domingo, 14 de junio de 2026
la era del techniscope: dramas
domingo, 5 de octubre de 2025
el guión de color de tuset street
Jorge Grau firma en 1956 el Manifiesto del Color del Cine-Club Monterols, junto a José Luis Guarner, José María Otero y otros, el grupo que estuvo tras la organización de la Semana de Cine en Color de Barcelona entre 1959 y 1977. Asimismo, presenta al menos dos ponencias en las jornadas que servían de marco teórico a la muestra cinematográfica: "El color en la pintura y en el cine" y "Experiencia del color en España". En la segunda aboga por la utilización de un "guión de color" en la realización de cada película. Sobre este asunto había tratado una breve charla de Charles K. Hagedon, asesor de color de M-G-M en el rodaje de Some Came Running (Como un torrente, Vincente Minnelli, 1958). Concluía Hagedon su presentación de la película con las siguientes palabras: "Todos los aspectos controlables del color fueron empleados para dar fuerza a los caracteres individuales y dar el tono de la historia". [José Luis Guarner y José María Otero (eds.): La nueva frontera del color. Madrid: Rialp, 1962, pág. 129.]
Aunque los primeros cortometrajes de Grau para la opusdeísta Procusa -El don del mar (1957), Sobre Madrid (1960), Medio siglo de un pincel (1960), Costa Esmeralda, Laredo (1960), Barcelona, vieja amiga (1961), Ocharcoaga, 1961)- son en color, de sus largometrajes sólo El espontáneo (1967) ha incluido unos breves planos cuyo cromatismo se pretendía que produjera un choque en el espectador que estaba viendo una película en blanco y negro. A finales de 1967 le llega por fin la oportunidad de rodar en color una película que terminará por no firmar: Tuset Street (Luis Marquina, 1968).
La idea de partida de Grau es enfrentar la Barcelona cosmopolita de la calle Tuset con la popular del Paralelo. Y el "guión de color" traslada esta oposición al cromatismo en Eastmancolor: en la Barcelona moderna domina el amarillo; en la tradicional, el violeta. Violeta (frío) y amarillo (caliente) son colores complementarios en el círculo del color. El violeta, nos dice Juan Eduardo Cirlot, simboliza la nostalgia y el recuerdo, en tanto que el amarillo es el "atributo de Apolo, dios solar, generosidad, intuición, intelecto". [Diccionario de símbolos. Barcelona: Labor, 1992, pág. 137.] Por si quedara alguna duda, la vedette del Molino encarnada por Sara Montiel se llama Violeta Riscal
The Pub, en Tuset, es amarillo, el apartamento del arquitecto al que da vida Patrick Bauchau está enmoquetado de amarillo y amarillas son las cortinas. Amarillos y naranjas dominan en el vestuario de la mayoría de los personajes que se mueven en el ambiente modernista.
En ese entorno destaca la joven ingenua interpretada por Emma Cohen, con su jersey y sus medias color fucsia, aunque en su presentación aparece sentada en una escalera alfombrada en un disfuncional amarillo con una ofrenda para el arquitecto: un melón... amarillo, cómo no.
Frente a estas intervenciones -las farolas amarillas se quedaron para siempre una vez terminada la película-, las escenografías que reproducen el escenario del Molino y el piso de la vedette no plantean mayor problema para mantener su integridad / integrismo violeta.
Cuando Violeta y Teresa (Teresa Gimpera) se enfrenten por la posesión del arquitecto, el contraste cromático alcanzará niveles tautológicos.
La vista descansa de tanta saturación cromática durante la escapada de los amantes a una masía, donde la paleta se suaviza, dejando que respiren los colores naturales del paisaje -matizados por la luz invernal- y los beiges y blancos de sábanas, decorados y vestuario.
No obstante, el vestido de Violeta sigue poniendo una nota de vulgaridad en este entorno.
Debido a su desacuerdo con la estrella-productora, Grau se negó a figurar como director y guionista de la película terminada, manteniendo únicamente su crédito como argumentista junto a Enrique Josa y exigiendo su sueldo íntegro, eso sí. Debería haber reclamado también su acreditación como autor del "guión de color", que, por lo que se ve, Luis Marquina, el decorador Enrique Alarcón y los responsables del vestuario -Ochagavia, Andrés Andreu y la boutique Renoma de Tuset Street- siguieron a rajatabla.domingo, 28 de septiembre de 2025
grau, un autor en no-do
Después de rodar Cántico / Chicas de club (1969) para X Films, Jorge Grau realiza una serie de trabajos para No-Do que incluyen varios cortometrajes para la serie Imágenes del Deporte —el motociclista Ángel Nieto, el baloncestista Emiliano, el portero de fútbol Iribar...— y Costas de Cataluña: Costa Brava y Costa Dorada, de la serie Documentales Color. En TVE, había colaborado con anterioridad en los episodios Conozca usted España: El Museo del Prado (1966) y Biografía: Benito Pérez Galdós (1967). Estos trabajos forman parte de una actividad que Grau únicamente solía poner de relieve cuando afectaba a cuestiones relacionadas con la censura, como la suspensión de la emisión de la pieza Contestarios (Poemágenes 1) en el programa de TVE Hora punta (Victoriano Fernández Asís, 1969-1972), para el que también realizó en 1971-1972 Del blanco al negro, Un torero, un día y Estrena, con retraso, un novel. Es por entonces cuando se implica en la colaboración con No-Do.
El organismo oficial arranca su colaboración con la Delegación Nacional de Educación Física y Deportes —la serie Imágenes del Deporte— en 1968 y distribuye en salas casi un centenar de entregas hasta 1977. La idea de partida es acercar al público cinematográfico el hecho deportivo en color, en un momento en el que la televisión es aún en blanco y negro. La iniciativa forma parte de la campaña de popularización de la actividad física puesta en marcha por Juan Antonio Samaranch cuando es nombrado, en 1967, Delegado Nacional de Educación Física y Deportes, y cuyo máximo impacto se alcanza con el eslogan "Contamos contigo".
El primer número de Imágenes del Deporte —no podía ser de otro modo— se abre con las actividades pesqueras y golfistas del Generalísimo. El carácter de revista de actualidad que tiene en un principio va derivando hacia el documento monográfico sobre un determinado deporte o sobre alguna figura destacada. Tal es el caso de las tres ediciones que escribe y realiza Grau: núm. 25, Ángel Nieto (1970); núm. 31, El chopo de San Mames: Iribar (1971); y núm. 39, Emiliano (Retrato íntimo) (1972). A pesar de contar con equipos distintos, encontramos en todos ellos la misma voluntad de “autoría”, reflejada, en primer lugar, en la presencia del propio Grau como entrevistador “incisivo”, un papel que ya ha desempeñado en Cántico por su carácter de docuficción. En el reportaje dedicado a Iribar, el único en el que el realizador no comparece en efigie y que, además está locutado por Matías Prats, Grau se hace presente mediante preguntas que aparecen en pantalla con una llamativa caligrafía. No es el único recuso de la narrativa modernista que incorpora a las tres piezas: la alternancia de la película en color y monocroma, los ralentíes y los congelados, el montaje sincopado u organizado en contrapunto con la música constituyen otros tantos rasgos de autoría. En cuanto al tema, las tres tienen como motivo central el triunfo deportivo y la indagación en el entorno social de los entrevistados.
Ya a su regreso de Roma, donde había cursado estudios de dirección en el Centro Sperimentale di Cinematografia, Grau había rodado unos documentales para Procusa, entre los que se encontraba Costa Brava 1959, que no hemos podido ver. Costas de Cataluña: Costa Brava y Costa Dorada tiene, desde luego, un alcance geográfico mayor, ya que arranca en Ampurias y termina en el delta del Ebro, en Tarragona. Pero su objetivo no puede estar más alejado de glosar las delicias predesarrollistas del litoral catalán. El discurso en primer grado, en la voz de la actriz Serena Vergano, glosa la historia, tradiciones, gastronomía, monumentos, personajes históricos y lugares emblemáticos del territorio, amén de sus modernas vías de comunicación y espacios de diversión. Sin embargo, la presencia de la propia Vergano —italiana, musa de la Escuela de Barcelona y protagonista de Historia de una chica sola (1969), del mismo Grau— nos sitúa fuera de la locución al uso de los reportajes de No-Do, como si esta catalana de adopción fuera un puente entre el espectador local y el futuro turista. La utilización de zooms agresivos y de angulares extremos son otras tantas marcas autorales, como la inclusión a lo largo del metraje de individuos que utilizan su cámara fotográfica, lo que alude a la vez a uno de los rasgos característicos del turista —la necesidad de atrapar y hacer suyo cada lugar que visita—, pero también sirve de espejo a la condición del propio documentalista. Estos guiños metalingüísticos, algunas ironías o trampantojos visuales y el juego de contrastes resuelto mediante panorámicas buscan situar la película en coordenadas contemporáneas.
De este modo, el punto de vista adoptado termina identificándose más con una burguesía catalana que se reconoce en sus tradiciones y se enriquece con lo que se presenta como desarrollo económico para todos, que con el turista al que va dirigido el cortometraje, a tenor de la animación final, en la que se muestran las escasas horas de vuelo que hay hasta el aeropuerto de Barcelona desde los de Estocolmo, Hamburgo o Roma.
Los documentales de Grau en No-Do pueden verse aquí: https://www.rtve.es/play/videos/imagenes-del-deporte/; y aquí: https://www.rtve.es/play/videos/documentales-color/costas-cataluna-costa-brava-costa-dorada/2892516/
domingo, 18 de mayo de 2025
lucecita transmedial
Lucecita es una obra transmedial. Nacida como novela del magín de la cubana Delia Fiallo, se había convertido en un fenómeno en la televisión venezolana en 1967 gracias a la adaptación de la cadena Venevisión. El éxito invita a sus creadores a ofrecer el argumento a TVE a principios de los años setenta, pero la cosa no cuaja. En cambio, la cadena SER, en plena fiebre de las radionovelas sentimentales de largo recorrido gracias a Simplemente María, se lanza a la producción del serial radiofónico que paraliza España todos los días de cuatro a cuatro y media de la tarde. Emilio el Moro ironiza sobre la situación con todo el machismo del que era capaz: “Lucecita, Lucecita, / Lucecita la tontuela, / que tiene a media España / sin fregar una cazuela”. Armand Balsebre sitúa ambos seriales radiofónicos en el momento de degradación de la fórmula. El maestro de la fórmula, Enrique Sautier Casaseca, despotricaba contra los nuevos folletines que prolongaban durante más de trescientas entregas lo que a finales de los años cuarenta se contaba en treinta o cuarenta. [Armand Balsebre: Historia de la radio en España, vol. II (1939-1985). Madrid: Cátedra, 2002, pág. 446.]
Como ya había ocurrido con Simplemente María, una fotonovela de publicación quincenal apoya en los quioscos el recorrido hertziano de Lucecita. AQ Ediciones se encarga de publicarla y Charo Sánchez del Arco figura como adaptadora directa del argumento de Delia Fiallo y no de la versión radiofónica de Quico Hernández. También nos encontramos con dos repartos diferentes: Mari Carmen Hernández es invariablemente Lucecita en ambos medios, pero su amado Gustavo será interpretado en la radio por Manolo Otero y en la fotonovela por Rafael Fernández. No se agotan aquí los trasvases entre medios: apenas están echando el cierre las emisiones radiofónicas, Mari Carmen Hernández se incorpora también como protagonista al elenco que representará una reducción teatral que debería de girar por toda España.
Y como no hay dos sin tres, inmediatamente se anuncia también la realización de una versión cinematográfica. No es la primera vez que un serial pasa a la pantalla. Por aquí hemos hablado de las adaptaciones de Lo que no muere y Ama Rosa. De la producción se encarga KFilms, compañía de vida efímera promovida por José Luis Madrid, que firma como director y guionista los cuatro títulos que componen el acervo de la productora: Siete chacales (1974), Último tango en Madrid (1975), Strip-tease a la inglesa (1975) y esta Lucecita que nos ocupa. En esta ocasión, colabora con Quico Hernández, el adaptador de la versión radiofónica de la SER.
El elenco cuenta con nombres de relumbrón. Analía Gadé es Graciela, la madre de Angelina, la falsa inválida interpretada por Yolanda Ríos. La enfermera que aparentemente la cuida y en realidad la chantajea, Mirta, es nada menos que Susana Estrada. El marido de Angelina y objeto de deseo de todas las mujeres jóvenes del reparto recae en Juan Luis Galiardo. Narciso Ibáñez Menta y Eduardo Fajardo encarnan a los dos hombres en la vida de Graciela. El papel titular queda encomendado a la jovencísima y cuasidebutante actriz gallega Beatriz Rossat.
La parte del león de un presupuesto declarado de algo más de veinte millones de pesetas, se la llevan los dos millones y medio pagados a Delia Fiallo en concepto de adaptación, las ochocientas mil que cobra Analía Gadé a tanto alzado y las quinientas mil de Galiardo. Hemos de suponer que el presupuesto estaba convenientemente "hinchado" a fin de obtener el máximo de la subvención oficial; al menos, eso se deduce de los veinte mil metros de negativo declarados (novecientas mil pesetas) cuando la cinta se rueda en Techniscope, con lo que KFilms se ahorra la mitad del material.
Vista en la sesión de Sala:B —programa comisariado por Álex Mendíbil para Filmoteca Española—, hay tres aspectos particularmente relevantes en lo relativo a la comercialización de la película...
El primero son los reiterativos y sonrojantes casos de “emplazamiento de producto” o product placement. La cinta casi se abre con sendos bodegones de productos de Centrales Lecheras Españolas S.A. (Clesa), que a lo largo del metraje se olvidan por la omnipresencia del brandy Terry que ya ha comparecido en el mueble-bar del chalé y en la reunión de facinerosos en la pista de hielo del Real Madrid, pero que en el tercer acto comparece en forma de valla publicitaria “Centenario Terry” en todas y cada una de las pasadas de coche que van a dar al traste con la boda de conveniencia de Lucecita.
El segundo es la publicitada demanda de Quico Hernández, el libretista del serial, al considerar que la película ha “desvirtuado psicológicamente” los personajes tal como él los ha creado y solicitando la paralización del estreno y una indemnización de veinticinco millones de pesetas. No parece que el pleito llegara mucho más allá. José Luis Madrid declaraba a los medios que nunca puede ser igual el desarrollo para un serial de doscientos capítulos que para una película de hora y media. Ha habido que prescindir de situaciones, personajes y vicisitudes varias.
Él piensa —declara el realizador— que hemos erotizado su personaje y no se da cuenta de que el personaje en sí es fuerte y que no es lo mismo escuchar un guión por radio que verlo reflejado en la pantalla. [...] Por mucho que lo pienso, no me explico la postura de este hombre, ya que la película se está exhibiendo de acuerdo con la censura. [Luisa María: “Polémica con Lucecita”, en Pueblo, 22 de abril de 1976, pág. 41.]
A censura se ha presentado precisamente con el título de Sola ante la vida, aunque todos los reportajes sobre el rodaje mencionan como título provisional Desnuda ante la vida. Porque ésta resulta ser la tercera gran baza promocional: el despelote generalizado contemporáneo a la agonía de Franco. Éste había sido el caballo de batalla de la censura desde el primer momento. Cuando se presenta el guión a censura previa, en enero de 1976, las llamadas de atención sobre los desnudos, escenas de amor y violaciones se multiplican. Hay advertencias sobre ello en las páginas: 2, 17, 49, 50, 64, 69-70, 75 y 81. [Archivo General de la Administración, caja 36/05204.]
José Luis Madrid rueda desnudos integrales generosos de Susana Estrada y Beatriz Rossat, alguno más discreto de Yolanda Ríos y uno de Galiardo de espaldas. De modo que, a película terminada, se demandan los siguientes cortes:
Rollo 1. Acortar la secuencia de ella desnuda de cintura para arriba cuando va a bañarse y cuando luego se oculta, huyendo de él, suprimiendo los planos en que se perciben los pechos desnudos, dejando solo aquellos en que está de espaldas o, a lo más, en esguince.
Rollo 5. Suprimir plano en que la enfermera aparece con el pecho desnudo, al salir de su cama.
Suprimir plano frontal, cercano, de la enfermera enseñando los pechos, cuando se quita la bata en la habitación de él.
Rollo 7. Acortar la escena de cama entre Myrta y Gustavo, suprimiendo los planos en los que ella aparece con los pechos desnudos, así como los jadeos que se oyen en la banda sonora.
Rollo 11. La rememoración de la secuencia del rollo 1, debe acortarse suprimiendo los planos en que más se perciben los pechos de ella de costado. [Ibidem]
Madrid dice aceptarlos, pero argumenta el distinto tratamiento que se da a esta producción en comparación con otras análogas:
Con esta fecha depositamos en la cabina de proyecci6n de esa Dirección General, los rollos 1, 5, 7, y 11 de nuestra película titulada Lucecita, en los cuales se han efectuado las adaptaciones dictadas por la Junta de Censura, con la excepci6n de la del rollo 11, por entender esta sociedad que, dicha adaptación debe ser un error, ya que a nuestro juicio en ningún caso dicha escena puede entenderse ni si quiera como erótica, toda vez que, el hecho de una muchacha corriendo de espaldas a la cámara, no pasa de ser una estampa bucólica.El “nivel medio de lo que hasta ahora viene aprobando ese organismo” es una alusión trasparente a la lucha que José Frade y Jorge Grau han mantenido con la Junta para que admita el breve plano del pubis de María José Cantudo en La trastienda (1976), que se estrena en Madrid el 23 de febrero de 1976. Lucecita —con su título original como primer reclamo comercial— llega apenas cinco o seis semanas más tarde a las pantallas de Huelva, Sevilla, San Sebastián, Palma de Mallorca, Vigo, Zaragoza, Bilbao... Las críticas de los diarios de estas ciudades le sirven para el lanzamiento publicitario. El crítico de la edición para Andalucía de ABC afirma que “para estar más al día, José Luis Madrid le ha añadido, por si fuera poco la comercialidad del producto, unos destapes que no figuraban en el texto original”, en tanto que el del vallisoletano Norte de Castilla le regala la mejor promoción que podría hacérsele: “Lucecita se ha convertido en la pseudo-pornografía permitida por la censura”. La productora se suma a la ola y proclama: “Lucecita no es lo que usted piensa. [...] Es la película de la superapertura”. [Pueblo, 19 de mayo de 1976.]
Con referencia al resto de los cortes, que esta sociedad acepta, nos permitimos manifestar ante esa Junta de Censura que, dado el nivel medio de lo que hasta ahora viene aprobando ese organismo, hemos sido tratados, a nuestro juicio con excesiva dureza, ya que en todo momento todas y cada una de las escenas censuradas obedecen a una ineludible necesidad argumental y las mismas están tratadas sin rebasar lo que a nuestro juicio debe ser una correcta conducta de contención ética, con la cual estamos plenamente identificados y en la medida de nuestras posibilidades, trataremos de mantener en ayuda de la línea general de conducta de esa Dirección General.
Dada la urgentísima necesidad que tenemos de que nos sea concedido el preceptivo cartón de exhibición, ya que el estreno de la misma será el día 18 de los corrientes en la ciudad de Huelva, rogamos de esa Junta tenga a bien, en base a esta urgencia, extendernos dicho cartón, previo los tramites legales pertinentes, por lo cual les quedaremos muy agradecidos. [Ibidem]
En una situación harto infrecuente, hasta el tráiler resulta censurado, dado que exhibe “los senos de Susana Estrada y la protagonista en escena de amor”. El padre Eugenio Benito, vocal religioso de la Junta de Censura, había sentenciado: “Folletín estúpido y deshorejado [sic] y además tomado y hecho en serio. Es un film-serial propio para porteras”. [Archivo General de la Administración, caja 36/05204.]
Desaparecida la productora tras esta aventura, trasnochada en los meses que median entre su estreno y la normativa sobre películas calificadas S —Emmanuelle (Emmanuelle, Just Jaeckin, 1973), Emmanuelle 2 (Emmanuelle, la antivirgen, Just Jaeckin, 1975) y Emanuelle nera n. 2 (Emanuelle negra número 2 Bitto Albertini, 1976) se estrenan con esta etiqueta a principios de 1978—, Lucecita ha quedado para los restos como una película fracasada. Artísticamente lo es sin paliativos: los altisonantes diálogos mueven a risa, los personajes se quedan vendidos en la mayoría de las situaciones y el espectador se pregunta cuántos más vuelcos melodramáticos se le pueden dar a un argumento cuajado de ellos. Sin embargo, la jugada estaba perfectamente estudiada. El presupuesto se intuye mínimo, apenas hay unos meses entre su estreno y el fin del serial, y el público, lejos de estar saturado de productos derivados, sintió curiosidad por el tratamiento acorde con la fiebre del destape con el que se había adobado el archiconocido argumento, de modo que más de un millón de espectadores pasaron por taquilla.
domingo, 11 de mayo de 2025
una fotonovela cinematográfica
La popularidad de la fotonovela en España desde mediados de la década de los sesenta propicia la realización de algunas películas que desarrollan su estética en la pantalla. No hay que darles demasiadas vueltas a los argumentos porque tiran sistemáticamente de una plantilla en la que las distintas declinaciones del amor romántico se ven trufadas de obstáculos familiares, morales o de clase que dificultan su consumación hasta la escena final. En alguna ocasión, se trató de adaptaciones directas, como en el caso de Tengo que abandonarte (Antonio del Amo, 1969), aunque Carlos F. Heredero y Antonio Santamarina no pudieron dar con cuál. [Biblioteca del cine español. Madrid: Cátedra / Filmoteca Española, 2010, pág. 484.] Esther Riera y Jaime Toja, sus protagonistas, eran dos de los modelos más célebres de las fotonovelas de la colección Corín Tellado.
Formalmente, uno de los ejemplos más preclaros de esta microcorriente es Pasión / Delirio d'amore (Tonio Ricci, 1977), basada en un argumento original de José Miguel Hernán, uno de los colaboradores en la adaptación de La tía Tula (Miguel Picazo, 1964).
Esta coproducción hispano-italiana hace suyos los códigos narrativos y visuales de la fotonovela desde el mismo diseño de la cartela del título -con esa O en forma de corazón- hasta la ambientación y las localizaciones, pasando por una fotografía en la que priman los desenfoques, los motivos florales en primer término, el efecto flou y la cámara lenta asociada al romanticismo desde el éxito de Un homme et une femme (Un hombre y una mujer, Claude Lelouch, 1966).





Pero si algo identificaba la película en el momento de su realización con su modelo intermedial es el protagonismo de Máximo Valverde y una María José Cantudo post-trastienda que habían empezado sus carreras precisamente como actores de fotonovelas de la editorial Rollán. Selene, Katy y Corín Tellado, cómo no, fueron algunas de las colecciones frecuentadas por la Cantudo.
Incluso en La trastienda (Jorge Grau, 1975) hay un plano evocador de este inmediato pasado fotonovelístico. Tiene lugar cuando la enfermera a la que interpreta la actriz se pasea por el ferial de los sanfermines. Su voz en off ilustra el curso de sus pensamientos: "¿Dónde estarás ahora? ¿Si tú supieras que no puedo dejar de pensar en ti... ni un solo momento?". Tanto el estilo del diálogo como la voz con eco remiten indefectiblemente los "bocadillos" de la narración fotográfica secuencial, que nos proporcionan acceso al mundo interior y a los sentimientos de sus protagonistas.
Ítem más... La confesión de su amor por el doctor Navarro (Frederick Stafford) en la que la interpretación de ambos se ciñe al estilo melodramático del género, acompañado por un diálogo al que no le haría ascos la mismísima Corín: "Es que no me resigno a perderte. No quiero separarme de ti. No sé qué me pasa, Jaime. Sólo estoy bien cuando estoy contigo. Todo lo demás me parece vacío".

















































