lunes, 17 de abril de 2017

el 600, icono de la cultura popular (8)



Películas con 600

Don Carlos Proharán (Pedro Porcel) tiene uno de los primeros modelos de 600 salidos de la factoría de la Zona Franca y eso que él es abogado. En El cochecito, tercera película dirigida en España por el milanés Marco Ferreri, el coche de nuestros desvelos aparece en dos escenas. En una de ellas, don Anselmo, el latoso padre (José Isbert), es introducido a empellones en el vehículo para devolver a la ortopedia el cochecito del título, que es uno motorizado, pero de inválido.
—¡Yo hay no subo! ¡Yo voy en mi coche! —protesta el anciano.

El abogado se muestra inflexible y el pasante y futuro yerno (José Luis López Vázquez) debe hacerse cargo del cochecito de inválido con evidente fastidio. El uso familiar del seiscientos queda reflejado en la escena en la que José Isbert se queda en casa en lugar de ir con la familia al campo. A través del balcón contempla el parque móvil familiar: Vespa con sidecar para López Vázquez y su novia (una primeriza Chus Lampreave) y el seiscientos en el que entra toda la familia, cañas de pescar y maleta de picnic incluidos.

A pesar del protagonismo compartido con otros vehículos, una de las películas que mejor retrata al seiscientos es Accidente 703, dirigida por José María Forqué en 1962. Se trata de una de esas historias entonces habituales en la cinematografía europea construidas mediante episodios entrelazados en el que diferentes historias personales ilustran un tema común. Un camionero con una novia en cada muelle de carga, una pandilla de jóvenes alocados que deciden batir un récord de velocidad Barcelona—Madrid y vuelta, un atribulado contable con la nómina y toda clase de temores a cuestas y una pareja de recién casados de Alhama de Alagón confluyen tras varias aventuras de tono misceláneo en un accidente en la Nacional II.

Don Jesús (José Orjas) regala a los novios (José Luis López Vázquez y Maite Blasco) el tan deseado coche. Lo trae al banquete un auténtico vendeseiscientos —por no decir vendemotos— interpretado con gracejo inimitable por Manuel Alexandre. Se autopresenta —“García, compraventa de coches colegiado”— y enseguida comienza a alabar las excelencias del vehículo: “Ya le dije que era una ganga. Ahí nos está esperando la joyita. Bujías de primera calidad”. García llama pomposamente la baca “portaequipajes inamovible” y explica que va “reforzado con séxtuple sujeción a ventosa”, para culminar con un estentóreo: “¡Y el delco! ¿Qué me dice usted del delco?”. A lo que López Vázquez replica: “¿Yo? Nada”.

El viaje de novios va a resultar más concurrido de lo que esperaban los recién casados, pero es lo mínimo que exige el espectador de una comedia coral española de la época. Lo de menos es el cura autostopista; lo que de verdad apabulla a la pareja es la tía Sagrario (Guadalupe Muñoz Sampedro) empeñada en rezar tres padrenuestros a San Cristóbal por la seguridad del viaje.

El 600 D tiene una bravísima pero jugosa participación en 1965, en La ciudad no es para mí, la primera película en que Pedro Lazaga dirigió al popularísimo cómico Paco Martínez Soria y la que sirvió para establecer el tipo que irían repitiendo a lo largo de los años. Como es habitual en tantas películas de la época arranca con un prólogo en el que se dan mitad en guasa, mitad en broma una serie de datos estadísticos sobre la automoción en una gran ciudad, para el caso, Madrid: tantos millones de habitantes, tantos vehículos, tantos baches... El bullir ciudadano tiene su correlato en la puesta en escena con esta locución ametrallada y la utilización de la cámara rápida. En este vértigo, José Sazatornil Saza es un anónimo ciudadano medio que vive el acelerado ritmo de la ciudad. 

Cuando va a coger el coche, el locutor le interpela:
—Espere, hombre. ¿Adónde va?
—A la otra oficina —contesta Saza, con la llave en la mano.
—¿Tiene dos empleos?
—No, señor. Cinco. Si no, ¿de dónde iba a sacar para el televisor, la nevera, el colegio de los niños y el Seat?
—Pero así no va a llegar a viejo.
—Y a usted, ¿qué le importa? —le espeta Saza.
—Tiene usted razón, perdone.
—Perdonado.

Saza monta en su 600 D y se pierde entre el fragor del tráfico madrileño. ¡Cómo cambian los tiempos! Sólo cinco años antes los señoritos canallas de 091, policía al habla, —una vez más Forqué en la dirección y Manuel Alexandre como intérprete— salen de una sala de fiestas bebidos y se estampan contra una farola de la Castellana, entonces Avenida del Generalísimo, unos cientos de metros más debajo de donde se encuentra la sede de la Seat. La ciudad está completamente desierta; así que hay que tener puntería.

Viene cronológicamente a continuación una ocasión perdida de visitar la Seat en el espectacular formato de 70 mm. En 1966 Vicente Escrivá propone al INI realizar una película coescrita con José María Sánchez Silva, Enrique Llovet y Mingote. Retrataría el viaje de estudios de fin de carrera de un grupo de estudiantes de ingeniería y su encuentro con un autobús de chicas procedentes de Alemania. Se solicitaba al INI permiso para rodar en algunas empresas. No debemos perder de vista el objetivo netamente propagandístico de las potencialidades turísticas e industriales —que al parecer no tenían porque entrar en colisión en una época en que el desarrollo sostenible era sólo una perra de naturistas—. Se pedía también al Instituto que proporcionara los vehículos de producción, los que aparecerían en la película —una furgoneta para los chicos y un autobús para las chicas— y el alojamiento y manutención de unas treinta personas de quipo durante las doce semanas del rodaje. El CEEYS responde afirmativamente y recomienda que en el guión se incluyan visitas a Ensidesa, la Empresa Nacional de Turismo, Astilleros de Cádiz y Seat. La empresa no prosperó.

Se suele asociar el 600 al coche estudiantil de la época de oro del género: los sesenta. No hay para tanto. Aunque se suele mencionar en las filmografías, el 600 brilla por su ausencia de una película inaugural como Margarita se llama mi amor, dirigida por Ramón Fernández en 1961. La Ciudad Universitaria madrileña donde tiene lugar la historia aparece como un páramo automovilístico, con sus avenidas desiertas. Salvo el despampanante deportivo rojo —un Seat 1400 cabriolet carrozado por Pedro Serra— de Margarita (Mercedes Alonso), que para algo es una chica pudiente, el resto de los estudiantes se tiene que conformar con la moto con sidecar. Esto los que tienen cierta autonomía porque el medio de transporte por excelencia es el tranvía y para trasladarse del Colegio Mayor a la facultad recurrirán a medios de transporte tan variopintos como trepar al camión cisterna del Ayuntamiento.

Para el hijo universitario de La gran familia, en 1960, es más un sueño ligado a la licenciatura y para los estudiantes salmantinos de Nueve cartas a Berta constituye el sustituto posible del coche “de verdad” al que les gustaría acceder. Si saltamos unos años en el tiempo, Los chicos del Preu han mejorado de situación pero tampoco el seiscientos es su vehículo. Los repetidores han pintarrajeado con empeño hippie —tuneado dirían hoy— un Citröen 4/4 y en cambio, Karina, hija de familia bien, tiene un Simca 1000 que le ha regalado “papurri por el ingreso en el Preu”, con la promesa de que si lo aprueba, habrá descapotable. En la fiesta de fin de curso hay algún seiscientos aparcado, pero si hemos de dar algún crédito al olfato del productor Pedro Masó —que siempre lo tuvo— deberemos concluir que ya —o a lo mejor todavía— no era en 1967 el medio de locomoción de los “estudiantes”.

En el propio mundo del cine quien tenía un seiscientos tenía un tesoro. Manuel Summers realiza su primera película, Del rosa al amarillo, en 1964 y el seiscientos comprado con su sueldo de humorista en el diario Pueblo, sirve de coche de producción. En algunas escenas de los juegos de los niños, rodadas en la calle Juan Bravo, aparece uno de fondo que supongo que sería el suyo.
Otro compañero de generación, Miguel Picazo, realiza en 1964 La tía Tula, actualización de la novela de Miguel de Unamuno. Hay una escena homenaje a El Jarama, la novela de Rafael Sánchez Ferlosio, con una merendola junto al río que termina en trifulca. Hay alguna bici y el ruido omnipresente de las motos que casi tapan el diálogo. Al final, un solitario seiscientos se lleva a una de las chicas.

Si la provincia del cine español de la época es aún un mundo ajeno a la motorización, anclada en el tiempo, por la cual asoman de vez en cuando estupendos coches americanos de gentes en busca de tipismo, la ciudad se irá llenando de seiscientos que rara vez juegan un papel de importancia. Summers se lo concede en El juego de la oca, porque es el escenario de los encuentros adúlteros de la pareja protagonista.

Con el cambio de década las localizaciones estarán plagadas de seiscientos, pero siempre como un telón de fondo rugiente. Si acaso, como objeto de compra-venta por parte de algún desaprensivo. Vale como ejemplo Las secretas intenciones, de 1970. Jean-Louis Trintignan persigue a Haydeé Politoff por la Castellana. Él conduce un estupendo descapotable; ella lleva un ciclomotor. Los seiscientos son sólo vehículos a sortear durante la persecución, estorbos para su encuentro.

Desde finales de los setenta hasta hoy, el seiscientos se ha convertido fundamentalmente en un elemento de ambientación. La aparición del “seílla” sitúa la época de la acción y adquiere tintes sociológicos. Tomemos como ejemplo Torremolinos 73, dirigida en 2002 por Pablo Berger, donde Alfredo (Javier Cámara) y Carmen (Candela Peña) triunfan con el porno casero. Sus primeras inversiones serán un abrigo de pieles y un 600 E.

Viva la clase media, realizada por José María González Sinde en 1979, retrata la lucha de la juventud burguesa de los años sesenta en busca de un resquicio de libertad. El seiscientos supondrá para los personajes interpretados por Emilio Gutiérrez Caba y Enriqueta Carballeira la posibilidad de mantener sus primerizos escarceos eróticos. También en El sacerdote, de Eloy de la Igleisa, rodada en 1978 pero ambientada en la España posconciliar del referéndum de la Ley Orgánica del Estado, el cura y la mujer insatisfecha con su matrimonio encarnados por Simón Andreu y Esperanza Roy intentan consumar su amor prohibido en un seiscientos, aunque el escarceo finaliza abruptamente con la aparición en el desolado paisaje de una pareja de la benemérita.

Similar papel tiene el pequeño automóvil en uno de los episodios de Kargus, dirigida en 1981 al alimón por Juan Miñón y Miguel Ángel Trujillo. Los intentos de Antonio Gamero por encamarse con su novia, adquieren tintes de tragedia grotesca cuando pide prestado a un amigo que tiene una autoescuela uno de los coches y para lograr sus propósitos eróticos debe apañárselas para que su novia no descubra el truco.
En la adaptación de Forqué de Maribel y la extraña familia, realizada en 1960 al rebufo del éxito teatral de la comedia de Miguel Mihura, no había ni rastro del seiscientos. En la nueva versión cinematográfica Cásate conmigo, Maribel, estrenada en 2003, las tres pilinguis amigas de Maribel viajan a Almazán en un 600 D de color blanco.

Tengo la impresión de que los Fiat 600 han tenido más suerte en el cine que sus primos de la Seat, pero es que la comedia a la italiana de los años sesenta afronta los vicios del ciudadano medio con más valentía y humor que la comedia coetánea española. Desde el Alberto Sordi de El médico de la mutua que según consigue la plaza estalla: “¡Ya tengo el 600!”, hasta el Ugo Tognazzi de Monstruos de hoy, que lo primero que hace al comprar el automóvil es poner el retrato de los niños en el salpicadero y recoger a una trotera a la puerta del concesionario.

No me resisto, para cerrar este capítulo, a citar un breve intercambio en una coproducción hispano-italiana de 1961 titulada Los motorizados. Nino Manfredi sale en plan dominguero con su mujer y su suegra de madrugada para no encontrar caravana. Cuando regresan, a las diez de la mañana, los demás están, efectivamente, embotellados.

Nino: Yo no soy un esclavo del coche.
Su mujer: Acaba, hombre, que cuando has tenido que elegir entre un hijo y un 600 has preferido el 600. Eres un desnaturalizado.
Nino: Pero os queréis callar. No os he traído para que me atontéis.
Su mujer: A mí, que me marea el coche, me hubieras podido dejar delante, ¿no?
Nino: Ah, sí. Así el coche estaría desequilibrado. No soy ningún memo. Ella, que pesa más, delante, donde no está el motor y tú atrás, en el medio. El rodaje es una cosa muy importante. Yo no estoy aquí para divertirme. Además, ¿no sabes que el sitio cerca del conductor es el más peligroso en caso de accidente.

La mirada que le lanza la suegra es para verla.

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