domingo, 5 de febrero de 2017

panorama del cine criminal barcelonés (18)



No dispares contra mí (José María Nunes, 1961) es una nueva producción de Germán Lorente y Enrique Esteban para Este Film. La primera de una nueva etapa, según el pressbook de la película en el que se mencionan expresamente Forajidos (The Killers, Robert Siodmak, 1945) y La ciudad desnuda (Naked City, Jules Dassin, 1948). Para la ocasión la mirada esta puesta una vez más al otro lado de los Pirineos. Lorente propone a Nunes realizar su particular Al final de la escapada (À bout de souffle, Jean-Luc Godard, 1959). El dinero es escaso y el proyecto urge. Nunes, afincado en Barcelona pero oriundo del Algarve, recurre a un contertulio de la pequeña colonia lusa en el bar “El Chipirón” del Paralelo, donde también acude la pareja de intérpretes formada por Carlos Otero e Isabel de Castro. El tal contertulio es Juan Gallardo Muñoz —en arte Curtis Garland, Donald Curtis y cien sobrenombres más—, autor de novelas de a duro que escribe a razón de dos por semana; un día para idear el argumento, otro para desarrollarlo y el tercer para rematar la obra. Con este ritmo de trabajo siempre queda el domingo libre para el ocio. Es el caso que Gallardo se compromete a proporcionar un argumento a Nunes y entre ambos pergeñan un guión que terminará firmando también el productor por aquello de que la idea de hacer una película fue suya.

En sus memorias (Yo, Curtis Garland. Barcelona, Morsa, 2009) relata Gallardo como la precariedad de la producción le proporcionó la ocasión de retornar a su viejo oficio de actor, al interpretar un pequeño papel de juez con una bata que rescató de su viejo vestuario teatral. Además del argumento y su participación en el guión, aportó presencia, vestuario y el bocadillo, porque ni para eso daba el presupuesto.

La escena en la que interviene es aquella en que los fugitivos David (Ángel Aranda) y Lucile (Lucile Saint-Simon) se refugian en casa de un juez. Por lo demás, la película alterna la huida de ambos de un comisario interpretado por Jorge Rigaud ,que sospecha de ellos como asesinos del marido de ella, y de los pandilleros, cuyo dinero se encontraba en el coche en el que escapan.

La utilización de un montaje stacatto en las secuencias de acción no es óbice para que haya largas escenas dialogadas en las que los amantes se hacen confidencias y denuncian el “mal del siglo” que les ha conducido a esta situación. David confiesa:
—Soy uno de esos que ha equivocado la época en que ha nacido y no sabe comprender el mundo. O tal vez el mundo se empeña en no comprenderle a uno.

Las versiones sobre la modernidad de la propuesta son contradictorias. El propio Nunes da dos o tres distintas según pasan los años. Según la primera los productores habrían vuelto obnubilados por el desembarco de la Nouvelle Vague en el festival de Cannes de 1960, pero él no habría visto ninguna de estas películas hasta después de terminada la suya. En cambio, Guarner asegura que le pagaron un viaje a París y estuvo allí durante un mes empapándose de nuevo cine. Nunes vuelve al ataque asegurando que de todo aquello lo único que le interesó mínimamente fueron las películas de Resnais. En cualquier caso, la impronta de la película de Godard es evidente. Desde el punto de vista financiero, la película se podía amortizar en el mercado interior, gracias a su exiguo presupuesto y a la previsión de una calificación administrativa favorable, en tanto que la incorporación al reparto de Lucile Saint-Simon —una de Les bonnes femmes (Claude Chabrol, 1960)—, garantizaba de algún modo la salida internacional del producto.

Jorge Rigaud ejerce de figura paterna, como había hecho Manuel Gas a lo largo de la década anterior. Ante los padres que han enviado a su hijo a estudiar a Barcelona y han perdido la comunicación con él, el empeño del comisario es volver al hijo descarriado al redil.

Aunque la carrera de Nunes —uno de los puntales de la Escuela de Barcelona— siguió por otros derroteros, nunca renegó de este ejercicio de género, destacando, por ejemplo, su uso novedoso del zoom:
“todo el mundo dijo que estaba muy bien utilizado, que fue una propuesta de búsqueda de imagen. También hay un ritmo determinado que me gusta, que no es aceleramiento, claro, porque el ritmo puede ser pausadísimo, como en casi todas mis películas”.

Méndez Leite padre, historiador del cine español, alababa el argumento pero ponía en entredicho el guión:
“Se ha extremado la pintura de tipos y situaciones —escribe— copiados de otros films de procedencia yanqui o francesa, en los cuales abundan esos tipos de indeseables y gamberros que por suerte escasean en nuestra patria”.

Será ésta una queja que se repita una y otra vez.

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