domingo, 11 de enero de 2026

ricardo blasco: historia de una frustración (2)

Algo dijimos de la genealogía del Zorro cuando hablamos de los westerns de Joaquín Luis Romero Marchent. La venganza del Zorro y Cabalgando hacia la muerte / L’ombra di Zorro / L’ombre de Zorro, ambas de 1962, presentan algunas características propias. Hasta 1976 el personaje apareció en otros ocho títulos con participación española. Cuatro de ellos fueron producciones de Hispamer, la compañía de Silvia Morgan y Sergio Newman, con Italia: Las tres espadas del Zorro / Le tre spade di Zorro (1963) y El Zorro cabalga otra vez / Il giuramento di Zorro (1964), dirigidas por Ricardo Blasco; y La última aventura del Zorro / Zorro il dominatore (1970) y El Zorro de Monterrey / Zorro, la maschera della vendetta (1971), realizadas por José Luis Merino. Como de costumbre, en los guiones de la casa, todos ellos ostentan la firma de María del Carmen Román, que también coescribe con Merino El Zorro, caballero de la justicia / Zorro il cavaliere della vendetta (Luigi Capuano, José Luis Merino, 1971), aunque ésta figure como producción de la Cooperativa Cinematográfica Carthago.

Vamos con las dos realizadas por Blasco, que apenas toman de la novela seriada de Johnston McCulley la localización fronteriza y la idea del justiciero. Todo lo demás es un popurrí de temas caros a la literatura popular y a los seriales de aventuras: el tirano que explota al pueblo, la joven obligada a casarse contra su voluntad, los lugartenientes ineptos, los disfraces, la burla del poder, el rescate del patíbulo en el último instante... La pimpinela escarlata y Robín Hood, Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo en alegre promiscuidad. Esta inspiración queda revalidada por la existencia de un primer guión de la cinta titulado D’Artagnan contra D’Artagnan en el que también habría intervenido Antonio Fos. [Filmoteca Española, G-3939.]

Las dos aportaciones de Blasco al ciclo carecen de fuste, salvo por algunos apuntes puntuales en los que prefiero centrarme. De Las tres espadas del Zorro destaca la idea chaladísima del clímax: se celebra la boda (forzada) de la chica con el gobernador y a este no se le ocurre otra cosa que organizar para la ocasión un baile de disfraces. Unos cuantos invitados se presentan disfrazados de El Zorro para terror de los acobardados soldados del anfitrión. Uno de ellos es el auténtico Zorro, no el clásico petimetre don Diego de Vega, sino un humilde peladito que se pasa el día en la iglesia y ha decidido seguir la obra justiciera de otro de su misma condición social al que el gobernador apresó hace un porrón de años. Sin embargo, el momento álgido llega cuando, acosado por seis soldados, hacen su entrada en escena dos nuevos enmascarados: el viejo justiciero encarcelado y la ventera, que a su habilidad canora suma, inopinadamente, la de esgrimista. Haciendo bueno el título, los tres se enfrentarán contra todos y marcarán con una Z en la frente a los cabecillas. Aparte de un par de cabalgatas, es como si en ese momento el realizador hubiera vuelto a ser consciente de su labor y pretendiera que el público saliera del cine con buen sabor de boca.

Tampoco en El Zorro cabalga otra vez el personaje titular es el de siempre. Tras el asalto a una diligencia con hechuras de western cómico, se presentan dos “sospechosos”: un entomólogo cobardica y un criado mucho más señorial que los señores que le van a tocar en suerte al llegar a su destino, un grupo de revolucionarios militares, tan zafios como patanes. El negro destino de los hombres —el paredón— y el de las mujeres —a saber— es rectificado una y otra vez por el mayordomo, hasta que llegue el momento en que se destapa la identidad del enmascarado. Blasco lucha por darle movimiento al conjunto, aunque la concentración de gran parte de la acción en unos pocos decorados interiores va en detrimento de la naturaleza aventurera del relato. Quedan reforzados, en cambio, como en Las tres espadas del Zorro, los aspectos caricaturescos y las caracterizaciones bufas de los personajes, lo que termina aproximando las películas a la narrativa de los cuadernos de historietas, a veces ingenuas —o sea, bien—, a veces pueriles —o sea, mal—.

En Italia, país coproductor, las dos obtuvieron el nihil obstat para todos los públicos sin el más mínimo contratiempo. Por aquello de la minuciosidad, consulto el enciclopédico volumen de Pablo Mérida sobre El Zorro y otros justicieros enmascarados [Madrid: Nuer Ediciones, 1997], pero no saco nada en claro, más allá de las sinopsis detalladas y de la información de que ambas se estrenaron en Estados Unidos.

Entre la producción de uno y otro Zorro, Blasco asume la realización de un nuevo western fronterizo: Gringo / Duello nel Texas (Ricardo Blasco, 1963), célebre por haber supuesto la incorporación al género de Ennio Morricone. Roberto Martínez, apodado “Gringo” (Richard Harrison), es un texano adoptado por una familia de mexicanos afincados al norte de Río Grande. Cuando el padre es asesinado por tres bandidos que le roban su oro, Gringo regresa a Carterville. Sus hermanastros Elisa y Manuel (Sara Lezana y Daniel Martín), le advierten que el nuevo sheriff, Bruce Corbett (Giacomo Rossi-Stuart), no siente ninguna simpatía por los mexicanos, pero Gringo está harto de violencia y sólo desea que se impongan la ley y el orden. Lo va a tener difícil porque en el pueblo se ha tejido una red de complicidades que incumbe María (Mikaela), la dueña del saloon y su antigua amante, su nuevo socio (Barta Barri), dos hermanos borrachos y bastante impulsivos que frecuentan el local (Agustín González y Gonzalo de Esquiroz) y hasta el mismísimo sheriff. La espiral de violencia no ha hecho más que comenzar y no se detendrá hasta que el último implicado en el asesinato del padrastro de Gringo haya pagado por su crimen.

Suele leerse Gringo en su condición de pre-spaghetti western. [José Manuel Benítez Ariza: “El cineasta, la tonadillera y el poeta: confluencias en torno al cine de Ricardo Blasco”, en CaoCultura, 2021.] Sus virtudes residirían entonces, no tanto en el dinamismo de la realización de Ricardo Blasco o en la mayor o menor finura del guión, sino en sus similitudes y divergencias con el título fundacional: Por un puñado de dólares / Per un pugno di dollari (Sergio Leone, 1964). Sin embargo, también puede ser fructífero enfrentarse a ella como evolución del western hispano derivado de los Coyotes y Zorros de Joaquín Luis Romero Marchent. Es así como cobra auténtico sentido la ubicación fronteriza del relato —no olvidemos que el territorio de Texas estuvo integrado en el virreinato de Nueva España hasta entrado el siglo XIX—, la situación de marginación a la que se ven sometida los mexicanos con respecto a los ciudadanos de los nuevos Estados Unidos y las alusiones veladas de Gringo a su hastío por el desorden que impera al otro lado de la frontera... o sea, en México. A pesar de las sospechas que siembra el sheriff sobre la raza de los asesinos de su padrastro, sólo uno de ellos es un renegado del sur de Río Bravo en tanto que los otros dos terminaremos descubriendo que están entre lo más selecto de los texanos. El amor entre Gringo y Elisa, que nunca le ha visto como un hermano, garantiza el mestizaje de lo mejor de ambos mundos y satisface al espectador español, que tiene plenamente asumidos los códigos del western, pero que no está dispuesto a que se denigre a sus hermanos de ultramar.

Con este tríptico fronterizo, Blasco abandona la dirección cinematográfica y se centra en su nueva carrera televisiva. Eso sí, dos veces más volverá a trabajar con celuloide. La primera, precisamente en TVE, en la serie panamericana Diego de Acevedo (1965). La segunda es en un documental industrial para Iberduero, Setenta y cinco años de historia (1976), en el que el director habitual de la empresa, Fernando López Heptener, figura como director de fotografía. Más allá de algún rodaje puntual, parece que Blasco se hubiera encargado de ordenar el material de archivo y darle un sentido celebratorio en el aniversario de la empresa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario