domingo, 1 de marzo de 2026

pedro l. ramírez: pantalla grande, pantalla chica (2)

En 1955, declinante ya el filón del cine piadoso, Vicente Escrivá decide diversificar la oferta de Aspa Films contando con el apoyo de una empresa subsidiaria de distribución creada ad hoc: As Films-Interpeninsular. La gran producción sigue en manos de Rafael Gil, socio de la empresa, pero se abre una segunda línea de producciones económicas que propicia el ascenso del ayudante de dirección Pedro L. Ramírez al frente del equipo. Apenas pasan veinte semanas desde que Aspa solicita el permiso de rodaje de Recluta con niño (1955) hasta que la película se estrena en la Gran Vía. Frente a los proyectos de prestigio que Escrivá ha afrontado de la mano de Gil, en éste priman los criterios de rapidez, eficiencia y economía. Se trata de obtener un producto popular que funcione en la taquilla y a fe que Escrivá y su coguionista habitual, Vicente Coello, ponen toda la carne en el asador: un cómico de primera línea (José Luis Ozores) encarnando a un paleto trasplantado a la gran ciudad para cumplir con el servicio militar donde su bonhomía consigue mantenerse inmaculada, un crío de seis años (Miguelito Gil) que lo adora y sabe de mujeres más que él; una muchacha ciega (Encarnita Fuentes) que podría recuperar la vista gracias a una intervención quirúrgica, pero a la que acaso entonces no le guste lo que vea; y un sargento tonante (Manolo Morán), superior del chico y padre de la chica, que en el fondo es un cacho de pan. Con estos mimbres ternuristas y un puñado de situaciones cómicas saca adelante Ramírez una cinta eficaz en la consecución de sus objetivos. Prueba de ello es que la película obtuvo la clasificación oficial de Primera A y estuvo más de un año en cartel en Madrid, de modo que el mismo equipo intentará sucesivamente repetir en la diana con la adaptación de Jardiel Poncela en Los ladrones somos gente honrada (1956), la comedia de ribetes fantásticos con La Cenicienta y Ernesto / Cenerentola ed Ernesto (1956) y la aproximación al sainete —eso sí, con niño— en El tigre de Chamberí (1957).

Los ladrones somos gente honrada pretende explotar el filón de popularidad Peliche Ozores. El nuevo guión, cuatro años después de la muerte de Jardiel, se autoproclama "versión libre" de la comedia. Tres son las bazas que se juegan en esta "liberación": el tiempo de la acción, la sainetización del argumento y, por último y a consecuencia de ello, el desplazamiento del protagonismo del Melancólico a sus tres secuaces. En resumen, la adaptación de Coello y Escrivá consiste en la desjardielización de la comedia. Cuanto Jardiel quería de inverosímil, por mucho que luego se viera en la necesidad de explicarlo, gana en coherencia a costa de renunciar al principio explosivo, a la sorpresa y a lo descabellado. La cinta se abre con una secuencia filmada en el Rastro madrileño cámara en mano. Como otros charlatanes antes que él —el personaje interpretado por Joaquín Roa, por ejemplo, en Domingo de Carnaval (Edgar Neville, 1945)—, el Tío del Gabán (José Isbert) recita su letanía a la sombra de la estatua del héroe de Cascorro: "Y ahora la tortuga, cazada por un servidor en las selvas del Orinoco, va a dar el triple salto mortal para demostrar a todos los que me escuchan, sean jóvenes, persona o militar, que el animal es algunas veces superior al hombre". Mientras, El Castelar (José Luis Ozores, llevando su tartamudeo al paroxismo) se dedica a vaciar los bolsos de las muchachas poco precavidas.

Pero los resultados globales nos parecen más discutibles, aunque Fernando Méndez Leite padre discrepa con uno, pues alaba el “estupendo guión” y afirma que “en su segunda salida al campo de la realización se apunta Pedro L. Ramírez un tanto importante con esta simpática plasmación”. [Fernando Méndez Leite: Historia del cine español, vol. 2. Madrid, Rialp, 1965, pág. 240.] En este diagnóstico coinciden los críticos de los diarios de Madrid que, en general, aplauden las interpolaciones de Coello y Escrivá y las supresiones, en lo que de claridad otorgan a la línea argumental, liberando el final de la laboriosa explicación.

Vicente Escrivá ha aceptado una idea de su viejo amigo Vicente Coello y pone en marcha la coproducción con Italia La Cenicienta y Ernesto / Cenerentola ed Ernesto. Será el siguiente cometido directorial de Pedro L. Ramírez. En una ciudad de provincias en la que nunca pasa nada, todas las empleadas de la zapatería están perdidamente enamoradas de Ernesto (Franco Intterlenghi), el teniente de la guarnición. Pero de entre todas ellas, Julia (Antonella Lualdi) es la más perseverante en su sueño de amor. Para ayudarla a cumplirlo el destino hace llegar por tren a un hada: un abogado trapisondista (Antonio Garisa). Julia está a punto de cumplir veintiún años y sus padres adoptivos (Rafael Bardem y Matilde Muñoz Sampedro) no quieren que se entere de que no son sus auténticos progenitores. Pero hay una pequeña cantidad de dinero de la que debe disponer ella misma llegada su mayoría de edad y por eso recurren al abogado. Sin embargo, éste, ante la golosina que se le presenta, echa a rodar la bola de nieve de una herencia millonaria. Con la complicidad de Sebastián (Joaquín Roa), un periodista local, hace correr el bulo de que Julia va a recibir treinta millones de pesetas. La tranquila ciudad pronto queda patas arriba: las fuerzas vivas le dedican toda clase de zalemas a “la marquesita”, que se muda con su familia a una gran casa en la Plaza Mayor. El noviazgo con el teniente prospera, ella se muestra pródiga con sus antiguos vecinos... Todo parece ir viento en popa, hasta que aparece en el pueblo un sinvergüenza (Rafael López Somoza) aún mayor que Felipe, que pretende ser el tío conde de la heredera. El resultado es un producto voluntariamente ingenuo, con toques de humor costumbrista, convenientes dosis de moralina y sentimentalismo –con niño tullido incluido- y un reparto coral que arropa a los —para el público español de la época— poco conocidos actores italianos que encabezan el reparto. Una pirueta final proporciona un happy end que es como la guinda de este pastel un tanto empalagoso.

La cinta se atasca en el proceso administrativo al reconocérsele sólo la clasificación en Segunda A. Para recurrirla, Escrivá se salta a Ramírez, rueda alguna escena nueva y realiza un remontaje. La cosa es perentoria porque la larga asociación con Rafael Gil se ha truncado a consecuencia de las desavenencias por la calificación para mayores de catorce años de Camarote de lujo (1957). La consecuencia es que la relación con Pedro L. Ramírez también queda tocada. En 1957 se anuncia que ha estado trabajando con el novelista Darío Fernández Flórez en el guión de En un lugar convenido, que nunca llegará a la pantalla, al menos con dicho título. [Pueblo, 4 de abril de 1957, pág. 16.] Su última película para Aspa Films será El tigre de Chamberí.

Un reportaje en Primer Plano detalla cómo fueron las cosas el primer día de rodaje. José Luis Ozores está haciendo doblete. Le quedan todavía un par de semanas para terminar El aprendiz de malo (Pedro Lazaga, 1957) y ya se ha calzado los guantes de boxear. Además el rodaje comienza por el combate que es el clímax de la película. Más adelante se rodarán unos planos de situación en el estadio Santiago Bernabeu, de Chamartín, pero el ring y la platea se han reproducido en el plató número 1 de los seis con los que cuentan los estudios Sevilla Films, que los Luca de Tena habían construido en Chamartín de la Rosa. Es éste uno de los platós de mayor amplitud —780 m2 con una altura de 14,50 metros—. Esta vez no ha sido necesario unirlo al número 2, de iguales dimensiones, como se ha hecho algunos meses antes para construir el monte Calvario en la producción americana Fifteen Misteries of the Rosary (Los misterios del rosario, Joseph Breen, 1957).

Se da paso a los quinientos extras que, en el mayor silencio ocupan sus localidades. La script, señorita Paris, se desvive tomando nombres y anotando posiciones de los extras que están junto a los actores, para que luego guarden racord perfecto a la hora de los planos cortos. El ayudante de dirección instruye a los extras sobre las acciones que han de realizar. Por un momento el ring queda solitario. El director y el operador ocupan sus puestos tras la cámara. [Sofía Morales: “El cine español va así”, en Primer Plano, núm. 892, 17 de noviembre de 1957.]

Pedro L. Ramírez se introdujo hace años en el mundo del cine como extra, así que sabe lo que supone la espera. Da indicaciones precisas a su ayudante, Pío García Viñolas, de que se coloquen primero los actores y luego se dé paso a la figuración. Pío es hermano de Manuel Augusto García Viñolas, capitoste cinematográfico del régimen, ya que ha sido el primer Director Nacional de Cinematografía, presidente del Sindicato Nacional del Espectáculo, fundador de la revista oficial Primer Plano y director de No-Do. El iluminador, Federico Larraya, hace ajustes de cámara e iluminación al tiempo que los actores se van incorporando al plató. Primero Helene Remy con el niño Miguel Ángel Rodríguez. La impar Julia Caba Alba —la madre del Tigre— y Leo Anchóriz —su rival por el amor de la niña— ocupan la primera fila del lateral izquierdo del ring. Juanita Ginzo y Aníbal Vela, hijo, el derecho. José Marco Davó tiene reservada su localidad tras la mesa de cronometradores. En el rincón del Tigre, más conocido como Miguel “El Tarta”, dos vivales: Tony Leblanc y Antonio Garisa —dueño del gimnasio y entrenador del aspirante—. En la otra esquina el boxeador profesional Emilio Orozco, en la ficción Molina, campeón de los ligeros, asistido para lo ocasión por Julio Gorostegui.

Con motivo del estreno aparece una recensión en el católico diario Ya que habla de “divertida farsa con tres buenos cómicos”, pero en general los críticos coinciden en que el éxito popular ha vuelto a rehuir al tándem Aspa-Ramírez-Ozores-Coello. No obstante, El tigre de Chamberí aguanta cuatro semanas en la sala de estreno de la Gran Vía gracias a la popularidad de sus intérpretes y a la inteligencia de un guión que recicla la situación básica de The Milky Way (La vía láctea, Leo McCarey, 1936), de Harold Lloyd.

En apenas dos años Pedro L. Ramírez ha facturado cuatro películas que lo han catapultado a primera línea del cine popular, pero los sucesivos proyectos han tenido un éxito decreciente. Es hora de cambiar, pero tampoco demasiado. Vicente Coello han decidido dejar Aspa Films y acuerdan con Escrivá vender un guión para Peliche Ozores a la emergente Procusa. En El gafe (1958), Felipe Urrutia (José Luis Ozores) es despedido del banco cuando las acciones bajan. Porque Felipe ha hererdado la gafancia de un tal Junqueiro y el desastre bursátil ha sido por su culpa. Todo parece cambiar el día en que conoce a Julia (Teresa del Río), una muchacha modesta que trabaja en una zapatería. Sin embargo, la mala suerte continúa y su amigo Paco (Antonio Garisa) tiene un accidente con el taxi. Éste entonces cavila el modo de rentabilizar la gafancia de su amigo: se trata de hundir negocios para beneficio de la competencia. Los herederos de un anciano acaudalado, los directivos de un equipo del banco, los antiguos directivos del banco, que quieren que trabaje para la competencia... Todos quieren contar con sus servicios. Pero la prosperidad del negocio supone el fracaso de su historia de amor, porque Felipe no se atreve a acercarse a Julia para no atraer la desgracia sobre ella. La cosa parece solucionarse cuando se presenta un primo de Junqueiro y le pide que le pase el poder. A la postre, estas escenas resultan lo mejor de la cinta. Los mimbres y parte del reparto intentan repetir el éxito de El tigre de Chamberí, pero las debilidades de un guión fiado únicamente a la idea de partida y en exceso episódico terminan lastrando el resultado.

Carlos F. Heredero ha analizado certeramente este lote que sirve de exordio a la filmografía de Ramírez:

Cine de humor blanco y de picaresca urbana, casi siempre filmado en blanco y negro, atravesado en ocasiones por un ramalazo ilusionista cercano al cuento de hadas o a la fantasía romántica, portador de una simpatía contagiosa hacia los pillos y granujas que se ganan la vida con pequeñas estafas, y que proyecta una mirada conformista sobre la situación de los desheredados sin dejar por ello de poner en solfa el egoísmo y hasta los métodos de los poderosos adinerados. 
Un modelo de comedia [...] en el que habita, mayoritariamente, el excedente agrario transformado en proletariado subempleado y cargado de ingenio para buscarse la vida en una España protoindustrial que todavía contempla el desarrollo capitalista como una quimera. [Carlos F. Heredero: Las huellas del tiempo. Cine español 1951-1961. Madrid: Filmoteca Española / Filmoteca de la Generalitat Valenciana, 1993, pág. 243.]

domingo, 22 de febrero de 2026

pedro l. ramírez: pantalla grande, pantalla chica (1)

Pedro L. Ramírez, ayudante de dirección en El beso de Judas (Rafael Gil, 1954) 

Tras introducirse en el mundo del cine mediante el humilde cometido de figurante, Pedro L. Ramírez se forma profesionalmente como script y ayudante de dirección de Rafael Gil en su etapa en Aspa Films. A mediados de los cincuenta promociona a director y encadena una serie de éxitos con comedias ternuristas protagonizadas por José Luis Ozores. Durante la década de los sesenta se dedica fundamentalmente a la televisión, pero antes de retirarse definitivamente del cine a finales del siguiente decenio realiza un par euro-westerns, un giallo y un título de fantaterror —subsección gótico-residencial— que cierra su filmografía en el cine de ficción.

Entrevistado por Barreira a la altura de 1958 en Primer Plano, afirma que de Gil ha aprendido la "técnica de contar en imágenes", dice preferir la retórica al neorrealismo, presume de ser un especialista en literatura policiaca y, de las cinematografías nacionales, se queda con la británica:

Es posible que nos pasemos mucho tiempo sin ver una película inglesa brillante, pero en cambio jamás veremos una película de esa nacionalidad que sea rematadamente mala. A mí juicio, el mayor logro del cine inglés está en sus perfectos "climas", que dan autenticidad y hasta lógica a argumentos que a veces no son demasiado buenos. Lo contrario que entre nosotros, donde a menudo se frustra un buen tema por falta precisamente de una atmósfera, de un clima convincente. [Barreira: "Con quince preguntas basta: Contesta Pedro L. Ramírez", en Primer Plano, núm. 909, 16 de marzo de 1958]

Primer Plano, núm. 909, 16 de marzo de 1958 

Filmografía y TVgrafía como director/realizador:

Recluta con niño (1955)
Los ladrones somos gente honrada (1956)
La Cenicienta y Ernesto / Cenerentola ed Ernesto (1957)
El tigre de Chamberí (1957)
El gafe (1958)
Fantasmas en la casa (1959)
Crimen para recién casados (1959)
Llama un tal Esteban (1959)
¿Dónde pongo este muerto? (1961)
Los guerrilleros (1962)

 Hoy dirige (TVE, 1963)
      La gran ciudad (1963) y otros dos episodios
 Firmado, Pérez (serie TVE, 1963)
 Tiempo alegre (TVE, 1963)
      Doña Concha del Apuntador (1963)
      Pedantes, punto redondo (1963)
      Recetas de amor (1963)
      Suspenso en suspense (1963)
 Teatro de familia (TVE, 1962-1965)
      Pescando cónyuges (1964)
      Invitados a cenar (1964)
      Las chachas (1964)
 Estudio 3 (TVE, 1964-1965)
      Balada del rey de oros (1964)
      La taza de café (1964)
      Toda la vida (1964)
      La visita que llegó a las doce (1965)
       La puerta que da al jardín (1965)
       El profesor Blumen (1965)
 Sonría, por favor: El repelente niño Vicente (serie TVE, 1964-1965)
 Novela (TVE, 1962-)
      Hoy llegó la primavera (1963)
      El hombre que cambió de traje (1963)
      Nada en la maleta (1964)
      Los cinco invitados (1964)
      La muralla de oro (1964)
      El médico indígena (1965)
      Jane Eyre (1965)
      Los dos hermanos (1965)
      El pequeño lord (1965)
      Perfectamente lógico (1965)
      Primer amor (1965)
      La cerilla sueca (1965)
      La noche vacía (1965)
      Las aventuras de Tom Sawyer (1965)
      Cristina Guzmán (1966)
      Judas (1966)
      El gallardo español (1966)
      Fantasmas (1966)
      Sobra uno (1966)
      Concierto para un vagabundo (1966)
      Tom Sawyer, detective (1966)
      Los millones del difunto James Gloncester (1966)
 Tras la puerta cerrada (TVE, 1964-1965)
      Comedia para asesinos (1964)
      Legítima defensa (1964)
      ¿Quién mató a la señora Balck? (1964)
      Crimen en Fiske Manor (1964)
      El ángel negro (1964)
      La hija de Endicott (1964)
      La mujer fantasma (1965)
      La puerta por dentro (1965)
      La estilográfica (1965)
      El engranaje (1965)
 La segunda esposa (Panamericana/Movierecord, 1969)

Ninguno de los tres se llamaba Trinidad (1972)
Judas... toma tus monedas / Attento Gringo... è tornato Sabata! (1972)
El pez de los ojos de oro (1974)
El colegio de la muerte (1975)
Las cooperativas de consumo (CM, 1980)

domingo, 15 de febrero de 2026

cámaras españolas en guinea (hermic films en los 50)

Los comentarios que habíamos leído sobre La puerta entornada (España en África Ecuatorial) (Santos Núñez, 1954) nos habían llevado a pensar en un refrito de imágenes de los documentales rodados por Manuel Hernández Sanjuán para Hermic Films una década atrás. En efecto, hay algunos planos espectaculares reciclados de la tala de árboles y acaso alguna vista general, pero la mayor parte del metraje es de nuevo cuño. No podía ser de otra manera cuando lo que se pretende es poner en evidencia el progreso de la acción colonizadora en África Ecuatorial.

Y eso que el principio no puede ser más brutal: la cinta se abre con la escenificación del suicidio del comisario regio Pedro Jover y Tovar tras firmar el Tratado del Muni de 1901, por el que España pierde, en beneficio de Francia, la mayor parte del territorio. En su momento, se dijo que había contraído una enfermedad nerviosa a causa de unas fiebres tropicales y que este había sido el motivo del fallecimiento. [“D. Pedro Jover”, en Las Provincias, 18 de noviembre de 1901.] La imagen resulta aún más poderosa por el veto al suicidio vigente en la década de los cincuenta en las pantallas españolas y porque no se resuelve mediante elipsis alguna. Vemos el disparo en la sien y un borrón de tinta —analogía de la sangre derramada— cae sobre el memorial que está redactando sellando así uno de los motivos de la argumentación del documental: el expolio al que ha sido sometida España. Más adelante, la expedición cinematográfica plantará su cámara en Gabón, donde ondea la bandera francesa, en tanto que el comentario ironiza con amargura sobre la afrenta que supone para España. Un cierre sobre el palacio del Pardo, en el que Carlos III firmó un tratado con Portugal por el que este país cedía a España amplios territorios en África Ecuatorial y actual residencia del “estadista que ha hecho posible nuestro resurgimiento” encadenado con un zoom al rostro de Franco —inalterable en un retrato— pretende suturar, gracias a una locución grandilocuente que invoca “la fe colectiva en nuestro destino recobrado”, el rosario de agravios internacionales que hemos ido contemplando a lo largo de una hora. Estos se han desarrollado también en el episodio trópico-ecuatorial de Herencia imperial (Manuel Hernández Sanjuán et al., 1951), donde se detalla el establecimiento, a finales del siglo XIX de Inglaterra en Nigeria, Alemania en Camerún y Francia en Gabón, cercenando la expansión colonial de España en África.

El patrocinio de José Díaz de Villegas, director general de Marruecos y Colonias, parece avalar la línea editorial de La puerta entornada, en la que encontramos algunas disidencias con respecto a la serie de cortometrajes de la década anterior, que constituyen el núcleo de Herencia imperial: Los espejos del bosque - Serie Guinea Española, núm. 65 (1945), En las playas de Ureka - Serie Guinea Española, núm. 87 (1947), Los gigantes del bosque - Serie Guinea Española, núm. 26 (1945), Médicos coloniales - Serie Guinea Española, núm. 73 (1946) y Balele - Serie Guinea Española, núm. 25 (1945).

En lugar de la visión fragmentaria de aquel ciclo, el mediometraje se pretende un compendio geográfico completo con el apoyo gráfico del imaginativo tratamiento de los mapas por parte de Antonio L. Padial, el grafista de No-Do: Fernando Poo, con incursiones en San Carlos, Santa Isabel, Santiago de Baney, Musola, Moka y Concepción; la isla de Annobón; la Guinea continental y Bata, su capital, Kogo (Villa Iradier), Malancha; las islas de Elobey Chico, Elobey Grande y Corisco. En cada uno de esos lugares se muestra el progreso económico que ha proporcionado a la colonia la presencia de España: nuevos muelles, iglesias, depósitos de combustible, maternidades, saltos de agua, escuelas, camiones Pegaso...

La labor misional es omnipresente, pero los aspectos militares y patrióticos quedan mucho más diluidos. De la primera, destacan el retrato del sacerdote que lleva toda su vida en Annobón, unos penitentes locales en una procesión de Semana Santa y una boda múltiple en un modestísimo templo en el que las botellas de cerveza sirven de floreros en el altar. En cuanto a la presencia militar, queda obviada en la mayoría de los casos a favor de las autoridades civiles. Apenas se recupera en el tramo final —con una significativa vuelta a Santa Isabel— con la jura de bandera de los hijos de los “coloniales”, aunque también es cierto que, en el ciclo inicial, sólo Al pie de las banderas - Serie Guinea Española, núm. 79 (1946) se podía calificar exclusivamente como de exaltación patriótica.

Destaca la presencia de cámaras cinematográficas a lo largo del documental, en alusión autorreferencial a la labor que el equipo está realizando. Frente a la etapa anterior, en la que los expedicionarios se van encontrando sobre la marcha con un modelo de cine colonial propio, a medio camino entre la propaganda y la etnografía, ahora se puede ver la influencia del paradigma consolidado por No-Do, al que remiten las imágenes de un colono con una pitón o de un partido de fútbol retransmitido por un locutor local desde la Emisora de Radiodifusión de Santa Isabel (ERSI).

La puesta al día del discurso se puede ver también en el tiempo relativamente corto que se dedica al tradicional balele en comparación con la larga secuencia del baile popular, donde las parejas bailan el boogie-woogie o el yimindaba, compuesto por el zimbabuense George Sibanda. Eso sí, Santos Núñez no se ahorra el comentario que hoy no dudaríamos en calificar de racista: “Otra particularidad de estos danzarines fenomenales es que no se cansan. Si se sientan, es para beber, cosa que también hacen en abundancia. Pero luego vuelven con mayor entusiasmo a la pista”.

En la boda múltiple que hemos mencionado antes se dan cita estrategias narrativas y dramáticas que desbordan en aspecto meramente reportajístico y didáctico de La puerta entornada. Cuatro mujeres ataviadas de blanco avanzan por un sendero del bosque. Las esperan, a la puerta de la rústica iglesia, sus cuatro prometidos. La cámara espera a las parejas en un lateral del altar, en una puesta en escena evidente. Entre los feligreses, hombres a un lado, mujeres a otro, y en bancos distintos los niños. El locutor habla de la “conmovedora ingenuidad” de los contrayentes, aunque al punto se crea un cierto suspense por cuenta de un traje blanco que falta para una de las novias. Por fin se encuentra uno y se resuelve el enigma. La muchacha que se negaba a casarse da tranquilamente el pecho a su hijo durante la ceremonia. Las parejas salen de la iglesia. La cámara las sigue en panorámica. Pero cuando han superado su emplazamiento, los contrayentes se vuelven y miran al operador, buscando su aprobación y deseosos con toda seguridad de terminar con la pantomima.

La estructura episódica del documental se ve reforzada por el uso de unas cortinillas un tanto toscas entre bloque y bloque. Aún más rudimentaria resulta la sonorización, realizada en los estudios Ballesteros. Es como si no existiera la posibilidad de mezcla y se hubieran buscado ambientes y fondos musicales ad hoc que irrumpen mediante corte abrupto en la banda sonora, sin solaparse nunca.

Lo mismo ocurre en Danzas de España en el Trópico (Alejandro Perla, 1954), otra producción de Hermic Films dedicada a documentar la visita de los Coros y Danzas de la Sección Femenina a Guinea Ecuatorial en los meses de abril y mayo de 1954. El cortometraje muestra a las jóvenes de los grupos de baile ataviadas con sus trajes regionales al descender del barco y desfilar por las calles de Santa Isabel. En San Carlos, asisten desde el porche del edificio del Consejo de Vecinos al desfiles de tropas coloniales. Luego, otra vez en barco hasta Bata. Para esta travesía han renunciado a los trajes tradicionales y llevan vestidos modernos —con faldas largas con vuelo, eso sí—, grandes sombreros de paja y gafas de sol. Así que ha pasado casi la mitad del metraje y aún no hemos visto a las chicas de Coros y Danzas en acción.

Tanguillos de Cádiz en Río Benito, ante la admiración de las monjitas morenas. Todo el [garbo] del sur de España dedicado a las sencillas gentes nativas, a nuestros rudos coloniales, hombres de las explotaciones forestales, de las fincas de café y de cacao, hombres acostumbrados a la soledad del bosque y que con su abnegado trabajo contribuyen a la prosperidad de nuestras posesiones.

Tal es el discurso editorial del cortometraje nunca validado por las imágenes, que presentan como contraplano de las danzantes, a un grupo de hombres blancos en la retaguardia de las mujeres, sentadas en dos filas que son las que verdaderamente parecen disfrutar del espectáculo.

Se menciona una actuación en la leprosería de Mikomeseng —que había sido objeto de Los enfermos de Mikomeseng  - Serie Guinea Española, núm. 75 (1946)—, pero sólo vemos a un grupo de mujeres con sus hijos. El contraste del baile reglado de la Sección Femenina con el balele, en el que las mujeres bubi danzan con los pechos al aire, resulta un tanto elemental. Más aún, la entrega de recuerdos como instrumentos musicales autóctonos y una lanza, cuya receptora contempla con escepticismo.

Los últimos metros se aprovechas para presentar maquetas de futuras edificaciones y obras en curso que nada tienen que ver con el motivo del documental, con lo que Danzas españolas en el Trópico se convierte en una de las entradas más anodinas de la serie dedicada a Guinea Española por Hermic Films.


Las tres películas pueden verse en Platfo:

https://filmo.platfo.es/content/cine-colonial/la-puerta-entornada-espana-en-africa-ecuatorial/play 

https://filmo.platfo.es/content/cine-colonial/danzas-de-espana-en-el-tropico/play

https://filmo.platfo.es/content/cine-colonial/herencia-imperial/play

domingo, 8 de febrero de 2026

esquíes, canciones y ósculos

 

Carmen Navascués y el cantante lírico Pedro Terol en Besos en la nieve (José María Beltrán, 1934)

De la realización y la fotografía de Besos en la nieve (1934) se responsabiliza José María Beltrán. Llegamos a parte de su minutaje porque formó parte del episodio de la serie Tiempo de Historia (Ricardo Blasco, 1975). Por lo que hemos podido ver, se trata de un documental sobre el esquí rodado en Guadarrama. El deporte ha comenzado a practicarse en 1908 con la creación del Club Alpino Español y ha ganado auge durante la década de los veinte, pero se populariza desde 1931, con la proclamción de la República. Para hacer más atractivo el material, la siempre imaginativa Rosario Pi decide introducir una levísima trama romántica que protagonizan el popular cantante lírico Pedro Terol y la bailarina y actriz Carmen Navascués, que se ha forjado como intérprete cinematográfica en las producciones parisinas de Paramount.

La parte documental se rodó sin sonido y se sincronizó posteriormente la partitura en los estudios CEA de Ciudad Lineal. Los mismos estudios cedieron el equipo a la productora para grabar las dos canciones y el diálogo en directo en la sierra madrileña. 

Un par de temas del maestro Luis Patiño —el vals Besos en la nieve y el fox Quiero un muñeco— buscan la conexión con el público y las sinergias con otras industrias culturales del momento, como la radio y las grabaciones musicales. El dueto arranca la primera:

—Tenga usted cuidao con los esquises, / que me ha lesionao en las narices. [...]
—Ya ve que yo no sé esquiar, / más sé con todo ardor amar.

La actriz presumía de afición a los deportes en la revista Cinegramas, sobre todo, equitación y tenis. Su relación con el esquí arrancó durante el rodaje:

Desde que hice en el Guadarrama Besos en la nieve, me aficioné extraordinariamente a los batacazos con los esquís. Lo que empecé haciendo por deber constituyó para mí una necesidad. Y siempre que podía me iba a la sierra en invierno a frotarme las manos y la cara con nieve. Hasta que un día el médico me recomendó reposo. ¡Pero, señor, si yo me canso cuando no hago nada! Por eso me gusta hacer películas donde haya que saltar mucho, montar a caballo, trepar por escaleras y formar estropicio. Todo lo que sea ruido y animación me encanta. ["A Carmen Navascués le hubiera gustado dedicarse a todos los deportes menos al más peligroso: el amor", en Cinegramas, núm. 42, 30 de junio de 1935.]


Besos en la nieve se estrena en el cine Capitol el 20 de marzo de 1934 como complemento de Storm at Daybreak (Tempestad al amanecer, Richard Boleslawski, 1933).
 
 
Filmografía de Rosario Pi:
 
Yo quiero que me lleven a Hollywood (Edgar Neville, 1932) productora
El hombre que se reía del amor (Benito Perojo, 1932) productora
Odio (Richard Harlan, 1933) productora
Besos en la nieve (José María Beltrán, 1934) productora
Doce hombres y una mujer (Fernando Delgado, 1935) productora, guionista y codirectora no acreditada
El gato montés (Rosario Pi, 1936) además, productora y guionista 
Molinos de viento (Rosario Pi, 1936-1939) además, productora y guionista 

domingo, 1 de febrero de 2026

filmografía invisible de la visibilizada rosario pi

El equipo de rodaje de El gato montés (1936)
Rosario Pi, a la derecha, en la segunda fila; junto a ella, la actriz Pilar Lebrón y el barítono Pablo Hertogs

La reivindicación de Rosario Pi como cineasta pionera arrancó mediada la década de los setenta, cuando se empezaron a rescatar películas realizadas durante la II República y el feminismo cobraba fuerza en la vida pública en España. En la última década, los estudios de género académicos han vuelto a impulsar su redescubrimiento, aunque en ocasiones parezca más importante dirimir si fue o no la primera mujer en dirigir una película en España que un acercamiento a su obra que valore tanto ésta como los distintos palos que tocó en la industria cinematográfica.

Las primeras noticias que tenemos de ella y de su tienda de moda y lencería en el número 59 del Paseo de Gracia barcelonés se remontan al año 1926. [El Día Gráfico, 21 de octubre de 1926.] Cuatro años más tarde, remata el negocio y se traslada a Madrid, donde, en principio, se habría dedicado a la misma actividad. Sin embargo, en el verano de 1931 se asocia con el actor Pedro Ladrón de Guevara y, con el apoyo financiero del mexicano Emilio Gutiérrez Bringas, ponen en pie Star-Film, que aúna bajo esta marca actividades de producción, distribución y representación artística. [Esteve Riambau y Casimiro Torreiro: Productores en el cine español: Estado, dependencias y mercado. Madrid: Cátedra / Filmoteca Española, 2008, págs. 757-758.]

Yo quiero que me lleven a Hollywood (Edgar Neville, 1932)
Foto: Macasoli, en Tararí, núm. 62, 7 de abril de 1932.

La realización de la “película ensayo sonoro” Yo quiero que me lleven a Hollywood (Edgar Neville, 1932), sonorizada en París, parece obedecer a este triple objetivo, al presentar un puñado de jovencitas que aspiran al estrellato sucintamente ataviadas con lencería que probablemente procediera del remate de la casa de modas barcelonesa.

Doña Rosario —recordaba Neville—, a pesar de una ligera enfermedad que le hacía andar con un bastón, tenía fama de productora, pero carecía, desgraciadamente, de cuenta corriente. Nunca pude averiguar cómo movilizaba cada diez o quince días un operador, unas cajas de negativo, unos proyectores y demás personal técnico que necesita una película. Por modesta que sea. Ni yo ni los artistas cobrábamos un céntimo, lo hacíamos todo por afición, por ayudar a esta atrevida señora. [Marino Gómez Santos: “Pequeña historia de grandes personajes: Edgar Neville cuenta su vida”, en Pueblo, 2 de mayo de 1962.]

La contratación en exclusiva de Rafael Rivelles y María Fernanda Ladrón de Guevara —hermana del otro socio de Star-Film—, procedentes de Hollywood, es el siguiente paso. Benito Perojo rueda con ellos El hombre que se reía del amor (1932) en los estudios Orphea de Barcelona, recién equipados para la filmación de películas sonoras. Los protagonistas están secundados por Rosita Díaz Gimeno, procedente de Les Studios Paramount en Joinville-le-Pont y futura protagonista de Angelina o el honor de un brigadier (Louis King, 1935), orquestada por Enrique Jardiel Poncela en Hollywood para la Fox.

El divorcio de María Fernanda Ladrón de Guevara y Rafael Rivelles da lugar a la contratación de Pedro Larrañaga para sustituir a éste en la siguiente película de la productora: Odio (Richard Harlan, 1933). Los interiores se ruedan en Orphea Film y los exteriores en Galicia, como corresponde a un libreto escrito por Wenceslao Fernández Flórez. [Jean-Claude Seguin: “Odio (1933): historia de una película desparecida (... otra más)”, en José Luis Castro de Paz y Jean-Claude Seguin (eds.): Wenceslao Fernández Flórez: Literatura y Cine. Lyon: Grimh, 2015, págs. 55-75.]

Aunque se ha venido datando erróneamente en 1932, el cortometraje Besos en la nieve fue rodado durante los primeros días de 1934 a juzgar por todas las informaciones periodísticas. Star-Film anunciaba con su realización la puesta en marcha de una serie de asuntos cortos que se quedaron en la cuneta, tal vez porque la producción de las cintas de largo metraje requirieron todos los recursos y la atención de Rosario Pi.

Heraldo de Madrid, 4 de agosto de 1934.
 
En verano de 1934 ya está en marcha la nueva producción de Star-Film, el regreso al cine de Irene López Heredia tras la apreciable pero antañona El golfo (José de Togores, 1917). El libreto de Doce hombres y una mujer (Fernando Delgado, 1935) ha sido escrito expresamente para la pantalla por la propia Rosario Pi, “la infatigable mujer de negocios que lo mismo organiza una empresa de la importancia de Star-Film, de la que es su gerente, que escribe un argumento muy cinematográfico como lo es éste”. [“Irene López Heredia hace su debut en el cinema”, en Sparta, núm. 8, 30 de noviembre de 1934, pág. 16.] En su crítica, Antonio Guzmán Merino destaca precisamente este apartado de la película:

El asunto de esta nueva producción nacional, más pretencioso que logrado en lo que se refiere a los valores dramáticos, tiene dos virtudes que son fundamentales en el buen cinema y que no abundan en el nuestro: mucha acción y poco diálogo. Se ve que el argumento está pensado en cine y no "aprovechado" para él, según va siendo norma peligrosa en la producción nacional. Por esta vez no estamos ante una comedia ni una novela convertida en "guión", con todos sus inevitables resabios literarios. El film es original en su primera inspiración; nació cine y se presenta a que lo juzguen como cine, sin escudarse en un nombre glorioso o en un éxito teatral. Esto nos lo hace simpático. Rosario Pi puede en algún momento haber forzado la verosimilitud de la acción y la psicología de los personajes; pero ha "visto" su argumento a través de la pantalla y lo ha sometido a las leyes del micrófono, en lo que al diálogo se refiere. Ese es el camino. La primera condición de un buen film es la rebeldía a la tutela literaria. El cinema no debe ser tributario de novelas y sainetes; tiene una personalidad bien acusada y no quiere vestirse con desechos, aunque sean gloriosos. [Antonio Guzmán Merino: “La semana cinematográfica: Rialto - Doce hombres y una mujer”, en Cinegramas, núm. 30, 7 de abril de 1935.

En una entrevista tardía —no sabemos si fiable o no— Irene López Heredia aseguraba que Fernando Delgado abandonó la película porque no había un duro y que terminaron dirigiéndola la guionista-productora, “que era una gran mujer”, y ella misma: “al final de cada rodaje me hacía pasar el celuloide que llevábamos ya rodado para irme corrigiendo sobre la marcha”. [Marino Gómez Santos: “Pequeña historia de grandes personajes: Irene López Heredia cuenta su vida”, en Pueblo, 28 de noviembre de 1958.]

Rosario Pi se prepara así para pasar a la dirección con El gato montés (1936), distribuida por Cifesa. El argumento es bastante convencional, alternando el drama de bandoleros y toreros —la mujer a la que aman ambos, Soleá, es como una Carmen sin malicia pero con idéntico destino trágico— y la pareja cómica que remeda los amores de los protagonistas. La tiple cómica, boricua luego afincada en México, Mapy Cortés, hace un papel de cinematófila empedernida que nos remite a la primera producción de Rosario Pi, el Yo quiero que me lleven a Hollywood, de Edgar Neville. Pero las escenas dialogadas se resienten de unas interpretaciones excesivamente deudoras del escenario y doña Rosario no consigue imprimir a estas secuencias el ritmo y la fuerza que sí que tienen otras en exteriores. El final necrófilo es lo más destacado, pero también el principio: los exteriores con los dos chavalillos gitanos y el estrambote, tan sencillos como hermosos.

Rosario Pi repite como realizadora con Molinos de viento (1939), rodada en los primeros meses de la contienda, pero no estrenada hasta después. María Mercader, la protagonista, se muestra extremadamente discreta en sus memorias [María Mercader: Mi vida con Vittorio De Sica. Barcelona: Plaza & Janés, 1980] y apenas menciona a Rosario Pi, con la que viajó primero a Francia y luego a Italia. Tras rodar L’Étrange nuit de Noël (Yvan Noé, 1939) María Mercader recibe una oferta para hacer cine Italia, donde no tardará en convertirse en una diva del cine de teléfonos blancos. Durante los años 1941 y 1942 protagoniza una media de ocho películas por año, rodadas en cuatro semanas y en situaciones cada vez más precarias a causa de la guerra. Algunas son parte del programa de coproducciones con España o producciones estrictamente italianas para un mercado español desabastecido por la situación en que se encuentran los estudios al finalizar la Guerra Civil. Además de proporcionar el primer impulso a la actriz en Italia hizo algunos trabajos subalternos: traducciones, labores de producción, acaso doblaje. Ramón Navarrete-Galiano, que estudió esta etapa en su tesis El cine republicano: el caso de Rosario Pi [2016], apunta que pudo estar implicada en los rodajes de La forza bruta (La fuerza bruta, 1940) y Il prigioniero di Santa Cruz (1940), las primeras que María Mercader interpretó allí a las órdenes de Carlo Ludovico Bragaglia. Hay una instantánea en la que aparece con María Mercader que parece corroborarlo... o puede que estuviera en el rodaje simplemente como representante o acompañante de la actriz.

María Mercader y Rosario Pi en un set de rodaje en Italia 

La relación de la actriz con Vittorio De Sica, casado y con una hija, complica la situación de la pareja sobremanera, a lo que hay que sumar el recrudecimiento de los bombardeos sobre Roma en 1943. España parece un buen refugio.

María recurre a Rosario Pi, que les propone realizar una serie de largometrajes en España. Pi les ofrece participar en el primero de ellos: El marido pobre. [“Artistas españoles que se reincorporan a nuestro cinema”, en Radiocinema, núm. 86, 30 de marzo de 1943.] Se trata de un guión escrito con anterioridad que habría de realizarse en carácter de coproducción, con protagonismo de la pareja y dirección de De Sica. El primer golpe de claqueta es inminente: marzo de 1943. [“Noticiario”, en Primer Plano, núm. 126, 14 de marzo de 1943.] Se llegan a contratar los estudios Orphea de Barcelona para comenzar el rodaje, pero los coproductores españoles dudan de la capacidad como director de Vittorio De Sica y el proyecto termina en agua de borrajas. La pareja regresa a la casilla de salida. [Aguilar y Cabrerizo: Vittorio De Sica. Madrid: Cátedra, 2015.]

Es probable que fuera entonces cuando Rosario Pi decidiera quedarse en Madrid, donde se convirtió en “puntal de la casa Marbel” [Pueblo, 14 de octubre de 1957], uno de los modistos que más frecuentó el cine español. Navarrete-Galiano detalla algunas otras actividades ajenas también al mundo del cine, como la composición a principios de 1950, bajo el seudónimo “Rizpay”, de varias canciones y la organización de los espectáculos Un chavalillo en el cielo y Sinfonía 2000 para la bailarina Rosita Segovia. [“En el teatro Gran Vía se presentó el espectáculo Sinfonía 2000, con Rosita Segovia”, en Pueblo, 24 de febrero de 1950, pág. 12.] Con el mismo seudónimo registra una obrita —12 folios— titulada El póker de la fortuna, pero en el correspondiente Boletín Oficial del Estado no consta su naturaleza y en el catálogo de la Biblioteca Nacional no se dice más.

En 1961 abre el restaurante-bôite Casanova en el número 76 del Paseo de la Castellana, donde la langosta thermidor y el “turbante de marisco al whisky” hacen las delicias de los noctámbulos.

Reivindicada en los últimos tiempos, la invisibilización no viene sólo de su condición de mujer, sino de la imposibilidad de ver casi toda su filmografía. Sólo El gato montés nos permite acercarnos a su modo de hacer. 

 

Filmografía de Rosario Pi:
 
Yo quiero que me lleven a Hollywood (Edgar Neville, 1932) productora
El hombre que se reía del amor (Benito Perojo, 1932) productora
Odio (Richard Harlan, 1933) productora
Besos en la nieve (José María Beltrán, 1934) productora
Doce hombres y una mujer (Fernando Delgado, 1935) productora, guionista y codirectora no acreditada
El gato montés (Rosario Pi, 1936) además, productora y guionista 
Molinos de viento (Rosario Pi, 1936-1939) además, productora y guionista 

 

domingo, 25 de enero de 2026

psicotronía ibérica

SOS Invasión (Silvio F. Balbuena, 1968) era en origen una producción de Lacy Internacional Films. La productora de José María Elorrieta solicitó el permiso del rodaje, con exteriores en Sintra y el Algarve e interiores en Madrid, el 14 de mayo de 1968. La dirección de Balbuena y el guión de José Luis Navarro Basso —con el que el realizador ya había escrito Prohibido soñar (1964) y Los celos y el duende (1967)— entraban desde el principio en la ecuación. Sin embargo, algo ocurre a finales de 1968, que todo el paquete de producción es transferido oficialmente a Internacional de Mercados Turísticos, S.A. (IMT), cuyo titular es Antonio José Viegas Ávila. [Archivo General de la Administración, caja 36/05014.]

La cinta se organiza narrativamente en torno a la elisión. No a la elipsis, que sirve para sugerir al espectador lo que se le hurta y provoca su participación activa, sino de la simple carencia de metraje para articular el relato. El argumento presenta a la frívola Susana (Mara Cruz) que acude a ver a su tío (Antonio Pica) para que le aconseje sobre su futuro matrimonio con un médico dietista (Taylor), con el que ha estado secuestrada en un castillo del Algarve por un grupo de robots femeninos procedentes de otra galaxia. Una vez más, la ausencia es el tropo fundamental de la conclusión: una turista foránea insiste al resto de los personajes en que acaba de ver un platillo volante que el espectador no verá nunca.

De ahí que la cinta se construya a partir de materiales de descarte: largos planos de recurso de la costa portuguesa o de la ciudad de noche rodados desde un coche, tomas dobles, panorámicas de algunas localizaciones que se repiten hasta la saciedad, planos de conversaciones montados “en eje” porque faltan los contraplanos e, incluso, algún inserto animado... Ante la falta de material, la montadora Maruja Soriano —habitual del cine de Jesús Franco, como Jack Taylor, el protagonista— parece incapaz de aportar la más mínima coherencia al relato y debió optar, de acuerdo con la productora y/o el director, por editarlo todo hasta alcanzar un metraje estándar, de modo que la continuidad queda confiada a algunos diálogos expositivos —en off— y a la partitura de Manuel Moreno Buendía.

La transferencia de titularidad no debió de solucionar los problemas económicos de la película, patentes en su realización, porque en 1971 Balbuena solicita a la administración que certifique el cambio de propiedad ya que tiene que plantear ante Magistratura de Trabajo una demanda para cobrar sus honorarios como realizador. [Ibidem.]