domingo, 13 de agosto de 2017

jerónimo mihura (15)


La popularidad de de Zori, Santos y Codeso a partir del estreno de la revista La blanca doble en 1947 resulta apabullante. El éxito se redoblaría en 1950 con Pescando millones. Era cuestión de tiempo que “los chicos”, como se los conocía popularmente, llegaran al cine. Lo harían en 1957 de la mano de Jerónimo Mihura en una adaptación de comedia de Honorio Maura, adaptada al estilo interpretativo del trío cómico por José Muñoz Román, empresario del Teatro Martín y autor habitual de los libretos de sus revistas.

La comedia es Las desencantadas, estrenada por Antonio Vico y Carmen Carbonell en 1934. Trataba en ella Honorio Maura, de modo jovial, el candente tema del divorcio y recurría, como decorado principal, a una especie de sanatorio femenino, en la que la mujer puede descansar en ausencia de hombres. La llegada de los dos maridos al gineceo provoca una revolución femenina en la que el vodevil y el juguete cómico se alternan, antes de la reconciliación final. Luis Marquina, que actúa como productor de esta adaptación cinematográfica, había preparado un guión técnico para rodarlo el mismo en los estudios Roptence en 1951 con otro reparto totalmente diferente. De modo que el margen de maniobra de Jerónimo Mihura, emparedado entre la planificación previa de Marquina y la lógica libertad que reclaman sus protagonistas, avezados en el contacto diario con el público, debió de resultar mínimo. Cuenta eso sí, con la complicidad de los dos libretistas, pues Marquina es un viejo compañero de generación y Muñoz Román es un condiscípulo que ha ingresado al mismo tiempo que él en el Cuerpo de Correos.

El planteamiento, por tanto, no puede estar más claro. De Jerónimo se demanda que sea un Norman Z. McLeod al servicio de los Marx o un Mario Mattoli al de Totò. Un director, en fin, que deje espacio a los cómicos para que estos puedan desarrollar sus bien conocidas rutinas y su capacidad de construir las situaciones a partir de sus propios personajes. Sin embargo, Zori, Santos y Codeso no son capaces de crear ese ambiente de caos irreversible que impera en las cintas de los Marx y de Totò. Y Jerónimo no necesita correr en pos de ellos para alcanzarlos.

El movimiento está marcado por el propio argumento: Arturo (Santos) y Carlos (Zori) son dos maridos que se pasan el día –y la noche, claro- de farra, sin que sus dos sufridas esposas –Rosalía (Tony Soler) y Lola (Carolina Jiménez- se enteren de la misa la media. Su compañero de juergas es Enrique (Codeso), propietario de un bar y comprometido con Pilar (Lucía Prado), aunque tiene en su casa viviendo a una chica y a su madre. Todo se complica cuando Pilar y su madre –la de Pilar- (Matilde Muñoz Sampedro) se presentan en casa y, a pesar de la estratagema urdida por Arturo, todo termina descubriéndose. Las mujeres se refugiarán entonces en El Espinar, una finca donde los hombres tienen prohibida la entrada, pero a la que accederán los tres amigos lanzándose en paracaídas.

Tras disfrazarse como tres favoritas de un jeque que las ha dejado por otra, vuelven a las andadas con la doncella de la institución (Concha Velasco), a la que no dudan en empujar en un columpio. Ante tamaña demostración de lascivia, los chicos reciben un nuevo escarmiento antes de regresar a sus casitas, de donde ya no podrán salir ni con la excusa de un consejo de administración.
Amante del slapstick desde su juventud, Jerónimo aprovecha el lanzamiento en paracaídas de los muchachos sobre la finca donde reposan las mujeres lejos de los hombres que las traen a mal traer, para intentar algo en esta línea. Pero son escenas que aparecen a ramalazos, como el ballet de los reyes de la baraja –propiciado por un sueño- o el número musical que sirve para contar el encuentro entre Enrique y Pilar. Las plantillas se van sucediendo así en las pantallas, sin solución de continuidad, al servicio de las gracias de los tres comediantes y de la belleza de las mujeres, lo que nos da ocasión para ver en acción a una jovencísima Concha Velasco, en el papel de doncellita de la finca de reposo.

La otra intervención sorpresa es la de un Fernando Fernán-Gómez con barba postiza en el papel de Ramírez, unas especie de Ernesto wildeano, que estábamos tentados de creer que no fuera más que una entelequia creada por los maridos para justificar sus juergas. Con este guiño se cierra una cinta que, como diría Tono, “no es una película más, sino una película menos”.

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