Rematado orginalmente en www.srfeliu.es el 22/06/2016
Hay vida en los estudios Ealing más allá del canon de
comedias que dieron fama a la productora de sir Michael Balcon, las
comprendidas entre Hue and Cry (Clamor
de indignación, Charles Crichton, 1947) y The
Ladykillers (El quinteto de la muerte, Alexander
Mackendrick, 1955). El corpus básico incluiría también: Passport
to Pimlico (Pasaporte para Pimlico, Henry
Corneluis, 1949), Whisky Galore! (Alexander
Mackendrick, 1949), Kind Hearts and Coronets (Ocho
sentencias de muerte, Robert Hamer, 1949),
The Lavender Hill Mob (Oro en barras,
Charkles Crichton, 1951), The Man in the White Suit (El
hombre del traje blanco, Alexander Mackendrick, 1951), The
Titfield Thunderbolt (Los
apuros de un pequeño tren, Charles Crichton, 1953) y The
Maggie (La bella Maggie, Alexander
Mackendrick, 1954).
He aquí todas las demás (y algunas de
propina)...
Tiger Bay (J. Elder Wills, 1934)
Tebeo de aventuras portuarias.
Un joven británico que cree que hasta en los más sórdidos tugurios se puede
encontrar un amor puro, decide poner a prueba su teoría en el puerto de Tiger
Bay. Allí, la protegida de Miss Lui Chang (Anna May Wong), es acosada por un
tipo duro que quiere chantajear a la dama china a cambio de protección para su local.
El chico -no podía ser de otro modo- se enamora de ella. Tiger
Bay es una de las cintas que Bray Wyndham produjo en los estudios
Ealing y cuya principal baza es el atractivo exótico de Anna May Wong,
trasplantada a Europa ante la imposibilidad de interpretar en Hollywood papeles
de mayor envergadura. La pobreza de medios es evidente, pero resulta mucho más
acusada en el flashback ambientado en la China
revolucionaria, aunque todo coadyuva a la impresión de que estamos ante la
plasmación cinematográfica de un tebeo de aventuras portuarias.
Sing As We Go! (Basil Dean, 1934)
Comedia sobre la crisis y el paro.
Ambientada por el dramaturgo y novelista J.B. Priestley en un entorno de clase
obrera, la lucha de clases no asoma en ningún momento por Sing
As We Go! a pesar de que trata de las desventuras de una
trabajadora (Gracie Fields) de una factoría textil de Lancashire que se va al
garete debido a la crisis económica. El empresario está profundamente
preocupado por sus empleados y estos no tienen la más mínima intención de
echarle en cara que no reinvirtiera en la empresa en vez de liquidar beneficios
cuando los había. Según Basil Dean, el optimismo es el antídoto definitivo
contra la crisis, así que allá va la señorita Fields, futura señora de Monty
Banks, haciendo frente a los mil subempleos que salen al encuentro con un
optimismo a prueba de bombas.
No Limit (Monty Banks, 1935) Musical slapstick-motero.
George Shuttleworth (Formby) está convencido de que puede ganar el
prestigioso premio de motociclismo de la isla de Man gracias a la estrambótica
moto que se ha construido en el cobertizo de su casa de Wigam. Durante el viaje
se encuentra con Florrie, empleada del fabricante de motocicletas Mr. Higgins.
En seguida nace entre ellos una corriente de simpatía, que no es vista con
buenos ojos por el bravucón Turner, que va a participar también en la carrera.
La presencia del veterano Monty Banks al timón de No Limit
garantiza un ritmo frenético y buenas dosis de slapstick a lo
largo de toda la cinta. El tour de force es, por supuesto, la
carrera final, en el que hace buenas las enseñanzas de Mack Sennett sobre lo
que debe ser el final de una película.
Cheer Boys Cheer (Walter Forde, 1939) Comedia
pre-Ealing.
En su libro sobre el estudio, Charles Barr ponía esta comedia como
ejemplo de la continuidad entre el periodo de la A.T.P. bajo dirección de
Michael Balcon y la futura producción Ealing. También, como reflejo del propio
estudio. Greenleaf, una pequeña factoría tradicional y familiar de cerveceros
se ve amenazada por los métodos tayloristas de la potente Ironside
Brewery. El clásico uso del argumento de los herederos enamorados -Romeo y
Julieta en versión screwball- servirá a la
conciliación de los métodos tradicionales –la elaboración artesanal- con lo
mejor del progreso –la publicidad-.
Y tras estos ejemplos de la etapa pre-Michael
Balcon...
The Gaunt Stranger (Walter
Forde, 1938) Quién lo hará cómico.
“The Ringer” es un asesino con un sentido del humor bastante macabro. Le
anuncia a Maurice Meister que morirá en cuarenta y ocho horas mandándole una
corona fúnebre. La policía se pone en marcha para intentar descubrir al asesino
antes de que se cumpla el plazo, pero éste es un maestro del disfraz, la
mansión tiene pasadizos secretos y los bastones esconden sables. Sidney Gilliat
adapta una novela del prolífico Edgar Wallace en la primera –y razonablemente
entretenida- producción de Michael Balcon al frente de los Ealing Studios, que,
no obstante, se presentará con el sello de Cooperative Association of Producers
and Distributors – CAPAD, hasta principios de 1940. Dirige Walter Forde, un
veterano de la etapa de Basil Dean que ya había obtenido un éxito con este
mismo argumento en 1932.
The Ware Case (El caso Ware,
Robert Stevenson, 1938) Drama judicial.
Clive Brook es el motor de The Ware Case. Más allá de su guión
adaptado de una obra teatral, más que la pericia como director de Robert
Stevenson, más que la pertinencia del resto del reparto, Clive Brook marca con
su creación del aristócrata calavera sir Hubert Ware el ritmo de la cinta. En
clave de comedia en la primera parte, melodramática desde el momento en que el
cuñado de sir Hubert aparece asesinado en el estanque de la mansión y el
abogado (Barry Barnes), enamorado de su esposa (Jane Baxter), debe hacerse cargo
de su defensa, The Ware Case se preocupa menos por
resolver el misterio que por exponer la relajación moral de las clases altas
británicas. Como en The Gaunt Stranger, resulta
sorprendente encontrase con que la justicia es incapaz de hacer que los criminales
paguen por sus crímenes. La resolución formal del que abisagra la película es
modélica. Stevenson fue uno de los puntales de los Ealing Studios prebélicos;
pacifista confeso, emigró a Estados Unidos donde terminó desarrollando su
carrera al servicio de Disney.
Young Man’s Fancy (Llovida
del cielo, Robert Stevenson, 1939) Comedia romántica del 1870.
Antes de convertirse en el realizador oficial de los productos de imagen real
de la casa Disney, Robert Stevenson tuvo una interesante carrera en su Inglaterra
natal. Parte de esta filmografía está asociada a Michael Balcon, primero en
Gaumont British y luego en los incipientes Ealing Studios prebélicos. Son
películas al servicio de la que entonces era su esposa, la pizpireta, Anna Lee.
Young Man’s Fancy es una de las últimas que ruedan
juntos en Gran Bretaña, antes de viajar a Estados Unidos; una comedia romántica
espléndidamente construida con ese charme que proporcionará la
ambientación francesa a las futuras producciones Ealing dirigidas por Robert
Hamer. El argumento satiriza el sistema de clases británico y presenta a un
duque juerguista casado con una hipócrita redomada y a un nuevo rico ávido de
ascenso social mediante el matrimonio de su hija con lord Alban, el unigénito
de los duques. Pero, como bien dice el título de estreno en España, al joven
aristócrata le cae como llovida del cielo la "mujer bala" de un
espectáculo de music hall y a partir de aquí todo
toma un rumbo inesperado: París, la guerra franco-prusiana... Muy disfrutable.
The Four Just Men (Walter Forde, 1939) Intriga
internacional.
La famosa novela del prolífico escritor policial Edgar Wallace
presentaba a un grupo internacional de justicieros inmensamente ricos
dispuestos a imponer la ley allá donde la ley no alcanza. Si para ello tienen
que condenar a un hombre a muerte no dudan en ejecutar la sentencia. El equipo
de los nacientes Ealing Studios adapta la trama a la convulsa situación de la
Europa prebélica y crea una especia de pre-Mission: Impossible
con toda la parafernalia de disfraces, fugas espectaculares, crímenes
sofisticados y elementos tomados del thriller
británico hitchcockiano. Aunque la modestia de la producción limita mucho el
alcance de las escenas de acción, hay una recreación del Parlamento, donde
tiene lugar el clímax. Forde retoma la intriga del asesinato a plazo fijo de The
Gaunt Stranger (1938), aunque en esta ocasión los criminales son
los buenos. Hija de su tiempo, la cinta termina con un montaje documental en el
que se propugna el armamentismo y la alianza con Estados Unidos a fin de
derrotar al nazismo.
Return to Yesterday (Robert Stevenson, 1940) Drama
filodramático.
Es ésta aún una producción de Michael Balcon en los estudios Ealing bajo
la marca Cooperative Association of Producers and Distributors – CAPAD y la
última rodada en el Reino Unido por Robert Stevenson antes de embarcarse hacia
Estados Unidos a causa del conflicto bélico. Parte de su propio dilema parece
colarse en el argumento de la cinta. Robert Maine (Clive Brook), un actor
británico que ha obtenido un gran éxito en Hollywood, siente añoranza de los
buenos viejos tiempos en los que era un anónimo actor de teatro de repertorio.
Así que en lugar de regresar a América, se queda en la pensión de una localidad
costera, donde se alojaba cuando era un joven con ilusiones. No pasará mucho
tiempo antes de que se incorpore a la compañía que actúa allí durante el
verano, sustituyendo a un histrión que ha discutido con el empresario. En la
compañía hay una damita joven (Anna Lee), que se siente deslumbrada por él a
pesar de estar comprometida con un compañero de su edad (David Tree), decidido
a renunciar a las tablas por falta de oportunidades.
There Ain't No Justice (Pen
Tennyson, 1939) Drama pugilístico.
Penrose Tennyson fue uno de los fieles a Michael Balcon, primero en Gaumont
British –donde ejerció de ayudante de Hitchcock en títulos tan célebres como The
39 Steps (Los 39 escalones, 1935)-, y luego
en los Ealing Studios donde dirigió tres películas antes de fallecer en 1941 en
un accidente aéreo mientras rodaba documentales para la marina de guerra. Su
debut es un contenido drama pugilístico que desde el mismo prólogo expresa su
voluntad de prevenir a quienes ingresan ilusionados en el turbio mundo del
boxeo de los peligros que les acechan. There Ain't No Justice
presenta el conflicto en clave de lucha de clases. El promotor de Tommy Mutch
(Jimmy Henley) es un chaval de clase baja que decide dedicarse al boxeo
profesional para poder casarse y para sacar a su hermana del lío en que se mete
cuando falta dinero del local en que trabaja. Las consecuencias de la
brutalidad del boxeo profesional quedan en evidencia en la patética secuencia
en la que se recaudan fondos para un púgil que ha quedado ciego a causa de los
golpes. Como en sus homólogas estadounidenses, la película utiliza también dos
figuras femeninas para simbolizar el camino del bien –la dulce Connie (Jill
Furse)- y el mal -la predadora Dot (Nan Hopkins)-. En el combate final, la
lucha contra la corrupción, la vuelta al orden familiar y el triunfo del amor
verdadero estarán indisolublemente unidos a la victoria o derrota de Tommy.
Pero, al tiempo que el combate tiene lugar en el ring, los desposeídos se
rebelan contra los sinvergüenzas es una auténtica batalla campal, dando cuerpo
una vez más a la idea de que lo que se dirime aquí va más allá de lo meramente
individual. Michael Balcon volverá a optar por este género-puente entre lo
deportivo y lo social después de la guerra en The Square Ring
(Basil Dearden, 1953).
The Proud Valley (Pen Tennyson, 1940) Musical
social.
Como The Four Just Men es ésta una película coyuntural en la que una de
las escenas claves varía totalmente su sentido al hilo de la actualidad. Es
aquélla en la que los mineros galeses llegan a Londres después de una larga
marcha a pie y piden que la mina se reabra porque su trabajo es necesario para
que Gran Bretaña derrote a Hitler, que acaba de invadir Polonia. Por lo demás,
se presentan aquí temas esenciales de Ealing, como el valor de la perseverancia
de los pequeños frente a los grandes y el espíritu colectivo. El grupo se
construye gracias al trabajo, pero también al coro en el que armonizan sus
voces y en el que aceptan inmediatamente la incorporación del que viene de
fuera, un coloso negro llamado David Goliath con una voz privilegiada. David,
una suerte de Maciste cantante, está interpretado por el mítico Paul Robeson.
Su sacrificio no conducirá a la cooperativización del trabajo, como pretendía
el guión inicial, sino a un pacto social propiciado una vez más por las
excepcionales circunstancias bélicas.
Let George Do It! (Marcel Varnel, 1940) Slapstick
espionístico.
Las comedias de George Formby en la ATP de Basil Dean estaban hechas
por un equipo más o menos estable en el que destacaban el director Anthony
Kimmins y el director de fotografía Ronald Neame. La llegada de Michael Balcon
supone la incorporación de nuevos elementos al servicio de la estrella más
rentable de la factoría. Basil Dearden vela así sus primeras armas como
ayudante de dirección, coguionista y productor asociado en Let
George Do It!, Spare a Copper y Turned
Out Nice Again, las tres cintas que el comediante protagonizó en
los estudios Ealing antes de negociar un nuevo contrato con Columbia. Aunque la
situación prebélica ya había asomado la patita en la etapa de Basil Dean, con It's
in the Air (1938), es a partir de la llegada de Balcon cuando la
popularidad de Formby se pone plenamente al servicio de la propaganda. Let’s
George Do It! es el primer intento. George (Formby) es enviado a la
neutral Noruega cuando el tañedor de ukelele-banjo de la orquesta que actúa
allí es asesinado. Míster Méndez (Garry Marsh), el director, es un espía nazi y
envía mensajes cifrados en las canciones durante las emisiones radiofónicas de
sus actuaciones, así que el inocentón de George se verá envuelto en toda clase
de líos entre los que no faltan las canciones, las vampiresas ni el suspense.
El slapstick reina en la escena en la que George debe
recuperar una cámara fotográfica en un obrador, aunque la escena más justamente
célebre es aquélla en la que Formby, narcotizado, sueña que viaja a Alemania y
desciende en Nuremberg para darle una paliza a Hitler.
Saloon Bar (Walter Forde, 1940)
Quién lo hizo teatral.
Saloon Bar parece rodada diez años antes. Es una
modesta intriga encaminada a esclarecer un asesinato comandada por un corredor
de apuestas (Gordon Harker) con aficiones detectivescas desde la barra de un
pub. Todo delata su condición teatral, hasta la persecución final en un
decorado mínimo... muy bien aprovechado, todo hay que decirlo, por Walter
Forde. Además, los clientes habituales del pub constituyen una comunidad cien
por cien Ealing.
Convoy (Pen Tennyson, 1940)
Propaganda bélica.
Un rótulo al principio de la película nos advierte que fue rodada en la mar,
bajo las difíciles condiciones provocadas la situación bélica. Sin embargo,
hasta la llegada de Cavalcanti a Ealing, el porcentaje de material documental
es mínimo y las escenas se orquestan en torno a decorados reproducidos en
estudio y exteriores fingidos gracias a las retroproyecciones. Clive Brook
encabeza el reparto como el capitán de un buque que debe escoltar un convoy de
barcos mercantes por un Mar del Norte plagado de submarinos alemanes comandados
por monstruos sanguinarios. Para colmo, el segundo que le asignan es el hombre
por el que le ha abandonado su mujer -encarnada por Judy Campbell, la madre de Jane Birkin-. Mientras los oficiales pueden permitirse
los dilemas personales, la marinería del destructor y del mercante se muestra
como un grupo compacto con intereses tan comunes como indistintos. El heroísmo,
eso sí, se repartirá a partes iguales.
Sailors Three (Walter Forde,
1940) Farsa naval.
Tras una noche de borrachera en un puerto sudamericano Tommy Taylor (Tommy
Trinder) y dos compañeros de tripulación del H.M.S. Ferocious terminan
abordando el Dunderdorff, el buque alemán que debían hundir. Gracias a sus
inagotables recursos y a la colaboración de un grupo de civiles conseguirán
hacerse con el barco enemigo y dejar fuera de combate a toda su tripulación. La
correspondiente ración de optimismo y moral de victoria encomendada a los
cómicos del estudio en tiempo de guerra, que supone, al tiempo, la
incorporación del carilargo Tommy Trinder al elenco Ealing. Véase también la secuela fantástico-musical: Fiddlers
Three (Harry Watt, 1944).
Spare a Copper (John Paddy Carstairs, 1940) Slapstick
bélico-musical.
Nada que no hayamos visto ya en otras películas de George Formby. La
servidumbre de la propaganda sitúa a George como miembro del cuerpo de policía
motorizada de una ciudad que podría ser Liverpool. La proximidad de los astilleros
dedicados al esfuerzo de guerra y un parque de atracciones desde el que unos
saboteadores pretenden hundir un buque de guerra durante su botadura sirve de
marco a una trama episódica en la que alternan las canciones acompañadas del banjolele
y las escenas de slapstick motorizado. Las pruebas
para entrar en el cuerpo de motoristas y la persecución final, en un microcoche
centrifugado en la atracción conocida como el Muro de la Muerte, son los
momentos álgidos de una comedia que sigue en este punto la pauta de No
Limit (Monty Banks, 1935).
Ships with Wings (Gesta
de héroes, Sergei Nolbandov, 1941) Hazañas bélicas.
El portaviones Ark Royal, el “barco con alas” del título, interpreta el papel
del Invincible en la pantalla y obtiene crédito por ello. Coprotagonizan un
trío de pilotos, viriles y temerarios. Uno de ellos (John Clements, la estrella
de The Four Feathers de Korda) acaba con la vida del
hermano de su prometida en una maniobra imprudente y terminará trabajando como
piloto civil para una extravagante y modestísima línea turística griega en
donde se topará con unos nazis malvadísimos. Su redención heroica le llevará a
reunirse con sus antiguos compañeros y a enfrentarse con su pasado. Un
melodrama con olor a naftalina que Nolbandov, productor habitual de las
películas de Pen Tennyson, heredó de éste cuando falleció durante un accidente
de aviación. Se estrenó en España una vez concluida la contienda cuando su
contenido propagandístico había quedado ya desactivado y los espectadores
podían recrearse con sus valores técnicos y un argumento que nunca termina de
levantar el vuelo.
The Ghost of St.
Michael's
(Marcel Varnel, 1941) Comedia gótica.
El incompetente profesor al que solía encarnar Will Hay se ve obligado a
trasladarse a la remota isla escocesa de Skye donde impartirá clase en un
castillo encantado. Dice la tradición que, cuando suenan las gaitas de los
McKinnon un fantasma recorre los lóbregos corredores. Un par de asesinatos y un
desopilante juicio después, el profesor Lamb y sus alumnos conseguirán
desentrañar el misterio de los crímenes y desbaratar una trama de espionaje
nazi. Se trata de una entrega un tanto rutinaria, excesivamente deudora de una
trama sobada de caserones encantados y de los tics de Hay.
Turned Out Nice Again (Marcel Varnel, 1941) Farsa
marital.
La última comedia de Formby en los estudios Ealing supone un cambio de
registro: menos canciones, ausencia de alusiones a la situación bélica, apenas
un poco de slapstick y cierta evolución hacia la comedia de
situación. El primer síntoma de que algo está cambiando es que en lugar de
conseguir a la chica en el último rollo, se casa con ella en el primero. Esto
le obliga a contemporizar con una madre posesiva (Elliott Mason) y una esposa
(Peggy Bryan) harta de sus intromisiones. Además, George trabaja en el ramo de
la lencería, lo que propicia la aparición de féminas atractivas ligeras de
ropa… dentro de la más estricta respetabilidad, por supuesto. Uno de los temas
subyacentes a buena parte de la producción de los estudios Ealing, que aflorará
plenamente en la posguerra, es el del enfrentamiento entre tradición y
modernidad que aquí ejemplifican los industriales Dawson y McKinley.
The Black Sheep of
Whitehall
(Basil Dearden y Will Hay, 1942) Slapstick propagandístico.
El popular comediante Will Hay entra por la puerta grande en los Ealing
Studios de la mano de Basil Dearden. Éste es el primer crédito de Dearden como
director después de haberse fogueado como guionista, ayudante de dirección y,
por último, productor asociado en las comedias de George Formby. El inepto
director de una escuela privada (Will Hay) debe rescatar a un experto en
comercio internacional encargado de asesorar al gobierno sobre el tratado
anglo-sudamericano, que ha sido secuestrado por una red de espías nazis. Cuenta
con la ayuda de un funcionario tan inepto como él (John Mills, en un registro
cómico bastante inusual). Las mil peripecias dan oportunidad a Will Hay de
utilizar más disfraces que Mortadelo.
The Big Blockade (Charles
Frend, 1942) Docuficción de propaganda.
Lo que debió empezar siendo un mediometraje documental sobre el bloqueo por mar
y aire a la industria armamentística alemana se ve incrementado mediante
escenas de ficción que permitan transmitir al espectador medio la necesidad de
estas operaciones. Los alemanes siguen siendo objeto de mofa, como en las
películas de George Formby y Will Hay, acaso porque en Ealing pensaban que el
ridículo era la peor derrota que se podía infligir al enemigo. El propio Hay
tiene un pequeño papel, ajeno a su estatus estelar. Leslie Banks, Michael
Redgrave, John Mills y Robert Morley también tienen papeles relevantes en una
ficción que incorpora escenas documentales en las que seguramente participó
Cavalcanti –que figura en los créditos como productor asociado- y material de
noticiarios propios y ajenos. La fórmula se mostrará mejor resuelta en San
Demetrio, London (Charles Frend, 1943).
The Foreman Went to
France (Charles
Frend, 1942) Propaganda bélica.
Producida por Cavalcanti y con Charles Frend en la dirección, The
Foreman Went to France es parte del esfuerzo bélico de la Ealing y
característico de su estilo al menos por tres circunstancias: el protagonismo
de la gente común, la hermandad anglo-francesa y la diversidad de acentos. El
argumento se centra en el viaje a Francia en 1940 del responsable de una
fábrica británica de armamento para recuperar la maquinaria que podría caer en
manos de los nazis. Realiza el viaje de regreso con dos soldados rasos -un
cockney y un escocés-, una empleada estadounidense y un grupo de niños
franceses huérfanos. La cinta celebra la iniciativa individual -el protagonista
obra bajo su responsabilidad, desatendiendo órdenes de sus superiores y trabas
burocráticas- y presenta al único oficial británico con cierto peso en la trama
como un espía nazi disfrazado. El éxito de la misión se dilucidará mediante una
votación asamblearia de los pasajeros de un pequeño barco francés dispuesto a
cruzar el Canal. Celebración del heroísmo de a pie.
Go To Blazes (Walter Forde,
1942) Cortometraje didáctico.
Una parte de la producción bélica de los Ealing Studios fueron cortometrajes de
propaganda o educativos. La incorporación al equipo de Alberto Cavalcanti y
Harry Watt, procedentes de la prestigiosa GPO, supuso el definitivo impulso a
este tipo de producciones. Sin embargo, Go To Blazes
sigue otro camino. Michael Balcon pone al servicio del Ministerio de
Información a uno de sus cómicos más populares, Will Hay, para que imparta un
breve curso sobre el protocolo a seguir en el caso de que una bomba incendiaria
alemana caiga en tu domicilio. Hay encarna al pomposo patán de siempre, que
debe impartir una conferencia con el asunto pero que resulta un perfecto
inútil. De las viñetas que ocupan la primera parte del metraje, la mejor es
aquélla en la que el artefacto cae en el techo y va cayendo de piso en piso
hasta que Hay consigue –por casualidad, claro- neutralizarla en el sótano.
Durante la segunda parte, serán su mujer y su hija quienes le demuestren cómo
actuar en un caso real sin dejarse llevar por el pánico. Aunque en los títulos
de crédito la cinta aparece atribuida a Walter Forde, éste no recordaba haber
intervenido en ella, y los historiadores se decantan por la autoría del propio
Hay con el apoyo, en todo caso, de Dearden.
The Next of Kin (Thorold Dickinson, 1942) Paranoia
bélica.
Un encargo envenenado del gobierno a sir Michael Balcon. El cortometraje
que advertía sobre el peligro de que una información vertida en oídos
aparentemente inocentes terminara en manos del enemigo engrosó considerablemente
en manos de Thorold Dickinson hasta convertirse junto con Went
the Day Well?, de Cavalcanti, en una de las piezas más
estrambóticas de la propaganda bélica. Una artista de variedades adicta a la
cocaína (Phyllis Stanley) que forma parte de la compañía que se encarga de
proporcionar diversión a los soldados que van a entrar en combate y una
exiliada holandesa (Nora Pilbeam) cuyos padres están a merced de los nazis son
las principales fuentes de información de la red de espionaje alemana gracias a
los datos que les proporcionan incautos soldados. Sin embargo, se lleva el gato
al agua un agente (Mervyn Johns) totalmente anodino y, precisamente por ello,
capaz de inspirar confianza en cualquiera.
The Goose Steps Out (Basil Dearden y Will Hay, 1942) Slapstick
antinazi.
Parodia descarada de Night Train to Munich (Carol Reed,
1940). El argumento arranca de un modo bastante acelerado, cuando un modesto
profesor inglés apellidado Potts (Will Hay) resulta ser el doble de un espía
alemán detenido en suelo británico. El jefe de la inteligencia militar le
propone que ocupe su puesto en la Universidad de Altenburg y ejerza de agente
al servicio de su patria. Dicho y hecho. La tarea que le tiene encomendada el
Reich es entrenar sobre las costumbres inglesas a unos aprendices de espías
cuya misión es infiltrarse en Gran Bretaña. Y ya tenemos al bueno de Will Hay
con sus antiparras caladas impartiendo lecciones en las que los retruécanos se
dan la mano con las situaciones cómicas. Probablemente la secuencia mejor resuelta
es aquélla en Potts se cuela en el laboratorio del profesor Hoffman (Frank
Pettingell). El modo en que se va deshaciendo de los vigilantes, el traje de
amianto en el que se esconde y los enredos subsiguientes beben de la mejor
tradición de la comedia física, con un tempo sostenido y
soluciones imaginativas para la mayor parte de los gags. Después de
este esfuerzo propagandístico Hay sólo rodó una película más en el seno de los
estudios Ealing, My Learned Friend (Basil Dearden y
Will Hay, 1943), una comedia inusualmente negra, que prefigura el rumbo que
tomaría el estudio cuando las producciones cayeran en manos de Alexander
Mackendrick y Robert Hamer.
Went the Day Well? (Alberto Cavalcanti, 1942) Suspense
propagandístico.
Los esfuerzos propagandísticos de Michael Balcon nunca casaron bien con
la política oficial. El antiheroísmo de las pequeñas gestas cotidianas, el
dolor genuino por la pérdida de vidas humanas o el efecto
"desmoralizador", según las autoridades, de algunos argumentos matizados
de ambigüedad cuando todo debía ser blanco o negro, condujeron a frecuentes
desencuentros con la administración. Cavalcanti se encargó de dirigir ésta
audaz fábula que comienza, en una pirueta estremecedora, en un típico pueblo
inglés cuando la guerra ya ha terminado. Los británicos han vencido. Pero
podría no haber sido así, porque los alemanes eligieron este aislado y pacífico
pueblecito para iniciar la invasión. Un buen día se presenta un regimiento de
soldados británicos que, en realidad, son militares alemanes. La bonhomía y el
exceso de confianza de los lugareños les hará caer en la trampa. Went
the Day Well? es una película progresivamente oscura y cuyas
implicaciones morales van más allá de la simple propaganda. El esquema de la
mayoría de las películas fantásticas de la guerra fría ya
está aquí perfectamente desarrollado.
Nine Men (Harry Watt, 1943) Drama bélico.
Harry Watt es el gran desconocido del equipo Ealing. Frente a la
productividad de Basil Dearden, a la excentricidad de Alexander Mackendrick o Robert
Hamer, a la identificación con la comedia Ealing de Charles Crichton o,
incluso, a la condición de “hombre del estudio” de Charles Frend, Watt se
mantuvo alejado del centro de producción –Australia, África…- y dotó a sus
películas de un inconfundible aliento documental. Nine Men es su
primer largometraje en los Ealing Studios y, amén de estas características,
demuestra también su atención a los actores naturales y su habilidad para
integrar el paisaje en la historia como un personaje más. La cinta es un largo flashback
en el que el sargento instructor de un regimiento de fusileros de Gales ilustra
la necesidad del entrenamiento con una aventura corrida por él mismo y otros
ocho hombres durante la campaña de Egipto. La supervivencia del grupo –de
procedencia social y geográfica heterogénea, según la norma de la casa- depende
de su cohesión y de su capacidad para aceptar el liderazgo de los más dotados.
Por esquemática que pueda parecer la metáfora de una Gran Bretaña en guerra, el
buen pulso dramático de la historia, la solidez de las interpretaciones y la
fotografía de Roy Kellino –que hace pasar las dunas de Gales por el desierto
egipcio- convierten a Nine Men en una de las más sólidas
propuestas de la producción bélica del estudio.
The Bells Go Down (Basil
Dearden, 1943) Drama de heroísmo cotidiano.
Al hablar de The Bells Go Down resulta
inevitable citar I Was a Fireman / Fires Were Started
(1943), el docudrama de Humphrey Jennings que reflejaba la vida diaria de los
bomberos en tiempo de guerra, interpretada por ellos mismos. Basil Dearden
demuestra una gran pericia en la alternancia se retroproyecciones, maquetas,
material documental y ficcional, para llevar a la pantalla esta historia de
heroísmo cotidiano encarnada en los trabajos y los días de cuatro miembros del
Servicio Auxiliar de Bomberos de los muelles del East End de Londres durante el
blitz de 1940. Son el ingenuo recién casado Bob (Philip
Friend), el granuja de medio pelo Sam (Mervyn Johns), el mujeriego y apostador
Tommy (Tommy Trinder) y su rival amoroso (James Mason). La superación de las
rencillas entre los cuatro y los actos de valor que los redimen de pasados
egoísmos conforman la lección moral de la película. El principio y el final,
simétricos, refuerzan la idea de comunidad y la capacidad del pueblo británico
para soportar el horror de los bombardeos.
My Learned Friend (Basil Dearden y Will Hay, 1943)
Comedia negra.
La última película de Will Hay para Ealing Studios ha sido considerada
por los historiadores como una especie de puente entre la comedia de
comediantes –al servicio de una estrella- de la etapa final de Basil Dean a la
que practicarían Robert Hamer y Alexander Mackendrick. Desde luego, nos
tropezamos aquí con un quién es quién de los Ealing Studios postbélicos. Además
de Dearden como co-director –por última vez- y Michael Relph como director
artísticos, aparecen acreditados como guionistas Angus Macphail -Whisky
Galore!- y John Dighton -Kind Hearts and Coronets-,
y como supervisor de montaje Sidney Cole –Train of Events-.
El timador William Fitch (Will Hay) y el inepto leguleyo Claude Babbington
(Claude Hulbert) reciben una amenaza del exconvicto Grimshaw (Mervyn Johns). La
película sigue a la pareja durante sus intentos por evitar que Grimshaw lleve a
fin su venganza de cuantos le condujeron a la cárcel. Esto da ocasión a la
creación de una serie de set pieces en un tugurio de los
bajos fondos, en un teatrito de variedades, en un manicomio y en la mismísima
Casa de los Lores, de cuyo reloj –nuevos Harold Lloyds- quedarán colgados los
dos inútiles vestidos de beefeaters, mientras un cargamento
de dinamita está a punto de estallar. Francamente complicada de seguir en
ausencia de subtítulos y sin un perfecto dominio de la lengua de Shakespeare.
Undercover (Sergei Nolbandov,
1943) Bélico balcánico.
En su segunda y última película como director, Sergei Nolbandov vuelve a
recurrir a John Clements como protagonista. En esta ocasión es un militar
yugoslavo -igual de heroico que cuando interpreta a oficiales británicos-,
obligado a echarse al monte por la ocupación alemana. Milosz Petrovitch deja
atrás a su mujer (Mary Morris), a su padre (Tom Walls) y, sobre todo, a su
hermano Stefan (Stephen Murray), cirujano jefe en un hospital de Belgrado.
Mientras los demás se unen a la Resistencia, éste debe permanecer en su puesto
aparentando colaborar con los nazis. No hay aquí ni mofa al estilo Will Hay ni
labor documental que enriquezca la trama en la que se dan los consabidos
sabotajes, interrogatorios brutales, descarrilamientos de trenes y ejecuciones
de rehenes… Para el caso, y por si había dudas sobre la crueldad de los
invasores, los fusilados son un grupo de escolares. Stanley Baker debuta en la
pantalla como uno de los chicos. Una vez más, consistente trabajo de maquetas
sin acreditar.
San Demetrio, London (Charles
Frend, 1943) Épica del equipo.
El equipo heterogéneo como base de la comedia Ealing se fragua en el periodo
bélico. Ésta es una de las últimas películas de propaganda realizadas por el
estudio de Michael Balcon. La historia, basada en un hecho real, no puede ser
más antiheroica ni más coral: el San Demetrio, un petrolero que realiza la
travesía desde Texas a Inglaterra, es bombardeado en mitad del Atlántico. La
tripulación abandona el barco en llamas y durante unos días sobrevive en un
pequeño bote, sin apenas alimentos ni agua. Por fin, avistan un barco... el San
Demetrio. Deciden abordarlo, intentar apagar el incendio que afecta a los
depósitos, repararlo y volver con él a casa. Un equipo heterogéneo -incluido un
norteamericano- en el que destaca la ausencia de oficiales lleva adelante este
empeño cuyo valor en el conflicto se nos antoja nimio, pero que en los estudios
Ealing equivalía a la creación de un espíritu nacional. Hay escenas altamente
emotivas en su sobriedad, como el entierro en el mar de uno de los componentes
de la tripulación, y otras marradas por una pobre utilización de los
retroproyecciones, aunque Michael Balcon defendía que lo que debía ser
auténtico era el hálito que animaba la cinta y no su resolución técnica.
Oficialmente fue dirigida por Charles Frend, pero buena parte del metraje fue
rodado por Robert Hamer cuando el titular cayó enfermo.
The Halfway House (Basil
Dearden, 1944) Apólogo con fantasmas.
Durante la guerra, un grupo de personas en crisis llega a una posada campestre
que fue bombardeada hace justo un año. Un prólogo un tanto prolijo, en el que
se presentan los antecedentes de cada uno de los hospedados y un epílogo
moralizante, enmarcan esta historia que juguetea con el fantástico… y muy bien,
por cierto. Como casi siempre en la época dorada de la productora, protagonismo
coral; en los créditos se da especial relevancia a las participación de
Françoise Rosay, señora de Feyder, en su primera producción británica. Rodada
en plena guerra, no deja de lado los aspectos propagandísticos pero Dearden se
encuentra a gusto creando un clima progresivamente extraño a partir de
elementos cotidianos. Las maquetas y transparencias dejan que desear.
For Those in Peril (Charles
Crichton, 1944) Hombres en pie de guerra.
Resulta sorprendente comprobar una y otra vez cómo las cintas de propaganda
bélica producidas por Michael Balcon podían resultar tan poco épicas. For
Those in Peril es un ejemplo perfecto: heroísmo colectivo, espíritu
de sacrificio, restricción sentimental… La historia de la tripulación de una
cañonera –o lo que sea- que debe rescatar a un piloto derribado en el mar se
desarrolla en un universo estrictamente masculino. La camaradería, favorecida
por las reducidas dimensiones de la lancha, no conoce de rangos, clases ni
procedencia geográfica. La aproximación documental a las escenas de combate no
está reñida con la espectacularidad; al contrario. Sólo algunas
retroproyecciones afean el conjunto que, como contrapartida, cuenta con escenas
marítimas espléndidamente rodadas por Douglas Slocombe. Tras desempeñar
diversos cometidos en la casa, sobre todo como jefe de montaje, Charles Crichton
aparece por primera vez acreditado como director.
They Came to a City (Basil Dearden, 1944) Drama
simbolista.
Basada en una obra teatral de J.B. Priestley. Varios personajes de
diferente extracción social se reúnen en una ciudad misteriosa -un decorado
abstracto de Michael Relph-, una especie de falansterio, un lugar utópico en el
que la evolución ha servido para crear ciudadanos libres. Los recién llegados
debaten sobre la sociedad de la que proceden... pero es preciso tener un nivel
bastante avanzado del idioma o disponer de subtítulos para disfrutar con las
sutilezas de una película que descansa exclusivamente en el diálogo. Las
interpretaciones resultan bastante afectadas y la escenografía termina
redundando en lo pretencioso de la propuesta. En un estilo similar, A
Matter of Life and Death (A vida o muerte,
Michael Powell y Emeric Pressburger, 1946) resulta bastante más estimulante.
Champagne Charlie (Alberto
Cavalcanti, 1944) Comedia musical victoriana.
El brasileño Alberto Cavalcanti fue un auténtico trotamundos. Formado en
Europa, se interesó por el cine en la Francia de la vanguardia, pasó con la
llegada del sonoro al cine industrial, trabajó en la GPO, la unidad
documentalista británica dirigida por John Griegson en los años treinta, y
regresó a su tierra natal a principios de los cincuenta a fin de poner en
marcha la industria cinematográfica en aquel país. Todavía tuvo tiempo de
dirigir tres películas y media en los estudios Ealing. Champagne
Charlie es una mirada nostálgica al mundo del music-hall
de la Inglaterra victoriana de la mano de dos de los más exitosos comediantes
de music-hall del periodo de entreguerras: Tommy Trinder y
Stanley Holloway.
Fiddlers Three (Harry Watt, 1944) Comedia musical
fantástica.
Tengo que investigar cómo se le ocurrió a Michael Balcon poner este
argumento revisteril de viajes en el tiempo, secuela más o menos apócrifa
de Sailors Three, en manos del documentalista Harry Watt.
Tommy Trinder y Sonnie Hale son dos marineros que recogen a una compañera en
las cercanías de la formación megalítica de Stonehenge, viajan en el tiempo y
son tomados por druidas por los legionarios romanos. Números de vaudeville
-incluida la imitación de Carmen Miranda por parte de Trinder- y anacronismos a
tutiplén proporcionan un muy modesto entretenimiento en tiempo de guerra,
pautado según la falsilla de Roman Scandals (Escándalos
romanos, 1933), una comedia de Eddie Cantor que se cita al menos un
par de veces a lo largo del metraje.
Johnny Frenchman (Charles Frend, 1945) Comedia bélica.
Comedia y bélica... O sea, doblemente Ealing. Si a eso le sumamos el
tono documental de las escenas de pesca y las celebraciones tradicionales que
enaltecen el espíritu de comunidad con un guión de T.E.B. Clarke, ¿para qué
queremos más? ¿La excusa argumental? La tradicional rivalidad entre dos
pueblecitos pesqueros a ambos lados del Canal de la Mancha, puesta en
cuarentena por la alianza frente al enemigo común. Cinta a mayor gloria de
Françoise Rosay, cuyos enfrentamientos con Tom Walls mantienen el pulso a pesar
de la anodina historia romántica juvenil. Esto y un final excesivamente tramado
lastran un poco el resultado final.
Painted Boats (Charles
Crichton, 1945) Docudrama romántico.
La vida en las barcazas que realizan el transporte por la tupida red de canales
de Inglaterra. Una leve trama romántica entre los miembros de dos tripulaciones
sirve de urdimbre a este documental lírico y melancólico sobre una forma de
vida que se extingue.
Dead of Night (Al
morir la noche, Alberto Cavalcanti, Basil Dearden, Charles
Crichton y Robert Hamer, 1945). Fantástico episódico.
Nacido como un proyecto común, la historia que enmarca las demás, la llegada de
un extraño a una granja en la que se ha reunido un grupo de personas a las que
cree haber conocido en sueños, fue dirigido por Basil Dearden. Otros habituales
de la casa, como Robert Hamer y Charles Crichton, dirigieron tres de los
episodios. El último y más inquietante, titulado “El muñeco del ventrílocuo”,
fue responsabilidad del brasileño errante Alberto Cavalcanti.
Pink String and Sealing
Wax (Robert
Hamer, 1945) Intriga criminal.
Robert Hamer anuncia ya en Pink String and Sealing Wax el tipo
de humor que cuajará en su obra maestra: Kind Hearts and Coronets.
De paso, da la oportunidad a Googie Withers de interpretar a un personaje
complejo, manipulador y oscuramente divertido: la lenguaraz camarera de un pub
que seduce al hijo de un farmacéutico para que le proporcione el veneno con el
que liquidar a su tiránico marido. Sin embargo, la cinta no es una comedia,
sino una intriga criminal en toda regla. El final no resulta del todo
satisfactorio, pero la contrapoisición entre los barrios bajos y el ambiente
burgués del Brighton victoriano le otorgan un plus de consistencia.
The Overlanders (Harry Watt, 1946) Western
australiano.
El argumento de la conducción del ganado -en la línea del Red
River de Hawks- por media Australia ante la amenaza de la invasión
japonesa está resuelto por Harry Watt con un sentido épico potenciado, que no
reñido, con un tratamiento bastante realista, y una magnífica utilización del
paisaje. Lo curioso es que el grupo heterogéneo luchando contra un obstáculo
mucho más grande que sus fuerzas, sigue siendo esencialmente Ealing.
The Captive Heart (Corazón cautivo,
Basil Dearden, 1946) Melodrama POW.
¿Han leído ustedes El inverosímil impostor Tom Castro, de Borges?
Pues eso. Uno de los prisioneros británicos (Michael Redgrave) de un campo de
concentración alemán guarda un secreto que, una vez desvelado, tendrá
consecuencias para la familia que ha dejado atrás. También el resto de reclusos
tienen un pasado y sus esposas, madres y novias buscan el modo de sobrellevar
la ausencia. El cordón umbilical entre ambos mundos es la correspondencia
epistolar. El desarrollo es siempre sorprendente, tanto por los giros
inesperados de la trama como por el cambio de registro, aunque aquí están ya la
mayoría de los detalles que devendrán tópicos del género, incluida la
inesperada entrada en el campo de la columna británica a ritmo de silbido, como
en El puente sobre el río Kwai. Eso sí, el final –que no desvelaré- hace
aguas por todas partes.
The Life and Adventures
of Nicholas Nickleby (Alberto Cavalcanti, 1947) Adaptación literaria.
En su despedida de la compañía de Michael Balcon, a cuya definición había
contribuido decisivamente, Cavalcanti adapta la novela homónima de Charles
Dickens. El brasileño trotamundos se recrea en la ambientación y en la pintura
de los ambientes, aunque a partir de determinado momento del metraje, el
argumento toma lo que se nos antoja un camino secundario, al ingresar el
protagonista en una compañía de cómicos itinerantes.
The Loves of Joanna
Goddden
(Charles Frend, 1947) Feminismo agropecuario.
Revisión argumental de Lejos del mundanal ruido, de Thomas
Hardy. En 1905 Joanna Godden (Googgie Withers) hereda una finca de su difunto
padre, pero en lugar de casarse con el granjero vecino decide llevarla por su
cuenta y plantar cara a las convenciones. Sin descartar a su antiguo prometido
(John McCallum), Joanna explora otras opciones, como el hijo de un
terrateniente (Derek Bond) e, incluso, un experto pastor de ovejas (Chips
Rafferty). La trama secundaria centrada en su hermana, derivativa. Puede que el
forzado final feliz afee un poco las intenciones feministas del relato, pero es
una de las pocas películas Ealing con un personaje femenino central y Googie
Withers parecía la intérprete ideal para ellos, a juzgar por su trabajo este
mismo año en It Always Rains on Sunday.
Magnífica fotografía en blanco y negro de Douglas Slocombe en los exteriores
naturales.
Frieda (Basil Dearden, 1947)
Película de tesis.
Un piloto británico se casa en Polonia con una enfermera alemana que le ha
ayudado a huir del campo de concentración. En el pequeño pueblo en el que
viven, nadie acepta a Frieda. ¿Somos cada ciudadano individualmente
responsables de los actos de barbarie cometidos por una nación?
It Always Rains on
Sunday (Robert
Hamer, 1947) Policial feminista.
No siempre era todo de color de rosa en las películas de la Ealing.
Muchas veces el racionamiento, el odio al otro, las heridas de la posguerra y
el crimen formaban parte básica del argumento de comedias y no tan comedias.
Pero fueron Alexander Mackendrick y Robert Hamer los dos directores de la casa
que más y mejor se dedicaron a sacar a la superficie el lado oscuro de la Gran
Bretaña que salía de la Segunda Guerra Mundial. Corresponde a Robert Hamer,
además, el honor de haber traído el sexo como motor de la acción a primer
plano. Y todo en un policial (basado en una novela de Arthur La Bern, el del Frenesí
hitchcockiano) ambientado en el East End londinense, entre rateros, peristas,
evadidos de Dartmoor y amas de casa frustradas.
Against the Wind (Charles Crichton, 1948) Espionaje
excéntrico.
Crichton juega a la paradoja con un punto excéntrico, como hiciera más
adelante en la serie televisiva The Avengers, presentando a este
grupo de saboteadores enviados a Bélgica durante la II Guerra Mundial. Simone
Signoret, jovencita.
Saraband for Dead Lovers (Matrimonio
de estado, Basil Dearden, 1948) Gran producción histórica.
Centrada en una trágica historia de amor y rodada en rutilante Technicolor… El
resultado fue un tremendo batacazo económico. La película narra en un largo
flashback los desgraciados amores de la princesa Sophie Dorothea (Joan Greenwood)
con el caballero de fortuna sueco Phillip von Konigsmark (Stewart Granger).
Ella ha contraído matrimonio a los dieciséis años por razones de estado con el
rijoso príncipe George Louis de Hanover (Peter Bull), que terminará
convirtiéndose en Jorge I de Inglaterra. La reina madre (Françoise Rosay) y la
amante del monarca, la condesa Platen (Flora Robson), manejan los hilos en la
sombra. El exceso de solemnidad y la abundancia de datos históricos, que
tienden a confundir más que a aclarar las situaciones, se ven constantemente
balanceados por la escenografía en ocres y bermellones y la soberbia fotografía
de Douglas Slocombe, que deja de lado las indicaciones de la todopoderosa
consejera de Technicolor Natalie Kalmus, para lanzarse al claroscuro sin red.
Another Shore (Charles Crichton, 1948)
Tragicomedia dublinesa.
O eso dicen los títulos de crédito de esta comedia de premisa un tanto
excéntrica: un irlandés sueña con viajar a los Mares del Sur y se pone a
esperar a que algún millonario se le ponga a tiro para poder cumplir su sueño.
El millonario aparece por fin, con los rasgos de Stanley Holloway. Moira Lister
es la chica resuelta que le devuelve cada tanto a la realidad. Un argumento de
comedia romántica con fuga fantástica en la que la fotografía de Douglas
Slocombe acentúa los tonos más sombríos.
Scott of the Antarctic (Charles Frend, 1948) Aventuras
antárticas.
Curioso que una de las pocas películas épicas surgidas de la
"familiar" Ealing sea la historia de un fracaso, el de la expedición
de Scott al Polo Sur. Por lo demás está narrada con muy buen pulso y la típica
contención británica por Charles Frend, alternando espectaculares escenarios
naturales con un no menos espectacular trabajo de matte paintings.
Rodada en Technicolor.
Eureka Stockade (Harry Watt,
1948) Lección de historia mítica.
La segunda película australiana de Harry Watt para el estudio es un manifiesto,
una relectura de la fundación mítica de la democracia australiana en la
barricada de Eureka. Los hechos tienen lugar durante la fiebre del oro de la
década de los cincuenta del siglo XIX. Los mineros se levantaron contra el
gobernador que aumentaba continuamente los impuestos por las licencias para
buscar oro y por la exoneración de un comerciante que había asesinado a uno de
ellos. Los mineros construyen una empalizada, idean una bandera y plantan cara
al ejército hasta que se reconozcan sus derechos. La película de Harry Watt
bascula a lo largo de todo el metraje entre el protagonismo colectivo y la idea
de un liderazgo pacifista encarnado en Peter Lalor (Chips Rafferty), más
próximo a un mediador que a un cabecilla revolucionario. No carece de aliento
épico ni de detalles de observación que la alejan del modelo hollywoodense al
que, no obstante, no deja de remitir aunque sea para negarlo.
Train of Events (Basil Dearden,
Charles Crichton y Sidney Cole, 1949) Drama ferroviario.
Train of Events sigue la pauta marcada por Dead of Night (1945).
La historia arranca con un espectacular descarrilamiento. A partir de ahí,
asistimos a las historias que han llevado a tres de las víctimas y al
maquinista a tomar el convoy Londres-Glasgow. Sidney Cole dirige el segmento
central, el de la estación, en el que se mezclan el costumbrismo y la tradición
documental británica. Crichton dirige el episodio del director de orquesta con
un tono de comedia sofisticada. Dearden se hace cargo de los dos más
dramáticos: el de un actor agobiado por los remordimientos y el protagonizado
por una pareja que necesita escapar a Estados Unidos pero que sólo tiene dinero
para un billete. Sin subtítulos, son los que mejor “pasan”.
A Run for Your Money (Charles
Frend, 1949) Comedia de peces fuera del agua.
Quienes se han acercado a la producción de los estudios Ealing han destacado el
carácter de patito feo de esta comedia de Charles Frend el mismo año en que se
facturaban Passport to Pimlico, Whisky Galore! y Kind
Hearts and Coronets. Desgraciadamente, A Run for Your Money
no se ha convertido en un cisne con el paso de los años. Sigue siendo una
esforzada comedia cómica con ribetes sentimentales e inserciones musicales.
Para colmo, Alec Guinness tiene un papel secundario en el que no se le ofrecen
muchas posibilidades de brillar. Es el responsable de la sección de jardinería
de un periódico londinense al que se le encarga hacer de anfitrión de dos
mineros galeses (Donald Houston y Meredith Edwards) que han ganado un concurso
para asistir a un partido de rugby. ¡Qué diferencia con aquellos paisanos suyos
que viajaban a la capital para exigir la reapertura de la mina en The
Proud Valley (1940)! Los desencuentros son continuos, ya desde la
llegada a la estación de Paddington. Uno de ellos caerá en manos de una
timadora profesional (Moira Lister) y el otro entablará amistad con un paisano
borrachín (Hugh Griffith) que ha empeñado su arpa. Buena parte del humor
procede del empeño de la pareja en entrar con tan aparatoso instrumento en
cualquier medio de transporte que se les ponga a tiro. La ingenuidad de los dos
muchachos saldrá triunfante de las añagazas de la ciudad y aquí no ha pasado
nada. Acaso sea éste el principal problema del guión: ni el viaje tiene un
efecto sobre los protagonistas ni su situación alcanza el carácter de metáfora
sobre el carácter británico que postulan las otras comedias de su misma camada.
Si a eso le añadimos la falta de mordiente que sí que caracteriza la obra Hamer
y Mackendrick, el cuadro clínico de la anemia cómica de A
Run for Your Money está completo.
The Blue Lamp (El
farol azul, Basil Dearden, 1950) Policial procedimental.
The Blue Lamp es un guión original de T.E.B. Clarke que
pretende homenajear a la policía metropolitana, mostrando su trabajo cotidiano
y abriendo un auténtico filón tanto en el cine como en la televisión. El guión
presenta al veterano agente Dixon (Jack Warner) y al novato Mitchell (Jimmy
Hanley) en una serie de casos cotidianos que les conducirán hasta un
delincuente juvenil carente de todo código moral (Dick Bogarde). Las
localizaciones naturales y la incorporación de casos de los archivos policiales
como material dramático sirvieron para forzar la comparación con The
Naked City (La ciudad desnuda, Jules Dasssin,
1948), que había marcado desde Estados Unidos la pauta del policial
"verista". Alexander Mackendrick escribió los diálogos adicionales y
se hizo cargo de la segunda unidad en una secuencia al menos: la de la
persecución automovilística.
Dance Hall (Charles Crichton, 1950) Drama
musical.
Ésta es la primera producción en la que Alexander Mackendrick aparece
acreditado como guionista en los Ealing Studios. Según su propio testimonio, no
escribió una palabra… simplemente las cortó. Y este trabajo de poda se nota en
el resultado final. El argumento, cuatro compañeras de fábrica que se desfogan
después del trabajo en una sala de baile de barrio, invitaba al tratamiento
coral, pero la cinta se centra en una de ellas, su infeliz matrimonio y su renovada
relación con un antiguo novio, norteamericano y bailón. Quedan así en un plano
muy secundario los personajes interpretados por las jovencísimas Petula Clark y
Diana Dors. El otro personaje principal es el escenario donde una y otra vez
vuelven las chicas, el Palais de Danse. Todo un mundo que no es sólo un telón
de fondo contra el que se desarrollan las aventuras sentimentales de las
chicas, sino un lugar bullente de vida que la cámara de Douglas Slocombe
recorre en una grúa que va de los músicos a los palcos, que fotografía con una
amplitud y limpieza que contrasta con la grasa de la fábrica y la estrechez de
los pisos suburbanos en los que viven las chicas, y que escudriña en las
parejas, con la cámara a ras de suelo o moviéndose entre los bailarines, como
si fuera uno más de ellos. Los músicos, los directores, los concursantes, los
profesores de baile… todos tienen su papel.
Bitter Springs (Ralph Smart, 1950) Western
australiano.
La tercera y última (y decepcionante) entrega de la Ealing en Australia
es un western de pioneros en el que la familia King compra al gobierno una
parcela de terreno a mil y pico kilómetros de ninguna parte y se traslada allí
con sus ovejas. Como en otras películas Ealing, la lucha contra fuerzas
superiores se realiza en equipo y si es multicultural, mejor. Así que a la
familia comandada por Chips Rafferty se unen el cómico oficial de la productora
durante el periodo bélico, Tommy Trinder, y el omnipresente Gordon Jackson. La
película se divide entonces como por un eje. La primera parte, relata el viaje
con sus pequeños incidentes; la segunda, la lucha contra los aborígenes que
consideran que aquella tierra es suya. Rodada íntegramente en exteriores, Bitter
Springs tiene en el paisaje y en el modo en que está fotografiado su mejor
baza. Pero si el viaje carece casi siempre de aliento épico, a la colonización
le falta resonancia mítica como para hacer aceptable el doble juego de
aniquilación o asimilación de los aborígenes. La película no termina de
resolver los conflictos dramáticos planteados y el final, con llegada del
séptimo de caballería australiano al rescate, es uno de los menos
reconfortantes que uno haya podido ver en una película Ealing.
Cage of Gold (Coacción, Basil
Dearden, 1950) Whodunit femenino.
Basil Dearden y su compinche en la producción Michael Relph se embarcan
una vez más en un policial Ealing. Cage of Gold es una de las pocas
películas del estudio con un personaje femenino dominando el reparto. Jean
Simmons toma el relevo de Googie Withers como mujer razonablemente
independiente -es pintora y tiene su propio estudio en Londres- que debe
decidir entre un joven médico adscrito al Servicio Nacional de Salud (James
Donald) y un canalla dedicado a explotar su atractivo con las mujeres (David
Farrar), que huirá a París en cuanto se dé cuenta de que su familia no tiene un
duro. Lo malo es que la ha dejado embarazada y se ha casado con ella. Tras
localizar mundos contrapuestos en París y Londres, la acción devuelve al
canalla, de entre los muertos, a un Londres neblinoso en el que Dearden y el
operador Douglas Slocombe se recrean. El final resulta excesivamente
construido, pero, entre tanto, David Farrar y Jean Simmons le han sacado unos
insospechados chispazos de pasión al viejo y familiar pedernal del estudio.
The Magnet (Charles Frend,
1950) Suspense con niño.
Un crío engaña a otro para conseguir un imán. El sentido de culpa le hará tener
una percepción distorsionada de lo ocurrido. El niño es el pequeño James Fox.
El guión, con fluctuaciones de registro, es típico de T.B.E. Clarke, en su
acercamiento al mundo infantil y en la mezcla de humor y suspense.
The Pool of London (Basil Dearden, 1950) Policial
portuario.
El desembarco de un carguero ofrece a dos de los marineros la
oportunidad de pasar un fin de semana en Londres. En tanto uno de ellos se ve
involucrado en un plan criminal, el otro, de raza negra, inicia una relación
con la taquillera de un espectáculo de variedades. La película está rodada con
un pulso muy firme y aprovecha a fondo los escenarios naturales del sur de
Londres y el Támesis. El trabajo de la policía fluvial aparece tangencialmente
y Dearden lo aprovecha para colar una historia de amor interracial y sugerir
algunos de los temas que desarrollaría en Sapphire.
Where No Vultures Fly (Buitres
en la selva, Harry Watt, 1951) Protoecologismo africano.
El viajero Harry Watt, documentalista primero, y luego principal responsable de
la incursión australiana de la Ealing, también hizo películas en África. Where
No Vultures Fly va sobre la creación de una reserva para animales
en Kenya o Tanganica. Mucho más blanda que The Overlanders,
sobre todo porque se cede el protagonismo a un padre bienintencionado y su
familia, luchando contra los malvados traficantes de márfil. En esta ocasión el
referente avant la lettre es Hatari!
Secret People (Thorold Dickinson, 1952) Ejercicio
hitchcockiano.
La acción se sitúa en la Inglaterra prebélica donde un grupo
antifascista dispuesto a lo que sea para acabar con la vida del dictador que
rige los destinos de su país. Resuelto como un estilizado relato moral plantea
el dilema de la licitud del crimen político y la muerte de inocentes. Lo bueno
es que se trata de una película bien entretenida, con numerosas escenas de
suspense y soluciones formales brillantes, como un flashback en el que la
protagonista se incorpora del presente al pasado mediante una sencilla
panorámica o la secuencia de montaje en la que se narra su paso por una
clínica. Además, es el primer papel importante de Audrey Hepburn, a la que
acompañan en el reparto Valentina Cortese y Serge Reggiani. El final resulta un
poco extraño, pero parece que sir Michael Balcon, el mandamás de la Ealing, se
sentía un poco incómodo con las aristas políticas de la cinta y ordenó cortarle
unos cinco minutos.
His Excellency (Robert Hamer, 1952) Sátira
colonial.
Después de tres años alejados alejado del estudio de Michael Balcon,
Hamer vuelve a Ealing para rodar una desangelada comedia ambientada en la
imaginaria isla mediterránea de Arista, base militar y parte del imperio
colonial de la corona. Los trabajadores -¡hispanos!- son manejados a su antojo
por los demagogos locales. La metrópoli decide enviar a un curtido sindicalista
como gobernador. La sátira no se centra tanto en la condición de “pez fuera del
agua” del nuevo regidor, como en su choque con las tradiciones que rigen la
vida en la colonia.
The Gentle Gunman (Basil
Dearden, 1952) Thriller norirlandés de tesis.
Terry (John Mills) y Matt (Dirk Bogarde) son dos hermanos irlandeses,
militantes del IRA durante la 2ª Guerra Mundial. Pero el mayor empieza a tener
sus dudas y el pequeño decide ocupar su puesto en la lucha... y en el corazón
de la novia de su hermano (Elisabeth Sellars). El guión es la adaptación de un
drama y ahí reside su principal defecto: las largas conversaciones en las que
se discuten una y otra vez los fines y los métodos. En este sentido la película
recuerda un mucho a Secret People y escapa a la
tradición coral de los Studios Ealing, aunque no a su llamada a la conciliación
entre hermanos como (de)muestra el desenlace de la película. Lo mejor está en
las secuencias de acción y suspense -repásense las advertencias de Hitchcock
sobre las escenas con niños y bombas-, que Dearden resuelve con solvencia y
gran sentido de la atmósfera. A destacar, los primeros compases en Londres con
el metro convertido en refugio antiaéreo y un espectacular asalto a un furgón
policial en el puerto de Belfast, a plena luz del día.
I Believe in You (Basil Dearden, 1952) Drama
reformista.
Cuando Norma (Joan Collins) y su novio (Laurence Harvey) se estrellan
con un coche robado frente a la casa del señor Phipps (Cecil Parker), éste, un
funcionario de vuelta de las colonias, decide dedicar su vida a tutelar a
delincuentes en libertad bajo palabra. Phipps tendrá que aprender a moverse por
los barrios bajos y a apearse de su peana de altivez para conocer a la gente a
la que pretende redimir. El guión se centra en el caso de Hooker (Harry
Fowler), un chico violento que encuentra su camino gracias al amor de Norma.
Matty (Celia Johnson) es la responsable del caso y entre ella y Phipps se
establece también una relación que no va más allá de lo profesional pero que
marca el cambio de carácter que permitirá a Phipps continuar con su nuevo
trabajo. Las minúsculas oficinas alternan con exteriores suburbiales en una
visión poco complaciente del entorno en que se desarrolla la actividad tutelar
de la administración pública. I Believe in You sigue así la
estela marcada por la exitosa The Blue Lamp y sirve de puente
hasta Violent Playground (Basil Dearden, 1958), cinta
post-Ealing en la que Basil Dearden y Michael Relph vuelven a retratar, con la
mejor voluntad, el mundo de la delincuencia juvenil en la Gran Bretaña de los
cincuenta.
Mandy (Alexander Mackendrick,
1952) Drama sobre la paternidad.
El título menos valorado del periodo Ealing de Mackendrick, probablemente por
no adscribirse al género de la comedia. Una delicia.
The Cruel Sea (Charles Frend,
1953) Drama bélico naval.
Sir Michael Balcon vuelve a una de las vetas que hicieron grande al estudio
cuando él tomó las riendas: el drama naval. The Cruel Sea
cuenta con un guión de Eric Ambler que es su principal inconveniente: un montón
de secuencias intensas, emocionantes, muy bien rodadas por Charles Frend… que
no terminan de ensamblarse unas con otras. En total, cinco años de guerra naval
a bordo de una corbeta que escolta convoyes y cuya emisión es eliminar a los
submarinos alemanes. A las órdenes del sombrío y hermético capitán (Jack
Hawkins) tres oficiales neófitos que tendrán que enfrentarse a la dureza de la
vida en el mar y a una guerra en la que los enemigos también son seres humanos.
Se nota que la contienda está ya lejana y que no es un producto de propaganda,
pues resulta especialmente tenebrosa y antiheroica, aunque no por ello menos épica.
La utilización del sonido, tan arriesgada como resultona.
The Square Ring (Basil Dearden, 1953) Drama
boxístico.
Historia episódica –una de las especialidades del equipo Dearden /
Relph- que toma como base argumental un drama teatral sobre el mundo del boxeo,
sacando provecho de las unidades de tiempo y lugar. Los combates que se
celebran a lo largo de una velada en el Adams Stadium sirven de excusa para la
presentación de seis boxeadores y la familia, preparadores y promotores que los
rodean. Por los vestuarios aparecen el campeón que ve próxima su decadencia, el
novato atemorizado, el fanfarrón que presume de conservar entero el tabique
nasal, el veterano sonado lector de novelas de ciencia ficción, el púgil
encanallado… Con ser un clásico drama de boxeo, todo tiene aquí un tono mucho
más familiar –marca Ealing- que en sus homólogos estadounidenses. Precisamente
por ello la brutalidad en la descripción del público resulta mucho más dura.
Dearden demuestra su habilidad para el montaje en las contadas escenas de los
combates –sólo el último es mostrado con cierta extensión- y en una tensa
secuencia en la que unos maleantes pretenden desfigurar a una jovencísima Joan
Collins. Entre los escasos y episódicos papeles femeninos, también podemos ver
a Kay Kendall.
Meet Mr. Lucifer (Anthony
Pelissier, 1953) Sátira fantástica.
Meet Mr. Lucifer cuenta con guión y producción de Monja
Danichewsky, uno de los puntales de los Ealing Studios como eficacísimo jefe de
publicidad y responsable de que los mejores ilustradores de Gran Bretaña
realizaran los posters de la producción de la casa. El tal míster Lucifer es al
tiempo el mismísimo Belcebú y un pobre actor que interpreta a un diablejo en un
teatro de variedades que languidece ante la competencia de la televisión,
aunque tampoco escapa a la sátira la moda del cine en 3-D. El señor del Averno
muestra al actor el efecto demoledor que la televisión puede tener sobre un
ciudadano medio: un anciano contable al que la empresa le regala un aparato.
Aunque en un primer momento parece que el televisor pudiera tener un efecto
benéfico sobre la comunidad –la escena de la lección de baile es ejemplar en
este sentido y emblemática del espíritu Ealing- las cosas no tardan en
torcerse. El televisor irá pasando de mano en mano y trayendo la desgracia a su
poseedor, como en El diablo en la botella de Robert
Louis Stevenson. Gordon Jackson regresa tras el mostrador de la botica, como en
Pink String and Sealing Wax y Kay Kendall hace una
colaboración como la cantante del "Club de Corazones Solitarios" de
la tele que le trae a mal traer.
The Love Lottery (La
lotería del amor, Charles Crichton, 1954) Comedia fantástica.
Realizada ya en pleno acuerdo de distribución con M-G-M que, al final, supuso
una soga al cuello de la independencia de Michael Balcon al frente de la
Ealing. Crichton se ve obligado a jugar con dos barajas, como su protagonista,
un David Niven un tanto desconcertado en el papel de actor británico que ha
triunfado en Hollywood pero que se siente asediado de tal modo por las fans –un
enjambre de adolescentes norteamericanas en celo, capaces de toda clase de
tropelías- que decide regresar al Viejo Continente. Su idiosincrático sentido
del humor le ha llevado a aceptar la propuesta de un avispado publicista que
monta un sorteo en el que él –la gran estrella- es el premio. Una extraña
empresa de apuestas de un principado europeo maquina en la sombra. Con todo, lo
más interesante son los juegos oníricos propiciados por las pesadillas del
actor –especialmente negros- y los sueños románticos de una de las aspirantes a
ganar el concurso.
West of Zanzibar (Al
oeste de Zanzíbar, Harry Watt, 1954) Aventuras coloniales.
Es probable que el hecho de encontrarnos con Max Catto en el equipo literario
que alumbra West of Zanzibar haga que la segunda historia africana
de Harry Watt esté más próxima al género aventureril que a la antropología y la
ecología. El protagonista de Where No Vultures Fly se dedica de
nuevo a perseguir a los cazadores furtivos dedicados al tráfico de marfil, pero
en esta ocasión la trama se centra en la explotación de los cándidos nativos
por los pérfidos árabes y la corrupción inherente a la vida en la ciudad. No
obstante, el interés documentalista de Watt nunca está ausente y el Technicolor
y el rodaje en localizaciones keniatas proporcionan a la película sus
principales atractivos.
The Rainbow Jacket (Basil Dearden, 1954) Bildungsroman
hípico.
La relación entre Georgie, un muchacho apasionado de los caballos, su
madre y Sam, un ex-jockey que ahora se dedica a las apuestas y pretende
enseñarle el oficio al chico. Georgie tendrá que hacer frente a algunos dilemas
morales que pondrían en aprietos a cualquier adulto. El guión de T.B.E. Clarke
es inusualmente emotivo para una película del estudio y se revela harto eficaz
en la descripción de ambientes -el baile de jockeys- y en la caracterización de
personajes secundarios –la abuela apostadora, el amañador de carreras padre
primerizo-. También está narrada con pudor y limpieza la historia de amor.
Estos son los puntos fuertes. En la columna del debe, el recurso a los tópicos
del cine deportivo: el ascenso de Georgie se ve contrapesado por los apuros
para devolver el dinero de las apuestas de su madre y el pasado de Sam. Nada
que no hayamos visto mil veces en cualquier cinta de boxeo. Los caballos de
cartón y la pobreza de las retroproyecciones afean el resultado en el apartado
fotográfico.
Lease of Life (Charles Frend, 1954) Drama
eclesiástico.
Protagonismo de Robert Donat, guión de Eric Ambler, fotografía en
Eastmancolor de Dougas Slocombe, dirección encomendada a Charles Frend… Todo en
Lease of Life nos invita a pensar en una producción de prestigio
por parte de Michael Balcon. Donat interpreta a un veterano párroco de pueblo
cuya hija (la pelirroja Adrienne Corri) tiene un gran talento para la música y
podría estudiar piano… si tuvieran dinero. Pero una noticia inesperada hará que
las convicciones del clérigo se tambaleen o, al menos, que los designios del
Señor tomen un rumbo inesperado en la interpretación que de ellos hace el
vicario. Que el tour de force dramático de la
película sea una pieza de incendiaria oratoria eclesiástica lanzada a un grupo
de escolares habla bien a las claras del alcance real de la cinta. La
utilización que la prensa sensacionalista hace del sermón sirve de vínculo con
cierto espíritu Ealing.
The Divided Heart (Corazón
dividido, Charles Crichton, 1954) Drama salomónico.
Un tribunal estadounidense debe dilucidar si el hijo de una viuda yugoslava
debe regresar con su madre natural o debe criarse con sus padres adoptivos, una
pareja alemana que lo acogió durante la guerra. Crichton se aproxima con
extrema sensibilidad, nunca sensiblera, al conflicto entre las dos madres, la
repercusión de la situación en la pareja -algo muy presente también en Mandy,
de Mackendrick-, y, desde luego, a las tribulaciones del niño. La preocupación
en el estudio por la guerra no se acaba con la propaganda; Frieda,
The Ship that Died of Shame o The
Divided Heart dramatizan las cicatrices del conflicto. Estupenda
utilización de los exteriores. El final, no por ambiguo, menos desolador.
Out of the Clouds (Basil Dearden, 1955) Drama en
tránsito.
Destinos cruzados de un grupo de pasajeros y tripulantes retenidos en un
día de niebla en el aeropuerto de Londres. Michael Relph y Basil Dearden
apuntan los temas fuertes que desarrollarían en su
etapa post-Ealing, al presentar el flechazo entre una superviviente de
Auschwitz y un ingeniero que viaja a Israel para realizar prospecciones en
busca de acuíferos. Ella va a Estados Unidos para casarse con un hombre al que
no ama. La situación de este drama en tal escenario no puede menos que
recordarnos Stazione Termini (Vittorio De Sica, 1952). También el
modo de entrelazar las viñetas que conforman las historias del resto de los
personajes, algo que, por otra parte, constituye una suerte de hilo conductor
en los trabajos de Dearden para Michael Balcon. Sin embargo, en esta ocasión la
épica del equipo queda relegada a un segundo plano a favor de los pequeños
dramas individuales. Parece que ésta es la única película del estudio en
Eastmancolor. La copia conservada exhibe un cromatismo algo más apagado que el
resto de la producción en Technicolor, pero puede que tenga que ver con la
elección de una paleta limitada que va del ocre al azul. En este capítulo hay
que mencionar algunas escenas arriesgadas, como el paseo nocturno por Londres
bajo la niebla.
The Night My Number
Came Up
(Leslie Norman, 1955) Suspense fantástico.
Como otros muchos profesionales del estudio promovidos a la dirección
por Michael Balcon, Leslie Norman pasó por el departamento de montaje y se
fogueó en la producción antes de debutar como realizador con The
Night My Number Came Up. Durante una fiesta en Hong-Kong, un
oficial naval (Michael Hordern) cuenta a los pasajeros de un vuelo especial a
Tokyo (Michael Redgrave y Denholm Elliott) el sueño que ha tenido: un avión
Dakota con ocho pasajeros se estrellaba en un pueblo costero japonés durante
una nevada. El destino parece confabularse para que todas las previsiones del
sueño se cumplan antes de que el avión despegue. La premisa presenta algunas
concomitancias con Dead of Night, una de las películas
más exitosas de la empresa, así que no es extraño que Balcon diera el visto
bueno a la producción. Sin embargo, The Night My Number Came Up se
centra en las relaciones entre los pasajeros y sus diferentes reacciones ante
la profecía, prefigurando el trabajo televisivo de Norman en la década de los
sesenta. Buen trabajo de ambientación y maquetas.
The Ship that Died of Shame
(Basil Dearden, 1955) Policial marítimo.
El género propiamente dicho es el que los británicos denominan spiv,
historias relacionadas con el contrabando y el mercado negro, sobre todo en la
posguerra y que el mismo Cavalcanti había contribuido a definir en una cinta
rodada fuera de la disciplina de los estudios Ealing: They
Made Me a Fugitive (Me hicieron un fugitivo, 1947). A
estas alturas Basil Dearden (director y guionista) y Michael Relph (productor,
guionista y decorador ocasional) han conformado una unidad de producción propia
que factura productos tan solventes desde el punto de vista dramático como
visual. Estos son los principales valores de la película: localizaciones,
maquetas, interpretaciones, ambiente... El argumento gira en
torno al enfrentamiento moral de dos compañeros de tripulación en una cañonera
durante la guerra: el capitán Bill Randall (George Baker) y el contramaestre
George Hoskins (Richard Attenborough). Firmado el armisticio, George propone a
Bill recuperar la embarcación y dedicarse al contrabando. Éste, que ha perdido
a su mujer en un bombardeo y aturdido por la depresión que este hecho le ha
provocado, se deja enredar en una espiral criminal que subvierte el heroico
lema: "Rule, Britannia! Britannia, rule the waves!". Attenborough, en
el papel de villano, se lleva el gato al agua descompensando el equilibrio que
debería haber entre ambos personajes.
Touch and Go (El
marido propone y..., Michael Truman, 1955) Comedia romántica.
William Rose escribió esta comedia el mismo año en que compuso el guión de su
película más celebrada, The Ladykillers. Michael Balcon dio
la oportunidad de debutar en la dirección al montador de varias películas de
Robert Hamer y Basil Dearden. El enfrentamiento entre tradición y modernidad
habitual en las cintas del estudio pone el foco de atención en un diseñador de
muebles (Jack Hawkins) cuya concepción resulta demasiado avanzada para la
empresa familiar en la que trabaja. Convence entonces a su familia -mujer, hija
y gato- de que el único modo de salir adelante es marcharse a Australia. Sin
embargo, la nueva incursión antípoda de Ealing Studios quedará en esta ocasión
en el terreno de los proyectos cuando el gato escape y un apuesto joven (John
Fraser) se lo devuelva a la hija (June Thorburn). Con la partida inminente el
amor naciente entre ambos está en jaque. La película es lo más cercano a una
comedia romántica canónica salida nunca del estudio merced al peso que gana la
trama juvenil frente a las tribulaciones del padre de familia y sus intentos
por controlar una situaciçon que se le escapa de las manos. Se estrenó
tardíamente en España como El marido propone y...
The Feminine Touch (Pat
Jackson, 1956) Propaganda de los servicios públicos.
Como Harry Watt, Pat Jackson se formó como director en la GPO de John Griegson
y conoció su primer éxito con una película bélica de carácter semidocumental, Western
Approaches (La ruta del este, 1944). Este mismo
tono se mantiene en White Corridors (1951), una cinta
sobre el sistema público de salud británico. No es extraño que Michael Balcon
recurriera a él para dirigir The Feminine Touch, también
centrada en el mundo hospitalario. Se trata de un drama que pivota alrededor
del periodo de formación de cinco enfermeras, cada una con un carácter bien
definido. Como en Dance Hall la solidaridad entre
mujeres pronto cede el protagonismo a una de ellas (Belinda Lee) y a su romance
con un médico decidido a continuar su carrera en Canadá. El escuálido asunto
parece más lustroso gracias a la fotografía en Technicolor y a un par de
secuencias de montaje bastante curiosas, pero nada de esto puede salvar a la
película de las altas dosis de almíbar y buenismo que conlleva su argumento.
The Long Arm (Charles Frend, 1956) Policial
procedimental.
Jack Hawkins protagoniza este thriller sobre
los procedimientos de investigación de New Scotland Yard para conseguir
resolver el caso de varios robos sin aparente conexión a grandes empresas. La
rutina de la investigación puede llegar a resultar, por momentos, tediosa, y
los problemas cotidianos de una familia de clase media en la que el padre está
ausente tampoco la ayudan a levantar el vuelo. Quedan, como islotes, las
escenas de suspense, algún interrogatorio francamente cómico y una visión de
una ciudad -Londres- que avanza hacia la modernidad.
Who Done It? (Basil Dearden, 1956) Slapstick
de espionaje.
El estudio intenta recuperar el espíritu slapstick que
animaba las comedias de Georges Formby concediendo el protagonismo a un cómico
prometedor: Benny Hill. T.E.B. Clarke hilvana un guión anecdótico que permita
el lucimiento de la nueva estrella: las secuencias de confusión de identidades
y cadáveres revoltosos alternan con las persecuciones y las escenas de
destrucción. La mejor de estas últimas probablemente sea aquella en la que el
protagonista es detenido y entra en comisaría con su cartel de hombre anuncio.
Le da la réplica -en un papel bastante desaprovechado de mujer más fuerte del
vodevil inglés- la rubia platino Belinda Lee, que en breve partirá para Italia
donde terminará sus días trágicamente. No parece el material más adecuado para
Dearden, por muy todoterreno que fuera.
The Man in the Sky (Charles Crichton, 1957) Suspense
aeronáutico.
Un piloto de pruebas (Jack Hawkins, en una composición muy similar
a la de The Long Arm) debe agotar el combustible de su
prototipo antes de aterrizar para no perder el avión ni provocar un accidente.
Mientras tanto, en su casa, su mujer ignora lo que está sucediendo. Unidad de
tiempo y prácticamente tres únicos decorados –la cabina del avión, la torre de
control y el hogar matrimonial- sirven a Crichton para crear un drama tenso y
contenido del que lo que me molestó fue precisamente la explosión dramática
final.
The Shiralee (Leslie Norman,
1957) Drama paterno-filial.
Leslie Norman, que había formado parte del equipo de las anteriores
producciones australianas de Michael Balcon, se encarga en esta ocasión del guión
y la dirección. Con aquéllas tiene en común el aprovechamiento de los
exteriores naturales y el argumento itinerante. Sin embargo, la acción de The
Shiralee sigue al inadaptado Jim Macauley (Peter Finch), un tipo
que se gana la vida viajando de una parte a otra y, cual marinero en tierra,
dejando en cada puesto desértico un amor. Violento y primario -¿cómo el país?-
Macauley se echa al camino con una hija de corta edad (Dana Wilson) cuando, al
regreso de uno de sus viajes, descubre a su mujer en brazos de otro. Como en Hunted
-aquella cinta de Charles Crichton que parece una producción Ealing aunque no
lo sea- la relación con la niña marcará un cambio en la vida del hombre.
Barnacle Bill (Charles Frend, 1957) Comedia
Ealing rediviva.
Barnacle Bill escapa al canon de la comedia Ealing por
formar parte del acuerdo de producción con M-G-M cuando Michael Balcon ya había
vendido los estudios. Todo lo demás es quintaesencialmente Ealing: Alec
Guinness encarnando a un puñado de antepasados como en Kind
Hearts and Coronets; la segregación de una pequeña parte de
Inglaterra escapada al ordenancismo oficial como en Passport to Pimlico;
una construcción en flashback que recuerda no poco a The
Lavender Hill Mob; los viejos valores tradicionales enfrentados a
la codicia de los tiempos modernos procedente de The Titfield Thunderbolt;
Charles Frend a la dirección, retomando en tono jocoso asuntos que ya había
tratado en San Demetrio, London; y un guión modélico de T.E.B.
Clarke. Es posible que todo suene un poco a ya visto, que los tiempos
requirieran una aproximación menos ambigua y que la incorporación de un grupo
de skiffle a la trama no resulte hoy el colmo de la
modernidad, pero Barnacle Bill se sigue sosteniendo
perfectamente sobre su inestable base. Viene lo de la inestabilidad a cuento
porque tanto el argumento como la puesta en escena giran en torno a ella. El
capitán William Horatio Ambrose (Guinness), proveniente de una casta de marinos
que ha conquistado para Gran Bretaña el título de Señora de los Mares, sufre
mareos cada vez que se embarca. Tras pasar la guerra como adiestrador y
conejillo de Indias para probar remedios contra el mareo, compra un pier,
un viejo muelle de recreo en ruinas, en Sandcastle-on-Sea que pretende gobernar
como un barco. Enfrentado al stablishment local, corta amarras
con tierra firme y lo convierte en una especie de isla -¿la propia
Inglaterra?-, un paraíso de diversión amenazado por la codicia de las
autoridades. Desde los mismos títulos créditos, que se balancean a merced del
oleaje, hasta la “Cabaña Loca” donde se instala el nuevo capitán –una atracción
en la que no hay un solo elemento horizontal-, pasando por los bancos de
pruebas, que no son más que plataformas bamboleantes como las que se utilizan
en los estudios cinematográficos para rodar estas escenas marinas, todo
coadyuva a fomentar esa sensación de desequilibrio, de inseguridad permanente
que es a la vez el tema de la película y metáfora del fin de la comedia Ealing.
Davy (Michael Relph, 1957)
Drama entre bambalinas del music-hall.
Davy es una elegía por la comedia Ealing; una película demasiado
dramática para evocar el periodo de oro vivido apenas diez años antes. Michael
Balcon ha vendido los estudios a la BBC y opera mediante un acuerdo con M-G-M
que se niega en el último momento a distribuir la película en Estados Unidos.
También es el canto del cisne del Collins, teatro de variedades y pub con un
siglo de historia a cuestas que desaparecería por culpa de un voraz incendio en
1958. En una noche, entre dos actuaciones, se resuelve el drama. Harry Secombe
es Davy Morgan, el motor cómico de los Mad Morgans y al que se le ofrece la
oportunidad de seguir una carrera como cantante de ópera en el Covent Garden.
La mera posibilidad de que salga elegido en la prueba con el prestigioso sir
Gilles Manning (Alexandre Knox), hace aflorar las tensiones familiares
adormecidas por la rutina de los dos pases diarios. Dirige Michael Relph,
veterano productor y director artístico en el estudio de Michael Balcon,
asociado habitualmente con Basil Dearden. Davy es una de las escasas
películas en las que tomó las riendas personalmente. Su sensibilidad para el
diseño de producción se advierte en el cuidado con el que están concebidos los
dos mundos contrapuestos: el del teatro popular y el de la lírica. El número de
los Mad Morgans tiene lugar ante un público entregado que ríe a mandíbula
batiente mientras que las pruebas de canto se realizan en el ambiente frío y
solemne de un teatro de ópera vacío. Ambos espectáculos tienen su tiempo en
pantalla, pero no hay duda de que la elección en el seno de la Ealing está
clara. Lo demuestran las camareras del Covent Garden al descubrir en la
cafetería del gran teatro al cómico al que admiran cada semana en el modesto
tablado del music-hall.
Nowhere to Go (Seth Holt, 1958) Thriller
numismático.
Bueno, digamos que lo de la numismática es una mera excusa para el
delito en esta entrada tardía de la producción Ealing. Un ladrón frío y
solitario prepara una estafa con intención de que le detengan, cumplir una
breve condena y disfrutar libremente de su botín. Pero el tribunal pronuncia
una sentencia inusualmente dura y el hombre escapa de presidio. El intento por
recuperar el dinero lo empujará a una espiral de violencia y traición. El guión
está construido en tres partes autónomas: el prólogo de la evasión -tour
de force sin palabras, perfecto de concepción y ejecución-, un
largo flashback en el que se sigue minuciosamente la estafa -resuelto a base de
escenas breves- y la carrera contra el destino para recuperar el dinero y huir
del país -en cuyo tramo final tiene bastante peso el personaje encarnado por
Maggie Smith en su primera aparición en la pantalla grande-. También debuta
tras la cámara el montador Seth Holt, siguiendo la práctica endogámica habitual
de sir Michael Balcon de promover a la dirección a gente formada en el estudio.
Supervisa, eso sí, Basil Dearden cuya mano -o cuyo ojo- se puede apreciar en
las composiciones en interiores, jugando con el claroscuro, la profundidad de
campo y las angulaciones enfáticas (a veces se pregunta uno si no hay otro
sitio para poner el teléfono en los decorados que no sea delante de la cámara).
Entretenida, pero a costa de renunciar a todas las señas de identidad de un
estudio que da las últimas boqueadas y lucha por ponerse al día.
Dunkirk (Leslie Norman, 1958)
Bélico.
Una de las últimas producciones bajo el sello Ealing y una de las más exitosas,
a pesar de que su aliento épico descansa más en el heroísmo cotidiano que en
las grandes hazañas bélicas; algo, por otra parte, consustancial al modo de
abordar el género por parte de la casa. El relato de la evacuación de las
tropas inglesas y francesas de Dunkerque se desarrolla en tres líneas
confluyentes -el pelotón del cabo Binns (John Mills) debe escapar a través
Francia después de volar un puente; el periodista Foreman (Bernard Lee) se
muestra escéptico ante la política gubernamental; y el industrial Holden
(Richard Attenborough) aprovecha la situación para hacer negocios- poniendo el
énfasis en la participación de los civiles en la operación. La toma de
conciencia del industrial actúa como espoleta dramática en tanto que el énfasis
emocional recae en los supervivientes del pelotón a medida que aumentan las
bajas y crece la desmotivación. Las dos horas y pico de metraje terminan
pesando.
The Siege of Pinchgut (El
asedio de Pinchgut, Harry Watt, 1959) Policial australiano.
Mark (Aldo Ray) escapa de prisión. En compañía de su hermano y de dos
compinches se ve bloqueado en el islote turístico de Pinchgut, en la embocadura
del puerto de Sidney, donde toman como rehenes a la familia de los guardeses.
Cuando la policía los cerca, amenazan con disparar uno de los cañones de la
isla contra un barco cargado de municiones anclado en el puerto. Los exteriores
están rodados en Sidney; los interiores, en los estudios de Elstree, en unos
decorados progresivamente sombríos y claustrofóbicos. En las primeras escenas
prima la acción; en las segundas, el diálogo. Esta especie de desdoblamiento /
alternancia es lo que peor funciona en un thriller razonablemente entretenido y
con un muy buen sentido de las localizaciones. Las escenas de la evacuación y
de la ciudad desierta resultan adecuadamente desasosegantes sin ninguna
apoyatura dramática. Los personajes, de una pieza, se reparten nuestra simpatía
/ antipatía / indiferencia independientemente del lado de la ley en que se
encuentren; basta ver al policía psicópata con el rifle de mira telescópica.
Con el último plano de The Siege of Pinchgut se cierra
para siempre la producción Ealing. Telón.
Addenda (algunas
comedias con espíritu Ealing realizadas fuera de los estudios de Michael
Balcon)...
Genevieve (Henry Cornelius, 1953) Road
movie cómica.
Una producción de Sirius Productions dirigida y producida por Henry
Cornelius sobre un guión de William Rose. La trama está ambientada en un rally
de coches antiguos Londres-Brighton, donde se escenifica la competencia
deportiva y la guerra de sexos entre dos parejas. Sigue muy presente el
espíritu de la “buena y vieja Inglaterra” de las cintas producidas por sir
Michael Balcon, aunque se echa de menos el espíritu de comunidad que animaba
aquéllas. Kay Kendall aún no es la comedianta excéntrica de Les
girls (George Cukor, 1957) y The Reluctant Debutant
(Vincente Minnelli, 1958), pero ya apuntaba modos.
The Smallest Show in
Earth (Basil
Dearden, 1957) Comedia post-Ealing.
Una pareja joven (Virgina McKenna y Bill Travers) viaja a una ciudad
industrial para entrar en posesión de una herencia. El legado resulta ser el
destartalado Bijou Kinema y sus tres decrépitos empleados (Margaret Rutherford,
Peter Sellers y Bernard Miles). Para que todo tenga un aroma inequívocamente
Ealing, el propietario del moderno cine Grand quiere hacerse con la competencia
a precio de saldo. Para subir la puja, la pareja decidirá poner en marcha de
nuevo la sala. Lo que parecía una simple estratagema termina convirtiéndose en
un negocio, hasta que… Lo viejo y lo nuevo, tradición y modernidad, humildes
contra poderosos… Temas Ealing en una producción Relph-Dearden para Sidney
Gilliat y Frank Launder distribuida por British Lion. Si tenemos en cuenta que
el guión es de William Rose y John Eldridge, que como director de fotografía
está Douglas Slocombe y que Dearden y Relph siguen formando equipo en dirección
y producción, no es raro que el espíritu del estudio sobrevuele la cinta. Si
acaso, choca un poco la vuelta de Dearden al slapstick y la
farsa, a renglón seguido de la anómala Who Done It?
(1956), pero quince años después de sus películas con Will Hay. Algunos efectos
cómicos se repiten en exceso, pero la eficacia caricaturesca de los empleados
del cine y los efectos provocados durante la proyección de viejos westerns por
el tren que pasa junto a la sala y la borrachera del proyeccionista sirven de
base a algún gag memorable.
Fanfare (Bert Haanstra, 1958)
Una producción de la Filmex holandesa, supervisada por Alexander Mackendrick y
con la sombra de Jacques Tati planeando sobre muchas secuencias. La escena
cinematográfica holandesa está dominada por el documental. Hasta la irrupción
en el panorama internacional de Paul Verhoeven, sólo el documentalista Joris
Ivens había puesto en el mapa el nombre de Holanda. A caballo entre los años
treinta y los setenta, podemos situar la figura del hoy bastante olvidado Bert
Haanstra. Haanstra fue fotógrafo y documentalista. Algunos de sus trabajos
-sobre todo Glas (1958), un documental sobre el soplado de vidrio-
ganaron numerosos premios, Oscar de la Academia de Hollwood incluido. Ese mismo
año se embarcó en la realización de Fanfare, su primer largometraje de
ficción.
The Scapegoat (Donde el círculo
termina, Robert Hamer, 1959) Intriga crepuscular.
Robert Hamer... No hay otro excéntrico en los estudios Ealing que más ayudase a
definir el estilo de la casa: Kind Hearts and Coronets (Ocho
sentencias de muerte, 1949) e It Always Rains on Sunday (1947),
amén de su participación en Dead of Night (Al morir la noche,
1945), así lo acreditan. Y, sin embargo, su propia excentricidad en el seno del
estudio -y su personalidad autodestructiva, todo hay que decirlo- le impidieron
mantener la continuidad de otros compañeros menos imaginativos. The
Scapegoat es una película post-post-Ealing, producida por Michael
Balcon para M-G-M British. Quién sabe si por su ambientación francesa -siempre
cara a Hamer-, porque había un buen papel doble para Alec Guinness o porque
pensase que quien tuvo, retuvo, el productor contó de nuevo con él para la
adaptación de una novela de misterio de Daphne du Maurier. El resultado es
inusualmente sombrío y, a pesar de ello, profundamente delicado, teñido de una
melancolía crepuscular. La trama está ahí, un tanto alambicada, para sostener
los matices de la interpretación de Guinness en el papel de un hombre sin
futuro, un oscuro profesor de francés en una universidad británica de tercera,
que, inesperadamente, se encuentra con una familia que lo odia por delegación.
La madre morfinómana (Bette Davis) es la única concesión al grand guignol.
Lo demás, ya digo, discurre plácidamente, con un suspense sostenido. Hamer se
comprometió a no beber durante el rodaje y parece que cumplió. Sin embargo, la
Metro rehízo el montaje de una película que no terminaba de comprender y el
director sólo firmó una película más -School for Scoundrels (1960)- que
no llegó a terminar. Michael Balcon se pasó ese mismo año a las filas de los
jóvenes airados, participando con su nueva empresa, Bryanston, en la
financiación y distribución de varias películas de Tony Richardson. Hamer murió
en 1963.