La muerte del escorpión (1976) supone el debut en la dirección de Gonzalo Herralde, hermano del editor Jorge Herralde, de Anagrama. Su paraguas empresarial es Producciones Septiembre, en cuya gestación intervendrá también el restaurador y promotor cultural Oriol Regàs. [Esteve Riambau y Casimiro Torreiro. Productores en el cine español: Estado, dependencias y mercado. Cátedra / Filmoteca Española; Madrid, 2008; pág. 678.] La productora interviene únicamente en dos largometrajes dirigidos por Herralde: el documental Raza, el espíritu de Franco (1977) y éste que nos ocupa.
Andrés Riera (Antonio Casas) es un productor de cine casado con Carmen (Teresa Gimpera), una actriz que dejó la profesión al contraer matrimonio. Carmen está liada con Luis (Eusebio Poncela), un guionista que se siente frustrado por el tipo de producciones que se ve obligado a escribir para Riera. Un día, ella recibe una postal en la que le hacen chantaje. Recurre entonces a un viejo amigo (Miguel Narros), abogado, para que haga el pago. En paralelo, Luis propone a Andrés un argumento que es esa misma historia e intenta convencerlo de que Carmen vuelva a ponerse ante las cámaras. Ficción y realidad no dejan de entrelazarse. Lo que empieza siendo una intriga de voluntad hitchcockiana con el cine como espejo de la vida se va complicando por caminos cada vez más evidentes que convierten el último tramo en una auténtica prueba de fuego de la suspensión de la incredulidad del espectador.
La película va a tropezar con algunos problemas administrativos que van a retrasar más de un año su estreno. Rodada en menos de cuatro semanas a principios de la primavera de 1975, Herralde pacta con José María Forn que este resuelva con su marca, Teide P.C. los trámites de la película toda vez que Septiembre Producciones aún no está legalizada. Cuando se solicita el cartón de exhibición por parte de ambas productoras, precisamente en septiembre de 1975, se les deniega porque en el formulario figura Teide P.C. únicamente con un 15% de la película y la productora de Herralde con el 85%. Forn asegura que ha sido un error al cumplimentar la solicitud, pero Herralde moviliza en paralelo a su asesor legal que, por mediación de Marcelino Oreja —por entonces subsecretario del Ministerio de Asuntos Exteriores—, se entrevista con el Director General de Cinematografía Rogelio Díez Alonso para intentar desfacer el entuerto. [Archivo General de la Administración, caja 36/05169.] No hay manera. El permiso de rodaje ha sido expedido a nombre de Forn y no existe otra posibilidad que la compra-venta de la película, lo que ocasionaría cuantiosos gastos añadidos que sumar al exiguo presupuesto, así que cuando la película se estrena en el Petit Pelayo barcelonés el 6 de diciembre de 1976, la única cartela que aparece en los créditos es la de Teide P.C.
La crítica barcelonesa responde a la propuesta como un solo hombre: “Film lúcido, apasionante e inteligentemente irónico”, escribe Jorge de Cominges en El Noticiero Universal; y Tomás Delclós, en Nuevo Fotogramas: “Un ejercicio inaudito, sin pretensiones, calladamente excepcional”. En Tele/eXprés Octavi Martí lo recomienda no solo a los interesados en el cine de género, sino a todos los amantes del cine”. Para cerrar este panorama crítico, cito por largo la crítica de José Luis Guarner en Cuadernos para el Diálogo:
A primera vista La muerte del escorpión es una cuidadosa descripción de cómo una araña teje su tela para atrapar a tres moscas; parece inscribirse, pues, en esa pequeña tradición del cine policíaco español... Pero dentro de ese contexto Gonzalo Herralde ha intentado una operación ambiciosa y original: al reducir deliberada e irónicamente los personajes a arquetipos y desarrollar la intriga con la fría precisión de un teorema, lo que se trata de ofrecer al espectador no es solo el documental de cómo se lleva a cabo un asesinato, sino también una lectura crítica de los mecanismos del género, y una reflexión sobre es peculiar antinomia entre la ilusión y la realidad que hace la naturaleza misma del cine.
Este aspecto metalingüístico y el protagonismo de Eusebio Poncela convierten la película de Herralde en una suerte de precedente iconográfico de Arrebato (Iván Zulueta, 1980).



























































