —a veces interrumpidas en el montaje para que el espectador no se pierda un solo instante de playback— a las nubes o a las copas de los árboles que se van a convertir en un artificio retórico de transición entre tomas tan recursivo y molesto como los zooms de Pedro Lazaga.

De todos modos, el primer acto ha tenido una función meramente expositiva. El segundo arranca con la visita de las niñas al Museo Collantes y el descubrimiento por parte de Marisol de que tres ladrones (Roberto Camardiel, José María Caffarel y Enrique Ávila) están robado La madonna de las rosas disfrazados de frailes. Sospecha de ellos porque el jefe de la banda lleva calcetines de cuadros. Una vez más la televisión juega un papel en la trama —desde el programa de Jesús Álvarez Marisol hace un llamamiento a los delincuentes para que devuelvan el cuadro— y el secuestro de Marisol nos sitúa de nuevo en terreno conocido: el rayo de luz que ilumina unas vidas sumidas en la oscuridad de las conductas inmorales o asociales. Un cura rural (José Marco Davó) echa una mano en los asuntos del espíritu, pero Marisol conduce un camión y realiza una operación quirúrgica. ¡Ahí es nada! Por el camino, algunos hallazgos, como el del “ventrílocuo tragicómico” que embauca a Marisol con su voz de niña.

Tras el paso de Marisol por las manos de directores más internacionales, como George Sherman o Mel Ferrer, en 1967 vuelve a trabajar con Lucia en Las cuatro bodas de Marisol (1967) y Solos los dos (1968). De la primera ya hablamos con motivo del rodaje en Guinea Ecuatorial de uno de sus episodios: http://documentitosdeunindocumentado.blogspot.com/2020/11/camaras-espanolas-en-guinea-y-4.html

Con Solos los dos Marisol sigue hacia el encuentro con Pepa Flores. Se apoya para ello en un guión de Jaime de Armiñán, que la dirigirá al año siguiente en Carola de día, Carola de noche y una banda sonora compuesta por Juan y Junior. La continuidad viene dada por la realización de Luis Lucia, artífice de sus primeros éxitos, y la presencia en el reparto de Isabel Garcés. Y, para que no falte de nada, coprotagoniza el popular torero Sebastián Palomo Linares. A partir de aquí, todo se vuelve convencional. Marisol es una chica yeyé, rica por su casa, aficionada al deporte y amante de la velocidad. Sebastián es un muchacho que se lo debe todo al toreo. El Mini Morris de Marisol y el “haiga” en el que viaja Sebastián entablan una competición en la carretera. Es sólo una de las metáforas sobre la sofisticación y modernidad de ella y la humildad y el apego a las tradiciones de él. La actuación de Sebastián en la plaza de Málaga, alterna en la planificación con el partido de tenis que juega Marisol. Un juego del ratón y el gato que hará crisis en el momento en que ambos se enamoren y Marisol deba asumir la condición de “novia de torero” porque él “se debe a la afición”. El tópico se instala entonces en el argumento y Sebastián sigue la senda de los matadores “atorados”, dados a la bebida y proclives a la cogida mortal. El juego de contrastes se traslada también a la realización. La brillante fotografía en color de Antonio L. Ballesteros sirve a una realización que parece prisionera de la misma contradicción que viven los personajes. En su última película “para” Marisol, Lucia segmenta la pantalla, intenta el montaje paralelo, conjuga secuencias oníricas... pero choca una y otra vez con lo convencional de la historia.

domingo, 3 de octubre de 2021

la amargura de luis lucia (5)

Primera etapa en Guión P.C.

Aunque la celebridad del último tramo de la carrera de Lucia va a estar ligada a sus películas con Marisol en el seno de Guión P.C., la productora de Manuel Goyanes, ambas partes ya han tanteado el terreno tras la finalización de la relación del director con Ariel P.C. Fruto de esta nueva relación laboral son dos comedias de ambientación contemporánea y urbana, dos adaptaciones teatrales coescritas con José María Palacio y distribuidas por Suevia Films-Cesáreo González, que en la primera de ellas, La vida en un bloc (1956), también figura como coproductora.

Nicomedes Rodríguez (Alberto Closas) es un médico rural metódico hasta la obsesión. Cuanto hace, diagnostica o receta queda consignado en un bloc. Pues bien, este hombre metódico ha decidido dar un paso transcendente: va a casarse con la romántica maestrita del pueblo, la señorita Gerarda (Elisa Montés). Pero comoquiera que también él podría casarse de blanco —tal es su grado de inocencia— aparte del número de hijos, de la profesión de los mismos y de algunos otros asuntos de menor enjundia, ha programado también una estancia de tres meses en Madrid previa a la ceremonia, porque “el que no la corre de soltero, la corre de casado”. De modo que, según el canon de la dramaturgia aristotélica, el segundo acto arranca con la llegada a la capital del ingenuo Nicomedes. Cuatro noches en Madrid en compañía de su amigo Abelardo (“Boliche”) se saldarán con otros tantos fracasos amatorios con nombre exótico: Lupe Tovar (Ana Mariscal), la apasionada cantante cubana que en realidad se llama Calixta y ha estado de fregona en la pensión del pueblo; la experimentada Margot (Mary Lamar), viuda dedicada a la prostitución que se aprovecha de su condición de médico; la dinámica Pili (Encarnita Fuentes) que lo tiene todo el día triscando peñas arriba con la familia al completo; y la enigmática Miss Fanny (Marta Mandel), médium del Mago Roberto (José Luis López Vázquez), que lee en su cerebro como en un libro abierto. Sin embargo, por sucesivos azares, Abelardo y el resto de la pandilla de golfos terminan considerándolo un tenorio irresistible para las mujeres. Nicomedes vuelve escarmentado al pueblo y se casa con Gerarda. Pero, si la ciudad con sus aventuras frustradas y su trasiego de whisky, le apabullaban, la rutina del matrimonio le aburre soberanamente. Así que, cumplido el primer año de matrimonio, Nicomedes decidirá regresar a la ciudad para dedicarse a no hacer absolutamente nada. Sin embargo, el azar juega una vez más sus cartas: se ha dejado olvidado en el pueblo el bloc en el que todo lo anota.

El estreno de la comedia en 1952 fue un auténtico éxito, aunque el ensayo general, según recuerda el protagonista y director de la compañía en sus memorias, fuera un disparate con presencia de la policía y todo. [Fernán-Gómez, Fernando: El tiempo amarillo: Memorias ampliadas (1921-1997). Madrid: Debate, 1998, págs. 412-415.] El caso es que Manuel J. Goyanes había contratado a Alberto Closas para que protagonizara Muerte de un ciclista / Gli egoisti (Juan Antonio Bardem, 1955), la anterior película de la productora, y a él se le encomendó el papel principal de La vida en un bloc. Fernán-Gómez se desquitará en la siguiente película de Lucia, Un marido de ida y vuelta (1957), basada en una comedia que Enrique Jardiel Poncela había estrenado al acabar la Guerra Civil. Ésta es la comedia que Noel Coward le habría plagiado a Jardiel cuando escribió Blithe Spirit. O sea, un espíritu burlón, que es lo que es este marido seriecísimo (Fernán-Gómez), fallecido cuando estaba disfrazado de torero para un baile de carnaval. Un torero con toda la barba, eso sí. El espíritu intentará impedir por todos los medios —incluso, los de ultratumba—, que la viuda (Emma Penella) y a quien creía su amigo (Fernando Rey), consumen su amor. Comedia de trucos, con fantasmas, de las mejores de Jardiel, que Lucia no ensucia demasiado en esta adaptación levemente puesta al día —el cochecito motorizado de la anfetamínica tía Etelvina (Matilde Muñoz Sampedro)—, dejando que el diálogo y las situaciones fluyan con la ligereza e inverosimilitud con que las concibió el comediógrafo. El protagonismo de Fernán-Gómez, que tuvo su primer reconocimiento teatral en Los ladrones somos gente honrada, está en absoluta sintonía con el espíritu de Jardiel.

viernes, 18 de junio de 2021

movietone vuelve al no-do

 

Con la ocupación de Francia en 1940, la información cinematográfica en España queda al albur de los noticiarios Ufa, Luce y Fox Movietone, que son los únicos que siguen realizando ediciones hispanas al finalizar la Guerra Civil. La conveniencia política de mantener el control también en este campo, como se viene haciendo con la prensa y la radio, lleva a la creación de No-Do en septiembre de 1942, en un momento en que los equilibrios políticos en el régimen se reestructuran. He aquí un extracto de la nota oficial publicada por la prensa con motivo del lanzamiento de la primera edición del noticiario:

Era preciso que un medio de propaganda y, de educación tal como el que representan los noticiarios y documentales cinematográficos estuvieran totalmente nacionalizados y bajo el contraste del Estado por sus órganos idóneos. Por ello la Vicesecretaría de Educación Popular ha dispuesto que todos los noticiarios se obtengan y editen por la entidad que se crea con el nombre de "Noticiarios y documentales cinematográficos No-Do", única que podrá hacerlo en lo sucesivo. Queda así contrastada la impresión, de la noticia gráfica, que tendrá una eficaz disección para el buen servicio de la cultura e información de las masas. [...] Dentro de poco serán exclusivamente españoles nuestros noticiarios. Mediante la entidad que ha creado la Vicesecretaría, las noticias de España llegaran al mundo todo, y a España vendrán mediante intercambios y convenios beneficiosos para nuestra, economía los noticiarios extranjeros. [“Los noticiarios y documentales españoles, empresa nacional“, en ABC, 3 de enero de 1943, pág. 30.]

Estos intercambios garantizaban una actividad tutelada en España para dichos noticiarios al tiempo que No-Do integraba los medios técnicos de Ufa y los humanos de Movietone. Pero la situación de monopolio informativo no está exenta de tensiones cuando se vuelvan contra España las tornas de la II Guerra Mundial. La “no beligerancia” primero y, más adelante, la declaración obligada de neutralidad, no implica que la simpatía de buena parte de la cúpula militar siga estando del lado de la derrotada Alemania y que la prepotencia de Estados Unidos despierte alguna animadversión cuando no franca antipatía. La situación cambiará radicalmente con la nueva década, cuando Estados Unidos utilice España como base para el control del Mediterráneo en el entorno del maniqueo enfrentamiento entre Occidente y el comunismo.


Pablo León Aguinaga ha cifrado la propaganda estadounidense en España en la posguerra en tres aspectos: 

la evolución de las relaciones internacionales, con la Guerra Fría como gran referente; […] la ayuda económica y la cooperación bilateral resultantes de los pactos de Madrid de 1953; y, por último, la presentación amable de la realidad estadounidense, destinada a popularizar la visión oficial del modo de vida americano, defender las excelencias de la producción cultural del país y mostrar las aplicaciones civiles de las innovaciones científico-técnicas. [Pablo León Aguinaga: “Los canales de la propaganda norteamericana en España (1945-1960)”, en Ayer, núm. 75, La ofensiva cultural norteamericana durante la Guerra Fría, 2009, pág. 135.]

También constata los escasos resultados del programa entre 1946 y 1953, periodo en el que España está ausente de todos los foros internacionales, y el despliegue de las distintas estrategias a partir de dicho año. Debido al alto índice de analfabetismo, las publicaciones periódicas y técnicas fueron dirigidas a la élites culturales y científicas, en tanto que para el pueblo llano se privilegiaban los medios como la radio y el cine; el comercial había vuelto a monopolizar las pantallas españolas con la derrota de Alemania, pero los documentales de propaganda pura y dura tenían un difícil cauce de penetración toda vez que el monopolio informativo audiovisual era detentado por No-Do.

Sin embargo, los programas divulgativos del american way of life siguieron teniendo buena acogida en las sedes diplomáticas y, a partir de 1951 se fueron diversificando a través de organizaciones religiosas, educativas y del propio ejército. En 1954 el catálogo de documentales disponibles está encabezado por los dedicados a la industria y la ciencia (80), lo que se denomina “panorama norteamericano” (75), medicina (72) y agricultura (69), de un total de quinientos quince referencias. O sea, casi el sesenta por ciento. Los catalogados como defensa son apenas trece. [Ibidem, pág. 147]


Hay títulos—The Atom in Industry (El átomo en la industria, 1954), Technique for Tomorrow (Técnica para mañana, 1954), The Petrified River (El río petrificado, 1957)— que forman parte de las sesiones organizadas por el USIS en las Casas Americanas, colegios profesionales o ayuntamientos. Pero no son estos los que nos interesan hoy, sino los que se colaron de matute entre la producción nodística. Porque la firma de los acuerdos de Madrid en 1953 propició la creación de contenidos aparentemente compartidos en el seno de la propia institución, como La historia del oleoducto / Pipeline Story (1956), que forma parte de la serie Documentales de No-Do o Proyectiles y cohetes / Defensive Sky Power (Imágenes, núm. 684, 1958). La serie Imágenes adopta la fórmula de revista, a la que Tranche y  Sánchez-Biosca atribuyen cierta desvinculación de la actualidad inmediata "y compuesta por reportajes de mayor duración que las noticias con un enfoque perodístico distinto". [Rafael R. Tranche y Vicente Sánchez-Biosca: NO-DO: El tiempo y la memoria. Madrid: Cátedra / Filmoteca Española, 2002, pág. 168.] De Imágenes se produjeron 1228 ediciones semanales entre 1945 y 1968.

La historia del oleoducto arranca con una España bucólica y anclada en el pasado: cielos azules, mar en calma, pescadores remendando redes, un pastor con su rebaño… De pronto, las ovejas salen de estampida e irrumpe en plano un bulldozer que se lleva por delante cuanto encuentra a su paso. Es un tropo un tanto arriesgado, pero, desde luego, atrapa al espectador. No se trata de una obra destructiva, sino constructiva: es el progreso que avanza imparable. Una paletada de tierra ciega el objetivo y el negro da paso a un mapa de España en el que se animan las diversas fases de la construcción del oleoducto Rota-Zaragoza. 


 

El objetivo de la obra no es otro que garantizar la distribución de combustible a las bases aéreas de Morón, San Pablo, Torrejón de Ardoz y Zaragoza, que el locutor denomina “nuevas bases españolas y americanas”, lo que queda refrendado por la imagen de pilotos de ambas nacionalidades departiendo amistosamente ante una hilera de aviones. A partir de ese momento, la película desarrolla un doble discurso. La imagen nos ofrece el avance imparable de máquinas y hombres, en tanto que locución aporta datos —ochocientos kilómetros, quince meses, dos mil millones de pesetas, tantos millones de litros de combustible— y no escatima rasgos de ironía: “Cuando la tierra se rebela, dinamita… mucha dinamita”. Una vez realizado el trabajo, las excavadoras cubren la tubería y la música recobra el aire pastoral del principio. El oleoducto, explica una vez más el locutor, es imprescindible para garantizar “nuestra defensa” —o sea, la de España y la de Occidente— “sin alterar nuestra vida cotidiana”. 

El pastor del prólogo utiliza ahora la mano a modo de visera para contemplar los cazas que, en perfecta formación, surcan el cielo gracias al combustible que fluye subterráneamente por toda la geografía peninsular.

Las ovejas pacen tranquilamente una vez más y el labrador regresará para arar y sembrar y la tierra recuperará su aspecto inmemorial, mientras, por debajo de ella, fluyen las riquezas que mantendrán fuerte nuestra defensa gracias a nuestros amigos del otro lado del mar.

Desde el punto de vista retórico, no obstante, lo más interesante es la utilización al principio del documental de la anáfora “nuestra tierra”. El posesivo plural aludirá indistintamente a los españoles y sus tradiciones y al imparable avance del progreso —“cuando la tierra se rebela…”— que garantizan la tecnología y los dólares del amigo americano. 


Que se trataba de una campaña en toda regla queda refrendado por la utilización de una de las imágenes de la película como portada de la revista Noticias de Actualidad [17 de febrero de 1958], edición española del Radio Bulletin del USIS, que al parecer tenía una tirada reducida, pero se enviaba gratuitamente por correo a los directores de los principales medios de comunicación hispanos. [Pablo León Aguinaga: Op. cit., pág. 137.]

La amenaza comunista permea todo el discurso, pero jamás se menciona explícitamente, que pasará a primer plano en edición de la revista Imágenes de febrero de 1958: Proyectiles y cohetes. Se trata de un cortometraje propagandístico producido por La United States Information Agency (USIA). La cinta, según explica Turner B. Shelton, director del departamento de cinematografía de la agencia ante el comité de control de la Cámara de Representantes, fue producida con motivo de la celebración del Año Geofísico Internacional en 1958, se tradujo a veinticuatro idiomas y su intención era demostrar no sólo que Estados Unidos no se quedaba atrás en la carrera espacial con respecto a la Unión Soviética, sino su capacidad ofensiva y la potencia de sus misiles. [Departments of State, and Justice, the Judiciary and Related Agencies Appropriations por 1959: Hearings Before the Subcommittee of the Committee on Appropriations House of Representatives. Washington: United States Government Printing Office, 1959, pág. 456.]

En la película comparecen los misiles Honest John, Corporal, Nike —con su alusión cultista a la diosa griega de la victoria—, Falcon, Redstone o Terrier en el proceso de lanzamiento, los túneles de pruebas aerodinámicas, e, incluso, las espectaculares imágenes de aviones derribados en pleno vuelo. En consonancia con el espíritu de la Guerra Fría, el locutor alude a que el objetivo de este armamento es “dar una réplica potente a cuantos están animados por un espíritu agresor”. Las barreras entre los avances científicos y militares se difuminan cuando, sin solución de continuidad se pasa a la puesta en órbita del Explorer 1, el primer satélite artificial puesto en órbita por Estados Unidos el 1 de febrero de 1958, con cuatro meses de demora con respecto al Sputnik soviético. El cortometraje termina con una “mascletá” de lanzamientos indiscriminados en la que ya no importa la coherencia de la exposición, sino la demostración de poderío en eso que eufemísticamente se llama “paz armada y vigilante”. 

Acaso éste fuera el único mensaje que recibiera el espectador que se acercara en febrero de 1958 al Publi barcelonés a ver un loquísimo programa compuesto por cortometrajes animados de Walter Lantz y Walt Disney, dos ediciones del noticiario No-Do y este documental que se publicita como “perspectivas abiertas al dominio del espacio”, apenas dos semanas después de que la noticia del lanzamiento del satélite ocupe las portadas de todos los periódicos. [La Vanguardia Española, 16 de febrero de 1958, pág. 27.]


La colaboración militar hispano-estadounidense ha sido una nota marginal en la edición 499 de la revista Imágenes. En El dominio del aire se muestran, a modo de collage, los avances estadounidenses en aviación tanto comercial como militar: cazas en miniatura, colosales aviones de pasajeros a reacción, demostraciones aéreas en Panamá, pruebas de bombas de napalm… La edición española pone por delante la preparación de los pilotos de caza nacionales en la base aérea estadounidense de Fürstenfeldbruck, en Alemania.


Cooperación amistosa España-Estados Unidos, edición 781 de Imágenes, es el máximo esfuerzo propagandístico en el campo de los acuerdos bilaterales. De hecho, el documental se abre con un montaje de agencias y noticias periodísticas que dan cuenta en inglés del desarrollo que está experimentando España gracias a la inversión estadounidense. La reconstrucción industrial después de una larguísima posguerra es avalada por una fotografía de Franco, que elogia el programa de ayuda firmado por Ike Eisenhower. Siderurgia, fabricación de automóviles, red ferroviaria, refinerías, repoblación forestal, mecanización del agro…

 

Dos áreas se llevan la palma: la futura obtención de energía atómica y la “meritoria, simpática, efusiva y cordial” donación de leche en polvo de la que se benefician, a través de Cáritas, “los niños españoles necesitados de ello”. No es necesario decir que los niños que los pequeños protagonistas parecen todos sanísimos y llevan unos babis pulquérrimos. La ayuda llega a todos y el sello de la cooperación estadounidense siempre ocupa lugar destacado. El texto introductorio, a cargo de uno de los locutores habituales de No-Do, se adivina no obstante redactado al dictado del USIS para cubrir cualquier ámbito geográfico:

Aunque en Estados Unidos gravita sobre el contribuyente el peso de la cooperación de más de sesenta países, los ciudadanos saben que en esta forma de ayuda reside la clave de la paz mundial y que en la amistad y el trabajo se halla el mejor remedio contra la amenaza de los perturbadores.

 

El objetivo común es, según se deduce, la paz en el mundo gracias al desarrollo galopante de Occidente auspiciado por Estados Unidos, una paz que dos generales, como Franco y Eisenhower saben la sangre que ha costado. Al encuentro entre ambos dedicó No-Do su noticiario 885-A, del 21 de diciembre de 1959, y el documental en blanco y negro Norteamerica y España. Todo ello no es óbice para que el propio No-Do incluyera en su catálogo de documentales ¡Paz y amistad en libertad! / Peace and Friendship in Freedom: Nation Tour (1959). La película tiene carácter excepcional por su duración —38 minutos—, por estar rodada en color y por llevar la cabecera del United States Information Service (USIS), algo totalmente inhabitual en estas películas que suelen carecer de créditos.

¡Paz y amistad en libertad! es la crónica de las tres semanas de viaje, en diciembre de 1959, en las que Eisenhower recorre onces países de Europa y Asia: Italia, Turquía, Pakistán, Afganistán, India, Grecia, un buque de guerra en el Mediterráneo, Túnez —donde ya estuvo como comandante en jefe de los ejércitos aliados—, Francia y España. Tras una escala en Casablanca (Marruecos) Ike regresa a justo a tiempo para encender el árbol de Navidad.

Cada fragmento tiene su tratamiento propio, aunque siempre puntuado por el recibimiento de los mandatarios correspondientes, las comitivas en coche o carruaje descubierto con escolta y las multitudes que se reúnen en las calles para aclamar al ilustre visitante. Cada tanto, un mensaje de paz mundial del presidente Eisenhower, que no está reñido con que asista a un partido de cricket en Karachi, o que pose ante en Taj-Mahl en la India. Ike demuestra interés por los espectáculos ecuestres en Pakistán, que para eso ha nacido en el Far West, según recuerda el locutor con un fuerte acento inglés, evoca el nacimiento de la democracia en Atenas ante los parlamentarios griegos y en París asiste a una cumbre internacional con Charles DeGaulle, Harold MacMillan y Konrad Adenauer a fin de acordar una posición conjunta ante la próxima reunión con Krushev. 

La escala en Madrid había sido preparada en un viaje que Fernando María Castiella realizó a Londres a finales de agosto donde se reunió con Eisenhower y con José María de Areilza, embajador español en Estados Unidos. Le entrega entonces una carta de Franco en la que éste le agradece “los sacrificios y esfuerzos que venís haciendo para asistir a nuestro mundo occidental y conducirnos por el camino de la paz y la concordia, y en particular por las ayudas y beneficios que, bajo vuestro mando, viene recibiendo España de los Estados Unidos” y concluye con los siguientes párrafos:

Su Excelencia sabe perfectamente que la superioridad occidental, basada en el poderío industrial de los Estados Unidos y su capacidad para transformarlo en máquina de guerra, podría sufrir menoscabo si al tiempo que la Unión Soviética desarrolla completamente todos sus recursos potenciales no reforzase la Europa occidental su unidad y su preparación. Por ello considero utilísima vuestra presencia y vuestra autoridad, que una y estreche en nuestro continente a los que tan fácilmente propenden a la desunión.
Yo abrigo la esperanza, mi querido general, que cuando la situación internacional pudiera permitíroslo, en alguno de vuestros viajes, quisierais con vuestra esposa deteneros en nuestra nación. [Álvaro Alonso Castrillo: “La evolución de la diplomacia a través de los viajes al extranjero de Fernando María Castiella en 1959”, en Política Internacional, núm. 45-46, septiembre-diciembre, 1959, págs. 24-25.]


En España, Ike aterriza en la base hispano-norteamericana Torrejón de Ardoz, recibe, ya de noche, las llaves de la ciudad de Madrid de manos del alcalde, el conde de Mayalde, y asiste en el Palacio Nacional —antes y hoy, Real— a una cena de gala. A la mañana siguiente —el reportaje no especifica que son las ocho de la mañana—, en El Pardo, trata con el jefe de estado español “de problemas internacionales de interés común”. En el discurso de despedida, Franco invoca a Dios como protector de las iniciativas estadounidenses y Eisenhower replica con votos por el trabajo conjunto para llevar adelante su ya conocida fórmula de “una paz con justicia y amistad en libertad”.


Es interesante contrastar los dos minutos de esta crónica treinta y tantos que se dedican a la escala en España con otra producción de No-Do: el documental titulado alternativamente Norteamérica y España (1959) o El presidente Eisenhower en Madrid y publicitado en una tercera variante del título como Cooperación amistosa hispano-americana. En sus diez minutos, Franco tiene tanto o más protagonismo que el visitante, al que no obstante se le concede el don de la palabra en directo, en inglés, en un discurso que el montaje estadounidense sitúa en la despedida. Varios momentos e, incluso, encuadres y decisiones de montaje proceden de ¡Paz y amistad en libertad!, así que no sería extraño que, a pesar de presentarse en blanco y negro, los brutos procedieran de lo rodado la película oficial estadounidense. La mayor atención a cada aspecto del viaje, el énfasis en situar en un plano de igualdad a los dos países y a sus mandatarios, así como la siempre cuidadosa atención a la figura del jefe del estado español mediante la locución y el montaje, son las características distintivas del reportaje local. Hay también un fragmento ausente en el reportaje estadounidense: el despliegue de un improvisado centro de prensa en el hotel Castellana Hilton, “donde se congregaron periodistas de todos los países que reflejaron en sus crónicas la apoteósica acogida tributada por Madrid al peregrino de la paz”. También la despedida es objeto de un desglose detallado: el traslado de personalidades desde El Pardo hasta Torrejón en un helicóptero de las fuerzas aéreas estadounidenses, la visión de la ciudad desde el aire —¡falseada con la cámara fija en el último piso de la Torre de Madrid!— y la presencia prominente en la banda sonora de la Marcha Real.


En cualquier caso, la edición española de ¡Paz y amistad en libertad! se cierra con una cartela en que se acredita la producción a Movietone, esto es, los servicios de información cinematográfica de la Fox, que recibieron de la USIA el encargo de realizar el reportaje oficial de la gira. El hecho de que la cartela ponga el broche a una película presentada por Noticiarios y Documentales Cinematográficos No-Do en su serie Documentales sirve para clausurar simbólicamente un paréntesis que se había abierto en 1942 con el monopolio informativo del organismo oficial y que demuestra la capacidad de penetración de la propaganda estadounidense en España a las puertas de lo que algún optimista denominó “el milagro económico español”. Cumplido el ciclo, los documentales en color de No-Do volcarán su interés en Iberoamérica.

Todos los documentales están disponibles en el repositorio de No-Do que mantienen Filmoteca Española y RTVE. De ahí proceden las capturas que ilustran este texto, salvo el anuncio del cine Publi, aparecido en la edición de La Vanguardia mencionada al pie.

Addenda del 21 de agosto de 2021:

En el terreno de la ficción el máximo exponente de esta propaganda desembozada es Alerta en el cielo (Luis César Amadori, 1961), una coproducción entre Buhigas Films y el actor portugués António Vilar realizada bajo la cobertura de Suevia Films-Cesáreo González. El protagonista: nada menos que Pablito Calvo.

domingo, 11 de abril de 2021

frankovich y barnes descubrieron españa antes que bronston

A Jacob

Tormenta (John Gullermin y Alfonso Acebal, 1956) es uno de los quince títulos de la década de los cincuenta que el Catálogo del Cine Español (1951-1960) [Filmoteca Española, 2020] da por desaparecidos en archivos locales y foráneos. El aserto es veraz en lo que concierne a la versión española, pero ambiguo en cuanto a la preservación de Thunderstorm, la versión británica, editada en DVD por el sello Network. La cinta se rodó durante el verano de 1955 en Mundaca y otras localizaciones de la costa vasca para rematar su producción en los estudios Shepperton, en Surrey. Por entonces, ésta era la plataforma de producción europea del estadounidense Mitchel J. Frankovich.

Hijo de emigrantes yugoslavos en Estados Unidos, Frankovich fue prohijado por el comediante Joe E. Brown y empezó en el mundo del espectáculo al trabajar nada menos que junto a Mary Pickford y a las órdenes de Lubitsch en Rosita (1923). En la universidad triunfó en el deporte, intervino de nuevo en algunas películas, fue locutor deportivo radiofónico y piloto de las fuerzas aéreas estadounidenses en la II Guerra Mundial. En 1940 se había casado con la actriz británica Binnie Barnes, que por entonces llevaba un lustro trabajando en Hollywood.

Al finalizar la contienda se trasladan a Europa, como otros muchos productores estadounidenses. Frankovich ha sido jefe de producción en Republic Pictures y busca acuerdos a tres bandas: estudios y técnicos italianos, financiación a partir de los fondos de las majors retenidos en Gran Bretaña y distribución mundial a través de los mismos con repartos anglosajones con tirón intenacional. Es así como en septiembre de 1949 negocia con Walter Wanger participar, mediante una compañía transalpina bautizada Venus Films, en la producción de una adaptación de Balzac en la que Max Ophuls va a dirigir a Greta Garbo: La Duchesse de Langeais. La defección sucesiva de Peppino Amato y Arrigo Colombo, los dos productores italianos interesados en el proyecto, y la alianza del estudio Scalera Film con Frankovich para controlar la producción hacen desistir finalmente a Wanger de llevar adelante la película. Sin embargo, éste encontrará un nuevo proyecto que realizar en Scalera Film.

 

La strada buia / Fugitive Lady (Sidney Salkow y Marino Girolami, 1950) está basada en una novela de Philip Yordan, futuro colaborador en España de Samuel Bronston y explotador en Europa de las víctimas de la caza de brujas del senador McCarthy. Desconozco Dark Road —el relato adaptado, de acuerdo con los títulos de crédito—, pero un proyecto con este título circulaba ya por los estudios estadounidenses una par de temporadas antes. [addenda 02/05/2021: El guión parte de una novela de Doris Miles Disney titulada Dark Road o Dead Stop y publicada en español por la editorial Molino como Cien mil dólares de seguro, aunque leída la sinopsis no parece tener demasiada relación con el argumento de la película. Acaso por ello, la copia italiana atribuye el argumento al trapisondista Philip Yordan.]

Se trata de un noir con todas las de la ley, con su femme fatale, un acaudalado marido muerto en extrañas circunstancias y un agente de la compañía de seguros londinense con la que el fallecido había suscrito una póliza de vida millonaria investigando el caso. O sea, algo atípico en la producción italiana de estos años, más proclive a incardinar las intrigas en la realidad contemporánea por cuenta del mercado negro o la corrupción. La cinta se rueda en doble versión idiomática a finales de 1949 y pasa censura en Italia el 18 de abril de 1950. En Reino Unido se estrena un año más tarde y en Estados Unidos en julio de 1951 con distribución de Republic Pictures.


Binnie Barnes interviene en otra producción británica de capa y espada dirigida en Italia por Salkow, Shadow of the Eagle (1950), aunque en esta ocasión no hay rastro de Frankovich en los créditos. Eso sí, aprovechando las subvenciones que el gobierno italiano proporciona a este tipo de películas, Frankovich cierra acuerdos con pequeños estudios estadounidenses y planea cinco películas más en los siguientes doce meses a rodar en Italia, Suiza y Gran Bretaña con estrellas como Veronica Lake y Farley Granger. Exteriores en Italia, interiores y laboratorio en Reino Unido, reparto angloparlante en los papeles principales y doblaje al italiano para obtener una doble versión son las características comunes de estas producciones. De estos cinco proyectos, sólo se logra I’ll Get You for This (Los asesinos acusan, Joseph Newman, 1951), que en los archivos italianos consta como producción exclusivamente británica de Venus Films. De hecho, cuando la cinta pasa censura con el título de Il covo dei gangsters la comisión autoriza su exhibición simpre que se suprima una escena en la que resulta visible la matrícula italiana de un automóvil [informe de censura del 28 de abril de 1953, en Italia Taglia].

Establecida la pareja en Londres, la siguiente noticia que tenemos de ellos los liga ya a España en la producción de Tres historias de amor / Decameron Nights (Hugo Fregonese y Alfonso Acebal, 1953). Como la conjunción de los dos títulos indica, se trata de tres cuentos del Decamerón bocacciano enlazados por una historia marco. Los cuatro relatos están protagonizados por Joan Fontaine y Louis Jourdan y, aunque están ambientados en Italia, Marruecos, Francia y España, toda la producción tiene lugar en este último país.

Fotografía de Frankovich y Barnes en Madrid,
publicada en Primer Plano, núm. 600,
13 de abril de 1952.

Los productores y el director se instalan en un céntrico hotel de Madrid en abril de 1952 y recurren a las murallas de Ávila para ambientar Florencia o a la Alhambra de Granada para localizar Marruecos. De cara a legitimar el proyecto ante la administración española, Cesáreo González adquiere estatuto de coproductor y Alfonso Acebal figura como “director adjunto”. En el elenco, en pequeños papeles: Aurora de Alba, Carlos Villarias, Gerard Tichy y Carlos Díaz de Mendoza. A pesar de ello, la Junta de Clasificación y Censura reconoce la participación española con la condición de que no puede acogerse a los beneficios del crédito Sindical ni optar a la obtención de permisos de importación. Según el pressbook español la cosa queda como sigue...

Una producción
FILM LOCATIONS
de
M. J. Frankovich y W. Szekeley
en colaboración con
SUEVIA FILMS-CESÁREO GONZÁLEZ

En España fue distribuida por Suevia Films, en Gran Bretaña por Eros Films y en Estados Unidos por RKO con ocho minutos menos que en la versión británica.

Donald alaba en ABC las interpretaciones y la inserción de los personajes en paisajes ibéricos:

Para mí el mayor acierto de Fregonese y sus cineístas es haber “rodado” los exteriores en nuestro país. Animadas por el tecnicolor, que es magnífico, las vistas de Granada, Ávila, Segovia, el mar de Palamós, etcétera, son admirables. A cambio de tanto “sabor” visual los relatos resultan insípidos, y es una pena, porque la interpretación es, asimismo, excelente. Joan Fontaine continúa apareciendo encantadora; tiene gracia, flexibilidad, elegancia su figura, son equilibrados sus ademanes, y es suave y picante, a la par, su belleza. Jourdan es el galán apropiado y se mantiene siempre sobrio en su papel de narrador, y en los tres tipos de “enamoradores” que encarna. Es el “film” principalmente una obra de composición, de colocación de figuras en sus fondos luminosos; una película de estampas y si era eso la única aspiración de quienes lo concibieron y realizaron pueden considerarla cumplida. [Donald, en ABC, 12 de enero de 1954, pág. 27.]

 

Como productor asociado de Decameron Nights figuraba Montagu Marks —un veterano de las producciones de Alexander Korda con el que ya nos hemos encontrado en Castillo de naipes (Jerónimo Mihura, 1943)— y como coordinador de producción en España Juan N. Solórzano, cuyos nombres también encontramos en la nueva producción de Film Locations a rodar en España, aunque en esta ocasión no haya ninguna productora española asociada al proyecto: Malaga / Fire over Africa (Fuego sobre África, Richard Sale, 1954). Llos interiores se ruedan en los estudios Shepperton, pero los exteriores se filman en la Costa del Sol a finales de octubre y principios de noviembre de 1953 —de ahí los dos títulos que se barajaron durante la preproducción, Malaga y Port of Spain— con una breve incursión en Tánger para tomar algunos exteriores que sirven de prólogo a la cinta.

El argumento parte de una idea sobre la que Philip Yordan y Tony Bartley habrían empezado a escribir en 1952 aunque al final el guión queda acreditado a Robert Westerby. En cualquier caso, el resultado es una historia de aventuras de las que uno puede leer en una novela de a duro: el Sindicato del Crimen campa a sus anchas por Tánger y los servicios de inteligencia de todos los países presentes en la ciudad internacional se confabulan para desenmascarar a su cabecilla. La única solución que se les ocurre es que tal tarea sea llevada a cabo por una mujer tan atractiva como resolutiva. Y no hay duda de que Joanna Dane (Maureen O'Hara) lo es: experta en artes marciales, imbatible con los naipes y no titubeará en apretar el gatillo cuando el contrabandista Van Logan (MacDonald Carey) se ponga en su camino. Igual que en Casablanca todo el mundo se encontraba en el Rick’s Café, en Tánger todos acuden al Frisco’s Bar. Allí actúa la bailaora Carmen Carrasco:

Yo trabajaba en el ballet del hotel Miramar cuando llegó a Málaga el equipo de la película Fuego sobre África, el director Richard Sale me vio actuar una noche. Al terminar la actuación me llamó a su mesa y me propuso un papel para la película. Mi participación consistía en bailar en un bar marroquí, que en realidad se rodó en El Refugio, en la calle Alcazabilla. También tenía que decir una frase cuando Maureen O’Hara entrara por la puerta" [carmencarrasco.jimdofree.com]

 

Binnie Barnes y Maureen O'Hara en el Frisco's Bar de Tánger

Pero ni Van Logan es lo que parecía —algo que ya sabíamos desde el principio— ni Frisco resulta ser un tipo tan duro y desengañado como Rick Blaine, sino una mujer sofisticada (Binnie Barnes, cómo no) que sabe desenvolverse entre canallas de la peor ralea. Para descubrir a su presa, Joanna se embarcará en el barco de Van con destino a Málaga. El gran final es el desbaratamiento de una gran operación de contrabando por parte de la benemérita en la que se disparan más tiros que en Little Big Horn. La resolución del caso queda en manos de foráneos, pero la Guardia Civil colaboró sin duda en la producción, en tanto los malagueños seguían fascinados las evoluciones del equipo por el puerto, la calle Larios y plaza de la Marina, el castillo de Gibralfaro y el hotel Miramar, según cuenta Juan Antonio Vigar:

También se utilizaron la mansión Bellavista, en la avenida Pintor Sorolla, y el bar El Refugio, situado en la zona de calle Alcazabilla, que simulaba ser el bar Frisco's, lugar de reunión de los espías que poblaban la película. Para este filme, Málaga se convirtió a un mismo tiempo en decorado real y localización ficticia. Era Málaga cuando debía ser Málaga y también era Tánger cuando aquí se simulaban las calles, el puerto y los establecimientos de la agitada ciudad marroquí. [Juan Antonio Vigar: “Málaga, protagonista y decorado: Rodajes y anécdotas del cine internacional en la Costa del Sol”, en Litoral, núm. 252, 2011, págs. 318-331.]

La última incursión del matrimonio Frankovich-Barnes en tierra española es Tormenta / Thunderstorm (John Guillermin y Alfonso Acebal, 1956), la película con la abríamos estas líneas. En esta ocasión, la empresa foránea es Hemisphere Films —no sabemos si británica o estadounidense— y en los créditos aparece Binnie Barnes como productora, sin mención alguna a su marido, que es quien ha presentado la solicitud de rodaje en la Dirección General de Cinematografía y Teatro el 13 de octubre de 1954 [Archivo General de la Administración, 36/4759]. Asume la parte española Marco Films, con este único título en su cartera. La empresa fue creada ex profeso para esta aventura por el constructor Emilio Colomina de la Torre, marqués de La Felguera. Nominalmente, cuenta con un presupuesto de nueve millones de pesetas que ambas partes asumen al cincuenta por ciento. Estamos muy lejos, por tanto, de los cuarenta y seis millones de pesetas que ha costado Decameron Nights. Por otra parte, la documentación oficial nos permite conocer cómo se financiaban este tipo de producciones ya que Frabnkovich Productions solicita el desbloqueo de los fondos de la filial española de la petrolera Vacuum Oil Company.

A pesar de su condición de coproducción reconocida por la administración apenas hay créditos españoles en la copia británica. En la cabecera sólo figura Manuel Berenguer como responsable de la fotografía y en el rodillo de salida, a partir del séptimo puesto en el escalafón del reparto aparecen los siguientes actores con los personajes que interpretan: [José] Marco Davó (Padre Flores), Félix de Pomés (Domingo Ribas), Néstor M. Meana (Lalo), Carlos Díaz de Mendoza (Pedro), Julia Caba Alba (Señora Hidalgo), Isabel de Pomés (Señora Álvarez), Conchita Bautista (Margo), Amalia Iglesias (Dolores) y Manuel San Román (Manuel Hidalgo). Salvo los dos primeros, en papeles secundarios, los demás tienen cometidos bastante episódicos o, incluso, “de bulto”. De hecho, el papel que tiene el sacerdote, a pesar de abrir y casi cerrar la película, pareció insuficiente a la censura previa, que obligó a modificar algunas actitudes que se consideraban poco acordes con su ministerio.

La película arranca con el recorrido que el padre Flores hace por el pueblo de San Lorenzo a la espera de que lleguen los barcos de pesca. Todos ellos son propiedad del brutal Pablo Gardea (Charles Korvin), quien hace y deshace a su antojo en el pueblo. Diego (Carlos Thompson), uno de los pescadores, encuentra en un velero a la deriva a María (Linda Christian), una mujer con un oscuro pasado. Diego la aloja en su casa mientras reparan su embarcación y entre ellos surge el amor. Sin embargo, los obstáculos se acumulan para su plena realización: Pablo asedia a María y hace que primero peguen una paliza y luego detengan por asesinato a su rival. Pero tampoco la mujer, convencida de que trae el infortunio a los hombres a los que ama, hace nada por reforzar su relación una vez que se ha entregado a Diego, que ha entrado en contacto con un armador de la ciudad vecina (Félix de Pomés) para que le ceda un pesquero de gran tonelaje con el que poder hacer frente al cacicato de Pablo.

A película terminada, la censura eliminó cinco minutos de metraje, si es que no fue la propia productora la que prescindió de ellos en el momento de someter la película a su consideración. La escena de amor en la playa entre Diego y María y el posterior intento de violación fueron a buen seguro, si no amputados totalmente, sí seriamente recortados. No obstante, el principal problema de la productora fue el reconocimiento de la aportación española por parte del Servicio de Ordenación Económica del Ministerio de Industria, que la redujo a poco más de dos millones de pesetas. Entre dimes y diretes el estreno se va demorando. En Barcelona no se estrena hasta el 17 de julio de 1959 y en Madrid hasta tres meses más tarde todavía. La modestia de las salas en las que se proyectó nos ha impedido encontrar ninguna crítica en los caladeros habituales.

Al mismo tiempo que rueda estas películas en España, Frankovich saca adelante cuatro producciones británicas con la marca Film Locations y el respaldo para la distribución internacional de Columbia Pictures: Footsteps in the Fog (Pasos en la niebla, Arthur Lubin, 1955), Joe MacBeth (Cautivo del terror, Ken Hughes, 1956) —otro guión firmado por Yordan—, Soho Incident / Spin a Dark Web (Vernon Sewell, 1957) y Wicked As They Come (La vividora, Ken Hughes, 1957) [Sue Harper y Vincent Porter: British Cinema of the 1950s: The Decline of Deference. Oxford: Oxford University Press, 2003, pág, 130.]. Gracias al éxito de la primera de ellas, protagonizada por Stewart Granger y Jean Simmons, Frankovich fue nombrado responsable de la filial británica del estudio y, finalmente, regresó en 1963 a Estados Unidos en calidad de jefe de producción de la compañía matriz, con la que siguió manteniendo tratos preferentes como productor independiente de grandes éxitos de taquilla desde 1967.

Para entonces, el espejismo de un Hollywood en las afueras de Madrid edificado por Samuel Bronston ya se ha desvanecido [véase: Jesús García de Dueñas: El imperio Bronston. Madrid: Ediciones del Imán, 2000]. Sidney W. Pink está también agotando el ciclo de películas rápidas que factura junto a José María Elorrieta. Seguro que hubo otros que llegaron antes, pero junto con los hermanos Danziger —otros norteamericanos que se instalaron en Inglaterra y recalaron en España para coproducir Muchachas de Bagdad / Babes in Bagdad (Jerónimo Mihura y Edgar G. Ulmer, 1952)—, Mike Frankovich y Billy Barnes fueron pioneros en esto de las producciones foráneas  con modos hollywoodenses en suelo hispano.