domingo, 18 de junio de 2017

jerónimo mihura (7)


Confidencia (1947) es la primera cinta en la que Miguel Mihura ejerce de guionista completo. La redacción de los diálogos recae en su hermano Jerónimo, en una curiosa inversión de sus roles habituales. Cumplirá con ella, por cierto, de manera ágil, aunque exenta de todo codornicismo, quizás porque esto es lo que busca Miguel.

La confidencia del título es la que le hace el doctor Barde (Guillermo Marín) a su amigo el periodista Carlos Selgas (Julio Peña) después de recibir un homenaje en el que se le agasaja como el mejor cirujano de Europa. La confidencia hace referencia a un crimen cometido por Barde en su juventud, embrutecido por la sangre que veía a diario en el hospital “y que terminaba por embriagarme”. Su descripción del asesinato sorprende por su crudeza: “una noche conocí a una mujer y la asesiné villanamente; hundiendo un cuchillo en su cuerpo desnudo. Y vi la sangre que no había visto nunca. Toda la sangre que necesitaba para saciarme”. Ni tan siquiera sabe Barde quién fue su víctima; a la curiosidad de su amigo, replica: “una mujer cualquiera, alguien que llevé a la habitación de un hotel sin que ninguno de los dos supiéramos ni siquiera nuestros nombres”. Un hecho que, decían las malas lenguas, se basaba en un caso real bien conocido por la alta sociedad madrileña.

Ésta es la escena de la que Jerónimo Mihura reconoce estar más satisfecho. Asegura que es la clave, una de las más difíciles y también la más lograda. Cuenta para ello con la asistencia en los decorados de Sigfrido Burmann y en la fotografía de Michel Kelber —por cierto, gran amigo de Jerónimo y su pareja habitual de mus—. La luz de la chimenea, la lluvia tras la ventana y la cuidada fotografía en contraluz del perfil de Guillermo Marín coadyuvan al efecto; y es que Jerónimo, parece, confía más en el ambiente y la planificación que en los actores.

La turbia historia apuntada en estos compases planos se comprende mejor con un detalle del guión: la amistad entre los protagonistas data de su encuentro “durante nuestra guerra”, cuando Barde ejerce de médico militar. El resto de la historia transita por caminos a veces previsibles, a veces desbocados. Y bifurcados, porque en una de estas muestras de habilidad de Mihura las escenas con Barde van escorándose hacia la tragedia, mientras que las centradas en Elena derivan hacia la comedia ligera. Elena es Sara Montiel, que se esfuerza en mantener el ritmo que se supone que exige su personaje de muchacha independiente, fantasiosa y pizpireta. Eso sí, está doblada. Mientras tanto, el metraje ocupado por Carlos ejerce de pivote entre ambos registros. Éste encuentra, pese a las recomendaciones de Barde, la explicación a los delitos. Mihura recurre a transiciones limpias. Al anuncio del viaje de Carlos a Lisboa para cubrir una información política sigue la estación de Salamanca, la ciudad en que Barde cometió sus crímenes. Y una callejuela con su farol estratégicamente colocado por el decorador nos conduce al “café de camareras” regentado por La Quinqué (Julia Lajos), donde el estudiante de medicina conoció a su víctima. La Quinqué atribuye el crimen al calor de aquella noche, en un motivo que se repetirá más adelante como detonante del comportamiento sicópata de Barde. De hecho, más adelante se produce una extraña asociación entre arte contemporáneo y enfermedad mental, no sabemos si buscado. Los cuadros del cuñado de Elena —obra en realidad de José Caballero— que representan la sensación de calor desde presupuestos expresionistas son sólo la sublimación a través del arte de los impulsos criminales de Barde.

Como en otras películas de género más o menos policial debidas a la pluma de Miguel Mihura la casualidad juega un papel principal en la trama. Es un vicio que los críticos no dejan de reprocharle. En esta ocasión se trata de la coincidencia improbabilísima de que, a su regreso de Salamanca, el doctor debe asistir a una parturienta en peligro de muerte, que Carlos le lleve en su coche y que la hermana de la moribunda sea Elena. La parturienta, en un breve papel, está interpretada por Marian Day, hermana de Clara Petacci, la amante de Mussolini.

La segunda coincidencia tiene lugar cuando las dos hermanas marchan a descansar a Torremolinos y el vecino resulta ser el comisario jubilado (José Isbert) que dejó sin resolver el crimen de Barde años atrás. Cuando Elena, apasionado de las novelas policiacas, le pregunta a don Mauricio por qué abandonó su profesión, este replica que el oficio tiene poco que ver con las novelas, “donde el sospechoso está siempre junto al policía tomando café o bebiendo güisqui y diciéndose sutilezas. La realidad es que el que comete un crímenes suele escapar enseguida y el policía no le vuelve a ver el pelo”.

Confidencia supone una nueva demostración de la habilidad en la dirección de Jerónimo Mihura, al que Alfonso Sánchez acredita como “director que a su dominio del oficio junta palpables dosis de sensibilidad, de intuición artística, de categoría humana, de buen gusto educado en esa escuela del cine europeo, de clima denso y entrañable humanidad” [Primer Plano, núm. 380, 25 de enero de 1948.]

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