domingo, 11 de noviembre de 2018

apoteosis y ocaso del serial de aventuras


Las máscaras negras (Joan Maria Codina, 1919) supone, al tiempo, la culminación y la disolución del serial cinematográfico realizado en Cataluña. Es también el sexto de los que Codina -artífice del seminal Los misterios de Barcelona (Joan Maria Codina, 1915)- dirige para Studio-Films en el bienio 1918-1919.

Como obra epigonal, realizada además cuando el cine de episodios está en plena decadencia, esta película concita argumentos, situaciones y estrategias narrativas archisabidas, pero que lleva al paroxismo otorgándoles un encanto especial. Sociedades secretas, vampiresas vengativas, fórmulas de explosivos, bailes aristocráticos, flores del arroyo, hipnotismo y otros arcanos de Oriente, émulos de Maciste, un inocente acusado del asesinato de su hermano, tabernas suburbiales, heroínas irreductibles, persecuciones sin cuento... dan lugar a imágenes que transitan sin solución de continuidad de la ingenuidad del folletín al onirismo como puerta abierta al subconsciente que tanto amaban los surrealistas.

Todo ello se da cita en Las máscaras negras, que reconoce así su deuda con los seriales franceses de Louis Feuillade protagonizados por Musidora y René Navarre y los italianos de Giovanni Pastrone que popularizaron la musculosa figura de Bartlomeo Pagano. De los de la Pathé estadounidense dirigidos por Louis Gasnier y protaginizados por Pearl White se deriva la iniciativa de los personajes femeninos interprteados por Silvia Mariategui, Rosarito Calzado, Anita Stephenson y Bianca Valoris.



Durante décadas Las máscaras negras se dio por desaparecido, pero en 1990 se localizaron once rollos en el Archivo Nacional de la Imagen de Montevideo, a cuya reproducción procedió inmediatamente Filmoteca Española. Faltaban, sin embargo, las primeras partes de los episodios segundo -"El doctor rojo" - y tercero -"Pacto de muerte"- en tanto que la segunda parte del segundo episodio y el quinto completo -"En busca de Adams"- se veían afectados por un grave deterioro por descomposición química debida a la humedad. De modo que la reproducción en soporte de seguridad realizada entonces es de las conceptuadas como de preservación, "quedando a la espera de que, en el futuro, los sistemas de tratamiento digital hagan posible eliminar los defectos de las gravísimas lesiones que presentaba el celuloide" [Filmoteca Española: Cincuenta años de historia (1953-2003). Madrid, Filmoteca Española, 2005. págs. 142-143.]

El resultado convierte, por momentos, la contemplación de este serial en una experiencia psicodélica al tiempo que sirve de símbolo de la volatilización de un género y, a la postre, de la industria cinematográfica catalana que lo había hecho suyo, y que no volvería a recuperar el pulso hasta la posguerra.

domingo, 4 de noviembre de 2018

el cine agropecuario del marqués de villa-alcázar


El Ministerio de Medio Ambiente, dedicó en 2008 un homenaje a Francisco González de la Riva y Vidiella, Marqués de Villa-Alcázar, por su contribución a la consolidación del cine como medio de formación y divulgación para los agricultores y ganaderos españoles. Su filmografía conservada está constituida por unos setenta documentales que abarcan cronológicamente desde la República a las postrimerías del franquismo y que hablan bien a las claras no sólo de la labor de propaganda que el Estado realizaba en el medio rural, sino a la construcción mítica que supone el campo para el gobierno conservador de la etapa republicana, la relectura que se hace durante el periodo autárquico del primer franquismo de este mismo tema y la política desarrollista que sirvió al abandono del medio rural por parte de sus habitantes en busca de la promesa de un futuro mejor en la naciente industria y en la construcción, concentradas ambas actividades en el entorno de los grandes núcleos urbanos.

Villa-Alcázar viaja a Estados Unidos en 1915 al terminar sus estudios de Ingeniero Agrónomo en la Universidad Politécnica de Madrid. En California colaborará con la Embajada de España y se integrará en la Fundación del Amo, que promueve intercambios académicos entre España y Estados Unidos. Su experiencia de primera mano con las nuevas técnicas de cultivo y explotación forestal inspirarán una serie de artículos publicados en España y que tuvieron, al parecer, una gran influencia en medios especializados. Consciente también de que el cine era una herramienta de divulgación de primer orden —sobre todo para el en su mayor parte analfabeto público rural— al instalarse en España con su familia a principios de la década de los treinta entra en contacto con la administración republicana para realizar una serie de documentales divulgativos que él denomina “charlas cinematográficas”.


La primera de ellas es El barbecho (1934), en la que se analiza esta técnica del barbecho para evitar el esquilmo de la tierra en un documental absolutamente didáctico, construido a partir de metáforas sencillas, con el afán de que pueda ser comprendido por una población en la que, a pesar de los esfuerzos de la República en el campo de la educación, muchos campesinos siguen siendo analfabetos. Alterna así las secuencias de animación, con experimentos de física recreativa y con otras puramente sainetescas, que buscan despertar la simpatía y el interés del espectador. En este sentido, destaca el mozo holgazán que sirve de símil para las malas hierbas, que al menor descuido del ama de la casa […] se beben el vino de la mejor botella, se llevan las tajada que puedan meter en su faja y si no arramblan con a chica de la casa es porque ella no se deja”. La versión conservada es una reelaboración realizada para Cifesa en 1941 a partir del material rodado en 1934. Desconocemos si hay más cambios que el de la cabecera del Ministerio de Fomento republicano, sustituida por la de la Sección de Prensa y Propaganda del Ministerio de Agricultura controlado entonces por el sector falangista del franquismo. Al final de su filmografía volverá sobre este asunto en Barbechar y abonar (1961) aunque en esta ocasión se centra en el abonado, limitando el barbecho a una mera mención en el colofón.

Charla cinematográfica sobre la siembra (1935) es una exposición didáctica del proceso de la siembra, ilustrada de nuevo con metáforas sobre la infancia y con un intercambio de refranes alusivos entre dos viejos campesinos que representan la sabiduría popular. Aunque también presenta alguna secuencia de animación, en esta ocasión el recurso fundamental es el rodaje fotograma a fotograma, que permite ver en unos segundos el ciclo completo de germinación de las semillas. En esta ocasión sí que se conservan las dos versiones. Esta nueva lleva la cabecera del Ministerio de Agricultura, en lugar de la de la sección de Enseñanza y Divulgación del Instituto de Reforma Agraria y se ha censurado la imagen del pecho de una joven que llena sus pulmones de aire “porque sin respiración no hay vida” y se ha sustituido por el torso de un muchacho atlético. Como la de la siembra, la “charla cinematográfica” dedicada a explicar la necesidad de abonar la tierra y del modo de hacerlo para optimizar su utilización se conserva en su versión inicial (1935) en la Filmoteca de Valencia. Se trata de una parábola en la que se comparan los frutos de la tierra con una hacienda que termina dilapidada por un carpintero en francachelas. No obstante, no es este el fragmento censurado —a pesar de la condición evidente de meretriz de al menos una de las mujeres que le acompaña en el café de cante—, sino en el que se muestra el escaparate de unas mantequerías en las que, teniendo dinero, uno puede comprar los mejores manjares. Por lo que sea, en 1941 se diversifica la oferta añadiendo planos de otros establecimientos de alimentación.

A diferencia de los otros cortometrajes de la etapa republicana, Los yunteros de Extremadura (1936)  elude la divulgación sobre técnicas agrícolas para mostrar, de modo casi antropológico, la miseria en la que viven los aparceros extremeños. Cierto es que no alude a las circunstancias históricas y políticas que han provocado la situación, pero la descripción minuciosa de la infravivienda en la que cohabitan varias familias, habla a las claras de la situación en el campo español.

En los primeros compases de la Guerra Civil en Madrid es detenido bajo la acusación de pertenecer a uno de los grupos de acción auspiciados por la CEDA de Gil Robles. Tras dos meses de encarcelamiento, sale absuelto y emprende un periplo por Francia, Reino Unido y Portugal hasta reunirse con su familia en Salamanca, donde manifiesta su adhesión al Caudillo y nombrado presidente de la Comisión de Agricultura del Servicio Provincial de Reforma Agraria de Salamanca. Al finalizar la guerra, propone la creación de la sección de Publicaciones, Prensa y Propaganda del Ministerio de Agricultura, de cuya dirección se hace cargo.

Seda en España (1941) es el primer corto rodado para dicho organismo y toda una proclamación de intenciones. España habría sido un importante productor y exportador de este tejido en el siglo XIX, pero una epidemia que atacó a los gusanos y la competencia acabaron casi por completo con la industria. Según el documental, Pasteur, “el más católico y el más sabio de los sabios de Francia”, habría erradicado la epidemia y la no menos sabia política de regulación del mercado interior “ha hecho imposible la ruinosa competencia extranjera”. De este modo, gracias al Régimen y a la Iglesia, ha llegado la hora de que España vuelva a ser un importante centro de producción de seda, para lo cual exhorta a los campesinos a que planten moreras.


La utilidad de la repoblación forestal planteada como factor de regeneración medioambiental, utilidad industrial, opción para inversores y legado a las generaciones futuras constituye el meollo argumental de Bosques amigos (1941). Destaca por su locución, que, aunque sigue utilizando algunos recursos típicos de los textos de Villa-Alcázar —como el diminutivo “arbolitos”— está enfocado a un público urbano de nivel económico más elevado que puede encontrar esparcimiento en un día de pesca o quiere invertir en la plantación de árboles que le reportaría pingües beneficios. No faltan ni la alusión a la obra del Creador ni algún excurso lírico. El corcho (1941) podría haber sido un mero apéndice del anterior y, sin embargo, resulta mucho más interesante por centrarse en la actividad cotidiana de los descorchadores. Sólo los últimos minutos están dedicados a los usos de este producto. La repoblación forestal como arma en la lucha contra la erosión vuelve a primer plano en Repoblación forestal (1942), primer cortometraje en el que figura como productora el Departamento de Cinematografía del Ministerio de Agricultura, fundado por el Marqués de Villa-Alcázar. El documental Maderas de España (1945), promovido por el Patrimonio Forestal del Estado reviste especial interés por el detalle con que muestra por el trabajo de los gancheros, aunque éste no sea su objetivo, que sería el de la explotación maderera y las tareas de repoblación forestal. La utilización generalizada de eucaliptos se nos antoja hoy en día un auténtico disparate, pero en su momento parecía una opción idónea por su rápido crecimiento.

Jerez - Xérès - Sherry (1943) es una nueva parábola cinematográfica, destinada esta vez a glosar la excelencia de los vinos de Jerez. Las metáforas son continuas: el vino joven es como los párvulos que acuden a clase “bajo los ideales de la patria, mientras aprenden disciplina y a amara a Dios”, los distintos tipos de vino son como las razas humanas, tres mujeres con mantillas resaltan las características del amontillado, el fino y la manzanilla. Una vez más asistimos al rechazo de la fórmula foránea —el “cocktail”— frente a las bondades del producto propio y se valora positivamente el trabajo manual de etiquetado de las botellas, porque es realizado por viudas de trabajadores fallecidos que así no quedan desamparadas. Es éste uno de los cortometrajes en los el subtexto ideológico resulta más transparente. Villa-Alcázar volverá sobre el asunto en El Jerez (1959), donde documenta, ya en color, la lucha contra el mildiu mediante sulfatadoras manuales, la vendimia y su correspondiente fiesta, la pisa y la fermentación: todo el proceso completo.
Lana de España (1943) es el primer documental de la colección dedicado a la ganadería y describe el proceso de explotación de la lana a partir de la cabaña de oveja merina, raza autóctona de España. Los cuidados del rebaño o la operación de esquileo, preparación de los vellones, selección… En los títulos de cabecera se destaca por primera vez a los responsables del acompañamiento musical: el sexteto del maestro Leoz.

Durante la II Guerra Mundial España —que, por supuesto, no se menciona en Trigo en España (1943)— España debe garantizarse el suministro de trigo a partir de su propia producción. Según este documental bastaría un 5% más pata abastecer el mercado interno. Tras mostrar el proceso de fabricación del pan, se habla sobre las cualidades de los distintos tipos de trigo y el trabajo de hibridación que se realiza en el Instituto de Investigaciones Agronómicas. Por último, se detallan las labores de la cosecha con el fondo de una canción de siega tradicional. Cielos nubosos, campos cuajados de espigas y la consagración de las hostias, dan el clima lírico, religioso y patriótico que persigue promocionar entre los agricultores el prosaico Servicio Nacional del Trigo. Otro cultivo que contribuye a la autarquía, ideal económico del franquismo durante la posguerra, es el del algodón y a este producto va dedicado Algodón en España (1944). Habrán de pasar casi dos décadas para que pueda realizar Producimos nuestro algodón (1962), donde se acredita el aumento de producción de dicho producto hasta satisfacer toda la demanda del mercado interno.

El escarabajo de la patata
(1945) recupera la voluntad didáctica de la producción republicana de Villa-Alcázar, quien se aleja así un poco de los contenidos institucionales de sus primeros documentales de la posguerra. Éste refleja la lucha contra la plaga del escarabajo de la patata gracias a la pulverización de veneno que acaba con larvas e individuos adultos. Entre las estrategias para atraer la atención del espectador Villa-Alcázar recurre a una viñeta humorística en la que el escarabajo de la patata se lanza en paracaídas sobre los sembrados. Se lleva la palma el macabro ballet de la muerte del escarabajo, en el que los vemos agonizar al compás de “La cucaracha” y la “Danza macabra” de Saint-Saëns.



Antes que en el cultivo de agrios, Naranjas, limones y pomelos (1945) se centra en la labor de terraceado, la creación de sistemas de regadío necesarios para mantenerlos, el empaquetado y distribución. El cierre está constituido por la labor social que realiza el Sindicato Vertical de Productos Hortofrutícolas en las colonias de veraneo para las hijas de los productores de agrios.
Después de poner de manifiesto la tradición olivarera española, en Olivos de España (1945) se muestran los cuidados de los olivos, la recolección y el trabajo de envasado de la aceituna. Las animaciones de F. Sancho Favraud suponen un extraño excurso poético en el que se buscan interpretaciones antropomórficas a los troncos y tocones retorcidos de olivos centenarios. Durante la primera parte de Aceite de oliva (1950) se reciclan materiales del anterior, pero entra inmediatamente en la faena de la molienda y en los inconvenientes de acumular aceituna en el troje a la espera de entrar en el molino. Una vez más, la tecnología viene en nuestro auxilio y en los modernos molinos donde se prensa la aceituna ya no es necesaria la espera. Sigue el proceso de obtención del aceite de oliva, sus usos y la utilidad que se da a los residuos, como el alpechín.

Esparto de España (1946) documenta la recolección de esparto como un trabajo manual realizado por temporeros en unas condiciones de miseria más que patentes. Trabajo también casi exclusivamente manual el de la preparación del esparto, el de los cordeleros, el de las tejedoras de lías e, incluso, la fabricación de estropajo. Una imagen de una España anclada en el siglo XIX a la que, sin embargo, se pretende poner en vanguardia de la creación de alfombras de esparto, ideales para residencias de verano de las clases pudientes. Podemos establecer cierta continuidad de este documental con respecto a Tabaco en España (1944), cuya incorrección política de para los estándares actuales resulta delicioso: fomento del tabaquismo, machismo, trabajo infantil… Parece imposible juntar más temas sensibles en apenas dos minutos de prólogo. Documental de propaganda de la labor del Servicio Nacional del Tabaco. El asunto será abordado desde una nueva perspectiva a mediados de la siguiente década en El tabaco en el campo (1956), Obtención de nuevas variedades de tabaco (1956) y Curado y fermentación del tabaco (1956) en el que se proponen buenas prácticas en la construcción de naves de secado de tabaco y descripción de proceso de selección y empaquetado de hojas antes de someterlas al proceso de fermentación.

Finalizada la II Guerra Mundial y a pesar del boicot internacional al régimen franquista, Villa-Alcázar logra rodar Caricias a las naranjas (1947) en Estados Unidos, gracias a la colaboración de los naranjeros californianos. El documental es un catálogo de buenas prácticas, maquinismo y multiplicación de las cosechas, que debería de servir para mejorar la producción española. Por una vez, no todo lo malo llega del exterior. También Dátiles y palmas (1947) está realizado con la colaboración del Ministerio de Agricultura de Estados Unidos. En este caso el modelo sería al contrario. Después de analizar durante dos terceras partes de su metraje el funcionamiento de la industria datilera en California, Villa-Alcázar propone la explotación de las palmeras datileras españolas, para lo cual sólo haría falta una industria que recogiera, desecara y distribuyera estos frutos. Parece que aquí la única utilidad que tengan sean la de ser utilizadas en las procesiones del Domingo de Ramos. El tercer documental realizado en Estados Unidos, en esta ocasión con la colaboración de la Universidad de California, es Pinos de encargo (1948) donde se realizan hibridaciones en los pinos para conseguir maderas de rápido crecimiento y madera sin nudos.


En 1954 Villa-Alcázar visita de nuevo California, y en la región de Salinas donde se cultiva lechuga de modo extensivo, rueda el admirativo Agricultura y refrigeración (1954). Otros documentales de esta etapa servirán de inspiración para elaborar propuestas de cultivos intensivos en España. Bosques maderables (1956), Truchas y salmones (1957) y Apuntes agrícolas de California (1957) plantean una vez más la superioridad de la tecnología californiana sobre la realidad española. La mecanización del campo y los bosques o el trabajo en las piscifactorías tiene su punto álgido en el primero de ellos.

Tras su segunda visita posbélica a Estados Unidos, Villa-Alcázar realiza en España un documental de iniciación a las técnicas de la apicultura: Abejas y colmenas (1948). Las símiles entre plantas y mujeres jóvenes son un recurso habitual en su cine, pero en esta ocasión la utilización de maquillajes, perfumes y sombreros como armas de seducción le sirve para ilustrar los métodos que utilizan las flores para atraer a las abejas. Se realiza una comparación entre los viejos panales de corcho y los modernos, además de mostrar en detalle una buena parte de la actividad de las abejas en sus colmenas, su mantenimiento y la extracción de la miel. Valga la moraleja de este documental como ejemplo de la de muchos otros de su producción: “España es país de frutales y entre ellos debiera haber muchas más colmenas de las que hay actualmente. Hoy son un buen negocio y la miel endulza la vida”.

Los títulos y la locución de Jardines (1950) —como siempre de Villa-Alcázar— están en francés, lo que implica que también algunos de estos documentales tenían distribución internacional. Cierra el documental el habitual símil entre mujeres y flores en un montaje musical.

El trabajo de movimiento de tierras —muchas veces a base de barreno— para convertir en tierras cultivables grandes extensiones montañosas de las Islas Canarias centra la atención de ¡Sí, tenemos bananas! (1951), donde se documenta la utilización de estos terrenos para el cultivo plataneras: “Labor de titanes y de hombres de fe”. Diques de contención, embalses, cortavientos… Más parece una labor de ingeniería que el cultivo del plátano, al que se dedica sólo una parte del documental, pues también se analiza su embalaje y transporte fuera de las islas e, incluso, los modos en que se puede comer tan delicioso manjar.

Flores (1959) es el primer documental en color —mediante el procedimiento Eastmancolor— de Villa-Alcázar. El tema no puede ser más adecuado: las flores. No acaban ahí las novedades. A pesar de que se sigue presentando como una “realización total” del Marqués de Villa-Alcázar, también es el primero en que no es él mismo quien locuta su propio texto, sino que cede el atril a una mujer. Ésta pone de manifiesto la idoneidad del suelo español para la floricultura, toda vez que la gama de rojos y amarillos recuerda a los colores de la bandera. A partir de tan peregrina premisa se muestran varias instalaciones de producción de flores, en su mayoría para la exportación. Y es aquí donde surgen los inconvenientes y se hace una vez más patente el atraso de España: ni existe transporte refrigerado que permita llevar todas las variedades de rosas al mercado internacional, ni las camelias gallegas se recogen siquiera por las malas comunicaciones entre la región noroccidental y el resto de España. Todo queda preterido  a un futuro en el que se confía en que estas deficiencias serán subsanadas.


Nuestras naranjas (1959) revisita, también en color, un tema ya tratado con anterioridad. La metáfora de apertura vuelve a remitirnos a la idea de progreso y modernidad que recorre toda la filmografía del Marqués de Villa-Alcázar. La primera imagen es la de un castillo, del que el realizador dice que “ya está pasado de moda”. En consonancia con el Plan de Estabilización y la progresiva incorporación de la economía española al modelo desarrollista internacional, el pasado imperial, tan presente en el periodo autárquico, queda relegado frente “al dinero y la audacia” necesarios para la explotación de la naranja. El documental muestra entonces el funcionamiento del Tribunal de las Aguas, como una institución democrática de carácter tradicional y autóctono. Recogida, selección, empaquetado e, incluso, el consumo de naranjas constituyen buena parte del metraje.

A partir de 1961 las charlas cinematográficas cuentan con un locutor profesional, con lo que ganan en claridad, lo pierden en frescura e intención. Las sonorizaciones se realizan en Exa. El sexteto de Antonio Valero hace tiempo que se hace cargo de las sonorizaciones a partir del repertorio de música clásica. Concepción Celaya suele compartir cartela con el “realizador total” como ayudante de fotografía y responsable del montaje y los gráficos. El negativo y las copias en Eastmancolor se procesan en los laboratorios Fotofilm de Barcelona.  Los cambios no son únicamente formales. La labor tutelar del Estado, sufre un quiebro con el incipiente desarrollismo. Ejemplar en este sentido resulta Pedrisco (1961). El documental queda personalizado en Juan, un agricultor preocupado por su seguridad y la de su casa, pero negligente con la amenaza del pedrisco sobre su cosecha. Trigo, uva, peras, algodón… Cualquier cultivo es susceptible de sufrir las inclemencias meteorológicas… “Remedio… ¿Pedir auxilio al Estado como suele hacerse? ¿Es justo y es digno? ¿Es que el Estado, que ofrece al agricultor la protección del seguro, debe fomentar la negligencia de los agricultores?”, se pregunta retóricamente el locutor.

La concentración de pequeñas explotaciones agrícolas por parte de la administración se traduce en un curioso proceso de mediación en el que los técnicos del Ministerio de Agricultura proponen las permutas de terrenos a los propietarios. La alegoría didáctica y la animación siguen siendo elementos fundamentales en la construcción de las charlas audiovisuales del Marqués de Villa-Alcázar: en el caso de Concentración parcelaria (1955), las pequeñas propiedades serían como el queso que se corta en trocitos y se reseca, convirtiéndose casi toda su superficie en material de desecho. Antes y después (1963) presenta la concentración parcelaria como un logro, con el consiguiente incremento de la productividad de la tierra gracias al riego y la mecanización que lleva a aparejada. En un pueblo de Navarra, la concentración culmina con la constitución de una cooperativa.

Una de las series más consistentes de la producción de Villa-Alcázar en el último tramo de su filmografía es la dedicada a glosar la labor del Instituto Nacional de Colonización. España se prepara (1949) es la primera película en la que se argumenta la necesidad de llevar agua a los páramos yermos para repoblarlos y convertirlos en tierras productivas. Donde no alcanza la iniciativa privada, interviene el Estado con la construcción de embalses, que proporcionan energía eléctrica y agua. Se sigue así el modelo que Mussolini había promovido en la Italia fascista, con especial insistencia en la creación de una iglesia y una escuela de todos estos nuevos pueblos nacidos de la nada. España se prepara ofrece la peculiaridad de que, durante su tramos central, fía su fuerza comunicadora a la imagen y a la música del Sexteto Leoz, obviando por unos instantes el constante acompañamiento de la locución de Villa-Alcázar.

Se vence al desierto (1954) trata de la repoblación forestal de la zona de Almonte para domeñar el avance de las dunas. La proximidad de Palos de Moguer y La Rábida da ocasión al apunte imperial con el que se abre el documental. Pero estos cultivos significan una nueva definición del paisaje: establecimiento de nuevos pueblos donde viven los trabajadores recién llegados, construcción de carreteras y naves industriales para la comercialización de los nuevos productos. El sexteto ya no es el de Leoz, sino el de A. Valero.

El campo de Badajoz se transforma (1961) es un documental institucional sobre el “Plan Badajoz” cuyos primeros pasos habrían sido la construcción de la presa de Cijara en el Guadiana y la presa y el canal de Montijo. Además de los clásicos gráficos, Villa Alcázar recurre por primera vez a la fotografía aérea. El plan de colonización incluye la creación de nuevos pueblos para colonos, dotados —como no podía ser de otro modo— de su iglesia. Hay también escuelas para niñas y niños —por separado— en la que los segundos reciben sus primeras nociones agrícolas. Las nuevas poblaciones cuentan con pequeñas viviendas, en las que una panorámica vertical parece resumir todo un sentido de la vida: la lámina de la última cena, la radio y una máquina de coser. La instalación in situ de industrias de procesado —lácteas, conserveras…— pinta un panorama de progreso idílico en tierras que antes eran dehesas improductivas y despobladas.

Realidades colonizadoras en la zona del Guadalcacín (1961) presenta un sangrante caso de subdesarrollo muy cerca de Jerez de la Frontera, con familias enteras viviendo en chozos sin agua ni luz para el mantenimiento de unos palmitales que sólo resultan rentables en esta economía de supervivencia. Más que la ausencia de escuela, parece el Marqués de Villa Alcázar preocupado por la carencia de formación religiosa de las numerosas proles de estas familias. “Del palmito a la remolacha y del chozo triste al hogar alegre: España progresa”.


Las nuevas localidades de Guadalema de los Quinteros o Esquivel protagonizan Una colonización en marcha: El Viar y el Bajo Guadalquivir (1961). La construcción de diques en la desembocadura del Guadalquivir para desalinizar la tierra y convertir “la marisma estéril en útil tierra de labor”, proporcionando bienestar a las modestas familias que tienen así ocasión de progresar.  Cierra la serie dedicada a la colonización en campos de secano y dehesas Vida nueva en campos viejos (1965).
Villa-Alcázar había abordado por primera vez la producción de leche en Industrias lácteas (1945), que quedaba acreditada como una producción de Cifesa, aunque los beneficios estuvieran destinados a la Mutualidad de funcionarios del Ministerio de Agricultura. Se advertía en este documental el cambio en el montaje sincopado que contraponía el bucolismo de los lugares donde se producía la leche y el ajetreo ciudadano, que era, al parecer, el entorno en que se consumía principalmente. El grueso del metraje tiene lugar en una planta de productos lácteos donde no sólo se embotella leche, sino que se elaboran quesos, leche condensada y leche en polvo, destacando la automatización de la mayoría de los procesos. En 1961 el Estado favorece la creación de centrales lecheras, que garanticen la pureza de la leche que se consume en España. Su funcionamiento desde la recepción de la leche, pasando por los controles sanitarios, el proceso de pasteurizado hasta su distribución en forma de leche embotelladla o derivados. Centrales lecheras (1961) publicita este asunto.

También se centra en el progreso de los cuidados del ganado bovino Bonita y Pintada (1961). Son éstas dos terneras. La primera va a una estabulación modelo en tanto que la segunda está en condiciones higiénicas pobres. La primera está sana, pero la segunda contrae tuberculosis y hay que sacrificarla, como a la quinta parte de la cabaña española de vacuno, con la consiguiente pérdida económica y el riesgo de contagio para el ser humano.

Cómo evitar la erosión (1962) supone la puesta al día de otra de las preocupaciones habituales del Marqués de Villa Alcázar: la erosión de las tierras de cultivo. Ahora se trata de estaciones de estudio y de la vieja solución del aterrazamiento, que lleva propugnando desde hace años y para cuya creación el Servicio de Conservación del Suelo proporciona consejo a los agricultores.
Nociones elementales sobre el motor de explosión (1962) y Cómo se cuida el motor de explosión (1962) constituyen un díptico de divulgación mecánica. Gráficos, maquetas, esquemas y experimentos de laboratorio sirven para explicar el funcionamiento del motor de explosión. Sólo el último minuto de película aprovecha fragmentos de otros documentales para explicar sus aplicaciones a la maquinaria agrícola. El segundo está dedicado al mantenimiento de los motores: engrase, ventilación, limpieza. Productos fitosanitarios (1966) y Con las máquinas… ¡precaución! (1966), dos de sus ultimísimos documentales siguen esta misma línea. Parece claro que a estas alturas el Marqués de Villa-Alcázar ya había dicho cinematográficamente todo lo que quería decir, de modo que Huellas de España en California (1961) se puede considerar su obra testamentaria. Aquí regresa a una de sus obsesiones, la californiana, en una película financiada por la Fundación del Amo. Una panorámica histórica habla de la labor evangelizadora de los misioneros franciscanos en la costa del Pacífico. La fiebre del oro agosta tierras y trae el vicio a aquellas tierras y la colonización rusa se propone como antesala de la penetración del comunismo en Norteamérica. De este modo, divididos los estados que terminarían conformando Estados Unidos por su política pro o antiesclavista y geográficamente por las tribus indígenas, la labor evangelizadora de España en California habría contribuido a fijar las fronteras de la civilización occidental, frente al actual enemigo común en plena guerra fría. Este es el delirante mensaje con el que concluye el documental en el que adivinamos la mejor intención por parte del Marqués.


Por desgracia, no se conservan materiales de Creer y saber (1963), que al parecer constituía un epílogo en clave personal a su carrera como cineasta, constituyendo en cierta medida un díptico con el anterior.

domingo, 28 de octubre de 2018

selmier: actor, autor, asesino (y 5)



Entre 1973 y 1974 hay un interregno de casi dos años en la actividad cinematográfica de Dean Selmier en España. Luego, de pronto, otra repentina incursión en las pantallas con una serie de películas que parecen planeadas para acabar con la carrera de cualquiera: papeles de relleno en producciones de cierta ambición y protagonismo en títulos tan justamente olvidados que ni siquiera llegaron a los cines de Madrid y Barcelona. El paranoico (Francisco Ariza, 1975), por ejemplo, se estrena en el cine Alkázar de Sevilla en enero de 1976. En los cinco primeros minutos Ariza expone lo que a otros les llevaría hora y media justificar y desarrollar. No es economía narrativa ni un sentido magistral de la elipsis, sino la urgencia por realizar la exposición lo más rápidamente posible.


Los títulos de crédito se superponen a imágenes de París y al protagonista conduciendo, todo ello acompañado por una melodía de acordeón tópicamente francesa. Sin más preámbulos, la acción arranca en la consulta del psiquiatra que pide al protagonista, a bocajarro y en su primera vista, que le cuente algún hecho relevante de su infancia. Un salto atrás en el tiempo —subrayado por un no menos tópico flou y narrado por la voz del paciente— sirve para mostrar cómo asistió, a la edad de tres años, al asesinato de una mujer por parte de su padre cuando ella le pidió que abandonara a su familia. De vuelta en el presente, resulta que este problema no es el que le atormenta, sino el sentido de culpa porque su mujer ha quedado inválida a consecuencia de un accidente y ahora no puede mantener relaciones sexuales. El consejo del psiquiatra no puede ser más lógico: debe contratar a una secretaria privada que satisfaga sus apetencias lúbricas. Pero aún faltan dos piezas más en el rompecabezas: él ya tiene una secretaria —a la que nunca veremos— que debe encargarse de poner un anuncio para encontrar a la secretaria privada; y se acuesta con la propietaria del restaurante en el que come a diario y golpea cuando menciona a su familia. Cuatro son las candidatas seleccionadas y con las cuatro se repetirá un esquema sin variaciones, lo que convierte a la película en una especie de absurdo bucle sin fin. Todas son mujeres desenvueltas, sin compromisos familiares que aceptan su invitación a comer en el restaurante, donde reciben el beneplácito de la propietaria. Luego, trabajo fuera de horario y una visita a unos terrenos que pretende comprar y donde la tensión sexual se hace patente. Ellas sienten una atracción irresistible por él, que las invita a posar en un taller de escultor. Tras unas horas de modelado, el escultor y la modelo —empresario y secretaria— hacen el amor. Entonces la mujer hace un comentario sobre la esposa legítima, él se ciega y la asesina brutalmente. Se deshace del cadáver y pide a su secretaria que llame a la siguiente candidata. El final se precipita cuando se ha alcanzado el metraje conveniente. Ni siquiera la sorpresa final alcanza el clima de grand guignol que precisaría para resultar mínimamente eficaz.


La inexpresividad e inadecuación de Selmier alcanza uno de sus puntos álgidos en ésta película. May Heatherly es la esposa. Un grupo de bellezas del momento luce pecho: Beatriz Savón, Verónica Luján, Lone Fleming, Jenny Llada… Más recatadas se muestran las jóvenes promesas Sandra Mozarowsky y Victoria Vera en El colegio de la muerte (Pedro L. Ramírez, 1975). Se trata de una película de terror ambientada en el Londres victoriano, en una institución de caridad para huerfanitas. Leonore (Sandra Mozarowsky) y Sylvia (Victoria Vera) son dos buenas amigas que deben abandonar la institución más o menos por las mismas fechas, llegada su mayoría de edad. Juntas han soportado vejaciones y maltratos, gracias a las atenciones del doctor Brown (Dean Selmier). Pero el mundo al que las envía la directora de la institución (Norma Kastel) es mil veces peor. Apenas llega a la casa donde debería trabajar como doncella, Sylvia es intervenida en vivo por el doctor Kruger con el fin de realizar un injerto de piel en su propio rostro desfigurado. El doctor Brown certifica su muerte, pero cuando Leonore se la encuentra por la calle el misterio empieza a complicarse.

Cadáveres que desparecen, azotamientos, lesbianismo, exhumaciones, venta de jovencitas a burgueses libidinosos y experimentos realizados por doctores enloquecidos se concitan en unas calles solitarias y cementerios neblinosos a los que la fotografía de Antonio L. Ballesteros no logra dotar de la más mínima verosimilitud debido a un sol omnipresente en los exteriores diurnos. Los ingredientes del pastiche están tomados sin mesura de dosis de las novelas de Robert Louis Stevenson, de las producciones de la Hammer Films y de Les yeux sans visage (Los ojos sin rostro, Georges Franju, 1960), pasando por el éxito de La residencia (Chicho Ibáñez Serrador, 1969). Pero sus pretensiones románticas —resumidas en el alegato final del monstruo, buscan la filiación con El fantasma de la Ópera, de Gaston Lerroux, en la versión de Lon Chaney (Rupert Julian, 1925), del que Selmier era un ferviente admirador.


Selmier se vuelve a poner el uniforme de militar para abrir y cerrar la adaptación de una de las novelas más vendidas de Álvaro de Laiglesia: Yo soy fulana de tal (Pedro Lazaga, 1975). Al salir del bar de alterne, Mapi se lleva a casa a Richard (Selmier), un coronel de la base de Torrejón, y mientras éste ronca en la cama ella se dirige a la cámara en una traducción del parloteo —llamarlo monólogo interior nos parece excesivo— que es la novela. Mapi relata —y la película muestra— su “caída” en siete u ocho episodios. Se prescinde de los primeros de la novela, relacionados con su infancia —“película ya vieja, rota y olvidada, porque en el cine de la vida el material envejece pronto”— y se tergiversan y resumen otros. El accidente laboral del padre y su muerte durante la Guerra Civil, que empuja a la madre a amancebarse con el cacique, queda resumido en la película con un habilidoso parlamento: “Mi padre era albañil, pero en la guerra, a las órdenes de un tal Líster, que debía mandar mucho, perdió un brazo y se convirtió en medio albañil. Eso marcó nuestra vida: comíamos la mitad, vestíamos la mitad y reíamos la mitad que las demás gentes.” Se nos muestran en rápida sucesión las variopintas ocupaciones de Mapi: monaguillo travestido, chica para todo en un establecimiento de ultramarinos, el noviazgo con Afrodisio (Paco Algora), que debe marchar al servicio militar en África. En su ausencia y durante las fiestas, Mapi se emborracha y, en un pajar, pierde la virginidad. —En este país todo el mundo da mucha importancia a los precintos de garantía... hasta tu propia madre.

De este modo, Mapi se traslada a Madrid y entra a servir en una casa, donde es seducida por don Rodolfo (Fernando Fernán-Gómez), el preceptor de los niños. Rodolfo le enseña a leer y la lleva a ver el mar, pero cuando descubre su embarazo también la deja tirada. Mapi busca en una farmacia algo para suicidarse y allí conoce a Merche (de nuevo May Heatherly), que la acoge y le explica su método de supervivencia: “el 60/20”. Sesenta años, veinte millones. Ella es la mantenida del farmacéutico (José Riesgo) y no hay mejor sistema. Mapi encuentra su “60/20” en Marcelo (Antonio Ferandis), un pintor que le pide que pose para él como Eva. Como en la novela picaresca la película busca un fin moralizante: las destinatarias serían las chicas que están pensando en comenzar en la profesión, para advertirles que no es oro todo lo que reluce. Ahogado Marcelo durante una borrachera y habiendo tomado su viuda legítima posesión de los gananciales, a Mapi no le queda otro remedio que regresar a Madrid. Entra en un baile y cuando uno le pregunta qué quiere ella responde con toda naturalidad que dos mil pesetas. El final del relato se cierra con la conclusión del preámbulo. Todos los hombres de su vida se le aparecen en rápidos flashes alternados con cerdos, en un símil tan literal como pedestre. El coronel encarnado por Selmier despierta. Mapi se viste de vietnamita y pone una grabación de tiros, que es lo que le pone a Richard... pero antes pasa la hucha.


La Corea (Pedro Olea, 1976) comparte protagonista y escenarios con el cine de Eloy de la Iglesia, pero el tratamiento que imprime Olea al relato es bien distinto, orillando su vertiente más montaraz y afinando el perfil del personaje interpretado por Queta Claver. Las escenas de amor están rodadas con un pudor un tanto relamido y el final, en las escaleras mecánicas del metro —aparte de su carácter metafórico— tiene cierto tono moralizante que no habría desentonado dos décadas antes. La cinta arranca con el rodaje de la escena final de otra de sus películas para José Frade, Tormento (1974). La denominada "trilogía de Madrid" se completa con Pim, pam, pum... ¡Fuego! (1975). O sea, tres miradas a las relaciones de poder y el sexo en la historia de España. De las tres, La Corea se acerca a la realidad contemporánea a partir de la peripecia de Toni (Ángel Pardo), un joven que emigra a la capital desde su pueblo natal en León y, a través de su amigo Paco (Gonzalo Castro), entra en contacto con Charo (Queta Claver). Ésta es la propietaria de un bazar de antigüedades en el Rastro que encubre un negocio de prostitución, tanto femenina como masculina, que recibe en nombre de La Corea por las buenas relaciones que tiene con los miembros de la base aérea “de utilización conjunta” de Torrejón de Ardoz. Charo se encapricha del chico provocando la reacción violenta del Sebas (José Luis Alexandre), el antiguo amante de la mujer. La única salida que le queda a Toni es colocarse como camarero en la base, pero La Corea lo descubre y le hace volver junto a ella. Es entonces cuando Paco vuelve a la carga y le propone un encuentro con Fred (Dean Selmier), el militar que le consiguió el trabajo en la base. La trágica muerte de Toni, precipita la situación.

Yo soy fulana de tal y La Corea ni siquiera figuran en la filmografía de Blow Away, a pesar de que la novela supuestamente autobiográfica se publica tres años después del estreno de la última. Apenas ha terminado de rodar estos dos papeles de militar de Torrejón, Selmier pone tierra por medio y se desentiende de su carrera de actor en España.

En abril de 1975 la Oficina de Recaudación de Madrid le reclama una cantidad bastante elevada en adeudos con Hacienda. La dirección es la de la productora de Elías Querejeta, en un chalet de la calle Maestro Lasalle. En 1977, el Boletín de Madrid publica un apremio por no habérselo localizado en su domicilio de la calle Factor, 3, junto a la calle Mayor y el consistorio municipal. En 1979 consta como dirección para estas diligencias la calle Castelló, 18. Todavía un año después se le siguen reclamando contribuciones correspondientes al año 1974. No han dado razón de él en el número 76 de la Avenida del Generalísimo, hoy Paseo de la Castellana. [Boletín de Madrid, accesible en la Biblioteca Digital de la Comunidad de Madrid: http://www.bibliotecavirtualmadrid.org/] Ninguna de ellas tiene que ver con la pensión de la Gran Vía donde dice haberse instalado en otoño de 1968, cuando los viejos buenos tiempos del Hilton pagado con fondos reservados eran ya cosa del pasado. [Selmier y Kram. Op. cit. pág. 199.]

Su evanescencia afecta también a su trabajo en una industria en la que el doblaje es ley. La postsincronización del sonido le permite incorporarse al cine español sin necesidad de tener que aprender el idioma pero le priva de una de sus principales herramientas como actor. La heterogeneidad de las producciones en las que interviene encuentra su correlato en la variedad de actores de doblaje que le prestaron su voz: Ángel María Baltanás en Los desafíos, Paco Valladares en Cuadrilátero, Juan Logar en Gallos de pelea, Carlos Revilla en El paranoico


El obituario del actor asegura que, de regreso a Estados Unidos, se cambio legalmente el nombre de Dean por el de Quasimodo. En Blow Away el actor-asesino afirma que el principal aliciente de su estancia en París es la posibilidad de acudir a diario a Notre-Dame y fantasear con un posible encuentro con el jorobado creado por Victor Hugo. Eso sí, asegura no haber leído jamás la novela, pero haber visto, en cambio, la película de Lon Chaney treinta y cinco veces. De hecho, para el asesinato de Múnich, se caracteriza como él, con una pesada joroba postiza y el maquillaje que le hace parecer medio ciego y deforme. El interés que pueda tener recorrer así caracterizado casi mil kilómetros para cometer un crimen sólo puede explicarse por la imaginación calenturienta que parecía ser una de sus aptitudes más evidentes desde temprana edad. Según Johnny Dodd, el compañero de estudios en Indiana con el que llegó a Nueva York, “Para ir con él a cualquier parte tenías que andar con todos esos líos del espionaje. Tomar un taxi en la calle 32 y saltar a otro en marcha…” [Wendell C. Stone: Caffe Cino: The Birthplace of Off-Off-Broadway. Southern Illinois University, 2005. pág. 46.]
 
Tras, al menos, dos ediciones en tapa dura en 1979, la novela autobiográfica de Selmier se reedita al año siguiente en edición de bolsillo con el título de Quasimodo y Mondadori la edita en Italia con el título de Il killer è di scena, lo que evidencia su popularidad. Sin embargo, nunca se tradujo al español.

domingo, 21 de octubre de 2018

selmier: actor, autor, asesino (4)

 

En el primer bienio de la década de los setenta Dean Selmier participa también hasta en cinco producciones estadounidenses o británicas rodadas en España con o sin participación española. En Patton (Patton, Franklin J. Schaffner, 1970) no aparece en los títulos de crédito pero tiene un papelito de un par de frases con George C. Scott. En Blow Away Selmier aprovecha este rodaje para hacer gala de sus viejas conexiones con Broadway y para poner en escena lo que es un rodaje de envergadura, no como aquéllos en los que ha participado en España hasta entonces:
Lentamente, el plano va tomando forma. Las cámaras se colocan en su posición, entran los sonidistas y luego los atrezzistas. Todos ellos son meticulosos, temperamentales y celosos ante cualquier invasión de sus dominios. Sobrevive el más espabilado, del cámara a los maquinistas, los mulos de carga del rodaje, y el jefe de eléctricos.
Hasta ahora no ha aparecido por allí ningún actor. Si son estrellas, están en sus caravanas, repasando el guión, haciendo crucigramas o practicando meditación. Scott… seguro que no hacía nada de eso. Estaría durmiendo. Es un tipo de una pieza. Seguro que tenía la escena estudiada desde hacía días. Su doble de luces está ahora en el decorado. Tiene la misma altura y complexión que Scott. Servirá para realizar los ajustes de luz y bloquear la posición de la cámara. Su trabajo es un chollo. Cuando aparece Scott me recuerda a un cangrejo de arena. Se coloca, aparta un poco de arena y regresa a su caravana. […]
Al verme se detiene.
—¿No te he visto antes?
—Claro —le digo. Se lo piensa.
—¡Ah, en Ballad of the Sad Café! No te había reconocido. Siempre andabas con el pequeño Michael. [Selmier y Kram: Op. cit. pág. 237.]
Cuando Patton llegó a Djebel Kouif, en Argelia, el 12 de marzo de 1943 se encontró, al parecer, un desbarajuste considerable y a la tropa bastante relajada en cuanto a la disciplina. Para ilustrar este punto, el guionista Francis Ford Coppola crea una escena en la que Patton tropieza con un solado tirado en mitad de un pasillo. Es el papel que interpreta Selmier, que pone su mejor cara de pasmado para explicar que sólo intentaba encontrar un sitio tranquilo para dormir. La respuesta del general es lapidaria: “Puedes volver a echarte, hijo. Eres el único en este cuartel que sabe lo que está haciendo”.


Poco más permanece en pantalla en la extraña Captain Apache (Capitán Apache, Alexander Singer, 1971), suerte de western autoparódico desde los mismos créditos de entrada y salida montados sobre sendas canciones interpretadas nada menos que por su protagonista: Lee Van Cleef. La producción corre a cargo de Benmar, una compañía británica con capital de donde lo hubiera organizada por el guionista Philip Yordan para aprovechar su experiencia en España junto a Samuel Bronston. El elenco hispano está integrado por José Bódalo y Elisa Montés en papeles de cierto peso, y Ricardo Palacios, Cris Huertas o Charly Bravo, habituales en este tipo de producciones. Selmier aparece brevemente en un archivo en el que el protagonista busca un informe secreto e intenta oponerse a sus desmanes, pero es inmediatamente acallado por un sargento.


Y aún menos suerte tiene en The Hunting Party (Caza implacable, Don Medford, 1971) y Man in the Wilderness (El hombre de una tierra salvaje, Richard C. Sarafian, 1971), donde figura en los títulos de cabecera, los personajes que interpreta se llaman respectivamente Collins y Russell, pero no hay manera de localizarlos en todo el metraje. En la segunda, su intervención habría tenido lugar en alguna de las escenas retrospectivas que recrean el pasado del superviviente interpretado por Richard Harris, rodadas en los madrileños Estudios Moro o en algunos exteriores en Soria, porque el rodaje principal se realizó en Arizona.


Take a Hard Ride / La parola di un fuorilegge... è legge! (Por la senda más dura, Antonio Margheriti, 1975) es el epílogo cabal a esta serie de presencias fantasmales. Selmier vuelve al Oeste nada menos que en Canarias, en un extravagante exponente tardío del género. Aparte de su exótica localización, pareciera que la película va a discurrir por caminos más o menos trillados cuando arranca con un sanguinario cazador de recompensas encarnado por Lee Van Cleef y un ranchero (Dana Andrews) que ha reunido una cuantiosa suma con la que quiere construir en Sonora (México) nada menos que… un falansterio. El hombre de confianza del ranchero (Jim Brown), un tahúr (Fred Williamson) y un experto en artes marciales criado por los indios (Jim Kelly) y una prostituta (Catherine Spaak) se aliarán para hacer que el dinero llegue a su destino, mientras el cazador de recompensas y varias recuas de villanos los persiguen. El caso es que los tres protagonistas masculinos son de raza negra. De este modo se configura un western atlántico —que no mediterráneo— que da una nueva vuelta de tuerca al filón blaxploitation al reunir a los tres protagonistas de Three the Hard Way (Los demoledores, Gordon Parks jr., 1974). La intervención de Selmier es mínima. En los primeros minutos de la cinta, entra en un saloon para poner sobre aviso al tahúr de que el dinero viaja hacia Sonora. Lleva bigote, se agarra a una columna, se inclina hacia adelante… suelta una información que nadie le ha pedido y se volatiliza. Es posible que hubiera una secuencia anterior que haya desaparecido del montaje definitivo.

El caso de Murders in the Rue Morgue (Asesinatos en la calle Morgue, Gordon Hessler, 1971) es ligeramente distinto porque aunque Selmier apenas tiene presencia en la cinta está allí con su amigo Michael Dunn, que encarna a uno de los personajes principales. Selmier novela su encuentro en España, adelantándolo a la primavera de 1968:
—¿Cuál será tu próxima película?
—Todavía no lo sé. Sólo me ofrecen basura, Películas de terror. Debería de hacer un remake de Blancanieves y los siete enanitos e interpretar yo solo a esos siete cabroncetes. ¿Qué te parece como tour de force? Estaría impresionante. Bueno, es una idea. Tengo que estudiarla.
—Creí que Ship of Fools te encumbraría.
—Esperaba que fuera así. Pero duró sólo un instante, como el barco. Estoy arrinconado por mi tamaño. Me parece que voy a tener que hacer un montón de televisión. [Selmier y Kram: Op. cit. págs. 218-219.]

La “basura” que le ha traído a España es una producción de la American International Pictures de Arkoff y Nicholson que ya había explotado la veta de Poe de la mano de Roger Corman a principios de los años sesenta. Una década después parecen dispuestos a resucitar el filón, pero con base en Londres y rodaje en España. La trama se aleja considerablemente del relato de Poe y lo toma simplemente como excusa para una obra de grand guignol representada por la compañía de Jacques Charron (Jason Robards) en un teatro parisino bautizado con el nombre del escritor bostoniano y en el que se están cometiendo una serie de sangrientos crímenes. Dunn encarna al acólito del siniestro René Marot (Herbert Lom), amante apasionado cuyo rostro quedó horriblemente desfigurado por el fuego. Selmier apenas aparece como figurante en el interior del teatro y tiene una intervención ligeramente más lucida en la primera secuencia tras los créditos, cuando avisa a los gendarmes de que el asesino está huyendo por el tejado del teatro.

Debe ser más o menos por entonces cuando Dunn y Selmier conciben juntos un western cuyo rodaje se llega a anunciar en el New York Times con el castizo título de Los paletos, así, en español. El articulista anuncia que será la primera película dirigida por Dunn, que se va a rodar a lo largo del verano de 1972 en los alrededores de Madrid y que la acción se sitúa en el Oeste americano después de la Guerra de Secesión. Una sinopsis de siete folios fue depositada en su día en el registro de la Propiedad Intelectual. La productora iba a ser Purple Adventure Productions, la marca del propio Dunn, y el guión era obra de Selmier y de Cass Martin, que había trabajado como actor en las dos primeras producciones en España de Benmar Productions. Dunn asegura que “habrá un montón de tiros y el mínimo de diálogo”. [A.H. Weiler: “Well-Dunn”, en The New York Times, 4 de junio de 1972.] 

En la filmografía de Selmier citada al final Blow Away se menciona otro proyecto con la participación de Michael Dunn, previsto para 1973 pero nunca realizado, que lleva por título The Name Is Rupert. [Selmier y Kram: Op. cit. pág. 273.] Dicho libreto fue registrado en abril de ese mismo año en el registro del copyright de la Biblioteca del Congreso estadounidense.

Dunn fallecerá el verano siguiente en Londres, aunque antes se ve implicado en varios proyectos, entre ellos y de nuevo en España, La loba y la paloma (Gonzalo Suárez, 1974).

domingo, 14 de octubre de 2018

selmier: actor, autor, asesino (3)

 

Aunque el rodaje de Cuadrilátero (Eloy de la Iglesia, 1969) no forma parte del argumento de Blow Away, el ambiente que retrata encuentra eco en las páginas que Selmier y Kram dedican al principal interés del segundo: el boxeo. Según el relato, Selmier suele ir a correr todas las mañanas por el Parque del Retiro y allí se encuentra con un peso pesado sonadísimo apodado “Baby” Estrada. Selmier se ofrece a entrenarle y, tras una pelea desastrosa, lo coloca de chófer de Amparo, una madame que controla a varias prostitutas de lujo y visita los exclusivos puticlubs de Madrid en un Mercedes blanco.

La operación comercial organizada por el productor Arturo Marcos en torno a Cuadrilátero resultaba incontestable. El púgil cubano José Legrá acababa de ganar el título mundial de los pesos plumas y se había convertido en toda una celebridad al dedicar sus triunfos a Franco y al pueblo español. Como El Cordobés o como Massiel, sus ires y venires son amplificados por la pequeña pantalla y por los periódicos ávidos de titulares. Los mencionados, como otro buen número de cantantes, toreros o deportistas, se han incorporado al elenco de nuevos actores cinematográficos —el doblaje es una herramienta muy útil también en este terreno— y sus películas han rendido buenos dividendos. Después de intentarlo con Mario Camus, responsable de las películas de Raphael, Arturo Marcos decide poner el proyecto en manos del joven Eloy de la Iglesia, que llevará a la pantalla el melodramático guión de Antonio Fos, cuajado de tópicos sobre el mundo boxístico, con brío y modos afines a las nuevas tendencias mundiales en lo que al relato audiovisual se refiere. Entonces, ¿por qué Cuadrilátero fue un fracaso no sólo de crítica, sino de público?


Para empezar, Legrá no es en absoluto el protagonista de la cinta. Su personaje, José Laguna, campeón europeo y aspirante al título mundial, aparece en primer lugar en los créditos pero su función en el reparto es bastante secundaria. El guión plantea un melodrama sin ambages, en el que más allá de los enredos del mundo del boxeo se plantean una serie de consideraciones sobre el éxito y el fracaso a partir de las relaciones especulares entre varias parejas de todo tipo y condición. Desde la amistad del atribulado Miguel Valdés (Dean Selmier) —que está a punto de colgar los guantes cuando deja ciego a un contrincante— con el viejo campeón Young Miranda (José María Prada), a la relación que éste mantuvo con Olga (Irene Daina), la decadente amante del todopoderoso promotor Óscar (Gerard Tichy). Éste tiene una joven protegida, Elena (Rosanna Yanni), de la que Miguel se enamora perdidamente, haciendo peligrar su carrera y volviendo a caer en la misma trampa que cayó su preparador actual, Young Miranda. En in intento por recuperar la juventud que se le escapa, Olga mantiene una relación clandestina con José, quien, a su vez, forja en sus entrenamientos conjuntos una buena amistad con Miguel. Este hilo conducirá al clímax, cuando Óscar fuerce el combate entre ambos por el campeonato del mundo, en venganza por sus respectivas traiciones. Será el momento en que Young Miranda ajuste cuentas con Óscar. Relegado a figura icónica el campeón Pepe Legrá, Selmier se convierte en auténtico protagonista de la cinta, con Tichy como antagonista.

Eloy de la Iglesia sirve esta enrevesada trama con efectismo, recurriendo a contrapicados enfáticos, a la alternancia de planos generales con primerísimos primeros planos de los actores, al montaje percutiente. No obstante, la materias primas con las que trabaja son las relaciones de poder y sometimiento que se establecen entre unos personajes tendentes en unos casos al hedonismo de corte desarrollista y en otros al puro masoquismo. En esto, resulta perfectamente coherente con el universo frecuentado en la primera etapa de su filmografía. A pesar de ello, Selmier se despacha a gusto con ella y asegura que ni siquiera le sirvió de aprendizaje. “Trataba sobre un boxeador ciego y uno tendría que haber estado ciego para poder disfrutar con ella”. [Selmier y Kram: Op. cit. pág. 236.]


Eloy de la Iglesia volverá a contar con él en su siguiente película: El techo de cristal (Eloy de la Iglesia, 1971). La cinta está realizada al servicio de Carmen Sevilla, por lo que el papel de Selmier resulta lógicamente subsidiario. Ricardo (Selmier) es el casero de dos matrimonios que viven en el campo. Marta (Carmen Sevilla) se queda sola a menudo porque su marido (Fernando Cebrián) debe viajar por motivos de trabajo. En el piso de arriba vive Julia (Patty Shepard) cuyos pasos inquietan a Marta por las noches, sobre todo cuando se entera de que el otro marido también está ausente. Marta, siempre fantasiosa, urde la historia de un crimen. Como Ricardo se dedica a la cerámica, Julia podría haberlo asesinado y haberse deshecho del cadáver en el horno. O que ha descuartizado el cadáver y lo ha echado de comer a los perros. Al tiempo que la atracción que Marta siente por Ricardo va en aumento, la frontera entre su desbordada imaginación y la realidad se van desdibujando. Tanto Marta como Julia son espiadas por un fotógrafo al que no vemos; sólo podemos escuchar los clics que produce la cámara al robar las imágenes de las dos mujeres. De la Iglesia aprovecha para teorizar sobre la naturaleza de su cine y la relación con su público por boca de Ricardo. Este desdice a Godard: el cine no sería la vida a 24 fotogramas por segundo, sino la válvula de escape del voyeurismo de los espectadores, cuya complicidad busca una y otra vez, más que mediante el suspense hitchcockiano —al que se cita en más de una ocasión—, aprovechando la identificación del público con la cualidad estelar de Carmen Sevilla y su cambio de imagen. Sin embargo, es el torso desnudo de Selmier lo que continuamente excita el deseo reprimido de Marta.

Inmerso en este maremágnum de producciones en las que tiene papeles principales, no ha podido protagonizar Tentativa, un spaghetti western que se anuncia en 1970 como coproducción hispano-italiana y en el que iba a compartir cabeza de cartel con Thomas Hunter, otro estadounidense con formación militar y vocación escénica expatriado en Europa y que ha protagonizado en España El magnífico Tony Carrera (José Antonio de la Loma, 1968). [ABC, 3 de julio de 1970. pág. 77.]


Sus dos últimas películas de este periodo de frenética actividad cinematográfica son Mecanismo interior (Ramón Barco, 1971) y La novia ensangrentada (Vicente Aranda, 1972). La primera resulta hoy prácticamente invisible. Supone el debut en la dirección del cubano-portorriqueño Ramón Barco y, a juzgar por las reseñas de su paso por el festival de San Sebastián, debía de ser un proyecto tan personal como desquiciado. El argumento gira alrededor de una actriz (María Mahor), víctima de tremendos traumas infantiles, que se sumerge en un proceso que la conduce a la locura. Sigamos a Miguel Pérez Ferrero, cronista del festival, en su intento por desentrañar la enrevesada trama:
Guarda la vivencia de un ocasional contacto sexual con un muchacho. La invade un irrefrenable amor por un amante que se ha inventado [Selmier]; y el padre [de nuevo Selmier], su progenitor, y el amante se funden, se confunden en un parecido que casi los identifica. Todo eso crepita en la mente de la actriz, que cada vez va, ella misma, entorpeciendo, haciendo casi imposible su trabajo profesional. La actriz está casada y su marido, un productor, en la cárcel por no haber podido cumplir compromisos económicos contraídos. La protagonista la actriz, insistimos— tiene sueños eróticos. El mundo de sus fantasmas estrecha el cerco que le ha puesto. Nada puede el psiquiatra al que va a consultar. Pero cuando el marido sale de la prisión resulta que también es el mismo personaje —el padre, el amante— [una vez más Selmier] y se arroja a él como una tabla de salvación. Sin embargo, la mente de la mujer no tiene ya salvación alguna. [Donald: “Mecanismo interior, de Ramón Barco, en el Festival de Cine de San Sebastián”, en Blanco y Negro, 17 de julio de 1971. pág. 67.]
También La novia ensangrentada bucea en el subconsciente femenino, pero con envoltorio de película de terror más o menos al uso. Aranda toma el relato de vampirismo Carmilla, de Sheridan Le Fanu, y realiza una versión explícitamente psicoanalítica y voluntariosamente surrealista. Aunque pueda parecer lo mismo, los registros no pueden ser más disímiles. Las primeras coordenadas se concretan en apuntes simbólicos —palomas que emprenden el vuelo, llaves desaparecidas, dagas que penetran en la carne, el empleo del blanco y el rojo en el vestuario y el atrezo...—, en tanto que las segundas están ligadas a las imágenes perturbadoras de una mujer enterrada en la arena con unas gafas y un tubo de buceo o a las dos protagonistas desnudas, abrazadas en el interior de un ataúd. El principal mérito de Aranda es colar de matute todos estos contenidos en un paquete con el colorido envoltorio de una película de fantaterror en la que una pareja (Maribel Martín y Simón Andreu) llega en viaje de novios a un viejo caserón en cuyas proximidades se enterró el cuerpo de Mircalla de Karnstein (Alexandra Bastedo), novia ensangrentada al apuñalar repetidamente a su marido en la noche de bodas. Sin embargo, la proliferación de desnudos integrales femeninos —en los que Maribel Martín es sustituida por una “doble de cuerpo”— y la explicitud gore de las escenas de violencia propiciaron la acción de la censura no sólo en España, sino también en Gran Bretaña.


Selmier comparece en pantalla cuando ya ha transcurrido la mitad del metraje: es el médico que inyecta un calmante a la abrumada novia, después de que haya tenido la primera de sus sangrientas pesadillas. Tranquiliza al marido, pero se muestra incapaz de sanar los males del espíritu, que parecen ser los que aquejan a la joven. En su segunda visita asegura que es necesario avisar a un psiquiatra y sirve de soporte utilitario a Aranda para endilgarle al espectador la historia de Mircalla Karnstein, al tiempo que el pragmático doctor da voz a la incredulidad del espectador que ya a está a punto de caramelo para entrar en esa fase de suspensión de la incredulidad que precisa todo relato de terror sobrenatural. Por supuesto, su incredulidad le costará la vida.