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domingo, 27 de septiembre de 2026

el primer cromoscope en coproducción con españa

Cuando Hispamer se implica en la financiación de Los amantes de Verona / Giulietta e Romeo (Riccardo Freda, 1964) tiene ya un importante historial de coproducciones con Italia y Francia. Treinta y una de sus treinta y seis películas entre 1962 y 1969 se acogen a esta fórmula. [Esteve Riambau y Casimiro Torreiro: Productores en el cine español: Estado, dependencias y mercado. Madrid: Cátedra / Filmoteca Española, 2008, pág. 869.]

En esta ocasión, la italiana Imprecine asume la parte mayoritaria e Hispamer un 30%, que se refleja en el rodaje en exteriores en Ávila y Madrid y en los modestos estudios Ballesteros, y la presencia testimonial en el elenco de Carlos Estrada y Toni Soler, del coordinador de especialistas y maestro de armas José Luis Chinchilla, y de algunos técnicos acreditados únicamente en España. El contrato de coproducción especifica que el montaje se realizará en Italia y que “el Grupo Italiano pondrá a disposición del Grupo Español y eso a título de préstamo —90 (noventa) días después del comienzo del rodaje— todo el material necesario para la edición del film en lengua española, o sea: negativo original, soundtrack, efectos, música, y negativo y banda sonora para el tráiler”. [Contrato de coproducción firmado el 25 de enero de 1964 entre Imprecine y P.C. Hispamer, en Archivo General de la Administración, caja 36/4862.]

Pero todo este proceso se demora sin que de la documentación administrativa sea posible deducir la causa. Puesto en marcha el proyecto con motivo del centenario del nacimiento de William Shakespeare, la distribución en España solo se concreta en octubre de 1966, cuando Discentro asume la tarea de que la película llegue a las pantallas. El retraso favorece que las copias se puedan tirar directamente en Fotofilm. Aunque en el documento de “datos finales” que la productora debe remitir a la Dirección General de Cine, el formato de rodaje y proyección figura como Cromoscope -la marca 2P de Tecnostampa- y no como Techniscope, las copias españolas se tiran desde un internegativo anamórfico enviado a España por la productora italiana.

El presupuesto presentado por Hispamer es rebajado sustancialmente por la auditoría del Instituto Nacional de Cinematografía. Los más de seis millones de pesetas en que cifra la productora su inversión, quedan reducidos a tres. Los apartados más afectados son los de escenografía, material virgen y laboratorios. Las 2.600.000 pesetas dedicadas a decorados y alquiler de exteriores se valoran en 1.200.000; las 483.000 de revelado de imagen quedan valoradas en 125.000; y las 623.283 de película virgen, en 205.899. La calificación en Segunda A sobre este coste reconocido supone un duro golpe para la empresa, cuyo apoderado, Sergio Newman, presenta un recurso el 23 de diciembre de 1964 en el que solicita que se revise la clasificación de acuerdo con algunas modificaciones que se han realizado en la versión española, como las supresiones en los rollos 2, 5, 7, 8 y 10, “para aligerar algunas secuencias y hacer la película más activa y ligera”, la modificación del montaje “para darla más agilidad” y el nuevo doblaje de algunas escenas, “que han favorecido notablemente la película”. [Archivo General de la Administración, caja 36/04111.]

Las mismas productoras han rodado back to back Genoveva de Brabante / Genoveffa di Brabante (1964), esta vez en formato panorámico y Eastmancolor procesado también por Tecnostampa. Esta segunda cinta esta oficialmente dirigida por José Luis Monter, que figura como ayudante de dirección en la anterior, aunque los especialistas aseguran que la realización corre por cuenta de Freda al cien por cien. [Roberto Curti: Riccardo Freda: The Life and Works of a Born Filmmaker. Jefferson, NC: Mcfarland & Company, 2017, págs. 206-215.]

En Estados Unidos Los amantes de Verona es distribuida por World Entertaiment, que promociona el formato como Wide ScreenScope.

 

domingo, 11 de enero de 2026

ricardo blasco: historia de una frustración (2)

Algo dijimos de la genealogía del Zorro cuando hablamos de los westerns de Joaquín Luis Romero Marchent. La venganza del Zorro y Cabalgando hacia la muerte / L’ombra di Zorro / L’ombre de Zorro, ambas de 1962, presentan algunas características propias. Hasta 1976 el personaje apareció en otros ocho títulos con participación española. Cuatro de ellos fueron producciones de Hispamer, la compañía de Silvia Morgan y Sergio Newman, con Italia: Las tres espadas del Zorro / Le tre spade di Zorro (1963) y El Zorro cabalga otra vez / Il giuramento di Zorro (1964), dirigidas por Ricardo Blasco; y La última aventura del Zorro / Zorro il dominatore (1970) y El Zorro de Monterrey / Zorro, la maschera della vendetta (1971), realizadas por José Luis Merino. Como de costumbre, en los guiones de la casa, todos ellos ostentan la firma de María del Carmen Román, que también coescribe con Merino El Zorro, caballero de la justicia / Zorro il cavaliere della vendetta (Luigi Capuano, José Luis Merino, 1971), aunque ésta figure como producción de la Cooperativa Cinematográfica Carthago.

Vamos con las dos realizadas por Blasco, que apenas toman de la novela seriada de Johnston McCulley la localización fronteriza y la idea del justiciero. Todo lo demás es un popurrí de temas caros a la literatura popular y a los seriales de aventuras: el tirano que explota al pueblo, la joven obligada a casarse contra su voluntad, los lugartenientes ineptos, los disfraces, la burla del poder, el rescate del patíbulo en el último instante... La pimpinela escarlata y Robín Hood, Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo en alegre promiscuidad. Esta inspiración queda revalidada por la existencia de un primer guión de la cinta titulado D’Artagnan contra D’Artagnan en el que también habría intervenido Antonio Fos. [Filmoteca Española, G-3939.]

Las dos aportaciones de Blasco al ciclo carecen de fuste, salvo por algunos apuntes puntuales en los que prefiero centrarme. De Las tres espadas del Zorro destaca la idea chaladísima del clímax: se celebra la boda (forzada) de la chica con el gobernador y a este no se le ocurre otra cosa que organizar para la ocasión un baile de disfraces. Unos cuantos invitados se presentan disfrazados de El Zorro para terror de los acobardados soldados del anfitrión. Uno de ellos es el auténtico Zorro, no el clásico petimetre don Diego de Vega, sino un humilde peladito que se pasa el día en la iglesia y ha decidido seguir la obra justiciera de otro de su misma condición social al que el gobernador apresó hace un porrón de años. Sin embargo, el momento álgido llega cuando, acosado por seis soldados, hacen su entrada en escena dos nuevos enmascarados: el viejo justiciero encarcelado y la ventera, que a su habilidad canora suma, inopinadamente, la de esgrimista. Haciendo bueno el título, los tres se enfrentarán contra todos y marcarán con una Z en la frente a los cabecillas. Aparte de un par de cabalgatas, es como si en ese momento el realizador hubiera vuelto a ser consciente de su labor y pretendiera que el público saliera del cine con buen sabor de boca.

Tampoco en El Zorro cabalga otra vez el personaje titular es el de siempre. Tras el asalto a una diligencia con hechuras de western cómico, se presentan dos “sospechosos”: un entomólogo cobardica y un criado mucho más señorial que los señores que le van a tocar en suerte al llegar a su destino, un grupo de revolucionarios militares, tan zafios como patanes. El negro destino de los hombres —el paredón— y el de las mujeres —a saber— es rectificado una y otra vez por el mayordomo, hasta que llegue el momento en que se destapa la identidad del enmascarado. Blasco lucha por darle movimiento al conjunto, aunque la concentración de gran parte de la acción en unos pocos decorados interiores va en detrimento de la naturaleza aventurera del relato. Quedan reforzados, en cambio, como en Las tres espadas del Zorro, los aspectos caricaturescos y las caracterizaciones bufas de los personajes, lo que termina aproximando las películas a la narrativa de los cuadernos de historietas, a veces ingenuas —o sea, bien—, a veces pueriles —o sea, mal—.

En Italia, país coproductor, las dos obtuvieron el nihil obstat para todos los públicos sin el más mínimo contratiempo. Por aquello de la minuciosidad, consulto el enciclopédico volumen de Pablo Mérida sobre El Zorro y otros justicieros enmascarados [Madrid: Nuer Ediciones, 1997], pero no saco nada en claro, más allá de las sinopsis detalladas y de la información de que ambas se estrenaron en Estados Unidos.

Entre la producción de uno y otro Zorro, Blasco asume la realización de un nuevo western fronterizo: Gringo / Duello nel Texas (Ricardo Blasco, 1963), célebre por haber supuesto la incorporación al género de Ennio Morricone. Roberto Martínez, apodado “Gringo” (Richard Harrison), es un texano adoptado por una familia de mexicanos afincados al norte de Río Grande. Cuando el padre es asesinado por tres bandidos que le roban su oro, Gringo regresa a Carterville. Sus hermanastros Elisa y Manuel (Sara Lezana y Daniel Martín), le advierten que el nuevo sheriff, Bruce Corbett (Giacomo Rossi-Stuart), no siente ninguna simpatía por los mexicanos, pero Gringo está harto de violencia y sólo desea que se impongan la ley y el orden. Lo va a tener difícil porque en el pueblo se ha tejido una red de complicidades que incumbe María (Mikaela), la dueña del saloon y su antigua amante, su nuevo socio (Barta Barri), dos hermanos borrachos y bastante impulsivos que frecuentan el local (Agustín González y Gonzalo de Esquiroz) y hasta el mismísimo sheriff. La espiral de violencia no ha hecho más que comenzar y no se detendrá hasta que el último implicado en el asesinato del padrastro de Gringo haya pagado por su crimen.

Suele leerse Gringo en su condición de pre-spaghetti western. [José Manuel Benítez Ariza: “El cineasta, la tonadillera y el poeta: confluencias en torno al cine de Ricardo Blasco”, en CaoCultura, 2021.] Sus virtudes residirían entonces, no tanto en el dinamismo de la realización de Ricardo Blasco o en la mayor o menor finura del guión, sino en sus similitudes y divergencias con el título fundacional: Por un puñado de dólares / Per un pugno di dollari (Sergio Leone, 1964). Sin embargo, también puede ser fructífero enfrentarse a ella como evolución del western hispano derivado de los Coyotes y Zorros de Joaquín Luis Romero Marchent. Es así como cobra auténtico sentido la ubicación fronteriza del relato —no olvidemos que el territorio de Texas estuvo integrado en el virreinato de Nueva España hasta entrado el siglo XIX—, la situación de marginación a la que se ven sometida los mexicanos con respecto a los ciudadanos de los nuevos Estados Unidos y las alusiones veladas de Gringo a su hastío por el desorden que impera al otro lado de la frontera... o sea, en México. A pesar de las sospechas que siembra el sheriff sobre la raza de los asesinos de su padrastro, sólo uno de ellos es un renegado del sur de Río Bravo en tanto que los otros dos terminaremos descubriendo que están entre lo más selecto de los texanos. El amor entre Gringo y Elisa, que nunca le ha visto como un hermano, garantiza el mestizaje de lo mejor de ambos mundos y satisface al espectador español, que tiene plenamente asumidos los códigos del western, pero que no está dispuesto a que se denigre a sus hermanos de ultramar.

Con este tríptico fronterizo, Blasco abandona la dirección cinematográfica y se centra en su nueva carrera televisiva. Eso sí, dos veces más volverá a trabajar con celuloide. La primera, precisamente en TVE, en la serie panamericana Diego de Acevedo (1965). La segunda es en un documental industrial para Iberduero, Setenta y cinco años de historia (1976), en el que el director habitual de la empresa, Fernando López Heptener, figura como director de fotografía. Más allá de algún rodaje puntual, parece que Blasco se hubiera encargado de ordenar el material de archivo y darle un sentido celebratorio en el aniversario de la empresa.

domingo, 17 de noviembre de 2024

javier setó, plusmarquista de la simpatía (3)

 

Carlos F. Heredero constata que Pasaporte para un ángel (Órdenes secretas) (1953) es la primera película que trata abiertamente el tema de “los agentes rojos encargados de perturbar la paz del país”. [Carlos F. Heredero: La pesadilla roja del general Franco. San Sebastián: Festival Internacional de Cine, 2004, pág. 79.] Forma parte, por tanto, de la primera hornada de películas del ciclo anticomunista que arranca a finales de la década de los cuarenta y reverdecerá en 1954, con la llegada a Barcelona de los últimos cautivos de la División Azul.

El proyecto ha sido puesto en marcha inicialmente por Olimpia Films, la marca de Enrique Gómez Bascuas, uno de los “telúricos”, con Carlos Serrano de Osma y Pedro Lazaga, en la década de los cuarenta. El libreto ha quedado finalista el año anterior en el concurso de guiones del Sindicato Nacional del Espectáculo y así lo hace valer el cineasta cuando solicita el permiso de rodaje el 12 de noviembre de 1952. [AGA, 36/04733.] El lector eclesiástico hace algunas observaciones sobre las efusiones amorosas en dos escenas “indicadoras de entrega carnal” y a “tres besos en las págs. 39, 42 y 134, cuya sensualidad (principalmente los dos primeros) habría de aminorarse”. [ibidem] Juan Esplandiú, el otro lector, está más preocupado por las implicaciones políticas del asunto y aunque no encuentra nada objetable en el guión, dado su final ejemplar, aduce que “para llegar a la conclusión que el autor persigue, hace que la mujer comunista tenga un corazón sensible y un criterio humano. Esto es falso, a juicio del lector”.

Sin embargo, la producción no termina de arrancar y seis meses más tarde Gómez Bascuas comunica a la Dirección General de Cinematografía y Teatro que ha cedido todos los derechos a Hispamer Films, la marca de Silvia Morgan y Sergio Newman. De este modo, Setó dirige a Silvia Morgan en el papel de una institutriz alemana al servicio del comunismo que pretende alterar la idílica paz que se vive en España. Un militar soviético proyecta para el responsable de propaganda de Alemania Oriental (Gerard Tichy) un documental sobre la pax franquista que muestra un país en constante progreso: astilleros, industrias, minería, embalses que multiplican la capacidad de generar energía eléctrica:

—Este país, pese a todo, va consiguiendo su autonomía. Convendría perturbar esas energías.

Nada se dice de la dependencia de la ayuda estadounidense, en pleno proceso de negociación. La sibilina artimaña para infiltrar a Lizzie (Morgan), una ambiciosa agente de la República Democrática Alemana, es que acompañe a un huérfano de guerra que va a ser adoptado por una español casado con una alemana (Antonio Casas y Maruchi Fresno). Una pequeña bomba y las claves viajan ocultas en el peluche y el tacón del zapato del niño. En Madrid, la joven aprovecha sus excursiones para fotografiar barrios chabolistas —aunque ninguno comparece en la pantalla— con los que desprestigiar a España en el extranjero y para coordinar una confusa acción terrorista con dos agentes del Partido Comunista en el interior (Tomás Blanco y Armando Moreno), que más parece que estuvieran saboteando su propia labor. Para colmo, Lizzie se enamora de Carlos (el cubano Otto Sirgo), un arquitecto español que ha acudido a un congreso de su especialidad en Frankfurt. Como en Ninotchka (Ninotchka, Ernst Lubitsch, 1939) —la cinta en la que Greta Garbo reía—, el férreo autocontrol cede ante el amor, Lizzie trueca sus severos pijamas y trajes de chaqueta por camisones y vestidos. Pero el partido no perdona. Los comunistas secuestran al niño y la joven tendrá que pagar un alto precio por sus errores pasados. Eso sí, ha aprendido a rezar.

En algunas secuencias Setó juega a ser Hitchcock. Una tiene lugar en el avión, cuando el crío se pone a jugar con la polvera que contiene la bomba. Pero, en general y sobre todo en su último tramo, la cinta es heredera del ciclo criminal barcelonés en el que Setó se ha formado como cineasta; no olvidemos que fue ayudante de dirección de Apartado de Correos 1001 (Julio Salvador, 1951). En cuanto al filón anticomunista en el que se inscribe, no alcanza el rigor caligráfico de Murió hace quince años (Rafael Gil, 1954), con la que guarda algunas concomitancias argumentales, pero destaca por proporcionar pleno protagonismo a un personaje femenino que toma sus propias decisiones, algo bastante inhabitual en una película de intriga.

La fotografía de Salvador Torres Garriga contrasta intencionadamente las tenebrosidades del Berlín comunista y la luminosidad de Madrid.

Contra lo que pudiera preverse, la película es calificada en Primera B, lo que permite a la productora recibir una subvención del 35% del coste reconocido. La implantación del Servicio de Ordenación Económica de la Cinematografía para fiscalizar el gasto de las producciones españolas, dependiente del Ministerio de Industria y Comercio, entra en conflicto con la Dirección General de Cinematografía y Teatro. La entidad de control rebaja en casi un millón de pesetas el presupuesto final presentado por Hispamer Films y aprovecha para repartir culpas entre la productora, la supuesta manga ancha del organismo dependiente de Información y Turismo, e, incluso, la industria española al completo. Para argumentar la rebaja tira del presupuesto de otra cinta de la misma productora rodada el año anterior, Bella, la salvaje (Raúl Medina, 1953) y subraya que Silvia Morgan recibió por ésta treinta mil pesetas y que por Pasaporte para un ángel ha cobrado noventa mil, sin tener en cuenta que en la anterior tenía un personaje secundario y que en esta ocasión es la protagonista absoluta. No obstante, lo más delirante es cuando se pretende que el cine aplique criterios de productividad taylorista:

La película consta, según las citadas empresas, de 535 planos, habiéndose rodado 595, más 114 complementarios; es decir, que no se utilizaron en total 175 planos, cuyos gastos figuran en el presupuesto de este expediente, lo cual nos demuestra la falta del debido estudio y organización adecuada de este tipo de empresas. [AGA, 36/03468.]

Poco tienen que ver estos dimes y diretes financieros con el trabajo de Setó, pero resulta harto revelador del ambiente en que se desenvolvía su trabajo.

También Mañana cuando amanezca (1955) presenta algunas peculiaridades dentro del ciclo anticomunista. En primer lugar se trata de una coproducción entre Hispamer Films y la productora mexicana Oro Films, de Gonzalo Elvira. En segundo, tiene un papel importante en la trama un sefardita presentado como un personaje positivo, aunque siempre se menciona su origen y no su religión. Por último, se trata de una película de aventuras con una subtrama romántica y toda la primera parte ambientada en un campo de prisioneros, en el que la componente política funciona antes que nada como motor de la intriga. Ésta concierne a una pareja española cuyo avión se estrella en un país balcánico. Luis (Abel Salazar) es padre de una niña cuya madre ha perecido en el accidente. Victoria (Silvia Morgan) es la institutriz de la hija (Pilarín Sanclemente). Cuando ésta cae enferma, consiguen escapar los tres del campo de trabajo en el que estaban internados. El médico que atendió a la chiquilla resulta ser un sacerdote católico que tiene montada una red de fugas del país. En ella colabora secretamente Boris (Tito Junco), uno de los responsables del campo de prisioneros, quien en realidad se llama Pedro Ruiz y es un viejo combatiente republicano español, que debe redimirse de aquellos errores pasados. Para cruzar la frontera cuentan con la ayuda de un judío sefardita, pero las autoridades están sobre su pista.

Duelo de pasiones (1955), de la que ya hablamos aquí, presenta el caso de una mujer de campo (una vez más Silvia Morgan), cuyo marido ha tenido que emigrar a Venezuela por las condiciones de miseria en las que vivían. El cura (Manolo Gómez Bur) la aconseja que viaje a Madrid en busca de noticias antes de que venza el plazo del préstamo que les ha hecho el usurero local. Tras enterarse del fallecimiento de su marido, la mujer cae en manos de unos atracadores que la utilizan como escudo para refugiarse en el pueblo. Y mientras el drama criminal tiene lugar en el pueblo, el cura decide tomar cartas en el asunto y se presenta en el Ministerio de Agricultura donde todo queda resuelto en un pispás gracias a la inclusión de aquéllos cuyos préstamos van a expirar en el Plan Oficial de Créditos Agrícolas. Esto y la construcción de un embalse en las proximidades convertirá las tierras ahora yermas en un magnífico regadío en una pirueta que intenta suturar sin demasiada fortuna la intriga criminal con la propaganda descarada de la política agrícola oficial en el momento en que la población rural se ve obligada a emprender el éxodo hacia la periferia de las grandes ciudades.

Pero esta vez —proclama una altisonante voz en off en el cierre de la película— el trabajo y el hombre se verán protegidos por unas leyes nuevas y las casas de este pueblo, gracias a ellas, seguirán albergando a los que aquí nacieron y la campana de esta iglesia que regento extenderá sus ecos de paz por la inmensidad de esos campos que un día volverán a florecer.

domingo, 3 de noviembre de 2024

javier setó, plusmarquista de la simpatía (1)

Por culpa de José Luis Salvador Estébenez

La prematura muerte de Javier Setó (1926-1969), a los cuarenta y tres años, y el eclecticismo de su filmografía han propiciado que su figura haya quedado al margen de la historia de nuestro cine. Si acaso, es recordado entre la fanaticada del cine fantástico español por un título insólito que resulta ser además uno de los más personales: La llamada (1965). Pero ni ésta, ni Mercado prohibido (1952), su policial más señero, figuran en la prestigiosa Antología Crítica del Cine Español [Madrid: Cátedra / Filmoteca Española, 1998], que ha contribuido a fijar el canon desde finales de los noventa.

Por lo demás, quienes le han dedicado algo de atención destacan sus primeras cintas policiacas, con las que hizo la transición de la industria barcelonesa a la madrileña, en una filmografía que va “de más a menos, desde unos inicios prometedores por su ambición a un final acomodaticio y hasta un punto rutinario”. [Ramón Freixas y Joan Bassa: Diccionario personal y transferible de directores del cine español. Madrid, Ediciones Jaguar, 2006, pág. 431.] En lo personal, la restauradora Mayte lo calificaba de “plusmarquista de la simpatía”. [“Mayte informa: Javier Setó, de Pelusa a El valle de las espadas”, en Pueblo, 3 de octubre de 1960, pág. 7.] En lo mismo insistía un reportero anónimo que visitó el set de La llamada: “Setó es rubio, bajo, regordete y con una cara de simpatía única en el mundo. Su carácter es exactamente igual a su expresión. Jamás se irrita y en los momentos de mayor nerviosismo del rodaje permanece tan tranquilo preparando calmosamente el próximo encuadre”. [“La llamada o el caso Setó”, en Cinestudio, núm. 40, diciembre de 1965, pág. 24.] Acaso por ello —además de los buenos resultados de sus películas— repitiera una y otra vez con los mismos productores; Ignacio F. Iquino, Sergio Newman, Benito Perojo, Espartaco Santoni y Sidney W. Pink fueron reincidentes. Según este último, Setó era “gordezuelo y con forma de pera. Aunque carecía de auténtico talento, era un gran estudioso del cine. Era serio y aplicado, y como ayudante de dirección de algunos de los mejores directores españoles, dominaba los fundamentos de la realización cinematográfica”. [Sidney Pink: So You Want to Make Movies: My Life as an Independent Film Producer. Sarasota, Florida: Pineapple Press, 1989, págs. 134-135.]

En efecto, tras su paso por el campo amateur y el aprendizaje de las ayudantías en la factoría de Iquino, Setó debuta como realizador de cuatro cortometrajes. La mayoría de ellos son de asunto folklórico y están fotografiados en blanco y negro por Pablo Ripoll. Firma entonces como Xavier Setó Casanova.

El primero de ellos se titula Bailes y canciones de España (1950). La sinopsis presentada por Iquino a censura previa no puede ser menos ambiciosa: “Variedades de bailes y canciones españolas sin argumento”. [Archivo General de la Administración (AGA), 36/04714.] En efecto, a tenor del contenido del expediente, se trata de varias canciones interpretadas por Antonio Amaya y enlazadas mediante números de baile flamenco en los que intervienen Manolita Rey y Lita Dubarry, habitual de los teatros de revista y variedades de la Ciudad Condal. La recepción oficial es gélida, como demuestra la Tercera categoría en que queda clasificado el cortometraje. Esto lo excluye de cualquier ayuda oficial y se convertirá en norma durante toda la serie.

La excepción que confirma la regla es ¡Gas! (1951), el segundo corto dirigido por Setó para Iquino. En esta ocasión se trata de lo que parece el promocional encubierto de una compañía de seguros. Arranca con una mujer corriendo por la calle en plena noche. Tiene que llegar a su casa urgentemente porque piensa que se ha dejado el gas abierto y su hijo está solo, durmiendo. La tensión sube de nivel cuando se da cuenta de que no tiene las llaves de casa, porque las ha perdido en la calle. Un vecino echa la puerta abajo... En realidad, ha sido un sueño, pero un sueño con moraleja machista que el locutor se encarga de recalcar, después de afirmar que el gas hace la vida de las amas de casa mucho más cómoda: “Ya lo sabe, señora. De Vd. depende la seguridad de su hogar”. Así lo entiende Juan Esplandiú, uno de los lectores del guión en la junta censorial: “Aceptable y conveniente para la seguridad del hogar. Tiene dramatismo y es cinematográfico”. [AGA, 36/04722.]

Pero los siguientes cortos suponen un paso atrás. Son de nuevo dos películas musicales, cuyos guiones, en los que interviene el propio Setó, buscan entroncar la música y las danzas populares con una supuesta esencia española. Se presentan a censura previa el 17 y 18 de noviembre de 1951, así que probablemente se pretendía cierta continuidad en su producción. De la propia locución de Pentagrama español se deduce la intención de ir desarrollando cortometrajes análogos en otros territorios, aunque este propósito nunca llega a puerto. Éste es una reivindicación de la sardana como baile popular catalán y cuenta con música del maestro Serra. Las canciones están cantadas en catalán por el tenor Emili Vendrell.

Mosaico español sigue el mismo esquema, pero en lugar de ceñirse a un territorio pretende retratar un mismo baile en diferentes entornos. En este caso se trata del pasodoble, como crisol de “todo el modo de ser y sentir español”. [AGA, 36/04729.] Las dos viñetas tienen lugar en Madrid y en un patio andaluz. Pero las tragaderas de la censura previa parecen colmadas de “folklore” y “gitanerías” y se le deniega el permiso de rodaje. Iquino reincidirá un año más tarde, manteniendo el número de ambientación madrileña y sustituyendo el segundo por un pasodoble en un campamento de gitanos. Lo que parecía una provocación del productor, cuela esta vez. Sin embargo, para entonces Setó ya ha saltado del proyecto y es Manuel Bengoa quien firma la realización y el guión. Las canciones son siempre de Augusto Algueró, no sabemos si padre o hijo.

Sobre el último corto del lote, Sevilla en color (1953), hablaremos después de la publicidad.

domingo, 19 de diciembre de 2021

delgrás-robles en tres jornadas (y 3)

En 1954 se anuncia el inminente rodaje de Los aventureros de Tánger, dirigida por Gonzalo Delgrás para la marca Hispamer. El proyecto no se logra y Delgrás entra en la órbita de la productora de Sergio Newman y Silvia Morgan con una película de un género bien distinto: El genio alegre (1957). Se trata de una nueva versión del sainete homónimo de los hermanos Álvarez Quintero, que estaba filmado Fernando Delgado en Córdoba para Cifesa cuando se produjo el golpe militar de julio de 1936. Si en aquélla la protagonista —eliminada de la publicidad al finalizar la contienda— fue Rosita Díaz Gimeno, en el esta ocasión el papel de Consolación recae en Marujita Díaz, lo cual supone la inclusión de hasta siete canciones, compuestas en su mayor parte por Augusto Algueró. Desde su mismo prólogo, recosido a base de tópicas escenas andaluzas —los toros en la dehesa, la romería del Rocío, la Feria de Abril...—, los artífices de la cinta buscan disculparse por su condición de españolada:

Sí, ya sabemos que éste es el tópico de toda película andaluza. Pero estas imágenes no son burdas invenciones para la exportación, son auténtico orgullo de esta tierra bendita de España. Por eso, al hacer esta película basada en una obra donde quizá como en ninguna otra se ensalce la alegría de vivir que este sol y esta tierra despiertan, no hemos querido eludirlas.

La misma locución nos introduce en una casa en la que, por contraste, reina la tristeza. A su compás y al paso de la cámara que avanza, las puertas y las cancelas se abren, permitiéndonos el paso al decorado en el que va a tener lugar la mayor parte de la acción: la casa de los marqueses de los Arrayanes, de luto desde la muerte del marqués. Y estamos ya en el ambiente y los personajes —un tanto ajados ya uno y otros— de la comedia de los hermanos Álvarez Quintero, con los excursos musicales apuntados más arriba.

Margarita Robles interpreta el papel de doña Sacramento, marquesa de los Arrayanes, pero no firma el guión, de modo que El genio alegre supone el divorcio literario de la pareja.

El último tramo de la filmografía de Delgrás está al servicio del cantaor Antonio Molina. En La hija de Juan Simón (1957), él mismo comparece en escena para marcar la diferencia entre la realidad y la ficción cinematográfica. O sea, para poner —como en el caso anterior— en cuarentena el tópico con el que ha arrancado la cinta: el del sepulturero que ha de enterrar a su propia hija. Después de que el cortejo haya salido del pueblo silueteado en artísticos contraluces, Delgrás irrumpe en el cuadro para decir que, al entrar en el cementerio, Juan Simón debe ir en primer lugar y no los monaguillos. El cura protesta y el director contraargumenta: “¡La realidad! La realidad es una cosa y el cine es otra. Aquí la figura que interesa es la de Juan Simón, el enterrador, y esa figura es la que tiene que ver el público en primer término”. Los problemas se incrementan cuando el padre debe sacar un pañuelo para enjugarse las lágrimas, pero la canción dice que lleva “en una mano la pala y en el hombro el azadón” y eso es inamovible. “Bueno, pues entonces llore usted sin secarse, dejando que las lágrimas surquen las mejillas. Resultará más emotivo”.

Inspirándose en la vieja copla, escriben José María Granada y Nemesio Sobrevila un “drama popular” con abundantes incrustaciones flamencas, La hija de Juan Simón, que se estrena en el teatro de La latina en 1930. En 1935 Filmófono plantea su adaptación cinematográfica como segunda producción de la compañía. La lentitud de Nemesio Sovrevila como director enerva a Luis Buñuel, que tiene plenos poderes en la productora, y lo sustituye por José Luis Sáenz de Heredia El protagonismo recae entonces en el cantaor Angelillo y, en una breve pero intensa intervención, en la joven bailaora Carmen Amaya. En 1957, Estela Films y Unión Films, encomiendan la nueva versión a Delgrás. La puesta al día del argumento quiere que a un pueblo llegue un equipo de rodaje a filmar precisamente esa misma historia. Todo está revuelto y Alfonso (Mario Berriatúa), el galán de la cinta, convence a Carmela (María Cuadra), la hija del enterrador de que la acompañe a la capital, donde él la impondrá como actriz. Pero cuando se planta en los estudios Sevilla Films de Madrid, Alfonso no le conseguirá otra cosa que un papel de doble de luces. Gracias a una fotografía de boda que le hacen por su condición de tal, Carmela convence a su padre de que se ha casado y de que se va con su marido a Italia, donde él rodará varias películas. El viaje a Madrid del enterrador y de su ahijado Antonio (Molina), para que éste participe en un concurso radiofónico da lugar a una nueva farsa en la que las compañeras de “vida alegre” de Carmela se pasarán por sus cuñadas y un Alfonso en horas bajas será contratado para interpretar el papel de marido de la mujer que deshonró. Pero la comedia se viene abajo con la irrupción en el piso del amante de Carmela. Alfonso revela la superchería, acaso para vengar su humillación, y Antonio le pega un puñetazo con tan mal fortuna que el otro va a darse con el mármol de la chimenea. Y ahora sí, tras ingresar en prisión por fin podrá interpretar Soy un pobre presidiario, que es la pieza obligada del repertorio, junto con la copla titular.

Si el ascenso social —y la degradación moral— de Carmela había quedado representado mediante un montaje en el que distintos hombres la acompañan en coches cada vez más lujosos, su regreso a la miseria para recuperar la dignidad queda representado por escaleras de pensiones cada vez más modestas y una maleta de la que van desapareciendo las mejores prendas. Otro montaje muestra el triunfo internacional de Antonio, una vez liberado de la cárcel: su imagen aparece sobreimpresionada sobre una serie de fotografías... Cuando llegamos a una pagoda japonesa y al Taj-Mahal no sabemos si pensar que Delgrás se está cachondeando de la convencionalidad del recurso y del público que lo acepta a pies juntillas.

El final reprisa el principio, pero ahora con el conveniente acento trágico... como si todo el mecanismo de espejos que Delgrás ha montado para quitarle hierro al tópico quedara hecho añicos y sólo sostuviera ya la historia el armazón de lo convencional. Es un cambio de registro nada infrecuente en la filmografía delgrasiana, pero altamente arriesgado en el caso de una cinta al servicio de una estrella. Probablemente por eso El Cristo de los faroles (1958), la siguiente película del tándem, resulta mucho más convencional. Para empezar, Antonio Molina interpreta a un célebre cantante profesional y las canciones constituyen buen parte del metraje. En segundo lugar, el melodrama se apura hasta las heces aún a costa de condenar al personaje más débil de la cinta. Por último, la presencia del Cristo cordobés presidiendo el relato —allí conoce a Antonio a Soledad (María de los Ángeles Hortelano) y a sus pies se reconciliaran al final— parece imponer el tono sacrificial con el que ella asume un matrimonio desgraciado y declina el ofrecimiento sincero de un matador (Rafael Romero-Marchent) que siempre la amado.

Cierra el ciclo dedicado a Antonio Molina y la filmografía de Delgrás Café de Chinitas (1960). A su regreso de una exitosa gira por Latinoamérica a su Málaga natal, Antonio Vargas (Antonio Molina) puede comprobar la decadencia del que en otro tiempo fuera célebre café cantante, en el que cantó el gran Silverio la caña y se hicieron célebres las malagueñas de Juan Breva y Antonio Chacón, y las soleares de La Parrala. Delgrás va ilustrando la crónica de las glorias pasadas con actuaciones musicales y anécdotas —el que arrojó a su novia desde el palco en un baile de Carnaval, la desastrosa representación de un Tenorio por un aficionado— y así llega a la juventud de Antonio, cuando ejercía de tramoyista para llevarle el pan a sus hermanos. Por entonces son primeras figuras la bailaora Rocío (Eulalia del Pino) y el cantaor Paco el Rondeño (Rafael Farina), siempre a la greña. Y es así, como pasado el primer cuarto de hora de metraje, la cinta encuentra su cauce en la rivalidad amorosa y canora de los dos cantaores. El Rondeño es el veterano cuya voz manda en el escenario y Antonio el espontáneo al que, cuando tiene que cantar ante el público, se “le agarrota el gaznate”. Esto propicia que aparezcan algunos cantes tradicionales, como las rondeñas que Antonio canta en la playa mientras recoge las redes. Cuando por fin se decide a debutar para sacar a sus hermanillos del asilo de beneficencia, El Rondeño le felicita a regañadientes: “Lo tuyo no es cante puro, pero se escucha con gusto”. Y el limpiabotas metido a representante (Enrique Ávila) le explica al empresario del Café de Chinitas (Manuel de Juan) el busilis del negocio: “Desde mañana la gente se va a matar por llenar el Café de Chinitas: los unos, que si El Rondeño, que es el cante antiguo; los otros, que si Antonio, que es el nuevo. Y la casa, a hincharse”. Una oportuna elipsis pasa por alto los años de la República y la Guerra Civil. Es como si de la década de los veinte, en la que parece ambientada la primera parte del enfrentamiento, pasásemos directamente a la de los cincuenta. Sin embargo, apenas hay cambios en Rocío y en las otras mujeres que pasan por la vida de Antonio. Tampoco en la clientela de contrabandistas, aficionados taurinos y entendidos en flamenco: estamos en un tiempo ahistórico en el que sólo la rivalidad entre cantaores tuviera relevancia... un leitmotiv traído, por otra parte, de La copla andaluza, gran espectáculo flamenco estrenado en el teatro Pavón de Madrid en 1928. De hecho, ni siquiera la rivalidad amorosa es auténtica. Rocío es, simplemente, objeto de codicia, adorno de lujo del cantaor. Sólo en el último acto adquirirá una actitud activa, citando a Antonio en la venta del Toro, adonde cada noche acude El Rondeño, que la sacude cada tanto un par de guantazos y la enloquece con su cante. Ahora podría ser Antonio quien, en un reservado, los dos solos, depositase una copla en su oído, en una metáfora sexual tan diáfana que no admite confusiones. La reyerta lleva a Antonio al sanatorio en un proceso de redención que le conducirá a los brazos de Consuelo (Delia Luna), la mujercita buena que cuidaba de sus hermanillos y que ahora criará a su prole, en una referencia al propio matrimonio del cantante con Ángela Tejedor.

De modo paradójico, el cierre no es la vindicación del Café de Chinitas y su reapertura, como parecía indicar el prólogo, sino su inscripción en la mitología del flamenco y de Málaga. Como viene a decir Delgrás por boca del cronista de la ciudad: el tablao es el escenario de la envidia, el crimen y las “pasiones malas”; bien está que quede su leyenda. Pero, confinado el cantaor a la antigua en el penal, el salto del nuevo estilo a los grandes teatros y a Latinoamérica supone —una vez más en el cine de estos años— el triunfo de una modernidad que aún equivale a limpieza moral y no a la disolución de la misma. La polaridad se invertirá en la siguiente metamorfosis de la españolada adaptada a la década del desarrollismo: las cintas de Manolo Escobar y Conchita Velasco.

Delgrás no estará presente en este nuevo ciclo. Aparte de una incursión televisiva en 1968 junto a su mujer con el libreto de Los cascabeles de la locura (Pilar Miró, 1968), se presentará repetidamente —y será premiado— al concurso anual de guiones del Sindicato Nacional del Espectáculo. En la convocatoria de 1958 ganará un tercer premio con El picapedrero, en 1963 el primero con un libreto coescrito con el falangista Luys Santamarina sobre la figura histórica del cardenal Cisneros y, en 1963, un segundo por su biopic María Sklodowska, de casada madame Curie. En 1969 obtiene de nuevo un tercer premio por un guión escrito con Juan Antonio Cabezas sobre otra mujer, pionera del feminismo: Concepción Arenal. Ninguno de estos guiones llegó a la pantalla.

Margarita Robles hará algún papelito más en Piso de soltero (Alfonso Balcázar, 1964), Più tardi Claire, più tardi (Brunello Rondi, 1968) y La casa sin fronteras (Pedro Olea, 1972).

En 1969 fallece el hijo de ambos, Gonzalo Pardo Robles, que había trabajado en el equipo de dirección en algunas películas de su padre y siguió ejerciendo como secretario de rodaje o ayudante de dirección hasta el final de su vida. Margarita Pardo Robles, casada con el actor Frank Braña, trabaja como script desde principios de la década de los sesenta. En 1982, Margarita Robles publica su autobiografía: Mis ochenta y ocho añitos. Fallece en 1989. La ha precedido Gonzalo Delgrás en 1984.