domingo, 29 de marzo de 2020

espías chez balcázar (2)


De los varios errores en que incurre la nota de prensa sobre el rodaje de Agente Z-55, misión Hong Kong / Agente Z 55 missione disperata / Agent Z-55, mission désespérée (Roberto Bianchi Montero, 1965) publicada en La Vanguardia del domingo, 21 de marzo de 1965, podemos rescatar dos datos ciertos: que la producción comienza al día siguiente en los estudios de Esplugas y que el argumento versa sobre las aventuras del agente secreto norteamericano Z-55 para descubrir el paradero de un famoso científico que una organización de raptores internacionales ha vendido a los comunistas. Errores en casi todos los nombres de los intérpretes, atribución del Technicolor como procedimiento cromático cuando se rodará en Eastmancolor, supuestas e inexistentes localizaciones en Roma… Sin embargo, más sonrojo causa aún leer catorce meses más tarde que la administración acaba de concederle el permiso de rodaje. [La Vanguardia Española, 22 de junio de 1966, pág. 69.] Para entonces la película lleva ya seis meses estrenada en Italia y tres en Sevilla. Tamaño dislate ilustra cabalmente la confusión creada en torno a las producciones de los hermanos Balcázar. Cuando se estrene en Barcelona, dos años después de rodada, parece lógico que los reseñistas se muestren ya un poco agotados de la repetición de la fórmula:
Que los productores y realizadores se interesen por este género cinematográfico tiene una cierta justificación. Lo que ya no está tan clara es la fervorosa adhesión de una parte del público a este tipo de cine ya tan manoseado y resabido. Ciertamente que hasta ahora ha dado dinero y no ha exigido de los guionistas, ni de los realizadores, que se calienten los sesos excesivamente. La fórmula es sencilla. Se compone de un cuarenta por ciento de carreras, saltos, persecuciones en automóvil, etc., a lo largo y lo ancho de cualquier ciudad, y de otro cuarenta por ciento de puñetazos, tiros, forcejeos y alardes de heroísmo que, por lo exagerados, resultan invariablemente cómicos. El otro veinte por ciento corresponde al argumento. Este argumento es siempre el mismo: los agentes secretos de dos o tres potencias extranjeras se disputan un sabio atómico o buscan locamente una fórmula mágica, relacionada también, inevitablemente, con los misterios de la física nuclear. Alfonso Balcázar, guionista y dialoguista de Agente Z-55, se ha atenido fielmente a este patrón. El personaje que acaba de inventar aspira a ser, artísticamente, algo así como un hermano gemelo de "James Bond". Sin embargo, no ha tenido la suerte de llegar a tanto. La semejanza de uno a otro es la que pudiera existir entre primos lejanos. Lo que no quiere decir que Germán Cobos, el brillante actor español que encarna a este nuevo agente secreto, no haya cumplido su misión muy a conciencia, batiendo todos los récords de osadía, impavidez, arrojo y fortaleza física. [Antonio Martínez Tomás, en La Vanguardia Española, 24 de febrero de 1967, pág. 28.]
En efecto, la presentación en la pantalla de Danny O'Connor, el agente secreto Z-55 es sucinta a más no poder, tiene lugar en Barcelona donde toda su actividad se reduce a entrar con una ganzúa en el apartamento de una mujer y dejarla plantada después del primer beso porque su jefe (José Calvo) reclama su presencia inmediata en Hong Kong. Su colega Z53, que era el encargado de sacar al profesor Larsen (Paco Sanz) de la isla, ha sido asesinado y él debe asumir la misión. No es fácil porque hay dos organizaciones rivales dispuestas a lo que sea con tal de dar con el paradero del científico atómico: la del chino Togo (Milton Reid) y la del Barón (Gianni Rizzo). Como cobertura, Z-55 asume la identidad del ladrón de joyas Robert Manning y deja que ambos cabecillas se pongan en contacto con él mientras busca el modo de localizar el escondite de Larsen. La oriental Su-Ling (Yoko Tani) y la occidental Sally (Maria Luisa Rispoli) se cruzarán en su camino.

Vista con la distancia del tiempo, esta primera aventura del agente Z-55 —habrá una continuación ambientada en Estambul, pero producida en esta ocasión por Cesáreo González, y una nueva comparecencia apócrifa del personaje de vuelta a Balcázar— resalta precisamente por la habilidad con que Roberto Bianchi Montero se aplica a la mímesis. Por una vez, los escenarios exóticos no se limitan a unas simples pasadas de coche, sino que se saca buen partido de la localización. La huida del aeropuerto, por ejemplo, con sus casi diez minutos de duración, podría haber tenido un montaje más afinado —el italiano lo firma Bruno Mattei y el español la imprescindible Teresa Alcocer—, pero cumple perfectamente con su función de mantener en tensión al espectador.


No por ya vista, resulta menos eficaz la escena en que un sicario intenta asesinar al agente y cuando éste repele su agresión y lo sigue, se oculta en un cine. La persecución continúa tras la pantalla y la escena está planificada de modo que policías y delincuentes —uno de ellos es Fernando Sancho armado con una metralleta de tambor— parezcan intervenir en la acción. El asesino se lanza con un cuchillo sobre el agente, éste dispara contra él, que cae hacia atrás rasgando la pantalla y causando la consiguiente sorpresa del público.

Salvo por una escena de transición a base de neones nocturnos, los exteriores hongkoneses y algunos otros rodados en localizaciones barcelonesas —una cantera, un muelle de desguace— sirven a la acción y resultan convincentes. No así la tarea encomendada a Juan Alberto Soler, de colocar ideogramas chinos al tresbolillo en exteriores naturales de la Barceloneta o vaya usted a saber dónde y, para colmo, con figuración local.


Una vez más, las diferencias en los créditos resultan abrumadoras, por mucho que Alfonso Balcázar ceda en esta ocasión el crédito del argumento —él firma en España guión y diálogos— a Mario Colucci y al realizador, quien, si en Italia queda sajonizado como Robert M. White, en la copia hispana se desprende del Bianchi, por si algún incauto no cae en la cuenta y lo toma por connacional: Roberto B. Montero.

Rodada y montada a matacaballo por Nick Nostro en el interregno entre dos películas del agente 3S3 interpretadas por George Ardisson, As de pic Operación Contraespionaje / Asso di Picche Operazione Controspionaggio (Nick Nostro, 1965) cumple con el objetivo de llegar a las pantallas italianas en diciembre de 1965, en plena fiebre espionísitica. No cocurrirá lo mismo en España, donde no desembarcará hasta 1967.


En Estambul, el aristócrata británico lord George Morison (George Ardisson), nombre en clave As de Pic, se hace pasar por un ladrón de guante blanco (Umberto Raho) para enterarse de los planes del malvado Karatis (el español, Joaquín Díaz). El contenido de la caja fuerte —y, por tanto, el macguffin— son siete fotografías de siete ciudades del mundo. Karatis envía a sus sicarios —unos tipos ataviados con jerséis azules— a liquidarlos, pero tras deshacerse de ellos, Morison sigue al cabecilla hasta un club en el que actúa Pat (Hélene Chanel), la amante de Karatis. Una vez más, logra escapar, en esta ocasión gracias a la ayuda de Lina (Lena von Martens) una de las chicas que trabaja allí. A partir de ahí, todo se articula en torno al juego del ratón y el gato. Cuando no le tienden una emboscada o secuestran a Lina, él mismo se mete en la ratonera. La cosa es prolongar los incidentes hasta el último acto, cuando Morison irrumpa en la base secreta que Karatis ha construido bajo la arena del desierto, en el punto de confluencia de la frontera de tres países, por lo que cualquier intervención podría suponer un conflicto mundial. Así que allá se va solo lord Morison, cual nuevo Anacleto, dispuesto a librar la última batalla contra un loco vestido con un mono plateado con una araña en el pecho que pretende desatar una conflagración nuclear universal, de modo que él se constituya en tirano de un mundo en ruinas. Nada menos.


Por lo demás, este título resulta moroso, torpe en la dirección de actores, carente de imaginación… Para colmo, la copia para la televisión estadounidense que resulta más accesible es una versión full screen que escamotea la mitad de la información de la imagen además de sabotear los encuadres. Así las cosas, sólo queda disfrutar del placer culpable de ver a Ardisson atado, empapado y con el torso desnudo y, para que el villano lo torture mediante una descarga eléctrica. En esta ocasión la morosidad juega a favor del suspense.

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