domingo, 20 de noviembre de 2016

panorama del cine criminal barcelonés (7)


Como el prolífico Iquino tenía su estudio en el Paralelo no es raro que las Atracciones Apolo —destacada localización de El fugitivo de Amberes— figuraran en varias de sus producciones. Tal es el caso de Camino cortado (Ignacio F. Iquino, 1955). Cecilia, la cantante y bailarina encarnada por la exótica Laya Raki trabaja en uno de estos clubes. Entre sus admiradores, marineros y paletos. Miguel (Armando Moreno) los mira con desprecio, apoyado en una columna, pero es a su vez observado desde una mesa en penumbra por Juan (Viktor Staal). Relegado a un desenfocado segundo plano, el joven Antonio (Juan Albert) se acerca a la mesa únicamente cuando ya los otros dos han intercambiado puyas. Así han quedado establecidas visualmente las relaciones entre los cuatro personajes principales de un plan criminal para atracar al tío de Antonio y cruzar la frontera.
Iquino demuestra una vez más su solvencia técnica en el desglose de la escena del ascensor, cuando el portero sospecha de la presencia de extraños. El ruido del motor y el silbido de una melodía por parte de Juan sirven de contrapunto a una escena rodada a base de primeros planos e insertos que incrementan la tensión para dejar la resolución fuera de campo. También el atraco al tío de Antonio tiene lugar en off, mientras Cecilia espera en el coche robado.

Ya tenemos a los cuatro fugitivos dispuestos a alcanzar la frontera e instalarse en la Costa Azul, “donde las chicas van a la playa en bikini”. Sin embargo, los obstáculos se van acumulando a lo largo del camino. Se cruzan con una comitiva oficial.
—Debe ser un pez gordo.
—Con un poco de suerte asistiremos a una inauguración de esas con música y todo.

Iquino se la juega porque en cualquier cine que se proyecte la película irá precedida por un No-Do en el que se glosarán con prosa encendida las excelencias del sistema nacional de embalses que, combinados con piadosas novenas, habrán de convertir el estéril suelo de la España más desfavorecida en feraz vergel al tiempo que proporcionan energía para la creciente actividad industrial. Los habitantes de los pueblos anegados siempre tienen la opción de emigrar a la ciudad a nutrir las filas de los trabajadores —”productores” en el argot del Régimen— no especializados. Sus hijos serán en un par de años los protagonistas de Juventud a la intemperie o Los atracadores.

Pero es que en este caso el guión no ha salido del taller de libretos de Iquino sino que ha sido adquirido a dos muchachos madrileños con inquietudes teatrales y sociales: José Luis Dibildos y Alfonso Paso. El primero se convertirá en el productor por excelencia de la “comedia desarrollista” tras su estancia de un año en la factoría de Iquino y el segundo será en los sesenta fértil comediógrafo de consumo. Ambos abandonarán en breve el camino marcado por su guión para Sierra Maldita (Antonio del Amo, 1954) con la que Camino cortado comparte pasiones desbordadas en un marco geográfico determinante de la acción.

La comitiva va, efectivamente, a inaugurar un nuevo embalse. Los criminales se meten en este callejón sin salida. Los dos machos luchan por la hembra y Antonio con su sentido de culpa. La llegada de una pareja de la guardia civil, con la muerte de uno de ellos y el cerco al que les somete el otro, malherido, otorga a la película aire de western. Salvando las distancias, a uno le recuerda algunos policiales de Walsh y, en concreto, El último refugio (High Sierra, Raoul Walsh, 1941). Claro que lo que en ésta es desarrollo consecuente de una línea narrativa limpia y bien delineada, es en la cinta de Iquino búsqueda evidente de resonancias míticas con el plano explícito de las muñecas esposadas de los amantes arrepentidos y la sobreimpresión de las aguas desbordadas sobre el pueblo abandonado.

La otra incursión de Iquino en el género como director es Buen viaje, Pablo (Ignacio F. Iquino, 1959), un drama del italiano Gaspare Cataldo que el año anterior ha conocido una adaptación televisiva por parte de la RAI. La versión española corre a cargo del actor Adriano Rimoldi y de José Luis Colina. La producción es netamente hispana aunque el protagonista sea el italiano Ettore Manni en el papel de Pablo, un viajante de comercio a punto de casarse que conoce en la estación a dos prostitutas (María del Valle y Marujta Bustos) y termina perdiendo el tren. Después de una noche de amor termina casándose con una de ellas, pero al volver de un viaje de trabajo se encuentra con que ella le ha abandonado. La obra teatral empezaba en este punto, cuestión nada baladí porque todo lo anterior, según se demostrará gracias a la sesión de psicoterapia amateur a la que le somete su compañero de celda (Carlos Casaravilla) se revelará como pura mistificación, producto de la mente enferma de Pablo. A esta osadía narrativa —nada frecuente en el cine español—, se suma la habitual audacia formal de Iquino, apoyada en una excelente fotografía en claroscuros de Ricardo Albiñana. La ciudad de Barcelona está menos presente que en anteriores entregas, pero la estación de Francia y algunos locales de diversión, amén de Sitges y Casteldefells, donde Iquino poseía propiedades inmobiliarias, sirven para airear la acción.
 

Acuciado por los mil negocios en los que anda enredado —producción, hostelería, salas de fiestas…— Iquino suele delegar la dirección en gente de su equipo, ya sean guionistas, ayudantes de dirección o directores artísticos. Todos ellos saben que no tienen voz ni voto en la elección de repartos ni en el montaje y que deben atenerse a estrictos plazos de rodaje y a severas restricciones en la utilización de negativo. Ocasionalmente, Iquino recurre a directores con cierto prestigio. Tal es el caso de Pedro L. Ramírez, exitoso orquestador de las comedias ternuristas protagonizadas por José Luis Ozores para Aspa Films, la productora de Rafael Gil y Vicente Escrivá. Agotado el filón con El gafe (Pedro L Ramírez), cuando el actor decide formar una productora junto a sus hermanos Antonio y Mariano, Ramírez realiza dos cintas para IFI que se escapan de los moldes habituales.
 

Llama un tal Esteban (Pedro L. Ramírez, 1959) es un pastiche hitchcockiano, en el que el director se muestra como aplicado amanuense, aunque la presencia al frente del reparto de los tan atractivos como limitados intérpretes José Campos —presentado como “el James Dean español”— y Luz Márquez, echan por tierra las buenas intenciones y la profesionalidad del director. En ¿Dónde pongo este muerto? (Pedro L. Ramírez, 1962) pisa terreno más conocido. Se trata de una comedia negra con cadáver molesto del que es imposible deshacerse y está protagonizada por Fernando Fernán-Gómez y Miguel Gila, cuya carrera cinematográfica ha estado muy ligada a IFI y que lleva practicando este tipo de humor cafre desde los años cuarenta en La Codorniz.
 

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