El equipo de rodaje de El gato montés (1936)
Rosario Pi, a la derecha, en la segunda fila; junto a ella, la actriz Pilar Lebrón y el barítono Pablo Hertogs
La reivindicación de Rosario Pi como cineasta pionera arrancó mediada la década de los setenta, cuando se empezaron a rescatar películas realizadas durante la II República y el feminismo cobraba fuerza en la vida pública en España. En la última década, los estudios de género académicos han vuelto a impulsar su redescubrimiento, aunque en ocasiones parezca más importante dirimir si fue o no la primera mujer en dirigir una película en España que un acercamiento a su obra que valore tanto ésta como los distintos palos que tocó en la industria cinematográfica.
Las primeras noticias que tenemos de ella y de su tienda de moda y lencería en el número 59 del Paseo de Gracia barcelonés se remontan al año 1926. [El Día Gráfico, 21 de octubre de 1926.] Cuatro años más tarde, remata el negocio y se traslada a Madrid, donde, en principio, se habría dedicado a la misma actividad. Sin embargo, en el verano de 1931 se asocia con el actor Pedro Ladrón de Guevara y, con el apoyo financiero del mexicano Emilio Gutiérrez Bringas, ponen en pie Star-Film, que aúna bajo esta marca actividades de producción, distribución y representación artística. [Esteve Riambau y Casimiro Torreiro: Productores en el cine español: Estado, dependencias y mercado. Madrid: Cátedra / Filmoteca Española, 2008, págs. 757-758.]
Yo quiero que me lleven a Hollywood (Edgar Neville, 1932)
Foto: Macasoli, en Tararí, núm. 62, 7 de abril de 1932.
La realización de la “película ensayo sonoro” Yo quiero que me lleven a Hollywood (Edgar Neville, 1932), sonorizada en París, parece obedecer a este triple objetivo, al presentar un puñado de jovencitas que aspiran al estrellato sucintamente ataviadas con lencería que probablemente procediera del remate de la casa de modas barcelonesa.
Doña Rosario —recordaba Neville—, a pesar de una ligera enfermedad que le hacía andar con un bastón, tenía fama de productora, pero carecía, desgraciadamente, de cuenta corriente. Nunca pude averiguar cómo movilizaba cada diez o quince días un operador, unas cajas de negativo, unos proyectores y demás personal técnico que necesita una película. Por modesta que sea. Ni yo ni los artistas cobrábamos un céntimo, lo hacíamos todo por afición, por ayudar a esta atrevida señora. [Marino Gómez Santos: “Pequeña historia de grandes personajes: Edgar Neville cuenta su vida”, en Pueblo, 2 de mayo de 1962.]
La contratación en exclusiva de Rafael Rivelles y María Fernanda Ladrón de Guevara —hermana del otro socio de Star-Film—, procedentes de Hollywood, es el siguiente paso. Benito Perojo rueda con ellos El hombre que se reía del amor (1932) en los estudios Orphea de Barcelona, recién equipados para la filmación de películas sonoras. Los protagonistas están secundados por Rosita Díaz Gimeno, procedente de Les Studios Paramount en Joinville-le-Pont y futura protagonista de Angelina o el honor de un brigadier (Louis King, 1935), orquestada por Enrique Jardiel Poncela en Hollywood para la Fox.
El divorcio de María Fernanda Ladrón de Guevara y Rafael Rivelles da lugar a la contratación de Pedro Larrañaga para sustituir a éste en la siguiente película de la productora: Odio (Richard Harlan, 1933). Los interiores se ruedan en Orphea Film y los exteriores en Galicia, como corresponde a un libreto escrito por Wenceslao Fernández Flórez. [Jean-Claude Seguin: “Odio (1933): historia de una película desparecida (... otra más)”, en José Luis Castro de Paz y Jean-Claude Seguin (eds.): Wenceslao Fernández Flórez: Literatura y Cine. Lyon: Grimh, 2015, págs. 55-75.]
Aunque se ha venido datando erróneamente en 1932, el cortometraje Besos en la nieve fue rodado durante los primeros días de 1934 a juzgar por todas las informaciones periodísticas. Star-Film anunciaba con su realización la puesta en marcha de una serie de asuntos cortos que se quedaron en la cuneta, tal vez porque la producción de las cintas de largo metraje requirieron todos los recursos y la atención de Rosario Pi.
El asunto de esta nueva producción nacional, más pretencioso que logrado en lo que se refiere a los valores dramáticos, tiene dos virtudes que son fundamentales en el buen cinema y que no abundan en el nuestro: mucha acción y poco diálogo. Se ve que el argumento está pensado en cine y no "aprovechado" para él, según va siendo norma peligrosa en la producción nacional. Por esta vez no estamos ante una comedia ni una novela convertida en "guión", con todos sus inevitables resabios literarios. El film es original en su primera inspiración; nació cine y se presenta a que lo juzguen como cine, sin escudarse en un nombre glorioso o en un éxito teatral. Esto nos lo hace simpático. Rosario Pi puede en algún momento haber forzado la verosimilitud de la acción y la psicología de los personajes; pero ha "visto" su argumento a través de la pantalla y lo ha sometido a las leyes del micrófono, en lo que al diálogo se refiere. Ese es el camino. La primera condición de un buen film es la rebeldía a la tutela literaria. El cinema no debe ser tributario de novelas y sainetes; tiene una personalidad bien acusada y no quiere vestirse con desechos, aunque sean gloriosos. [Antonio Guzmán Merino: “La semana cinematográfica: Rialto - Doce hombres y una mujer”, en Cinegramas, núm. 30, 7 de abril de 1935.
En una entrevista tardía —no sabemos si fiable o no— Irene López Heredia aseguraba que Fernando Delgado abandonó la película porque no había un duro y que terminaron dirigiéndola la guionista-productora, “que era una gran mujer”, y ella misma: “al final de cada rodaje me hacía pasar el celuloide que llevábamos ya rodado para irme corrigiendo sobre la marcha”. [Marino Gómez Santos: “Pequeña historia de grandes personajes: Irene López Heredia cuenta su vida”, en Pueblo, 28 de noviembre de 1958.]
Rosario Pi se prepara así para pasar a la dirección con El gato montés (1936), distribuida por Cifesa. El argumento es bastante convencional, alternando el drama de bandoleros y toreros —la mujer a la que aman ambos, Soleá, es como una Carmen sin malicia pero con idéntico destino trágico— y la pareja cómica que remeda los amores de los protagonistas. La tiple cómica, boricua luego afincada en México, Mapy Cortés, hace un papel de cinematófila empedernida que nos remite a la primera producción de Rosario Pi, el Yo quiero que me lleven a Hollywood, de Edgar Neville. Pero las escenas dialogadas se resienten de unas interpretaciones excesivamente deudoras del escenario y doña Rosario no consigue imprimir a estas secuencias el ritmo y la fuerza que sí que tienen otras en exteriores. El final necrófilo es lo más destacado, pero también el principio: los exteriores con los dos chavalillos gitanos y el estrambote, tan sencillos como hermosos.
Rosario Pi repite como realizadora con Molinos de viento (1939), rodada en los primeros meses de la contienda, pero no estrenada hasta después. María Mercader, la protagonista, se muestra extremadamente discreta en sus memorias [María Mercader: Mi vida con Vittorio De Sica. Barcelona: Plaza & Janés, 1980] y apenas menciona a Rosario Pi, con la que viajó primero a Francia y luego a Italia. Tras rodar L’Étrange nuit de Noël (Yvan Noé, 1939) María Mercader recibe una oferta para hacer cine Italia, donde no tardará en convertirse en una diva del cine de teléfonos blancos. Durante los años 1941 y 1942 protagoniza una media de ocho películas por año, rodadas en cuatro semanas y en situaciones cada vez más precarias a causa de la guerra. Algunas son parte del programa de coproducciones con España o producciones estrictamente italianas para un mercado español desabastecido por la situación en que se encuentran los estudios al finalizar la Guerra Civil. Además de proporcionar el primer impulso a la actriz en Italia hizo algunos trabajos subalternos: traducciones, labores de producción, acaso doblaje. Ramón Navarrete-Galiano, que estudió esta etapa en su tesis El cine republicano: el caso de Rosario Pi [2016], apunta que pudo estar implicada en los rodajes de La forza bruta (La fuerza bruta, 1940) y Il prigioniero di Santa Cruz (1940), las primeras que María Mercader interpretó allí a las órdenes de Carlo Ludovico Bragaglia. Hay una instantánea en la que aparece con María Mercader que parece corroborarlo... o puede que estuviera en el rodaje simplemente como representante o acompañante de la actriz.
María Mercader y Rosario Pi en un set de rodaje en Italia
La relación de la actriz con Vittorio De Sica, casado y con una hija, complica la situación de la pareja sobremanera, a lo que hay que sumar el recrudecimiento de los bombardeos sobre Roma en 1943. España parece un buen refugio.
María recurre a Rosario Pi, que les propone realizar una serie de largometrajes en España. Pi les ofrece participar en el primero de ellos: El marido pobre. [“Artistas españoles que se reincorporan a nuestro cinema”, en Radiocinema, núm. 86, 30 de marzo de 1943.] Se trata de un guión escrito con anterioridad que habría de realizarse en carácter de coproducción, con protagonismo de la pareja y dirección de De Sica. El primer golpe de claqueta es inminente: marzo de 1943. [“Noticiario”, en Primer Plano, núm. 126, 14 de marzo de 1943.] Se llegan a contratar los estudios Orphea de Barcelona para comenzar el rodaje, pero los coproductores españoles dudan de la capacidad como director de Vittorio De Sica y el proyecto termina en agua de borrajas. La pareja regresa a la casilla de salida. [Aguilar y Cabrerizo: Vittorio De Sica. Madrid: Cátedra, 2015.]
Es probable que fuera entonces cuando Rosario Pi decidiera quedarse en Madrid, donde se convirtió en “puntal de la casa Marbel” [Pueblo, 14 de octubre de 1957], uno de los modistos que más frecuentó el cine español. Navarrete-Galiano detalla algunas otras actividades ajenas también al mundo del cine, como la composición a principios de 1950, bajo el seudónimo “Rizpay”, de varias canciones y la organización de los espectáculos Un chavalillo en el cielo y Sinfonía 2000 para la bailarina Rosita Segovia. [“En el teatro Gran Vía se presentó el espectáculo Sinfonía 2000, con Rosita Segovia”, en Pueblo, 24 de febrero de 1950, pág. 12.] Con el mismo seudónimo registra una obrita —12 folios— titulada El póker de la fortuna, pero en el correspondiente Boletín Oficial del Estado no consta su naturaleza y en el catálogo de la Biblioteca Nacional no se dice más.
En 1961 abre el restaurante-bôite Casanova en el número 76 del Paseo de la Castellana, donde la langosta thermidor y el “turbante de marisco al whisky” hacen las delicias de los noctámbulos.
Reivindicada en los últimos tiempos, la invisibilización no viene sólo de su condición de mujer, sino de la imposibilidad de ver casi toda su filmografía. Sólo El gato montés nos permite acercarnos a su modo de hacer.




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