domingo, 25 de enero de 2026

psicotronía ibérica

SOS Invasión (Silvio F. Balbuena, 1968) era en origen una producción de Lacy Internacional Films. La productora de José María Elorrieta solicitó el permiso del rodaje, con exteriores en Sintra y el Algarve e interiores en Madrid, el 14 de mayo de 1968. La dirección de Balbuena y el guión de José Luis Navarro Basso —con el que el realizador ya había escrito Prohibido soñar (1964) y Los celos y el duende (1967)— entraban desde el principio en la ecuación. Sin embargo, algo ocurre a finales de 1968, que todo el paquete de producción es transferido oficialmente a Internacional de Mercados Turísticos, S.A. (IMT), cuyo titular es Antonio José Viegas Ávila. [Archivo General de la Administración, caja 36/05014.]

La cinta se organiza narrativamente en torno a la elisión. No a la elipsis, que sirve para sugerir al espectador lo que se le hurta y provoca su participación activa, sino de la simple carencia de metraje para articular el relato. El argumento presenta a la frívola Susana (Mara Cruz) que acude a ver a su tío (Antonio Pica) para que le aconseje sobre su futuro matrimonio con un médico dietista (Taylor), con el que ha estado secuestrada en un castillo del Algarve por un grupo de robots femeninos procedentes de otra galaxia. Una vez más, la ausencia es el tropo fundamental de la conclusión: una turista foránea insiste al resto de los personajes en que acaba de ver un platillo volante que el espectador no verá nunca.

De ahí que la cinta se construya a partir de materiales de descarte: largos planos de recurso de la costa portuguesa o de la ciudad de noche rodados desde un coche, tomas dobles, panorámicas de algunas localizaciones que se repiten hasta la saciedad, planos de conversaciones montados “en eje” porque faltan los contraplanos e, incluso, algún inserto animado... Ante la falta de material, la montadora Maruja Soriano —habitual del cine de Jesús Franco, como Jack Taylor, el protagonista— parece incapaz de aportar la más mínima coherencia al relato y debió optar, de acuerdo con la productora y/o el director, por editarlo todo hasta alcanzar un metraje estándar, de modo que la continuidad queda confiada a algunos diálogos expositivos —en off— y a la partitura de Manuel Moreno Buendía.

La transferencia de titularidad no debió de solucionar los problemas económicos de la película, patentes en su realización, porque en 1971 Balbuena solicita a la administración que certifique el cambio de propiedad ya que tiene que plantear ante Magistratura de Trabajo una demanda para cobrar sus honorarios como realizador. [Ibidem.]

ricardo blasco: historia de una frustración (y 4)

Podemos entender los tres lustros comprendidos entre 1970 y 1985 como un largo ciclo en el que Ricardo Blasco se dedica a ahondar en la historia española de la primera mitad del Siglo XX, una suerte de berbiquí con el va profundizando según acumula materiales de archivo y la censura televisiva va abriendo la mano. Hoy olvidadas, España Siglo XX, Tiempo de España, Sombras del ayer y Memoria de España constituyen una meritoria labor de orfebrería en la que el material de archivo constituye el núcleo fundamental.

Hablaba Augusto Martínez Torres de "frustración". Sería ésta cinematográfica y en todo caso televisiva, pero no como ensayista en valenciano: "Los años setenta y ochenta resultaron para él prolíficos en sus investigaciones sobre la historia cultural de Valencia, y gratificantes por los premios recibidos. En 1983 publicó una de sus más celebradas aportaciones, La premsa del País Valencià (1790-1983)". [Gala Blasco Aparicio: “Blasco, Ricard”, en Kiosco Media Vaca: https://www.mediavaca.com/es/escritores/blasco-ricard]

A uno le interesa más su Introducció a la història del cine valencià, publicado en 1981 por el Ayuntamiento de Valencia. Es el momento de configurar nuevas identidades y Blasco busca las señas propias de una cinematografía prácticamente ignorada. Analiza los orígenes del cine en el territorio, bucea en la filmografía de los pioneros y destaca las figuras de Joan Andreu, Maximiliano Thous o Mario Roncoroni en el tránsito a la década de los veinte, cuando Barcelona pierde la hegemonía de la producción que hasta entonces había ostentado. Por ello, casi tres cuartas partes partes del volumen están dedicadas al periodo silente. La irrupción del cine sonoro supuso un duro revés para una incipiente industria carente de infraestructuras y de capital. El periodo republicano, está dominado por Cifesa, la gran productora del momento. Durante la Guerra Civil, la casa valenciana se dividió en dos: por una parte, el Consejo Obrero regía la empresa en la zona republicana; por otra, la familia Casanova seguía distribuyendo las películas desde Burgos y trabajando en noticiarios y otro material de propaganda para los sublevados.

Tras la Guerra de los Tres Años —según la expresión del autor, que también la emplea en sus trabajos televisivos— caracteriza la larga etapa franquista por un “cine valenciano que no hacen los valencianos”. Sus principales frutos serían: Entre barracas (Luis Ligero, 1948), Juzgado permanente (Joaquín Luis Romero Marchent, 1952), Cañas y barro (Juan de Orduña, 1954), Persecución hasta Valencia / Il sapore della vendetta (Julio Coll, 1968) o Pecados conyugales (José María Forqué, 1969). No olvida el emergente movimiento underground de los años sesenta. No obstante, los cineastas que caracterizarán el cine valenciano de la incipiente democracia, no proceden de esa cantera, sino que tienen orígenes diversos: durante la Transición Berlanga acentuaría los rasgos "falleros" de su cine —que se reduciría a la primera y, en todo caso, la segunda entrega de la trilogía Nacional—, Vicente Escrivá fractura el díptico en lengua vernácula El virgo de Visanteta / Visanteta esta-te queta (1979) y Carles Mirá aporta impulso renovador con La portentosa vida del pare Vicent (1978).

Más allá de los juicios de valor, Introducció a la història del cine valencià tiene el mérito de desbrozar el camino con humildad. Concluye Blasco: “Pedimos perdón y confesamos que confiamos en asistir pronto a un nuevo reverdecimiento del cine valenciano. El cual no ocupará muchas páginas en la gran historia universal del cine, pero, como que es el nuestro y no tenemos otro, no podemos olvidarnos él”. [pág. 66.]

Ricardo Blasco Laguna fallece el 8 de febrero de 1994.

Filmografía como ayudante de dirección:

La duquesa de Benamejí (Luis Lucia, 1949)
Currito de la Cruz (Luis Lucia, 1949)
De mujer a mujer (Luis Lucia, 1950)
El sueño de Andalucía / Andalousie (Luis Lucia / Robert Vernay, 1951)
Lola, la piconera (Luis Lucia, 1951)
Gloria Mairena (Luis Lucia, 1952) 
La hermana San Sulpicio (Luis Lucia, 1952)
Cerca de la ciudad (Luis Lucia, 1952)
Facultad de Letras (Pío Ballesteros, 1952)
Aeropuerto (Luis Lucia, 1953)
Morena Clara (Luis Lucia, 1954)
Un caballero andaluz (Luis Lucia, 1954)
Suspiros de Triana (Ramón Torrado, 1955)
La lupa (Luis Lucia, 1955)
La hermana alegría (Luis Lucia, 1955)
El piyayo (Luis Lucia, 1956)
Esa voz es una mina (Luis Lucia, 1956)
Un fantasma llamado amor (Ramón Torrado, 1956)
La vida en un bloc (Luis Lucia, 1956)
Los ladrones somos gente honrada (Pdro L. Ramírez1956)
El cantor de México / Le chanteur de Mexico (Richard Pottier, 1956)
Maravilla (Javier Setó, 1957)
Un marido de ida y vuelta (Luis Lucia, 1957)
La cenicienta y Ernesto (Pedro L. Ramírez, 1957)
¡Viva lo imposible! (Rafael Gil, 1958)
La venganza (Juan Antonio Bardem, 1958)
Luna de miel / Honeymoon (Michael Powell, 1958)
¿Dónde vas, Alfonso XII? (Luis César Amadori, 1958)
La casa de la Troya (Rafael Gil, 1959)
Carmen, la de Ronda (Tulio Demicheli, 1959)
Crimen para recién casados (Pedro L. Ramírez, 1959)
Fantasmas en la casa (Pedro L. Ramírez, 1959) 

Como director cinematográfico:

Noches andaluzas / Nuits andalouses (Maurice Cloche, 1953), director adjunto
Amor bajo cero (1960)
Armas contra la ley / Armi contro la legge (1961)
Autopsia de un criminal (1962)
Destino Barajas (1962)
Las tres espadas del Zorro / Le tre spade di Zorro (1963)
Gringo / Duello nel Texas (1963) 
El Zorro cabalga otra vez / Il giuramento di Zorro (1964)
Setenta y cinco años de historia (1976)
En TV:

30 grados a la sombra (12 episodios) (1964)
Escuela de maridos (24 episodios) (1964)
Estudio 3: Los vencidos (1964)
Novela: Antes del amanecer (1964)
Teatro de familia (24 episodios) (1964-1965)
Estudio 3: A mí lo que me tira es el comercio (1965)
Novela: Busco una mujer (1965)
Novela: Julieta y el hombre herido (1965)
Tú tranquilo: Blas no se chupa el dedo (1965)
Tal para cual (13 episodios) (1965)
Diego de Acevedo (13 episodios) (1966)
Escuela de matrimonios (3 episodios) (1967)
Protagonista el hombre (1968)
La fiesta del Señor (1968)
Ojos nuevos: Tele-revista religiosa (1969).
Tele-Club: La herencia (1970)
España Siglo XX (1971-1973)
Tiempo de España (1975)
Sombras del ayer (1979)
Memoria de España (1983)

domingo, 18 de enero de 2026

ricardo blasco: historia de una frustración (3)

Ricardo Blasco entra en televisión como realizador de las historias de humor de Noel Clarasó protagonizadas por Elvira Quintillá, Antonio Garisa o Zori y Santos: 30 grados a la sombra (1964), Escuela de maridos (1964), Tú tranquilo (1965) —“Clarasó acierta siempre y Ricardo Blasco no digamos” [“Viriato: “Tole-tole de la tele”, en Hoja del Lunes (Madrid), 6 de septiembre de 1965]—, Tal para cual (1965) y Escuela de matrimonios (1967). Además, dirige algunos episodios de las series Estudio 3 y Teatro de familia. Para el espacio Novela realiza Antes del amanecer (1964), Busco una mujer (1965) y Julieta y el hombre herido (1965). Sin embargo, su trabajo más ambicioso de esta etapa será una serie de aventuras históricas: Diego de Acevedo.

Al repasar la actividad de Julio Coll en TVE algo dijimos de la idea de la casa de realizar series filmadas con vocación transatlántica:

Con Historias de la gente ibérica, TVE inicia la producción continuada de una serie de telefilms con destino, no sólo a sus propias pantallas, sino a las de las televisiones de los países iberoamericanos. Los trece capítulos del serial Diego de Acevedo inician esta sucesión de telefilms que irán narrando, con veracidad histórica, la vida de gentes ibéricas de cualquier tiempo o geografía... La historia de Diego de Acevedo, en resumen, ha de ser la primera de las que, bajo el título general Historias de la gente ibérica, producirá Televisión Española para exhibir en sus propias pantallas y en las de los países hermanos y acaso también en las de otros pueblos de distinta raíz histórica, lingüística y cultural. [“Una producción de TVE: Historias de la gente ibérica”, en Tele Radio, 28 de marzo de 1966.]

Tras la fallida La familia Colón, Historias de la gente ibérica desapareció como ciclo. La vocación hispánica de TVE no se retomaría hasta la siguiente década, en el marco de la creación de la Organización de Televisiones Iberoamericanas (OTI). Sin embargo, Diego de Acevedo quedó para los restos como una producción ambiciosa que marcaría la pauta para que una década más tarde Televisión Española se midiera de tú a tú —al menos, en el mercado local— con la RAI y la BBC. [Federico García Serrano: “La ficción televisiva en España: del retrato teatral a la domesticación del relato cinematográfico”, en Archivos de la Filmoteca, núm. 23-24, junio-octubre de 1996, pág, 77.] Hoy en día, resulta complicado ponerse en la cabeza de aquellos telespectadores a los que se ofrecía un reparto estelar encarnando a figuras históricas, exteriores e interiores naturales, galopadas, combates y un gran despliegue de medios. La espectacularidad queda apenas mermada por algunas carencias en el número de figurantes, pero la planificación corta y próxima que impone la pequeña pantalla ayudan a disimular estos defectos.

Apenas anunciado el proyecto, la acogida es entusiasta:

Don Luis de Sosa es el autor de los guiones; Ricardo Blasco, su animador. Sobre ambas columnas, TVE asienta su producción de cara al exterior, de cara a los pueblos de nuestra lengua, de nuestro pulso, de nuestra sangre. De nuestro impulso... Tenemos mucha fe en la serie. Tenemos mucha esperanza en los resultados.
TVE, sintiéndose eso, española, ha dado de mano a cualquier otro intento más barato y cómodo, para enfrentarme, en cambio, con hombres y nombres de amplia resonancia hispánica. Estamos seguros por anticipado que un insobornable rigor histórico y un tacto previsto de ritmo televisivo animará los capítulos, que emocionarán en seguida a las gentes de más allá de la mar océano. Un vaho caliente, de fraternidad viva, operante y cordial prenderá en las antenas de media América, hablando el lenguaje común de cosas comunes de nuestra historia, porque TVE pudo haber iniciado sus series filmando para exportación temas de arte o de música, de elevada literatura o de mera diversión; pero ha preferido empezar, como cumple a su presencia en veinte países, con una cosa importante. a nivel de corazón. [“Viriato”: “La importancia de ser española”, en Pueblo, 25 de abril de 1966.]

El primer episodio, introducido por el guionista Luis de Sosa, presenta a Diego [Paco Valladares], criollo nacido en Lima y combatiente en la Guerra de la Independencia, que dicta sus memorias en la vejez. El relato se construye de este modo en tono de crónica episódica en la que el personaje, antes que protagonista, es testigo de la Historia e interlocutor de la Duquesa de Alba (Gemma Cuervo), Francisco de Goya (José María Escuer), Carlos IV (Luis Prendes), la reina María Luisa (Asunción Balaguer), Fernando VII (Emilio Gutiérrez Caba), Napoelón Bonaparte (Guillermo) Daoiz y Velarde (Fernando Guillén y Francisco Piquer) Simón Bolívar (Carlos Larrañaga) o José de San Martín (José Campos).
Enrique del Corral “Viriato” le concede el cum laude en el segundo episodio:

Nuevo episodio de Diego de Acevedo y nuevo éxito de esta serie de TVE, original de Luis de Sosa, dirigida por Ricardo Blasco, que ha encontrado la coincidencia exacta entre el cine-cine y el cine para televisión. ¡Con lo difícil que es eso y lo fácil que lo ha resuelto! El talento da Ricardo Blasco está ya más que demostrado. Está laureado al segundo capítulo de Diego de Acevedo, serie seria y digna. Como española. [“Viriato”: “Tole-tole de la tele”, en Hoja del Lunes (Madrid), 17 de octubre de 1966, pág. 6.]

Hay que recordar que Blasco tenía un modelo claro. Sus años en Cifesa habían sido los de esplendor del cine histórico, con Agustina de Aragón (Juan de Orduña, 1950) o La duquesa de Benamejí (1949) y Lola, la piconera (1952), dirigidas ambas por Luis Lucia y en las que el mismo Blasco había trabajado como ayudante de dirección, se sitúan todas en esta época, que invitaba a la exaltación nacionalista. Mientras en aquellas se metaforizaba la autarquía económica y el aislamiento internacional de España, aquí se buscan las raíces comunes que permitan afianzar el concepto de hispanismo —idioma, religión católica, hidalguía frente al “materialismo” estadounidense— que hará prevalecer el vínculo materno-filial más allá de los procesos de independencia en los que Bolívar y San Martín tomarán parte. La serie termina con la partida de éste hacia América y los votos por un nuevo encuentro con Diego de Acevedo, que se queda luchando en el ejército español: “¡Quién sabe! Tal vez llegará un tiempo en que volveremos a abrazarnos, a comprendernos las gentes de aquí y de América”. El final anuncia así una posible segunda parte que nunca llegará, pero ésta se repone, a razón de dos capítulos diarios, durante las Navidades de 1967.

Durante los dos años siguientes, Blasco parece reducido a la realización aseada de espacios en los que poco puede brillar, como Protagonista el hombre (1968), presentado por Rafael Gallo, y sendos programas religiosos: La fiesta del Señor (1968) y Ojos nuevos: Tele-revista religiosa (1969).

Hay que esperar al principio de la siguiente década para verlo embarcado en un proyecto de cierta ambición. España Siglo XX (1971-1973) se divide en tres etapas para contar los primeros setenta años de la historia de España. Ricardo Blasco se encarga de montar, a partir de material de archivos nacionales e internacionales los nada menos que noventa y dos programas que van del fin de la Gran Guerra al principio de la Guerra Civil española. El comentario corre a cargo del falangista Eugenio Montes, así que la ortodoxia ideológica está garantizada. Por más que el realizador no estuviera de acuerdo con este enfoque, para los restos quedará como la etapa de ”ideologización del programa hacia contenidos muy concretos que dieron una visión distorsionada o acomodada de los hechos históricos”. [Josep Maria Baguet: Historia de la televisión en España (1956-1975). Bellaterra: Publicacions de la Universitat Autònoma de Barcelona, 1993. pág. 217.] En su momento, los reseñistas televisivos apuntaron que Blasco imprimía “un nuevo estilo” al montaje de la serie, aprovechando la abundancia de material filmado sobre el periodo que le había tocado en suerte. [José de la Vega: “Televisión, comentario y noticia”, en Diario de Burgos, 13 de noviembre de 1971, pág. 10.] Vistos hoy algunos capítulos, está claro que la minuciosa confección de los mismos va mucho más allá de la orientación ideológica que se imprimiera a la locución. La excelencia de su trabajo quedó refrendada por un Premio Ondas de Televisión.

Sin embargo, la serie no cumple todo su recorrido. En junio de 1975, TVE anuncia que va a acometer un nuevo programa que cubriría desde principios de siglo hasta —ahora sí— el fin de la Guerra Civil. Se titula Tiempo de España y los guiones, elaborados con la colaboración de historiadores afines al franquismo y expertos en historia militar, como Ricardo de la Cierva, Jesús Salas Larrazábal o Joaquín Arrarás, están coordinados por Blasco que también se encarga de la realización. [“Tiempo de España”, en Pueblo, 13 de junio de 1975, pág. 34.] Hasta donde he podido averiguar, el último episodio emitido es el del 6 de octubre, correspondiente a la Revolución de 1934. La agonía de Franco influiría muy probablemente en la suspensión de la serie.

Blasco retoma el esquema en Sombras del ayer (1979), crónica de la vida cotidiana de los españoles durante el franquismo. Los cincuenta y dos episodios se montan con el material acopiado y no utilizado en España Siglo XX. En esta ocasión, se incorporan también entrevistas en color que contextualizan el material de archivo. Como tenemos un testimonio elocuente sobre su trabajo dejemos la palabra al responsable:

—En aquélla se pretendía contar la historia cronológica de los hechos más importantes que sucedieron en España desde que comenzó el siglo. Al fijarnos intensamente en esos sucesos trascendentes quedaba menos espacio para ocuparnos de un sinfín de hechos cotidianos que configuraron la realidad de aquellos años. Esos hechos son los que veremos en Sombras de ayer. Veremos, por ejemplo, cómo eran los abastecimientos, los gasógenos y la actitud de los españoles ante su propia miseria A través de películas veremos cómo el español se reía de su propia hambre.. Como ejemplos dispares puedo señalar también que en algún capitulo entrevistamos a un chófer de gasógenos y a la persona que vendía Margarita Pérez como muñeca símbolo. Habrá espacios monográficos donde un especialista hará un análisis del fútbol y los toros. Sin que estas monografías impidan que en otros capítulos puedan darse imágenes de fútbol, de toros o del flamenco; de las relaciones hombre-mujer o de Imperio Argentina. Quiero decir que el espectro temático es tan amplio como la propia realidad de aquellos años. Junto a éste, otros espacios se ocuparán de las famosas entrevistas que sostuvo Franco con Mussolini y con Hitler. [...] El programa no es de debate y porque tampoco puede invadir el campo a otros espacios como Tribuna de la historia. Nosotros nos limitamos a servir la noticia tal y como la presentaron los noticiarlos en su día. En la serie no pretendemos enjuiciar sino mostrar, mirando hacia atrás sin ira. No pretendemos adoctrinar a nadie. La realidad de aquellos años es insoslayable y cada cual puede sacar sus consecuencias.
—Y usted, personalmente, ¿qué consecuencias cree que se desprenden de aquellos años?
—Personalmente creo que se desprende una visión de la larga etapa de padecimientos y dificultades que sufrió el español medio. Una etapa larga y carente de atractivos. [Juan Carlos Soriano: “Pretendemos sólo mirar hacia atrás sin ira”, en Pueblo, 24 de mayo de 1979, pág. 34.]

¡Ay, destino trágico! Tampoco en esta ocasión la crónica del franquismo llegará al fin según lo previsto. En enero de 1980, Blasco sufre un infarto que le aparta de la moviola. Sólo hay dos programas más terminados, el dedicado al arte y la literatura de los años cuarenta, en el que aparece Ramón Gómez de la Serna, y otro que se centra en la vida nocturna, con la transformación, en la posguerra, de los cabarets en salas de fiestas. [“Crónica de televisión”, en Diario de Burgos, 24 de enero de 1980, pág. 12]

Veinte meses después, una vez superada la afección coronaria, Blasco vuelve a la carga con nuevos bríos, aunque ahora aquello de “mirar hacia atrás sin ira” queda totalmente descartado: “En mi nueva serie, Memorias españolas, que es su título de verdad y no Memorias de España, como salió publicado en un periódico, quiero contar todo aquello que el franquismo no me dejó decir en estos cuarenta años, aquello que no pide contar en las series España Siglo XX, Tiempo de España y Sombras del ayer. [Juan Carlos Soriano: “Se preparan dos importantes series documentales”, en Pueblo, 7 de octubre de 1981, pág. 40.] El realizador destaca la recopilación de documentos en archivos de Roma, Londres, Berlín, Moscú, Los Ángeles y Nueva York. Tras algunos solapamientos y malentendidos, con cambio en la dirección de TVE incluido, Memoria de España —título definitivo— llega por fin a la pequeña pantalla el domingo 10 de abril de 1983 a las nueve y media de la noche. Son dieciocho capítulos de una hora de duración. El primero se articula a modo de coloquio entre los asesores del programa —Manuel Tuñón de Lara, José Cuenca Toribio, Josep Benet, Alfons Cuco, Antonio Mará Calero y Gregori Mir— con Ricardo Blasco y el presentador y locutor de la serie, Fernando Rey. 

A pesar de una buscada equidistancia, algunas valoraciones sublevan a los que han visto con temor la llegada al poder de los socialistas. Tanto, que el diario El País le dedica su editorial del 25 de mayo de 1983:

Por una figura de dicción muy frecuente en nuestros momentos, y muy lamentable, los antiguos partidistas de la historia acusan de partidismo a los que no son de su partido. Se agarran a sus antiguos espectros. [...] Ven sus héroes rotos. No ven su historia rota: ven roto su presente y su porvenir. No es una disputa de teóricos o de científicos: es una guerra de políticos la que conducen. Políticos en perdición, en minoría. Hubieran querido que España tuviera su memoria: no aceptan la Memoria de España. Cuya realización, ideación y concepción en forma de crónica pueden ser naturalmente discutibles, y tienen muchos rasgos para ser discutidos. Pero que apenas aflora -y esa podría ser una de las causas de discusión- el combate contra una falsa historia de España que ha imperado durante una época de propiedad de su difusión. 

Por enésima vez, el programa queda truncado en 1935. Ricardo Blasco viaja a la República Democrática Alemana para conseguir materiales inéditos a fin de completar la última parte, que ahora se ampliaría a veintiséis episodios que deberían de mostrar la contienda en toda la geografía española desde la perspectiva de los dos bandos. Pero Blasco se jubila en 1986 sin haber completado su tarea o, al menos, sin que ésta fuera emitida. En 1986 se anuncia que un nuevo espacio titulado España en guerra (1987) cubrirá este periodo. En TVE, escribe su hija...

llevó a cabo una ardua y seria labor de búsqueda de materiales por todo el mundo para sus programas sobre la historia de España, España siglo XX y Memorias de España. Su verdadera pasión era el estudio de la historia, y nunca la abandonó. [Gala Blasco Aparicio: “Blasco, Ricard”, en Kiosco Media Vaca: https://www.mediavaca.com/es/escritores/blasco-ricard

domingo, 11 de enero de 2026

ricardo blasco: historia de una frustración (2)

Algo dijimos de la genealogía del Zorro cuando hablamos de los westerns de Joaquín Luis Romero Marchent. La venganza del Zorro y Cabalgando hacia la muerte / L’ombra di Zorro / L’ombre de Zorro, ambas de 1962, presentan algunas características propias. Hasta 1976 el personaje apareció en otros ocho títulos con participación española. Cuatro de ellos fueron producciones de Hispamer, la compañía de Silvia Morgan y Sergio Newman, con Italia: Las tres espadas del Zorro / Le tre spade di Zorro (1963) y El Zorro cabalga otra vez / Il giuramento di Zorro (1964), dirigidas por Ricardo Blasco; y La última aventura del Zorro / Zorro il dominatore (1970) y El Zorro de Monterrey / Zorro, la maschera della vendetta (1971), realizadas por José Luis Merino. Como de costumbre, en los guiones de la casa, todos ellos ostentan la firma de María del Carmen Román, que también coescribe con Merino El Zorro, caballero de la justicia / Zorro il cavaliere della vendetta (Luigi Capuano, José Luis Merino, 1971), aunque ésta figure como producción de la Cooperativa Cinematográfica Carthago.

Vamos con las dos realizadas por Blasco, que apenas toman de la novela seriada de Johnston McCulley la localización fronteriza y la idea del justiciero. Todo lo demás es un popurrí de temas caros a la literatura popular y a los seriales de aventuras: el tirano que explota al pueblo, la joven obligada a casarse contra su voluntad, los lugartenientes ineptos, los disfraces, la burla del poder, el rescate del patíbulo en el último instante... La pimpinela escarlata y Robín Hood, Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo en alegre promiscuidad. Esta inspiración queda revalidada por la existencia de un primer guión de la cinta titulado D’Artagnan contra D’Artagnan en el que también habría intervenido Antonio Fos. [Filmoteca Española, G-3939.]

Las dos aportaciones de Blasco al ciclo carecen de fuste, salvo por algunos apuntes puntuales en los que prefiero centrarme. De Las tres espadas del Zorro destaca la idea chaladísima del clímax: se celebra la boda (forzada) de la chica con el gobernador y a este no se le ocurre otra cosa que organizar para la ocasión un baile de disfraces. Unos cuantos invitados se presentan disfrazados de El Zorro para terror de los acobardados soldados del anfitrión. Uno de ellos es el auténtico Zorro, no el clásico petimetre don Diego de Vega, sino un humilde peladito que se pasa el día en la iglesia y ha decidido seguir la obra justiciera de otro de su misma condición social al que el gobernador apresó hace un porrón de años. Sin embargo, el momento álgido llega cuando, acosado por seis soldados, hacen su entrada en escena dos nuevos enmascarados: el viejo justiciero encarcelado y la ventera, que a su habilidad canora suma, inopinadamente, la de esgrimista. Haciendo bueno el título, los tres se enfrentarán contra todos y marcarán con una Z en la frente a los cabecillas. Aparte de un par de cabalgatas, es como si en ese momento el realizador hubiera vuelto a ser consciente de su labor y pretendiera que el público saliera del cine con buen sabor de boca.

Tampoco en El Zorro cabalga otra vez el personaje titular es el de siempre. Tras el asalto a una diligencia con hechuras de western cómico, se presentan dos “sospechosos”: un entomólogo cobardica y un criado mucho más señorial que los señores que le van a tocar en suerte al llegar a su destino, un grupo de revolucionarios militares, tan zafios como patanes. El negro destino de los hombres —el paredón— y el de las mujeres —a saber— es rectificado una y otra vez por el mayordomo, hasta que llegue el momento en que se destapa la identidad del enmascarado. Blasco lucha por darle movimiento al conjunto, aunque la concentración de gran parte de la acción en unos pocos decorados interiores va en detrimento de la naturaleza aventurera del relato. Quedan reforzados, en cambio, como en Las tres espadas del Zorro, los aspectos caricaturescos y las caracterizaciones bufas de los personajes, lo que termina aproximando las películas a la narrativa de los cuadernos de historietas, a veces ingenuas —o sea, bien—, a veces pueriles —o sea, mal—.

En Italia, país coproductor, las dos obtuvieron el nihil obstat para todos los públicos sin el más mínimo contratiempo. Por aquello de la minuciosidad, consulto el enciclopédico volumen de Pablo Mérida sobre El Zorro y otros justicieros enmascarados [Madrid: Nuer Ediciones, 1997], pero no saco nada en claro, más allá de las sinopsis detalladas y de la información de que ambas se estrenaron en Estados Unidos.

Entre la producción de uno y otro Zorro, Blasco asume la realización de un nuevo western fronterizo: Gringo / Duello nel Texas (Ricardo Blasco, 1963), célebre por haber supuesto la incorporación al género de Ennio Morricone. Roberto Martínez, apodado “Gringo” (Richard Harrison), es un texano adoptado por una familia de mexicanos afincados al norte de Río Grande. Cuando el padre es asesinado por tres bandidos que le roban su oro, Gringo regresa a Carterville. Sus hermanastros Elisa y Manuel (Sara Lezana y Daniel Martín), le advierten que el nuevo sheriff, Bruce Corbett (Giacomo Rossi-Stuart), no siente ninguna simpatía por los mexicanos, pero Gringo está harto de violencia y sólo desea que se impongan la ley y el orden. Lo va a tener difícil porque en el pueblo se ha tejido una red de complicidades que incumbe María (Mikaela), la dueña del saloon y su antigua amante, su nuevo socio (Barta Barri), dos hermanos borrachos y bastante impulsivos que frecuentan el local (Agustín González y Gonzalo de Esquiroz) y hasta el mismísimo sheriff. La espiral de violencia no ha hecho más que comenzar y no se detendrá hasta que el último implicado en el asesinato del padrastro de Gringo haya pagado por su crimen.

Suele leerse Gringo en su condición de pre-spaghetti western. [José Manuel Benítez Ariza: “El cineasta, la tonadillera y el poeta: confluencias en torno al cine de Ricardo Blasco”, en CaoCultura, 2021.] Sus virtudes residirían entonces, no tanto en el dinamismo de la realización de Ricardo Blasco o en la mayor o menor finura del guión, sino en sus similitudes y divergencias con el título fundacional: Por un puñado de dólares / Per un pugno di dollari (Sergio Leone, 1964). Sin embargo, también puede ser fructífero enfrentarse a ella como evolución del western hispano derivado de los Coyotes y Zorros de Joaquín Luis Romero Marchent. Es así como cobra auténtico sentido la ubicación fronteriza del relato —no olvidemos que el territorio de Texas estuvo integrado en el virreinato de Nueva España hasta entrado el siglo XIX—, la situación de marginación a la que se ven sometida los mexicanos con respecto a los ciudadanos de los nuevos Estados Unidos y las alusiones veladas de Gringo a su hastío por el desorden que impera al otro lado de la frontera... o sea, en México. A pesar de las sospechas que siembra el sheriff sobre la raza de los asesinos de su padrastro, sólo uno de ellos es un renegado del sur de Río Bravo en tanto que los otros dos terminaremos descubriendo que están entre lo más selecto de los texanos. El amor entre Gringo y Elisa, que nunca le ha visto como un hermano, garantiza el mestizaje de lo mejor de ambos mundos y satisface al espectador español, que tiene plenamente asumidos los códigos del western, pero que no está dispuesto a que se denigre a sus hermanos de ultramar.

Con este tríptico fronterizo, Blasco abandona la dirección cinematográfica y se centra en su nueva carrera televisiva. Eso sí, dos veces más volverá a trabajar con celuloide. La primera, precisamente en TVE, en la serie panamericana Diego de Acevedo (1965). La segunda es en un documental industrial para Iberduero, Setenta y cinco años de historia (1976), en el que el director habitual de la empresa, Fernando López Heptener, figura como director de fotografía. Más allá de algún rodaje puntual, parece que Blasco se hubiera encargado de ordenar el material de archivo y darle un sentido celebratorio en el aniversario de la empresa.

domingo, 4 de enero de 2026

ricardo blasco: historia de una frustración (1)

Cuando Pedro Osinaga agarra la guitarra y entona en la estación de esquí de La Molina Bajo el sol de Capri la genealogía de Amor bajo cero (Ricardo Blasco, 1960) se hace evidente. Las comedias de episodios entrelazados al modo de Luciano Emmer se han ido trasvasando de Italia a España, sobre todo en la modalidad de chicas casaderas. Casi una década de decalaje; o del neorrealismo rosa a la comedia desarrollista. José Luis Dibildos y Pedro Masó han sido sus principales cultivadores; el segundo es guionista y jefe de producción de Las chicas de la Cruz Roja (Rafael J. Salvia, 1958) y El día de los enamorados (Fernando Palacios, 1959), con las que Amor bajo cero comparte estructura narrativa y parte del reparto. La pareja central está formada de nuevo por Tony Leblanc y Conchita Velasco, aunque en esta ocasión, debido a la diferencia de clases, no se emparejen hasta el final. Ella es Nuria Berenguer, campeona de esquí que acaba de ganar un trofeo en el campeonato de Cortina d’Ampezzo. Él es Ramón, un tunante con mucha labia, que trabaja como marinero en el yate de un tarambana argentino (Alberto Berco), que quiere la casualidad —o los guionistas, tanto da— que sea el novio de Nuria. Ramón se hará pasar primero por patrón de yate y luego por un campeón de esquí noruego a fin de estar cerca de Nuria y conquistarla. La otra pareja de peso que sólo se consolidará al final es la de la romántica Silvana (Katia Loritz) y Carlos (Jorge Rigaud), el maduro presidente del club de esquí que les sirve de anfitrión en Barcelona y en la estación de La Molina, escéptico ya ante la llegada del amor. El resto es un poco de comedia slapstick por cuenta del esquí, un par de números musicales y raudales de alegría juvenil en la nieve.

Amor bajo cero ha sido el primer crédito directorial del valenciano Ricardo Blasco. Sin embargo, no es un neófito: lleva a sus espaldas más de treinta películas como ayudante de dirección. Ha asumido tal cometido en el seno de Cifesa en películas dirigidas por Luis Lucia. Entre valencianos anda el juego.

En algunas de ellas interviene también en el guión. No en vano, se ha formado como escritor en el “Levante feliz” durante la Guerra Civil. Con dieciséis años —recuerda su hija— participó en el II Congreso de Intelectuales para la Defensa de la Cultura como parte de la delegación valenciana de las Juventudes Socialistas Unificadas. [Gala Blasco Aparicio: “Blasco, Ricard”, en Kiosco Media Vaca: https://www.mediavaca.com/es/escritores/blasco-ricard] También en Valencia habría colaborado en Hora de España, la revista maquetada por Manuel Altolaguirre con ilustraciones de Ramón Gaya en la que participaron la práctica totalidad de los escritores afines a la República, por diferentes que fueran sus ideologías. Esta labor tiene continuidad con la dirección de la revista de poesía Corcel entre 1942 y 1949.

En 1939 Blasco se libra del internamiento en el campo de prisioneros de Albatera por ser aún menor de edad, pero el servicio militar obligatorio le obliga a trasladarse a Madrid. Cuando haya cumplido con la patria y por mediación de su padre, conseguirá un empleo como lector de guiones en la productora de los Casanova. Al abandonar Cifesa la producción y centrarse en la distribución a principios de los años cincuenta, Blasco acompaña a Luis Lucia, que ejerce como realizador para Benito Perojo y Ariel P.C.

Decíamos que debuta como director en Amor bajo cero. Sin embargo, en una de las típicas trapisondas sindicales de los primeros acuerdos de las coproducciones con Francia, ya había figurado como director adjunto en Noches andaluzas / Nuits andalouses (Maurice Cloche, 1953).

En su segunda incursión de pleno derecho en la dirección, Armas contra la ley (1961), Blasco factura un policial solvente basado en la dramatización por parte de Agustín Valdivieso de Ceballos y Jaime Jimeno Conejo del célebre atraco a la joyería Aldao, ocurrido en Madrid en 1956. Jimeno es un egresado de la Escuela General de Policía en agosto de 1941. Como en Occidente y sabotaje (Ana Mariscal, 1962), donde también colabora con Valdivieso, su participación pretende ofrecer cierto verismo en la metodología de investigación seguida por la policía.

Raúl Marini y Jaime (Renato Baldini y Fernando C. Móntez), dos delincuentes internacionales, son contratados por un hombre misterioso para que atraquen una joyería de la Gran Vía madrileña, donde durante unos días van a estar depositadas unas valiosas joyas de la casa Cartier de París. En España, entran en contacto con Boni (Manolo Zarzo), un delincuente de poca monta, y Juan Montesinos (Ricardo Valle), un estudiante que ha seguido la senda equivocada. La primera mitad del metraje se centra en los preparativos del atraco: vigilancia del local y de las costumbres de los empleados, comprobación del recorrido para la fuga... La segunda, narra en paralelo la huida de los ladrones con Juan herido durante el atraco y la investigación policial coordinada por el comisario Herrera (Alfredo Mayo). Preocupados por el estado de salud de su compañero, los atracadores deciden buscar a Lina (María Luisa Merlo), la novia enfermera de Juan. Sin embargo, el trabajo de la Brigada de Investigación Criminal —vigilancia en fronteras y aeropuertos, alerta en gasolineras para localizar el coche de los atracadores, revisión de ficheros de sospechosos fichados...— da resultado y los atracadores son localizados antes de que puedan abandonar el país. La utilización de un zoom ocasionalmente recursivo, la pobreza de las retroproyecciones de la Gran Vía y cierta ingenuidad en el personaje de un joven comisario, ayudante de Herrera y deseoso de hacer de méritos, son sólo pequeñas máculas en este policial con regusto clásico.

Félix Martialay aprecia progresos con respecto a Amor bajo cero, pero se lamenta de que la realización no esté al servicio de un guión de mayor fuste:

Ricardo Blasco ha dado un gran paso en su madurez como director. Cuenta con soltura y tiene facilidad para coger el pulso al ritmo. De aquí que Armas contra la ley —una más de ese aluvión de películas policíacas por las que intentaran escapar los directores que quieran seguir conservándose en forma hasta que encuentren coyunturas más favorables para exponer sus temas más queridos— se vea con interés y que nos coja en el relato de las peripecias de los atracadores, sobre todo en la parte del atraco y en el entrenamiento para el mismo. Lástima que el guión sea muy flojo y, por lo tanto, las dificultades directivas sean mayores que lo que se puedan suponer. El film resulta bien hecho, bien dirigido y supone un empeño menor en un cine que está ya supercargado de empeños menores. Pero... [F.M., en Film Ideal, núm. 87, 1 de enero de 1962.]

Quizás alguno de esos proyectos más queridos fuera Suceso, un libreto no realizado bastante excéntrico para lo que es la parte visible del iceberg blasquista. Cuando los donostiarras Antonio Eceiza y Elías Querejeta se están buscando la vida en Madrid, escriben el guión con Blasco a partir de un argumento de éste. No es ninguno de los dos que Maialen Beloki menciona como no realizados por la pareja donostiarra en esa etapa. [Mailaen Beloki: Antxon Eceiza: Vidas, tiempos, obras. Valencia: Shangrila Textos Aparte, 2022, págs. 62-64.]

Autopsia de un criminal (1962) se abre con un magnífico genérico —una vez más aires jazzeros para el noir, firmados en esta ocasión por José Pagán y Ramírez Ángel— en el que se cuenta con gran economía la relación sentimental de dos jugadores, Carlos (Paco Rabal) y Nelsy (Danielle Godet), y su progresivo entrampamiento con un usurero (Félix Dafauce). Cuando Carlos intenta recuperar un collar dejado en prenda se encuentra encerrado en un piso con dos cadáveres. ¿Logrará escapar de la trampa que le han tendido? Es en los sucesivos giros de este único argumento y en el respeto a las unidades de lugar y tiempo donde Autopsia de un criminal juega sus mejores bazas. Toda la película descansa sobre los hombros de Rabal. La incrustación de un flashback expositivo y de un número musical, con la excusa de una llamada a la cantante para que despiste al portero de noche, son borrones de guión y producción que ensucian la narración en lugar de potenciarla. El desvelamiento del culpable, a fuerza de sorprendente, peca de pueril, cosa por otra parte bastante habitual en los whodunit. Con ocasión de su estreno, los recensionistas alabaron unánimemente la limpieza de la fotografía de Antonio Macasoli, aunque hoy se antoja demasiado tersa para un asunto tan turbio.

A pesar de la consabida nota sobre el carácter puramente imaginativo del argumento, sin conexión con personas ni hechos resales, no deja de ser un trasunto dulcificado de la historia de José María Jarabo, que Juan Antonio Bardem ilustró con toda propiedad para la serie televisiva La huella del crimen en 1985. De este modo, Armas contra la ley y Autopsia de un criminal conforman una suerte de díptico basado en la crónica negra de la década anterior, aunque la dulcificación de los ambientes y los finales ejemplarizantes lastren lo que de noir crítico pudieran tener. Al contrario que varias producciones análogas del ciclo criminal barcelonés, las implicaciones políticas brillan por su ausencia.

No he podido ver Destino: Barajas, así que simplemente dejo constancia de que es una historia de parejas entrelazadas de las que Rafael J. Salvia y Pedro Lazaga habían adaptado del neorrealismo rosa italiano y de la comedia romántica hollywoodense con la etiqueta local de “comedia desarrollista”. Las historias de amor hilvanadas por Blasco —que ya ha incursionado en el filón con Amor bajo cero— son: “la de la chica del puesto de periódicos del aeropuerto, que cobra un aire singularmente romántico; la historia con pretensiones de atormentada de la estrella de cine, pasajera de uno de los aviones; y la amable y divertida que vive la modelo de una gran casa de modas”. [I.R.: “Estrenos de películas: Destino: Barajas en el Moderno”, en La Rioja, 16 de julio de 1963, pág. 10.] Las protagonistas femeninas que menciona la crítica eran Marisa de Leza, Mabel Karr y Tony Soler. Firma el guión José Manuel Iglesias.

Blasco vuelve a terreno seguro, toda vez que la pobre recepción de Autopsia de un criminal desaconseja la insistencia en una narrativa menos rosa. [Francesc Sánchez Barba: "Madrid-Barcelona: Dos mirada sobre el cine policiaco español", en Antonio José Navarro y Juan A. Pedrero Santos (eds.): La edad de oro del cine policíaco español. Madrid: Calamar Edciones, 2020, pág. 187.] A finales de 1962, en el ecuador de su breve carrera como director cinematográfico, Ricardo Blasco parecía tener clara cuál era su función en la industria:

Quiero hacer películas planteadas con ambición, realizadas con la máxima calidad, ejecutadas del modo más personal posible, resueltas libremente y basadas en temas vivos y actuales. Pero no es cuestión de cuáles sean los planes de un director, sino de cuáles son los planes de los productores. Hasta ahora, ni uno sólo de mis proyectos ha interesado a ningún productor, y he tenido que conformarme con rodar —lo mejor que he sabido y he podido— los temas que me han ofrecido. [...] Mientras el capital que mueve la producción de cine en España —productores, distribuidores, exhibidores— no se oriente por otros caminos, ¿qué puedo hacer como director? Seguir rodando lo que me ofrezcan, si quiero permanecer en mi puesto de trabajo, que son los estudios. [Film Ideal, núm. 105, 1 de octubre de 1962, pág. 549.]

Acaso esto fuera lo que llevara a Augusto Martínez Torres a hacer la siguiente valoración global: “La carrera de Ricardo Blasco como director es la historia de una frustración”. [Augusto Martínez Torres: Directores españoles malditos. Madrid: Huerga & Fierro, 2004. pág. 66.] 

domingo, 28 de diciembre de 2025

parecidos razonables (5)

Una pareja de baile en 
Dickson Experimental Sound Film
(William K. Dickson / Edison, 1894)...

... y decenas de ellas en el ejército español en
Danse d'un bivouac espagnol (Alexandre Promio / Lumière, 1896)
 
* * * 
 
Pacto de silencio (Antonio Román, 1948),
una producción de Emisora Films ambientada en las postrimerías de la II Guerra Mundial... 
 
 
 
... y el autoremake Pacto de silencio (Antonio Román, 1963),
cuyo detonante es la Guerra de Independencia de Argelia
 
* * *
 
El modo de evitar discordias entre las protagonistas de la producción mexicana
Cárcel de mujeres (Miguel M. Delgado, 1951)...
 
... y la solución salomónica para el reparto estelar de la española
El balcón de la luna (Luis Saslavsky, 1962) 
 
* * *

Franco "inédito" en Interviú...
  
... y Jacques Tati en  Les vacances de M. Hulot (Las vacaciones del señor Hulot, Jacques Tati, 1953)
 
* * *
 
La campaña "25 Años de Paz" promovida por Manuel Fraga en 1964
desde el Ministerio de Información y Turismo...
 
... y El perro (Antonio Isasi, 1976)

domingo, 21 de diciembre de 2025

la arena del desierto y de los ruedos

El prestigioso director egipcio Youssef Chahine se exilia en 1965 en Líbano, de donde era originario su padre, y organiza con España la exótica coproducción hispano-libanesa Como un ídolo de arena / Rimal al-dhahabc / Sables d’or (1967). En lugar de tratar un tema social de interés para el mundo árabe, como había hecho en algunas de sus producciones de los años cincuenta, lo que le había permitido acceder al circuito europeo de festivales cinematográficos, se decanta por un melodrama taurino, que según el biógrafo del realizador es una versión apócrifa de Sangre y arena; pero no de la novela de Vicente Blasco Ibáñez, sino de la película de Rouben Mamoulian. [Ibrahum Fawal: Youssef Chahine. Londres: British Film Institute, 2001, pág. 44.] En cualquier caso, de acuerdo con los créditos hispanos el libreto fue obra exclusiva de José Luis Merino. Éste, que se se encargó de la producción por la parte española con la marca Petruka Films, aseguraba que él había propuesto como título Toros y beduinos. ¡Ahí es nada!

La película se rueda a finales de 1965 y principios de 1966 entre Casablanca, Beirut, Almería y Málaga. Las dos primeras ciudades se están convirtiendo en localizaciones habituales para las producciones españolas gracias a la participación en el filón de los superagentes con licencia para matar. En Marruecos se rueda Nuestro agente en Casablanca / Il nostro agente a Casablanca (Tulio Demicheli, 1966) y en Líbano Agente 3S3 Pasaporte para el infierno / Agente 3S3 Passaporto per l'inferno / Agent 3S3, passeport pour l’enfer (Sergio Sollima, 1965).

Al frente del reparto, Rubén Rojo, Elena María Tejeiro y Faten Hamama, que había rodado con Chahine la opera prima de éste: Baba Amin (1950).

Tarek (el francés Paul Borge) es un campesino que salva, en el mercado, a un muchacho de la embestida de un toro. Quiere la casualidad que estén allí en plan turista, Salvador (Rubén Rojo), un empresario taurino, Pilar (Elena María Tejeiro), una española amante de la juerga, y el matador Alfonso Torres (el diestro Antonio de Jesús). Visto su valor, Salvador decide lanzarlo como figura en los ruedos españoles. Tarek acepta a fin de conseguir el dinero que le permitirá pagar la dote por su novia, Zoubaida (Faten Hamama). Tras raptarla y hacerla suya, Tarek viaja a Málaga con sus nuevos amigos. Como en los melodramas de Douglas Sirk, en un mes se ha convertido en un profesional. A pesar de que Salvador lo ha contratado como diestro de la escuela tremendista, Tarek toma la alternativa de manos de Alfonso Torres con el nombre de “Morito” y se revela desde su primera corrida como un fino estilista. Zoubaida se presenta en España, provocando el repudio de su tribu y un enfrentamiento con Pilar, que se ha acostado con Tarek y lo considera cosa propia. Una tragedia en la plaza provoca el hundimiento de la joven promesa, víctima de su sentido de culpa. Para redimirse sólo podrá contar con la ayuda de Zoubaida y del viejo alcohólico Teo (Carlos Muñoz), que en estos momentos alcanza la estatura de personaje shakespearaiano.

 

Chahine traslada este carácter híbrido entre la película exótica, el melodrama taurino y la tragedia de ambición universal a la puesta en escena. Fragmenta el espacio, con reencuadres internos y recurre sistemáticamente a los primerísimos planos en escenas en las que se supone que debería de primar la acción. Secuencias estilizadas y alucinadas van de la mano con el reportaje de la corrida en la que han de insertarse narrativamente...

El resultado es una película que, a pesar de incorporar muchos de los tópicos taurinos, termina causando extrañeza en un espectador conocedor de dichos códigos. Quizá por ello, no se estrenó en España hasta ya entrada la década de los setenta distribuida por Consorcio Ibérico Cinematográfico (CIC) y no despertó ningún interés en la crítica. Podemos seguir su periplo por circuitos provinciales a partir de julio de 1971; en Pamplona se estrena en coincidencia con los Sanfermines. Pasarán dos años antes de que vuelva a proyectarse en Alicante, León, Zamora... El control de taquilla censó sesenta y siete mil espectadores. En Italia se distribuyó como una película cien por cien taurina, eliminando cualquier referencia a su origen libanés.

No encuentro datos sobre su recepción en el mundo árabe. Su valoración, en cambio, es de las más bajas de entre la filmografía de Chahine. Viola Shafik la califica de "vulgar historia de amor [...] carente de cualquier asomo de verosimilitud o credibilidad". [en Josef Gugler (ed.): Ten Arab filmmakers: Political dissent and social critique. Bloomington: Indiana University Press, 2015, pág. 103.]

El exilio de Chahine finaliza cuando el presidente Nasser le ordena regresar a Egipto para hacerse cargo de la primera coproducción egipcio-soviética: Al-nass wal Nil / Un jour, le Nil / Lyudi na Nile (1971). La cinta no gustó a ninguno de los dos gobiernos y el cineasta se vio obligado a rodar nuevas escenas y a remontarla, lo que retrasó considerablemente su estreno. Parece que el cine transnacional no era lo suyo.