domingo, 5 de abril de 2020

espías chez balcázar (3)


—Dígame, esa historia de espionaje, ¿es cierta? —le pregunta Marie-Chantal (Marie Laforet) al supuesto periodista que acaba de contarle que la estación de esquí en la que se encuentran es un auténtico nido de espías.
—Secreto profesional —elude la respuesta directa el reportero (Paco Rabal)—. En realidad, la estoy intrigando para seducirla. Hoy en día ya no hay espionaje.
—Está usted anticuado —replica ella—. ¿Y esos gorilas (Le Gorille interpretado por Lino Ventura y Roger Hanin), los barbudos (Les Barbouzes, otra comedia de espionaje con Ventura), James Bond...?
—¡Payasos!

Al igual que Roger Hanin ojeaba en el aeropuerto las novelas de Ian Fleming en la primera incursión en la pantalla del agente "El Tigre" en Le Tigre aime la chair fraîche (El tigre, Claude Chabrol, 1964), en María Chantal contra el doctor Kha / Marie Chantal contre Dr. Kha (Claude Chabrol, 1965) Chabrol vuelve a poner en solfa desde dentro el género con el que se ve obligado a lidiar y que intenta llevar a su terreno mediante el registro paródico. Los hermanos Bálcázar intervienen en el último título de la serie chabro-haniniana: El tigre se perfuma con dinamita / Le Tigre se parfume à la dynamite (Claude Chabrol, 1965). Hanin, que había hecho el papel del Gorila en otra serie policial sustituyendo a Lino Ventura, ofrece la primera entrega del personaje a Chabrol, que no tiene más remedio que aceptarla debido al fracaso económico de sus últimas películas "de autor".
La incorporación de los Balcázar facilita las localizaciones en la Costa del Sol —que sustituyen a las Antillas— y en Barcelona, al tiempo que nos permiten ver en la pantalla a Casaravilla como megalómano aspirante a dictador, a José Nieto como espía ruso y a José María Caffarel en el papel de un inepto policía colonial. El recensionista de ABC señala precisamente este punto como talón de Aquiles para el público sudpirenaico:
La ambientación podrá pasar quizá fuera de España. Entre nosotros, por lo menos, van a ser muchos los que reconozcan las callecitas misteriosas y españolísimas de Marbella, por las que vemos deambular, ametralladora en mano, a los revolucionarios de la Guayana [Martínez Redondo, en ABC, 3 de mayo de 1966.]

Un equipo de exploración submarina del gobierno francés ha descubierto en las Antillas un cargamento hundido de lingotes de oro valorado en veinte millones de dólares. Tras escapar de un intento de asesinato en Barcelona por parte de una organización criminal denominada La Orquídea, el agente Louis Rapière (Roger Hanin), nombre en clave "El Tigre", viaja a la isla de Guadalupe para hacerse cargo de la operación de rescate. Pero un ejército de submarinistas asalta el barco que ha efectuado el rescate y asesina a toda la tripulación, salvo al Tigre y a su compañero (Roger Dumas), que consiguen llegar a nado hasta la Guayana, donde La Orquídea está dispuesta a financiar una revolución liderada por Sánchez (Carlos Casaravilla). Aunque la hija de Sánchez (Micaela Pignatelli) y su ejército vayan vestidos de castristas, el ideario de La Orquídea es un neonazismo sin concesiones, en cuyos ideales raciales no caben gentes como El Tigre, escrito e interpretado por Hanin, un argelino de ascendencia judía. No es ésta la única idea extravagante a la que Chabrol se presta sin reservas: el ejercito de buzos piratas con neoprenos de colores, una carroza fúnebre en mitad de la selva, un duelo de gladiadores en una jaula del zoo con la agente de la CIA (Margaret Lee) ataviada con una sucinta piel de leopardo, el coche teledirigido —como en las cintas de Mabuse de su admirado Fritz Lang— que conduce a Rapière a la mansión del villano... Cierto que los chistes son a veces pueriles y que como cinta de acción sus artífices no se la toman demasiado en serio, pero parece evidente que lo pasaron en grande rodándola.

Los cambalaches en los títulos de crédito no son exclusivos de las coproducciones en las que Italia lleva la voz cantante, también las mayoritarias francesas adolecen de análoga hipertrofia hispánica...


La censura previa suprimió una observación sobre “el antro de un conquistador del antiguo régimen español”, ya que “una de las preocupaciones que provocaban los films de espionaje eran las alusiones peyorativas hacia los mitos del nacionalismo español”. [Esteve Riambau y Casimiro Torreiro: Guionistas en el cine español: Quimeras, picarescas y pluriempleo. Madrid, Cátedra / Filmoteca Española, 1998, pág. 73.]


El tono de Trampa bajo el sol / Train d’enfer (Gilles Grangier, 1965) viene dictado por el material literario de origen, la segunda novela de la serie dedicada a Antoine Frédenucci por el especialista René Cambon: Combat de nègres. A decir de los estudiosos de la novela popular gala, éste zigzagueaba entre el registro policial y el espionaje. Acaso por ello y al contrario que otros colegas con licencia para matar, Antoine Donadieu (Jean Marais) no tiene que acudir urgentemente a la central de la agencia de inteligencia para que le encomienden una misión. Él está practicando el esquí acuático en Perpiñán cuando unos pescadores descargan en el muelle un cadáver que ha quedado enredado entre sus redes. Se trata del mayordomo de Villa Hollywood, residencia de un pintor de éxito, Varowski (Carlos Casaravilla), y su modelo, María (Marisa Mell). Pero a la vista del cadáver, del celo con el que un tal Hamlet (Álvaro de Luna) intenta acabar con la vida del agente —que se ha presentado allí como inspector de la Seguridad Social o crítico de arte, indistintamente— y de que Varowski está dispuesto a disparar sobre él con un rifle sin haber leído sus críticas, está claro que allí se cuece algo gordo. El auténtico propietario de Villa Hollywood resulta ser Matras (Gerard Tichy), a quien Antoine conoce en una recepción esa misma noche. Gracias a su habilidad para mantener el doble juego, Antoine recibe el encargo de recoger en Barcelona a un tipo conocido con el sobrenombre de El Profesor (Howard Vernon). En plan de la banda no es robar el Banco de Francia, como teme el superior inmediato de Antoine (Antonio Casas), sino atentar contra la vida de un monarca árabe que viaja de París a Andorra en un tren especial. El rayo mortífero inventado por el antiguo científico nazi convierte el atentado en un juego de niños. Una vez desaparecido el emir, su hermano tomaría el poder y Matras y El Profesor podrían contar con un centro nuclear en el norte de África desde el que dominar el mundo.


Los vaivenes en las fidelidades de María, el juego de simulación de Antoine, los perversos planes Matras y el papel secundario de la agencia de inteligencia a la hora de intervenir en el asunto resultan tan alambicados como sobredimensionados desde el punto de vista argumental en detrimento de las escenas de acción que, si bien no faltan, están demasiado concentradas en el primer y el último acto.
—¿Vas a ir a Barcelona? —pregunta María.
—Eso no me lo pierdo —replica Antoine con chulería.
—¿Y si me llevaras contigo?
—Pídeselo a Matras. Pero antes piénsatelo bien porque tengo la impresión de que no va a ser precisamente un viaje de placer.
—Tendremos el placer de estar juntos —remata ella mientras le desanuda la corbata.

Es un diálogo típico de estas producciones en las que, además de las localizaciones características, parece imprescindible dejar claro que la Ciudad Condal es una ciudad tan exótica como Estambul, Ámsterdam o Tokio.


Una vez más, los cortes en la copia española resultan evidentes, al menos en la escena en que María invita a Antoine a su habitación. Sea debido a ello o no, en la versión Balcázar al menos la condición de añorantes del nacionalsocialismo del Profesor y Matras resulta excesivamente feble para el peso que se le otorga en algunas sinopsis.


Alfonso Balcázar firma los diálogos… españoles, porque en las bases de datos francesas no aparece por ningún lado, los nombres locales en el reparto se amplían y ganan puestos en el escalafón de los títulos de cabecera y el único que parece ocupar su puesto con todo merecimiento es el operador Antonio Macasoli.


Aunque la película no cuenta con participación italiana, su paso por las instancias censoras transalpinas resulta significativa del tratamiento dado a este tipo de productos. Presentada por la distribuidora Panda Film el 31 de marzo de 1966 con el título de Danger dimensione morte, la comisión prohíbe el acceso a los cines en que se proyecte a los menores de dieciocho años debido a que la cinta contiene “escenas y secuencias de violencia muy acentuada y una escena de marcado erotismo”. [Expediente de censura en Italia taglia.] Unas semanas después, la distribuidora presenta un recurso y ahora la comisión de apelación no encuentra obstáculos morales para que la película pueda ser vista por todos los públicos, “en cuanto a que la violencia innegable de alguna escena queda disuelto en el tono y en el género de aventuras de la película que, debido también a la ausencia de motivos sádicos y crueles, no presenta un espectáculo perjudicial para la sensibilidad y las necesidades morales específicas de los menores”. [Ibídem.]


A principios de los sesenta Gérard Barray era el heredero natural de Jean Marais en el cine de capa y espada: es el duque de Vallombreuse en Le capitaine Fracasse (El capitán Fracassa, Pierre Gaspard-Huit, 1961) en que Marais asume el papel titular y D'Artagnan en Les trois mousquetaires (Los tres mosqueteros, Bernard Borderie, 1961). No es extraño por ello que también siga sus pasos en esto de probar suerte en el cine de espionaje a la francesa, que suele tener más de aventuras que de fantasía o intriga. El resultado se titula Operación Silencio / Baraka sur X 13 / Agente X-77 Ordine di uccidere (Maurice Cloche y Silvio Siano, 1966).


En esta ocasión la localidad elegida como escenario exótico es Trieste, en la frontera ítalo-yugoslava. Un avión de pasajeros se estrella en los Alpes. El responsable es un tal Franck (José Suárez), al servicio de unos servicios secretos del otro lado del Telón de Acero. Antes de hacer que el avión se estrelle con todos sus pasajeros, Franck extrae del maletín del profesor Sartène un documento con la fórmula de un explosivo poderosísimo. Pero todo sale mal. El profesor ha sobrevivido al accidente, Franck se hace daño al lanzarse en paracaídas y es descubierto por un alpinista (Luis Induni), y la fórmula resulta indescifrable. Por suerte, los comunistas utilizan como tapadera la clínica del doctor Reichmann (Gerard Tichy) en la cual ingresan al profesor con el fin de que les proporcione la información. Hasta allí llega el técnico en siniestros de la compañía aérea Serge Vadil (Barray) y no tarda en establecer una relación íntima con Mania (Sylva Koscina), una de las enfermeras de la clínica. Serge no es otro que el agente X-13, que debe desentrañar si quienes están de la fórmula son los estadounidenses o los soviéticos al tiempo que esquiva los atentados contra su vida e intenta proteger infructuosamente a Solange (Gemma Cuervo), la hija del profesor. Tras la muerte de ésta, Reichmann oculta en la clínica a Franck, como si hubiera sufrido un accidente automovilístico, y el servicio secreto envía a una nueva agente, Ingrid (Agnès Spaak), que se hace pasar por enfermera. Pero, ay, Ingrid cae bajo el encanto de Franck, que resulta ser nada menos que Dimitri, la némesis de Serge. Que todo ello termine con la voladura de una fábrica textil porque allí se pretendía experimentar más adelante con la fórmula es un macguffin tan traído por los pelos como otro cualquiera, con la particularidad de que, al menos, proporciona una localización atractiva para el soso clímax.


Una vez más, no sabemos si culpar del empantanamiento narrativo —sobre todo en lo relacionado con las motivaciones de los personajes femeninos— a la novela de Eddy Ghilain Silence, clinique, publicada en la colección “Agent Secret” del editor Robert Lafont, a la adaptación realizada por el propio autor y por Odette Cloche, aunque en las copias españolas e italianas tal labor sea asumida por Giorgio Simonelli. En las transalpinasy francesas la música es de Georges Garvarent mientras que en España el tema principal es una absurda musiquilla para pianola firmada por Federico Martínez Tudó. Además, la versión española acredita a Silvio Siano como director y a Maurice Cloche como “supervisor artístico”. Éste ya se había probado en el género con Orden: FX-18 debe morir / Agent Secret FX 18/ Uccidete agente segreto 777 Stop (Maurice Cloche, 1964), aunque en aquella ocasión la participación española fuera cubierta por Procensa. En la documentación italiana esto se traduce en el ambiguo crédito de “un film de Maurice Cloche” dirigido por Edgard Lawson, o sea, Siano. Por supuesto, en las fichas francesas éste ha desaparecido, con su propio nombre o con cualquier seudónimo. El montaje distribuido en Estados Unidos también aparece exclusivamente como “A Maurice Cloche Film”. Más significativo aún resulta que en estas copias los títulos de cabecera aparezcan sobre un plano fijo de las bobinas de una gran computadora, de aproximadamente un minuto, que en la versión española se sitúa al final del bloque secuencial de precréditos, sin rótulos sobreimpresionados, y que resulta llamativo precisamente por su duración inmotivada. La molesta pieza compuesta por Martínez Tudó tampoco ayuda.

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