domingo, 22 de octubre de 2017

josé buchs (2)


Emparedada entre el cine de corte naturalista –Pilar Guerra (1926)-, teatral –El abuelo (1925)-, taurino –Pepe-Hillo (1928)- e, incluso, histórico –Prim (1930)- que José Buchs practicó en esta etapa, Una extraña aventura de Luis Candelas (José Buchs, 1927) parece no satisfacer siquiera a los pocos defensores del director cántabro. Y, sin embargo, estamos ante una muy sólida película de aventuras derivada del folletín decimonónico. Se trata de una peripecia apócrifa inserta en la azarosa vida del legendario ladrón madrileño Luis Candelas, de la que se reproduce, a modo de inserto en la trama principal, el robo cometido con su banda en un almacén de tejidos de la calle Postas. Todo lo demás entra ya en el terreno de una ficción deudora de los folletones de Ponson du Terrail.

José Montenegro encarna el sempiterno papel cómico, con un repertorio de muecas eficaz pero bastante limitado. Destaca, en cambio, la primera incursión en la pantalla de Amelia Muñoz. Hija del actor Alfonso Muñoz, fue una de las ingenuas más solicitadas del cine español, llegando rodar a lo largo de un lustro casi una veintena de largometrajes antes de fallecer a los veintiún años en Joinville-le-Pont, donde rodaba versiones en español para la Paramount.

Además de destacar el reparto, las gacetillas de la época señalaban el valor puramente decorativo de la cinta:
“El lujo y suntuosidad que se han derrochado en todas las escenas logran dar a esta emocionante película verdadero valor artístico, ya que aparecen muebles, cuadros y enseres que son verdaderas joyas y ejemplares rarísimos. Con tan valiosos elementos decorativos, y dada la pericia técnica del eminente director José Buchs y del operador Sr. Macasoli, se están obteniendo preciosas fotografías con los más bellos efectos y contrastes”. (Heraldo de Madrid, 21 de julio de 1926)
Aunque Buchs tiende a disponer a los actores en los planos de conjunto de un modo tan teatral como poco imaginativo y a repetir localizaciones y encuadres, la abundancia de exteriores naturales en Madrid –calle Sacramento, plaza del Cordón y el emblemático Arco de Cuchilleros- y alrededores, así como un uso de las didascalias menos invasivo de lo habitual proporcionan al relato una agilidad y una ligereza ausentes de otros trabajos suyos.

El falseamiento de la figura histórica del bandido de Lavapiés –el disfraz de gentilhombre se convierte por obra y gracia de Buchs en su auténtica naturaleza- sirve, no obstante, a la creación de un prototipo de auténtico cine popular que, en el futuro, dejaría un poco de lado su faceta de entretenimiento para insertarse en marcos históricos que contribuirán a la creación de un imaginario nacional.

El conde de Maravillas (José Buchs, 1927) está ambientada en el Madrid de 1790. La calle, por lo visto, es más peligrosa que en los años del “cine quinqui” y nadie se atreve a salir por según qué barrios a partir de ciertas horas. Claro, que eso no cuenta para el intrépido Luis de Segorbe, conde de Maravillas (Pedro Larrañaga), al que una mujer enmascarada le pide que la libre de un perseguidor embozado. La mujer le cita para el día siguiente y le conduce, con los ojos vendados, a un palacio donde un grupo de aristócratas le ofrecen lograr gloria mediante una peligrosa misión: el secuestro de Manuel Godoy (Rafael Calvo), el valido del rey, y su traslado hasta un castillo en Portugal. El conde acepta y, para pasar inadvertido, se viste al modo popular, con capa y sombrero de ala ancha, y se traslada a vivir a un barrio modesto. Quiere el destino –o la voluntad del argumentista- que en la casa de enfrente vivan don Plácido (José Montenegro), bibliotecario y escribiente cobardica, y su linda hija, María (Carmen de Toledo), que cae rendidamente enamorada de Luis sin conocer su verdadera identidad. Lo que sigue son los dos intentos de secuestro, abortado el primero por don Plácido y el segundo por La Toledana, una tabernera que aguarda una buena recompensa del teniente de policía (Francisco Martí) por su delación. En el segundo intento, el conde de Maravillas es detenido y condenado a muerte. Por intercesión de “La Tirana” (“La Chelito”), María suplica a Godoy que perdone la vida a su amado.

La cinta se presenta como una suerte de continuación de Una extraña aventura de Luis Candelas. Comparten trama folletinesca, escenarios naturales en el Madrid de los Austrias, aristócratas convertidos en aventureros, una densidad un puntín barroca en la ambientación de los interiores de época, el típico personaje cómico de apoyo que Buchs encomienda siempre a José Montenegro… Y, sin embargo, nada es lo mismo.

La trama –inspirada en la novela de Alexandre Dumas padre Le chevalier d’Harmental- se diluye en una serie de envites que nunca llegan a interesar y se ve constantemente interrumpida por cartelas explicativas en las que la acción se ve sustituida por el texto. Tampoco la intriga política tiene demasiado peso, más allá de la inclusión en el relato de personajes como Godoy o la célebre actriz María del Rosario Fernández “La Tiarana”, a la que Buchs convierte en canzonetista para incorporar al reparto a la célebre cupletista Consuelo Portela “La Chelito”.

Esta etapa del cine de Buchs parece centrada en la construcción de un imaginario nacionalista que remite al mito fundacional de la Guerra de Independencia contra la dominación napoleónica. Es un ciclo que tiene su máxima expresión en El dos de mayo (José Buchs, 1927). La iconografía goyesca de aquellos días se incorpora a la trama mediante el personaje ficticio de Alfonso de Alcalá (Manuel Soriano), discípulo del pintor de Fuendetodos (Antonio Mata). Enterado del doble juego de su amante, Laura de Montigny (Aurora García Alonso), capitanea la revuelta popular contra los franceses y se suma a la defensa del parque de artillería de Monteleón, donde resisten el asedio el capitán Daoiz (José de la Fuente), el capitán Velarde (Alberto Barrena) y el teniente Ruiz (Maximiliano F. Alaña). Esta estrategia de entreverar los hechos históricos -los intertítulos que hacen referencia a éstos así lo indican explícitamente- con una trama romántica resulta sumamente eficaz de cara al público popular, pero tiene el inconveniente de que Buchs parece no saber dosificarse. Y así, ambas confluyen sólo en contados momentos, con grave riesgo de que el espectador pierda el interés por el camino. El argumento folletinesco incluye los amores de Alfonso con la maja Rosario Montes (Amelia Muñoz) y la pasión del afrancesado marqués de Montebello (Fernando Díaz de Mendoza) por la espía extranjera. Como no podía ser de otro modo, la subtrama cómica corre por cuenta de José Montenegro, como el viejo verde don Hipólito del Molinillo, enredado en el vuelo de cuanta falda se mueve ante sus pícaros ojos.

La irrupción del cine sonoro sorprende a Buchs con una gran producción silente entre manos: la biografía del militar y político liberal Juan Prim. Buchs se traslada entonces a París a fin de sonorizarla y ponerle, al menos, una banda sincrónica musical, lo que retrasa su estreno.

Prim (José Buchs, 1930) narra la vida del general liberal, desde su enfrentamiento con el general Espartero en su Reus natal hasta el atentado que acabó con su vida en vísperas de la llegada a España de Amadeo de Saboya, cuya candidatura al trono había promovido él mismo. Cinco lustros de trayectoria vital resumidos en poco más de una hora que culmina con el célebre atentado de la calle del Turco. La biografía del militar y estadista (Rafael María de Labra) queda entreverada con una trama sentimental protagonizada por la veleidosa Fernanda (Matilde Vázquez), quien coquetea con el periodista Rafael Casademunt (Manuel San Román) y con el capitán José Alberni (Felipe Fernansuar). El tiempo que éste dedica al cortejo provoca su ausencia del servicio. El capitán y Fernanda llevan en Barcelona un tren de vida por encima de sus posibilidades, lo que empujará a Alberni al mal camino y lo convertirá en conspirador contra el general. A su muerte, Fernanda proseguirá con sus coqueteos con Casademunt, a pesar de que éste está felizmente casado con la discreta Isabel (Carmen Viance), a fin de que el periodista deje de apoyar al general.

Sobre algunas intrigas políticas o episodios como la campaña mexicana de Prim se pasa como de puntillas. Se le supone al espectador un conocimiento histórico que de hechos que aún, en la década de los veinte del pasado siglo, no resultaban tan lejanos. Sin embargo, en el retrato del personaje titular prima el tono épico. La batalla de Castillejos recibe un tratamiento que, para la época, podemos calificar de grandioso. No se ahorra en figuración, pero tampoco en anécdotas que caracterizan al protagonista, como el hecho de tomar la bandera para lanzarse a la refriega o el que dirija a sus paisanos una arenga en catalán.

El Prim cinematográfico es consciente desde el primer momento de su destino. Hostigado por los burgueses a que rinda Reus ante el ataque de la artillería del general Zurbano, Prim replica exaltado: “En esta misma ciudad en que me insultáis, tan injustamente, me alzaréis algún día una estatua que inmortalice mi memoria”. Acto seguido, Buchs incluye el inserto de la estatua ecuestre de Prim, obra de Lluís Puiggener. En otras ocasiones opera al contrario y reproduce o remeda la pintura historicista que aún triunfaba en los círculos académicos.

Como en Una extraña aventura de Luis Candelas, Buchs opta por rodar estas escenas de noche –algo totalmente inhabitual- lo que, sumado a una siempre cuidada ambientación, les otorga un verismo conmovedor. Esta solución, un baile registrado cámara en mano, varios travellings de acompañamiento absolutamente justificados y una panorámica de ida y vuelta a un reloj de índole dramática, no descriptiva, son algunos de los recursos con los que Buchs nos hace olvidar momentáneamente la factura pompier del relato que cierra su etapa de mayor gloria.

No hay comentarios:

Publicar un comentario