domingo, 14 de julio de 2019

lazaga 101 (6)

La frase "la vida es maravillosa" -recordaba José Luis Dibildos-  era un homenaje a Pedro Lazaga, que la decía siempre, porque veía el lado positivo de las personas y las cosas. La película es una especie de exaltación de la bondad y del optimismo vital. [Francisco Javier Frutos y Antonio Lloréns: José Luis Dibildos: La huella de un productor. Valladolid, Semana Internacional de Cine, 1998, pág. 26.]
La vida es maravillosa (1956) es una extraña comedia-dramática en la filmografía de Lazaga, afín en tono a otras comedias humanistas de estos años como El hombre que viajaba despacito (1957) o El hombre del paraguas blanco (1958), dirigidas ambas por Joaquín Luis Romero Marchent. A diferencia de éste, Lazaga trabaja en color y busca siempre motivos en los que sacar partido al cromatismo. Además, hace un uso bastante infrecuente de la duración de los planos, prolongando la acción sin cambiar la posición de la cámara, como en la escena en la que el peregrino devora la cena de la familia de Mercedes. En las secuencias de El Molino barcelonés, esta duración provoca una incomodidad que reproduce con mucha fidelidad el descubrimiento por parte de Eugenio del mundo en el que se desenvuelve su hermana. Si no resultara sacrílego, diríamos que hay mucho de bressoniano en el planteamiento y la resolución formal de estas secuencias. Parecida técnica utiliza en la recreación de los números. Aunque no asistimos a ninguno relacionado específicamente con las variedades, sí que podemos contemplar desde el palco que ocupan Eugenio y Nicolás las actuaciones musicales de Gardenia Pulido, Carmen González, Johnson y Lydia y Maruja Blanco y las Estrellas del Molino. El punto de vista distanciado y, de nuevo, la duración de los números, les confiere una extraña cualidad documental, ajena a la habitual función de interludio espectacular que pudieran tener en una producción de Iquino, por poner un ejemplo.

Eugenio Jalón (Germán Cobos), habitante un tanto ingenuo de un pequeño pueblecito de Castellón, viaja en compañía de Nicolás González (Antonio Prieto), un charlatán que pasa por el pueblo cada tanto vendiendo plumas estilográficas, a Barcelona donde vive su hermana Julia (Elena Espejo). Durante el viaje ocurren algunos incidentes desagradables debido a su buena fe y al llegar a Barcelona se encuentra con que Julia trabaja en el Molino, pero no como artista, según le había contado, sino dedicada al alterne. Juntos regresarán a Benicarló donde Eugenio había conocido a Mercedes (Ángela Caballero) al rescatar a su hermana de morir ahogada durante el viaje de ida. Entre los personajes excéntricos que Eugenio se encuentra por el camino, merece una mención especial el pícaro peregrino encarnado por Manuel Alexandre, un cometido breve pero resuelto por el intérprete con una riqueza de matices y una gracia que lo hacen inolvidable.

En El Molino, Julia baila español y americano, un poquito de puntas, baila y recita. Esto último, también poco. Pero ella, que ha pasado por la academia de baile de La Sevillanita y se ve que está preocupada por su futuro, lo que quiere ser es "maquietista". O sea, "artista polifacética". Por ahora tiene que conformarse con bailar junto a un marinero que canta con un ukelele y participar en la pasarela del fin de fiesta con un vestuario que adivinamos retocado para que pudiera pasar el filtro censor en 1955. Con todo, La vida es maravillosa se puede considerar un retrato del alterne en el Paralelo en la década de los cincuenta, todo lo ingenuo y melodramático que se quiera, sí, pero también más fidedigno de los que hemos visto hasta ahora, merced a las estrategias desarrolladas por Lazaga.

Roberto el diablo (1957) es la primera “comedia cómica” de Lazaga. O sea, la primera planificada con la intención exclusiva de provocar la carcajada del respetable. Y lo hace a partir de estrategias tanto limpias como espurias. Entre las primeras podemos incluir el guión de Antonio Guzmán Merino –en el que no es difícil adivinar apuntes autobiográficos-, historia de Montescos y Capuletos en un pueblecito de la sierra granadina. La rivalidad familiar no se debe a viejas rencillas familiares, sino que don Pablo, el boticario (Roberto Rey), es liberal de Romanones, y don Pedro, el cacique (José María Lado), conservador de los de don Antonio Maura, a los que en el pueblo llaman “los mauritanos”. La toma del poder por parte de éstos lleva a Roberto (Germán Cobos), eterno estudiante de Derecho, a la secretaría del ayuntamiento. Esta circunstancia le aleja aún más de Pepita (María Mahor), la hija menor de don Pablo, de la que está perdidamente enamorado.

El romanticismo desaforado de la pareja imposible, la oratoria vacua de sus progenitores y las quisicosas del cortejo amorosos a principios del siglo XX son otros tantos motivos para la sátira amable, que Luis G. Berlanga había manejado con mejor pulso a partir de un argumento de Edgar Neville en ¡Novio a la vista! (1954). En cambio, la interpretación burlesca de un galán un tanto limitado, como Germán Cobos, y el recurso al gag de repetición –por cuenta de las tres hermanas ennoviadas de Pepita- y al slapstick –carreras y caídas de Roberto- no terminan de funcionar por su delicado ensamblaje en el bastidor de la sátira de costumbres.

Una vez más, eso sí, Lazaga arriesga en el apartado formal. La planificación recurre sistemáticamente al gran angular y al contrapicado, una técnica desacostumbrada en una comedia de este tipo, en la que se suele tender a la invisibilidad. Los tradicionales efectos de puntuación, como fundidos y encadenados, son sustituidos por brevísimos barridos de cámara montados a corte, lo que proporciona gran dinamismo al relato, pero también extrañamiento en el espectador medio, poco habituado a los alardes formales. También en cuanto al cromatismo prosigue Lazaga el camino iniciado en La vida es maravillosa, aunque recurre a una paleta menos extrema, salvo en el caso del vestuario de las tres hermanas de Pepita o en los mítines políticos, donde el color gana protagonismo.

En El fotogénico (1957), Antonio (José Luis Ozores) es el telegrafista del pequeño pueblo de Solera del Río. Aunque doña Palmira (Ena Sedeño), su profesora de canto, se hace ilusiones con respecto a él, el joven está enamoradísimo de la cancionista Carmen Reyes (Lolita Sevilla), a la que se pasa el día escuchando por radio. Tanto es su embelesamiento con la estrella, que sueña que la fotografía dedicada cobra vida y le invita a compartir con ella este mundo de fantasía -entre Giorgio de Chirico y un Gene Kelly telegrafista- que se encuentra al otro lado del marco. Su segunda inmersión en el mundo de la fantasía será mucho más real. La propuesta de participar en un concurso de "caras nuevas" le proporciona la ocasión de viajar a Madrid y entrar en los estudios CEA. Después de lidiar con el portero y de encontrarse en cada puerta un cartelito de "Prohibido el paso", accede por fin al plató donde la artista de sus sueños rueda "Carmen la bandolera", una película folklórica al uso que Lazaga ni siquiera se preocupa por parodiar. Las siguientes estaciones del enredo son una emisora radiofónica y un hotel de lujo. En cada ocasión Antonio es confundido con otra persona y Carmen termina echándole con cajas destempladas. Sin embargo, ante la posibilidad de perder un sustancioso contrato para una película en compañía de su novio, el famosísimo "cantor de la pantalla" -pero, por lo visto, absolutamente desconocido en España- hacen que Carmen y su representante (Antonio Ozores) le pidan al aspirante a astro cinematográfico que se haga pasar por su prometido.

Desde su debut en El último caballo (Edgar Neville, 1950), José Luis Ozores se ha consolidado como uno de los más importantes actores cómicos de la pantalla española; probablemente, el más popular de la década. Pedro Lazaga se pone a su servicio y se ciñe a su modo de entender la comedia, con grandes dosis de patetismo. Una vez solventadas, gracias a la habilidad del guión, las inserciones musicales de Lolita Sevilla, es Peliche quien ocupa el centro del encuadre. En las escenas que comparte con su hermano, Lazaga los encuadra en plano medio y les deja improvisar, seguro de que el resultado será siempre más eficaz que cualquier retruécano previsto en el libreto.

El aprendiz de malo (1958) es una película del clan Ozores dirigida por Lazaga. Buena parte de la familia Ozores-Puchol encarna los principales papeles, cuando Mariano aún no dirige y alterna su labor como guionista con las de realizador televisivo. Toca ahora deslindar cuál es la parte de la película que corresponde a cada cual. Lazaga está más presente en los primeros compases de la cinta, cuando la necesidad De Casto (José Luis Ozores) de conseguir un uniforme para poderse colocar como portero de un cine de Madrid, le llevan a planear el secuestro de un niño siguiendo el modelo de una película americana. Una escena cocinada a fuego lento en la que el aprendiz de secuestrador va tachando lo que no procede del secuestro que ha visto -la avioneta, el camión, el coche, la rubia, la casa en Manhattan, la finca aislada...- y anota lo que queda a su alcance -una bici, un capacho y un pueblo de la sierra madrileña- proporciona el tono de la parodia, como más adelante lo hará en Sabían demasiado. También la calibración de la fortuna de los padres del niño a secuestrar de acuerdo con las condiciones de sus niñeras.

En cambio, la comedia ternurista que sobreviene desde el momento en que Casto se ve obligado a hacerse pasar por el padre del niño recién secuestrado, en un pueblecito de la Arcadia rural de la que pretendía escapar emigrando a la capital, es territorio de los hermanos Ozores. Alojado temporalmente en casa de Eurípides y Rosita (Antonio Ozores y Julita Martínez), Casto conoce a Jacinta (Elisa Montés) de la que se enamora perdidamente. Entretanto, el mayordomo (José María Lado) de la casa de Carlitos pide a la niñera y al resto del servicio que, en ausencia de los padres del niño, no digan nada a la policía pues corren el riesgo de ser despedidos. En realidad pretende cobrar un abultado rescate por la liberación del niño, toda vez que el infeliz de Casto sólo ha pedido las dos mil quinientas pesetas que le cuesta el uniforme.

Casto es heredero de El malvado Carabel, de Wenceslao Fernández Flórez, cuyos textos adapta en estos mismos días Mariano Ozores para la televisión. Los personajes excéntricos encarnados por Manuel Alexandre y José Luis López Vázquez (doblado por Víctor Ramírez) suponen un cruce entre ambos tipos de humor. Por lo demás, la trama del inocente secuestro infantil lo mismo podría haberla escrito Rafael J. Salvia que Vicente Coello.

domingo, 7 de julio de 2019

lazaga 101 (5)


El ciclo guerracivilista es una suerte de guadiana en la filmografía de Lazaga. Se desarrolla a lo largo de más de dos décadas y abarca desde la propia contienda -que aparecerá también como motivo secundario en Las siete vidas del gato (1971) o en Cinco almohadas para una noche (1974)- hasta el maquis o las peripecias soviéticas de la División Azul, en la que el mismo Lazaga fue voluntario involuntario. 

La patrulla (1954) supone su ingreso en el "cine oficial". El reconocimiento a su labor con el premio al mejor director en el Festival de San Sebastián de 1954 y la asignación a la película del Interés Nacional -con su consuiguiente recompensa económica- van a marcar tanto la lectura futura de su filmografía como los caminos que escogerá o descartará a medio plazo.

Enrique (Conrado San Martín), proyecto de abogado, y Vicente (José María Rodero), escritor en ciernes, van a darle a la familia de un compañero la noticia de que el muchacho ha fallecido a causa de los disparos de un francotirador la misma noche en la que el ejército franquista entra en Madrid. Lucía (Marisa de Leza), la hermana del chico, les ha gustado a ambos. Luego, se reúnen con los otros dos compañeros de patrulla. Paulino (Antonio Almorós) no quiere volver al pueblo a destripar terrones y Matías (Julio Peña) teme el reencuentro con su mujer después de tres años de ausencia. Los cuatro acuerdan reencontrarse en diez años en el mismo lugar para ver que ha sido de sus vidas.  Sin embargo, Enrique decide volver a empuñar las armas para luchar contra el comunismo en la Unión Soviética. Parte hacia la estepa rusa como voluntarios de la División Azul, en compañía del hijo de Matías (Carlos Larrañaga). Enrique termina en un campo de concentración junto a un andaluz (Julio Risacal), un aragonés (Germán Cobos) y un madrileño que se pasa el día soñando con regresar a España (Adriano Domínguez). Mientras tanto, el tarambana de Paulino se ha metido en negocios sucios, que han propiciado su detención y Vicente se ha convertido en reportero y, al tiempo que hace averiguaciones sobre el paradero de sus antiguos compañeros, se acerca a Lucía.

Con el regreso de los últimos divisionarios a España a principios de 1954, el tema de la División Azul está de plena actualidad. Los falangistas José María Sánchez Silva y Rafael García Serrano escriben a cuatro manos un guión de urgencia en el que se postula una vez más la continuidad del franquismo en su lucha contra el comunismo, lo que convierte a España en aliado natural de Estados Unidos. Dicho vínculo queda explícitamente establecido cuando el piloto del avión estadounidense en el que Enrique escapa de la Unión Soviética expresa su admiración por el heroísmo español. Con todas las ingenuidades inherentes al argumento, y sin orillar en lo más mínimo su intención propagandística, Lazaga opta por una mixtura genérica que va del cine de campos de concentración al género bélico y de la comedia romántica al policial pasando por el melodrama al estilo de The Best Years of Our Life (Los mejores años de nuestra vida, William Wyler, 1946). El director se muestra especialmente afortunado a la hora de encarar los tramos que tienen que ver con el contrabando de antibióticos y los combates en la nieve, asistido por nieblas y brumas que hablan más alto que todas las proclamas de la turbiedad moral en que se desenvuelve el relato. El otro elemento recurrente es la música, con una cajita que simboliza el amor entre Enrique y Lucía, y un sinfín de himnos patrióticos y canciones cuarteleras, que van pautando su clima emocional.

En El frente infinito (1956) el padre Herrera (Adolfo Marsillach) llega al frente sin haber ejercido nunca antes el ministerio. Vuelve de Roma y se encuentra con que su quinta ha sido movilizada y que, tras una instrucción militar mínima, debe ejercer entre curtidos combatientes a los que sus prédicas sobre la oración y su consuelo espiritual importa bien poco. Herrera no bebe, no juega, de mujeres ni hablar y, para colmo, siente un miedo cerval a los bombardeos. Por suerte, le han puesto de asistente a un muchacho espabilado, apellidado Molina (Jesús Colomer), con el que curita aprenderá tres o cuatro marrullerías con los naipes y se iniciará en la bebida. Desdibujados el resto de los personajes -el comandante Espinosa (José Sancho Sterling), el teniente Martín (José Marco), el capitán Ibáñez (Ramón Durán), médico de la unidad-, queda como antagonista principal el capitán Estrada (Gerard Tichy), ex-legionario, donjuán descreído, dispuesto a arrebatar la inocencia a una enfermera (Josefina Güell) con tal de ganar una apuesta. Poco a poco, el páter conseguirá ganarse el respeto de todos. Primero, cuando no interrumpe una misa de campaña bajo el intenso bombardeo enemigo. Luego, por su comportamiento heroico en el frente, cuando acompaña a los hombres en una difícil misión para proporcionarles el último consuelo.

El frente infinito
es una película anómala dentro del ciclo religioso que constituye uno de los principales filones del cine español de principios de la década de los cincuenta. Como Cerca del cielo (Domingo Viladomat, 1951), mezcla al elemento clerical en los avatares de la Guerra Civil. Sin embargo, en lo que luego supondrá una de las características del cine bélico de Lazaga, se centra en los aspectos más cotidianos de la vida de los combatientes, incidiendo en aspectos como las relaciones sexuales y otras necesidades fisiológicas en una visión muy poco épica de la guerra. Incluso, el miedo del protagonista es algo patente, físico, por mucha redención que haya al final. Esta vertiente casi escatológica y algunas torpezas narrativas -la voz en off que intenta describir los sentimientos del personaje durante el arranque...- condenaron a la película a una pobre calificación oficial y a un estreno tardío, puesto que en Madrid no se estrenó hasta tres años después de su realización.

La cartela que se presenta al principio de Torrepartida (1956) nos invita a la interpreración moral de la historia en clave guerracivilista y, al tiempo, califica al fenómeno de la resistencia armada al franquismo desde el interior -o sea, el maquis- como mero "bandolerismo". La estrategia planteada en el guión es doble. Por un lado, dos hermanos representan los dos bandos en liza: Ramón (Javier Armet), vencedor de la Guerra Civil, es ahora el alcalde del pueblo, enclavado en la serranía de Albarracín; Manuel (Germán Cobos), vive en su misma casa pero está integrado clandestinamente en la partida de maquis comandada por Rafael (Adolfo Marsillach). Ambos representan la eterna estampa de Caín y Abel, republicano y franquista, respectivamente. Uno y otro están enamorados de María (Nicole Gamma). La otra dupla de opuestos es la que reúne / enfrenta a Rafael, un tipo sádico y sin escrúpulos, con el capitán de la Guardia Civil de Teruel (Enrique Diosdado), hombre recto y cabal, defensor del orden establecido. El momento en el que él y Ramón se estrechan las manos acordando la detención de Ramón, "antes de que sea demasiado tarde", sella el acuerdo entre el poder civil y el militar. El capitán no se atiene a chantajes y habrá de cumplir con su deber a pesar de que los de la partida de Rafael han secuestrado a su hijo. Las dudas de Manuel, presentes desde el principio, son, antes que ideológicas, morales, lo que premitirá su redención final.

Lazaga aprovecha el color y la pantalla ancha para realzar unos escenarios naturales que, como en Cuerda de presos, tienen un protagonismo capital. Además, en su primer acercamiento al formato anamórfico, demuestra un muy atinado sentido de la composición, huyendo del estatismo al que tan proclive es el procedimiento en manos inexpertas y aprovechando las oportunidades que se le ofrecen para ahondar en las relaciones entre los personajes sin rehuir el género de aventuras y el western en los que se enmarca la peripecia. Más allá de su evidente carga ideológica y de la malevolencia en la representación del maquis -reforzada por la torpe actuación de Adolfo Marsillach- las principales virtudes de Torrepartida se dirimen en el terreno de la puesta en escena.

Sobre un argumento de Rafael García Serrano compone Pedro Lazaga el tríptico sobre la Guerra Civil, La fiel infantería (1959). Tríptico porque los trea actos canónicos se presentan nítidamente separados. El segundo, en el que se narran las historias sentimentales de un grupo de combatientes en la retaguardia, es el que tiene mayor entidad narrativa y a él le corresponde el grueso del metraje. En cambio, el primero y el tercero tienen lugar en el campo de batalla y es en ellos donde más brillan las virtudes de Lazaga como narrador. La película se despliega con brillantez. Los militares realizan un meticuloso asalto a una posición… para robar unas gallinas. Instantes después, el lugar será bombardeado por un enemigo invisible. Uno de ellos muere, otorgando un contrapunto dramático a la comicidad inicial de la escena. No obstante, la situación, las barbas de varios días y los ajados uniformes muestran una situación muy alejada del cromo heroico que hasta ese momento habían presentado las películas del ciclo dedicado a “la Cruzada”. Las localizaciones desérticas, la paleta apagada que maneja Manuel Berenguer y la tendencia de García Serrano a utilizar un lenguaje más crudo de lo habitual son otros tantos componentes que sitúan a La fiel infantería en un lugar periférico y privilegiado de la filmografía sobre la Guerra Civil. El falangismo de primera hora del escritor, otorga marchamo de autenticidad a la operación de cara a la siempre vigilante censura. No en vano, el autor de Eugenio o la proclamación de la primavera había escrito:
Yo sirvo en la literatura como serviría en una escuadra. Con la misma intensidad y el mismo objetivo. Cualquier otra cosa me parecería una traición. [Citado por Julio Rodríguez Puértolas: Historia de la literatura fascista española. Tres Cantos, Akal, 2008, pág. 302.]
La transición al segundo acto tiene lugar mediante las cartas que las mujeres –esposas, madres, novias, hermanas…- envían a los combatientes. Luego, las escenas de éstas en la retaguardia: preparando con ilusión el baile, esperando al novio con el que deberían de haberse casado en julio de 1936. Éste es el caso de Elisa (Analía Gadé), quien espera impaciente al comandante Félix Goñi (Arturo Fernández). José (Enrique Ávila) liga con Lucía (Paloma Valdés), la doncella de la casa. Y Poli (Tony Leblanc) tira contra todo lo que lleve faldas. Sin embargo, Paloma (Mabel Karr), la taquillera del cine Fémina, terminará por error en brazos del tímido Silvestre (Jesús Puente). Julia (Laura Valenzuela), la hermana de Miguel (Julio Riscal), conoce a Andrés (Ismael Merlo), catedrático de Historia en la vida civil. Miguel tiene que aprovechar el permiso para examinarse de Historia con el padre de Nicky (María Mahor), un auténtico hueso. Las escenas cómicas alternan así con las melodramáticas. La partida inesperada para el frente, propicia la separación de las dos parejas principales. Julia corre hasta la estación como una heroína romántica cualquiera y Félix se seprara de Elisa en el reflejo de un espejo, igual que la vimos a ella la primera vez, ante su traje de bodas. El matrimonio no ha sido más que una ilusión efímera. Lazaga no olvida su pasado formalista y aborda la escena de la boda de Elisa y Félix desde una estilización enfática, que pretende sacar el máximo partido del formato anamórfico del mismo modo que lo hace para otorgar espectacularidad a las acciones bélicas.

El clímax tendrá lugar durante el asalto a Cerro Quemado, donde el combate se plantea en términos estrictamente militares, no ideológicos. Este vaciamiento corre paralelo a la deslocalización geográfica, con la imaginaria cidad de Atarbe como metonimia de una España fija en el tiempo, inmovilizada en una serie de tradiciones en las que la guerra es sólo un accidente. Todo ello propicia la cartela conciliatoria que cierra la cinta, aunque, desde el punto de vista de los vencidos, sólo podía ser tomada como una afrenta más.

Dice el proverbio que unos cardan la lana y otros se llevan la fama. La celebridad de La fiel infantería ha oscurecido un tanto los logros de Posición avanzada (1965), que Lazaga dirige cinco años después sobre un argumento de Ángel del Castillo. La acción comienza a orillas de un río donde Juan Ruiz (Manolo Zarzo) ha reconstruido su vida trabajando en una presa. Su hijo encuentra un casco agujereado en alguna acción durante la Guerra Civil, unos quince años atrás. Juan revela entonces que conoce al que lo llevaba y lo vio morir, como a otros compañeros. Su mujer (Ángela Bravo) le reprocha que le cuente al chico “esas cosas”, pero el caudal de los recuerdos fluye ya incontenible. Retrocedemos entonces al momento en que el pelotón es destinado al frente. Entre sus compañeros destacan: Vélez (Enrique Ávila), el cabezón, dueño del casco; el cabo Pando (Marcelo Arroita-Jáuregui); el filósofo Martí (Manuel Tejada), de convicciones liberales; el tímido Leandro (Jesús Colomer)… Todos ellos están a las órdenes de un alférez bisoño (Manuel Manzaneque) y del veterano sargento Ayuso (Antonio Ferrándiz), construido a imagen y semejanza de cualquiera de los que pueblan el ciclo dedicado a la caballería de John Ford. Apenas hacen el relevo en “Villa Sartén”, que es como se conoce al tramo de trincheras que recorre el río frente al enemigo, el sargento propone una pequeña tregua a los del la otra orilla. Se procede al intercambio de provisiones, a la pesca con explosivos en el río y al intercambio de información entre quienes son del mismo pueblo. Es ésta situación la que ha hecho ver a algunos en la película de Lazaga un antecedente de La vaquilla (Luis G. Berlanga, 1985), cuando la realidad es que el guión de Berlanga llevaba dando tumbos por las covachuelas de la censura desde principios de la década de los cincuenta. Sin embargo, la tranquilidad va a durar bien poco. Los paisanos de la otra orilla van a ser relevados por las Brigadas Internacionales y los brigadistas ni respetan la tregua ni se avienen a razones. Cuando por fin se produzca el enfrentamiento definitivo el sargento lo expondrá con diáfana claridad en la arenga a sus hombres:
-¡A por ellos, que son pocos y no hablan español!

La supuesta reconciliación que la película esgrime como argumento en el marco de las celebraciones de los “25 Años de Paz” pasa por la tergiversación del origen de las fuerzas enfrentadas. Catalanes, cántabros, sorianos… entre los que anhelan la paz en ambos bandos y un puñado de sanguinarios comunistas procedentes de Francia y Alemania como enemigos a exterminar. La partitura de Antón García Abril, interpretada a la guitarra por Regino Sáinz de la Maza, intenta apuntalar esta misma idea. Juan cruzará el río para poner a salvo a su mujer y a su hijo recién nacido, pero regresará una vez cumplido su cometido, haciendo bueno el juicio del sargento que nunca ha creído que estuviera en su ánimo desertar. Es la única mujer que aparece a lo largo de todo el metraje, al contrario que en La fiel infantería, donde los amores y desamores de la retaguardia constituían el meollo del metraje.
Pero la interpretación torticera de la naturaleza del conflicto no agota la película.

Rodada en Superscope y en blanco y negro, Lazaga y el operador Cecilio Paniagua convierten las panorámicas horizontales y travellings a lo largo de las trincheras en el principal recurso para describir las relaciones dentro del propio grupo con el enemigo. Cobrará así inusitado valor expresivo una panorámica vertical que muestra un fusil que se eleva al cielo en brazos de uno de los fallecidos o el largo movimiento que cierra la película descubriendo los cadáveres de los miembros de la escuadra, cuya acción heroica no se ve recompensada con la victoria.

Con El ladrido (1977) Lazaga vuelve al territorio de Cuerda de presos (1955). No sólo al geográfico, puesto que la historia discurre en Asturias, sino al genérico, adaptando los modos del western a una temática genuinamente española. Por el camino, ésta se vacía de contenido. La novela de Óscar Muñiz que el propio Lazaga adapta presenta a dos miembros del maquis, que intentan salir de España tres cometer un atraco en una fábrica y matar a un miembro de las fuerzas del orden en su huida. Aquí, salvo por la frialdad con que uno de ellos dispara contra un número de la Guardia Civil y su interés en pasar a Francia, la situación opera en el vacío, ajena a un contexto político que en 1978 resulta totalmente obsoleto.

El western, el noir e, incluso, ese tipo de ficciones criminales rurales que en Francia se llevaron repetidamente a la pantalla con el título de L'Auberge rouge, sirven de patrón a la historia de estos dos fugitivos (Manuel Tejada y Juan Luis Galiardo) que buscan refugio en un caserío aislado en el que trabajan como aparceros un calzonazos (Antonio Ferrandis) y una mujer ambiciosa, una lady Macbeth de andar por casa (Lina Canalejas). Para descompensar el frágil equilibrio sustentado primero sobre las amenazas y luego sobre el dinero, el matrimonio tiene una hija (María Luisa San José) que es un ángel de lascivia.

Frente a las composiciones plásticas de Cuerda de presos, que buscan integrar las figuras en el paisaje, El ladrido muestra el estilo manierista del último Lazaga. Las panorámicas, los zooms, los travellings y los cambios enfáticos de foco se combinan en un contínuum en el que el espacio termina disolviéndose en un subrayado constante de detalles que adquieren valor significante o lo pierden a tenor del movimiento adelante y atrás de la manivela del objetivo de focal variable. En consecuencia, el montaje se reduce a una serie de cortes netos en los que predomina, antes que cualquier raccord de movimiento o miradas, el fluir de los encuadres en los que nada permanece estable.

domingo, 30 de junio de 2019

lazaga 101 (4)


Hombre acosado (1950) y Cuerda de presos (1955) continúan mostrando a un Lazaga formalmente inquieto y socialmente ambicioso... La segunda es uno de los últimos intentos de Lazaga, junto con La patrulla, del año anterior, de hacer un cine de tema "importante", antes de entrar en la factoría de Dibildos y convertirse en un destajista de la comedia. La historia, basada en una novela del escritor y comisario de policía Tomás Salvador, sigue el trayecto de una pareja de la benemérita (Antonio Prieto y Germán Cobos) que conduce a un reo de muerte (Fernando Sancho), a pie, de León a Vitoria. Sus encuentros a lo largo del camino y las relaciones entre los miembros de la pareja, más que con el silencioso preso, proporcionan la mínima evolución sicológica de los personajes que, no obstante, al final se despiden con respeto. Cada uno ha hecho su parte.

La fotografía en escenarios naturales de los Montes de León y los Picos de Europa, firmada por Manuel Berenguer -que ya ha rodado en estos paraje Un hombre va por el camino (Manuel Mur Oti, 1949)- es uno de los puntos fuertes de la película. A pesar de las expectativas que había despertado,
no se estrena en Madrid hasta 1962, siete años después de su realización. Se había presentado en el Cine-Club Monterols el 25 de marzo de 1956 acompañada de una conferencia de Lazaga sobre la dirección cinematográfica y, cuando se estrena en Barcelona, unos meses más tarde, el anónimo recensionista de La Vanguardia escribe:
Hay un cine llamado puro que resulta frío o lastrado por una excesiva recreación en la belleza plástica y en el estatismo. Conviene puntualizar que este no es el cine que ha hecho Pedro Lazaga en Cuerda de presos, donde hay sentido de la medida y del ritmo  narrativo y se otorga  el debido valor a la acción por la  acción, aun cuando recoja la película el proceso introspectivo de tres hombres que van de camino, unos  con la  pesada carga de una misión y otro con la de horribles culpas. [La Vanguardia Española, 6 de septiembre de 1956, pág. 19.]
Entre estas dos películas, Lazaga ha supervisado el rodaje de Fantasía española (Javier Setó, 1953) en su único contacto con la productora de Iquino. y ha escrito el argumento y preparado el rodaje de La alegre caravana (Ramón Torrado, 1953), aunque finalmente no es él el elegido por Cesáreo González para llevar adelante el proyecto.

domingo, 23 de junio de 2019

lazaga 101 (3)


Apenas finalizada la producción de Niebla y sol (José María Forqué, 1951), los colaboradores se embarcan en su segunda película para Ariel Films. Decía Forqué que las pocas alegrías que les proporcionó María Morena (José María Forqué y Pedro Lazaga, 1951) surgieron del reto mutuo que suponía la codirección:
—¿A que no eres capaz de rodar esta canción en un solo plano?
—Y si te coloco la cámara junto a la lámpara, ¿cómo resuelves tú esta toma?

No en vano, Lazaga ha dado sus primeros pasos profesionales junto a Carlos Serrano de Osma. Este sentido juguetón y, a la par sofisticado, ajeno por completo a la historia que se está contando, está presente desde el principio en María Morena (1951): sombras, ángulos enfáticos, un travelling de retroceso antes de que “El Sevillano” abra la puerta a la horda, la cámara en el suelo, junto al cadáver en primer plano, cuando su mujer llega al lugar de la tragedia... Más adelante, la llegada de María Morena al lugar del crimen es una muestra de la convicción formalista de la pareja directorial. De los planos escenográficos de la serranía de Ronda que la protagonista recorre con sus amigos Frasquita (Purita Alonso) y Relámpago (Julio Riscal), pasamos por corte a un decorado construido en estudio, con un forillo anaranjado por cielo y unos arbustos cuyas hojas son tan grises que parecen de plata. A pesar de que María Morena retrocede atemorizada unos pasos cuando descubre una sombra en la puerta, la cámara —¿su deseo?— avanza por entre el follaje para descubrir a Fernando.

María Morena abre también con aires de western. O, al menos, de proto-western hispano. Estamos en pleno siglo XIX. Una sombra lunar, con capa y sombrero de ala ancha, se proyecta contra una pared encalada. Podría ser la de Douglas Fairbanks o Tyrone Power disfrazados de justiciero californiano. Una mano gira la manija de un portón y nos deja paso franco a una taberna. Se juega una partida de cartas. Fernando, apodado “El Sevillano” (Francisco Rabal), apuesta fuerte aunque se le ve inseguro. Cristóbal (Rafael Luis Calvo) va a abandonar, pero el misterioso recién llegado le obliga a seguir en la mesa con un apretón en el hombro. “El Sevillano” apuesta un reloj de leontina, viejo recuerdo familiar. Un tal Luján gana la partida. Fernando le acusa de hacer trampas. El tabernero (Luis Induni) lo contiene. Finalmente, paga su deuda y se marcha: es Nochebuena y en su casa lo espera su hijito. Al poco aparecen allí los del pueblo. Han asesinado y robado a Luján al salir de la taberna. El niño trae en su inocente manecita la prueba acusadora: la leontina. Era lo único que esperaba la turba para sacar a “El Sevillano” al patio y coserlo a navajazos. Luego, queman la casa. La venganza del pueblo se ha consumado.

La escena del pregón sirve de presentación a María Morena, una Paquita Rico tan gitana pizpireta como suele. El pregón de los peroles que vende sirve de excusa a la primera canción de las muchas que interpreta a lo largo de la película. Mediado el metraje, una escena en la venta, da lugar a un curioso doble monólogo típico de la españolada. Al principio de la secuencia una niña baila en una mesa acompañada por las palmas, las guitarras y los jaleos de los asistentes. Don Chirle (Alfonso Muñoz) le pide entonces a María Morena que cante algo y ella propone el garrotín del “Avilipinti”. Aunque los guitarristas y los palmeros que acompañaban a la niña siguen en escena fingiendo un playback, el acompañamiento musical es totalmente orquestal. Al aire teatral del número contribuye también la presencia de un tipo cómico con levita y movimientos de marioneta que primero da palmas en la mesa y más adelante se incorpora a la coreografía como bailarín excéntrico. La disonancia entre el registro pretendidamente “puro” de la copla inicial y este número cómico-musical funciona a la contra. El preámbulo no sirve para legitimar el garrotín sino que éste revela la impostación de aquél. Otro tanto sucede con los villancicos flamencos con los que arranca el tercer acto. Una vez más una solución formal —la presencia de un belén viviente en el que dos niños posan como José y María— subraya el carácter de puesta en escena del conjunto. La disposición del coro masculino y femenino, la segmentación de los versos del villancico, nos trasladan al escenario de una ópera flamenca. Los números musicales aquí podrían ayudar a crear cierto clima de suspense —se ha anunciado repetidamente que Fernando planea ejecutar su venganza en Nochebuena— pero retardan la acción innecesariamente, aplazando el encuentro inevitable sin parafrasearlo.

La resolución del misterio y la detención del villano juegan una vez más con el doble registro escénico. En el decorado de las cuevas, con la cámara en un ángulo bajo que enfatiza la distancia entre las dos figuras, María Morena avanza hacia la cancela y abandona la escena con gesto trágico. Fernando sale tras ella. Ahora, en un exterior natural, los dos avanzan hacia la cámara. Un coro de voces angélicas es, según María, el canto de los pastores al Niño Dios que nació para el perdón de todos, lo que rubrica tomándolo de la mano y es el plano de las manos unidas el que sirve de sutura para el plano final, en el que la pareja se aleja hacia el horizonte bañada por la tibia luz del atardecer.

domingo, 16 de junio de 2019

lazaga 101 (2)


Según su propio testimonio, Pedro Lazaga debuta como director con dos trabajos vinculados estrechamente con la producción de Vida en sombras (Lorenzo Llobet Gracia, 1948), en la que ha trabajado como ayudante de dirección y hace un cameo como el mélièsiano mago en la pantalla de una barraca que propicia el nacimiento del protagonista.

Encrucijada (1948) es un mediometraje "al estilo de O'Neil", una historia de marineros rodada en el decorado del barrio chino barcelonés construido para la película de Llobet Gracia. La falta de recursos económicos para rematar la producción obliga a Llobet a solicitar un crédito del que finalmente se encuentran con un pequeño remanente. Esta cantidad habría sido la utilizada, según Lazaga, para rodar su primer largometraje: Campo bravo (1948). Pero la productora oficial de la cinta es Pegaso Films, una empresa vinculada a "los telúricos" -José Antonio Martínez Arévalo ha vendido sus acciones de Boga Films y ha montado esta nueva plataforma-, que produce sólo cuatro películas: Leyenda de feria (Juan de Orduña, 1946), con guión de Enrique Gómez y protagonizada por Paola Barbara; La próxima vez que vivamos (Enrique Gómez, 1946), en la que hace funciones de ayudante de dirección Carlos Serrano de Osma; ésta de Lazaga que nos ocupa ahora, de nuevo protagonzida por la actriz italiana; y Cita con mi viejo corazón (Ferruccio Cerio, 1950). Paola Barbara no interviene en esta ocasión en el reparto; en su lugar lo hace Miriam Day, la hermana de Claretta Petacci. En todas ellas ejerce como jefe de producción José Antonio Martínez de Arévalo, uno de los fundadores de Boga Films, la productora de las películas de Serrano de Osma en las que Lazaga ha intervenido como guionista y ayudante de dirección. José González de Ubieta, otro telúrico, ejerece en esta ocasión de ayudante de realización.

Según recordaba a casi dos décadas de su realización, Campo bravo era "una especie de western, conflicto entre ganaderos y agricultores" y la película "más libre" que rodara nunca:
Hice todo lo que me dio la gana, porque allí era yo el que mandaba, y porque no había nadie, nadie, que me dijera nada. Uno de los momentos más terribeles y más atrevidos y más cinematográficos de toda ella era una pelea entre dos bandos; la mayor parte estaba dada tan solo por la cámara: había la cámara-patada, la cámara-hachazo... Tenía una cantidad fabulosa de planos. Fue difícil de rodar. ["Lazaga habla, largo y tendido, con Buceta, Palá y Villegas", en Film Ideal, núm. 169, junio de 1965.]
Y cuando los entrevistadores le preguntan si sería posible verla, contesta:
—¡Huy, no creo, hace mucho que debe estar hecha peines.

Por suerte, se conserva el guión y ahí sí que podemos hacernos a la idea no sólo del argumento, sino también del exhaustivo trabajo de planificación que realizaba Lazaga en aquellos tiempos de entusiasmo. Lo prolijo de las acotaciones y la abundancia de posiciones de cámara —más de quinientas— hacen que el guión técnico alcance las 259 páginas. La descripción del plano con el que se abre la película, en cuyo encabezamiento figura ya la altura a la que debe estar la cámara y el objetivo a utilizar, nos sirve para ilustrar la meticulosidad con la que ha preparado el rodaje de su primer largometraje:
V.E. en PANCA iniciada de izquierda a derecha muy lenta y sostenida, de amplio horizonte del campo andaluz. La cámara, emplazada en una elevación del terreno y, además, sobre un practicable de diez metros, ecuadrará de un modo absoluto y sin primeros terminos claramente delimitadois, el mayor espacio de terreno posible, para conseguir una visión de cualidades casi cósmicas. El encuadre campovisual será de dos tercios de fotograma ocupado por la tierra y de un tercio por cielo con altas y algodonosas nubes blancas. El sol estará bajo. Sus rayos oblicuos darán sombras alargadas. [Pedro Lazaga: Guión técnico de Campo bravo, pág. 1.]
Tampoco son mancas las indicaciones musicales. He aquí la correspondiente a la secuencia 4, de un conceptismo barroco:
El complejo musical de fecundación germinativa llega a su álgido, así como el cansancio laboral sudoroso, dejando paso a una alegría de honda contextura lírica, de descanso fructífero, que continuará como una profunda vena interior fluyente, concretando cada vez más el tema de Eugenio.
La secuencia de montaje que mencionaba en la entrevista comprende los planos-flash 246 a 297 y retrata el postergado duelo entre labradores y ganaderos:
Dentro de las características eminentemente documentales de la secuencia, en la resolución técnica de toda ella, campeará la mayor y más desenfrenada fantasía expresiva de la cámara. Desde la "cámara puño" a la "bastón", pasando por la "cámara pie", la "cámara diente volado", "ojo que se hincha", "pie pisador", "noqueado", etc. etc. etc. Todas las audacias de encuadre, composición y ritmo deben usarse para dar a la pelea todo el carácter macho de la raza ibérica. [Ibídem., págs. 140-141.]
Será precisamente en el terreno de la planificación donde intervendrá la censura previa, que apenas cambia en los diálogos un "cabrón" por un "asesino", pero en cambio, indica que se rueden con sumo cuidado el travelling bajo las piernas de las vicetiples, "abiertas mientras bailan", y el inserto de la "cintura cimbreante" de María (Ana María Méndez) cuando actúa en una fiesta en el cortijo.

En cuanto al argumento, narra la historia de dos parejas que no terminan de encontrarse. Eugenio (Rafael Luis Calvo) es parte de la tierra y a ella pertenece —"por ella soy lo que soy y en ella quiero morir, para hacerme tierra también"—, pero su hermana María tiene el gusanillo de la ciudad, lo que será causa de su desgracia cuando don Genaro (Fernando Sancho), el capataz del cortijo, se ofrezca a llevarla a Sevilla y presentarle a unos empresarios teatrales. Deja así de lado el amor que le profesa Julián (Manuel Montroy), un labrador modesto que aspira a convertirse en torero para hacer realidad los sueños de María. Por su parte, Eugenio está enamorado de Cristina (Paola Barbara), la maestra del pueblo. Sin embargo, no quiere decírselo porque ella no pertenece al campo, sino a la ciudad.

Todo ello, efectivamente, con aires de western en el que los cowboys han sido sustituidos por garrochistas. Para que la adecuación del género estadounidense por antonomasia a la cultura española sea aun más patentes, en los descansos de la dura faena del campo, Eugenio lee a Calderón de la Barca, lo que seguramente proporcionaría pistas a los censores de la actitud que debían adoptar ante la producción. No parece que se dieran por aludidos, porque la película obtuvo una clasificación en 2ªA y sólo dos permisos de doblaje.

Como veíamos antes, todavía encontramos el nombre de Lazaga en el guión técnico de Cita con mi viejo corazón. En la ficha oficial figura el falangista Juan Ramón Masoliver como adaptador de la novela Incontro col vecchio cuore, de Enzo Grazzini, pero el libreto hace constar que se trata de un guión técnico del director sobre un "argumento cinematográfico" de Lazaga. Como se trata de otra película perdida, resumimos brevemente el argumento: Cip (Luis Prendes) trabaja como recadero en una tienda de discos. Está coladito por la resueltísima Mosca (Miriam Day), pero Marcos (Rafael Calvo), el padre de la chica, desea para su hija una vida con menos estrecheces, así que los jòvenes deciden casarse en secreto. Para salir adelante, él se enrola en una compañía de revista en la que las tentaciones son muchas...

Aunque ésta es su última película, Pegaso Films aún da a la prensa especializada un ambicioso plan producción que incluye un proyecto innominado de Serrano de Osma, un policial escrito y dirigido por González de Ubieta, y -¡ay!- Bandera neutral, un guión original de Fernán-Gómez que iban a protagonizar él mismo y María Dolores Pradera bajo la dirección de Lazaga. [Cámara, junio de 1949.]

Sin embargo, la tercera incursión de Lazaga tras la cámara es Hombre acosado, rodada en Madrid durante el verano de 1950. En ella, apuesta sin ambages por el noir: asesinatos, mujeres fatales, ambientes turbios, fotografía de fuertes claroscuros... Nada falta en la cinta para adscribirla al género, algo bastante infrecuente debido a las peculiares circunstancias históricas de España, cuya producción solía decantarse hacia el policial procedimental, más propicio a la aquiescencia de las instancias oficiales. Con el aliciente de que el guión de los debutantes José Luis Dibildos y Alfonso Paso carece de la moralina que impide a otros títulos contemporáneos levantar el vuelo. Seguramente por todo ello, Hombre acosado recibió una pobre clasificación oficial que retrasó dos años su estreno y supuso el cierre de su productora, Peninsular Films, que había simultaneado este rodaje con el de Séptima página (Ladislao Vajda, 1950), otra película afín al género con la que Hombre acosado comparte algunos intérpretes y de la que reaprovecha los decorados construidos en los estudios CEA.

Javier (Mario Berriatúa) está descuidando sus exámenes y su entrenamiento deportivo para salir por las noches con Bibiana (María Asquerino). Pero ella es la amante de Fussot (Alfredo Mayo), un hombre dedicado a negocios turbios que asesina a un evadido del Telón de Acero (Gerard Tichy) para robarle. Javier ha visto a Bibiana montar en el coche de Fussot y, movido por los celos, la sigue. Cuando Bibiana se da cuenta de que Fussot la ha utilizado como cebo para embaucar a sus víctimas, es demasiado tarde. Alfredo Mayo, doblado, va dejando atrás poco a poco su pasado heroico para interpretar al villano. Mario Berriatíua resulta un tanto inexpresivo desde el punto de vista dramático, pero, en cambio, dota a su personaje de una gran prestacia física y su buena forma luce en las escenas de acción y las persecuciones. En estas últimas demuestra Lazaga su bagaje cinéfilo y su buen hacer como narrador en imágenes. Además, con la colaboración del operador Alfonso Nieva, saca buen partido a los numerosos exteriores madrileños.

Las gacetillas aprovechan para vincular Hombre acosado con la que se denomina "escuela verista" en la que lo mismo cabe un policial estadounidense de 20th Century Fox que Apartado de Correos 1001 (Julio Salvador, 1950). La crítica de Gómez Tello en la revista oficial Primer Plano sigue el patrón de muchas otras por esos mismos años:
Comprendemos que el equipo literario que ha escrito esta película haya sentido necesidad de desahogarse de una regular indigestión de películas del mismo género vistas en la pantalla madrileña. Es de esperar que, tras esta primera película, comprendan que su habilidad para manejar los elementos emocionales —porque la pelicula tiene un interés indudable en su relato, a pesar de la puerlildad de algunos momentos— seria más fecunda en ellos dejándose llevar por la espontaneidad. Y entonces, Pedro Lazaga, que arranca con, una buena escuela, no necesitará darnos los planos nocturnos de Larga es la noche o de Fritz Lang o de Siodmak, ni clavar tan largamente la cámara sobre un teléfono que suena, nada más que por que ese plano figura en las películas del realismo americano. Conste, pues, que en la película había un guión hábil, un buen director y unos buenos intérpretes. Lo único que ha faltado es que se pensara que las cosas no pueden suceder ea Madrid igual que en Chicago. [Gómez Tello: "La crítica es libre", en Primer Plano, núm. 613, 13 de julio de 1952.]
Sin embargo, las valoraciones contemporáneas son bastante más elogiosas. Manuel Vidal Estevez escribe de ella:
Se diría que Pedro Lazaga, consciente de las limitaciones en las que debía moverse respecto a lo decible social y políticamente, decidió atender con absoluta prioridad a los aspectos más evidentemente estilísticos de su trabajo, a todo aquello capaz de relegar a un segundo planoel mero soporte argumental sin menoscabo de su lógica. Con esta preferente atención a los aspectos visuales logró una película no sólo interesante y muy competente desde un punto de vista estrictamente profesional, sino muy sugestiva como muestra del género policial y sus dificultades en ese momento concreto. [...] De Hombre acosado se desprende una gran convicción en la fuerza expresiva de las imágenes y un enorme placer en crearlas, sobre todo en los exteriores, rodados con auténtica brillantez, llena de vigor y soltura; un tratamiento en suma, que la singulariza y aleja de los prototipos del momento. [Manuel Vidal Estevez, en Julio Pérez Perucha (ed.): Antología crítica del cine español. Madrid, Cátedra / Filmoteca Española, 1997, pág. 287.]
En tanto aguarda al estreno de Hombre acosado, Lazaga participa en la realización de Niebla y sol (José María Forqué, 1951). La iniciativa se debe a Miguel Herrero Ortigosa, uno de los miembros del Opus Dei metidos a productores cinematográficos en esos años. En los títulos de crédito figura como director únicamente Forqué, pero Lazaga coescribe el guión con él, actúa como productor ejecutivo y colabora en la planificación del ballet. De hecho, la publicitada contratación de la pareja de baile formada por Antonio y Rosario para participar en el proyecto convierte una historia de episodios —en la que probablemente Forqué se sintiera más seguro como debutante— en el drama de un músico (Carlos Muñoz) devorado por una pasión destructiva cuya gran obra le servirá para liberarse de sus demonios interiores. El artista romántico compone en febriles noches de tormenta que son sólo el eco de la tempestad que agita su alma. Así, tan grandilocuente como suena. Al principio de la cinta, el músico y la esposa adúltera acuden al teatro. Antonio baila junto a Rosario en un momento en el que existe un gran encono personal entre ellos. Les acompaña el ballet de Sacha Goudine. Son cinco minutos concebidos como un cortometraje al son de una siguiriya con su propia planificación, en la que se nota la mano de Lazaga, su gusto por las angulaciones y los efectos de cámara, los contraluces y los juegos de iluminación.

domingo, 9 de junio de 2019

lazaga 101 (1)


El año pasado, callandito, se cumplió el centenario del nacimiento de Pedro Lazaga (Valls, Tarragona, 1918 - Madrid, 1979).

Javier Ocaña repasó su trayectoria en el sitio web de Aisge [http://www.aisge.es/centenario-de-pedro-lazaga], extractando, de paso, algunos testimonios de los intérpretes que trabajaron con él, y José I. Fernández del Castro aprovechó el monográfico dedicado al turismo por la revista Ábaco [núm. 98, 2018.] para publicar: "El turismo es un gran invento: Crónica de medio siglo en el centenario del director de cine Pedro Lazaga".

Al menos eso es lo que uno ha localizado sobre quien fuera uno de los directores más prolíficos y populares  del pasado siglo. Lazaga destacó especialmente en el territorio de la comedia desde finales de los años cincuenta hasta la fecha de su prematura muerte. La gran mayoría de sus películas fueron sonados éxitos comerciales, que no de crítica. Sólo Film Ideal intentó su reivindicación a mediados de la década de los sesenta. Sin embargo, sus inicios en el cine fueron muy otros. Ligado al "grupo telúrico" de Barcelona y a la revista Cine Experimental, tras su estancia en la Unión Soviética como voluntario de la División Azul, destacó en el mundillo cinematográfico barcelonés a mediados de la década de los cuarenta como guionista y ayudante de Carlos Serrano de Osma y Lorenzo Llobet Gracia, en obras de gran ambición estética. Aún en funciones de guionista escribía con entusiasmo juvenil sobre el ritmo cinematográfico:
Sam Wood, con su Sinfonía de la vida, nos dió un curso completo de ritmo cinematográfico. John Ford, en La diligencia, consigue crear con el ritmo una maravilla de ambiente y nos hace vivir —rítmicamente— toda la angustia de sus personajes. Otros buenos maestros del ritmo son también Frank Capra, Fritz Lang, Julien Duvivier y George Stevens, que nos han demostrado ampliamente sus conocimientos del problema en Sucedió una noche, Furia, Lydia y Serenata nostálgica, respectivamente, entre otras muchas de sus creaciones. Pero el que en esto —como en casi todo, por supuesto— ha llegado a la perfección es el mago Walt Disney, que en su Sinfonía tonta, El viejo molino, consigue la más perfecta conjunción entre la imagen, el tema, la atmósfera, el color y la música de un modo tan magistral que el espíritu contemplador se extasía ante la poesía casi milagrosa de una sucesión de planos maravillosamente ligados por un ritmo tan perfecto que apenas si se deja notar. La mejor de las técnicas cinematográficas se ha puesto en El viejo molino al servicio de la más bella de las expresiones cinematográficas. Casi toda la película está montada sobre travellings en aproximación encadenados; pero tan sutilmente encadenados, que todo parece sencillo y natural, y a los planos generales suceden los medios y los primeros y primerísimos y los grandes efectos de grúa, sin que apenas nos demos cuenta de ello, ya que —¡he aquí el secreto!— cada movimiento es el movimiento necesario y cada encuadre es el único encuadre posible. El viejo molino disneyano es un  trabajo de orfebrería cinematográfica, pero orfebrería sutil, sencilla, sin abigarramientos, en la que cada plano está informado del más completo y perfecto del ritmo que hoy pueda existir. [Pedro Lazaga: "El ritmo en la expresión cinematográfica". en Cine Experimental, núm. 8, 11 de marzo de 1945.]
Además de estos textos teóricos, Lazaga se prodiga como guionista y proveedor de argumentos en las productoras afines al grupo telúrico, como Boga Films y Pegaso Films; también para Ariel Films, empresa en la órbita del Opus Dei. En 1953 escribe el argumento de La alegre caravana (Ramón Torrado, 1953), producida por Cesáreo González para el lucimiento de Paquita Rico. A partir de este momento, su labor en este campo se atenúa considerablemente, firmando con otros guionistas —y en especial con José María Palacio— los libretos de apenas una quinta parte de las películas que dirige. El ladrido (1977) será el último guión que firme y el segundo en el que lo haga en solitario después de Campo bravo (1948).

De su primera etapa como realizador destaca Cuerda de presos (1956), sobre la conducción de un reo desde León hasta Álava por una pareja de la benemérita, en la que el paisaje tiene gran protagonismo y el laconismo de las relaciones establecidas entre los tres protagonistas le confiere un aliento épico próximo al espíritu del western. Sin duda, fue éste uno de los aciertos de Lazaga: su capacidad para abordar productos estrictamente genéricos con una solvencia ejemplar.

Desde finales de la década de los cincuenta se asocia con el productor José Luis Dibildos en la creación de la "comedia del desarrollismo", fórmula subvertida en Los tramposos (1959). Contribuye también al lanzamiento estelar de Paco Martínez Soria con La ciudad no es para mí (1965). Esta década es la de mayor actividad de su carrera, enlazando rodajes y llegando a facturar una media de seis películas al año. Es entonces cuando se fragua su fama de
un-director-ha-de-hacerlo-todo, llegando a convertise en el artesano más fértil dentro de la comedia celtibérica sexy, línea de la que ni siquiera se libra su incursión en el mito Sara, esa deprimente Cinco almohadas para una noche. [José Vanaclocha: «El cine sexy celtibérico», en Equipo Cartelera Turia: Cine español, cine de subgéneros. Valencia, Fernando Torres Editor, 1974, pág. 176.]
Muy otro era el balance que hacía el realizador desde la (imprevista) última vuelta del camino:
Para mí ha sido un milagro. Empecé siendo nada, un pobre muchacho que no era nada. Vino la guerra y me metieron en el follón; vino la otra guerra y me metieron también. Interrumpí mis estudios. No era nada, pero quería ser director de cine. Mi única preparación fueron los programas dobles que veía cuando conseguía sacarle cinco pesetas a mi abuela. Ahora veo que he conseguido lo que quería: he dirigido noventa películas. Aunque se me hayan quedado guiones en el cajón me podría morir ya. Sería un final feliz. [Triunfo, núm. 880, 8 de diciembre de 1979, pág. 54.]
En la prestigiosa Antología crítica del cine español [Cátedra / Filmoteca Española, 1997] se incluyen hasta cuatro películas dirigidas por él —Hombre acosado (1950), Cuerda de presos, Los tramposos (1959) y La ciudad no es para mí—, pero la incorporación de las dos últimas parece obdecer antes a motivos sociológicos —y taquilleros, claro— que estrictamente cinematográficos. En cambio, a propósito de la "impronta documental" de la primera, hace Manuel Vidal Estevez una valoración global de su filmografía que desdice la de otros compañeros en labores historiográficas:
En ella es donde quedan patentes las cualidades de un cineasta que, si bien fue progresivamente escorándose hacia un cine de consumo y su dimensión artesanal, lo hizo siempre con solvencia y no poca dignidad. [Manuel Vidal Estevez, en Julio Pérez Perucha (ed.): Antología crítica del cine español. Madrid, Cátedra / Filmoteca Española, 1997, pág. 287.]
En próximas entregas tendremos ocasión de desgranar el casi centenar de películas que constituyen su filmografía. Salvo un ramillete de martínezsorias de última hornada —que me confieso incapaz de repasar—, los títulos que no comparecen lo hacen por la imposibilidad de acceder a ellos. Del cortometraje Encrucijada (1948) apenas encontramos su propio testimonio. Del mediometraje La corrida (1965) no he conseguido localizar copia, debido probablemente a su anómalo metraje y a su condición de documental o docuficción. Más sangrante resulta mi incapacidad para acercarme a El cálido verano del señor Rodríguez (1964) y Estimado señor juez... (1978). Quién sabe si la cosa no se solucionará de aquí a que lleguemos al final de este recorrido. [Resuelta la duda de Estimado señor juez... el 12/11/219.]


Filmografía como director:
Encrucijada (CM, 1948)
Campo bravo (1948)
María Morena (1951), codirigida con José María Forqué
Hombre acosado (1952)
La patrulla (1954)
La vida es maravillosa (1955)
Cuerda de presos (1955)
El frente infinito (1956)
Torrepartida (1956)
Roberto el diablo (1956)
Muchachas de azul (1956)
El fotogénico (1957)
La frontera del miedo (1957)
El aprendiz de malo (1958)
Ana dice sí (1958)
Luna de verano (1959)
Miss Cuplé (1959)
La fiel infantería (1959)
Los tramposos (1959)
Trío de damas (1960)
Los económicamente débiles (1960)
Trampa para Catalina (1961)
Martes y trece (1961)
Aprendiendo a morir (1962)
La pandilla de los once (1962)
Sabían demasiado (1962)
Los siete espartanos (1962)
Fin de semana (1963)
Eva 63 (1963)
El cálido verano del señor Rodríguez (1964)
Dos chicas locas, locas... (1964)
El tímido (1964)
El rostro del asesino (1965)
Un vampiro para dos (1965)
Posición avanzada (1965)
La ciudad no es para mí (1965)
La corrida (CM, 1965)
Nuevo en esta plaza (1966)
Las viudas - episodio Luna de miel (1966)
Operación Plus Ultra (1966)
Los guardiamarinas (1966)
¿Qué hacemos con los hijos? (1967)
Las cicatrices (1967)
Los chicos del Preu (1967)
Novios 68 (1967)
Sor Citroen (1967)
El turismo es un gran invento (1968)
No desearás la mujer de tu prójimo (1968)
¡Cómo sois las mujeres! (1968)
La chica de los anuncios (1968)
No le busques tres pies... (1968)
Abuelo Made in Spain (1968)
Las secretarias (1969)
Las amigas (1969)
El abominable hombre de la Costa del Sol (1969)
El otro árbol de Guernica (1969)
A 45 revoluciones por minuto (1969)
Verano 70 (1969)
Por qué pecamos a los cuarenta (1969)
El dinero tiene miedo (1970)
Las siete vidas del gato (1970)
Vente a Alemania, Pepe (1971)
Hay que educar a papá (1971)
Blanca por fuera y Rosa por dentro (1971)
Black Story (La historia negra de Peter P. Peter) (1971)
Vente a ligar al Oeste (1972)
El padre de la criatura (1972)
¡No firmes más letras, cielo! (1972)
Mil millones para una rubia (1972)
El vikingo (1972)
París bien vale una moza (1972)
El abuelo tiene un plan (1973)
Las estrellas están verdes (1973)
El chulo (1973)
El amor empieza a medianoche (1974)
Cinco almohadas para una noche (1974)
En la cresta de la ola (1974)
Una mujer de cabaret (1974)
Largo retorno (1975)
El alegre divorciado (1975)
Tres suecas para tres Rodríguez (1975)
Yo soy Fulana de Tal (1975)
Ambiciosa (1975)
Estoy hecho un chaval (1976)
Terapia al desnudo (1976)
Fulanita y sus menganos (1976)
La amante perfecta (1976)
Hasta que el matrimonio nos separe (1977)
El ladrido (1977)
¡Vaya par de gemelos! (1977)
Vota a Gundisalvo (1978)
Estimado señor juez... (1978)
Siete chicas peligrosas (1979)

domingo, 2 de junio de 2019

los nudies del enmascarado de plata


Actualizado el 12 de febrero de 2023

El productor Gregorio Wallerstein y los dos directores René Cardona, padre e hijo, proporcionan un giro a la carrera cinematográfica de Santo en 1966. En el díptico Operación 67 / El tesoro de Moctezuma el Enmascarado de Plata comparece por primera vez en la pantalla en color y la inserción de sus peleas en el contexto de una intriga internacional de falsificación de moneda sirve para crear sendos productos jamesbondianos. Le acompaña en la aventura el nadador y culturista Jorge Rivero, que había debutado en la pantalla precisamente junto al Santo encarnando al Enmascarado de Oro en El asesino invisible (René Cardona, 1964).

La acción salta en los primeros minutos de China a Nueva York donde una banda criminal calcadita a Spectra planea un sofisticado robo para duplicar las planchas originales para la impresión de dólares con cuya emisión planean desestabilizar las economías emergentes de Latinoamérica. Para que no quede la más mínima duda de la filiación bondiana, parte del sofisticado plan para sacar las planchas tiene lugar bajo el mar, como ha puesto de moda el año anterior Thunderball (Operación Trueno, Terence Young, 1965).

En la primera película, la villana está interpretada por la californiana Elisabeth Campbell, habitual del ciclo de luchadoras dirigidas por Cardona senior —Las luchadoras contra el médico asesino (1964), Las lobas del ring (1965)…— en un personaje llamado Golden Rubi. Al final de Operación 67 le entrega a Jorge, del que se ha enamorado a primera vista y por primera vez en su vida, una sortija con una esmeralda. Se la regala como recuerdo, pero la sortija contiene un microfilm con el plano para encontrar el tesoro precolombino de Moctezuma, del que la banda pretende apoderarse en la segunda entrega. Ahora la encargada de seducir a Jorge es Maura Monti, que dos años más tarde protagonizará La mujer murciélago (René Cardona, 1968), pero los intereses amorosos de Jorge se multiplican, sin que los combates por parejas ni el contenido del microfilm parezcan preocuparle demasiado. Tanto es así que los villanos descubren la cámara del tesoro y llevan cuantas piezas pueden a un buque de guerra privado que las transportará hasta San Francisco. Hasta allí —tres planos de archivo y un decorado de Chinatown construido en un estudio azteca— los siguen en compañía de la rubia Estela (Amadee Chabot), agente de la Interpol con el nombre de “Flor de Loto”.

Las peleas no se suceden sólo en el ring o en el garaje del estadio, como en anteriores películas del Santo. Wallerstein busca escenarios espectaculares, como la Pirámide del Sol en Teotihuacan o los toriles de la Monumental de Mexico. Desde luego, los talentos reunidos de los dos Cardonas y la producción de Wallerstein no logran emular la sofisticación de la realización de Terence Young ni los dispendios en gadgets y escenografías espectaculares de Saltzman y Broccoli, pero se las apañan bastante bien para facturar dos productos aseaditos por el precio de uno, que den el pego en el mercado interior y sean merecedores de la atención internacional. De ahí que, como sucederá de manera mucho más evidente en Santo en el tesoro de Drácula / El vampiro y el sexo (René Cardona, 1969), se aproveche para incluir algún desnudo que no se verá en México hasta varias décadas después.

El tesoro de Drácula habría sido una más de las incursiones del Enmascarado de Plata, en el universo del fantástico post-hammeriano y psicotrónico, si no fuera porque durante años se especuló con que existía una versión porno de la misma. La investigación llevada a cabo por la sobrina-nieta del productor Guillermo "Memo" Calderón Stell para el documental Perdida (Viviana García-Besné, 2010) le condujo al descubrimiento de las latas de El vampiro y el sexo y a su posterior restauración.

Al parecer, esta doble versión para exportación, un nudie sin sexo explícito, por supuesto, obedecía a un pacto entre caballeros entre el luchador, el productor y el realizador René Cardona, que siempre negaron que tales versiones existieran. La polémica sobre los derechos de exhibición de esta versión entre la legataria de los hermanos Calderón y los herederos del Santo, condujeron a la suspensión de su proyección en la edición de 2011 del Festival de Cine de Guadalajara.


Más allá de los planos en que el conde Alucard (Aldo Monti) desnuda a las vampiras o les acaricia los senos antes de morderlas en el cuello, ambas versiones siguen el mismo esquema argumental. Santo es, además de luchador, un eminente científico que ha inventado una máquina del tiempo cuyo diseño es extrañamente similar al de la serie de televisión The Time Tunnel (El túnel del tiempo, 1966-67). Su invención permitiría realizar investigaciones arqueológicas y recuperar tesoros del pasado que se podrían invertir en paliar las necesidades de los menos favorecidos. La bella Alicia (Noelia Noel), su prometida e hija del profesor Sepúlveda (Carlos Agosí) se ofrece a hacer de cobaya y es así como llega a la mansión -y al lecho- del conde Alucard, en los sótanos de cuya mansión convierte a cuanta muchacha se le pone a tiro de colmillo en vampira insaciable. Antes de que el pecho de Alicia sea traspasado por una estaca, el Santo la devuelve al presente y juntos acuden a la cripta donde descansa Alucard para buscar una sortija y un medallón en los que reside la clave del escondite del tesoro. Pero el Encapuchado Negro se les ha adelantado y, para recuperar la sortija, el Santo no tiene más remedio que enfrentarse al hijo del villano él en el ring. Mientras tanto, vuelto a la vida, Alucard lleva a Alicia a los sótanos de su mansión.


Si otras versiones incluían escenas más explícitas en las que, como indicaba la propaganda, "arrastra a nuestros héroes a vivir la satánica aventura con trece esculturales mujeres, frenéticas sacerdotisas del placer, que ofrecen una gama de sensuales emociones en las que nada, absolutamente nada, se oculta al espectador atento", no se encuentran en este montaje, que se ajusta a las leyes del nudie convencional.

El productor Guillermo Calderón Stell y Cardona senior perpetraron varias de estas dobles versiones. Así, Las luchadoras vs el robot asesino (René Cardona, 1969) y La horripilante bestia humana (René Cardona, 1969) se convirtieron, insertos o escenas alternativas mediante, en El asesino loco y el sexo y en El horror y el sexo, respectivamente, aunque ambas sin la presencia del Enmascarado de Plata en los créditos. [Emilio García Riera: Historia documental del cine mexicano 14 (1968-1969). México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes / Instituto Mexicano de Cinematografía, 1994.]

La otra cinta en la que tenemos constancia de que existe un montaje alternativo para exportación es Santo contra los jinetes del terror (René Cardona, 1970). La publicidad es explícita en cuanto a su morboso contenido pues lleva por título Los leprosos y el sexo. Se añaden de este modo capas genéricas sobre capas genéricas a fin de atraer a los espectadores a las salas. Porque los jinetes del terror son unos enfermos escapados de una leprosería en un deslocalizado poblado del Oeste, pero su comportamiento tiene más que ver con el de los zombies de Night of the Living Dead (La noche de los muertos vivientes, George A. Romero, ‎1968). El comisario Darío (Armando Silvestre) y el doctor Ramos (Carlos Agosti) intentan calmar a los habitantes del pueblo y organizan una partida para atraparlos y hacerlos regresar al lazareto.Mientras tanto, un grupo de facinerosos liderados por Camerino (Julio Aldama) se dedican a asaltar los ranchos, robar las cajas fuertes y asesinar a los propietarios -como han hecho con el padre de Carmen (Mary Montiel), la novia del comisario-, sabedores de que todos en el pueblo culparán a los leprosos de sus crímenes, en una trama que -enfermos aparte- remite directamente al western convencional y televisivo. Camerino los convence para que se conviertan en guardianes del botín en la Cueva del Diablo, aunque su plan es asesinarlos en cuanto hayan desvalijado a todos los hacendados. Ante la escalada de crímenes, Darío decide solicitar la ayuda del Enmascarado de Plata.

Las escenas "para adultos" podrían insertarse en la secuencia de montaje en que los fugados asaltan los ranchos próximos al pueblo, pero en el metraje convencional quedan indicios evidentes de la manipulación, como el flagrante cambio de vestuario de Carmen (Mary Montiel) en varios tramos de la secuencia en la que se despide de Darío en el porche del rancho. En unos planos aparece ataviada con una bata, en tanto que en los siguientes, sin transición ninguna, lleva el mismo recatado vestido que en la secuencia anterior.


También el desenfoque que pone fin al flashback que relata el origen del amor de Jorge (Gregorio Cassals), uno de los leprosos, por Lupe (Ivonne Govea), podría ser el preludio a una situación más explícita, que en el montaje convencional queda simplemente sugerida.


Como en el caso de El vampiro y el sexo, Santo no interviene en ninguna de estas escenas.

Bach Films acaba de editar en Francia un DVD con la doble versión vampírica. (Las imágenes que ilustran esta entrada proceden de copias disponibles en YouTube y no de la edición francesa, de la que sólo reproduzco el arte final de la carátula).

 

Addenda del 12 de febrero de 2023:

Durante 2022 Permanencia Voluntaria, el archivo que dirige Viviana García Besné, emprendió la tarea de digitalizar las escenas "sexy" de Los leprosos y el sexo para reinsertarlas en Santo contra los jinetes del terror. Tras un proceso de microfinanciación el resultado se ha proyectado a principios de febrero de 2023 en el Festival de Rotterdam: https://iffr.com/en/iffr/2023/films/santo-contra-los-jinetes-del-terror.

Las siguientes imágenes, que confirman algunas de nuestras intuiciones, proceden de la campaña de microfinanciación y del sitio web del festival:

 Permanencia Voluntaria Archivo Cinematográfico

 

 Addenda del 30 de enero de 2024:

Ya está disponible Los leprosos y el sexo.