domingo, 29 de abril de 2018

ramón torrado (4)


Al final de la década de los cuarenta, y respaldado por el público de modo incontestable con títulos como Botón de ancla (1947) o Sabela de Cambados (1948), Ramón Torrado, se siente legitimado para percibir el mismo salario que los primeros espadas de la dirección en España. Cesáreo González está en ese momento en plena expansión por Latinoamérica y le echa un pulso a su pupilo. La oferta de Cinematográfica Madrileña de dirigir Rumbo (Ramón Torrado, 1949) por el procedimiento cormático autóctono denominado Cinefotocolor le viene al pelo a Ramón para escapar a la tutela del empresario vigués. El guionista y dibujante cubano Heriberto Sánchez Valdés, colaborador habitual de Torrado, es el consejero delegado de esta productora.

Rumbo (Fernando Granada) regresa a la capital hispalense en un barco que remonta el Guadalquivir desde Sanlúcar. Un abuelo con sombrero cordobés se encarga de explicar a dos mocitas con bata de cola y claveles en el pelo azabache que es el gitano más rumboso de toda Sevilla, que ha estudiado Medicina en París y que sólo atiende a los que tienen mucho y a los que no tienen nada; a estos últimos, de balde, claro. Esa noche Rumbo se reencuentra con su amigo Gabriel Hurtado (Fernando Fernández de Córdoba). Es éste un banquero que ha hecho fortuna gracias a un préstamo del rumboso médico de origen gitano. Gabriel le encarga que visite en su cortijo a unos parientes lejanos, pues su tía (Julia Lajos) es una tacaña terrible, dedicada al negocio del estraperlo. En el cortijo le confunden con Gabriel. Rumbo no aclara el entuerto porque se ha enamorado de Dulce Nombre (Paquita Rico), una muchacha tan linda como montaraz. Ella contrata a un actor para poner al descubierto el engaño. La llegada del verdadero Gabriel, el tercero en el enredo, precipita los acontecimientos. Rumbo decide renunciar al amor de Dulce Nombre porque está convencido de que su origen gitano es un obstáculo para sus relaciones, pero ambos terminarán rencontrándose en la romería del Rocío.

Si no otros méritos, tiene Torrado al menos el de presentar a Paquita Rico con un truco de auténtica estrella. Rumbo llega al Real de la Feria de Sevilla y escucha un tumulto. Es un globero que discute con una amazona en el arzón de cuyo caballo se han enredado los globos. Rumbo los pincha y descubrimos así a una Paquita Rico enfurecida, vestida de corto y con catite.

Rumbo puede ser generoso, simpático y estar dotado de otras prendas, pero el amor interracial es tabú. El conflicto queda expuesto con nitidez cuando don Manuel (Manuel Arbó) explica que él ha prevenido a su hija contra los gitanos, pero contra los del oso y el pandero —o sea, los robagallinas a lo Morena Clara que encarnan Vilches y Mancilla—, no contra los que pueden invertir medio millón de pesetas en un molino de aceite, como Rumbo. El deseo reprimido aflora en forma de pesadilla. Dulce Nombre duerme agitada. La cámara se aproxima a su rostro y accedemos a un sueño distorsionado por motivos decorativo-vanguardistas. No es difícil rastrear los recursos cinematográficos con los que Torrado resuelve la escena hasta la pesadilla planificada por Segundo de Chomón para El negro que tenía el alma blanca (Benito Perojo, 1927), donde también se intenta reflejar el terror subconsciente al otro.

Desde la presentación a modo de flashback Torrado intenta dotar a Debla, la virgen gitana (1951) de un marco mítico. Después de un día de trabajo en la sierra, el pintor Eduardo Miranda (Alfredo Mayo) descubre en unas cuevas a Carmelilla (Paquita Rico), una gitana misteriosa. Cuando Eduardo encuentre a Carmelilla, será otra gitana quien le avise de que “está loca” y por eso se aparta del resto de la tribu. La propia Carmelilla contribuirá a alimentar su propia leyenda cuando explique al pintor que una tradición gitana asegura que si una muchacha cuenta nueve estrellas durante nueve noches seguidas, el resultado de esta operación de aritmética astronómica será el dueño de su corazón. Eduardo la llama Debla y la cita al día siguiente en su cortijo para hacerle un retrato. Vicente (Alfonso Estela), un gitano de la tribu, pretende a Debla con un amor posesivo y amenazador y el interés de Eduardo por Carmelilla es puramente artístico pues está felizmente casado con la aristocrática Cristina (Lina Yegros). Las malas lenguas provincianas y Reyes (Lola Ramos), enamorada de Vicente, hacen su trabajo.

Con estos dos títulos arranca la colaboración entre Ramón Torrado y Paquita Rico, que se prolongará a lo largo de toda la década.

domingo, 22 de abril de 2018

ramón torrado (3)


Los líos sentimentales de tres guardiamarinas en la Escuela Naval de Marín, producida por el gallego Cesáreo González, constituyen el primer gran éxito popular del también gallego Ramón Torrado y supondrán un filón al que volverá una y otra vez en el futuro, amén de refugio en tiempos de desorientación, cuando la deriva de sociológica y económica de España hacen que Torrado pierda pie en su sintonía con un nuevo público. Cómica, sentimental, dramática, épica, patriótica… esta primera versión de Botón de ancla (1948) llegó al corazón de los espectadores y al de la Administración que le otorgó el marbete de “Interés Nacional”.

Escribe Fernando Fernán-Gómez en El tiempo amarillo:
Por primera vez, en 1948, desde que en 1938, diez años antes, me dediqué a este oficio, había logrado un éxito popular. Cuando hacíamos presentaciones en los cines de reestreno, las ovaciones eran estruendosas, los saludos, los abrazos, rebosaban admiración, simpatía, cariño. La gente me reconocía por la calle. No se habían aprendido todavía mi nombre, pero me señalaban y decían:
-¡Mira, mira: el que se muere en Botón de ancla!
El éxito de la cinta propició sendas revisiones. La primera fue una producción de Iquino. Su principal aliciente de cara a la taquilla, el color, presente incluso en el título: Botón de ancla en color (Miguel Lluch, 1960). Además, tenía como protagonistas a Ramón Arcusa y Manuel de la Calva, el Dúo Dinámico, con lo que estos guardiamarinas tenían su ración de música ligera garantizada. El humor corría por cuenta de Gila, así que “Trinquete”, el personaje creado por Xan das Bolas en 1948, iba aquí por caminos menos próximos al retruécano galaico y más ceñidos al humor absurdo y (sólo veladamente) antimilitarista.

En el ocaso de su carrera, Torrado retoma al guión original y, sin apenas tocar una coma, vuelve a rodarlo con el título de Los caballeros del botón de ancla (1974). Los personajes, las situaciones, todo, es idéntico. Advertimos que han pasado veinticinco años porque en los diálogos se desliza algún “puñeta”, por el color, y por algún exceso esperpéntico en el dibujo de las hermanas que dan de merendar a los guardiamarinas. Por lo demás, Peter Lee Lawrence resulta un galán bastante menos convincente que Jorge Mistral, Ramón Pons carece de la gracia melancólica de Antonio Casal y Pepe Ruiz está a años luz de la vis cómica de Fernán-Gómez, por lo que el final pierde en un patetismo que, bien que algo forzado, clausuraba convincentemente la historia original. El único parangón posible se establece entre la dulzura en blanco y negro de Isabel de Pomés y el encanto en Eastmancolor de Maribel Martín. Por rescatar, Torrado rescata hasta el plano final, en el que el fantasma de Enrique, sobreimpresionado, desfila junto a sus compañeros en el patriótico final.

En cualquier caso, Torrado cierra con esta cinta el ciclo de sus películas de alumnos de academias militares, que abrió un filón que también excavaron Pedro Lazaga y Agustín Navarro.

domingo, 15 de abril de 2018

ramón torrado (2)


La común procedencia galaica de los hermanos Torrado, del productor Cesáreo González y, por qué no, del Caudillo, propicia la aparición de un ciclo regionalista ajeno a las hechuras clásicas del sainete madrileño o andalucista. Ramón Torrado dirige de esta suerte tres cintas en las que los elementos melodramáticos y los paisajes marinos predominan sobre todo lo demás.

En El emigrado (Ramón Torrado, 1946) se relata la rivalidad de los hermanos Ibarrola desde la misma infancia. José Mari (Alfonso Estela) es el consentido de su madre (Carmen Sánchez) a pesar de llevar una vida de crápula que pone en entredicho el buen apellido de la familia. En cambio, Ignacio (Raúl Cancio) ha tomado el puesto de su padre en la naviera y es un avezado patrón de trainera. Marichu (María Asquerino), la prima de ambos, se compromete con José Mari porque piensa que de ese modo conseguirá devolverlo al buen camino. Ignacio, que también la ama, decide poner tierra por medio, no sin antes firmar un flete para Casablanca en el que José Mari ha introducido clandestinamente un cargamento de armas por cuenta de un tahúr al que debe dinero (Arturo Marín).

Es así como Ignacio y su fiel criado Josechu (Manolo Morán) llegan al Brasil y entran en contacto con un plantador de café apellidado Wills (Alberto Romea). Éste tiene una hija díscola y caprichosa (la italiana Miriam Day) que tontea con su primo Jaime (Jorge Mistral). Sin embargo, encontrará el amor verdadero junto a Ignacio, quien está a punto de ser nombrado consejero de la empresa. Sin embargo, Jaime, empujado por los celos, averigua la auténtica identidad de Ignacio y revela a su tío las cuentas que tiene pendientes con la justicia española por contrabando.

Bajo la atenta mirada de un sacerdote (Félix Fernández) que, además, es tío de los chicos, El emigrado propone el perdón del fuerte como único camino hacia la reconciliación con el débil. Previamente, éste se ha sometido a un proceso de redención mediante la beneficencia, lo que –de un modo que no queda explicado en la película- le ha conducido a las puertas de la muerte. Eso sí, sin abandonar nunca su posición de privilegiado industrial. No en vano, él es el heredero del nombre del patriarca y se lo ha transmitido a su hijo. La continuidad de la gran burguesía vasca, castellanoparlante y afín a la sublevación militar, queda pues salvada.

Al tiempo, el argumento de Adolfo Torrado y la película de su hermano Ramón proponen sendos universos folklorizantes a ambos lados del Atlántico. Tan inverosímil resulta hoy la Guipúzcoa de las regatas de traineras, los espatadantzaris a ritmo de melodía de Jesús Guridi y el bacalao al pilpil, como la selva amazónica de bolsillo, con jaguares de archivo de película de Tarzán y bailarina imitando a Carmen Miranda. La desternillante mirada colonial sobre Latinoamérica pone en entredicho la supuesta autenticidad de la ambientación vascongada.

Con Mar abierto (1946) por primera vez Ramón Torrado deja de lado la comedia con ribetes más o menos dramáticos y se embarca en un melodrama en toda regla… con abundantes toques de comedia. Corre ésta por cuenta, sobre todo, del inevitable Xan das Bolas y de su habilidad para retorcer el idioma y enrevesar los acentos hasta lo inverosímil. Así que lo que luego hará Torrado con Andalucía –La niña de la venta tiene no pocos puntos de contacto argumentales con Mar abierto-, lo hace aquí con Galicia. Él mismo se reserva un papel episódico en el relato marco, en el que vemos a Carmiña, ya anciana, subir hasta la cumbre de una peña para dejar su cotidiano ramo de flores a los pies de la Virgen que obró el milagro gracias al cual ha sido feliz durante toda su vida. Torrado, que siempre tuvo afición a la pintura, aparece en el papel del aficionado, que, pipa en ristre, pinta el cuadro de la Virgen.

Don Andrés (José María Lado), patrón de pesca, sufre la maldición de que padre (Carlos Casaravilla) e hijo (Jorge Mistral) le roben a dos de las tres mujeres de su vida. A la primera se la arrebató la muerte. Casado en segundas nupcias con Carlota (Calucha de Castroamor), descubre con horror que el empresario de unos astilleros al que ha salvado de un naufragio y cuidado en su casa, se fuga con ella. Años después, empobrecido y agotado por el alcohol, se entera de que el pretendiente de su hija Carmiña (Maruchi Fresno), no es otro que el hijo de aquél, que se ha hecho pasar por un sencillo mecánico de embarcaciones. El amor entre los jóvenes es puro, pero la maledicencia de un usurero encaprichado con la chica (Fernando Fernández de Córdoba) y la sombra del pasado le empujan a ejecutar su venganza contra el joven. La intercesión de la Virgen, que obra un milagro, evita el fatal desenlace.

Un pazo gallego es el principal decorado en el que se desarrolla Sabela de Cambados (Ramón Torrado, 1949). Eduardo (José Mistral) marcha a estudiar a la universidad compostelana. En el pazo de los marqueses de Soñeiro, queda su prima Tonucha (Amparito Rivelles), enamorada perdidamente de él. También su madre, Sabela (María Fernanda Ladrón de Guevara), a la que el marqués (Rafael Bardem) desatiende desde hace tiempo con sus continuos viajes a Madrid y la frecuentación de su prima Julia (Margarita Alexandre).

De América vuelve Juan de Mourente (Fernando Fernández de Córdoba), que partió a la emigración para conseguir fortuna que le hiciera digno de Sabela. En cambio, no regresa Eduardo, enamoriscado de una cantante. La visita de Juan y Tonucha a Santiago de Compostela logra que Eduardo se comprometa con su prima, pero Mercedes (Carolina Giménez), vecina del pazo, no deja de coquetear con él. Y así, en este doble juego de mujeres abandonadas -la marquesa y su marido ausente, dispuesto a pignorar el pazo, y los de Eduardo con cuanta chica mona se le pone a tiro al mes de casado- se va desarrollando la intriga.

Sabela de Cambados puede considerarse la cumbre del torradismo cinematográfico. El argumento de Adolfo Torrado se ciñe a una sentimentalidad melodramática que termina ahormándose a la ortodoxia de la tradición después de haber bailado al son del boogie-woogie. Truculencias familiares, hijos que siguen los malos pasos de sus progenitores, mujeres sufridas por cuenta de otras interesadas y casquivanas, chistes en lengua vernácula, redención y perdón… Todo cabe en este drama en el que los excesos melodramáticos quedan siempre suavizados por el buen gusto.

Por su parte, Ramón Torrado se dedica a exaltar su tierra a base de romerías y bailes populares, sin excesos de estilo, sin grandes alharacas en la dirección de actores, repartiendo con buen criterio el juego entre los secundarios –Xan das Bolas, Félix Fernández…-. Cine popular, en fin, cuyo moralismo impide que hoy pueda uno disfrutar de él como sin duda lo hicieron los espectadores en su tiempo.

domingo, 8 de abril de 2018

ramón torrado (1)


La filmografía de Ramón Torrado corre paralela al decurso del franquismo. Los dos principales filones de su veta creativa fueron las películas folklóricas -su nombre está indisolublemente asociado al de Paquita Rico- y el de las escuelas militares, con esa mixtura de alegría juvenil y dramático heroísmo puntuada por los retruécanos de Xan das Bolas. El productor Cesáreo González, el guionista Heriberto Sánchez Valdés y la montadora Gaby Peñalva le acompañan a lo largo de estos treinta y cinco años de historia del cine popular español.

Ramón es el hermano menor del dramaturgo Adolfo Torrado, cuyo apellido llegó a ser sinónimo de un modo de entender el teatro: el "torradismo". En 1941 Isabelita Garcés presenta Chiruca en el  Infanta Isabel, del que es empresario su marido, Arturo Serrano. Adolfo Torrado, prolífico como pocos, proporciona varios éxitos de ambiente galaico a la peculiar intérprete, pero sobre todo populariza los logros de Pedro Muñoz Seca anteriores a la guerra. Si el autor andaluz ya había sido tachado repetidamente de fácil y populista, Adolfo Torrado se hace acreedor de las agravantes de premeditación y alevosía. Suyo es el argumento de ¡¡Campeones!! (1943), la película con la que Ramón debuta en la dirección. Antes ha hecho sus pinitos en el mundo cinematográfico, según confiesa en la revista Primer Plano:
Yo escribí en colaboracion con Valdés el argumento de la primera película que se hizo en España después de la guerra [Manolenka]; la protagonizaron Lina Yegros y Pepe Nieto, y la dirigió Pedro Puche. [...] Después... Actué como asesor técnico en El famoso Carballeira, cuya adaptación cinematográfica había hecho yo mismo con Mignoni, el director; fuí también —a raíz de fundar Cesáreo González Suevia  Films— jefe de producción de Polizón a bordo y de Unos pasos de mujer; escribí con Valdés el argumento de La rueda de la vida... [Primer Plano, núm. 177, 5 de marzo de 1944.]
Inmediatamente realiza un cortometraje titulado Tres maletas y un lío (1942) y con este bagaje, se lanza a la dirección de ¡¡Campeones!! Aviación y balompié se dan la mano en la trama. Los equipos de fútbol de una empresa de construcciones aeronáuticas y otra de locomotoras -El Volador y El Locomotor- viven en perpetua rivalidad deportiva. A la primera se incorpora Eduardo (Carlos Muñoz), al que su padre quiere meter en vereda debido a que su afición a actuar como guardameta en un equipo de barrio proporciona continuos disgustos a la familia. Cuando Eduardo decide sustituir a Julio (José María Seoane), el portero titular con un grave problema con la bebida, empieza a recibir las atenciones de Charito (Mary Cruz Fuentes), sobrina de la propietaria de El Locomotor. Por ella deja de lado el cariño sincero de Paulita (Luchy Soto).

Al margen de la excusa argumental, el principal aliciente de la película de debut de Ramón Torrado es ver en pantalla a la plana mayor de los jugadores de la época -Zamora, Quincoces, Gorostiza...- en papeles de cierta envergadura. Bobby Deglané presenta en una sala de fiestas a otros actores y directores de cine, a algunos futbolistas y a varios directivos, entre ellos Cesáreo González, uno de los primeros productores españoles en sacar partido a sus contactos políticos, conciliando sus actividades como empresario cinematográfico y deportivo.

El resultado no debió ser malo porque Torrado se embarcó de inmediato en la realización de otros dos largomentrajes. El rey de las finanzas (1944) es un nuevo argumento de Adolfo y guión de Ramón con la colaboración de Heriberto Sánchez Valdés al servicio de la comicidad de Miguel Ligero. Éste es el motivo central de la película y productor y director no escatiman recursos para darle lustre. En el caso de Cesáreo González, recurriendo a una historia que bien podrían haber dirigido Juan de Orduña para Cifesa o Ignacio F. Iquino para Aureliano Campa, la de un pobre pícaro (Ligero) que se hace pasar por millonario por cuenta de unos hombres de negocios que se han inventado a un financiero excéntrico para correrse sus juergas nocturnas y que ahora debe seducir a una millonaria cubana (Mercedes Vecino) para que invierta sus caudales en la fabricación de carbón sintético. Pero el pobre tunante se enamora veras de la cubana y eso hace aflorar en él la honestidad de la que carecen los financieros. Un giro del destino propiciará el final feliz.

El trabajo de Ramón Torrado es plenamente funcional, sin alardes innecesarios. En ocasiones, se luce en escenas de comedia bufa, como la de la carrera pedestre en la que se cuela Ligero cuando se encuentra una mañana sin más atavío que un calzón y una camiseta. El juego con la hoja de calendario que utiliza como dorsal está resuelto con gran eficacia cómica y, salvo por las prestaciones físicas del intérprete, no desmerecería en una comedia de Keaton. A ratos se recurre al humor verbal; valga como ejemplo el galimatías cantinflesco con el que el personaje explica a las señoras los intríngulis de "la especulación de valores de la deuda exterior".

Sólo he visto parcialmente su tercer largometraje: Castañuela (1945). Aquí, Torrado captura las bulerías y soleares de la cantaora Gracia de Triana en planos medios e insertando contraplanos exentos de los protagonistas masculinos, con especial atención a la comicidad expresiva de Fernando Freyre de Andrade. La malagueña “Desde que te conocí”, cantada junto a la reja, a la luz de la luna, prefigura lo que se convertirá casi en un leitmotiv en sus películas en Cinefotocolor con Paquita Rico y Lola Flores.

domingo, 1 de abril de 2018

cámaras en el tibidabo

 

A lo largo de los años y, sobre todo, a raíz de los monográficos sobre parques de atracciones para Circo Méliès, fuimos recopilando imágenes de un buen puñado de películas rodadas en el del Tibidabo, en Barcelona. La Atalaya, el Ferrocarril Aéreo y El Avión son las atracciones más fotografiadas.

Nota del 25/09/2020

Un amable correspondiente nos facilita las precisiones que reproducimos a  continuación y conforme a las cuales realizamos las pertienentes correcciones en nuestro censo de rodajes en el Parque de Atracciones:

Referente al tema que Vd. trata en ella, le informo de que en la película “La malcasada”, de Francisco Gómez Hidalgo, de 1926, film conocido por los cameos de Franco, de Millán-Astray, o del Conde de Romanones, entre otros personajes de la época, también aparecen unas escenas rodadas en el Tibidabo: en concreto, se trata de un pequeño banquete organizado por Santiago Rusiñol en la terraza del Hotel Tibidabo (...).
Por otra parte, permítame unas breves apreciaciones referentes a la página:
-en la filmación que aparece en primer lugar, “La perle de la Méditerrannée: Barcelone“, de 1913, las imágenes no corresponden al Tibidabo, sino al Casino de la Rabassada, establecimiento que se encontraba en los montes interiores de la sierra, con vistas ya hacia el Vallès, y que desapareció durante la Guerra Civil, quedando hoy sólo ruinas dispersas por los bosques
-las escenas de la película “Entre las redes” (1967), o al menos los fotogramas que se muestran, pertenecerían al Parque de Atracciones de Montjuïc, la otra montaña barcelonesa; establecimiento también desaparecido, no hace muchos años
-el banquete que se muestra en “Fin de curso” está teniendo lugar casi en la misma posición que el de Santiago Rusiñol 17 años antes. (...) uno de los fotogramas que Vd. muestra precisamente de esta película, tampoco correspondería al Tibidabo. Contando desde arriba, es el segundo fotograma, en el que se observa un trenecito que sube y baja al discurrir sobre una vía ondulada. No puedo asegurar a qué centro recreativo pertenece esta atracción, pero diría que puede tratarse de Piscinas y Deportes.
-de primeros 1980s, hay un film de Zipi y Zape con escenas en el Tibidabo.
-he recordado una película más en la que hay una escena en el Tibidabo (...) Se trata del film “Veraneo en España”, de Miguel Iglesias, producida por “Exclusivas Arajol” en 1956, y en la que interviene, entre otros, Paco Martínez Soria, siendo éste quien aparece en la escena rodada en el Tibidabo.
-Pongo en su conocimiento una película más con escenas rodadas en el Tibidabo. Se trata de “La muerte del escorpión”, película de Gonzalo Herralde, de 1975 ó 1976, protagonizada por Teresa Gimpera.
-“Alma torturada”, protagonizada por Margarida Xirgu en 1916, y en la que hay escenas rodadas en la cumbre del Tibidabo (...) Las escenas en los bosques probablemente estén filmadas en las laderas próximas, pero es imposible ubicarlas.

La perle de la Méditerrannée: Barcelone (1913)
(está rodada en el Casino de la Rabassada)

 
Alma torturada (Magí Muría, 1916) 

 
Moros y cristianos (Maximiliano Thous, 1926)
 
Fin de curso (Ignacio F. Iquino, 1943)

El fugitivo de Amberes (Miguel Iglesias, 1955)
 
Veraneo en España (Miguel Iglesias, 1956)
 
No estamos solos (Miguel Iglesias, 1957)

 
Café de puerto / Malinconico autunno (Raffaello Matarazzo, 1958)

 
La frontera del miedo (Pedro Lazaga, 1958)

El Tibidabo, la popular montaña barcelonesa (Imágenes, núm. 701, 1958)

 
Amor bajo cero (Ricardo Blasco, 1960)

Roma de mis amores / Fontana di Trevi (Carlo Campogalliani, 1960)

 
La gran coartada (José Luis Madrid, 1962)

Un demonio con ángel (Miguel Lluch, 1963)

El mujeriego (Francisco Pérez-Dolz, 1963)


Piso de soltero (Alfonso Balcázar, 1964)


La vida es magnífica / Le voleur de Tibidabo (Maurice Ronet, 1964)


El tigre se perfuma con dinamita / Le Tigre se parfume à la dynamite (Claude Chabrol, 1965)

¡Cómo te amo! / Dio, come ti amo! (Miguel Iglesias, 1966)

Agente End / Sicario 77, vivo o morto (Mino Guerrini, 1966)
 
Kiss Kiss Bang Bang (Duccio Tessari, 1966)

07 con el 2 delante (Agente Jaime Bonet) (Ignacio F. Iquino, 1966)

L'inconnu de Shandigor (Jean-Louis Roy, 1967)

Entre las redes / Coplan ouvre le feu a Mexico / Moresque Obiettivo Allucinante
(Riccardo Freda, 1967), aunque se supone que la acción tiene lugar en México
(No es el Tibidabo, sino el Parque de Atracciones de Montjuïc)
 

El rublo de dos caras / Le rouble à deux faces (Etienne Périer, 1968)
 

Les cauchemars naissent la nuit (Jess Franco, 1972) 

 El ojo en la oscuridad / Gatti rossi in un labirinto di vetro (Umberto Lenzi, 1975)

La nueva Marilyn (José Antonio de la Loma, 1976)

La muerte del escorpión (Gonzalo Herralde, 1976)

 La máscara (Ignacio F. Iquino, 1977)

Alicia en la España de las maravillas (Jorge Feliu, 1979)

Las aventuras de Zipi y Zape (Enrique Guevara, 1981)

Asalto al Banco Central (Santiago Lapeira, 1983)


Los sin nombre (Jaume Balagueró, 1999)

The Machinist (El Maquinista, Brad Anderson, 2004)

 
Vicki-Cristina-Barcelona (Woody Allen, 2008)


Elisa K  (Judith Colell y Jordi Cadena, 2010) 
 
18 de junio de 1960