domingo, 4 de agosto de 2019

lazaga 101 (9)


Los tramposos (1959) es el contratipo de la comedia desarrollista que los mismos Dibildos y Lazaga –respectivamente, como productor y director- acaban de lanzar. Los protagonistas más o menos despreocupados de todo lo que no sea la guerra de los sexos en Ana dice sí (1958) y Luna de verano (1959) se convierten para la ocasión en un trío de pícaros que viven a salto de mata y pasan más tiempo entre rejas que ideando timos con los que sobrevivir.

De los muchos peligros que entraña su oficio de timadores redimen a Virgilio (Tony Leblanc) y a Paco (Antonio Ozores), Julita (Concha Velasco) y Katy (Laura Valenzuela). Todo pasa porque ellos encuentren un trabajo estable en la agencia de viajes Confort Exprés. Su propietario (José María Rodero) afirma pomposamente que “cada ciudadano tiene derecho a ser dueño de un medio de locomoción propio”. Paco y Virgilio se frotan las manos; el primero enseguida piensa en un ostentoso haiga americano de tres colores, el segundo, en cambio, se conformaría con un modestito Mercedes 300. Finalmente el propietario de la agencia les entrega sendos PTVs, rojo el de Virgilio y Julita, azul el de Paco y Katy. Mientras en la pantalla aparece la palabra fin ellos enfilan, tan pimpantes, la carretera de la Coruña rumbo a una nueva vida. Pero antes hemos podido ver a ambos pegarle el timo de la estampita a un paleto recién llegado a la estación de Atocha, el funcionamiento de una agencia clandestina de tours turísticos o la venta de sangre. Signo de los tiempos, como el PTV, el máximo avance de la civilización es una olla exprés.

La estructura episódica remite al modelo de la novela picaresca del Siglo de Oro, que la película inserta sin grandes dificultades en el molde del sainete costumbrista. Ambos debían estar profundamente incardinados en la sociedad española, pues si a la censura no le hicieron mucha gracia algunos chascarrillos sobre la delincuencia de cuello blanco y a la crítica le pareció obra de escasa ambición, el público respondió como un solo hombre y convirtió esta película de Lazaga en una de las más rentables de la producción española de la década que tocaba a su fin.

En Los económicamente débiles (1960) Pepe (Tony Leblanc) y Paco (Antonio Ozores) son dos víctimas del forofismo balompédico. Su sinvergonzonería es heredera directa de la de Los tramposos, pero en lugar de tener un objetivo difuso la meta del entrenador y el secretario técnico del Casamata F.C. es que su equipo ascienda a Primera Regional. Para lograrlo necesitan dinero y para conseguir éste nada mejor que embaucar a Xavier (José Luis López Vázquez), que bebe los vientos por Nuria (Maruja Bustos), la hermana pequeña de Paco y de Ana (Laura Valenzuela), que a su vez es la novia de Pepe. Pero ésta lleva muy mal que su novio se invente viajes de trabajo para ver un partido y Nuria intriga para que Xavier crea que la que está interesada por él es Ana.

Lazaga se enfrenta a la larga escena -más de veinte minutos- en el salón de belleza en el que trabajan Nuria y Ana y que ellos aprovechan como gimnasio, como si de una pieza autónoma se tratara y, de hecho, podría haber sido una de aquellas películas de dos rollos que Laurel y Hardy hacían para Hal Roach. Dibildos y Leblanc repetirán algo similar en Los que tocan el piano (Javier Aguirre, 1968), pero en esta ocasión no está Lazaga tras la cámara.

Lo que suponía Los tramposos para el incipiente desarrollismo, es ¡No firmes más letras, cielo! (1972) a la vorágine de la sociedad de consumo asumida sin disimulo por una clase media deslumbrada por la posibilidad, no ya de prosperar económicamente, sino de endeudarse hasta lo indecible con tal de tener acceso a esa imitación de la vida que suponen electrodomésticos, ocio y -¿por qué no?- modernidad. Pero en vez de estar protagonizada como aquélla por pobres delincuentillos profesionales con novias trabajadoras, aquí se trata de probos ciudadanos, que se han visto obligados a abandonar sus dedicaciones profesionales para dedicarse a actividades que les permitan mantener su tren de gastos.

El atribulado Sabino Gurupe (Alfredo Landa) se ve abocado a ello cuando su trabajo de contable se va al garete por la instalación de un “cerebro electrónico” en la empresa y las exigencias materiales de su mujer (Mirta Miller) y, sobre todo, de su suegra (Mari Carmen Prendes) van en aumento. La solución es la compra a plazos y el pluriempleo, resuelto a cámara rápida, como es habitual en Lazaga, y que remite al prólogo de La ciudad no es para mí (1965).

La irrupción en el relato de los felices consumistas Valentín y Merche (José Luis López Vázquez y Josele Román) provoca una cesura incluso de estilo, que invoca en forma viñetística los peregrinos empleos a los que ha de acogerse Sabino para pagar las deudas contraídas. El de más envergadura de estos sketches autónomos es el de los tours turísticos “sexy-suspense”, en el que se explota la ferocidad del bandido celtibérico –un Landa emboinado, cejijunto, barbicerrado y con la faca empalmada, a modo de incuestionable simbolismo fálico- para excitar la libido de talluditas extranjeras. Pieza autónoma dentro de esta pieza autónoma, la parodia de copla “Juanita la Torda”, interpretada por Merche, es de lo más logrado del conjunto. El resto son alusiones a la trapisondista economía doméstica de la época: el cultivo de champiñones en casa, la tricotosa, la venta a domicilio… Esta última situación sirve de base a un chiste de gusto más que dudoso a propósito de la homosexualidad con el que la censura fue más benévola que con las alusiones a Matesa, que hubieron de ser cortadas una vez terminada la película. Con todo, en el apartado de lo políticamente incorrecto se lleva la palma el tratamiento de la mujer, obligada a dejar su trabajo por el matrimonio, escarnecida como “tanguista” cuando vuelve a la pasarela y, finalmente, mantis religiosa, capaz de devorar al macho en aras del consumismo. El retrato de Sabino irá unirse en la pared con el de su padre. que proporciona la moraleja de la historia: “Mujer que pide y cesto sin culo dejan al hombre en el hueso puro”.

El breve personaje interpretado por Manuel Summers –quien también se encarga de ilustrar los títulos de crédito- busca la continuidad con Vente a Alemania, Pepe (1971).

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