Como otros realizadores cinematográficos que ven en la televisión un nuevo medio de expresión o supervivencia, Pedro L. Ramírez se acerca al medio a principios de 1963, cuando realiza al menos tres entregas del espacio Hoy dirige... Tenemos constancia del emitido el 27 de marzo, titulado La gran ciudad, en el que retrata un poco tautológicamente “la lucha de quienes, procedentes del campo, quieren abrirse paso en la ciudad”.
Su siguiente cometido tiene lugar en un programa que arranca su emisión el 20 de julio de 1963, sábado. Dura apenas un cuarto de hora, pero se emite en un horario privilegiado: las diez menos cuarto de la noche de los sábados, probablemente por la popularidad del ideólogo y guionista de la serie, el comediógrafo Alfonso Paso. El título: Firmado, Pérez (1963). Enrique del Corral, que publica sus críticas televisivas en la Hoja del Lunes con el sobrenombre de “Viriato”, se lanza al ruedo apenas el programa asoma a la pequeña pantalla:
Firmado, Pérez es un nuevo programa de TVE escrito por Alfonso Paso, que dirige y realiza Pedro L. Ramírez; sustituye, como se sabe, a Tercero izquierda. Comprendemos que enjuiciar un programa apenas nacido es expuesto, pero necesario. Lo que vimos el sábado fue vulgar de tema y tópico en su desarrollo; apenas un sainetillo, más esbozado que resuelto y un tanto desfasado, en su realización, de los recursos propios de la TV como lenguaje. El uso del inserto filmado no venía a qué, y únicamente prejuicios cinematográficos justificaban su presencia en la pequeña pantalla.
En realidad, todo el Firmado, Pérez, inicial de la serie, estaba “visto” en cine, sin duda porque su director y realizador procede de dicho campo. Tampoco el guión suponía, como dijimos, nada original en escenario, ambiente y tipos. La gracia tenía apoyatura en el actor, nada más. Y conste que los actores estaban expertamente elegidos para que ellos comportaran la bondad de que el “libro” carece.
Insistimos en aquello ya dicho respecto al señor Paso cuando su serie precedente, de ingrato recuerdo. Hace falta, que el autor de tanta comedia de éxito “vea” la TV, que estudie sus recursos, aprenda su lenguaje, su ritmo y sus circunstancia antes de entregarse a la tarea de crear para ella. Y que Pedro L. Ramírez olvide algo su formación cinematográfica al expresarse en TV; de lo contrario, sus intervenciones no serán ni cine ni teatro. Y conste que hoy por hoy le olvidamos la gaffe de darnos un primer plano de Tele-Radio corno si fuera otra revista: aquella de la que Caffarel era director y el gran Agustín González redactor “catastrófico”. Si cuando debutó Tercero izquierda expresamos júbilo; si cuando “arrancó” Mur Oti con su La otra cara del espejo escribimos frases de alegría por el hallazgo, ahora, con Firmado, Pérez, debemos decir que tiene que cambiar mucho en la forma y en el fondo para que sea programa importante. Y lo sentimos, porque ambos ilustres nombres —el de Paso y el de Pedro L. Ramírez— tienen toda nuestra devoción y nuestra esperanza. Que sea realidad, y pronto. Hace falta. [Viriato: “Crónica de Televisión: Firmado, Pérez”, en Hoja del Lunes (Madrid), 22 de julio de 1963, pág. 6.]
La devoción y la esperanza se ven compensadas con el segundo episodio —suerte de parodia de Perry Mason titulada Soñar es baratísimo—, que le convence plenamente.
Ese mismo año, Pedro L. Ramírez realiza varios sketches concebidos por Álvaro de Laiglesia, el director de La Codorniz, para el espacio Tiempo alegre. Los títulos que he podido localizar son: Doña Concha del Apuntador, Pedantes, punto redondo y Recetas de amor. Seguramente en este mismo espacio se emitiera Suspenso en suspense (1963), un original del fundador de La Codorniz Antonio de Lara “Tono”. “Viriato” escribe de la pieza:
Pedro Ramírez ha “cogido” ya el secreto de la televisión y su ritmo, y sabe dirigir para ella; es decir, valora tiempos y planos, pausas y efectos, con lo cual emerge el ritmo que cualifica su quehacer.
Y lo distingue. Suspenso en suspense, de Tono, es obra ágil, graciosa, entretenida y picaruela; obra, en fin, muy de Tono, a la que Pedro Ramírez extrajo todo el jugo manteniéndola a “pulso de imagen” por la eficacia indiscutible de [los cámaras] Santos, Blanco y Cardona que “tiraron” siempre bien y con seguridad absoluta en íntima colaboración con quien realizara, que no lo sé, pero sea quien sea, sabe. Y sabe hacerlo muy bien.
La interpretación, asimismo, nos gustó muchísimo. Tanto Fernando Delgado como Jesús Puente —un par de actores de absoluta eficacia y magisterio dentro del quehacer de televisión— y Marta Padován acertaron en su cometido, lo mismo que Roberto Llamas, actor al que, si otras veces le hemos puesto algún “pero”, en esta ocasión nos pareció excelente. Los “secundarios” eran también verdaderos “primeros”, porque María Massip, Tony Soler, Luis Morris y Acebal son, por nombre y renombre, figuras cualificadas que aportaron a Suspenso en suspense verdadera categoría.
Fue una lástima que los tres cierres en negro —uno de ellos decididamente largo— restaran tersura al quehacer total, rompiendo el ritmo preciso y el “embarque” del espectador, metido de verdad en el humor de Tono, excelentemente arropado por un decorado bueno y una planificación espléndida. Lo de la música de El tercer hombre, un verdadero hallazgo. [Viriato: “Crónica de Televisión”, en Hoja del Lunes (Madrid), 19 de agosto de 1963, pág. 6.]
Mayor continuidad tendrá en el programa Telenovela, Novela o Novela de Noche, que de las tres maneras se denomina este espacio que durante la sobremesa o a las nueve de la noche desarrolla un relato largo en cinco capítulos de unos veinticinco minutos, aunque andando el tiempo llegarán a duplicarse o triplicarse las semanas. Las realizaciones de Ramírez comenzaron probablemente la semana del 7 de octubre de 1963 con Hoy llegó la primavera. A lo largo de tres años se enfrenta a originales de Carlos Muñiz o, de nuevo, Álvaro de Laigesia, pero sobre todo a jugosas adaptaciones entre las que destacan Las aventuras de Tom Sawyer y Tom Sawyer, detective de Mark Twain, adaptadas por Ricardo López Aranda; Jane Eyre, de Charlotte Bronte; Primer amor, de Ivan Turgeniev; o Cristina Guzmán, de Carmen de Icaza. Todas ellas reciben buenas críticas, pero se lleva la palma Fantasmas, de Wenceslao Fernández-Flórez, adaptada por Manuel Tamayo, emitida la noche del 9 de mayo de 1966.
No había tenido suerte hasta ahora la literatura de Fernández Flórez en Televisión Española. Y no la había tenido quizá porque quienes acometieron el empeño de llevarla a la antena se fijaron más en la forma que en el fondo, más en la gracia que en el humor. Y no supieron expresarlo. Tamayo, si; Tamayo, en íntima trabazón creadora con Pedro L. Ramírez, supo preparar la adaptación de forma que la sensibilidad del director-realizador encontrara campo propicio para extraer el zumo de Fantasmas. Y lo hizo apoyándose en una interpretación consecuente, toda ella finísima de matices, que alcanzó el virtuosismo con Pepe Calvo, quien supo dar el clima con precisión emocionante en una transición de calidades chaplinianas, que un primer plano impecable de efecto llevó a la audiencia toda su espléndida emoción, emocionándonos. Roberto Llamas y Manuel Alexandre fueron los otros dos fantasmas, y ambos lograron sendos triunfos personales, lo mismo que Pablo Sanz, quien nos gustó en su papel de director.
Pedro L. Ramírez había cuidado mucho la expresión televisiva de Fantasmas. Se notó en seguida. Se percibía en cualquier detalle... El guión fue ganando calidades cada jornada, y la realización, robusteciéndose, para lograr efectos no comunes en la secuencia del estudio cinematográfico, donde el clima pesaba con fuerza. [Viriato: “Crónica de Televisión: Fantasmas”, en Hoja del Lunes (Madrid), 16 de mayo de 1966, pág. 6.]
1964 es un año de intensa actividad televisiva pues también participa en Teatro de familia (TVE, 1962-1965), alternando la realización con otro exiliado de la pantalla grande: Ricardo Blasco. Los repartos y los guiones son variables, pero los tres episodios que dirige Ramírez —Pescando cónyuges, Invitados a cenar y Las chachas— están escritos por el veterano parodista Ramón Barreiro. Además, semanalmente realiza un sketch del azconinano Repelente niño Vicente, con guiones televisivos de Manuel Ruiz Castillo y el protagonismo del niño José Manuel Torremocha.
Haciendo buena su predilección por el género policiaco, dirige al menos once episodios de la serie de episodios autoconclusivos Tras la puerta cerrada (TVE, 1964-1965), emitidos los viernes, justo antes del telefilm estadounidense con el que muchas veces tiene que sufrir comparaciones. Su primera entrega, que además inaugura el programa el 10 de julio de 1964, es Comedia para asesinos. El episodio, protagonizado por Elena María Tejeiro, Antonio Casas, Paco Morán y Fernando Delgado, se adscribe a la fórmula de humor e intriga por la que ya se había decantado en su última etapa en el cine.
Tras la puerta cerrada, de James Endhard y adaptación de Suárez Rodillo que realizó Pedro L. Ramírez, es un estupendo ejercicio de histrionismo por lo que llene de “comedia sobre comedia”; a cambio, de misterio tiene poco, y de suspense, nada. Pero posee —esto sí— una buena carga pedagógica para que, al interpretar, den dos actores medida de su capacidad. Y éstos fueron, en la versión castellana, Antonio Casas y Elena Mario Tejeiro; ambos deben expresarse en sendos papeles de difícil matización, que ellos hicieron fácil. Todo lo demás es oscuro, convencional y artificioso. Pero eso es culpa del guión; nada más que del guión. Sin duda, Suárez Radillo hizo cuanto pudo por acoplarlo al gusto español. Y aplaudimos su esfuerzo lo mismo que el de Pedro L. Ramírez realizando. (En este aspecto nos gustó más la segunda mitad que la primera, donde abusó de las conmutaciones rápidas y secas, mareantes; hubo algún momento —en el diálogo Antonio Casas-Escola— en que los planos saltaban como pelota de pin-pon. Después la planificación entró en su tiempo de más tranquilidad y consecuencia...)
La interpretación de Tras la puerta cerrada fue en todos encomiable. Fernando Delgado y Francisco Morán estuvieron muy bien: y todos los demás no citados (Pedro Sempson, Escola, Blanca Sendino, Jesús Enguita y Lina Canalejas), francamente bien. Nos gustó el decorado —obra de Muñoz—, que “ambientaba” mucho, y la iluminación. dirigida, de César Fraile, que arropaba muy eficazmente la acción. [Viriato: “Crónica de Televisión: Comedia sobre comedia”, en Hoja del Lunes (Madrid), 13 de julio de 1964, pág. 6.]
Legítima defensa (TVE, 1964), de Paolo Levi, quinta entrega de la serie, que recibió una crítica mixta pero rematada en alto de Viriato:
Pedro L. Ramírez realizó el guión con un gusto selectísimo y absoluto dominio del tema que tenía entre manos y su “misterio”; de tal forma acentuó su quehacer que cada plano adjetivaba la acción y robustecía la literatura gracias al frasco de las imágenes logradas en base de conmutaciones suaves, oportunas, exactas de “momento”, logradas asimismo en fundidos encadenados o “secos” que hilvanaban el todo sin rupturas molestas y dislocadoras. Hubo algún raccord manido —el del cenicero y los pitillos al cigarrillo del “personaje misterioso”— pero eficaz y muy logrado de enfoque y “torna” y hubo siempre en Legítima defensa una dirección autorizada, una buenísima disposición de los personajes sobre los escenarios para producir “tiros” de excelente compostura dentro del “clima” del guión como pieza escénica, reforzando, por tanto, la calígine, sobre todo, en las escenas Merlo-Delgado. Gracias, además, a una iluminación rigurosamente sensacional, obra de Romay, quien dispuso las luces de manera perfecta hasta dar con ese claroscuro casi rembranesco. [Viriato: “Crónica de Televisión: Como llovido del cielo”, en Hoja del Lunes (Madrid), 10 agosto de 1964, pág. 6.]
Crimen en Fiske Manor fue protagonizado por Tota Alba y Ana María Noé:
Pedro L. Ramírez realizó con evidente consecuencia dentro del tema y su enjundia y con arreglo al ritmo caliginoso del drama, ahorrándonos el horror de los cierres en negro y yendo en busca de un encuadre obsesivo para mantener en la mente del espectador la angustia sin rupturas que desambientan y cortan el proceso. [Viriato: “Crónica de Televisión: Tras la puerta cerrada”, en Hoja del Lunes (Madrid), 5 de octubre de 1964, pág. 6.]
Desde finales de 1964 hasta la primavera de 1965, Tras la puerta cerrada se abona a las narraciones de William Irish, casi siempre adaptadas por Manuel Tamayo, salvo en el caso de La mujer fantasma, en el que Ramírez firma también la adaptación. El resto de títulos son: La puerta por dentro, La estilográfica, La hija de Endicott —“Pedro L. Ramírez tiene una forma muy clara de realizar, un estilo propio muy sugestivo y lleno de acierto. Sabe relatar con soltura evidente, con dominio de la especialidad, que logra en él acentos propios [Viriato: “Crónica de Televisión: Pedro L. Ramírez”, en Hoja del Lunes (Madrid), 14 de diciembre de 1964, pág. 6]— y El engranaje, episodio que cierra el programa el 14 de mayo de 1965. Como en toda esta entrega recurrimos a Viriato para calibrar el impacto que pudo tener en el espectador:
El asesinato involuntario, cometido bajo determinadas acciones y reacciones, coloca a Dick en una pendiente defensiva de difícil inhibición, que le convierte en ofensor enloquecido. Pedro L. Ramírez penetró muy bien en el complejo de este hombre y dirigió con tino y mesura ejemplares marcando a cada intérprete su mundo y su vida interiores; y a la obra, el “tempo” preciso y el ritmo necesario para que se hiciera presente la carga de emoción que, indudablemente, El engranaje tiene, así como una sorpresa final, cuyo acierto es evidente. [Viriato: “Crónica de Televisión: Desventuras de un buen hombre”, en Hoja del Lunes (Madrid), 17 de mayo de 1965, pág. 6.]
Los otros episodios de la serie fueron dirigidos por Chicho Ibáñez Serrador, Arturo Ruiz Castillo o Pedro Amalio López.
Estudio 3 (TVE, 1964-1965) está dedicado a los autores españoles contemporáneos. A Ramírez le caen en suerte Francisco Umbral —Balada del rey de oros—, su cómplice en repelencias vicentinas Manuel Ruiz Castillo —La taza de café—, Rodolfo Hernández S. de Payaruelo —Toda la vida—, su también cómplice Manuel Tamayo —La visita que llegó a las doce—, Antonio Colomer Prieto —La puerta que da al jardín— y Carlos Muñiz —El profesor Blumen—.
La última dedicación televisiva en España de la que queda constancia son tres realizaciones didácticas breves, con guiones de Javier Pérez Pellón, dedicadas a Los caminos del agua, El petróleo y Astilleros, encuadradas en el veterano programa Lecciones de cosas, que llevaba en antena, por lo menos, desde 1959. Pedro L. Ramírez viaja entonces a Perú, contratado como gerente del Canal 2 de la televisión limeña, inaugurado en junio de 1962. En los años sesenta fueron varios los intérpretes españoles que acuden a Perú a hacer las Américas:
José Vilar y más tarde su hermana Lola, dominaron varias telenovelas y teleteatros. El productor de telenovelas Fernando Luis Casañ, el pionero de programas policiales José Caparrós y el matrimonio de actores Marcela Yurfa y Jesús Aristu (ella era peruana y había hecho carrera en Europa, él sí era español) animaron varios programas en el canal 13, en el 4 y en el segundo canal 9. [Fernando Vivas Sabroso: En vivo y en directo. Una historia de la televisión peruana. Lima: Universidad de Lima, 2017, pág. 76]
En Lima permanece Pedro L. Ramírez durante dos o tres años. Cuando regresa a España, viene con un acuerdo para producir una telenovela al modo latinoamericano, por cuenta de Panamericana —la televisora de Genaro Delgado Parker— y la agencia española Movierecord. El material de partida está probado en todos los medios. La segunda esposa, de Luisa Alberca y Guillermo Sautier Casaseca, ha sido serial radiofónico, novela y drama teatral, todo en 1955. En 1969 se va a convertir en telenovela, realizada en Prado del Rey por el propio Pedro L. Ramírez, quien detalla algunas de las particularidades que debe tener la obra a fin de resultar apropiada para toda Hispanoamérica:
A diferencia de lo que aquí pasa, las “telenovelas” no son preferentemente cortas, como las que habitualmente estamos acostumbrados a ver en España, sino que para Hispanoamérica, han de ser por lo menos. de sesenta capítulos. Y de ahí para arriba. Luego, existen pormenores que, en contra también de lo que, cuando en sentido inverso se trata, no se descuidan: como son, por ejemplo, el que, los actores, han de pronunciar la “zeta” y la “ce” como si se trataran de una “ese”, ya que es así como la pronuncian los hispanoamericanos. [...] Otra de las preocupaciones a tener presente en la producción de estos espacios de televisión para el exterior estriba en que, en los diálogos de sus “telenovelas” no debe figurar nunca el verbo coger que, en algunos países, especialmente en la Argentina, tiene un sentido poco recomendable para figurar en el lenguaje de la televisión de dicho país.
Sin embargo, existe la ventaja de que Pedro L. Ramírez se conoce todo esto a la perfección. No en balde estuvo durante muchos años en varios países hispanoamericanos dirigiendo algunas emisoras de la televisión en la cadena Panamericana, y ahora aprovecha estos conocimientos en Televisión Española que le vienen muy bien en este difícil trabajo de la dirección y producción de programas para otros países, de más allá del Océano donde, según nuestras noticias, son muy bien acogidos y cuentan con una gran aceptación. [Ribas M. de la Vega-Inclán: “Las otras actividades de TVE que no vemos”, en El Diario de Ávila, 11 de marzo de 1970, pág. 10.]
No sabemos qué fue de ella porque el 9 de noviembre de 1971, el gobierno de Juan Velasco Alvarado expropió el 51 por ciento de las acciones de los canales de televisión. Viéndolas venir, Genaro Delgado Parker había dividido su propiedad en varias subempresas y el Estado sólo se hizo con el control de Panamericana Televisión, en tanto que los informativos estaban en manos de la Agencia Peruana de Noticias, los inmuebles pertenecían a la recién creada Inmobiliaria Panamericana y el los programas seguían siendo propiedad al cien por cien de Editora Panamericana Producciones. En cualquier caso, Pedro L. Ramírez hizo las maletas a tiempo.




