domingo, 5 de julio de 2026

demicheli y los superagentes

El ítalo-argentino Tulio Demicheli debuta como director en 1950 y durante los siguientes tres años factura seis películas con las que se labra un prestigio internacional. Sus diferencias con el peronismo le conducen al exilio. Su siguiente etapa profesional tiene lugar en México. Otros realizadores argentinos habían recalado antes en España, país en el que Demicheli trabaja por primera vez en 1956, en la adaptación cinematográfica de La herida luminosa, una coproducción hispano-mexicana encubierta de Producciones Cinematográficas Balcázar. En 1959 se establece en España donde se convertirá en un prolífico realizador, afín a toda clase de géneros y filones. En 1980 declara:

Si la historia es atractiva y aborda un tema de interés general, lo apruebo. Algunos argumentos tienen por finalidad transmitir un mensaje al público, mientras que otros se limitan a procurarle diversión. La finalidad de cada película puede ser muy diversa, pero todas son aceptables en la medida en que tenga calidad. Considero que es necesario hacer todo tipo de películas, no sólo de denuncia social; debemos satisfacer el gusto del público, y para ello necesitamos hacer películas que aborden los más diversos temas. [Jaime Tetzpa Zayaz: "El talento del director es la base del éxito o fracaso de un filme, afirma Tulio Demicheli", en El Heraldo, 29 de julio de 1980.]

Entre las películas de entretenimiento, Demicheli se apunta a la moda de los superagentes en tres ocasiones. Como en dos de ellas se hace cargo de la dirección, la producción y participa en la confección del guión, habremos de dar por hecho que deben de existir rasgos "autorales" en ellas. 

Jesús Franco firma con el seudónimo de David Khune el argumento original de Misión Lisboa / Da 077 Intrigo a Lisbona / 077 intrigue à Lisbonne (1965). Aunque el italiano Federico Aicardi figura en ocasiones como codirector, en la copia italiana su crédito es el de productor. Demicheli se hace cargo de la dirección y lo hace con pulso seguro y cierto regusto clasicista en la planificación. La crítica de Pascual Cebollada en el diario católico Ya incide en este punto:

La buena realización de Tulio Demicelli [sic] soporta con desigual fortuna los tópicos del género. Algunas originalidades en la presentación de aparatos mecánicos —un televisor de maleta, un moscardón teledirigido que es un micrófono o la sorprendente imagen de un maniquí femenino que es una estación transmisora— producen, más que asombro, hilaridad y contribuyen a dar el tono de humor, inverosimilitud y simpleza que caracterizan a la película. [Pascual Cebollada autocitándose en: Fernando Rey. Madrid: Centro de Investigaciones Literarias Españolas e Hispanoamericanas, 1992, pág. 209.]

Y Castell se muestra en franco desacuerdo en la Hoja del Lunes de Barcelona:

Los ingredientes están ahí, pero Tulio Demicheli no los trabajó con la eficacia precisa por falta de vivacidad en el desarrollo, dejando en simplemente aceptable lo que pudo haber sido buen ejemplo del género. [Castell: “Cine: Novedades de la semana”, en Hoja del Lunes (Barcelona), 6 de diciembre de 1965, pág. 20.]

No le falta razón a ninguno de los dos. Misión Lisboa es una película de intriga, más que de aventuras. El reducido número de escenarios internacionales y la primacía de los interiores parecen jugar a la contra. Además, Glenn Farrell, el agente 077 (Brett Halsey) está ausente del metraje durante la primera media hora, centrada en las intrigas del modisto Jean-Paul (Fernando Rey) y su cómplice Olga (Jeanne Valerie) para hacerse con la fórmula de Von Kelster para el Grupo Fénix. Luego, Farrell pasea su palmito por el hotel, tontea con Terry Brown (Marilù Tolo), con otras espía en busca de la misma clave y escucha sus conversaciones gracias al moscardón teledirigido. Todavía tarda otra media hora más en llegar una escena de acción, cuando 077 debe escapar de un grupo de matones en un club. Mientras tanto, la trama se ha desarrollado a base de largos bloques de suspense, entre los que se llevan la palma las escenas del cadáver molesto en el hotel. Cuando la cinta va cumpliendo la hora y media, Terry desentraña el enigma escondido en un fado: Castelo de Palmela. Hacia allá se dirigen unos y otros para hacerse con la fórmula de von Kelster.

Al igual que el Meliá Don Pepe es el hotel de referencia para los espías internacionales alojados en la Costa del Sol, el Estoril-Sol de Cascais, lo es para los que visitan Portugal. Cuando Demicheli rueda allí está recién inaugurado y con sus veintiuna plantas ha sido bautizado como el “hotel de los americanos”. 

Misión en Lisboa destaca por contar con una notable presencia femenina entre los protagonistas. Se trata además de personajes activos, aunque la inercia genérica parece empujarlas a asumir un papel secundario con respecto a los varones. En cuanto a su participación en esta película, recordaba Fernando Rey:

Yo había hecho Viridiana y no me había valido de nada. Sobrevivía gracias al idioma, inglés o francés, haciendo mierdas. Me reprochaban que no tuviese más dignidad e hiciese teatro. Pero como el teatro era tan cansado —yo he hecho en tiempos hasta cuatro funciones los domingos— yo prefería ir a Estoril para hacer Misión Lisboa y hacer amistades. [Pascual Cebollada: Fernando Rey. Madrid: Centro de Investigaciones Literarias Españolas e Hispanoamericanas, 1992, pág. 209.]

En la coproducción Nuestro agente en Casablanca / Il nostro agente a Casablanca (1966), los italianos Fulvio Gicca y Vittoriano Petrilli se encargan de adaptar, junto con el propio Demicheli, la novela de la colección FBI Club Dedos de plata, de Juan Gallardo Muñoz, alias "Curtis Garland". Aunque Nuestro agente en Casablanca obtiene en España una taquilla por encima de la media —más de seiscientas mil entradas— Juan Gallardo apenas sacará beneficio alguno del acuerdo firmado entre la productora de Demicheli y la editorial Rollán, ignorando al autor. [Juan Gallardo Muñoz: Yo, Curtis Garland. Barcelona: Morsa, 2009, pág. 75.]

La intriga —plenamente inscrita en el filón 007, subsección fantaspionaggio— sigue las aventuras de Brian Kervin (Lang Jeffries) en Marruecos, cuya misión es recuperar un dossier en el que aparecen datos comprometedores sobre el pasado nazi de un dictador asiático que colabora con Estados Unidos en la guerra de Vietnam. Los alemanes tienen a sueldo a un asesino (Paco Morán) con una mano de plata que produce descargas eléctricas letales, con el que Kervin deberá enfrentarse una y otra vez. Pero no es el más peligroso de sus contrincantes porque hay tres mujeres interesadas también en el dossier: Nadja, la secretaria marroquí de la embajada alemana (Olga Omar); Ingrid van Heufen (Thea Fleming), la ambiciosa viuda del primer agente asesinado al intentar hacerse con los papeles; y la bailarina libanesa Zara (Barbara Nelli). Ninguna de ellas es lo que parece y terminarán teniendo un protagonismo inusitado en una película de este género, donde los personajes femeninos suelen durar lo que un rato de amor.

Este capricho —llamarlo alegato sería excesivo— protofeminista, las derivaciones fantastique de la trama, el intenso regusto pulp que destila el conjunto y una sana ironía son las principales bazas de la película. La abundancia de papeles femeninos relevantes, algunos resabios hitchcockianos, los inevitables escenarios exóticos retratados en Techniscope y la corrección formal en detrimento de la fantasía que impera en los materiales de base proporcionados por Jesús Franco y Curtis Garland son algunas de las características "autorales" del díptico superagentístico de Demicheli que señalábamos al principio.

Cierra el ciclo Secretísimo / Segretissimo (1967), cuya financiación española corre por cuenta de Producciones Cinematográficas Tulio Demicheli, de Madrid, aunque el argentino ceda en esta ocasión la realización a Fernando Cerchio. El libreto está firmado en solitario por Nino Stresa y Demicheli se encarga esta vez únicamente de los diálogos en castellano.

John Sutton (Scott) sigue el rastro de un alemán (Antonio Gradoli) escapado de un campo de prisioneros soviético, de Berlín a Casablanca y de allí a Roma y a Nápoles, en uno de cuyos clubs nocturnos trabaja Zaira (Aurora de Alba), novia de un marroquí asesinado que había llamado a Sutton para ofrecerle información sobre el alemán huido. Por el camino se tropieza con la bella turista francesa Sandra Dubois (Magda Konopka) y con el siniestro Miguel (de nuevo Paco Morán). El macguffin importa tan poco que apenas nos enteramos de que consisten en unos archivos nazis cuando el jefe de la organización que piensa venderlos al mejor postor (Umi Raho) se los enseña al protagonista desde una ventana. Luego resulta que Sandra no es francesa, sino una eficacísima agente soviética y que comunismo y capitalismo pueden terminar encamados después de haber eliminado al enemigo común.

Hasta bien cumplida la mitad del metraje todo se desenvuelve en un ambiente de traición y erotismo sesentero, pero no hay verdaderamente acción. Es a partir de una pelea en la playa, durante las fiestas de Piedigrotta, que la cinta empieza a adquirir algo de carácter: persecuciones por las azoteas de instalaciones industriales, los malvados disfrazados de inofensivas monjitas, una jaula en la que Sutton viaja suspendido de un helicóptero para ser depositado en mitad de un descampado donde le esperan sus enemigos, un Fiat 600 cerrado y cruzado en mitad de una vía férrea —en la mejor tradición del serial— del que el héroe escapa... ¡con un abrelatas!

No obstante, las notas irónicas están presentes desde el principio: los títulos de crédito proponen una serie de agentes secretos precedidos siempre de un cero y toda clase de operaciones y misiones, antes de formular el título Secretísimo. Más adelante, Sutton, lector impenitente de tebeos de Superman, consigue escapar de los villanos para caer en un garaje donde un tipo le ametralla sin miramientos. Se sorprende al comprobar que sigue ileso a pesar de la ráfaga. De todos modos tiene que aguantar la bronca del director de la película en cuyo rodaje ha irrumpido inopinadamente: Agente Segret 0077.