domingo, 15 de febrero de 2026

cámaras españolas en guinea (hermic films en los 50)

Los comentarios que habíamos leído sobre La puerta entornada (España en África Ecuatorial) (Santos Núñez, 1954) nos habían llevado a pensar en un refrito de imágenes de los documentales rodados por Manuel Hernández Sanjuán para Hermic Films una década atrás. En efecto, hay algunos planos espectaculares reciclados de la tala de árboles y acaso alguna vista general, pero la mayor parte del metraje es de nuevo cuño. No podía ser de otra manera cuando lo que se pretende es poner en evidencia el progreso de la acción colonizadora en África Ecuatorial.

Y eso que el principio no puede ser más brutal: la cinta se abre con la escenificación del suicidio del comisario regio Pedro Jover y Tovar tras firmar el Tratado del Muni de 1901, por el que España pierde, en beneficio de Francia, la mayor parte del territorio. En su momento, se dijo que había contraído una enfermedad nerviosa a causa de unas fiebres tropicales y que este había sido el motivo del fallecimiento. [“D. Pedro Jover”, en Las Provincias, 18 de noviembre de 1901.] La imagen resulta aún más poderosa por el veto al suicidio vigente en la década de los cincuenta en las pantallas españolas y porque no se resuelve mediante elipsis alguna. Vemos el disparo en la sien y un borrón de tinta —analogía de la sangre derramada— cae sobre el memorial que está redactando sellando así uno de los motivos de la argumentación del documental: el expolio al que ha sido sometida España. Más adelante, la expedición cinematográfica plantará su cámara en Gabón, donde ondea la bandera francesa, en tanto que el comentario ironiza con amargura sobre la afrenta que supone para España. Un cierre sobre el palacio del Pardo, en el que Carlos III firmó un tratado con Portugal por el que este país cedía a España amplios territorios en África Ecuatorial y actual residencia del “estadista que ha hecho posible nuestro resurgimiento” encadenado con un zoom al rostro de Franco —inalterable en un retrato— pretende suturar, gracias a una locución grandilocuente que invoca “la fe colectiva en nuestro destino recobrado”, el rosario de agravios internacionales que hemos ido contemplando a lo largo de una hora. Estos se han desarrollado también en el episodio trópico-ecuatorial de Herencia imperial (Manuel Hernández Sanjuán et al., 1951), donde se detalla el establecimiento, a finales del siglo XIX de Inglaterra en Nigeria, Alemania en Camerún y Francia en Gabón, cercenando la expansión colonial de España en África.

El patrocinio de José Díaz de Villegas, director general de Marruecos y Colonias, parece avalar la línea editorial de La puerta entornada, en la que encontramos algunas disidencias con respecto a la serie de cortometrajes de la década anterior, que constituyen el núcleo de Herencia imperial: Los espejos del bosque - Serie Guinea Española, núm. 65 (1945), En las playas de Ureka - Serie Guinea Española, núm. 87 (1947), Los gigantes del bosque - Serie Guinea Española, núm. 26 (1945), Médicos coloniales - Serie Guinea Española, núm. 73 (1946) y Balele - Serie Guinea Española, núm. 25 (1945).

En lugar de la visión fragmentaria de aquel ciclo, el mediometraje se pretende un compendio geográfico completo con el apoyo gráfico del imaginativo tratamiento de los mapas por parte de Antonio L. Padial, el grafista de No-Do: Fernando Poo, con incursiones en San Carlos, Santa Isabel, Santiago de Baney, Musola, Moka y Concepción; la isla de Annobón; la Guinea continental y Bata, su capital, Kogo (Villa Iradier), Malancha; las islas de Elobey Chico, Elobey Grande y Corisco. En cada uno de esos lugares se muestra el progreso económico que ha proporcionado a la colonia la presencia de España: nuevos muelles, iglesias, depósitos de combustible, maternidades, saltos de agua, escuelas, camiones Pegaso...

La labor misional es omnipresente, pero los aspectos militares y patrióticos quedan mucho más diluidos. De la primera, destacan el retrato del sacerdote que lleva toda su vida en Annobón, unos penitentes locales en una procesión de Semana Santa y una boda múltiple en un modestísimo templo en el que las botellas de cerveza sirven de floreros en el altar. En cuanto a la presencia militar, queda obviada en la mayoría de los casos a favor de las autoridades civiles. Apenas se recupera en el tramo final —con una significativa vuelta a Santa Isabel— con la jura de bandera de los hijos de los “coloniales”, aunque también es cierto que, en el ciclo inicial, sólo Al pie de las banderas - Serie Guinea Española, núm. 79 (1946) se podía calificar exclusivamente como de exaltación patriótica.

Destaca la presencia de cámaras cinematográficas a lo largo del documental, en alusión autorreferencial a la labor que el equipo está realizando. Frente a la etapa anterior, en la que los expedicionarios se van encontrando sobre la marcha con un modelo de cine colonial propio, a medio camino entre la propaganda y la etnografía, ahora se puede ver la influencia del paradigma consolidado por No-Do, al que remiten las imágenes de un colono con una pitón o de un partido de fútbol retransmitido por un locutor local desde la Emisora de Radiodifusión de Santa Isabel (ERSI).

La puesta al día del discurso se puede ver también en el tiempo relativamente corto que se dedica al tradicional balele en comparación con la larga secuencia del baile popular, donde las parejas bailan el boogie-woogie o el yimindaba, compuesto por el zimbabuense George Sibanda. Eso sí, Santos Núñez no se ahorra el comentario que hoy no dudaríamos en calificar de racista: “Otra particularidad de estos danzarines fenomenales es que no se cansan. Si se sientan, es para beber, cosa que también hacen en abundancia. Pero luego vuelven con mayor entusiasmo a la pista”.

En la boda múltiple que hemos mencionado antes se dan cita estrategias narrativas y dramáticas que desbordan en aspecto meramente reportajístico y didáctico de La puerta entornada. Cuatro mujeres ataviadas de blanco avanzan por un sendero del bosque. Las esperan, a la puerta de la rústica iglesia, sus cuatro prometidos. La cámara espera a las parejas en un lateral del altar, en una puesta en escena evidente. Entre los feligreses, hombres a un lado, mujeres a otro, y en bancos distintos los niños. El locutor habla de la “conmovedora ingenuidad” de los contrayentes, aunque al punto se crea un cierto suspense por cuenta de un traje blanco que falta para una de las novias. Por fin se encuentra uno y se resuelve el enigma. La muchacha que se negaba a casarse da tranquilamente el pecho a su hijo durante la ceremonia. Las parejas salen de la iglesia. La cámara las sigue en panorámica. Pero cuando han superado su emplazamiento, los contrayentes se vuelven y miran al operador, buscando su aprobación y deseosos con toda seguridad de terminar con la pantomima.

La estructura episódica del documental se ve reforzada por el uso de unas cortinillas un tanto toscas entre bloque y bloque. Aún más rudimentaria resulta la sonorización, realizada en los estudios Ballesteros. Es como si no existiera la posibilidad de mezcla y se hubieran buscado ambientes y fondos musicales ad hoc que irrumpen mediante corte abrupto en la banda sonora, sin solaparse nunca.

Lo mismo ocurre en Danzas de España en el Trópico (Alejandro Perla, 1954), otra producción de Hermic Films dedicada a documentar la visita de los Coros y Danzas de la Sección Femenina a Guinea Ecuatorial en los meses de abril y mayo de 1954. El cortometraje muestra a las jóvenes de los grupos de baile ataviadas con sus trajes regionales al descender del barco y desfilar por las calles de Santa Isabel. En San Carlos, asisten desde el porche del edificio del Consejo de Vecinos al desfiles de tropas coloniales. Luego, otra vez en barco hasta Bata. Para esta travesía han renunciado a los trajes tradicionales y llevan vestidos modernos —con faldas largas con vuelo, eso sí—, grandes sombreros de paja y gafas de sol. Así que ha pasado casi la mitad del metraje y aún no hemos visto a las chicas de Coros y Danzas en acción.

Tanguillos de Cádiz en Río Benito, ante la admiración de las monjitas morenas. Todo el [garbo] del sur de España dedicado a las sencillas gentes nativas, a nuestros rudos coloniales, hombres de las explotaciones forestales, de las fincas de café y de cacao, hombres acostumbrados a la soledad del bosque y que con su abnegado trabajo contribuyen a la prosperidad de nuestras posesiones.

Tal es el discurso editorial del cortometraje nunca validado por las imágenes, que presentan como contraplano de las danzantes, a un grupo de hombres blancos en la retaguardia de las mujeres, sentadas en dos filas que son las que verdaderamente parecen disfrutar del espectáculo.

Se menciona una actuación en la leprosería de Mikomeseng —que había sido objeto de Los enfermos de Mikomeseng  - Serie Guinea Española, núm. 75 (1946)—, pero sólo vemos a un grupo de mujeres con sus hijos. El contraste del baile reglado de la Sección Femenina con el balele, en el que las mujeres bubi danzan con los pechos al aire, resulta un tanto elemental. Más aún, la entrega de recuerdos como instrumentos musicales autóctonos y una lanza, cuya receptora contempla con escepticismo.

Los últimos metros se aprovechas para presentar maquetas de futuras edificaciones y obras en curso que nada tienen que ver con el motivo del documental, con lo que Danzas españolas en el Trópico se convierte en una de las entradas más anodinas de la serie dedicada a Guinea Española por Hermic Films.


Las tres películas pueden verse en Platfo:

https://filmo.platfo.es/content/cine-colonial/la-puerta-entornada-espana-en-africa-ecuatorial/play 

https://filmo.platfo.es/content/cine-colonial/danzas-de-espana-en-el-tropico/play

https://filmo.platfo.es/content/cine-colonial/herencia-imperial/play

domingo, 8 de febrero de 2026

esquíes, canciones y ósculos

 

Carmen Navascués y el cantante lírico Pedro Terol en Besos en la nieve (José María Beltrán, 1934)

De la realización y la fotografía de Besos en la nieve (1934) se responsabiliza José María Beltrán. Llegamos a parte de su minutaje porque formó parte del episodio de la serie Tiempo de Historia (Ricardo Blasco, 1975). Por lo que hemos podido ver, se trata de un documental sobre el esquí rodado en Guadarrama. El deporte ha comenzado a practicarse en 1908 con la creación del Club Alpino Español y ha ganado auge durante la década de los veinte, pero se populariza desde 1931, con la proclamción de la República. Para hacer más atractivo el material, la siempre imaginativa Rosario Pi decide introducir una levísima trama romántica que protagonizan el popular cantante lírico Pedro Terol y la bailarina y actriz Carmen Navascués, que se ha forjado como intérprete cinematográfica en las producciones parisinas de Paramount.

La parte documental se rodó sin sonido y se sincronizó posteriormente la partitura en los estudios CEA de Ciudad Lineal. Los mismos estudios cedieron el equipo a la productora para grabar las dos canciones y el diálogo en directo en la sierra madrileña. 

Un par de temas del maestro Luis Patiño —el vals Besos en la nieve y el fox Quiero un muñeco— buscan la conexión con el público y las sinergias con otras industrias culturales del momento, como la radio y las grabaciones musicales. El dueto arranca la primera:

—Tenga usted cuidao con los esquises, / que me ha lesionao en las narices. [...]
—Ya ve que yo no sé esquiar, / más sé con todo ardor amar.

La actriz presumía de afición a los deportes en la revista Cinegramas, sobre todo, equitación y tenis. Su relación con el esquí arrancó durante el rodaje:

Desde que hice en el Guadarrama Besos en la nieve, me aficioné extraordinariamente a los batacazos con los esquís. Lo que empecé haciendo por deber constituyó para mí una necesidad. Y siempre que podía me iba a la sierra en invierno a frotarme las manos y la cara con nieve. Hasta que un día el médico me recomendó reposo. ¡Pero, señor, si yo me canso cuando no hago nada! Por eso me gusta hacer películas donde haya que saltar mucho, montar a caballo, trepar por escaleras y formar estropicio. Todo lo que sea ruido y animación me encanta. ["A Carmen Navascués le hubiera gustado dedicarse a todos los deportes menos al más peligroso: el amor", en Cinegramas, núm. 42, 30 de junio de 1935.]


Besos en la nieve se estrena en el cine Capitol el 20 de marzo de 1934 como complemento de Storm at Daybreak (Tempestad al amanecer, Richard Boleslawski, 1933).
 
 
Filmografía de Rosario Pi:
 
Yo quiero que me lleven a Hollywood (Edgar Neville, 1932) productora
El hombre que se reía del amor (Benito Perojo, 1932) productora
Odio (Richard Harlan, 1933) productora
Besos en la nieve (José María Beltrán, 1934) productora
Doce hombres y una mujer (Fernando Delgado, 1935) productora, guionista y codirectora no acreditada
El gato montés (Rosario Pi, 1936) además, productora y guionista 
Molinos de viento (Rosario Pi, 1936-1939) además, productora y guionista 

domingo, 1 de febrero de 2026

filmografía invisible de la visibilizada rosario pi

El equipo de rodaje de El gato montés (1936)
Rosario Pi, a la derecha, en la segunda fila; junto a ella, la actriz Pilar Lebrón y el barítono Pablo Hertogs

La reivindicación de Rosario Pi como cineasta pionera arrancó mediada la década de los setenta, cuando se empezaron a rescatar películas realizadas durante la II República y el feminismo cobraba fuerza en la vida pública en España. En la última década, los estudios de género académicos han vuelto a impulsar su redescubrimiento, aunque en ocasiones parezca más importante dirimir si fue o no la primera mujer en dirigir una película en España que un acercamiento a su obra que valore tanto ésta como los distintos palos que tocó en la industria cinematográfica.

Las primeras noticias que tenemos de ella y de su tienda de moda y lencería en el número 59 del Paseo de Gracia barcelonés se remontan al año 1926. [El Día Gráfico, 21 de octubre de 1926.] Cuatro años más tarde, remata el negocio y se traslada a Madrid, donde, en principio, se habría dedicado a la misma actividad. Sin embargo, en el verano de 1931 se asocia con el actor Pedro Ladrón de Guevara y, con el apoyo financiero del mexicano Emilio Gutiérrez Bringas, ponen en pie Star-Film, que aúna bajo esta marca actividades de producción, distribución y representación artística. [Esteve Riambau y Casimiro Torreiro: Productores en el cine español: Estado, dependencias y mercado. Madrid: Cátedra / Filmoteca Española, 2008, págs. 757-758.]

Yo quiero que me lleven a Hollywood (Edgar Neville, 1932)
Foto: Macasoli, en Tararí, núm. 62, 7 de abril de 1932.

La realización de la “película ensayo sonoro” Yo quiero que me lleven a Hollywood (Edgar Neville, 1932), sonorizada en París, parece obedecer a este triple objetivo, al presentar un puñado de jovencitas que aspiran al estrellato sucintamente ataviadas con lencería que probablemente procediera del remate de la casa de modas barcelonesa.

Doña Rosario —recordaba Neville—, a pesar de una ligera enfermedad que le hacía andar con un bastón, tenía fama de productora, pero carecía, desgraciadamente, de cuenta corriente. Nunca pude averiguar cómo movilizaba cada diez o quince días un operador, unas cajas de negativo, unos proyectores y demás personal técnico que necesita una película. Por modesta que sea. Ni yo ni los artistas cobrábamos un céntimo, lo hacíamos todo por afición, por ayudar a esta atrevida señora. [Marino Gómez Santos: “Pequeña historia de grandes personajes: Edgar Neville cuenta su vida”, en Pueblo, 2 de mayo de 1962.]

La contratación en exclusiva de Rafael Rivelles y María Fernanda Ladrón de Guevara —hermana del otro socio de Star-Film—, procedentes de Hollywood, es el siguiente paso. Benito Perojo rueda con ellos El hombre que se reía del amor (1932) en los estudios Orphea de Barcelona, recién equipados para la filmación de películas sonoras. Los protagonistas están secundados por Rosita Díaz Gimeno, procedente de Les Studios Paramount en Joinville-le-Pont y futura protagonista de Angelina o el honor de un brigadier (Louis King, 1935), orquestada por Enrique Jardiel Poncela en Hollywood para la Fox.

El divorcio de María Fernanda Ladrón de Guevara y Rafael Rivelles da lugar a la contratación de Pedro Larrañaga para sustituir a éste en la siguiente película de la productora: Odio (Richard Harlan, 1933). Los interiores se ruedan en Orphea Film y los exteriores en Galicia, como corresponde a un libreto escrito por Wenceslao Fernández Flórez. [Jean-Claude Seguin: “Odio (1933): historia de una película desparecida (... otra más)”, en José Luis Castro de Paz y Jean-Claude Seguin (eds.): Wenceslao Fernández Flórez: Literatura y Cine. Lyon: Grimh, 2015, págs. 55-75.]

Aunque se ha venido datando erróneamente en 1932, el cortometraje Besos en la nieve fue rodado durante los primeros días de 1934 a juzgar por todas las informaciones periodísticas. Star-Film anunciaba con su realización la puesta en marcha de una serie de asuntos cortos que se quedaron en la cuneta, tal vez porque la producción de las cintas de largo metraje requirieron todos los recursos y la atención de Rosario Pi.

Heraldo de Madrid, 4 de agosto de 1934.
 
En verano de 1934 ya está en marcha la nueva producción de Star-Film, el regreso al cine de Irene López Heredia tras la apreciable pero antañona El golfo (José de Togores, 1917). El libreto de Doce hombres y una mujer (Fernando Delgado, 1935) ha sido escrito expresamente para la pantalla por la propia Rosario Pi, “la infatigable mujer de negocios que lo mismo organiza una empresa de la importancia de Star-Film, de la que es su gerente, que escribe un argumento muy cinematográfico como lo es éste”. [“Irene López Heredia hace su debut en el cinema”, en Sparta, núm. 8, 30 de noviembre de 1934, pág. 16.] En su crítica, Antonio Guzmán Merino destaca precisamente este apartado de la película:

El asunto de esta nueva producción nacional, más pretencioso que logrado en lo que se refiere a los valores dramáticos, tiene dos virtudes que son fundamentales en el buen cinema y que no abundan en el nuestro: mucha acción y poco diálogo. Se ve que el argumento está pensado en cine y no "aprovechado" para él, según va siendo norma peligrosa en la producción nacional. Por esta vez no estamos ante una comedia ni una novela convertida en "guión", con todos sus inevitables resabios literarios. El film es original en su primera inspiración; nació cine y se presenta a que lo juzguen como cine, sin escudarse en un nombre glorioso o en un éxito teatral. Esto nos lo hace simpático. Rosario Pi puede en algún momento haber forzado la verosimilitud de la acción y la psicología de los personajes; pero ha "visto" su argumento a través de la pantalla y lo ha sometido a las leyes del micrófono, en lo que al diálogo se refiere. Ese es el camino. La primera condición de un buen film es la rebeldía a la tutela literaria. El cinema no debe ser tributario de novelas y sainetes; tiene una personalidad bien acusada y no quiere vestirse con desechos, aunque sean gloriosos. [Antonio Guzmán Merino: “La semana cinematográfica: Rialto - Doce hombres y una mujer”, en Cinegramas, núm. 30, 7 de abril de 1935.

En una entrevista tardía —no sabemos si fiable o no— Irene López Heredia aseguraba que Fernando Delgado abandonó la película porque no había un duro y que terminaron dirigiéndola la guionista-productora, “que era una gran mujer”, y ella misma: “al final de cada rodaje me hacía pasar el celuloide que llevábamos ya rodado para irme corrigiendo sobre la marcha”. [Marino Gómez Santos: “Pequeña historia de grandes personajes: Irene López Heredia cuenta su vida”, en Pueblo, 28 de noviembre de 1958.]

Rosario Pi se prepara así para pasar a la dirección con El gato montés (1936), distribuida por Cifesa. El argumento es bastante convencional, alternando el drama de bandoleros y toreros —la mujer a la que aman ambos, Soleá, es como una Carmen sin malicia pero con idéntico destino trágico— y la pareja cómica que remeda los amores de los protagonistas. La tiple cómica, boricua luego afincada en México, Mapy Cortés, hace un papel de cinematófila empedernida que nos remite a la primera producción de Rosario Pi, el Yo quiero que me lleven a Hollywood, de Edgar Neville. Pero las escenas dialogadas se resienten de unas interpretaciones excesivamente deudoras del escenario y doña Rosario no consigue imprimir a estas secuencias el ritmo y la fuerza que sí que tienen otras en exteriores. El final necrófilo es lo más destacado, pero también el principio: los exteriores con los dos chavalillos gitanos y el estrambote, tan sencillos como hermosos.

Rosario Pi repite como realizadora con Molinos de viento (1939), rodada en los primeros meses de la contienda, pero no estrenada hasta después. María Mercader, la protagonista, se muestra extremadamente discreta en sus memorias [María Mercader: Mi vida con Vittorio De Sica. Barcelona: Plaza & Janés, 1980] y apenas menciona a Rosario Pi, con la que viajó primero a Francia y luego a Italia. Tras rodar L’Étrange nuit de Noël (Yvan Noé, 1939) María Mercader recibe una oferta para hacer cine Italia, donde no tardará en convertirse en una diva del cine de teléfonos blancos. Durante los años 1941 y 1942 protagoniza una media de ocho películas por año, rodadas en cuatro semanas y en situaciones cada vez más precarias a causa de la guerra. Algunas son parte del programa de coproducciones con España o producciones estrictamente italianas para un mercado español desabastecido por la situación en que se encuentran los estudios al finalizar la Guerra Civil. Además de proporcionar el primer impulso a la actriz en Italia hizo algunos trabajos subalternos: traducciones, labores de producción, acaso doblaje. Ramón Navarrete-Galiano, que estudió esta etapa en su tesis El cine republicano: el caso de Rosario Pi [2016], apunta que pudo estar implicada en los rodajes de La forza bruta (La fuerza bruta, 1940) y Il prigioniero di Santa Cruz (1940), las primeras que María Mercader interpretó allí a las órdenes de Carlo Ludovico Bragaglia. Hay una instantánea en la que aparece con María Mercader que parece corroborarlo... o puede que estuviera en el rodaje simplemente como representante o acompañante de la actriz.

María Mercader y Rosario Pi en un set de rodaje en Italia 

La relación de la actriz con Vittorio De Sica, casado y con una hija, complica la situación de la pareja sobremanera, a lo que hay que sumar el recrudecimiento de los bombardeos sobre Roma en 1943. España parece un buen refugio.

María recurre a Rosario Pi, que les propone realizar una serie de largometrajes en España. Pi les ofrece participar en el primero de ellos: El marido pobre. [“Artistas españoles que se reincorporan a nuestro cinema”, en Radiocinema, núm. 86, 30 de marzo de 1943.] Se trata de un guión escrito con anterioridad que habría de realizarse en carácter de coproducción, con protagonismo de la pareja y dirección de De Sica. El primer golpe de claqueta es inminente: marzo de 1943. [“Noticiario”, en Primer Plano, núm. 126, 14 de marzo de 1943.] Se llegan a contratar los estudios Orphea de Barcelona para comenzar el rodaje, pero los coproductores españoles dudan de la capacidad como director de Vittorio De Sica y el proyecto termina en agua de borrajas. La pareja regresa a la casilla de salida. [Aguilar y Cabrerizo: Vittorio De Sica. Madrid: Cátedra, 2015.]

Es probable que fuera entonces cuando Rosario Pi decidiera quedarse en Madrid, donde se convirtió en “puntal de la casa Marbel” [Pueblo, 14 de octubre de 1957], uno de los modistos que más frecuentó el cine español. Navarrete-Galiano detalla algunas otras actividades ajenas también al mundo del cine, como la composición a principios de 1950, bajo el seudónimo “Rizpay”, de varias canciones y la organización de los espectáculos Un chavalillo en el cielo y Sinfonía 2000 para la bailarina Rosita Segovia. [“En el teatro Gran Vía se presentó el espectáculo Sinfonía 2000, con Rosita Segovia”, en Pueblo, 24 de febrero de 1950, pág. 12.] Con el mismo seudónimo registra una obrita —12 folios— titulada El póker de la fortuna, pero en el correspondiente Boletín Oficial del Estado no consta su naturaleza y en el catálogo de la Biblioteca Nacional no se dice más.

En 1961 abre el restaurante-bôite Casanova en el número 76 del Paseo de la Castellana, donde la langosta thermidor y el “turbante de marisco al whisky” hacen las delicias de los noctámbulos.

Reivindicada en los últimos tiempos, la invisibilización no viene sólo de su condición de mujer, sino de la imposibilidad de ver casi toda su filmografía. Sólo El gato montés nos permite acercarnos a su modo de hacer. 

 

Filmografía de Rosario Pi:
 
Yo quiero que me lleven a Hollywood (Edgar Neville, 1932) productora
El hombre que se reía del amor (Benito Perojo, 1932) productora
Odio (Richard Harlan, 1933) productora
Besos en la nieve (José María Beltrán, 1934) productora
Doce hombres y una mujer (Fernando Delgado, 1935) productora, guionista y codirectora no acreditada
El gato montés (Rosario Pi, 1936) además, productora y guionista 
Molinos de viento (Rosario Pi, 1936-1939) además, productora y guionista 

 

domingo, 25 de enero de 2026

psicotronía ibérica

SOS Invasión (Silvio F. Balbuena, 1968) era en origen una producción de Lacy Internacional Films. La productora de José María Elorrieta solicitó el permiso del rodaje, con exteriores en Sintra y el Algarve e interiores en Madrid, el 14 de mayo de 1968. La dirección de Balbuena y el guión de José Luis Navarro Basso —con el que el realizador ya había escrito Prohibido soñar (1964) y Los celos y el duende (1967)— entraban desde el principio en la ecuación. Sin embargo, algo ocurre a finales de 1968, que todo el paquete de producción es transferido oficialmente a Internacional de Mercados Turísticos, S.A. (IMT), cuyo titular es Antonio José Viegas Ávila. [Archivo General de la Administración, caja 36/05014.]

La cinta se organiza narrativamente en torno a la elisión. No a la elipsis, que sirve para sugerir al espectador lo que se le hurta y provoca su participación activa, sino de la simple carencia de metraje para articular el relato. El argumento presenta a la frívola Susana (Mara Cruz) que acude a ver a su tío (Antonio Pica) para que le aconseje sobre su futuro matrimonio con un médico dietista (Taylor), con el que ha estado secuestrada en un castillo del Algarve por un grupo de robots femeninos procedentes de otra galaxia. Una vez más, la ausencia es el tropo fundamental de la conclusión: una turista foránea insiste al resto de los personajes en que acaba de ver un platillo volante que el espectador no verá nunca.

De ahí que la cinta se construya a partir de materiales de descarte: largos planos de recurso de la costa portuguesa o de la ciudad de noche rodados desde un coche, tomas dobles, panorámicas de algunas localizaciones que se repiten hasta la saciedad, planos de conversaciones montados “en eje” porque faltan los contraplanos e, incluso, algún inserto animado... Ante la falta de material, la montadora Maruja Soriano —habitual del cine de Jesús Franco, como Jack Taylor, el protagonista— parece incapaz de aportar la más mínima coherencia al relato y debió optar, de acuerdo con la productora y/o el director, por editarlo todo hasta alcanzar un metraje estándar, de modo que la continuidad queda confiada a algunos diálogos expositivos —en off— y a la partitura de Manuel Moreno Buendía.

La transferencia de titularidad no debió de solucionar los problemas económicos de la película, patentes en su realización, porque en 1971 Balbuena solicita a la administración que certifique el cambio de propiedad ya que tiene que plantear ante Magistratura de Trabajo una demanda para cobrar sus honorarios como realizador. [Ibidem.]

ricardo blasco: historia de una frustración (y 4)

Podemos entender los tres lustros comprendidos entre 1970 y 1985 como un largo ciclo en el que Ricardo Blasco se dedica a ahondar en la historia española de la primera mitad del Siglo XX, una suerte de berbiquí con el va profundizando según acumula materiales de archivo y la censura televisiva va abriendo la mano. Hoy olvidadas, España Siglo XX, Tiempo de España, Sombras del ayer y Memoria de España constituyen una meritoria labor de orfebrería en la que el material de archivo constituye el núcleo fundamental.

Hablaba Augusto Martínez Torres de "frustración". Sería ésta cinematográfica y en todo caso televisiva, pero no como ensayista en valenciano: "Los años setenta y ochenta resultaron para él prolíficos en sus investigaciones sobre la historia cultural de Valencia, y gratificantes por los premios recibidos. En 1983 publicó una de sus más celebradas aportaciones, La premsa del País Valencià (1790-1983)". [Gala Blasco Aparicio: “Blasco, Ricard”, en Kiosco Media Vaca: https://www.mediavaca.com/es/escritores/blasco-ricard]

A uno le interesa más su Introducció a la història del cine valencià, publicado en 1981 por el Ayuntamiento de Valencia. Es el momento de configurar nuevas identidades y Blasco busca las señas propias de una cinematografía prácticamente ignorada. Analiza los orígenes del cine en el territorio, bucea en la filmografía de los pioneros y destaca las figuras de Joan Andreu, Maximiliano Thous o Mario Roncoroni en el tránsito a la década de los veinte, cuando Barcelona pierde la hegemonía de la producción que hasta entonces había ostentado. Por ello, casi tres cuartas partes partes del volumen están dedicadas al periodo silente. La irrupción del cine sonoro supuso un duro revés para una incipiente industria carente de infraestructuras y de capital. El periodo republicano, está dominado por Cifesa, la gran productora del momento. Durante la Guerra Civil, la casa valenciana se dividió en dos: por una parte, el Consejo Obrero regía la empresa en la zona republicana; por otra, la familia Casanova seguía distribuyendo las películas desde Burgos y trabajando en noticiarios y otro material de propaganda para los sublevados.

Tras la Guerra de los Tres Años —según la expresión del autor, que también la emplea en sus trabajos televisivos— caracteriza la larga etapa franquista por un “cine valenciano que no hacen los valencianos”. Sus principales frutos serían: Entre barracas (Luis Ligero, 1948), Juzgado permanente (Joaquín Luis Romero Marchent, 1952), Cañas y barro (Juan de Orduña, 1954), Persecución hasta Valencia / Il sapore della vendetta (Julio Coll, 1968) o Pecados conyugales (José María Forqué, 1969). No olvida el emergente movimiento underground de los años sesenta. No obstante, los cineastas que caracterizarán el cine valenciano de la incipiente democracia, no proceden de esa cantera, sino que tienen orígenes diversos: durante la Transición Berlanga acentuaría los rasgos "falleros" de su cine —que se reduciría a la primera y, en todo caso, la segunda entrega de la trilogía Nacional—, Vicente Escrivá fractura el díptico en lengua vernácula El virgo de Visanteta / Visanteta esta-te queta (1979) y Carles Mirá aporta impulso renovador con La portentosa vida del pare Vicent (1978).

Más allá de los juicios de valor, Introducció a la història del cine valencià tiene el mérito de desbrozar el camino con humildad. Concluye Blasco: “Pedimos perdón y confesamos que confiamos en asistir pronto a un nuevo reverdecimiento del cine valenciano. El cual no ocupará muchas páginas en la gran historia universal del cine, pero, como que es el nuestro y no tenemos otro, no podemos olvidarnos él”. [pág. 66.]

Ricardo Blasco Laguna fallece el 8 de febrero de 1994.

Filmografía como ayudante de dirección:

La duquesa de Benamejí (Luis Lucia, 1949)
Currito de la Cruz (Luis Lucia, 1949)
De mujer a mujer (Luis Lucia, 1950)
El sueño de Andalucía / Andalousie (Luis Lucia / Robert Vernay, 1951)
Lola, la piconera (Luis Lucia, 1951)
Gloria Mairena (Luis Lucia, 1952) 
La hermana San Sulpicio (Luis Lucia, 1952)
Cerca de la ciudad (Luis Lucia, 1952)
Facultad de Letras (Pío Ballesteros, 1952)
Aeropuerto (Luis Lucia, 1953)
Morena Clara (Luis Lucia, 1954)
Un caballero andaluz (Luis Lucia, 1954)
Suspiros de Triana (Ramón Torrado, 1955)
La lupa (Luis Lucia, 1955)
La hermana alegría (Luis Lucia, 1955)
El piyayo (Luis Lucia, 1956)
Esa voz es una mina (Luis Lucia, 1956)
Un fantasma llamado amor (Ramón Torrado, 1956)
La vida en un bloc (Luis Lucia, 1956)
Los ladrones somos gente honrada (Pdro L. Ramírez1956)
El cantor de México / Le chanteur de Mexico (Richard Pottier, 1956)
Maravilla (Javier Setó, 1957)
Un marido de ida y vuelta (Luis Lucia, 1957)
La cenicienta y Ernesto (Pedro L. Ramírez, 1957)
¡Viva lo imposible! (Rafael Gil, 1958)
La venganza (Juan Antonio Bardem, 1958)
Luna de miel / Honeymoon (Michael Powell, 1958)
¿Dónde vas, Alfonso XII? (Luis César Amadori, 1958)
La casa de la Troya (Rafael Gil, 1959)
Carmen, la de Ronda (Tulio Demicheli, 1959)
Crimen para recién casados (Pedro L. Ramírez, 1959)
Fantasmas en la casa (Pedro L. Ramírez, 1959) 

Como director cinematográfico:

Noches andaluzas / Nuits andalouses (Maurice Cloche, 1953), director adjunto
Amor bajo cero (1960)
Armas contra la ley / Armi contro la legge (1961)
Autopsia de un criminal (1962)
Destino Barajas (1962)
Las tres espadas del Zorro / Le tre spade di Zorro (1963)
Gringo / Duello nel Texas (1963) 
El Zorro cabalga otra vez / Il giuramento di Zorro (1964)
Setenta y cinco años de historia (1976)
En TV:

30 grados a la sombra (12 episodios) (1964)
Escuela de maridos (24 episodios) (1964)
Estudio 3: Los vencidos (1964)
Novela: Antes del amanecer (1964)
Teatro de familia (24 episodios) (1964-1965)
Estudio 3: A mí lo que me tira es el comercio (1965)
Novela: Busco una mujer (1965)
Novela: Julieta y el hombre herido (1965)
Tú tranquilo: Blas no se chupa el dedo (1965)
Tal para cual (13 episodios) (1965)
Diego de Acevedo (13 episodios) (1966)
Escuela de matrimonios (3 episodios) (1967)
Protagonista el hombre (1968)
La fiesta del Señor (1968)
Ojos nuevos: Tele-revista religiosa (1969).
Tele-Club: La herencia (1970)
España Siglo XX (1971-1973)
Tiempo de España (1975)
Sombras del ayer (1979)
Memoria de España (1983)

domingo, 18 de enero de 2026

ricardo blasco: historia de una frustración (3)

Ricardo Blasco entra en televisión como realizador de las historias de humor de Noel Clarasó protagonizadas por Elvira Quintillá, Antonio Garisa o Zori y Santos: 30 grados a la sombra (1964), Escuela de maridos (1964), Tú tranquilo (1965) —“Clarasó acierta siempre y Ricardo Blasco no digamos” [“Viriato: “Tole-tole de la tele”, en Hoja del Lunes (Madrid), 6 de septiembre de 1965]—, Tal para cual (1965) y Escuela de matrimonios (1967). Además, dirige algunos episodios de las series Estudio 3 y Teatro de familia. Para el espacio Novela realiza Antes del amanecer (1964), Busco una mujer (1965) y Julieta y el hombre herido (1965). Sin embargo, su trabajo más ambicioso de esta etapa será una serie de aventuras históricas: Diego de Acevedo.

Al repasar la actividad de Julio Coll en TVE algo dijimos de la idea de la casa de realizar series filmadas con vocación transatlántica:

Con Historias de la gente ibérica, TVE inicia la producción continuada de una serie de telefilms con destino, no sólo a sus propias pantallas, sino a las de las televisiones de los países iberoamericanos. Los trece capítulos del serial Diego de Acevedo inician esta sucesión de telefilms que irán narrando, con veracidad histórica, la vida de gentes ibéricas de cualquier tiempo o geografía... La historia de Diego de Acevedo, en resumen, ha de ser la primera de las que, bajo el título general Historias de la gente ibérica, producirá Televisión Española para exhibir en sus propias pantallas y en las de los países hermanos y acaso también en las de otros pueblos de distinta raíz histórica, lingüística y cultural. [“Una producción de TVE: Historias de la gente ibérica”, en Tele Radio, 28 de marzo de 1966.]

Tras la fallida La familia Colón, Historias de la gente ibérica desapareció como ciclo. La vocación hispánica de TVE no se retomaría hasta la siguiente década, en el marco de la creación de la Organización de Televisiones Iberoamericanas (OTI). Sin embargo, Diego de Acevedo quedó para los restos como una producción ambiciosa que marcaría la pauta para que una década más tarde Televisión Española se midiera de tú a tú —al menos, en el mercado local— con la RAI y la BBC. [Federico García Serrano: “La ficción televisiva en España: del retrato teatral a la domesticación del relato cinematográfico”, en Archivos de la Filmoteca, núm. 23-24, junio-octubre de 1996, pág, 77.] Hoy en día, resulta complicado ponerse en la cabeza de aquellos telespectadores a los que se ofrecía un reparto estelar encarnando a figuras históricas, exteriores e interiores naturales, galopadas, combates y un gran despliegue de medios. La espectacularidad queda apenas mermada por algunas carencias en el número de figurantes, pero la planificación corta y próxima que impone la pequeña pantalla ayudan a disimular estos defectos.

Apenas anunciado el proyecto, la acogida es entusiasta:

Don Luis de Sosa es el autor de los guiones; Ricardo Blasco, su animador. Sobre ambas columnas, TVE asienta su producción de cara al exterior, de cara a los pueblos de nuestra lengua, de nuestro pulso, de nuestra sangre. De nuestro impulso... Tenemos mucha fe en la serie. Tenemos mucha esperanza en los resultados.
TVE, sintiéndose eso, española, ha dado de mano a cualquier otro intento más barato y cómodo, para enfrentarme, en cambio, con hombres y nombres de amplia resonancia hispánica. Estamos seguros por anticipado que un insobornable rigor histórico y un tacto previsto de ritmo televisivo animará los capítulos, que emocionarán en seguida a las gentes de más allá de la mar océano. Un vaho caliente, de fraternidad viva, operante y cordial prenderá en las antenas de media América, hablando el lenguaje común de cosas comunes de nuestra historia, porque TVE pudo haber iniciado sus series filmando para exportación temas de arte o de música, de elevada literatura o de mera diversión; pero ha preferido empezar, como cumple a su presencia en veinte países, con una cosa importante. a nivel de corazón. [“Viriato”: “La importancia de ser española”, en Pueblo, 25 de abril de 1966.]

El primer episodio, introducido por el guionista Luis de Sosa, presenta a Diego [Paco Valladares], criollo nacido en Lima y combatiente en la Guerra de la Independencia, que dicta sus memorias en la vejez. El relato se construye de este modo en tono de crónica episódica en la que el personaje, antes que protagonista, es testigo de la Historia e interlocutor de la Duquesa de Alba (Gemma Cuervo), Francisco de Goya (José María Escuer), Carlos IV (Luis Prendes), la reina María Luisa (Asunción Balaguer), Fernando VII (Emilio Gutiérrez Caba), Napoelón Bonaparte (Guillermo) Daoiz y Velarde (Fernando Guillén y Francisco Piquer) Simón Bolívar (Carlos Larrañaga) o José de San Martín (José Campos).
Enrique del Corral “Viriato” le concede el cum laude en el segundo episodio:

Nuevo episodio de Diego de Acevedo y nuevo éxito de esta serie de TVE, original de Luis de Sosa, dirigida por Ricardo Blasco, que ha encontrado la coincidencia exacta entre el cine-cine y el cine para televisión. ¡Con lo difícil que es eso y lo fácil que lo ha resuelto! El talento da Ricardo Blasco está ya más que demostrado. Está laureado al segundo capítulo de Diego de Acevedo, serie seria y digna. Como española. [“Viriato”: “Tole-tole de la tele”, en Hoja del Lunes (Madrid), 17 de octubre de 1966, pág. 6.]

Hay que recordar que Blasco tenía un modelo claro. Sus años en Cifesa habían sido los de esplendor del cine histórico, con Agustina de Aragón (Juan de Orduña, 1950) o La duquesa de Benamejí (1949) y Lola, la piconera (1952), dirigidas ambas por Luis Lucia y en las que el mismo Blasco había trabajado como ayudante de dirección, se sitúan todas en esta época, que invitaba a la exaltación nacionalista. Mientras en aquellas se metaforizaba la autarquía económica y el aislamiento internacional de España, aquí se buscan las raíces comunes que permitan afianzar el concepto de hispanismo —idioma, religión católica, hidalguía frente al “materialismo” estadounidense— que hará prevalecer el vínculo materno-filial más allá de los procesos de independencia en los que Bolívar y San Martín tomarán parte. La serie termina con la partida de éste hacia América y los votos por un nuevo encuentro con Diego de Acevedo, que se queda luchando en el ejército español: “¡Quién sabe! Tal vez llegará un tiempo en que volveremos a abrazarnos, a comprendernos las gentes de aquí y de América”. El final anuncia así una posible segunda parte que nunca llegará, pero ésta se repone, a razón de dos capítulos diarios, durante las Navidades de 1967.

Durante los dos años siguientes, Blasco parece reducido a la realización aseada de espacios en los que poco puede brillar, como Protagonista el hombre (1968), presentado por Rafael Gallo, y sendos programas religiosos: La fiesta del Señor (1968) y Ojos nuevos: Tele-revista religiosa (1969).

Hay que esperar al principio de la siguiente década para verlo embarcado en un proyecto de cierta ambición. España Siglo XX (1971-1973) se divide en tres etapas para contar los primeros setenta años de la historia de España. Ricardo Blasco se encarga de montar, a partir de material de archivos nacionales e internacionales los nada menos que noventa y dos programas que van del fin de la Gran Guerra al principio de la Guerra Civil española. El comentario corre a cargo del falangista Eugenio Montes, así que la ortodoxia ideológica está garantizada. Por más que el realizador no estuviera de acuerdo con este enfoque, para los restos quedará como la etapa de ”ideologización del programa hacia contenidos muy concretos que dieron una visión distorsionada o acomodada de los hechos históricos”. [Josep Maria Baguet: Historia de la televisión en España (1956-1975). Bellaterra: Publicacions de la Universitat Autònoma de Barcelona, 1993. pág. 217.] En su momento, los reseñistas televisivos apuntaron que Blasco imprimía “un nuevo estilo” al montaje de la serie, aprovechando la abundancia de material filmado sobre el periodo que le había tocado en suerte. [José de la Vega: “Televisión, comentario y noticia”, en Diario de Burgos, 13 de noviembre de 1971, pág. 10.] Vistos hoy algunos capítulos, está claro que la minuciosa confección de los mismos va mucho más allá de la orientación ideológica que se imprimiera a la locución. La excelencia de su trabajo quedó refrendada por un Premio Ondas de Televisión.

Sin embargo, la serie no cumple todo su recorrido. En junio de 1975, TVE anuncia que va a acometer un nuevo programa que cubriría desde principios de siglo hasta —ahora sí— el fin de la Guerra Civil. Se titula Tiempo de España y los guiones, elaborados con la colaboración de historiadores afines al franquismo y expertos en historia militar, como Ricardo de la Cierva, Jesús Salas Larrazábal o Joaquín Arrarás, están coordinados por Blasco que también se encarga de la realización. [“Tiempo de España”, en Pueblo, 13 de junio de 1975, pág. 34.] Hasta donde he podido averiguar, el último episodio emitido es el del 6 de octubre, correspondiente a la Revolución de 1934. La agonía de Franco influiría muy probablemente en la suspensión de la serie.

Blasco retoma el esquema en Sombras del ayer (1979), crónica de la vida cotidiana de los españoles durante el franquismo. Los cincuenta y dos episodios se montan con el material acopiado y no utilizado en España Siglo XX. En esta ocasión, se incorporan también entrevistas en color que contextualizan el material de archivo. Como tenemos un testimonio elocuente sobre su trabajo dejemos la palabra al responsable:

—En aquélla se pretendía contar la historia cronológica de los hechos más importantes que sucedieron en España desde que comenzó el siglo. Al fijarnos intensamente en esos sucesos trascendentes quedaba menos espacio para ocuparnos de un sinfín de hechos cotidianos que configuraron la realidad de aquellos años. Esos hechos son los que veremos en Sombras de ayer. Veremos, por ejemplo, cómo eran los abastecimientos, los gasógenos y la actitud de los españoles ante su propia miseria A través de películas veremos cómo el español se reía de su propia hambre.. Como ejemplos dispares puedo señalar también que en algún capitulo entrevistamos a un chófer de gasógenos y a la persona que vendía Margarita Pérez como muñeca símbolo. Habrá espacios monográficos donde un especialista hará un análisis del fútbol y los toros. Sin que estas monografías impidan que en otros capítulos puedan darse imágenes de fútbol, de toros o del flamenco; de las relaciones hombre-mujer o de Imperio Argentina. Quiero decir que el espectro temático es tan amplio como la propia realidad de aquellos años. Junto a éste, otros espacios se ocuparán de las famosas entrevistas que sostuvo Franco con Mussolini y con Hitler. [...] El programa no es de debate y porque tampoco puede invadir el campo a otros espacios como Tribuna de la historia. Nosotros nos limitamos a servir la noticia tal y como la presentaron los noticiarlos en su día. En la serie no pretendemos enjuiciar sino mostrar, mirando hacia atrás sin ira. No pretendemos adoctrinar a nadie. La realidad de aquellos años es insoslayable y cada cual puede sacar sus consecuencias.
—Y usted, personalmente, ¿qué consecuencias cree que se desprenden de aquellos años?
—Personalmente creo que se desprende una visión de la larga etapa de padecimientos y dificultades que sufrió el español medio. Una etapa larga y carente de atractivos. [Juan Carlos Soriano: “Pretendemos sólo mirar hacia atrás sin ira”, en Pueblo, 24 de mayo de 1979, pág. 34.]

¡Ay, destino trágico! Tampoco en esta ocasión la crónica del franquismo llegará al fin según lo previsto. En enero de 1980, Blasco sufre un infarto que le aparta de la moviola. Sólo hay dos programas más terminados, el dedicado al arte y la literatura de los años cuarenta, en el que aparece Ramón Gómez de la Serna, y otro que se centra en la vida nocturna, con la transformación, en la posguerra, de los cabarets en salas de fiestas. [“Crónica de televisión”, en Diario de Burgos, 24 de enero de 1980, pág. 12]

Veinte meses después, una vez superada la afección coronaria, Blasco vuelve a la carga con nuevos bríos, aunque ahora aquello de “mirar hacia atrás sin ira” queda totalmente descartado: “En mi nueva serie, Memorias españolas, que es su título de verdad y no Memorias de España, como salió publicado en un periódico, quiero contar todo aquello que el franquismo no me dejó decir en estos cuarenta años, aquello que no pide contar en las series España Siglo XX, Tiempo de España y Sombras del ayer. [Juan Carlos Soriano: “Se preparan dos importantes series documentales”, en Pueblo, 7 de octubre de 1981, pág. 40.] El realizador destaca la recopilación de documentos en archivos de Roma, Londres, Berlín, Moscú, Los Ángeles y Nueva York. Tras algunos solapamientos y malentendidos, con cambio en la dirección de TVE incluido, Memoria de España —título definitivo— llega por fin a la pequeña pantalla el domingo 10 de abril de 1983 a las nueve y media de la noche. Son dieciocho capítulos de una hora de duración. El primero se articula a modo de coloquio entre los asesores del programa —Manuel Tuñón de Lara, José Cuenca Toribio, Josep Benet, Alfons Cuco, Antonio Mará Calero y Gregori Mir— con Ricardo Blasco y el presentador y locutor de la serie, Fernando Rey. 

A pesar de una buscada equidistancia, algunas valoraciones sublevan a los que han visto con temor la llegada al poder de los socialistas. Tanto, que el diario El País le dedica su editorial del 25 de mayo de 1983:

Por una figura de dicción muy frecuente en nuestros momentos, y muy lamentable, los antiguos partidistas de la historia acusan de partidismo a los que no son de su partido. Se agarran a sus antiguos espectros. [...] Ven sus héroes rotos. No ven su historia rota: ven roto su presente y su porvenir. No es una disputa de teóricos o de científicos: es una guerra de políticos la que conducen. Políticos en perdición, en minoría. Hubieran querido que España tuviera su memoria: no aceptan la Memoria de España. Cuya realización, ideación y concepción en forma de crónica pueden ser naturalmente discutibles, y tienen muchos rasgos para ser discutidos. Pero que apenas aflora -y esa podría ser una de las causas de discusión- el combate contra una falsa historia de España que ha imperado durante una época de propiedad de su difusión. 

Por enésima vez, el programa queda truncado en 1935. Ricardo Blasco viaja a la República Democrática Alemana para conseguir materiales inéditos a fin de completar la última parte, que ahora se ampliaría a veintiséis episodios que deberían de mostrar la contienda en toda la geografía española desde la perspectiva de los dos bandos. Pero Blasco se jubila en 1986 sin haber completado su tarea o, al menos, sin que ésta fuera emitida. En 1986 se anuncia que un nuevo espacio titulado España en guerra (1987) cubrirá este periodo. En TVE, escribe su hija...

llevó a cabo una ardua y seria labor de búsqueda de materiales por todo el mundo para sus programas sobre la historia de España, España siglo XX y Memorias de España. Su verdadera pasión era el estudio de la historia, y nunca la abandonó. [Gala Blasco Aparicio: “Blasco, Ricard”, en Kiosco Media Vaca: https://www.mediavaca.com/es/escritores/blasco-ricard

domingo, 11 de enero de 2026

ricardo blasco: historia de una frustración (2)

Algo dijimos de la genealogía del Zorro cuando hablamos de los westerns de Joaquín Luis Romero Marchent. La venganza del Zorro y Cabalgando hacia la muerte / L’ombra di Zorro / L’ombre de Zorro, ambas de 1962, presentan algunas características propias. Hasta 1976 el personaje apareció en otros ocho títulos con participación española. Cuatro de ellos fueron producciones de Hispamer, la compañía de Silvia Morgan y Sergio Newman, con Italia: Las tres espadas del Zorro / Le tre spade di Zorro (1963) y El Zorro cabalga otra vez / Il giuramento di Zorro (1964), dirigidas por Ricardo Blasco; y La última aventura del Zorro / Zorro il dominatore (1970) y El Zorro de Monterrey / Zorro, la maschera della vendetta (1971), realizadas por José Luis Merino. Como de costumbre, en los guiones de la casa, todos ellos ostentan la firma de María del Carmen Román, que también coescribe con Merino El Zorro, caballero de la justicia / Zorro il cavaliere della vendetta (Luigi Capuano, José Luis Merino, 1971), aunque ésta figure como producción de la Cooperativa Cinematográfica Carthago.

Vamos con las dos realizadas por Blasco, que apenas toman de la novela seriada de Johnston McCulley la localización fronteriza y la idea del justiciero. Todo lo demás es un popurrí de temas caros a la literatura popular y a los seriales de aventuras: el tirano que explota al pueblo, la joven obligada a casarse contra su voluntad, los lugartenientes ineptos, los disfraces, la burla del poder, el rescate del patíbulo en el último instante... La pimpinela escarlata y Robín Hood, Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo en alegre promiscuidad. Esta inspiración queda revalidada por la existencia de un primer guión de la cinta titulado D’Artagnan contra D’Artagnan en el que también habría intervenido Antonio Fos. [Filmoteca Española, G-3939.]

Las dos aportaciones de Blasco al ciclo carecen de fuste, salvo por algunos apuntes puntuales en los que prefiero centrarme. De Las tres espadas del Zorro destaca la idea chaladísima del clímax: se celebra la boda (forzada) de la chica con el gobernador y a este no se le ocurre otra cosa que organizar para la ocasión un baile de disfraces. Unos cuantos invitados se presentan disfrazados de El Zorro para terror de los acobardados soldados del anfitrión. Uno de ellos es el auténtico Zorro, no el clásico petimetre don Diego de Vega, sino un humilde peladito que se pasa el día en la iglesia y ha decidido seguir la obra justiciera de otro de su misma condición social al que el gobernador apresó hace un porrón de años. Sin embargo, el momento álgido llega cuando, acosado por seis soldados, hacen su entrada en escena dos nuevos enmascarados: el viejo justiciero encarcelado y la ventera, que a su habilidad canora suma, inopinadamente, la de esgrimista. Haciendo bueno el título, los tres se enfrentarán contra todos y marcarán con una Z en la frente a los cabecillas. Aparte de un par de cabalgatas, es como si en ese momento el realizador hubiera vuelto a ser consciente de su labor y pretendiera que el público saliera del cine con buen sabor de boca.

Tampoco en El Zorro cabalga otra vez el personaje titular es el de siempre. Tras el asalto a una diligencia con hechuras de western cómico, se presentan dos “sospechosos”: un entomólogo cobardica y un criado mucho más señorial que los señores que le van a tocar en suerte al llegar a su destino, un grupo de revolucionarios militares, tan zafios como patanes. El negro destino de los hombres —el paredón— y el de las mujeres —a saber— es rectificado una y otra vez por el mayordomo, hasta que llegue el momento en que se destapa la identidad del enmascarado. Blasco lucha por darle movimiento al conjunto, aunque la concentración de gran parte de la acción en unos pocos decorados interiores va en detrimento de la naturaleza aventurera del relato. Quedan reforzados, en cambio, como en Las tres espadas del Zorro, los aspectos caricaturescos y las caracterizaciones bufas de los personajes, lo que termina aproximando las películas a la narrativa de los cuadernos de historietas, a veces ingenuas —o sea, bien—, a veces pueriles —o sea, mal—.

En Italia, país coproductor, las dos obtuvieron el nihil obstat para todos los públicos sin el más mínimo contratiempo. Por aquello de la minuciosidad, consulto el enciclopédico volumen de Pablo Mérida sobre El Zorro y otros justicieros enmascarados [Madrid: Nuer Ediciones, 1997], pero no saco nada en claro, más allá de las sinopsis detalladas y de la información de que ambas se estrenaron en Estados Unidos.

Entre la producción de uno y otro Zorro, Blasco asume la realización de un nuevo western fronterizo: Gringo / Duello nel Texas (Ricardo Blasco, 1963), célebre por haber supuesto la incorporación al género de Ennio Morricone. Roberto Martínez, apodado “Gringo” (Richard Harrison), es un texano adoptado por una familia de mexicanos afincados al norte de Río Grande. Cuando el padre es asesinado por tres bandidos que le roban su oro, Gringo regresa a Carterville. Sus hermanastros Elisa y Manuel (Sara Lezana y Daniel Martín), le advierten que el nuevo sheriff, Bruce Corbett (Giacomo Rossi-Stuart), no siente ninguna simpatía por los mexicanos, pero Gringo está harto de violencia y sólo desea que se impongan la ley y el orden. Lo va a tener difícil porque en el pueblo se ha tejido una red de complicidades que incumbe María (Mikaela), la dueña del saloon y su antigua amante, su nuevo socio (Barta Barri), dos hermanos borrachos y bastante impulsivos que frecuentan el local (Agustín González y Gonzalo de Esquiroz) y hasta el mismísimo sheriff. La espiral de violencia no ha hecho más que comenzar y no se detendrá hasta que el último implicado en el asesinato del padrastro de Gringo haya pagado por su crimen.

Suele leerse Gringo en su condición de pre-spaghetti western. [José Manuel Benítez Ariza: “El cineasta, la tonadillera y el poeta: confluencias en torno al cine de Ricardo Blasco”, en CaoCultura, 2021.] Sus virtudes residirían entonces, no tanto en el dinamismo de la realización de Ricardo Blasco o en la mayor o menor finura del guión, sino en sus similitudes y divergencias con el título fundacional: Por un puñado de dólares / Per un pugno di dollari (Sergio Leone, 1964). Sin embargo, también puede ser fructífero enfrentarse a ella como evolución del western hispano derivado de los Coyotes y Zorros de Joaquín Luis Romero Marchent. Es así como cobra auténtico sentido la ubicación fronteriza del relato —no olvidemos que el territorio de Texas estuvo integrado en el virreinato de Nueva España hasta entrado el siglo XIX—, la situación de marginación a la que se ven sometida los mexicanos con respecto a los ciudadanos de los nuevos Estados Unidos y las alusiones veladas de Gringo a su hastío por el desorden que impera al otro lado de la frontera... o sea, en México. A pesar de las sospechas que siembra el sheriff sobre la raza de los asesinos de su padrastro, sólo uno de ellos es un renegado del sur de Río Bravo en tanto que los otros dos terminaremos descubriendo que están entre lo más selecto de los texanos. El amor entre Gringo y Elisa, que nunca le ha visto como un hermano, garantiza el mestizaje de lo mejor de ambos mundos y satisface al espectador español, que tiene plenamente asumidos los códigos del western, pero que no está dispuesto a que se denigre a sus hermanos de ultramar.

Con este tríptico fronterizo, Blasco abandona la dirección cinematográfica y se centra en su nueva carrera televisiva. Eso sí, dos veces más volverá a trabajar con celuloide. La primera, precisamente en TVE, en la serie panamericana Diego de Acevedo (1965). La segunda es en un documental industrial para Iberduero, Setenta y cinco años de historia (1976), en el que el director habitual de la empresa, Fernando López Heptener, figura como director de fotografía. Más allá de algún rodaje puntual, parece que Blasco se hubiera encargado de ordenar el material de archivo y darle un sentido celebratorio en el aniversario de la empresa.