domingo, 3 de junio de 2018

ramón torrado (9)


El éxito de Molokai, la isla maldita (Luis Lucia, 1959) provocó una avalancha de hagiografías cinematográficas entre las que cabe destacar Rosa de Lima (José María Elorrieta, 1961), Teresa de Jesús (Juan de Orduña, 1963), Isidro el labrador (Rafael J. Salvia, 1964), Aquella joven de blanco (León Klimovsly, 1964)...

La contribución de Ramón Torrado al ciclo es Fray Escoba (1961), biografía del beato Martín de Porres, ambientada en el virreinato de Perú en 1580. Martín lleva sobre sí el doble baldón de ser mulato e hijo natural de un noble (Alfredo Mayo), que lo lleva a Guayaquil junto a él para que reciba educación de hidalgo. Pero, al regresar a Lima, el muchacho ingresa en el convento de la orden de los dominicos, donde su ejercicio continuo de la caridad y la humildad le llevan a realizar las tareas más humildes y a que algunos desalmados lo bauticen como "Fray Escoba". Su ejemplar bondad pronto comienza a traducirse en hechos prodigiosos. Como aprendiz de barbero (Roberto Rey), le saca la muela a un blasfemo (José Sepúlveda) sin que éste sienta el más mínimo dolor. Luego, en el mercado, el contenido de su cesta se multiplica para que pueda conceder a cada cual de acuerdo con sus necesidades... Y se desdobla para poder limpiar la habitación del incrédulo fray Cirilo (Francisco Bernal) y atender a los enfermos. Y levita para poder hablar íntimamente con Cristo crucificado. Prodigios todos, que Torrado rueda sin énfasis ninguno de efectos especiales incidiendo en el carácter cotidiano de los milagros que obra el fraile mulato.

El progresivo encanecimiento de fray Martín –y un maquillaje bastante pobre, todo hay que decirlo- sustituye a una estructura dramática que se organiza como mera sucesión de estampas piadosas. Es por ello que, discurridas tres cuartas partes del metraje, los guionistas recurren al expediente de enviarlo a un retiro para frailes enfermos y de convocarlo desde allí al lecho de muerte del arzobispo de Lima. En un quid pro quo ejemplar, la salvación del arzobispo supondrá la muerte terrenal de fray Martín y la conversión definitiva de fray Barragán (Juan Calvo), quien, como Balarrasa, ha sido militar blasfemo antes que fraile. Este milagro postrero se hace por fin acreedor de un modestísimo efecto especial, una sobreimpresión del espíritu del frailecillo, tan humilde en su ejecución como el personaje al que retrata.

Cristo negro (1962) es una película maniquea. Todo es blanco o negro. Todas las almas, no los cuerpos. Alma inmaculada la de Mikoa / Martín (René Muñoz) atrapada en un  cuerpo oscuro que convierte en aberración su amor por Mary (María Silva), a quien conoce desde niña. Alma negra la de Charles (José Manuel Martín), que asesinará al padre de Mikoa y volverá años después a esta región del África ecuatorial para ayudar interesadamente a quienes manipulan a los nativos para que se rebelen contra la metrópoli. Alma tan blanca como su toca la de la siempre risueña sor Alicia (Charo del Río) a la que un negro ebrio intentará violar. Si acaso, está en un sí es no es, el terrateniente Janson (José Bódalo), el padre de Mary, que mantiene unas excelente malas relaciones con el misionero y se resiste a dejarse chantajear por sus trabajadores.

La mismísima cruz que preside el pueblo será el símbolo de la labor civilizadora de España, pues el padre Braulio es el único español de los contornos. La civilización tiene tres estadíos cuya prioridad queda claramente establecida desde el principio: la iglesia o la salud de las almas, el hospital o la salud del cuerpo y la escuela o la educación. Olvidadas sus ansias de venganza gracias al bautismo, Mikoa / Martín se convertirá en el maestro de sus hermanos de raza y en un auténtico mártir durante la revuelta indígena.

Segunda de las tres producciones dirigidas por Ramón Torrado y protagonizadas por René Muñoz para la cooperativa Copercines, Cristo negro no oculta su intención de seguir explotando el filón hallado con Fray Escoba. Tanto es así, que el padre Braulio no dudará en bautizar a Mikoa con su nombre y el joven se postrará a rezar ante sí mismo en efigie.

El ciclo se agotará un año más tarde con el fracaso del western mediterráneo Bienvenido, padre Murray (1964). El padre Murray (René Muñoz) llega a un pueblo tejano para ejercer su ministerio. Pero el cura es negro y hace tiempo que allí se linchó a uno de su raza acusándole de un crimen que en realidad había cometido Ray Terris (Howard Vernon). Caroline (Charo del Río), la hija de un comerciante puritano (Jesús Tordesillas), es la única que está por encima de los prejuicios raciales. Al pueblo llega de incógnito el hijo del asesinado hace años (Ángel del Pozo), enamorado de Caroline, y un grupo de vaqueros que van a participar en el rodeo. Todo ello mientras Ray Terris planea un nuevo robo y busca a quien inculpar.

Con situaciones y diálogos de novela de a duro, Bienvenido, padre Murray sitúa su acción en la frontera con México a fin de justificar la presencia en la comunidad de un cura católico que no siempre ofrece la otra mejilla. No obstante, a pesar de su protagonismo, los hechos más violentos para defender la ley de Dios y la de los hombres recaen en personajes secundarios, lo que hace progresar la intriga con no pocos tropiezos. La presencia en las pantallas poco tiempo después de violentos predicadores más querenciosos del colt que de la cruz, sitúan a la película de Torrado en una especie de limbo genérico, ajeno a los códigos a los que pretende remitirse. Hoy en día sólo puede apreciarse de ella su condición de rareza.

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