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domingo, 14 de julio de 2024

klimovsky, el estajanovista (14)

Una libélula para cada muerto (1974) es un giallo de manual, con sus crímenes truculentos, su asesino misterioso, su profusión de sospechosos, aunque también recibe la influencia del otro género italiano del momento: el poliziottesco. Entre la buena sociedad milanesa —empresarios, arquitectos, historiadores, trepas...— hay más de uno merecedor del tratamiento que los antiguos caldeos propinaban a las prostitutas, los invertidos y viciosos en general: marcarlos con una libélula ensangrentada. Sin embargo, el asesino con un abrigo de alta costura de mujer que opera en la Milán en la que investiga el inspector Paolo Sacaparella (Paul Naschy) aplica el tratamiento a drogadictos, exhibicionistas y demás ralea a la que también aborrece el comisario. A lo mejor por eso mismo, le ha caído en suerte el caso.

La cinta se estrena en Italia en 1977, cuando el giallo ya está perdiendo vigor comercial. El título —Giustiziere sfida la polizia— el énfasis en los elementos próximos a las películas protagonizadas por justicieros urbanos, al modo de Charles Bronson en Death Wish (El justiciero de la ciudad, Michael Winner, 1974), que han influido fuertemente en el poliziesco. Inicialmente, la comisión de calificación la prohíbe para menores de dieciocho años, pero sometida a revisión en septiembre de 1977 se rebaja a catorce al considerar que “las escenas de violencia resultan tan inverosímiles que es poco probable que causen turbación” a los mayores de dicha edad. [https://www.italiataglia.it/]

Klimovsky se aplica a un mimetismo de escaso calado creativo. Naschy se hace cargo del papel principal y del libreto, en el que desliza algunas señas autorales, como la referencia al viejo rito caldeo, exhibiciones de brutalidad para con los exhibicionistas o una pelea con pandilleros que ostentan simbología nazi. Un guión lleno de agujeros lastra irremediablemente la intriga, así que la mayor sorpresa es encontrarse en el rodillo de salida con que firma los diálogos nada menos que Ricardo Muñoz Suay, por entonces ligado a Profilmes.

Algo parecido ocurre con Último deseo (1976): en el guión figuran como autores principales los integrantes de la extinta Escuela de Barcelona Joaquín Jordá y Vicente Aranda. Éste último iba a dirigirla, pero, al parecer, los inversores internacionales en el proyecto no vieron con buenos ojos ceder la responsabilidad a un realizador con pujos autorales y la productora Trefilms terminó contratando al curtido León Klimovsky. Puede que ésta fuera la causa de la mezcla de influencias del cine de género —George A. Romero, Amando de Ossorio— con las citas vergonzantes al cine de autor —Ferreri, Pasolini—. Aunque Aranda dijera que en la película no quedaba nada del libreto original, José Luis Salvador Estébenez, que tuvo ocasión de consultarlo, asegura que el realizador argentino respetó el guión, "salvo algún detalle e indicaciones de puesta en escena". [José Luis Salvador Estébenez (ed.): Paul Naschy / Jacinto Molina, la dualidad del mito. Vial Books, 2017, pág. 126.]

Un grupo de hombres de negocios, diplomáticos y profesionales de éxito se reúnen en una Vilemore, bajo la advocación del Marqués de Sade. Allí, con unas prostitutas contratadas por la propietaria de la villa podrán hacer realidad cualquiera de sus fantasías. Sin embargo, este conciliábulo sadiano queda truncado de raíz cuando una explosión nuclear deje ciegos a los habitantes del pueblo y los invitados asalten la tienda de alimentación para acaparar víveres con los que poder encerrarse en el sótano de la casa hasta que la radiación haya pasado. Pero cuando uno de los hombres del pueblo los descubre, lo matan. Los demás asaltan la casa. Los invitados deben luchar contra ellos y entre sí mismos, ya que la situación límite los ha convertido en auténticas fieras. Los más inocentes, los más jóvenes, son los primeros en sucumbir. El profesor Fulton (Alberto de Mendoza) y una de las chicas (Nadiuska), suicida fracasada, creen encontrar la salvación en el amor.

Secuestro (1976) supone el fin de la fructífera relación de Klimovsky con Paul Naschy. En 1974 la fotografía de Patty Hearst tocada con una boina y armada con una metralleta dio la vuelta al mundo. La nieta y heredera del millonario William Randolph Hearst había sido secuestrada por el Ejercito Simbiótico de Liberación y había acabado participando en un asalto a un banco como un miembro más de la organización. Poco más que esta imagen necesitaban Antonio Fos y Paul Naschy para urdir un argumento que se desarrollara algo cansinamente durante hora y media. Los físicos de María José Cantudo, Teresa Gimpera e Isabel Luque debían hacer el resto. En el apartado masculino: Naschy, como un infortunado motorista de cross; Máximo Valverde, como un homosexual sádico y necrófilo; Luis Prendes, en el papel de un ciego arruinado al que Gimpera sirve de lazarillo y objeto erótico; y Tony Isbert, como el enmadrado hijo de un constructor enganchado a la heroína, sirve de referencia a otro de los más sonados secuestros de aquellos años, el de John Paul Getty III.

El apenas formulado suspense por cuenta del intento de los dos jóvenes por llamar la atención de la chica del chalet más próximo con un espejo y la consiguiente visita de un policía (Luis Induni) a la casa, queda a la deriva en una trama en la que ninguno de los secuestradores parece tener la más mínima prisa por cobrar el rescate. El pago de éste se resuelve en sendas escenas ambientadas en el circuito del Jarama y en el teleférico de la Casa de Campo, lo que completa el ambiente actual de la cinta y sirve a Klimovsky para revalidar su crédito de artesano pundonoroso. Como tampoco el dibujo de los personajes pasa del mero esbozo, la cinta va discurriendo mansamente hacia la imagen icónica que la ha inspirado y que el espectador ha visto en el cartel a la entrada del cine, con un estrambote moralizante que no puede sino producir sonrojo.

domingo, 29 de agosto de 2021

el día de difuntos de 1960


El 1 de noviembre de 1960 coinciden en la cartelera de la Gran Vía madrileña dos películas dirigidas por Luis César Amadori: Mi último tango (1960), protagonizada por Sara Montiel, y Un trono para Cristy / Ein Thron für Christine (Luis César Amadori, 1960), una coproducción hispano-alemana basada en una comedia de José López Rubio, que bebe tanto del éxito de Roman Holiday (Vacaciones en Roma, William Wyler, 1953) y Sissi (Sissi, Ernst Marischka, 1955) como de ¿Dónde vas, Alfonso XII? (1958), del mismo Amadori. De algún modo, el realizador argentino afincado en España se ha convertido en emblema de un cine con sólidos valores de producción, de seguro éxito popular y, quizás por ello mismo, evasivo, ajeno a la realidad social del momento. Probablemente por eso, Julián Marcos y Joaquín Jordá rematan su documental dedicado al Día de los muertos (1960) con unos planos de las carteleras de ambas películas.

Durante los diez minutos anteriores, un equipo formado por alumnos del Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas ha realizado lo que es una clásica “sinfonía urbana” circunscrita a la necrópolis del Este de la capital. Fernando Rey y Laly Soldevila han adoptado un estilo frío y distanciado para proporcionar al espectador las estadísticas de vidas y muertes: “Contra lo que pudiera parecer, Madrid cuenta con más habitantes vivos que muertos. De los quince metros cuadrados que goza el madrileño en vida, pasa a ocupar a su muerte poco más de un metro”. 

Luego, apenas hay humor macabro, al estilo del que predomina en Los muertos no se tocan, nene, la novela de Rafael Azcona publicada en El Club de la Sonrisa de Taurus en 1956 o el que presidirá Tus amigos no te olvidan, de Luis Carandell, editado en 1975 por Ediciones 99. Jordá y Marcos optan por alternar las tareas cotidianas de la veneración a los difuntos —el mercado de flores ante la plaza de toros de Las Ventas, la dificultad para encontrar sitio en el transporte público, la limpieza de una lápida— con esculturas funerarias y ringleras de fosas vacías que aguardan inquilino. Y el capote y el tricornio de un guardia civil. Y rostros, cientos de rostros anónimos, que desmienten desde la pantalla el “milagro económico” español promovido desde el gobierno por el Opus Dei con la oferta turística como principal motor de desarrollo.





Sin embargo, el motivo de enfrentamiento con la censura no fue éste, sino la pretensión de los cineastas de rodar en el Cementerio Civil, anejo a la necrópolis de la Almudena:

Había una reflexión sobre la heterodoxia española, asociada al cementerio civil, que rodé pero después no pude montar, porque la prohibió la censura del guión, taxativamente. Ahí tampoco estaba la muerte. A través del cementerio civil, que era un lugar de especial concentración alrededor de todo lo que significaba heterodoxia, se intentaba explicar que existía otra historia de España, que no era la de Isabel la Católica o El Cid Campeador. Había otra gente que perdió, tuvo sus avatares, sus altibajos, y en los años sesenta había sido borrada. Se trataba de recuperar su memoria, sin ninguna necrofilia. Por el contrario, se trataba de reivindicar que esa gente seguía siendo aprovechable. Es cierto que estaban enterrados en panteones, pero, justamente, el rodaje se hizo el día que estaban más frecuentados. No eran panteones solitarios. [Joaquín Jordá, en Nosferatu, núm. 52, 2006, pág. 67.]

Los recuerdos de Jordá son refrendados por los de Julián Marcos y por el expediente de censura. Uninci envía a dos equipos de realizador-cámara: el de Marcos y Luis Enrique Torán rueda la actividad en la plaza de las Ventas y la carretera del Este, en tanto que el de Jordá y Juan Julio Baena se encarga de rodar en la Almudena y en el cementerio Civil. Es precisamente a la salida de éste cuando les interroga la policía y solicitan que les sea entregado el material. Según Jordá, Baena se las habría arreglado para velar la lata que contenía el metraje más comprometido y que atañía a militantes de izquierda ante los panteones de los presidentes republicanos —en la de Salmerón dice “renunció al poder por no firmar una sentencia de muerte”— y viejos militantes socialistas.

El resto del negativo es revelado y revisado atentamente en la Dirección General de Seguridad. Aunque esté sin montar, los antecedentes políticos de Juan Antonio Bardem y Baena pesan a la hora de valorar la futura película como material subversivo. Según los informantes, es evidente que en todo el material del Cementerio Civil “se trata de recoger detalles de sepulturas pertenecientes a políticos o escritores de significación marxista, izquierdista, masónica o atea”. [Informe de la DGS a la DGCyT, del 11 de noviembre de 1959, reproducido por Alicia Salvador Marañón: De Bienvenido, míster Marshall a Viridiana. Historia de Uninci: una productora cinematográfica bajo el franquismo. Madrid: Fundación Egeda, 2006, pág. 398.] No será el único inconveniente. Al parecer, Uninci olvida comunicar las fechas de inicio y fin de rodaje por lo que cuando el corto llega a censura, se deniega el trámite al considerarse caducado el permiso de rodaje concedido el octubre anterior. La productora solicita entonces un nuevo permiso con fechas de mediados del año 1961, cuando las instituciones están al cabo de la calle de que la filmación se ha realizado la primera semana de noviembre de 1960. Mediante esta componenda, el documental puede emprender su largo proceso censorial: nada menos que año y medio antes de que sea autorizado. Ya se había prohibido anteriormente utilizar el metraje obtenido en el Cementerio Civil, pero en diciembre de 1962 se condiciona la autorización al corte de un plano de la placa conmemorativa de los fallecidos de la Legión Cóndor y el plano adyacente de la lápida deteriorada en la tumba de José Ortega y Gasset. 


Los cines de la Gran Vía, con los que Día de los muertos desemboca en la noche, alternan con la emblemática representación del Tenorio —en el Teatro Español de la plaza de Santa Ana colocan el cartel de “No hay localidades” para las funciones de tarde y noche— y un reloj, que nos recuerda que el tiempo se nos escapa y que todas las horas hieren, pero es la última la que mata.

domingo, 29 de noviembre de 2020

criminal y español: tradición y renovación en el policial castizo

(Publicado en la revista Neville, editada por el CICA de Gijón, en mayo 2012)


Es la acción más inhumana,
es el crimen más horrendo
que han oído los lectores
y escucharán los modernos.
“El crimen del Tardáguila”

El cine (más o menos) negro a la española, aquél que se desarrolló fundamentalmente en Barcelona a lo largo de los años cincuenta del pasado siglo y coleó hasta los primeros sesenta, para emerger, cual guadiana genérico, durante la Transición en los subciclos del thriller político y el cine quinqui… esa corriente de cine más o menos negro, decía, corre paralela a un torrente que, mejor que policial, llamaré criminal. Criminal y español.

Criminal porque, frente a la exaltación de la labor policial que sirvió como excusa obligada para el desarrollo del género en España, suele buscar la inspiración en la crónica negra. Y no precisamente en los delitos de altos vuelos, sino en lo que los pregones de ciego solían denominar “horrendo crimen” o cosa similar: parricidios, envenenamientos, y homicidios atroces que terminan en descuartizamiento y amor prohibido. Criminal porque no importa tanto la resolución del crimen y el consiguiente castigo del delincuente -indiscutible por otra parte debido al modelo censorial imperante en España-, como el crimen en sí y sus circunstancias.

Y español, porque el germen estilístico que remontamos a los pliegos de cordel y al nacimiento del “amarillismo” periodístico en la España del XIX, ha tenido en España cultores tan insignes como Francisco de Goya y José Gutiérrez Solana. Español de esa España negra, tan denostada durante el franquismo como negada en la democracia, por aquello de que en la Europa del cambio de siglo no caben atavismos.

Y sin embargo, el cine criminal español sigue ahí, correoso, pertinaz, con sus raíces fuertemente hundidas en la tierra. El ciclo del mes mariano en el CICA presenta alterna varios ejemplos de esta corriente con otros más canónicos o excéntricos. Los dos extremos del arco del policial castizo podrían ser, separados por casi medio siglo, Domingo de carnaval (1945) y Todo por la pasta (1991). La primera es una vuelta de tuerca al mundo del folletín y el serial. Edgar Neville no quería otra cosa que retratar el Madrid del pintor José Solana y de su maestro Ramón Gómez de la Serna, de cuya tertulia en Pombo fue asiduo en los años veinte. Madrid del Rastro y los barrios bajos, de prenderas y serenos sentenciosos, del incipiente tráfico de cocaína y de los ecos lejanos de la Gran Guerra, que resuenan en sordina en un arnichesco patio de corrala. La segunda, la de Enrique Urbizu, es una cinta insultantemente joven, totalmente desprejuiciada, que demuestra un conocimiento apasionado del cine de acción  norteamericano cuya forma se acopla insospechadamente a los modos de la comedia negra y coral que Marco Ferreri y Luis G. Berlanga hicieron internacional con la ayuda imprescindible del libretista Rafael Azcona.

El arco se desborda por delante en algún apunte de los seriales barceloneses de los años diez del pasado siglo y cobra inusitada fuerza en querencia por la revisitación del pasado de los miembros de la generación de La Codorniz. La trilogía criminal de Neville se completa con La torre de los siete jorobados (1944) y El crimen de la calle de Bordadores (1946); Tono y Enrique Llovet escriben una adaptación de Les Fiançailles de M. Hire, de Simenon, en Barrio / Viela, rua sem sol (1947) y el dibujante Enrique Herreros debuta en la dirección con María Fernanda, la Jerezana (1946), ejemplar muestra de expresionismo castizo.

En tiempos de realismo literario, Francisco García Pavón le da la vuelta a la tortilla al dar a luz a una criatura llamada Plinio, policía municipal de Tomelloso. Este cachazudo Sherlock Holmes manchego se las tiene que ver con crímenes oscuros, cuyos orígenes se remontan a rencores sólo aparentemente enterrados y fraguados tantas veces en un pasado que no puede ser otro que el de la Guerra Civil. De los relatos y novelas del ciclo se hizo una serie de televisión (1971) que protagonizó el gran Antonio Casal y cuyas adaptaciones escribía el primerizo José Luis Garci; así que El Crack (1981) y su continuación no surgen por generación espontánea.

Pero dejémonos de digresiones y volvamos a lo que íbamos: al policiaco rural ambientado en poblachones construidos sobre la maledicencia, la envidia y la venganza. Manuel Ruiz Castillo y el bohemio impenitente Perico Beltrán tomaron la solución propuesta por Berlanga a un hecho de sangre conocido como “el crimen de Mazarrón” para escribir El extraño viaje (1964). Se puso tras la cámara Fernando Fernán-Gómez. El resultado: una película repudiada oficialmente, estrenada en Madrid en un cine de barrio tras varios años de espera y sólo tardíamente recuperada como la obra maestra del cine criminal y español que es. Violencia familiar, oscurantismo, terror sin ambages, hipocresía y travestismo, son sólo algunos mimbres con los que Fernán-Gómez y sus guionistas construyen una cinta tan intrigante como perturbadora. La veta sainetesca ha dejado paso al esperpento.

Joaquín Jordá con Un cuerpo en el bosque / Un cos al bosc (1996) o Carlos Saura con El 7º día (2004) han seguido profundizando en esta línea en clave contemporánea. Juan Antonio Bardem y Sancho Gracia habían vuelto al Madrid de los años cincuenta para recrear la noche roja de José María Jarabo, en la serie La huella del crimen (1985).

En tiempos de globalización y de Murder Inc. conviene no olvidar quiénes somos ni de dónde venimos. Igual que los pliegos de cordel, las películas de este ciclo policial castizo están fotografiadas como al aguafuerte; si en blanco y negro, duras y contrastadas; si en color, feístas y virulentas. Como nosotros mismos ante el espejo deformante del crimen.

domingo, 5 de noviembre de 2017

jacinto esteva


La iniciativa de Daria Esteva y de Filmoteca de Catalunya ha permitido recuperar casi todo el legado cinematográfico de Jacinto Esteva Grewe, que es lo que ahora aparece editado en DVD por Cameo. Se trata de un libreto de 72 páginas en catalán, español, francés e inglés con textos de Esteve Riambau y Casimiro Torreiro, Manuel Delgado y Daria Esteva y notas sobre el estado de conservación y el proceso de reproducción de los materiales, y cuatro discos con los siguientes contenidos: 

DVD 1:
Notes sur l’émigration. Espagne 1960 (Paolo Brunatto y Jacinto Esteva, 1960) [18:57]
Extras: entrevista a Ricardo Bofill [6:01]; mesa redonda Daria Esteva, Juan Goytisolo y Luis Parés a propósito de Notes sur l’émigration [7:30]
Autour des salines (Jacinto Esteva, 1961) [22:11]
Lejos de los árboles (Jacinto Esteva, 1963-1971) [69:17]
Extras: entrevista a Juan Amorós [3:29]; conferencia de Manuel Delgado (9:48); entierro de Carmen Amaya (escena descartada) [3:50]; videoclip del tema Father Electricity por J. Fontana a partir de imágenes de Lejos de los árboles [7:54]
DVD 2:
Dante no es únicamente severo (Jacinto Esteva y Joaquín Jordá, 1967) [75:05]
Extras: spots publicitarios realizados Jacinto Esteva [6:54]
El hijo de María / Le fils de Marie (Jacinto Esteva, 1971) [81:50]
DVD 3:
Después del diluvio (Jacinto Esteva, 1968) (75:2]
Extras: entrevista a Juan Amorós [4:57]
Metamorfosis (Jacinto Esteva, 1970) [78:12]
DVD 4:
Mozambique / Del arca de Noé al pirata Rhodes (1970) [35:37]
Extras: entrevista a Manel Esteban [7:24]
La ruta de los esclavos / La isla de las lágrimas (1971)
Extras: entrevista a Antonio Cores [16:47]
Ebra Safaris (República Centroafricana) (1973-1974) [Súper-8 de Amado Rodríguez. 19:47]
Extras: Entrevistas a Julio Garriga, Amado Rodríguez, Jorge Benthem y Mário Lopes [18:19]


El primer disco reúne los trabajos que podríamos llamar documentales, aunque desde el principio advertimos que las lindes no están tan claras. Notes sur l’émigration (1960) comienza como una encuesta a propósito de los españoles que llegan a Ginebra, donde Esteva se encontraba entonces estudiando arquitectura. Los datos estadísticos indican que hay dos grandes bolsas de trabajadores que son carne de migrante: los de las zonas rurales deprimidas del sur y los trabajadores especializados que han realizado en muchas ocasiones un éxodo previo hacia los suburbios de las ciudades industriales. De este modo, los breves fragmentos de entrevistas se resuelven en sendos frescos de la miseria en algunas localidades almerienses y en los poblados chabolistas de Barcelona. Junto a la denuncia social avalada por el dato frío, en la banda sonora irrumpen los cantos populares que proporcionan el aire necesario al estricto comentario social. El delirante robo de la película por un grupo fascista en la presentación milanesa de una novela de Juan Goitisolo aparece convenientemente glosado en uno de los extras.


La reconstrucción de la separación de una familia en el andén de la estación que sirve de desesperanzada –e irónica- clausura narrativa a Notes sur l’émigration será el artificio del primer cortometraje en solitario de Esteva, respaldado por la producción de Pere Portabella. Esteva y el director de fotografía comparecen en los primeros fotogramas de Autour des salines (1961) para indicar la posición y el gesto que debe adoptar una muchacha de la localidad ibicenca donde se desarrolla el rodaje de un reportaje sobre el trabajo en las salinas y se da cuenta de los antecedentes históricos de esta industria y de las condiciones laborales de quienes trabajan allí. Sin embargo, mediado el metraje, la voz que nos guía y que había mantenido cierta apariencia de documental conforme a las normas del documental, nos proporciona la siguiente información: uno de los trabajadores va a fingir encontrarse mal, los cineastas se ofrecerán a acompañarle a un centro sanitario y regresarán con la noticia de su muerte, para provocar así la reacción de sus compañeros. Si pretendían suscitar cierto espíritu de rebeldía, el artificio no funcionó. Según nos informa el locutor, el ochenta por ciento de los compañeros del supuesto fallecido opinan que uno nunca sabe cuándo va a llegarle la hora. Un nuevo quiebro estilístico sigue con todo detalle el supuesto entierro, en el primera plasmación de los rituales funerarios que aparecerán una y otra vez en su obra, hasta en los materiales no montados rodados en Mozambique una década más tarde. La larga escena documental de la pelea de gallos culmina con dos chicos celebrando la victoria del ganador por las calles del pueblo, en una deriva que se antoja un tanto gratuita.


Rodado a salto de mata, bloqueado por la censura, Lejos de los árboles (1963-1971) llega a un reducido número de pantallas cuando consigue su aprobación con cortes de unos cuarenta minutos de metraje en 1972. Sus imágenes para entonces parecen antediluvianas. Muestran una España de tradiciones sangrientas y brutales que ha sido superada por el boom económico. Y sin embargo, la omnipresencia de la iglesia católica y de las fuerzas de orden público en el marco de fiestas y celebraciones, la pervivencia de la mayoría de estos ritos y festividades, nos hablan de inmanencias que es difícil obviar aún hoy en día, cuando su contemplación resulta aún más desasogante. La romería del Rocío, la fiesta del vino en un pueblo de la Rioja, la quema del Judas y las tamborradas turolenses de Semana Santa, reflejan la convivencia de fiestas paganas y religiosas, en un sincretismo ajeno a las ordenanzas. Los disciplinantes de San Vicente de Sonsierra o los entierros que tienen lugar casi al principio y al final de la película nos aproximan a una concepción de la muerte sobre la que se superponen las invocaciones místicos de Teresa de Jesús. Pero son, sin duda, los eventos que tiene como protagonistas a los animales -burros y toros, sobre todo- los que nos provocan una desazón difícil de mitigar cuando la proyección se acaba y regresamos a un mundo en el que oficialmente todo esto es cosa del pasado.


El largo proceso de legalización de Lejos de los árboles lleva a Esteva a constituir la productora Filmscontacto, que, trabajos publicitarios aparte, constituirá el soporte administrativo para buena parte de las películas adscritas a la Escuela de Barcelona. Precisamente la piedra angular de dicho movimiento, Dante no es únicamente severo (1967), nace de la fundición de dos piezas concebidas como cortometrajes o sketches para otorgar entidad de largometraje a lo que quedaba de un proyecto colectivo en el que también deberían haber colaborado el productor Pere Portabella y el arquitecto Ricardo Bofill. Lo curioso es que no se notan las costuras entre los proyectos de Esteva y Joaquín Jordá, que firmán al alimón la película. Acaso porque todo en la cinta es costura, inserto, fragmento. Más que de una historia -Serena Vergano y Enrique Irazoqui podrían ser la parodia de un matrimonio burgués y antonioniano- deberíamos habla de la influencia filológica de Jean-Luc Godard, con cita explícita a Pierrot le fou, y al Buñuel surrealista con una cita no menos explícita al ojo seccionado de Un chien andalou (Luis Buñuel y Salvador Dalí, 1929), sino con una serie de situaciones que el calandino traslardará desde L'âge d'or (Luis Buñuel y Salvador Dalí, 1930) a El ángel exterminador (1962). Sin embargo, la secuencia de apertura nos sitúa un punto más allá: en la intersección entre modernidad y tradición, mientras el equipo prepara el rodaje con las dos actrices principales, Serena Vergano y Romy, en una situación hedonista en la que se dan la mano el placer de filmar y el de saberse hermosos y diferentes. 


Con un reparto reducido al mínimo –Paco Rabal, Francisco Viader y Mijanou Bardot, la hermana de Brigitte-, el argumento de Lejos de los árboles (1968) se construye a modo de pequeñas improvisaciones, lo que alcanza a los títulos de crédito, en los que los propios intérpretes aparecen como responsables de los diálogos. Rabal recita la Elegía a Ramón Sijé, de Miguel Hernández, y un fragmento de El gran teatro del mundo, de Calderón de la Barca. La cámara de Juan Amorós, al hombro, busca a los personajes en el desolado paisaje natural postapocalíptico y en los sofisticados ambientes de las salas de fiestas de la Costa Brava y el "swinging London". La contraposición de estos dos ambientes, en los que sólo es viable la lucha despiadada del hombre contra el hombre, parece el motivo central alrededor del que se orquestan estas improvisaciones. La desaparición de la mujer permite que los dos hombres recuperen el equilibrio perdido, eso sí, a costa de travestirse grotescamente, dejando patente una vez más la condición de puesta en escena que encierra cualquier relación y, al mismo tiempo, la esterilidad de la misma.


Si Lejos de los árboles parece referirse a una humanidad abocada a la extinción, Metamorfosis (1970) postula un paso más en la degradación del ser humano. Una organización fabrica seres humanos perfectos gracias a la cirugía. Asistimos al caso de un ser al que no vemos pero al que escuchamos lamentarse -con la voz de Luis Ciges- del dolor que le han infligido desde el nacimiento para intentar crear un hombre nuevo. A pesar de que las mutaciones se realizan en la clínica de un personaje extremadamente frío (Julián Ugarte), su cría se lleva a cabo en una granja de cerdos regentada por Antonio (Carlos Otero). Las operaciones tienen éxito. El nuevo ser humano tiene la apariencia de una mujer a la que bautizan como Daisy (Romy). El aspecto externo está plenamente logrado -podría parecer una modelo de alta costura- y, sin embargo, un miedo cerval la empuja continuamente a tomar una decisión irreversible. Esteva lanza sus dardos contra la televisión y los medios de comunicación de masas, al tiempo que pone en entredicho aquellos postulados lúdicos y de culto a la frivolidad que parecían impulsar Dante no es únicamente severo.


Voluntaria o involuntariamente el proyecto de Esteva se va marginalizando a pasos agigantados. El hijo de María / Le fils de Maria (1971) se presenta como producción luxemburguesa a la que Filmscontacto habría servido como organizadora de la producción. En realidad se trata de una película realizada entre amigos y conocidos en un plazo muy breve y jugando la carta del prestigio de Nuria Espert casi como única baza. Rodada en blanco y negro y con un presupuesto mínimo –Teresa Gimpera asegura que es el único trabajo por el que no le han pagado- en dos únicas localizaciones, El hijo de María es una alegoría, o mejor añun, un misterio, sobre la maternidad, “tantas veces frustrada”. María (Nuria Espert) regresa a casa de su padre (Ramón Eugenio de Goicoechea), una masía en la que cohabitan los siete pecados capitales (Serena Vergano, Romy, Kety Ariel…). Viene a dar a luz, pero el embarazo es pura superchería. Tras el entierro de un ataúd sin cadáver –como el de Autour des salines- María mantendrá un diálogo con la Lujuria en la que ésta argumenta que su esterilidad es consecuencia lógica de su pereza. Puede que por un chiste privado, puede que por problemas de metraje, la historia principal se narra entre el paréntesis de una no menos estéril discusión ideológica en la que toman parte buena parte de los miembros de la Escuela de Barcelona, entre ellos, José María Nunes, Carlos Durán, Gonzalo Suárez, Leopoldo Pomés o el periodista Jaume Picas.


Agotado el camino de la ficción, Esteva se vuelve hacia África. No sólo como organizador de safaris de caza mayor en el Congo –etapa de su biografía documentada en los contenidos del cuarto disco reunidos bajo el epígrafe Ebra Safaris (República Centroafricana) (1973-1974)-, sino con dos proyectos inacabados de los que podemos ver diversos materiales sin montar y sin sonido y algunas entrevistas realizadas por Jacinta Esteva a varios colaboradores de su padre en aquella época. Lo más interesante del bloque son los materiales rodados en Mozambique para un documental titulado Del arca de Noé al pirata Rhodes que debía servir de trampolín para un encuentro con el Frente de Liberación de Mozambique que nunca llegó a producirse. La ambigüedad del planteamiento de Lejos de los árboles, en la que reside buena parte de su fascinación, se radicaliza hasta extremos insoportables. La brutalidad del lanceo y descuartizamiento de un búfalo, queda ampliamente superado por la reconstrucción del ojeo de un leopardo que debería acercarse al puesto de los cazadores atraído por un cebo, para lo cual Esteva y sus colaboradores sacrifican a un gran simio al que colocan en la posición de Cristo crucificado. Una imagen perturbadora hasta el horror, que sirve de resumen a una filmografía abandonada a la deriva en los últimos años de alcoholismo y autodestrucción.

Por eso se echa en falta en este homenaje el estremecedor documental de Joaquín Jordá El encargo del cazador (1990), una producción de TVE que hubiera sido el complemento natural a esta espléndida labor de recuperación y contextualización.

Las imágenes que ilustran este texto son capturas de los DVDs editados por Cameo.