Cuando Pedro Osinaga agarra la guitarra y entona en la estación de esquí de La Molina Bajo el sol de Capri la genealogía de Amor bajo cero (Ricardo Blasco, 1960) se hace evidente. Las comedias de episodios entrelazados al modo de Luciano Emmer se han ido trasvasando de Italia a España, sobre todo en la modalidad de chicas casaderas. Casi una década de decalaje; o del neorrealismo rosa a la comedia desarrollista. José Luis Dibildos y Pedro Masó han sido sus principales cultivadores; el segundo es guionista y jefe de producción de Las chicas de la Cruz Roja (Rafael J. Salvia, 1958) y El día de los enamorados (Fernando Palacios, 1959), con las que Amor bajo cero comparte estructura narrativa y parte del reparto. La pareja central está formada de nuevo por Tony Leblanc y Conchita Velasco, aunque en esta ocasión, debido a la diferencia de clases, no se emparejen hasta el final. Ella es Nuria Berenguer, campeona de esquí que acaba de ganar un trofeo en el campeonato de Cortina d’Ampezzo. Él es Ramón, un tunante con mucha labia, que trabaja como marinero en el yate de un tarambana argentino (Alberto Berco), que quiere la casualidad —o los guionistas, tanto da— que sea el novio de Nuria. Ramón se hará pasar primero por patrón de yate y luego por un campeón de esquí noruego a fin de estar cerca de Nuria y conquistarla. La otra pareja de peso que sólo se consolidará al final es la de la romántica Silvana (Katia Loritz) y Carlos (Jorge Rigaud), el maduro presidente del club de esquí que les sirve de anfitrión en Barcelona y en la estación de La Molina, escéptico ya ante la llegada del amor. El resto es un poco de comedia slapstick por cuenta del esquí, un par de números musicales y raudales de alegría juvenil en la nieve.
Amor bajo cero ha sido el primer crédito directorial del valenciano Ricardo Blasco. Sin embargo, no es un neófito: lleva a sus espaldas más de treinta películas como ayudante de dirección. Ha asumido tal cometido en el seno de Cifesa en películas dirigidas por Luis Lucia. Entre valencianos anda el juego.
En algunas de ellas interviene también en el guión. No en vano, se ha formado como escritor en el “Levante feliz” durante la Guerra Civil. Con dieciséis años —recuerda su hija— participó en el II Congreso de Intelectuales para la Defensa de la Cultura como parte de la delegación valenciana de las Juventudes Socialistas Unificadas. [Gala Blasco Aparicio: “Blasco, Ricard”, en Kiosco Media Vaca: https://www.mediavaca.com/es/escritores/blasco-ricard] También en Valencia habría colaborado en Hora de España, la revista maquetada por Manuel Altolaguirre con ilustraciones de Ramón Gaya en la que participaron la práctica totalidad de los escritores afines a la República, por diferentes que fueran sus ideologías. Esta labor tiene continuidad con la dirección de la revista de poesía Corcel entre 1942 y 1949.
En 1939 Blasco se libra del internamiento en el campo de prisioneros de Albatera por ser aún menor de edad, pero el servicio militar obligatorio le obliga a trasladarse a Madrid. Cuando haya cumplido con la patria y por mediación de su padre, conseguirá un empleo como lector de guiones en la productora de los Casanova. Al abandonar Cifesa la producción y centrarse en la distribución a principios de los años cincuenta, Blasco acompaña a Luis Lucia, que ejerce como realizador para Benito Perojo y Ariel P.C.
Decíamos que debuta como director en Amor bajo cero. Sin embargo, en una de las típicas trapisondas sindicales de los primeros acuerdos de las coproducciones con Francia, ya había figurado como director adjunto en Noches andaluzas / Nuits andalouses (Maurice Cloche, 1953).
En su segunda incursión de pleno derecho en la dirección, Armas contra la ley (1961), Blasco factura un policial solvente basado en la dramatización por parte de Agustín Valdivieso de Ceballos y Jaime Jimeno Conejo del célebre atraco a la joyería Aldao, ocurrido en Madrid en 1956. Jimeno es un egresado de la Escuela General de Policía en agosto de 1941. Como en Occidente y sabotaje (Ana Mariscal, 1962), donde también colabora con Valdivieso, su participación pretende ofrecer cierto verismo en la metodología de investigación seguida por la policía.
Raúl Marini y Jaime (Renato Baldini y Fernando C. Móntez), dos delincuentes internacionales, son contratados por un hombre misterioso para que atraquen una joyería de la Gran Vía madrileña, donde durante unos días van a estar depositadas unas valiosas joyas de la casa Cartier de París. En España, entran en contacto con Boni (Manolo Zarzo), un delincuente de poca monta, y Juan Montesinos (Ricardo Valle), un estudiante que ha seguido la senda equivocada. La primera mitad del metraje se centra en los preparativos del atraco: vigilancia del local y de las costumbres de los empleados, comprobación del recorrido para la fuga... La segunda, narra en paralelo la huida de los ladrones con Juan herido durante el atraco y la investigación policial coordinada por el comisario Herrera (Alfredo Mayo). Preocupados por el estado de salud de su compañero, los atracadores deciden buscar a Lina (María Luisa Merlo), la novia enfermera de Juan. Sin embargo, el trabajo de la Brigada de Investigación Criminal —vigilancia en fronteras y aeropuertos, alerta en gasolineras para localizar el coche de los atracadores, revisión de ficheros de sospechosos fichados...— da resultado y los atracadores son localizados antes de que puedan abandonar el país. La utilización de un zoom ocasionalmente recursivo, la pobreza de las retroproyecciones de la Gran Vía y cierta ingenuidad en el personaje de un joven comisario, ayudante de Herrera y deseoso de hacer de méritos, son sólo pequeñas máculas en este policial con regusto clásico.
Félix Martialay aprecia progresos con respecto a Amor bajo cero, pero se lamenta de que la realización no esté al servicio de un guión de mayor fuste:
Ricardo Blasco ha dado un gran paso en su madurez como director. Cuenta con soltura y tiene facilidad para coger el pulso al ritmo. De aquí que Armas contra la ley —una más de ese aluvión de películas policíacas por las que intentaran escapar los directores que quieran seguir conservándose en forma hasta que encuentren coyunturas más favorables para exponer sus temas más queridos— se vea con interés y que nos coja en el relato de las peripecias de los atracadores, sobre todo en la parte del atraco y en el entrenamiento para el mismo. Lástima que el guión sea muy flojo y, por lo tanto, las dificultades directivas sean mayores que lo que se puedan suponer. El film resulta bien hecho, bien dirigido y supone un empeño menor en un cine que está ya supercargado de empeños menores. Pero... [F.M., en Film Ideal, núm. 87, 1 de enero de 1962.]
Quizás alguno de esos proyectos más queridos fuera Suceso, un libreto no realizado bastante excéntrico para lo que es la parte visible del iceberg blasquista. Cuando los donostiarras Antonio Eceiza y Elías Querejeta se están buscando la vida en Madrid, escriben el guión con Blasco a partir de un argumento de éste. No es ninguno de los dos que Maialen Beloki menciona como no realizados por la pareja donostiarra en esa etapa. [Mailaen Beloki: Antxon Eceiza: Vidas, tiempos, obras. Valencia: Shangrila Textos Aparte, 2022, págs. 62-64.]
Autopsia de un criminal (1962) se abre con un magnífico genérico —una vez más aires jazzeros para el noir, firmados en esta ocasión por José Pagán y Ramírez Ángel— en el que se cuenta con gran economía la relación sentimental de dos jugadores, Carlos (Paco Rabal) y Nelsy (Danielle Godet), y su progresivo entrampamiento con un usurero (Félix Dafauce). Cuando Carlos intenta recuperar un collar dejado en prenda se encuentra encerrado en un piso con dos cadáveres. ¿Logrará escapar de la trampa que le han tendido? Es en los sucesivos giros de este único argumento y en el respeto a las unidades de lugar y tiempo donde Autopsia de un criminal juega sus mejores bazas. Toda la película descansa sobre los hombros de Rabal. La incrustación de un flashback expositivo y de un número musical, con la excusa de una llamada a la cantante para que despiste al portero de noche, son borrones de guión y producción que ensucian la narración en lugar de potenciarla. El desvelamiento del culpable, a fuerza de sorprendente, peca de pueril, cosa por otra parte bastante habitual en los whodunit. Con ocasión de su estreno, los recensionistas alabaron unánimemente la limpieza de la fotografía de Antonio Macasoli, aunque hoy se antoja demasiado tersa para un asunto tan turbio.
A pesar de la consabida nota sobre el carácter puramente imaginativo del argumento, sin conexión con personas ni hechos resales, no deja de ser un trasunto dulcificado de la historia de José María Jarabo, que Juan Antonio Bardem ilustró con toda propiedad para la serie televisiva La huella del crimen en 1985. De este modo, Armas contra la ley y Autopsia de un criminal conforman una suerte de díptico basado en la crónica negra de la década anterior, aunque la dulcificación de los ambientes y los finales ejemplarizantes lastren lo que de noir crítico pudieran tener. Al contrario que varias producciones análogas del ciclo criminal barcelonés, las implicaciones políticas brillan por su ausencia.
No he podido ver Destino: Barajas, así que simplemente dejo constancia de que es una historia de parejas entrelazadas de las que Rafael J. Salvia y Pedro Lazaga habían adaptado del neorrealismo rosa italiano y de la comedia romántica hollywoodense con la etiqueta local de “comedia desarrollista”. Las historias de amor hilvanadas por Blasco —que ya ha incursionado en el filón con Amor bajo cero— son: “la de la chica del puesto de periódicos del aeropuerto, que cobra un aire singularmente romántico; la historia con pretensiones de atormentada de la estrella de cine, pasajera de uno de los aviones; y la amable y divertida que vive la modelo de una gran casa de modas”. [I.R.: “Estrenos de películas: Destino: Barajas en el Moderno”, en La Rioja, 16 de julio de 1963, pág. 10.] Las protagonistas femeninas que menciona la crítica eran Marisa de Leza, Mabel Karr y Tony Soler. Firma el guión José Manuel Iglesias.
Blasco vuelve a terreno seguro, toda vez que la pobre recepción de Autopsia de un criminal desaconseja la insistencia en una narrativa menos rosa. [Francesc Sánchez Barba: "Madrid-Barcelona: Dos mirada sobre el cine policiaco español", en Antonio José Navarro y Juan A. Pedrero Santos (eds.): La edad de oro del cine policíaco español. Madrid: Calamar Edciones, 2020, pág. 187.] A finales de 1962, en el ecuador de su breve carrera como director cinematográfico, Ricardo Blasco parecía tener clara cuál era su función en la industria:
Quiero hacer películas planteadas con ambición, realizadas con la máxima calidad, ejecutadas del modo más personal posible, resueltas libremente y basadas en temas vivos y actuales. Pero no es cuestión de cuáles sean los planes de un director, sino de cuáles son los planes de los productores. Hasta ahora, ni uno sólo de mis proyectos ha interesado a ningún productor, y he tenido que conformarme con rodar —lo mejor que he sabido y he podido— los temas que me han ofrecido. [...] Mientras el capital que mueve la producción de cine en España —productores, distribuidores, exhibidores— no se oriente por otros caminos, ¿qué puedo hacer como director? Seguir rodando lo que me ofrezcan, si quiero permanecer en mi puesto de trabajo, que son los estudios. [Film Ideal, núm. 105, 1 de octubre de 1962, pág. 549.]
Acaso esto fuera lo que llevara a Augusto Martínez Torres a hacer la siguiente valoración global: “La carrera de Ricardo Blasco como director es la historia de una frustración”. [Augusto Martínez Torres: Directores españoles malditos. Madrid: Huerga & Fierro, 2004. pág. 66.]

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