Actualizado el 19 de abril de 2026
El salto en la filmografía de Lazaga
de Alfredo Landa a Javier Escrivá supone también un giro genérico: de la comedia con algún apunte satírico
al melodrama erótico -y moralista sin concesiones- en clave de fotonovela.
La principal intriga que plantea El chulo (1974) no es la de su macguffin -un muñeco anatómico que el protagonista saca de una maleta roja antes de acostarse con cualquier mujer-, sino su mera existencia. ¿Cómo semejante argumento, para el que hicieron falta los talentos conjuntos de Leonardo Martín, José María Palacio y Andrés Dolera, llegó a la pantalla? Javier Escrivá es un donjuán tan improbable como su pasión por la poesía de Rilke y su condición de universitario cuando conoce a Isabel (Nadiuska), una prostituta aterrorizada por un temor inexplicable -e inexplicado-, que luego resulta ser plausible porque muere asesinada cuando Carlos (Escrivá) ya se ha convertido en su proxeneta. Durante el entierro, otras compañeras de profesión se le ofrecen sin el más mínimo pudor y él explota a unas y a otras sin que jamás tengamos conciencia de cómo entran y salen de su vida... Lo único que Lazaga se preocupa en resaltar es que hay un extraño trauma infantil que impide a Carlos copular si no es en presencia de un extraño muñeco que reproduce el esqueleto, los músculos y las vísceras de un cuerpo humano y que su presencia evoca en su interior una versión distorsionada del bolero Bésame mucho. El intento de suicidio de Lolita (Bárbara Rey), la educación del hijo de Eva (Mónica Randall), el lesbianismo de Celia (Tere del Río)... son incidentes que Carlos solventa propinando las pertinentes bofetadas a sus pupilas o castigándolas con la retirada de sus atenciones, en un juego sadomasoquista de una puerilidad inconcebible. El verdadero amor -y la resolución del trauma- llega de la mano de la ingenua Susi (Silvia Tortosa), también devota de Rilke. Un flashback nos traslada entonces a la adolescencia toledana de Carlitos, a su virginidad perdida en brazos de una fogosa farmacéutica (Elisa Montés) y a su aprendizaje del sexo mercenario con doña Mercedes (Helga Liné). El amor verdadero, el que conoce junto a Susi, le lanza, de vuelta al presente y en Toledo, por los despeñaderos del melodrama -o de la fotonovela, tanto da- en un calvario de redención que en un momento prefigura el de American Gigolo (Paul Schrader, 1980). ¡Ahí es nada! Claro, que en estos años Lazaga transita por este camino de dramas intensos -el reencuentro entre Carlos y Susi reúne, salvo por la cámara lenta, todas las características formales de la películas románticas de Claude Lolouch- con inserciones cómicas -que no humorísticas- que nunca terminan de empastar en el conjunto.
En la cresta de la ola (1974) presenta al profesor Oñate (de nuevo Javier Escrivá), director del Instituto de Investigaciones Psicosociales, preocupadísimo por la juventud europea a la que, al parecer, el erotismo desenfrenado arrastra al consumo de drogas y a la pérdida de toda clase de valores. Tal es la tesis que ha defendido en un congreso internacional y la que expone en rueda de prensa a su regreso a España, hasta que Teresa (Vicky Michelle), joven periodista, le pone en evidencia al preguntarle cuál era la edad media de los asistentes al congreso. Irene (Julia Gutiérrez Caba), la influyente esposa del profesor, hace que la despidan del periódico y Teresa planea con su amigo Germán (Pepe Lara) la venganza. Seducirá al profesor Oñate y así se hará pública su hipocresía. La cosa va sobre ruedas porque, para resarcirla del despido, el profesor le ofrece trabajo como investigadora. Su eficacia profesional y el creciente interés que el profesor se toma por ella, habida cuenta de que su mujer sólo se interesa por su ascenso profesional, culmina en un idilio en Mallorca, durante un nuevo congreso. Pero, por el camino, Teresa se ha enamorado de él de verdad.
El ya archiprevisible zoom gana protagonismo en una escena de montaje en la que Lazaga retrata el extrañamiento de Oñate cuando, tras el sacrificio de Teresa, parece que la vuelta al opresivo entorno familiar resulta inevitable. Se trata de un tour de force de ocho minutos sin diálogo que Alfonso Santacana monta al ritmo de la machacona música de José Luis Navarro. La censura ordenó suprimir el corte de mangas que el profesor le hacía a su mujer al final de la cinta y la mutilación se realizó sin anestesia, de modo que las siguientes capturas corresponden a dos fotogramas contiguos de la copia que se dió por definitiva...
Lo más sorprendente de En la cresta de la ola es la presencia de un personaje como el de Pepe, apenas veladamente bisexual, que mantiene el mismo interés por Teresa que por su representante (Adolfo Arlés), quien pretende embridarlo mediante la promesa de un contrato de grabación.
Extrañas -o acaso buscadas- coincidencias iconográficas las que se producen entre La amante perfecta (1976) y Los años desnudos
(Félix Sabroso y Dunia Ayaso, 2008). Hay como una pátina de un tiempo
con querencias trágicas común y, sobre todo, un medio. Si existía la
tentación de buscar el modelo verídico para cada una de las tres divas
del cine clasificado S que proponían Ayaso y Sabroso, aquí está situado
en primer término. ¿Cómo no leer el ascenso y caída de Lina Reyes en
clave de lo ocurrido con la carrera de la propia Nadiuska? En la
secuencia de apertura, Lazaga se interpreta a sí mismo junto a la
cámara, marcando durante la toma, de viva voz, cada movimiento y cada
mirada de su actriz. Es el rodaje del último plano de una película cuyo
título coincide con la que vamos a ver y a cuyo estreno en el cine
Carlos III -propiedad de los hermanos Reyzábal, los productores de esta
cinta- asistimos en una extraña pirueta metaficticia. A la salida del
cine, mientras Irene (Helga Liné), su representante, entretiene a los
periodistas Lina Reyes acepta la invitación de Raúl (Arturo Fernández). Éste
la lleva a su lujosa casa en cuyos muros cuelga un retrato de una mujer
de la época romántica idéntica a ella. Pero cuando la deja en su casa,
descubrimos que: a) es un canalla de medio pelo con un pasado delictivo,
b) es el amante de Irene, y c) trabaja para un delincuente sofisticado
conocido como "El Grande" (una vez más Javier Escrivá). El cortejo se prolonga
durante unas semanas, las suficientes como para que Raúl se gane la
confianza de Lina y "El Grande" pueda ejecutar un golpe maestro: el robo
de la colección de joyas Daumier (Alfredo Mayo), valorada en doscientos
millones de pesetas y que Lina va a exhibir en una gala. Nada es lo que
parece, los que parecían aliados se han convertido en enemigos de Raúl y
la cita para entregar las joyas en un poblado donde se rodaban hace
tiempo westerns termina de mala manera. El foco del relato está ahora en
Raúl y Lina parece un personaje olvidado. Con este extraño quiebro
desembocamos en el tercer acto del drama, donde el ingreso de Lina en
prisión por el robo de las joyas vuelve a traerla a primer plano y nos
conduce por los despeñaderos del folletín. Debido a su ficha policial la
otrora mimada estrella del cine y la revista, se ve abocada a hacer
estriptis en una sala de mala muerte y a alternar después con los
clientes. La llamada de Raúl podría suponer su redención, pero la
policía sigue al acecho.
Aparte de la extraña
configuración genérica y del cambiante punto de vista, Lazaga enlaza
zoom tras zoom y, cuando los amantes se abrazan en un refugio de alta
montaña, desaparecen del cuadro y el transfocator busca el fuego de la chimenea
en un tropo tan manido que uno está tentado de preguntarse si no será un
gag.
Aunque Javier Escrivá esté ausente del reparto, Ambiciosa (1975) encaja a la perfección en este lote de melodramas eróticos. Según ha anunciado al principio de la cinta, Lazaga recurre a un
marco visual propio de la fotonovela, con sus ambiciones desmesuradas,
sus intrigas familiares y sus ambientes supuestamente sofisticados. O
sea, una versión kitsch del melodrama sirkiano.
Armada de su belleza y educada sentimentalmente en las fotonovelas y en el folletín radiofónico del conde y la doncella desflorada, Juana (Teresa Rabal) va escalando de hombre en hombre hasta conseguir el triunfo absoluto, el que sólo otorga el dinero. Primero se camela en el pueblo a un amigo de su padre (Manuel Alexandre), ya un poco senil. Luego juega al ratón y el gato con Esteban (Manolo Zarzo) el compañero de caza de aquél. Es así como entra a trabajar en la licorería de don Matías (José Bódalo), el tío de Esteban. De ahí a introducirse en la casa, sólo hay un paso. Margarita (May Heatherly), la nieta, le da clases y busca intimar con ella; Alberto (Tony Isbert), el nieto recién regresado de Londres, se ofrece a enseñarle inglés y don Matías, el patriarca, sólo quiere que le atienda ella. De modo que toda la familia se dedica a espiarla por el ojo de la cerradura cuando por la noche se desnuda, escena a la que parece aludir el título del guión de José Vicente Puente: “Una criada a la luz de la luna”. Es uno de los pocos momentos en que Lazaga apuesta por la comedia en este drama erótico en el que el erotismo nunca alcanza el nivel exigible en un producto de este tipo. En su lugar, el argumento va acumulando intrigas psicológicas -el relato de su violación cuando tenía catorce años- y alusiones al ascenso social y a la impermeabilidad de las castas.





