domingo, 14 de abril de 2019

ocurrió a la luz del día (4)



Un cuento de hadas

El cebo es un cuento de hadas. Y no sólo porque los motivos de los cuentos –el príncipe valiente, el mago-ogro, la niña en peligro, el bosque…- estén omnipresentes, ni porque el comisario Matthäi verbalice en la escuela que, para los niños, “es imprescindible creer en los cuentos de hadas”, sino porque toda la puesta en escena sirve a este fin. Ya los títulos iniciales aparecen sobre planos en delicados movimientos de avance o laterales que nos llevan del corazón del bosque hasta las proximidades de un idílico pueblecito suizo. Se pone así en imágenes el revés de “Heidi” que propone Dürrenmatt, que a la estructura melodramática del relato infantil contrapone una asepsia quirúrgica para realizar la autopsia de una sociedad en descomposición, capaz de generar monstruos e incapaz de neutralizarlos.

La película arranca con el descubrimiento del cadáver de una niña de siete u ocho años, en un bosque cercano a la población suiza de Mäggendorf. El buhonero Jacquier (Michel Simon) tropieza con el cuerpo y corre bajo una lluvia torrencial a avisar a la policía. Tal como lo rueda Vajda, el buhonero tropieza con la niña y sale corriendo, circunstancia ésta indeterminada en el guión original. Es la película sabemos que es inocente desde el principio. Al arrancar el guión con la huida de Jacquier se creaba una ambigüedad que podía tener un sentido para el final urdido por el novelista pero que no interesa a Vajda.

El comisario Matthäi (Heinz Rühmann), de la policía de Zúrich, está a punto de partir hacia Jordania, donde se encargará asesorar a las autoridades en la creación de su moderno cuerpo de policía, cuando recibe la llamada. Es un veterano en el que el cansancio ha hecho mella. Su devoción por el trabajo le ha hecho ganar el respeto de sus superiores y subordinados, pero también un cierto aislamiento. Ante la perspectiva de su marcha el comandante (Heinrich Gretler) le pide que recomiende un sustituto. Matthäi propone a Henzi (Siegfried Lowitz), un teniente que lleva trabajando con él los dos últimos años. Comienza entonces la investigación. A pesar de que ya está fuera del caso, Matthäi acompaña a Henzi al lugar del crimen y encuentran nuevas pistas que podrían servir en la acusación contra Jacquier. Un profesor de la escuela identifica a la niña como Greta Moser. Hay que dar la noticia a los padres y todo el mundo esconde la cabeza debajo del ala. Matthäi asume una vez más esta responsabilidad. Se le reprochóal director en la fecha de su estreno el hieratismo teatral de la secuencia de “la promesa”. Sin embargo la jugada de Vajda es clara. El estatismo de la escena, su composición en profundidad y el alarido final en off de la madre, coadyuvan a subrayar el compromiso moral de Matthäi en la resolución del asesinato.

Una visita a la escuela donde estudiaba Greta les sirve para advertir a los niños sobre los peligros de dejarse llevar por desconocidos a lugares ocultos. Ursula (Barbara Haller), una amiguita de Greta, les proporciona una pista. Greta le contó que había conocido a un gigante y que le había regalado unos erizos. Ha realizado un dibujo de la escena en la que aparece un hombre vestido de negro más alto que una montaña, un coche y un extraño ser con cuernos, que llama la atención de Matthäi.
Matthäi acude a Mäggendorf y evita que los campesinos linchen a Jacquier, al que todos acusan del asesinato. Comienza entonces un duro interrogatorio con el que el teniente Henzi y el detective Feller (Sigfrit Steiner) logran la confesión Jacquier. Durante la cena de despedida a Matthäi, éste expresa sus dudas sobre la sofisticación de los sistemas de control en el mundo contemporáneo.

Efectivamente, son del todo ineficaces, porque la resistencia del buhonero se ha quebrado hasta el extremo de suicidarse. Asqueado, Matthäi decide marchar a Jordania. Sin embargo, la contemplación de unos niños en el aeropuerto y el descubrimiento de unas trufas de chocolate que podrían ser los “erizos” que Greta recibió del asesino le empujan a regresar. Pide el reingreso pero el comandante se lo deniega. El caso está cerrado. Matthäi decide entonces continuar la investigación a título privado. El primer paso es ponerse en contacto con el profesor Manz (EwaldBalser), el psiquiatra de la policía. Éste le ayuda a interpretar el dibujo de Greta. Podría tratarse de una fantasía, pero también podría ver algunos elementos reales. El gigante representa al asesino, un hombre achantado por su mujer y sin hijos, según la opinión del experto. Los erizos son, efectivamente las trufas. Es difícil adivinar la naturaleza del animal con cuernos. Lo que es seguro es que el asesino volverá a matar.

Matthäi recorre las escenas de los anteriores crímenes de característica similares. Siempre son niñas rubias, de unos siete u ocho años. Los cadáveres aparecen al borde de la carretera de Zúrich. Los hijos de la dueña de una taberna le dan una clave más: el animal del dibujo es una cabra montesa que figura en el escudo del condado de Grisones y en las placas de los coches allí matriculados. Matthäi alquila por unos meses una gasolinera al borde de esta carretera a un italiano añorante del cálido sur. No deja de ser irónico, porque la fama de Heinz Rühmann se cifra en los musicales de la República de Weimar, en cuyo escapismo algunos han querido ver un espíritu pre-nazi. El título que puso en órbita a Rühmann fue Die drei von der Tankstelle (El trío de la bencina,Wilhelm Thiele, 1930). Son rimas, acaso casuales, que no se le escapaban al espectador de la época.

Una vez más, son los niños quienes le dan una pista sobre el modo en que debe actuar. Unos golfillos que hacen pellas en el río le explican que para pescar truchas hace falta un cebo vivo. Matthäi encuentra en el pueblo a una niña llamada Ana María Heller (Anita von Ow). Tiene un gran parecido con Greta y es hija ilegítima, por lo que su madre (María Rosa Salgado) tiene mala reputación en el pueblo. El expolicía le ofrece a la señora Heller que vaya a vivir con su hija a la gasolinera. Por las tardes Matthäi construye con Ana María una casa de muñecas al borde de la carretera, de modo que la niña esté siempre a la vista. La niña pide que le pongan una torre, como en los castillos de los cuentos. El policía argumenta que las casas modernas carecen de torres. El prosaico comisario es incapaz de conectar con la niña.

Al atender a los clientes de la gasolinera anota las matrículas en las que figure la cabra montesa del condado de los Grisones. Por la noche realiza llamadas telefónicas con excusas vagas para enterarse si lo conductores tienen hijos o no. La señora Heller está preocupada por su comportamiento pero Matthäi le dice que se meta en sus asuntos. Una de las llamadas alcanza el objetivo, pero la respuesta de la señora Schrott (Berta Drews) despista a Matthäi. Es una viuda con dos hijos que se ha casado con su antiguo chófer al que tiene férreamente sojuzgado. Alfred Schrott (Gert Fröbe) se siente empujado al asesinato cada vez que su mujer le reprocha su inutilidad. Aprovecha sus viajes comerciales para cometer sus crímenes. Un día se presenta en el bosque, donde Ana María juega. Vajda organiza el encuentro con la niña a la orilla de un riachuelo, entre los árboles, como si la mole de Schrott se hubiera materializado de la nada. El monstruo ni siquiera pronuncia un discurso seductor. Una serie de sonidos guturales y gemidos sustituyen al lenguaje articulado cuando empuña su títere de guante. Ana María interpreta: “¿Verdad que eres un mago?”. Y cuando el depredador le propone un nuevo encuentro para “hacerle magias”, ella pide “un castillo como el de Blancanieves, con muchas torres”. Por supuesto, la magia sólo funciona para los iniciados y ello implica guardar celosamente el secreto: “No debes decírselo a nadie. (…) Si le dices a alguien una sola palabra no podré hacer magias”. No sé si alguien lo ha hecho notar antes pero la filiación de algunas escenas de El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), antes que con Frankenstein (El doctor Frankenstein, James Whale, 1931) que Erice cita explícitamente en su película.

Matthäi descubre al día siguiente a Ana María saliendo del bosque y la interroga. Finalmente, debe reconocer ante la señora Heller que las ha utilizado. Las envía a casa y llama a sus viejos compañeros para que le ayuden a tender una trampa al asesino. Cuando éste se presenta en el bosque hiere a Matthäi en el antebrazo con una navaja de afeitar pero es abatido a tiros por la policía.  Llega entonces Ana María y el excomisario se coloca la marioneta en la mano para que no vea la sangre. La niña ha encontrado por fin un padre y Matthäi ha neutralizado a la bestia.

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