domingo, 22 de septiembre de 2019

lazaga 101 (16)


Al margen del ciclo dedicado a la Guerra Civil, Lazaga acomete en la segunda mitad de los sesenta la realización de dos obras de contenido esencialmente político, dos operaciones de hondo calado ideológico que intentan colar de matute su talante ultraconservador -el de los proyectos, no el de Lazaga- con la excusa del protagonismo infantil.

Desde finales de los años cincuenta Pedro Masó está a la que salta. La ilustración cinematográfica de las campañas oficiales resulta mejor que cualquier promoción y, de paso, rinde buenos réditos en la consideración oficial. El éxito de La ciudad no es para mí (1965) sella la alianza de Masó con Pedro Lazaga y propicia que el realizador de Valls ponga su oficio al servicio de la Operación Plus Ultra en 1966. A medio camino entre el paternalismo más vergonzante y la publicidad descarada del régimen, la campaña así denominada estaba organizada por la Cadena SER y patrocinada por Iberia y premiaba el heroísmo excepcional y la abnegación cotidiana de un grupo de niños que, en recompensa, eran enviados en un viaje por España con escalas también en Lisboa y Roma, con la audiencia papal como uno de los momentos culminantes de la gira. Lazaga arranca la película con imágenes del noticiario oficial No-Do, borrando desde el primer momento la linde entre lo que de realidad y ficción hay en la historia. Así se nos presenta a varios participantes en el viaje con acento fuertemente patético. Josefa Pérez Méndez, de Nigrán (Pontevedra) es una niña de once años que cuida de sus diez hermanos; uno de ellos es paralítico y ella lo transporta a sus espaldas a todos lados por lo que en el pueblo la han bautizado cariñosamente como "La Camioneta". La ficción irrumpe en el supuesto noticiario con la elección de Mari Carmen para el viaje, una niña de Sotillo de Adrada (Ávila). Mientras la maestra (Elvira Quintillá) corre a comunicarle la buena nueva, la imagen pasa del blanco y negro al color. El retrato de cada uno de los chicos, salpimentado con travesuras propias de la edad y con las mil diabluras que se les ocurren a muchachos que nunca han conocido la más mínima comodidad y se ven repentinamente alojados en el Hotel Plaza, se alterna con los recorridos turísticos (Sitges, Lisboa...), religiosos (el Vaticano) y patrióticos (la Escuela Naval de Marín). En alguna ocasión se inserta un flashback que es como una suerte de concentrado épico, resuelto a base de estilización. Como contrapunto las figuras cómicas de Pepe (Manuel Alexandre) y Rodríguez (José Luis López Vázquez) y el drama del organizador del evento, Juan Aguilera (Alberto Closas), que durante un mes ejerce de padre y madre de los niños que no ha tenido con Luisa (Julia Gutiérrez Caba). De este modo se produce una especie de continuidad natural entre Operación Plus Ultra y el díptico dedicado a La gran familia (Fernando Palacios, 1962-1965).

Los títulos de crédito de El otro árbol de Guernica (1969) aparecen sobreimpresionados sobre un montaje de imágenes de archivo de la Guerra Civil, convenientemente descontextualizadas, salvo por la inclusión de varios rótulos con localidades vizcaínas entre los que el de Guernica es el que más tiempo permanece en la pantalla. Inmediatamente después, el editorial, al modo de los que sirven de exordio a otras películas de Lazaga centrados en el conflicto bélico y que busca guiar la lectura del espectador hacia posturas conciliatorias y humanistas... que el vencedor concede al derrotado: "Esta película va dirigida a todos los españolas: a los mayores y a los pequeños, a los que lucharon en un bando y en otro, a los que han echado raíces en la tierra que les vio nacer y a los que viven lejos de la patria".

La operación de desmemoria se completa cuando, en los primeros compases de la cinta, los niños evacuados de Bilbao encuentran en la playa de Ostende un viejo casco bajo el que hay una calavera. El maestro que les acompaña (José Montijano) les explica entonces que en Ostende se libró una cruenta batalla durante la Gran Guerra. "¿Por qué la gente hace la guerra, don Segundo?", pregunta inocentemente Santiago (José Manuel Barrio), el púber protagonista. "No lo sé -contesta el adulto-, las guerras vienen muchas veces sin saber por qué?" Probablemente esto fue lo que más irritó a esos españoles que habían tomado el camino del exilio -exterior o interior, tanto da- a los que teóricamente también estaba dedicada la película.

Lazaga recupera la vena caligráfica, un tanto olvidada en sus comedias recientes, reduce el uso del zoom considerablemente, o lo utiliza con fines enfáticos, como cuando la mirada del adolescente recién instalado en su nuevo domicilio en Bruselas se dirige hacia la foto de sus padres y al mapa de la península ibérica. Un álbum de cromos con imágenes de España que tiene su hermana pequeña (Inma de Santis) cumple la misma función evocadora y nostálgica. La reunión de chicos y chicas en el colegio de monsieur Fleury (Marcelo Arroita-Jáuregui) servirá de crisol de esta España constituida por madrileños de Chamberí, barceloneses amantes de las sardanas y valencianos dispuestos a armar una falla con lo primero que les venga a mano. Un árbol del jardín del colegio que les protege de la tormenta, se convertirá en su nuevo árbol de Guernica. La animadversión de una profesora belga, mademoiselle Jacquot (Mercedes Borque), o el enfrentamiento con un profesor de Historia que alimenta la "leyenda negra" sobre la colonización de América servirán para estrechar aún más los lazos nacionales entre los españoles y exaltar su sentimiento patriótico. Las tribulaciones del primer amor por una catalana recién llegada (Sandra Mozarowsky), la enfermedad de un compañero (Francisco Serrano), y, sobre todo, la relación de Santiago con su hermana, pondrán otras tantas notas sentimentales resaltadas siempre por la partitura de Antón García Abril.

La operación de vaciado ideológico, tras la campaña de los "25 años de paz", abrió heridas aún no cicatrizadas, de modo que la parte más agria de la entrevista que Antonio Castro realiza a Lazaga para su libro El cine español en el banquillo (1974) se centre en sus intenciones al realizar la cinta. Lazaga defiende que no se trata de una película de guerra, sino de amor, y que se ha limitado a trasladar a la pantalla el texto de Luis de Castresana -galardonado, por otra parte, con el Premio Nacional de Literatura en 1967-. No cuenta -lo hará Florentino Soria, que figura como coguionista del proyecto con Pedro Masó- que la adaptación fue promovida por la propia Dirección General de Cinematografía entonces bajo la responsabilidad de Carlos Robles Piquer. Masó, siempre atento a este tipo de proyectos que obtenían inmejorables calificaciones oficiales, asumió la producción y le confió su realización al siempre eficaz Lazaga. El sonrojante final, con los niños celebrando su regreso a España –o sea, la derrota del bando en el que, al menos geográficamente, vivían sus familias- en abril de 1939, supone una bofetada para cualquiera que treinta años después no se sintiera plenamente identificado con las consignas oficiales.

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