Ramón es el hermano menor del dramaturgo Adolfo Torrado, cuyo apellido llegó a ser sinónimo de un modo de entender el teatro: el "torradismo". En 1941 Isabelita Garcés presenta Chiruca en el Infanta Isabel, del que es empresario su marido, Arturo Serrano. Adolfo Torrado, prolífico como pocos, proporciona varios éxitos de ambiente galaico a la peculiar intérprete, pero sobre todo populariza los logros de Pedro Muñoz Seca anteriores a la guerra. Si el autor andaluz ya había sido tachado repetidamente de fácil y populista, Adolfo Torrado se hace acreedor de las agravantes de premeditación y alevosía. Suyo es el argumento de ¡¡Campeones!! (1943), la película con la que Ramón debuta en la dirección. Antes ha hecho sus pinitos en el mundo cinematográfico, según confiesa en la revista Primer Plano:
Yo escribí en colaboración con [Heriberto Sánchez] Valdés el argumento de la primera película que se hizo en España después de la guerra [Manolenka]; la protagonizaron Lina Yegros y Pepe Nieto, y la dirigió Pedro Puche. [...] Después... Actué como asesor técnico en El famoso Carballeira, cuya adaptación cinematográfica había hecho yo mismo con Mignoni, el director; fui también —a raíz de fundar Cesáreo González Suevia Films— jefe de producción de Polizón a bordo y de Unos pasos de mujer; escribí con Valdés el argumento de La rueda de la vida... [Primer Plano, núm. 177, 5 de marzo de 1944.]
Inmediatamente realiza un cortometraje titulado Tres maletas y un lío (1942) y con este bagaje, se lanza a la dirección de ¡¡Campeones!! Aviación y balompié se dan la mano en la trama. Los equipos de fútbol de una empresa de construcciones aeronáuticas y otra de locomotoras -El Volador y El Locomotor- viven en perpetua rivalidad deportiva. A la primera se incorpora Eduardo (Carlos Muñoz), al que su padre quiere meter en vereda debido a que su afición a actuar como guardameta en un equipo de barrio proporciona continuos disgustos a la familia. Cuando Eduardo decide sustituir a Julio (José María Seoane), el portero titular con un grave problema con la bebida, empieza a recibir las atenciones de Charito (Mary Cruz Fuentes), sobrina de la propietaria de El Locomotor. Por ella deja de lado el cariño sincero de Paulita (Luchy Soto).
Al margen de la excusa argumental, el principal aliciente de la película de debut de Ramón Torrado es ver en pantalla a la plana mayor de los jugadores de la época -Zamora, Quincoces, Gorostiza...- en papeles de cierta envergadura. Bobby Deglané presenta en una sala de fiestas a otros actores y directores de cine, a algunos futbolistas y a varios directivos, entre ellos Cesáreo González, uno de los primeros productores españoles en sacar partido a sus contactos políticos, conciliando sus actividades como empresario cinematográfico y deportivo.
El resultado no debió ser malo porque Torrado se embarcó de inmediato en la realización de otros dos largomentrajes. El rey de las finanzas (1944) es un nuevo argumento de Adolfo y guión de Ramón con la colaboración de Heriberto Sánchez Valdés al servicio de la comicidad de Miguel Ligero. Éste es el motivo central de la película y productor y director no escatiman recursos para darle lustre. En el caso de Cesáreo González, recurriendo a una historia que bien podrían haber dirigido Juan de Orduña para Cifesa o Ignacio F. Iquino para Aureliano Campa, la de un pobre pícaro (Ligero) que se hace pasar por millonario por cuenta de unos hombres de negocios que se han inventado a un financiero excéntrico para correrse sus juergas nocturnas y que ahora debe seducir a una millonaria cubana (Mercedes Vecino) para que invierta sus caudales en la fabricación de carbón sintético. Pero el pobre tunante se enamora veras de la cubana y eso hace aflorar en él la honestidad de la que carecen los financieros. Un giro del destino propiciará el final feliz.
El trabajo de Torrado es plenamente funcional, sin alardes innecesarios. En ocasiones, se luce en escenas de comedia bufa, como la de la carrera pedestre en la que se cuela Ligero cuando se encuentra una mañana sin más atavío que un calzón y una camiseta. El juego con la hoja de calendario que utiliza como dorsal está resuelto con gran eficacia cómica y, salvo por las prestaciones físicas del intérprete, no desmerecería en una comedia de Keaton. A ratos se recurre al humor verbal; valga como ejemplo el galimatías cantinflesco con el que el personaje explica a las señoras los intríngulis de "la especulación de valores de la deuda exterior".
Sólo he visto parcialmente su tercer largometraje: Castañuela (1945). Aquí, Torrado captura las bulerías y soleares de la cantaora Gracia de Triana en planos medios e insertando contraplanos exentos de los protagonistas masculinos, con especial atención a la comicidad expresiva de Fernando Freyre de Andrade. La malagueña “Desde que te conocí”, cantada junto a la reja, a la luz de la luna, prefigura lo que se convertirá casi en un leitmotiv en sus películas en Cinefotocolor con Paquita Rico y Lola Flores.
Addenda del 9 de abril de 2026:
Vista Castañuela... Dos posibilidades de ascenso social se le ofrecen Castañuela (Gracia de Triana), una mocita de cortijo criada entre toros y alegría sus compañeros de fatigas: el amor interclasista y el dedicarse al mundo del espectáculo. Son las vías para escapar de la miseria que se abren ante las chicas pobres y con una alondra en la garganta del cine español de estos años. Pero ninguna de las dos parecen satisfacer a Torrado y a Antonio Casas Bricio como guionistas de la cinta. Su amor por Manuel Cruz (Ricardo Acero), el señorito perdis del cortijo, está teñido de buenos sentimientos, tanto que Manuel llegará a verse como ella lo ve: indigno en sus amores con la bailaora Carmela Montoya (Victoria Cabo) y redimido al sentar la cabeza con su prima María Isabel (Conchita Sarabia). En cuanto a dedicarse al cante en tablaos y café cantantes, como le sugiere la bailaora... para eso hay que perder antes la vergüenza y Castañuela tiene demasiada dignidad para seguir ese camino. ¿Qué le queda entonces? El amor sin grandes pasiones y entre iguales de Gabriel (César Guzmán), criado en el cortijo como ella y dispuesto a llevarla a la escuela de adultos que atiende un maestro (Félix Fernández), que piensa —acaso demasiado republicanamente— que todas las personas tienen derecho a la cultura, “aunque sean mujeres”. La sinopsis presentada a censura concluye con la interpretación que guionistas y productor buscaban en este final feliz: “Finalmente Castañuela, convencida de que su amor con Manolo Cruz es imposible y conquistada a su vez por el afecto y la bondad de Gabriel, encuentra la felicidad en el amor de éste”. [Archivo General de la Administración, caja 36/03231.]
Por el camino, un puñado de canciones y estampas de toros bravos en la dehesa, como corresponde al género. Fernando Freyre de Andrade se hace cargo del papel cómico —juerguista, malcasado, cobarde—, amigo y contrapunto del soso protagonista, que a lo largo del metraje no hace otra cosa que dejarse querer por las tres mujeres. Tendrá que ser Castañuela la que le saque las castañas del fuego.
Muy cuidada fotografía de José F. Aguayo, en algunos interiores nocturnos de un buscado efectismo y, sobre todo, en exteriores con chumberas y anubarronados, que a ratos recuerdan al trabajo de Gabriel Figueroa con el “Indio” Fernández.
Torrado demuestra dotes de buen narrador, manteniendo el ritmo y moviendo la cámara con justeza para relacionar a los personajes. El gag de las tiendas y colmados que se vacían en Nochebuena gracias al rumbo de Manuel está bien resuelto, aunque, como otras de ambiente andalucista, la película busque en muchas ocasiones la apoyatura en el chiste verbal. Por suerte para el espectador contemporáneo, Gracia de Triana se muestra como una actriz contenida, ajena a los mohínes y “la grasia que no se pué aguantá” de otras “mi arma” contemporáneas: una suerte de punto medio entre el exceso de Estrellita Castro y el señorío de Juanita Reina. Seguramente por ello su carrera cinematográfica fue tan breve. Como protagonista, sólo volvemos a encontrarla en La Cruz de Mayo (Florián Rey, 1955).

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