domingo, 11 de febrero de 2018

cine al ciclostil (y 13)


¡Yo quiero que me lleven a Hollywood!

Las dos películas en las que intervino Edgar Neville —la primera más que la segunda— son cintas de acción, en franco contraste con los dramas judiciales que permitían trabajar con unos plazos de ejecución más breves debido a su carácter teatral y a que descansaban en la interpretación de unos actores con entrenamiento previo en los escenarios. Aparte de la traducción de los diálogos y la dirección de actores, poco más puede hacer el frustrado creador.

Neville había descrito a sus amigos en España el deslumbramiento de Hollywood; les cuenta un argumento que quiere realizar: un foco de un plató se enamora de una estrella cinematográfica y su luz la persigue por todas partes. Chaplin le alienta, pero la realización de la película en aquel contexto resulta tan inverosímil como que Jardiel Poncela consiguiera plasmar en castellano ripiado unos años después Angelina o el honor de un brigadier (Louis King, 1935).

Tras El proceso de Mary Dugan Neville declina encargarse de la supervisión La mujer X, incapaz de dar con un reparto adecuado y por desavenencias con Miguel de Zárraga, adaptador en M-G-M, corresponsal de ABC y comentarista en la influyente Cine Mundial, órgano periodístico de la industria para el mercado iberoamericano. El drama de Alexandre Bisson en que se basa la película ha sido repetidamente puesto en escena en los coliseos madrileños, donde María Guerrero la repone en numerosas ocasiones. Neville intenta traerse a California Pepita Díaz y a Santiago Artigas, en gira por Latinoamérica, pero las fechas no cuadran. En carta a López Rubio —a quien cree en España cuando ya va camino de Estados Unidos, océano Atlántico adelante— confiesa que va a hacer una prueba a la tiple valenciana afincada en México María Conesa:
Por supuesto, ni es el tipo ni sabrá hacerlo, pero es la última que me queda por probar. Si no sale ésta, ya he pedido que no se haga el film, porque no quiero debutar haciendo perder dinero a la casa y haciendo una birria.
Argumenta José Luis Borau que el diplomático metido a cineasta con pujos de autor
no tardó en darse cuenta de que el plan de producir versiones españolas no tenía mucho porvenir,
al menos para él, cuyas ambiciones eran bastante más altas que las de algunos de sus compañeros de Madrid, atentos sólo a disfrutar de la buena vida en California mientras durara. (…) La producción en otras lenguas, el francés y el alemán, por ejemplo, se había abandonado ya o estaba sentenciada. Cuando le dieron el guión de una película que había hecho la Crawford, Paid, para que lo tradujera y luego se lo retiraron sin excusa, comprendió que también les había llegado su hora a las Spanish versions.
A principios de 1931 Neville se embarca en la confección de un guión para Maurice Chevalier con Harry d’Abbadied’Arrast y el dramaturgo Donald Ogden Stewart, pero el trabajo tampoco llega a buen puerto. Regresa entonces a España. Su primer cometido, una vez desembarcado en Europa, será un encargo de Rosario Pi y Pedro Ladrón de Guevara destinado a promocionar futuras estrellas de la academia que dirige éste. El título no puede ser más sarcástico: ¡Yo quiero que me lleven a Hollywood! (Edgar Neville, 1931).

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