domingo, 6 de septiembre de 2020

josé antonio de la loma (10)


Debido probablemente a su profesión de maestro José Antonio de la Loma fue siempre un moralista. Esta condición, presente en títulos anteriores, se convierte en el motor argumental único de La nueva Marilyn (José Antonio de la Loma, 1976). La película narra la ascensión de Teresa (Ágata Lys) en el campo minado de la fama en la Barcelona posfranquista. En esta escalada le sirve de guía Celia (Celia Torres), que le va advirtiendo de los peligros que corre con el fotógrafo Chema (José María Castellví) o con el representante Charlie (Contado Tortosa "Pipper"). Las zancadillas que le ponen otras compañeras más curtidas en el oficio de modelo, el acoso continuo por parte de los hombres, un intento de violación y la corrupción imperante entre quienes tienen dinero —la orgía con consumo de opio en la torre de Sitges, por ejemplo— la convierten en objeto de atención por parte de Santiago Roldán (Fernando Merino), un periodista que pretende desenmascarar las estrategias de lanzamiento de estrellas de un día. Teresa se ve abocada a convertirse en mero clon de Marilyn Monroe, superficie satinada de portada de revista para hombres, consumidora de barbitúricos, muñeca rota de trágico destino porque sí, porque así conviene a la moraleja de un relato que se postula como denuncia sin analizar ni dramatizar ninguna de las situaciones. En cambio, la utilización del objetivo de la cámara como sustitutivo fálico queda explícito en la sesión de fotos con Chema y la condición de voyeur del espectador, desde la misma secuencia de créditos, aunque De la Loma no se muestre en absoluto interesado en la autorreflexividad y utilice ambos recursos como meros artificios retóricos.
Sin embargo, algunos reseñistas afiliados al contenutismo vieron en su día la cinta en virtud de su condición de eslabón en la cadena de la construcción de una estrella del cine erótico, como Ágata Lys:
Dos apartados pudiéramos hacer del filme y que, naturalmente se complementan: Uno, lo que tiene de advertencia, de espejismo falso para que las chicas incautas no caigan deslumbradas por la fama y el brillo. Otra, la exquisita dirección de José Antonio de la Loma, autor también del guión. Puede decirse en este aspecto que Ágata Lys es llevada paso a paso, moldeada por el director, en un trabajo de lo mejorcito que le hemos visto a la rubia actriz y en, el que, además de exhibir su figura, interpreta, cosa no frecuente en muchas actrices del momento, que creen les basta con unas escenas de destape generoso y erotismo para que el público se vuelque a su favor y de interpretación, cero. [A. Lázaro R.: “Espectáculos - Excelsior: La nueva Marilyn”, en El Mundo Deportivo, 30 de abril de 1997, pág. 31.]


Pocas veces modelo y adepto se habrán encontrado tan en las antípodas. Las alegres chicas de El Molino (José Antonio de la Loma, 1977) —la única película que no realiza para su propia productora en estos años— se plantea como un homenaje explícito a las variedades al modo felliniano. Sobre todo, a Roma (1972) y a I clowns (1970), antes que a Luci del verietà (1950), codirigida con Lattuada, por la naturaleza híbrida de las cintas de los setenta. La presentación subraya esta intención al servirse de Johnson como introductor en los entresijos del teatro del Paralelo junto a su efigie en el Museo de Cera de Barcelona. Un montaje ágil nos presenta las instalaciones y su revés, el escenario mínimo y, sobre todo, la relación familiar del público con los artistas. Un par de sketches rodados en el escenario y la actuación de las bailarinas sirven también de presentación a los cuatro o cinco personajes que protagonizarán las subtramas encadenadas que constituyen el grueso del metraje: Merche (Silvia Solar) es la vedette un poco cansada de esta vida, deseosa de volver a su ciudad y ajena a que por su lado pasa el amor; Conrado Tortosa "Pipper" es el cómico siempre en celo que se hace pasar por gay para sacar el mejor partido de las jovencitas que buscan una oportunidad; Christa Leem es la mujer independiente que rechaza el amor mercenario que le ofrece don Federico (Antonio Díaz del Castillo) para acostarse con un joven motorista (David Carpenter); Carlos (Carlos Tristán) es el pluriempleado autor que surte del libreto para el nuevo espectáculo a doña Fernanda (Consuelo de Nieva), la propietaria del local...

El encarcelamiento injusto de Christa movilizará a sus compañeros en el tercer acto para que el conjunto tenga un simulacro de desenlace. No hay tal, porque no existe el nudo. Todo se reduce a una serie de chascarrillos que podrían haber sido representados por los propios intérpretes en el pequeño escenario del Molino. Un doblaje adocenado y el inmediato abandono por parte de De la Loma de las estrategias novedosas que ha desplegado en el prólogo, propician un desarrollo languideciente. Algunos chascarrillos internos sobre la picaresca empleada por los críticos cinematográficos o los modos de sortear a la censura tampoco bastan para conseguir que el espectador desinteresado vuelva al redil de la narración. El retrato de un modo de vida se ha convertido en comedieta sexy pre-calificación S.

Por lo demás, la proximidad del mundo de Piquín con el Paralelo en su novela Sin la sonrisa de Dios ya había servido a De la Loma para presentar algunas interioridades del Molino, aunque la concentración de la adaptación cinematográfica en los ambientes escolar, religioso y portuario supusieron el relegamiento de este episodio en la pantalla.


Nueva dosis de moralina... En Nunca en horas de clase (José Antonio de la Loma, 1978) Angélica (Nadia Windell), Susi (Inma de Santis) e Yvonne (Nuria Mora) son tres compañeras de clase que hacen la vida imposible a la profesora de literatura (Rosetta Espinet). Pero el director del centro (Carlos Ballesteros) no quiere tomar medidas contra ellas porque sus padres pagan estupendamente. Las chicas acuden los fines de semana al Club Menfis con otros compañeros de clase, pero para financiarse las juergas no dudan en engatusar a algún caballero maduro incauto (Jaime Mir Ferry o José Luis López Vázquez) al que luego le dicen que son menores de edad. Pero las cosas se complican cuando algunos compañeros las denuncian anónimamente de dedicarse a la prostitución y Angélica intenta seducir al director que ha acudido a la discoteca para comprobar la veracidad de las acusaciones.

Unas cuantas coreografías intentan apuntarse al carro del éxito de Saturday Night Fever (Fiebre del sábado noche, John G. Avildsen, 1977), aunque aquí no aparezca por ninguna parte el ansia de ascenso social del proletariado urbano y sí la picaresca roma y pacata de las tres chicas en las que De la Loma cifra un nuevo aspecto del retrato pretendidamente sociológico que va dibujando de la España —¿la Barcelona?— del momento.


El ciclo “las chicas son guerreras”, como cantaban por entonces los Coz, estaba destinado a confluir, en buena lógica comercial, con el de los “perros callejeros”. Perras callejeras (José Antonio de la Loma, 1985) es el resultado. Berta (Sonia Martínez) acaba de salir de la cárcel y no encuentra trabajo si no es como prostituta. Crista (Teresa Giménez) se dedica a robarles las carteras a los sobones que la acosan en el autobús, pero su padrastro (Víctor Israel) la saca todo lo que gana para gastárselo en la taberna. Sole (Susana Sentis) es una yonqui que vive en un piso que paga un hombre de negocios, aunque el dinero que le da ya no es suficiente para pagar la dosis de caballo. De la Loma no pierde más tiempo en armar la trama. A los diez minutos, sin que sepamos muy bien cómo se han reunido, ya están las tres intentando ganarse la vida a punta de navaja. A la vista de la torpeza de su primer intento, el futuro se presenta poco halagüeño. Mientras tanto, dos polis duros (Martín Remis y Gabriel Renom) —cinéfilo el uno, enamoradizo el otro— hacen el turno de noche deteniendo a camellos, prostitutas y travestis. Ellos serán los encargados de investigar el robo que han cometido las tres amigas en la discoteca cuyo jefe de seguridad es El Anguila (Miguel Agustín), que creía poder aprovecharse de Berta al salir de la cárcel. Manolo (Tony Isbert), el hermano de Crista y novio de Sole, sale de la cárcel y le propone a ésta que proponga a sus amigas dar un golpe en un restaurante de lujo y luego las traicione. Pero Crista tiene sus propios planes.

A pesar de que el título intente apuntarse a una reinvención feminista del filón del cine quinqui, Perras callejeras es hija directa de Nunca en horas de clase, sólo que el protagonismo recae en la clase desfavorecida en lugar de las niñas bien de aquélla. Sin embargo, como la caracterización de los personajes o las situaciones cómicas, todo ello no deja de ser un armazón de tópicos sobre el que ir hilvanando escenas que sólo se sostienen cuando descansan en el protagonismo de secundarios como Luis Cuenca o Alfred Luchetti.

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