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domingo, 14 de junio de 2026

la era del techniscope: dramas

 
Abajo espera la muerte / Delitto d'amore (Juan de Orduña, 1964)
 
 
 Loca juventud / Questa pazza, pazza, pazza gioventù / Le Petit gondolier (Manuel Mur Oti, 1964)

Una historia de amor (Jorge Grau, 1966)

Si volvemos a vernos (Smashing Up) (Francisco Regueiro, 1967)

Mañana será otro día (Jaime Camino, 1967)

Volver a vivir / Grazie, amore mio (Mario Camus, 1967)

Sharon vestida de rojo (Germán Lorente, 1968)

Horas prohibidas (Juan Xiol, 1968)
 
Cover Girl (Amor en un espejo) (Germán Lorente, 1968)

Las gatas tienen frío (Carlos Serrano, 1969)

Me enveneno de azules (Francisco Regueiro, 1969)

El mejor del mundo (Julio Coll, 1969)

Hembra (Prohibido) (César Fernández Ardavín, 1970)

El gran crucero (José Gutiérrez Maesso, 1970)

¿Quién soy yo? (Ramón Fernández, 1970)

Laia (Vicente Lluch, 1971)

No es bueno que el hombre esté solo (Pedro Olea, 1973)
 
La otra imagen
(Antonio Ribas, 1973)

Bajas pasiones / La fêlure (Antoine de Bersy, 1974)

Un día con Sergio (Rafael Romero Marchent, 1975)
 
La trastienda (Jorge Grau, 1975)

Lucecita (José Luis Madrid, 1976)

Tu Dios y mi infierno (Rafael Romero Marchent, 1976)
 
Pasión / Delirio d'amore (Tonino Ricci, 1977)

 
Secretos de alcoba (Francisco Lara Polop, 1977)

... y las muy tardías...

La zorra y el escorpión (Manuel Iglesias, 1983)

Invierno en Marbella
(José Luis Madrid, 1983),
un drama erótico que no obtuvo la clasificación "S"

domingo, 8 de marzo de 2020

hacia un cine en catalán

¡Después de más de treinta años, el catalán vuelve al cine!

Actualizado el 2 de agosto de 2025

La prohibición de partida durante el franquismo de utilizar la lengua vernácula en el cine realizado en Cataluña provocó una serie de tensiones entre la administración central, los sectores más inquietos de la cultura nacionalista y la propia industria, que, a partir de la autorización para la representación de sainete de Serafí Pitarra Lo ferrer de tall en 1946, veía cómo el teatro convocaba en exclusiva a ese segmento del público.

En un artículo titulado "Excepciones a la norma: la incidencia de la lengua catalana en la producción cinematográfica barcelonesa del período mudo (1896-1931)", Esteve Riambau realizaba el siguiente censo de películas que tuvieron algún pase en catalán entre 1939 y 1975: El Judas (Ignacio F. Iquino. 1952), Verd madur / Siega verde (Rafael Gil, 1960), Maria Rosa / María Rosa (Armando Moreno, 1964), En Baldiri de la costa / El Baldiri de la costa (José María Font-Espina, 1968), L'advocat, el batlle i el notari / El abogado, el alcalde y el notario (José María Font-Espina, 1969), Paraules d'amor / Palabras de amor (Antonio Ribas, 1970), La llarga agonia deis peixos fora de l'aigua / La larga agonía de los peces (Francisco Rovira-Beleta, 1970), Laia (Vicente Lluch, 1971) y La ciutat cremada / La ciudad quemada (Antoni Ribas, 1975). [Esteve Riambau en Actas del V Congreso de la AEHC. La Coruña, CGAI, 1995.] A éstas hay que añadir, al menos, el "doblaje" de La ferida lluminosa / La herida luminosa (Tulio Demicheli, 1956), realizado en 1966.

Edgar Neville, pionero en tantas cosas, expone en 1947, mientras rueda en Barcelona la adaptación de Nada, de Carmen Laforet, su intención de rodar L'auca del senyor Esteve en doble versión:

Para mí, L'auca es la segunda gran novela española, tras el Quijote, que es la primera. El hecho del que L'auca no esté traducida al castellano es un bochorno para todos, pues evidencia nuestra absoluta falta de curiosidad. Quiero hacer la película en sus versiones catalana y castellana, bucando para ésta actores que conserven el acento catalán. ["La alegría que pasa.... Del rodaje de Nada", en Destino, núm. 508, 12 de abril de 1947.]

Pero cuando un año más tarde logre su propósito, El señor Esteve (Edgar Neville, 1948) tendrá únicamente versión española. Así, que los primeros intentos de hacer cine en catalán durante el franquismo —doblaje mediante— se dan a principios de la década de los cincuenta. Estela Films, una productora afín al catalanismo católico, mantiene contactos oficiosos a fin de poder estrenar en catalán el largometraje de animación Érase una vez (Alexandre Cirici Pellicer y José Escobar, 1950). Resultan infructuosos. Otra cosa es la inclusión interesada de unas frases en dicha lengua. Por esas mismas fechas, Agustina de Aragón (Juan de Orduña, 1950) recrea la resistencia española a la invasión napoleónica poniendo el acento tanto en el carácter disolvente y amoral de los invasores como la esencia católica del movimiento popular, reunido en los peores momentos del asedio de Zaragoza en esa especie de claustro materno que es la basílica del Pilar. La resistencia se organiza en Madrid, Móstoles, Valencia, Barcelona... El catalán, prohibido en otros ámbitos, se escucha en las arengas que levantan al pueblo contra los franceses. 

Siempre presto a acogerse a alguna de las subvenciones oficiales y aprovechando la proximidad de la celebración del Congreso Eucarístico en Barcelona, Iquino realiza en 1952 un guión de Rafael J. Salvia en el que se narra una historia de redención en el marco de la representación popular de la Pasión de Cristo en Esparraguera. El resultado es una muy sólida propuesta titulada El Judas (Ignacio F. Iquino, 1952). Las gacetillas proclaman rimbombantes:

No es una película religiosa ni una película profana, es la luz eterna del Evangelio, resplandeciendo por entre los atormentados girones de la humanidad moderna, por obra de las maravillosas tradiciones de los pueblos montserratinos. [La Vanguardia Española, 17 de mayo de 1952, pág. 18.]

Ahora bien, como la tradicional representación de la Pasión había sido siempre en lengua vernácula, un grupo de exiliados catalanes en Chile con intereses familiares en el sector de la exhibición en Barcelona habría financiado el doblaje de la película en este idioma:
Esta fue la primera vez que se autorizaba el doblaje en una de las lenguas no castellanas del estado español aunque no llegara a exhibirse entonces en catalán en Barcelona, pero sí años después en algunas poblaciones de Cataluña por Semana Santa. IFI la había programado para su exhibición en las dos versiones: se pasaría en el Metropol y el Alexandra en castellano y en el Capitol en catalán. A última hora y con todo el lanzamiento publicitario en la calle, la versión catalana fue prohibida por el Ministerio de Gobernación. [Àngel Comas: Ignacio F. Iquino, hombre de cine. Barcelona, Laertes, 2003, pág.232.]

En el documental Les façanes del Capitol: el cinema d'una altra època (La Casa de Kuleshov, 2016), el hijo del empresario del Capitol atestigua que el primer pase, el de las cuatro de la tarde, sí que se hizo en catalán y que fue el escándalo que produjo este hecho lo que provocó el cambio por la copia doblada en la sesión de las seis.

No por ello ceja Iquino en su empeño... Todos los mimbres ternuristas del sainete más convencional se concitan en el argumento de El golfo que vio una estrella (Ignacio F. Iquino, 1955), incluida la exaltación de las instituciones estatales —en este caso el cuerpo de Correos al completo— ni la impronta moralista, que nunca faltan en las películas de Iquino. Por el camino, se cuela la miseria del Madrid de los años cincuenta: miseria material pero también moral, regida por la ley de la supervivencia en un medio hostil. El otro rasgo distintivo es lingüístico. Nuri y, sobre todo, Ramonet hablan en un español trufado de catalán por lo que, para corresponder, Colilla salpimenta su parla arnichesca con un “bona nit” por aquí y un “noi” por allá. Como la pretensión es evidentemente cómica no parece que la película sufriera ningún contratiempo por ello, al contrario que El Judas. Los serenos gallegos y los turistas ingleses completan un rompecabezas lingüístico que pone en entredicho la uniformidad de la lengua del imperio.

El mismo esquema de normalización sigue A tiro limpio (Francisco Pérez-Dolz, 1963). Ante el hecho de que los protagonistas fueran un grupo de anarquistas dedicados a la guerrilla urbana y dos de ellos mantuvieran una relación homosexual —sólo sugerida, por supuesto—, el que se colaran unos diálogos en catalán de las escenas en la casa del Picas (Carlos Otero) debió parecer lo de menos en la junta censora. Los golfos (Carlos Saura, 1959), producida por Pere Portabella, incluye una conversación teléfonica en catalán en una taberna de Legazpi, Los felices sesenta (Jaime Camino, 1963) se limita a incluir tres canciones de Raimon en la banda sonora y La piel quemada (José María Forn, 1966) incluirá diálogos en inglés y catalán para reforzar la situación de alienación en la Costa Brava de los trabajadores charnegos.



Contemporánea de esta última y también centrada en el fenómeno de la (des)integración social de los trabajadores del sur, El último sábado (Pedro Balañá, 1967) incluye también una búsqueda lingüística frustrada por la censura administrativa o comercial a tenor de lo expuesto por su guionista, el novelista Luis Romero:
Hubiese podido tratarse en profundidad., los resultados hubiesen sido de interés político, sociológico y aún filológico. Quizá hubiesen llegado a desviar el interés argumental. El protagonista, nacido en Barcelona y criado en un barrio habitado casi con exclusividad por inmigrantes, habla en castellano, su lengua materna, de manera continuada. Observamos, en un momento dado, que cuando le conviene sabe expresarse en catalán. También su patrono se expresa en catalán o castellano, según su humor o conveniencias inmediatas. En los futbolines y en la fiesta algunos de los muchachos de la pandilla deberían hablar en catalán y en mi opinión, el señor Pablo, protector de jóvenes músicos y falsificador de antigüedades, también debería hablar en catalán con quien le conviniera, sea para introducirse mejor en la intimidad ajena, sea, por el contrario, para establecer distancias. [Luis Romero: “El último sábado, un guión ambicioso”, en Nuestro Cine, núm. 61, 1967, pág. 21.]

Así pues, el segundo embate tras El Judas es Siega verde. Se trata de una adaptación de la novela de José Virós Verd madur, un drama rural ambientada en el valle de Arán. Virós se había acercado al cine en sus aspectos jurídicos por su profesión de abogado y, según Porter i Moix, la novela había sido concebida desde el primer momento para ser adaptada a la pantalla. A tal fin, el propio Virós y el joyero Amadeo Bagués constituyen la sociedad Pirene Films e inician las gestiones para producir la película en doble versión, una vez más gracias a la generalización del doblaje. Aunque el director elegido inicialmente era Juan Antonio Bardem, al que se consideraba idóneo por el camino apuntado en La venganza (1958), la implicación de éste en la producción de Sonatas (1959) hace recaer el proyecto en Rafael Gil.

La inaccesibilidad de la cinta nos obliga a ser esquemáticos en cuanto a su trazado argumental —un Romeo y Julieta aranés— y delegadores en el juicio.  

La crítica madrileña y barcelonesa se deshacen en elogios a propósito de la fotografía y la música, la belleza y solvencia de Jeanne Valérie y el lirismo del paisaje pirenaico en la interpretación que de él hace Gil. [Donald, en ABC, 7 de febrero de 1961, pág. 58.] En su autocrítica el director hace valer su devoción por los paisajes españoles, que ha avalorado en Don Quijote de la Mancha (1947), Aventuras de Juan Lucas (1949) o La casa de la Troya (1959), para terminar evocando la Barcelona largamente reconstruida en estudio de La calle sin sol (1948). Y concluye...

Pero sentía la necesidad de abordar un tema más amplio, más profundo, en el que la tierra y el espíritu de las gentes de Cataluña se concretaran en su autenticidad. Esta oportunidad me la ha brindado la novela de José Virós Verd madur. [Primer Plano, núm. 1061, 12 de febrero de 1961.]

Sin embargo, una vez más la administración niega el permiso para estrenar la versión en catalán. Virós da inicio entonces una pugna legal que no se resolverá hasta 1968. Entrevistado por Porter-Moix en Destino, argumenta:

—¿Cuales cree usted que pueden ser, en el momento actual. las posibilidades economicas y las directrices de un cine catalán?
—A mi me parecen francamente halagueñas si se acierta en los temas a realizar. Siempre que, como creo, el público catalán esté lo suficientemente interesado y los que sean promotores tengan plena conciencia de su responsabilidad.
—En los últimos años, en una corriente mundial. se han incorporado a la producción muchas minorías lingüisticas o, en el caso de otras, se ha aumentado mucho su producción y la calidad de la misma. En ello juega el acierto temático, pero también el interés de reflejo de unas realidades actuales. ¿Podemos esperar algo parecido entre nosotros por las vías seguidas hasta hoy?
—Todo camino, si de verdad lo es, ofrece variantes y hay que tomar algunas a medida que la experiencia lo aconseje, pero siempre sobre la base de abrir primero un campo económico suficiente para la inversión.
—¿Tiene Pirene Film proyectos concretos para un próximo futuro?
—Sí, los tiene. Y algunos bastante adelantado, como es la producción de Laura a la ciutat dels sants, según la novela de Miquel Llor, aunque adaptada convenientemente, y Tino Costa, de Sebastià Juan Arbó. Pero queremos antes completar con Verd madur nuestra experiencia en todo el ciclo de la industria cinematográfica, tanto en la producción propiamente dicha como en la distribución. A este respecto quiero señalar el problema que ofrece una adecuada explotación de las películas catalanas, que no pueden, a mi entender, ser llevadas a las circuitos de explotación hoy en uso, ya que, presentadas en un programa doble y mixto en cuanto a idioma causan desorientación y pueden incluso ocasionar retraimiento de una parte del público. Debemos esperar a que exista la suficiente producción catalana para que pueda haber salas dedicadas especialmente a su exhibición. He aqui las opiniones y los grandes rasgos de un hombre con experiencia. Su labor ha sido la de un auténtico pionero. SUS esperanzas de futuro le pueden convertir en un productor normalizado. [M. Porter Moix: "Josep Virós, el hombre de Verd madur", en Destino, núm. 1601 (8 de junio de 1968, pág. 68.]

Y el crítico de La Vanguardia —entonces Española— sentenciaba:

En ocasión del estreno de su versión primera, hace cinco años, ya expusimos el halagüeño juicio que nos mereció el film. Vuelta a ver ahora, hablada en catalán, aquella favorable impresión se afirma y amplifica. La historia que se relata en la cinta es tan fundamentalmente catalana, que estaba reclamando, en efecto, la lengua de la tierra. Todo lo que vemos en la pantalla alcanza ahora mucho mayor vigor. [La Vanguardia Española, 29 de mayo de 1968, pág. 50.]

Concluye Porter Moix en su panorama general del cine en Cataluña, que a estas alturas, el posible valor pionero de la cinta había quedado muy menguado, aunque la pugna no fuera en vano, puesto que la administración reconoció el precedente legal de que si se editaban novelas en catalán y se representaban dramas y comedias en dicho idioma, las películas basadas en ellas tenían derecho a estrenarse en catalán siempre que cumplieran con el resto de las condiciones impuestas por el control administrativo: léase, censura. [Miquel Porter i Moix: História del cinema a Catalunya. Barcelona, Generalidad de Cataluña, 1992, pág. 271.]

Este es el camino que han tomado el matrimonio formado por Nuria Espert y Armando Moreno para la realización de Maria Rosa, al adaptar el drama escénico de Ángel Guimerá, estrenado en 1894 simultáneamente en catalán en Barcelona y en castellano en Madrid. La cinta es toda una declaración de principios, llevada adelante gracias al prestigio de Nuria Espert como actriz bilingüe y al apoyo de Maria Aurelia Capmany y Ricard Salvat, fundadores de Escuela de Arte Dramático Adrià Gual. Da cobertura administrativa al proyecto la empresa Memsa Producciones Cinematográficas, constituida por Moreno y Espert y el heredero de unos terratenientes y ganaderos cordobeses aficionado al teatro, José Moreno Ardanuy.

Maria Rosa es un intento de hacer cine mediterráneo —griego, siciliano...— y de convertir a la Espert en nueva Melina Mercouri. Los paisajes calcinados y las casas blanqueadas relumbrantes al sol se contraponen a los interiores opresivos. Las voces, tras los muros encalados, ejercen de coro. Pero todo resulta excesivamente evidente. Como la escena de los charnegos —Antonio Iranzo y Gerardo Maya— cuando se enseñorean de la taberna mientras el pueblo está en fiestas: interior/exterior, pasodobles/sardanas. violencia/alegría... Rabal y la Espert cumplen con su cometido como si estuvieran en el escenario. Antonio Vico, en una de sus últimas actuaciones antes de deslizarse por la pendiente del western cañí, ejerce el rol de destino, como si aún anduviéramos en el simbolismo novecentista.

Clasificada en Primera B por la administración y motivo de controversia entre la delegación catalana del Sindicato Nacional del Espectáculo y la Dirección General de Cinematografía, los productores ven cómo la solicitud del doblaje en catalán de María Rosa empieza a sufrir dilaciones inexplicables. No es hasta principios de 1966 que el dramaturgo Ricard Salvat se encarga de la traducción y asiste a alguna sesión de doblaje:
Estoy saturado de trabajo, de preocupaciones, de nerviosismo, pero también de alegría. He adaptado al catalán los diálogos de María Rosa de Armand [Moreno]. Es una labor que me ha ido gustando, casi entusiasmando, a medida que la hacía. Fui —en compañía de Carme Serrallonga, que tenía a su cargo la dicción— al doblaje de la película. Es algo pesadísimo: siete horas seguidas encerrado en un cuarto oscuro, oyendo sonidos y viendo imágenes obsesivamente repetidas. Me parece que me han quedado airosos, y la película gana en autenticidad. Pero, a pesar del tono de condenado a galera que tiene el trabajo de doblaje, me gustó mucho hacerlo. No creo que vuelva a hacerlo nunca más. Es demasiado, demasiado obsesivo. [Ricard Salvat: Diaris (1962-1968). Barcelona, Universitat de Barcelona, 2015, pág. 388.]
No obstante, la insistencia rinde frutos. En mayo de 1967, en vísperas del estreno en Venezuela de la versión en castellano de María Rosa, el Centro Catalán de Caracas estrena la versión catalana en el Radio City y la demanda de localidades obliga a los organizadores a programar una nueva función. Poco después se anuncia su proyección en el Rosellón y en Andorra. Por fin, en agosto llega a Barcelona. La publicidad resalta el carácter excepcional del acontecimiento, según podemos leer en el cliché que encabeza estas líneas.

Porter i Moix aprovecha su columna en el semanario Destino para resaltar las diferencias entre esta cinta y las foráneas dobladas al catalán estrenadas antes de la guerra:
Ahora se trata de una obra hecha por un autor del país: Guimerà. Una obra que ha sido protagonizada por una actriz del país: Nuria Espert. Una obra, en suma, que tiene los suficientes elementos de catalanidad para ser juzgada como tal. Ante ella, nuestra indestructible fe y nuestra continuada dedicación al cine catalán se inclinan reverentemente. [Miguel Porter-Moix: "Cinta sin fin: Cine catalán, tres notas de actualidad", en Destino, núm. 1527, 12 de noviembre de 1966, pág. 62.]
La reseña concluye con una advertencia a la Dirección General de Cinematografía, que "hará muy bien en aprovechar en lo económico, alentar en lo histórico y comprender en lo político" este primer paso en pos de un cine nacional. La Maria Rosa catalana se hace centenaria en las pantallas y el mundo cultural barcelonés se vuelca con ella. Con motivo de la centésima proyección, se organiza un concierto en el que actúan los integrantes del movimiento de la Nova Canço:

La «NOVA CANÇO CATALANA»
SALUDA
AL CINE HABLADO EN CATALÁN
Mañana, noche, a las 10,15 en
COLISEVM
en la víspera de las 100 PROYECCIONES de MARÍA ROSA
con la gentil colaboración de
Guillem d'Efak
Josep Mª Espinas
Nuria Feliu
Ricard Salvat
al piano Tete Montoliu
que serán presentados por
NURIA ESPERT y ARMANDO MORENO
después de haber agradecido a toda Cataluña
el calor y la emoción con que viene aplaudiendo
su versión de MARÍA ROSA
Hablada en catalán
NURIA ESPERT Y ARMANDO MORENO
serán entrevistados cara al público por ALBERTO NADAL
(Autorizada mayores de 18 años)
ABIERTO EL DESPACHO DE LOCALIDADES FUNCIÓN ÚNICA
[La Vanguardia Española, 29 de noviembre de 1966, pág. 55.]

Sin concederse un momento de tregua, mientras Nuria Espert interpreta a Brecht en catalán en el teatro Romea con dirección de Ricard Salvat, Armando Moreno remata la adaptación de la novela de Miquel Llor, Laura a la ciutat dels Sants, que sólo llegará a la pantalla en 1987, en versión de Gonzalo Herralde, una que vez que Memsa P.C. se ha ido al traste debido a las demoras en la comercialización del primer largometraje de la empresa.


Aprovechando la gatera de Maria Rosa, a principios de 1967 se produce en Barcelona una auténtica catarata de estrenos en catalán. Los hermanos Balcázar doblan de nuevo La herida luminosa, rodada como coproducción con México en 1956 y que ya había conocido sendos doblajes —en castellano y mexicano— a partir de una traducción de la obra de Segarra escrita por el muy cotizado José María Pemán. Las copias de El Judas, que habían estado circulando de tapadillo por cineclubs y cineforums alineados con el catalanismo tradicional, salen de la clandestinidad para proyectarse durante la Semana Santa en tres salas de Barcelona.


De operación oportunista la califica Ramón Moix en Nuestro Cine:
Por lo que parece, el oportunismo, fruto de la euforia despertada por María Rosa, puede encontrarse con más de una sorpresa. La primera de las cuales sería que el espectador catalán espera de su lengua, en cine, bastante más que palabras. [...] La autorización oficial para doblar films de temática catalana —con lo cual se entiende, al parecer, obras más o menos clásicas o films desarrollados en nuestro paisaje— nos obliga a considerar los límites de la llamada apertura, en lo que tiene de tolracia por una parte muerta —llamémosle clásica— de nuestra cultura, y rechazo de la presente y viva. Los films aprobados para su difusión en lengua vernácula corresponden a unos moldes periclitados que nada tienen que ver con la cultura catalana que se está haciendo presente. [Ramón Moix: "Entre un cine de Barcelona y un cine catalán”, en Nuestro Cine, núm. 61, 1967, págs. 13-14.]
La misma línea de razonamiento sigue Porter Moix cuando asiste como cronista al Festival de Molins Rei en el que se presentan La piel quemada y El último sábado. De ésta elogia que se acerque a determinados ambientes con “mentalidad catalana”…
Tan sólo un reparo, no al filme sino al conjunto de la representación catalana, Grau, Forn y Balañá —y también, ¿por qué no?— Nunes: si con María Rosa se ha aireado en catalán el polvo de un siglo de historia, ¿por qué no hacer sus filmes directamente en catalán? La doble versión, el hacer copia catalana y castellana es cuestión de tan poco dinero, si se tiene en cuenta un presupuesto general, que no vale la pena el dejar a medio hacer lo que se ha tenido la osadía de comenzar. [Miquel Porter Moix: “La IV Semana de Cine Español, en Molins de Rei”, en Destino, núm. 1543, 45 de marzo de 1967, pág. 55.]
Los siguientes movimientos del nacionalismo y/o de la industria parecen atender a esta alerta... Tras una fructífera asociación como guionista con Jorge Feliú desde principios de la década y dos comedias de episodios codirigidas por ambos —El arte de casarse y El arte de no casarse (1966)—, Font-Espina afronta su primer largometraje en solitario, la adaptación de una comedia de Joaquín Muntañola titulada En Baldiri de la costa. La había estrenado Pablo Garsabal en el teatro Talía con la Compañía de Comedias Catalanas de Paco Martínez Soria en 1965 y conoció tal éxito popular que alcanzó las seiscientas representaciones. No es raro que Isasi decidiera producir su versión cinematográfica. Para entonces, Muntañola lleva ya más de tres décadas dibujando en las revistas de humor de pre —Patufet— y posguerra —TBO, para la que creo el personaje de Josechu el vasco— amén de publicar una viñeta diaria en La Vanguardia Española sobre asuntos cotidianos y política municipal titulada “El color de mi cristal”. Además, en el verano de 1965 ha empezado a escribir la columna “Mi gente de la Costa Brava”, que también ilustra con caricaturas, en la que da cuenta de los dos mundos que el desarrollismo ha puesto en violento contacto: el del turismo y el de la población autóctona. Cuando publica la autocrítica de su sainete en el mismo periódico, pide perdón a los espectadores por el autoplagio, dado que estos artículos son un desarrollo periodísticos de sus homólogos escénicos.
Confieso también que la sátira de este mundo fabuloso del litoral en esta época del año, la he escrito divirtiéndome, y con la esperanza de divertirles a ustedes. Y al mismo tiempo, con buena intención. Quiero decir, con el deseo de poner mi granito de arena en la labor de cuidado que necesita nuestra salvadora fuente de ingresos, y que no se nos escapen de la mano nuestras tradiciones, nuestras costumbres y nuestros hijos, obligados a nadar en este mar de bikinis y de divisas, donde tan fácil es naufragar. [La Vanguardia Española, 1 de agosto de 1965.]

La adaptación cinematográfica recicla buena parte de esta tipología, aprovecha las situaciones un puntín salaces —a las que la censura intentará poner coto sin demasiada fortuna— y amplifica las derivadas del turismo y los actos oficiales, una vez que el modesto Baldiri (Joan Capri) ha vendido su querido huerto para construir un apartamentos turísticos y ha sido nombrado alcalde. De este modo, al humor del sainete localista se superpone una suerte de sátira de costumbres "à la Ealing", toda vez que la creación de riqueza para Sant Ciprià de Dalt —rebautizado como Sant Ciprià-sur-Mer— significa el deterioro de la calidad de vida de sus habitantes, fritos a base de impuestos.

La película de Font-Espina es la primera en rodarse y estrenarse directamente en versión catalana, probablemente por la evidente inanidad ideológica de su planteamiento, a pesar de que los representantes de la autoridad —el guardia de tráfico o el mandamás...— hablan en castellano, y Trumpet (Luis Ciges), el cuñado de Baldiri, hace gala de charneguismo al hablar catalán con acento andaluz, igual que la desprejuiciada Françoise (Alicia Tomás) lo habla con un deje impostadamente francés. No obstante, la Dirección General de Cinematografía advierte a la productora de Isasi que no se autorizará la proyección de dicha versión "hasta que la película haya sido estrenada en su versión española en las cuatro provincias catalanas" [Expediente de censura en el AGA], aunque el expediente parece burlado porque, al menos la publicidad, se ciñe a la copia "parlada en catalá" estrenada en el cine Novedades de la Ciudad Condal en julio de 1968. A esta picaresca parece aludir Antonio V. Kichner en su columna de Destino:

Sólo queremos constatar dos hechos: primero, la popularidad de un hombre [Joan Capri] que ha triunfado mostrando a los espectadores la totalidad de tics, frases hechas y mimetismos muy propios de un sector de la sociedad catalana. Y segundo: la oportunidad de tener un cine catalán, hablado en catalán, de corte totalmente popular, pero que a la larga puede ser muy eficaz. Les sorprendería saber cómo se ha logrado estrenar este film en la versión que se presenta. Pero no estamos muy seguros de conseguir el beneplácito de cuantos nos lean si lo cuento: pero la fórmula ha estado plagada de anécdotas como cualquier obra del mismo Capri. [Antonio V. Kirchner: "La alegría que pasa", en Destino, núm. 1607, 20 de julio de 1968, pág. 50.]
Al parecer, la estrategia de Isasi como productor habría sido presentar ante la Junta de Clasificación en enero de 1968 la película directamente en catalán con una declaración de que su contenido y doblaje se correspondían estrictamente con la versión doblada en castellano. Este desmán administrativo queda solventado el 8 de marzo del mismo año y la respuesta de los censores —según Riambau, como represalia por el atrevimiento del productor— se traduce en nada menos que veinte cortes, algunos de escenas completas. Dos ejemplos: en el rollo 9 se ordena "suprimir plano de trasero en bikini azul con pintas blancas" y el rollo 10: "Suprimir en el parlamento de Baldiri las frases: 'Partidos de ésos, no... Partidos de futbol que son los que hacen olvidar los otros', y decir: 'Fiesta brava' en lugar de 'Fiesta nacional'".

El crítico Antonio Martínez Tomás advierte a los lectores de La Vanguardia (Española):
La película ha sido anunciada como "parlant cátala". En realidad, está hablada en catalán, en castellano y... en andaluz. Un poco como se habla también en la Barcelona de nuestros días. Cada personaje emplea su lengua, menos un par de ellos que han sido doblados. [La Vanguardia Española, 29 de octubre de 1969.]
En la versión española, por el contrario, Capri está doblado por Joaquín Díaz. En resumen, que hasta 1967, cuando Fraga lleva ya un lustro en el Ministerio y García Escudero en la Dirección General de Cine, no se da luz verde a las proyecciones en versiones dobladas de obras que tienen una coartada cultural de las que los anglosajones denominaban highbrow. En Baldiri de la costa, en cambio, se rueda en catalán con un grupo de actores —Capri, Alady...— cuya seña de identidad es el teatro popular en lengua vernácula en los teatros del Paralelo y las Ramblas.

El éxito de este estreno propicia que el mismo equipo repita la operación al año siguiente con L'advocat, el batlle i el notari. A medio camino entre el vehículo al servicio de la comicidad de Joan Capri y Laly Soldevila, la sátira de los cambalaches financieros y el humor al modo de Tati, que proporciona algunos gags visuales de buena ley, esta segunda cinta en catalán de Font-Espina no desdeña los ganchos populares, como la elección de Jaime de Mora y Aragón para encarnar al notario o la inclusión de una subtrama protagonizada por el alcalde de Belmez (Córdoba), Rafael Canalejo, ganador del concurso Un millón para el mejor, al que Claudio se presenta disfrazado. El nacimiento de la hija de Rosa y Claudio en Navidad, tras la vuelta de él a la senda de la honradez, refuerza el cariz patético y moralizante de la trama.

Porter i Moix realizaba el siguiente balance con motivo de lo que parecía ser una larga serie de películas protagonizadas por Joan Capri:
Queremos, deseamos profundamente y estamos seguros de necesitar un cine catalán. Pero ello bajo unas ciertas condiciones, si no queremos que la catalanidad del producto redunde en provincianismo en vez de resultar vía hacia el ancho mundo. Tales condiciones mínimas están en: acompasar las cintas catalanas a nuestra verdadera situación socio-cultural, sin quedar ni por debajo —populachería distinta de la vulgaridad que proclamamos— ni por encima —chulería de cuatro snobs que cierran con sus vanguardias el conocimiento auténtico de un país en marcha. En segundo lugar: realizar films en catalán pero, al mismo tiempo, preparar y realizar ya la versión o versiones necesarias para su amplia difusión en públicos de otras lenguas, empezando por las peninsulares pero no quedando en ellas. Y ello cuidando de que, especialmente en el original catalán no haya errores de fonía, de gramática ni de literaturismo. En tercer y último aspecto, nos parece claro que la pequeña potencia de un reducido núcleo humano y cultural no debe pretender ganar la batalla de la cantidad ni de la brillantez aparente. A nuestro entender, o el cine catalán tiene una calidad de factura y de intención competitivas, o no encontrará el medio para introducirse en unos mercados donde los grandes puestos —que no los primeros— en las posibilidades y en la estadística, corresponden a verdaderas superpotencias. [Miquel Porter-Moix: "Cinta sin fin: Otro intento de cine catalán", en Destino, núm. 1608, 27 de julio de 1968, pág. 41.]

Pero mientras tanto, las cosas han cambiado radicalmente. Una cartela en los créditos iniciales de Nocturno 29 (Pere Portabella, 1968) resume los tres aspectos —lúdico, artístico y reivindicativo— que dominan en el primer largometraje de Portabella como director. Reza así: "guión de Joan Brossa y Pere Portabella / diálogos Joan Brossa / traducidos del catalán por Pere Gimferrer". El cineasta ya había hecho lo mismo el año anterior en No compteu amb els dits (Pere Portablela, 1967). El hecho de que Nocturno 29 tenga escasísimo diálogo, que éste haya sido escrito por el poeta neosurrealista Joan Brossa y que haya debido ser trasladado desde el catalán —lengua prohibida en la expresión cinematográfica— por el también poeta y crítico literario Pere Gimferrer, tiene tanto de guasa dadaísta como de burla a la censura oficial.

A principios de 1968 se ha estrenado por fin la versión catalana de Verd madur. Primero, en Tarragona...

Esta tarde se ha presentado la película Verd madur, en una versión realizada en lengua vernácula. [...] Hizo la presentación de la cinta el autor de la novela Verd madur y guionista de la película, así como coproductor, José Virós, que fue muy aplaudido por el numeroso público que asistió al estreno. Manifestó que había encontrado en todo momento el más decidido apoyo por parte de las autoridades y del Ministerio de Información y Turismo, así como de la Dirección General de Cinematografía, para el doblaje en catalán de la película. [“Estreno de la película Verd madur en Tarragona”, en La Vanguardia Española, 7 de febrero de 1968, pág. 28.]

... y el 27 de mayo en Barcelona:

José Cruset se lanza entonces a una reflexión que busca situar en su justa medida el factor idiomático:

Hemos visto, estos días, la cuidadosa versión catalana de aquella misma Siega verde de entonces, escrita con la eficaz preocupación del traicionador movimiento de los labios de los actores, ahora titulada Verd madur, como la novela de José Virós en que se basara Rafael Gil para la realización de la película; confesamos que nos hemos sentido cogidos por el tema, por la sugestión de la montaña y su misterioso lenguaje; las imágenes, las bellas imágenes nos han parecido la realidad misma; nos hemos advertido alcanzados por las razones de los personajes, por sus flaquezas, sus doctrinas; cuando “Elvira”, segundona, perteneciente a la heredad en declive, frágil y atractiva como una flor de lo más alto de la montaña, enamorada del imposible “Romeo” de la otra estirpe, ya destinado a matrimonio previsto y dispuesto en función de los altos intereses; imposible “Romeo”, por lo menos, por los contractuales caminos de la ley civil y la canónica; cuando a “Elvira” —contemplada a caballo por el “verde maduro”, hija de la montaña, subida a los árboles, entrevisto su bello cuerpo joven bajo las aguas del lago—, la hemos visto dirigiéndose, llena de infusa ciencia, a la cuñada, la casada con su hermano, el omnímodo “hereu”, y le hemos oído decir: “Ací no mana ningú; mana la casa”, la hemos sentido de pronto, transfigurada en la propia norma jurídica amparadora de la continuidad de la hacienda, más allá, por encima de las personas, las vidas, los escondidos sentimientos, arraigada desde inmemoriales tiempos en el campo catalán; todo proviene del idioma, esencial mediador para el cumplimiento, la llegada del mensaje; del poder de la palabra que cada sentimiento, cada norma o cada pasión necesitan; las mismas imágenes de entonces se han sustanciado, han cobrado eficacia por obra de la adecuada expresión; ha sido un acierto que aplaudimos sin reservas, el presentar al público esta película con el lenguaje, el idioma nuestro que requería; clamaban, en la inicial versión, los personajes por un medio expresivo —el suyo, consustancial— que les permitiera ser humanos del todo, convincentes —con sus caídas y sus ascensiones— a los ojos del contemplador; enarbolar sus ancestrales fueros. Faltaban en Siega verde, nada más y nada menos que las otras palabras, las adecuadas, las de la novela, con la fuerza de su sincera, humana verdad. [José Cruset: “Reflexiones menores: Las otras palabras”, en La Vanguardia Española, 5 de junio de 1968, pág. 11.] 

Hoy en día, sin embargo, quien la ha podido ver expresa ciertas reservas con respecto al doblaje, que "tampoco representa en ningún momento la cultura de la zona, al usar el catalán central en vez del noroccidental (concretamente el pallarés), y por ello es una lástima no poder disfrutar de la película en versión original". [DescubrePelis, 13 de marzo de 2012.]


En el enrarecido clima de la primavera del 1968, cuando Joan Manuel Serrat se niega a asistir al festival de Eurovisión si no canta el La, la, la en catalán, un grupo de "personas que le aconsejaron tomar esta decisión deciden compensarlo financiando la versión catalana de la película que tenía contratada con los Balcázar". [Rafael de España y Salvador Juan i Babot: Balcázar Producciones Cinematográficas: Más allá de Esplugas City. Barcelona, Universitat de Barcelona, 2055, pág. 67.] Como la condición para poder realizar esta operación es que haya una obra literaria previa en lengua vernácula, el mismo grupo, liderado por el peletero Josep Espar Ticó, encomienda a Jaume Picas la redacción de la novela Tren de matinada a partir de su guión original. Las cosas se van complicando progresivamente según se incorporan a la producción Antoni Ribas como director y Terenci Moix como guionista.

Apenas llega a Barcelona, Juan (Joan Manuel Serrat) se ve enredado por Luis (Manuel Galiana) para acompañar a un grupo de hippies norteamericanos a un yate en el puerto. Juan contempla a uno de los jóvenes con una cinta en el pelo y una compatriota le explica que es un símbolo contra la Guerra de Vietnam.
-¡Está el mundo como para que le vayáis con símbolos!

Pues bien, ésa parece ser la actitud del propio Antoni Ribas ante la Escuela de Barcelona y el Nuevo Cine Español. Frente a la barahúnda de flautas de pico y bongós organizada por los jóvenes estadounidenses, las palabras claras de Serrat acompañadas por su guitarra, mientras los trabajadores del puerto echan una partida de cartas y beben una botella de vino. Autenticidad contra sofisticación y falsedad que se irán imponiendo también en el objetivo de Juan al llegar a Barcelona. Cristina (Serena Vergano), la antigua novia que ahora trabaja en el mundo de la publicidad, reaparece en su vida cuando parece que siente un afecto sincero por Mónica (Cristina Galbó), la hija de la dueña de la pensión en la que se hospeda. El resultado no deja de ser un melodrama romántico con cantante, tomado como excusa para colocar un puñado de canciones en castellano y catalán.

Los hermanos Balcázar —artífices del redoblaje de La ferida lluminosa rechazan un proyecto que se desmarca de la película "con cantante", de modo que después de un rodaje bastante tenso, terminan alterando tanto el doblaje, como el montaje y el título: Paraules d'amor. Todo ello llevará a Ribas a intentar retirar su nombre de los títulos de crédito y a airear el asunto en la prensa:
Yo fui contratado por Balcázar para realizar el film Tren de madrugada en dos versiones, una de ellas en catalán, que es la que debía estrenarse primero. El guión que, a la sazón, aún no existía, tenía que ser realizado por Miguel Porter y por mí, basándonos en la novela de Jaime Picas. En su día, Balcázar rechazó dicho guión, lo que determinó la retirada económica de alguna persona interesada en la realización.
La productora, con quien yo había otorgado el correspondiente contrato de realización, me propuso entonces un nuevo guión, preparado por el director-realizador don Alfonso Balcázar, en colaboración con don Miguel Cussó, guión que rechacé. Se llegó por fin a un acuerdo, consistente en que yo modificaría a mi gusto el guión aludido, incluso durante el rodaje, partiendo de unas modificaciones efectuadas por mí y el escritor don Ramón Terenci Moix.
En estas condiciones, y dentro de tales limitaciones, tuve que realizar el rodaje de dicho film, habiendo dirigido también su montaje y doblaje. Faltaba únicamente precisar el montaje definitivo y acabar su banda sonora.
La productora intentó realizar por su cuenta nuevos rodajes, que logré impedir gracias a la ayuda de la Asociación Sindical de Directores-Realizadores Españoles y de alguna persona del equipo artístico. Me honra proclamar públicamente, en éste sentido, la seriedad profesional de las actrices Serena Vergano y Romy.
Posteriormente he sabido que se ha efectuado un nuevo montaje, variando sustancialmente los diálogos, así como la banda sonora, y se ha sustituido su título por el de Palabras de amor, prescindiendo totalmente de mí. [Antonio Ribas, en La Vanguardia Española, 4 de abril de 1969.]

El siguiente pinchazo del cine en catalán tiene de nuevo como protagonista al noi del Poble Sec. En esta ocasión la productora es Estela Films y el director encargado de sacar adelante el proyecto Francisco Rovira-Beleta. La adaptación de la novela Vent de grop de la escritora gerundense y cosmopolita Aurora Bertrana transforma al pescador ampurdanés que la protagoniza en un pescador-cantante ibicenco (Serrat) y a la turista de la que se enamora (Linda Cole) en una hippy a la que sigue a Londres. Después de romper con ella viaja al festival de la isla de Wight y se manifiesta contra la guerra del Vietnam para regresar finalmente a Ibiza convertido en un auténtico hippy de los de petate, marihuana y medallón.

La llarga agonia deis peixos fora de l'aigua es una nueva prueba de la falta de carisma de Serrat como actor cinematográfico y del despiste que a estas alturas del partido tenía Rovira-Beleta. Eso sí, cuando la película se estrena en el cine Coliseum, en junio de 1970, lo hace con el título en catalán y una nota de que está "hablada" en dicho idioma. Rovira-Beleta afirma que, al menos, se preocupó de que los diálogos fueran coloquiales con la colaboración del actor que interpretaba al padre de Joan, Vicenç Domènech, aunque "es un poco absurdo hablar de todo esto cuando nos limitábamos a hacer un doblaje al catalán en el que cabía igual un pescador ibicenco que una turista inglesa". [Carlos Benpar: Rovira-Beleta: El cine y el cineasta. Barcelona, Laertes, 2000, pág. 128.]

De todos modos, la censura había hecho su trabajo también en el terreno del "exhibicionismo y erotismo":
Pág. 3 y sigs.: Cuidar escena de Joan bañándose y de las inglesas Mabel y Rebeca (Debe evitarse el desnudo total de Joan).
Pág. 20: Suprimir corte de mangas de Joan.
Págs. 41, 42, 54 y 61: Cuidar escenas íntimas de Joan y Mabel.
Págs. 58 y 59: Cuidar escena de Joan y Roser.
Pág. 74: Cuidar ambiente del "arts laboratory" y las imágenes en la proyección del "underground".
Pág. 90: Cuidar el tono y texto de los carteles en la manifestación de Picadilly Circus.
Págs. 107 a 112: Cuidar toda la fiesta "hippie" en la zona rocosa y la escena de Roser y Paco.
Acompañar el texto de la canción que sirve de "leit motiv" a la película. En general se deberán cuidar en la realización los excesos de exhibicionismo y erotismo a fin de no incurrir en la norma prohibitiva 18. [Expediente de censura de la película en el AGA, citado por Esteve Riambau en su tesis doctoral: La producció cinematogràfica a Catalunya (1962-1969). Barcelona, Universitat Autònoma de Barcelona, 2008, pág. 353.]
Con la experiencia de María Rosa, Nuria Espert y Armando Moreno se embarcan en la adaptación del texto poético de Salvador Espriu, Laia, contando con la dirección de Vicente Lluch que ya ha dirigido a la Espert en El certificado (1968). Para llevar adelante el proyecto se crea una productora denominada Producciones Artísticas Cinematográficas - Pac Films, cuyo principal soporte financiero es uno de los patrocinadores de aquélla, Francisco Vives Reguant. Espriu cede los derechos y Lluch realiza la adaptación con la colaboración de Jaime Vidal Alcover, hombre de confianza del poeta. El proyecto es presentado a censura previa a finales de 1969 y, salvo por el consejo de que se ponga especial cuidado en las escenas en que se sugieren desnudos, recibe la aprobación oficial.

La narración desarrolla, a modo de flashbacks, el proceso de exclusión al que se ha visto sometida Laia (Espert) desde niña en el cerrado ambiente del pueblo de pescadores de Sinera, su boda con un hombre terriblemente celoso (Paco Rabal) en busca de una integración inalcanzable y el plan que traza con su amante (Daniel Martín) para que éste salga con él de pesca y lo arroje al mar. Aunque más que en el argumento, Laia parace articularse en torno a la anacronía de la narración, al carácter evocativo de la fotografía de Joan Amorós y la partitura de Ángel Arteaga, al rostro y la voz en off de Nuria Espert, a una iconografía —oleaje, arena, paredes encaladas y velos negros, ataúdes, velas y crucifijos— significante per se.


La versión catalana inaugura la VIII Semana de Cine Español de Molins de Rey en marzo de 1971 con buena respuesta crítica y llega a los cines de Cataluña en septiembre. Pero la acogida del público no resulta tan cálida como se esperaba. Unos ingresos de taquilla de unos cuatro millones y medio y una subvención de otros dos y medio no sirven para amortizar los casi nueve millones invertidos en el proyecto. Espriu va a verla al cine el 10 de marzo de 1972 y tres días después envía una carta a Lluch contándole sus impresiones en la que tilda a la película de "dignísima" y "de largo, la mejor del género realizada en catalán". Y prosigue...
¿Interesará fuera de nuestras fronteras nacionales e idiomáticas? Lo ignoro, pero lo dudo, por demasiado "ibérica" por un lado y demasiado catalanista por otro. Pero está muy por encima de una inmenso número de películas extranjeras, que nos tragamos con esa "badoca" satisfacción tan nuestra, hija de nuestro secular complejo de inferioridad. En cuanto al celuloide castellano corriente, habitual y vergonzoso, sólo cabe adoptar ante el mismo un silencio despectivo. [Josetxo Cerdán (ed.): Vicenç Lluch: amb ulls resucitats. Barcelona, La Fábrica de Cinema Alternatiu, 1999, págs. 23-24.]
Los cambios al frente de la Dirección General de Cinematografía tras la salida de José María García Escudero, la crisis local del fondo de protección y la del sistema económico mundial, la marginación voluntaria de muchos cineastas de los trámites oficiales y la urgencia política de otras acciones durante los últimos coletazos del franquismo, convierten a Laia en el canto del cisne de la vía posibilista para un cine "en catalán". Durante la Transición, Antonio Ribas —entonces ya Antoni— se empeña en la creación de un cine nacional-popular con La ciutat cremada y el tríptico Victoria (1983), complementado por la realización del documental de largo metraje producido por No-Do y TVE Catalans universals (1979). En 1977, el Congrés de la Cultura Catalana ha definido el cine catalán como aquel "producido y realizado por ciudadanos que viven y trabajan en los Paisos catalans, que refleje directa o indirectamente la realidad nacional de estos países y que utilice la lengua catalana". [Citado por Santos Zunzunegui: El cine en el País Vasco. Murcia, Editora Regional de Murcia, 1985, pág. 347.] Como para refrendarlo, Ignasi P. Ferré y Josep Maria Bruno ruedan en 16mm La canya en... (J. Black Smith y Bro Novii, 1980), un porno en catalán y en verso. Pero esto ya es otra historia. Cerremos la nuestra como la abríamos, con Riambau. Ante un pase televisivo de El Judas en 1986 ponía el énfasis en su significación nacionalista en el momento concreto de su realización:
Símbolo más que realidad, El Judas es hoy un film histórico que tiene los mejores méritos en su cariz de excepcional dentro de un contexto de represión contra la lengua de un país. [Esteve Riambau, en Avui, 26 de enero de 1986, citado por Ángel Comas: op. cit., pág. 234.]

Addenda del 15 de abril de 2024:
 
 
En 1969 José María/Josep Maria Forn rueda en castellano La respuesta, una adaptación sui generis de la novela de Manuel de Pedrolo M'enterro en els fonaments. Después de muchas idas y venidas con la nueva censura del Ministerio que controla el opusdeísta Alfredo Sánchez Bella, la cinta queda congelada y no podrá ser legalizada y estrenada hasta 1976. Diez años después, Forn introduce algunos cambios en el montaje y la dobla al catalán, recuperando el título de la novela. Esta versión se presenta en la VII Semana de Cinema en Català de Mataró. [Avui, 26 de mayo de 1985, pág. 37.]
 
Addenda del 22 de enero de 2025:

Otrosí... Jorge/Jordi Feliu logra que Alicia en la España de las Maravillas (1978) sea seleccionada para la Quincena de los Realizadores del Festival de Cannes. La censura franquista ha sido abolida en noviembre de 1977. El 2 de octubre de 1978 la cinta se estrena en Barcelona... en español. Tendrán que pasar ocho años para que se reponga como Alícia a l'Espanya de les Meravelles. La cartela que abre esta nueva versión, expone claramente el carácter nacionalista de la operación: las fuerzas represivas mantendrán sus arengas y diálogos en castellano mientras que el resto de los personajes hablará en catalán.

Addenda del 2 de agosto de 2025:
 
Tras el escándalo provocado por la sustitución de Jorge Grau por Luis Marquina al frente del rodaje de Tuset Street, en la primavera de 1968 Sara Montiel, productora de la película a través de Proesa, anuncia a bombo y platillo que la cinta se estrenará en Cataluña doblada en lengua vernácula. Pero cuando llegue a las salas, en el potoño, lo hará exclusivamente con doblaje en castellano.
 
* * *

(Los clichés de prensa proceden de La Vanguardia Española y pertenecen a sus autores) 
 
El lector interesado en los primeros pasos del cine en catalán puede consultar: Joaquim Romaguera i Ramió: Quan el cinema començà a parlar en català (1927-1934). Barcelona : Fundació Institut del Cinema Català, 1992.

sábado, 23 de julio de 2016

miguel iglesias: oficio de narrador

 Publicado originalmente en www.srfeliu.es el 30/06/2016
Actualizado el 04/04/2025

Miguel Iglesias Bonns se ha iniciado en el cine como miembro del Cinematic Club Amateur, un club de aficionados en cuyo seno rueda entre 1933 y 1936 los cortometrajes de ficción Falsedad, T.S.F., Un as per amor y Un pantalón para dos. Al finalizar la Guerra Civil invierte la herencia familiar en financiar algunos cortometrajes musicales realizados en colaboración con el maestro Juan Durán Alemany, animador de combos de jazz en la Barcelona de posguerra, y debuta en la dirección de largometrajes con Su excelencia el mayordomo (1942).

Debido a la desaparición de los negativos y al precario estado de las copias es muy difícil ver hoy en día su obra de los años cuarenta y nos vemos obligados a iniciar esta singladura en el momento en que entra en la órbita de Producciones Acor, una compañía de vida efímera fundada por Mario Roca Romero que respalda el rodaje de Adversidad (1944), financia Las tinieblas quedaron atrás (1947) y, según el propio Iglesias, habría servido de cobertura a Cayetano Hidalgo, amigo íntimo del responsable de Universal Films Española, para producir Ley del mar (1950) sin tener que resucitar su propia marca, Hidalguía Films.

Rodada en el verano de 1949, calificada en 1950, pero no estrenada hasta 1951 en Barcelona sin publicidad y como complemento en un programa doble a pesar de ser distribuida por Universal Films Española, pospuesto su estreno madrileño hasta 1953, el cuarto largometraje de Miguel Iglesias sólo cabe en la historia del cine español por ser el primero rodado en Ibiza. En la del cine europeo figura como una nota al pie, al intervenir como actor en ella Robert Le Vigan, sólido actor francés que había protagonizado varias películas de Julien Duvivier -fue el Cristo de Golgotah (Gólgota, 1935)-, con el que había recalado en Barcelona para el rodaje de La bandera (1935). A una pensión del barrio chino había vuelto a finales de los años cuarenta, huido de Francia tras ser condenado a la confiscación de sus propiedades y a seis años de trabajos forzados por colaborar con las fuerzas alemanas ocupantes. Vestía entonces un gabán mugriento y se alimentaba de cebollas. Tras otro papelito en Correo del rey (Ricardo Gascón, 1951) viaja a Argentina donde acaba sus días como taxista. Le Vigan interpreta al padre de Antonio (el pelotari Román Bilbao), enamorado de Margarida (Isabel de Pomés). El padre pretende que su hijo se case con María (Mercedes Monterrey), futura heredera de un campesino enriquecido. Para él la tierra lo es todo y las gentes del mar nunca tendrán nada. Pero tampoco entre los pescadores hay acuerdo. Lorenzo (Félix de Pomés) está enfrentado con Mariano (Juan Monfort), que esquilma los bancos pescando con dinamita. Durante los ritos del cortejo, fuertemente formalizados según las costumbres isleñas, Antonio desdeña a María y se acerca a Margarida. Una vez celebrada la boda quedan por resolver el desencuentro de Antonio con su padre y la rivalidad entre Mariano Lorenzo, tramas que se resolverán, según la preceptiva aristotélica, en el clímax de la cinta.

Iglesias ha tomado como base argumental una novela de Vicente Blasco Ibáñez, Los muertos mandan, pero como el autor valenciano está mal visto por el régimen debido a su republicanismo a ultranza, le entrega la sinopsis al entonces debutante Rafael J. Salvia sin decirle nada sobre el origen literario del mismo. Salvia se encarga de las gestiones ante la administración y escribe exultante a Iglesias el 24 de mayo de 1949:

Pocas películas salen de la Censura tan limpias. Ni una sola objeción, ni la más mínima observación. El Sr. Zabala me ha leído, particularmente, los informes. Son magníficos. Te emocionarías si los leyeras. Elogian la construcción, el tema, el sentido moral y social, la sencillez, la claridad, el adecuado desarrollo y, sobre todo, los diálogos. Un informe de los pocos francamente buenos que se emiten. [...] Lo cierto es que no puedo quejarme de la censura y que allí se me considera de un modo estupendo. Hemos hablado de posibles modificaciones. En su opinión, lo mejor sería no tocar nada. Sin embargo, les ha parecido bien le idea de aumentar la emoción del final mediante una lucha abierta y declarada entre los pescadores antes del disparo del cartucho. Con sólo eso hay bastante. El plano de la disputa entre padre e hijo puedes rodarlo "con bofetada". Los cambios del final los haré dentro de unos días, para lo que conviene que mandes otra copia del guión que, además, me gustará tener. No estaría de más que, como medida de precaución, cambiara el nombre de Margalida, por otro que sea también frecuente en la isla. Lo digo porque la película que piensa hacer [Carlos] Serrano de Osma está basada en la novela de Blasco Ibáñez y se notaría mucho si las dos protagonistas tuvieran el mismo nombre. Por lo demás, no creo que hagan falta otras modificaciones. Lo de Serrano me parece todavía un poco dudoso. [Archivo de Miguel Iglesias Bonns en Filmoteca de Catalunya.]

El proyecto de Serrano de Osma, Cerco de ira, coescrito con varios alumnos de la primera promoción del Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas —Juan Antonio Bardem, Luis G. Berlanga, Agustín Navarro—, arrancará su rodaje en Ibiza en otoño de 1949 y se verá truncado a principios de 1950 por la insolvencia económica de la productora Castilla Films. [Asier Aranzubia: Carlos Serrano de Osma: Historia de una obsesión. Madrid: Filmoteca Española, 2007, págs. 167-171.] Agustín Navarro intenta recuperar el proyecto a principios de la siguiente década, ya c´omo director, con Nuria Torray como protagonista. [Primer Plano, núm. 1146, 30 de septiembre de 1962.]

La intención de Iglesias al emprender la producción de Ley del mar es la misma: rodar en Ibiza, en exteriores naturales, mostrando los paisajes y algunas tradiciones populares en un entorno humano primitivo y de hondo dramatismo. La diferencia es que el guión de Salvia dota al drama rural de un carácter cuasimitológico: el enfrentamiento entre las gentes de la tierra y las del mar. Sin embargo, las principales carencias de la cinta provienen de un libreto en el que las situaciones están mejor planteadas que resueltas y más dialogadas que dramatizadas. No obstante, con la colaboración del operador Jaime Piquer, Iglesias mima los exteriores con abundantes referencias al cine iberoamericano, de Ala-Arriba! (José Leitão de Barros, 1942) al cine indigenista del “Indio” Fernández, y echa el resto en la persecución y enfrentamiento final entre los pescadores. Así que la cinta, breve por demás, “termina arriba”.

Tras colaborar en algunos guiones producidos por Pecsa Films y dirigidos por Gascón, Carreras Planas le cede la marca para el rodaje de El fugitivo de Amberes (1954). Bell Fermer (Howard Vernon) ha robado en París el famoso diamante Woolsey de la princesa Ahmaru. Álex (Luis Induni), un perista residente en Amberes, se ofrece a comprarlo, pero descubre in extremis que Fermer ha pegado el cambiazo y pretende colarle una falsificación. La banda de Álex persigue a Fermer, que consigue escapar con rumbo a Barcelona en el barco de Max (Joan Capri). En la Ciudad Condal su contacto es Montes (Alfonso Estela), propietario del Baile y las Atracciones Apolo, rebautizadas para la ocasión como “La Bola de Oro”. Durante una redada en busca del asesino de un joyero asesinado, el comisario (Manuel Gas) detiene a Fermer. El joven inspector Jordán (José Marco) entra entonces en contacto con la representante de la aseguradora del diamante, Gisele (Anouk Ferjac). Al salir de la comisaría Fermer se reúne de nuevo con Montes y éste le propone asociarse. Montes pone también como cebo a la bella cantante Carmen (Amelia de Castro). En la torre de Jaume I le confiesa que tiene el brillante y le propone huir juntos. Carmen, que está haciendo un doble juego, informa a Montes, que envía a un sicario para que se cargue a Fermer. La trama continúa enrevesándose más y más hasta que tiene lugar la persecución por la Autogruta, en cuyo túnel Álex da caza a Fermer, cuajando una secuencia de voluntarioso expresionismo. Si las locaciones en París y Amberes no ahorran las vistas de lugares emblemáticos, Barcelona no les queda a la zaga. El Barrio Chino, el Tibidabo, el cine Kursaal y la torre del funicular del puerto son escenarios privilegiados. Los decorados se construyeron en los estudios Orphea de Montjuich. Hay aquí una serie de sótanos donde se desarrolla buena parte de la acción y que dan paso a las Atracciones Apolo, ya conocidas del clímax de Apartado de Correos 1001 (Julio Salvador, 1950).

Recuperado poco después gracias a un préstamo personal, Carreras Planas recurrirá a Miguel Iglesias para reflotar Pecsa Films en 1955. A finales de ese año ha confiado al actor Ramón Hernández un proyecto titulado Dulces primaveras. Se trata de un argumento de corte sentimental con protagonista infantil, que los triunfos de Pablito Calvo y Joselito no han caído en saco roto. Carmen, humilde portera de una finca aristocrática, tiene la ilusión de que su hijo Luisito pueda ir al mismo colegio en el que estudian los hijos de los señores de Arqué, las Escuelas Pías de Sarriá. El chico es admitido como interno y comparte habitación con un chaval díscolo criado en Venezuela, cuyo único interés es escapar de allí. Descontento con el resultado de las primeras semanas de rodaje, Carreras Planas recurre a Iglesias, que considera insalvable el proyecto. Carreras le urge a que rehaga el guión y aproveche lo que pueda de Dulces primaveras. El 14 de febrero de 1956, Pecsa Films comunica a la Dirección General de Cinematografía el cambio de título por el de No estamos solos. A pesar de todo Ramón Hernández aparece acreditado como autor de la idea original y con el ambiguo crédito de “Director Artístico”, que nada tiene que ver con el apartado escenográfico de la película. José Antonio de la Loma se encarga de redactar el nuevo libreto. La estructura se resiente de la construcción a salto de mata. Lo que empieza como drama romántico deriva inesperadamente en película sobre la infancia descarriada. Hay un punto de inflexión, la marcha de la madre de la casa de su cuñado, cuya única motivación es soldar el nuevo argumento con las localizaciones planteadas en el libreto primigenio en torno a la estancia del niño en el internado. La cinta tiene a partir de ese momento bastantes similitudes con Sin la sonrisa de Dios (Julio Salvador, 1955), cuyo argumento y guión también eran obra de José Antonio de la Loma y en la que intervinieron como actores Ramón Hernández y Javier Dotú.

Ana (Isabel de Pomés) es una joven viuda que regresa de Venezuela con su hijo César (Javier Dotú) para establecerse en Barcelona, en casa de su cuñado, el doctor Solórzano (José Eslava). Es éste un hombre mayor, dedicado a su profesión, también viudo, con un hijo pequeño de la misma edad que el recién llegado, Jorge (David Vives), y una hija ya crecidita llamada María José (Diana Mayer). Las complicaciones sentimentales surgen cuando Ana se enamora de Pablo (José Marco), un discípulo de su cuñado que mantenía una relación sentimental con María José. Diana Mayer, que en Dulces primaveras iba a hacer el papel protagonista, interpreta a una villana a la altura de la Gene Tirney de Leave Her to Heaven (Que el cielo la juzgue, John M. Stahl, 1945). Intriga ante su padre para que eche a Pablo de la clínica cuando descubre que está enamorado de Ana, argumenta que ésta lo ha seducido con su falta de decencia e incita a César a escapar del internado contándole que su madre no quiere verlo porque ama a Pablo. Pero durante la huida el pequeño Jorge sufre un accidente y Pablo le practica una intervención a vida o muerte.

Cuando el padre Rosendo (Rafael Calvo) le comunica a Ana la concesión de la beca nos enteramos inopinadamente de que el chico tiene tendencias agresivas, algo que hasta ese momento nos había pasado completamente desapercibido. De este modo el melodrama sobre “el derecho de amar” de la madre se convierte, durante las escenas en el internado, en la tragedia del “hijo que debe purgar la culpa de su padre”. César intenta emularlo en todo: el orgullo le lleva a querer volver a poner en marcha los pozos de petróleo en Venezuela. Pero su progenitor ha cometido el más terrible de los pecados: el suicidio. La salvación de Jorge sirve para que César abrace a Pablo como nueva figura paterna bajo atenta mirada del sacerdote. Por fin, los amantes pueden reunirse en el mismo plano, aunque la consumación de su amor no es el clásico beso made in Hollywood sino una mirada al corredor por el que se alejan el sacerdote y el niño y sobre el que aparece la palabra “fin”. Para ello ha sido necesario evacuar de la historia al doctor y a su hija: él estrecha la mano de su discípulo al acabar la operación, ella llora arrepentida y se volatiliza. Iglesias justifica el final moralizante por el imperativo de las especiales circunstancias que se vivían en España, “que nos impedían dar soluciones lógicas a los problemas que planteaban los films”. Al contrario que en otras películas del ciclo el componente religioso es secundario. Algunas escenas tienen lugar en la noche de la llegada del Nuevo Año y en la cabalgata de Reyes, celebraciones apegadas al paganismo en unas fechas que propician la estampa devota. Para Iglesias, las Navidades son un elemento más del decorado, una ocasión para subrayar el sentimentalismo melodramático de ciertas secuencias.

Debido al buen rendimiento económico obtenido por No estamos solos, Carreras Planas solicita a Miguel Iglesias otro argumento. Éste recurre entonces a una idea concebida a partir de la popularidad de Mónaco por la boda de Grace Kelly y el príncipe Rainiero ese mismo año: un variopinto grupo de viajeros realiza en un microbús el viaje desde el principado hasta la frontera española. Carreras Planas encomienda el guión, como en la película anterior, a José Antonio de la Loma y Luis S. Poveda, que facturan una historia de corte sentimental con un fondo policíaco que se va desarrollando según avanza el viaje.

Un agente de un país de detrás del telón de acero debe neutralizar a un científico evadido que intenta llegar a España. Para evitarlo, viaja en el microbús un policía español cuya libertad de acción se ve limitada por las leyes internacionales. El resto de los viajeros son un contable de unos grandes almacenes que ha desvalijado la caja de caudales de la empresa, un actor fracasado, un millonario al que su coche ha dejado tirado, una joven embarazada a la que la familia de su novio no acepta... Pequeños dramas que quedarán relegados a un segundo plano cuando el microbús sufra una avería y los pasajeros se vean obligados a aceptar la hospitalidad de un escultor (Rafael Durán) y de una mujer ciega (Isabel de Pomés). El artista mantiene una relación con su modelo (Mercedes Monterrey). El título hace alusión a un incidente melodramático de la trama. La mujer del escultor sabe que éste la engaña al reconocer, gracias al tacto, los rasgos de la otra en las esculturas de su marido. A pesar de ello, las compra en secreto para que él no se dé cuenta de su fracaso como artista. La toma de conciencia sobre el sacrificio de la abnegada esposa hará regresar al escultor al buen camino, como sucederá el resto de viajeros: el contable devuelve el dinero sustraído, el novio viaja hasta la frontera a recoger a la embarazada, el millonario le propone unas vacaciones en España a la modelo abandonada y el agente español detiene al espía comunista. La cinta no se estrena hasta dos años después de su realización en programa doble con All Ashore (Marino al agua, Richard Quine, 1953) en tres salas de la Ciudad Condal. El reseñista de la Hoja del Lunes de Barcelona hace entonces la crítica conjunta de Miguel Iglesias como practicante hisponoscópico:

El mismo día, y protagonizadas por la misma actriz, nos han llegado dos películas de uno de los directores barceloneses que más trabajan y del que, últimamente, recordamos haber visto El fugitivo de Amberes, El cerco, Veraneo en España, Heredero en apuros y Un tesoro en el cielo —para nuestro gusto, la mejor— a las que han venido a unirse ahora Los ojos en las manos y No estamos solos coincidentes también en el sistema de pantalla ancha (Hispanoscope) empleado. Y dejamos constancia de ello porque ésa parece ser la característica calificativa de ambas cintas, en las que destaca la preocupación técnica por una buena fotografía, que se logra casi totalmente, sobre todo en No estantes solos, en que gran parte de la cinta es un auténtico documental de Barcelona, bellamente compuesto, lo que, si actúa en demérito de la calidad argumental, no es gran defecto cuando ésta deja bastante que desear.
Miguel Iglesias se nos muestra, pues, como un hábil director, que no ha contado con los necesarios colaboradores. Los asuntos utilizados carecen de vigor e interés y la interpretación se inclina hacia lo deficiente. Hasta el punto de que los pequeños Javier Dotu y David Vives, más dúctiles en las manos realizadoras y más espontáneos en su labor, parecen dar lecciones a los mayores. [Castell, en la Hoja del Lunes de Barcelona, 21 de abril de 1958, pág. 17.]

Carreras Planas ha producido el debut de José Antonio de la Loma en la dirección: un policial ambientado en el mundo de los camioneros titulado Manos sucias / La norte ha viaggiato con me (José Antonio de la Loma, 1957) cofinanciado por Italia y con Amedeo Nazzari en el papel protagónico. Son los últimos coletazos de un dragón agonizante. En 1958 se declara en bancarrota y la película que está produciendo pasa a manos de sus acreedores. Es ¿Dónde vas, Alfonso XII? (Luis César Amadori, 1958), el gran éxito de la temporada. Mientras tanto, Iglesias no se ha quedado quieto. Durante dos meses se establece en Madrid, intentando levantar algún proyecto ante el declinante panorama de la otrora boyante industria barcelonesa. Antes de que caiga en la desesperación recibe una llamada de José Antonio Martínez de Arévalo, jefe de producción de No estamos solos, para que se incorpore como realizador a una aventura un tanto rocambolesca. Su desconsolada esposa (Miguel Iglesias, 1957) es la adaptación de un juguete cómico de Antonio Paso y Salvador Martínez Cuenca que el público popular barcelonés conocía al dedillo no sólo por la versión de Valeriano León y Aurora Redondo —estrenada en 1924 y repuesta en 1932, 1940 y 1950—, sino por la que Paco Martínez Soria ha repuesto en el teatro Talía de la Ciudad Condal el 13 de julio de 1957. La excusa argumental es la resurrección del industrial cataléptico Antonio Retama Cantueso (Conrado San Martín) lo que provoca el consiguiente enredo a costa del idilio entre “su desconsolada esposa” (Michele Codey) y su amigo César (Antonio Almorós). Éste, a su vez, es el novio de Dora “La Cometa” (Conchita Ortiz), estrella de la canción e hija del señor Domingo (Paco Martínez Soria), que trabaja como vigilante en el camposanto donde reposa el supuesto cadáver. Harto de negocios y de su familia política, Antonio decide dedicarse a su verdadera vocación: el jazzbandismo. Para ello cuenta con la complicidad de Dora, también despechada por la traición de César.

La valoración oficial es bastante pobre, a pesar del color y la pantalla ancha. El propio Miguel Iglesias Bonns reconoce que él la dirigió igual que lo podrían haber hecho Mariano Ozores o Pedro Lazaga. Y lo cierto es que la cinta tiene un cierto aire de familia con Las dos y media y... veneno (Mariano Ozores, 1959) y con las comedias desarrollistas que por aquellos años realizaba Lazaga para Ágata Films. Cintas en color y pantalla ancha, ambientadas en contextos de alta comedia pero con incrustaciones musicales y apuntes costumbristas, ocasionalmente fúnebres. Lo que no queda claro es porqué Iglesias no menciona también a Iquino, a cuya órbita parece adscribirse por la presencia en el reparto de Paco Martínez Soria.

Con éste ya había colaborado antes en Veraneo en España (1956). Como tantas otras españoladas, la cinta se postula como parodia y burla del filón para terminar asumiendo todos sus elementos constitutivos. La película adopta la estructura de una revista musical a la española, alternando una serie de actuaciones musicales del “Príncipe Gitano” y su hermana Dolores Vargas “La Terremoto” con la anécdota de un industrial británico llamado Kerrigan (Emilio Fábregas) que viaja a España para disfrutar de su sol y de la belleza de sus mujeres. Los interludios cómicos corren por cuenta de Mary Santpere en el papel de la señora Kerrigan, empeñada en bailar flamenco como una gitana, y de Paco Martínez Soria, un taxista apodado “Gasolina”, que sirve de guía al inglés y le salva de la celada que pretende tenderle una banda de delincuentes encabezada por un tal “Carioca” (Carlos Otero). Resuelta la trama policiaca mediado el metraje, queda el camino expedito para la inserción de varios números más de la pareja protagonista y de un gran final burlesco con todos los participantes. Una extraña coda acumula en los últimos dos minutos postales en movimiento de Montserrat, la basílica del Pilar, la fuente de la Cibeles y la Giralda. Carentes de cualquier sentido dramático y ajenas a la trama cómica protagonizada por el taxista y la pareja de ingleses, su sentido parece deberse únicamente a un capricho del productor, distribuidor y argumentista, Juan Arajol. La labor de Miguel Iglesias debió de verse reducida a marcar las posiciones de cámara y a que se cumplieran unos plazos de rodaje seguro exiguos, habida cuenta de que, además, rodaba el mismo tiempo El cerco en los Estudios Orphea. Sin solución de continuidad, aún tiene el humor de embarcarse en la realización de Heredero en apuros (1956), en la que de nuevo tienen protagonismo los números musicales protagonizados por El Príncipe Gitano. Sobre un esquema argumental de Juan Bosch se alternan los números musicales exentos -acaso con la idea por parte de Arajol de distribuirlos como complementos musicales- y las escenas dialogadas por Ramos de Castro, que ya ha ejercido con anterioridad en varias ocasiones como émulo de Muñoz Seca en estas lides de confrontar las esencias españolas con el esnobismo europeísta. Ni que decir tiene que la españolada triunfa en el enfrentamiento. Miguel Iglesias cumple con su cometido de rodar en los plazos estipulados, sin mayores alardes.

Tras sus comedias turístico-musicales para Arajol, Miguel Iglesias realiza para Este Films una "dramedia" de tesis a partir de un argumento de Juan Bosch. Como muchas películas de la época, Un tesoro en el cielo (1956) plantea un dilema moral. El empresario Ernesto Aguilar (Alberto Closas) está dispuesto a arruinarse con tal de que su mujer, Isabel (Susanne Lévesy), salve la vida durante su primer parto. Pero todo parece aliarse en su contra: el eminente cardiólogo que estaba en Barcelona ha regresado urgentemente a Madrid, está a punto de atropellar a un mendigo, el coche se estropea... Pero el vagabundo resulta ser una de esas encarnaciones del destino de las que tan querenciosos son los autores de dramas de tesis... y de fábulas morales. Él es quien le conduce a una iglesia en la cual hará una promesa ante Cristo crucificado: si su mujer se salva, entregará toda su fortuna a los necesitados. La encrucijada moral ha pasado a convertirse en un dilema religioso, de acuerdo con los gustos de la administración española de la época, que, aún insatisfecha con este giro, obligó a la productora a incluir una larga escena en el último acto en la que un sacerdote subrayaba el recto sentido de la moraleja conforme a la ortodoxia. El problema es que este desenlace le sienta a la película como a un Cristo una pistola, puesto que el desarrollo planteado por Juan Bosch en el argumento apostaba por una línea humorística, deudora del Frank Capra de It's a Wonderful Life! (¡Qué bello es vivir!, 1946) y de Mr. Deeds Goes to Town (El secreto de vivir, 1936), cintas ambas que le sirven de inspiración directa. Por el camino, el protagonista ha visto su vida y la de su hijo en peligro en una serie de situaciones que no hacen sino resaltar el carácter fantástico –y humorístico- de un planteamiento que se ve boicoteado desde la propia narración por la necesidad de amoldar lo que se presenta como chifladura a una doctrina que postula la caridad como una de las virtudes teologales. El modo en que el protagonista se habría enriquecido durante la posguerra queda reducido a un somero apunte, dejando de lado uno de los motores dramáticos de su comportamiento –la culpabilidad- pero allanando también el paso por la censura de un guión que podría haber sufrido contratiempos de haber sido más incisivo. Parece que el voto vinculante del representante de la Iglesia en el comité censor resultó, en esta ocasión, decisivo.

En otras ocasiones Iglesias ha sido artífice de policiales estimables, como El fugitivo de Amberes y, sobre todo, El cerco, que recrea hechos protagonizados por el maquis en Cataluña, con el grupo de Quico Sabaté a la cabeza. Las acciones anarquistas, brutalmente reprimidas y que culminaron en Barcelona con tiroteos en plena calle, llegaban a las secciones de sucesos de los periódicos convenientemente podadas de cualquier matiz político. El cerco arranca con un bloque de secuencias modélico en el que cinco hombres atracan una fundición. Pero los trabajadores les sorprenden, hieren a uno de ellos y todo se tuerce. La policía está tras su pista y el más joven decide quedarse con el botín. Aparte del brillantísimo atraco inicial, prodigio de planificación y ambiente, las escenas de cómo van cayendo uno a uno los delincuentes hacen gala de una violencia digna de un Phil Karlson. A pesar de ello, la crítica cinematográfica insistía en lo ajeno de aquellas ficciones a la realidad española. El historiador del cine español Fernando Méndez Leite propugna que a pesar “de la buena voluntad del realizador, sólo ha podido crear personajes falsos, de reacciones que nos recuerdan a los auténticos gángsteres de Chicago”. Acaso por ello las gacetillas insistían en que la cinta discurría “por una vertiente distinta a la de las muestras más conocidas del mismo estilo, pues la trama novelesca y convencional de aquéllas, ha sido substituida por la repercusión humana de la anécdota verista”. No lo verán de este modo los lectores de la Junta de Clasificación y Censura. En su informe de 10 de febrero de 1955 José Luis García Velasco escribe en la casilla reservada al “Matiz político y social” del proyecto: “Nada que señalar, como no sea la pesadez con la nuestros guionistas policiacos presentan siempre a Barcelona como centro de actividades terroristas”. [Expediente de censura previa en el Archivo General de la Administración, 26/04756].

Muy distinto tipo de intriga es El mensaje, un drama de Jaime Salom que Iglesias dirige en su estreno teatral en 1951 y que, posteriormente adapta al cine con el título de Carta a una mujer (1961). El asunto, rico en incidencias para una obra escénica, cuenta con un personaje “símbolo”, viable en el escenario pero muy complicado de sostener en la pantalla. Se trata del hombre (José Guardiola) que llega a la casa en la que Augusto (Luis Prendes) y Flora (Emma Penella) cohabitan, para comunicarle a la mujer que su marido, voluntario de la División Azul al que creía fallecido en las estepas rusas, sigue vivo. Por eso el pasado del personaje interpretado por José Guardiola, “El Asturias”, lo vincula con la película anterior. Se supone que es un disidente comunista y que por ello coincidió con Carlos en el campo de trabajo. Ahora ha entrado en España formando parte del maquis. La acción se sitúa en la Barcelona de 1954 y, como La espera (Vicente Lluch, 1956), toma el atraque del buque Semíramis en el puerto de Barcelona –ampliamente publicitado por la prensa y el No-Do- como punto álgido de la trama. Aunque el núcleo de la cinta es la duda instalada en la mente de Flora a raíz de su encuentro con “El Asturias” y la fragilidad de su relación con Augusto, el golpe planeado por el comando da lugar a un bloque narrativo autónomo que, de nuevo, vincula a esta película con El cerco, aunque, apeado el tratamiento behaviorista de aquélla, los personajes se convierten en meros portavoces del autor.

Roma de mis amores / Fontana di Trevi (Carlo Campogalliani, 1960) es una coproducción ítalo-española, rodada en Eastmancolor y SuperTotalScope, que toma elementos de otras comedias rosáceo-turísticas de aquella época de boom económico y canzonissima en Italia y desarrollismo en España. Actúa como director asociado o productor ejecutivo, según qué créditos se consulten, Miguel Iglesias. El enredo sentimental tiene como protagonistas al galán mexicano-español Rubén Rojo y al popularísimo cantante melódico Claudio Villa como guías de la agencia turística ETIB. Aparte de enseñar Roma y la Fontana de Trevi a los –y, sobre todo, a “las”- turistas tienen que organizar un viaje a Barcelona. Un trauma pretérito impide a Claudio (Claudio Villa) cantar y el pasado de tenorio de Roberto (Rubén Rojo) obstaculiza sus avances hacia el amor verdadero. Las historias secundarias, relacionadas de nuevo con enredos sentimentales entre los personajes más maduros, atañen al ya talludito galán español Alfredo Mayo y a un pícaro romano (Mario Carotenuto), que se gana la vida como vidente. La visita a Barcelona es ocasión idónea para mostrar el tópico cuadro de baile flamenco, algunos ensayos de unas bailarinas a las que instruye un coreógrafo afeminado (el veterano Miguel Ligero) y para utilizar como telón de fondo de una conversación las magníficas vistas de Barcelona desde el parque de atracciones del Tibidabo, en el que Iglesias ya había rodado en más de una ocasión.

También se ve involucrado en otra coproducción hispano-italiana de carácter turístico-musical, Cómo te amo / Dio, come ti amo! (1965) y de nuevo surgen complicaciones. A decir del director hubo algún problema con el que figuraba como titular español en la dirección y él terminó aceptando hacerse cargo de la película cuando ya había comenzado el rodaje. Para terminar de complicar las cosas, la financiación italiana correría por cuenta de la Camorra napolitana. Nada de ello se trasluce en esta comedia juvenil, tan lánguida como las dos canciones que interpreta Gigliola Cinquetti y que son el busilis de la cinta: Non ho l’età per amarti, vencedora del Festival de Eurovisión de 1964 y la que da tíulo a la película, ganadora del Festival de San Remo de 1966. El enredo para colocar los temas musicales, urdido nada menos que por Ennio De Concini, es una comedia romántica interclasista por cuenta de dos nadadoras, una napolitana (Cinquetti) y otra barcelonesa (Micaela Cendali-Pignatelli) y el novio de ésta (Mark Damon). Durante su estancia en España, la italiana no se atreve a contar a sus amigos que procede de una familia humilde. Cuando estos la visitan, todos se alían para que parezca que es una princesa. Entre recorridos turísticos –el parque de atracciones del Tibidabo y el Pueblo Español en Barcelona, Pompeya y la bahía de Nápoles- la italiana y el español se enamoran y la española encuentra a su media naranja en el hermano de su amiga (Antonio Mayans), que ha ejercido de chófer de los amigos. Ni las barreras nacionales ni las diferencias sociales importan cuando el amor es verdadero. Para completar el baño de almíbar, la institutriz española termina en brazos de un taxista napolitano y el príncipe napolitano se aviene a casarse con su amante de toda la vida. Iglesias se aplica a intentar que los números musicales no descuajaringuen demasiado la continuidad argumental y a dar ocasión de lucimiento a los comediantes veteranos que asumen los papeles secundarios. El ensayo de ofrecer un atisbo documental de la vida de los gitanos del Somorrostro como atracción para turistas produce más sonrojo que interés en esta producción destinada a la fanaticada juvenil.

Entre estas dos coproducciones con canciones, un documental netamente hispano titulado Noches del universo (1964), cuyo modelo evidente es Europa di notte (Europa de noche, Alessandro Blasetti, 1959). Los reclamos de esta cinta en Eastmancolor y Supertotalscope rezaban: "Fasto, humor y ritmos trepidantes en una gran revista de revistas" o "El más selecto desfile de espectáculos y atracciones musicales internacionales", aunque con el listón de los espectáculos de striptease a la altura de la censura española. Sólo hemos podido ver la actuación del Dúo Dinámico en un club madrileño. Cantan su éxito Lolita y, durante el puente musical, Manuel de la Calva saca al escenario a una joven espectadora que baila el twist con ellos. La locución, con tono condescendiente –por no decir directamente machista– asegura que las melodías de Arcusa y De la Calva "cuentan entre la juventud con un gran número de seguidores... bueno, hemos querido decir seguidoras. El impacto de estos jóvenes en las chicas de hoy es innegable, creemos que porque han sabido dar a un estilo conocido un matiz original y lleno de una cierta ingenuidad y de una indudable simpatía".

En Muerte en primavera (1965) vuelve a contar con Salom y con su viejo conocido Durán Alemany. Miguel (Paco Morán) se autoinculpa de la muerte de su amigo Carlos (Óscar Pellicer) en el yate de su propiedad. Interrogado por la policía del puerto, Miguel rememora las circunstancias que le han conducido al asesinato. Acaba de casarse con Isabel (Mónica Randall) y los tres coinciden en la finca que Carlos le vendió a su amigo. Desde entonces, vive vagabundeando de puerto en puerto. En el yate los recién casados se encuentran con Sandra (Yelena Samarina) una mujer rica, casada y alcohólica de la que, evidentemente, vive Carlos. Con una realización plenamente funcional, el intríngulis se basa más en el juego establecido con el espectador que en una auténtica intriga psicológica. Coadyuva a ello la estructura de un guión en el que colabora el dramaturgo Jaime Salom y en el cual, una vez finalizada la declaración de Miguel y apenas mediado el metraje, comparece Isabel para declarar que fue ella quien mató a Carlos. Seguimos entonces la historia desde su punto de vista, accediendo a algunos datos que antes se nos habían ocultado. El careo entre ambos esposos debería servir para dilucidar quién es el verdadero culpable… aunque el comandante del puerto (Carlos Lemos) ya ha advertido que hay otros móviles en juego.

A juzgar por el argumento, el título internacional de La spada del Cid se le antoja a uno mucho más acertado que el español Las hijas del Cid (1962). Cierto es que el punto de partida es la afrenta del robledo de Corpes tal cual se relata en la tercera parte del Cantar del Mío Cid, pero una vez utilizada esta anécdota para plantear el conflicto, la cinta deriva hacia las aventuras de capa y espada. Y ésta es la "Colada", hermana de la más célebre "Tizona", y arrebatada por lo que dice el Cantar a Ramón Berenguer II, conde de Barcelona. Como quiera que éste fuera asesinado por su hermano Berenguer Ramón, al que llaman "El Fratricida", y que a su ayuda recurren los cobardes infantes de Carrión para pagar la multa que les ha impuesto el rey Alfonso, ya tenemos montada una intriga política con sus usurpadores y sus herederos legítimos, al estilo de The Adventures of Robin Hood (Robín de los bosques, Michael Curtiz y William Keighley, 1938). Claro que el insulso Roland Carey no es Erroll Flynn, pero de lo que se trata es de facturar una película aseadita que aproveche el revuelo mediático provocado por El Cid (Anhony Mann, 1961). Rodrigo Díaz de Vivar -que no aparece en la película- gobierna Valencia. Los infantes de Carrión deben devolver las espadas que El Cid les entrego cuando desposaron a sus hijas y enfrentarse en un duelo con los paladines de doña Sol (Chantal Deberg) y doña Elvira (Daniel Bianchi). Pero Félix Muñoz (José Luis Pellicena), su sobrino, ha sido herido durante una emboscada y cede su puesto en el duelo al joven Ramón (Carey). Sólo más tarde nos enteraremos de que es el hijo de Ramón Berenguer y que el condado de Barcelona le pertenece por derecho de sangre. La flagelación de las hermanas, las persecuciones a caballo, los duelos a maza y espada y el ineludible asalto al castillo son las piedras miliares de esta película de género realizada con razonable solvencia y sólo insalvable en el capítulo interpretativo. En este apartado destaca el shakespereano fratricida interpretado por Andrés Mejuto y el forzudo cómico encomendado a Luis Induni, a medio caballo entre el Little John de Robin Hood y el Goliat de El capitán Trueno.

Signo de los tiempos, Destino: Estambul 68 / Occhio per occhio, dente per dente (1967) está rodada en Techniscope. Al parecer, Anónima de asesinos / Jerry Land, cacciatore di spie (Juan de Orduña, 1966) debería ser haber sido dirigida por Igleisas conforme a los acuerdos de coproducción que Fortunato Bernal, el socio de Orduña, tenía establecidos para la coproducción. La intrincada genealogía del proyecto parece tener como origen una novela de la colección "Servicio Secreto" de Bruguera publicada en 1952 con el título de Morir es muy fácil y firmada por Mark Halloran, uno de los seudónimos habituales de Jorge Gubern. En qué momento este guión conoció una nueva versión titulada Operación Vietnam: La muerte espera en Tonkín resulta por ahora imposible de desentrañar. Sobre todo porque aparece un nuevo autor de la base literaria: el ignoto Rex Haulson. Ante la inminencia del acuerdo para rodar en Líbano, es el propio Orduña quien asume el proyecto apenas unos días antes de que comience la filmación.

Iglesias se desquitará con Destino: Estambul 68, en la que un grupo de falsificadores internacionales ha inundado Estados Unidos con dólares falsos, haciendo peligrar la economía internacional. El ejército y el FBI andan despistadísimos pero el periodista Jeff Gordon (Jack Stuart) ha publicado que a la solapa de la chaqueta de Lincoln le falta un ribete, por lo que el pingüe negocio se tambalea. Los maleantes han secuestrado al profesor Sheldon y a su hija (Gilda Geoffrey), a la que dejan a merced del sanguinario doctor Alex (Víctor Israel). Pero el intrépido Gordon recibe la ayuda de Mike Harris (Tomás Torres), un miembro de la sección británica de Interpol, y de una aventurera aliada con los mafiosos (Mónica Randall), que ha caído rendida ante sus muchos encantos. Como se puede comprobar el argumento no es más que una colección de tópicos bondianos hilvanados con desigual pericia.Si hemos de creer al director, el proyecto se fue armando sobre la marcha, a tenor de las necesidades de la coproducción entre los hermanos Balcázar y la productora italiana de los hermanos Maggi que iban a rodar en Estambul simultáneamente El hombre del puño de oro / L’uomo dal pugno d’oro (Jaime Jesús Balcázar, 1967). Tiroteos en el puerto, persecuciones por el Bósforo, dardos envenenados, combates de lucha libre... Cine bis sin complicaciones, tebeo de acción resuelto de oficio, en el que si algo destaca es la crueldad de algunas palizas rodadas con cámara subjetiva que toma la posición de la víctima. La propia improvisación del rodaje propicia que la planificación sea mucho menos rígida que en anteriores ocasiones, ateniéndose a las exigencias de la acción y de las localizaciones naturales.

Todo lo contario que Primavera mortal / Smartno prolece (1973), una extraña coproducción yugoslavo-española de 1971, cuando no había relaciones diplomáticas entre ambos países. La parte rodada en España está dirigida por Miguel Iglesias, en tanto que la yugoslava recae en Stevan Petrovic, que ha desarrollado su carrera habitualmente como ayudante de dirección o responsable de la segunda unidad de películas de acción paneuropeas. En cualquier caso, se supone que la fuerza unificadora del proyecto –figura como productor y guionista-  es el novelista Lajos Zilahy, que adapta su novela de 1922. Las injerencias en el rodaje del escrito –denunciadas por Iglesias- debieron de tener, en efecto, enorme fuerza niveladora, porque, aparte del recurso al zoom y al gran angular, más acusados en el equipo yugoslavo, el conjunto mantiene una continuidad notable. También contribuyen a ello una partitura omnipresente y la interpretación -harto plana- de Bruce Pecheur. En la cuenta de Miguel Iglesias hemos de consignar una gran capacidad para el mimetismo. Recursos del cine romántico-literario de esta época -Doctor Zhivago (David Lean, 1965), Metello (Mauro Bolognini, 1970) o Il giardino dei Finzi-Contini (El jardín de los Finzi-Contini, Vittorio De Sica, 1971)…- como la fotografía suave o la incorporación de la naturaleza y la música a la peripecia de los amantes datan el producto, lo que no debió de resultar muy favorecedor durante su fugaz paso por las pantallas españolas, en su tardío estreno comercial ya en la década de los ochenta.

Cine XX, productora personal de Iglesias y cobertura administrativa para el rodaje en España de Primavera mortal, ya había producido Presagio (1970). La acción arranca en un hospital de Nápoles, donde el doctor Paul Ascott (Gil Vidal) sufre un desfallecimiento durante una intervención quirúrgica. En una fiesta conoce a Berta Reinaldi (María Silva), una mujer con poderes psíquicos que realiza algunas experiencias con el doctor Bruno Walker (Antonio Durán). Carla (Marta May), la anfitriona, propone que realicen una demostración para vencer el escepticismo de Paul. El broche que Carla le entrega para hacer la experiencia perteneció a su hermana Renata, recientemente fallecida y paciente de Paul. Pero a raíz de esta experiencia parapsicológica Berta está convencida de que la muerte no ha sido por causas naturales, como todo el mundo piensa, y Paul necesita confirmar sus sospechas para recuperar la tranquilidad. La trama toma un giro inesperado cuando Berta se ofrece a cuidar a la hija de la fallecida y entra en colisión con Sofía (Marta Padován), antigua institutriz de la niña y amante del viudo. Estos giros pretenden dosificar el interés, pero Miguel Iglesias se concentra en las escenas de crisis, donde conjuga planificación, iluminación con colores primarios saturados y montaje sincopado para ofrecer al espectador una experiencia próxima a la que perciben los personajes. Además, los elementos de suspense -y la presencia de Marta Padován en el reparto, claro- remiten a su trabajo en las películas criminales de quince años atrás. Es en estos segmentos donde Iglesias hace valer su oficio.

A mediados de los setenta Iglesias recala en Profilmes, la Hammer a la española, con Paul Naschy en el ápice de su fama como actor y guionista exclusivo. Hasta cinco películas dirige Iglesias para la productora de Pérez Giner, aunque hubo algunos otros guiones que nunca se pudieron realizar. Son producciones modestas, realizadas con urgencia y dobladas al inglés para cubrir el cupo de ventas a los circuitos B foráneos, que constituyen su principal fuente de financiación. A cambio de un sueldo que rondaría el cuarto de millón de pesetas por título, Iglesias toma el relevo de León Klimovsky en las producciones que éste no tiene tiempo material de sacar adelante. Las cuatro primeras son una serie de aventuras selváticas protagonizadas por el forzudo vallecano Richard Yestaran y por la artista circense Eva Miller. Las cuatro utilizan recursos del tebeo de aventuras y de la novela popular: trafico de armas o de diamantes, aviones estrellados en la selva, tribus salvajes en constante lucha con la supuesta civilización... De vez en cuando, un quiebro irónico: en La diosa salvaje (1975), la hija del jefe de la tribu ha estudiado en Europa y espera la llegada de un reportero (Ricardo Merino) para que le traiga las últimas novedades bibliográficas. Naschy; en un papel secundario, es el tío de la muchacha criada en la jungla, que ha emprendido la expedición no para devolvérsela a su madre sana y salva, sino para hacerse con los diamantes que se perdieron en el accidente, quince años atrás. En Kilma, la reina de las amazonas (1975). Dan Robinson (Frank Braña) arriba a una isla del Pacífico donde presencia la lucha entre una tribu de una isla vecina compuesta por hombres y un grupo de amazonas comandadas por Kilma (Miller) y la bella Tiyu (Claudia Gravy), que terminarán enfrentándose por el varón. El guión está construido con retales de Ayesha y Antinea, de Robinson Crusoe y del ciclo de mujeres prehistóricas en bikini. Carente de ángel, supone el nadir como narrador de oficio de Miguel Iglesias.

En La maldición de la bestia (1975) se enfrenta por fin al mito de Waldemar Daninsky, el hombre-lobo con denominación de origen hispánica. Para la ocasión el guión de Naschy sitúa a su personaje-emblema en el mundo contemporáneo, como eminente psicólogo y antropólogo, conocedor del Tibet y fluente en nepalí. No sabemos para qué le pueda servir su poliglotismo porque en la versión española los nepalíes hablan español y suponemos que en la inglesa lo harán en la lengua de sir Henry Rider Haggard sin ninguna dificultad. Pero es un detalle de caracterización que nos satisface como amantes del serial y las novelas de aventuras y decisivo para que acompañe al profesor Lacombe (Castillo Escalona) y a su hija (Grace Mills) en su viaje al Tíbet con el objetivo de capturar a un ejemplar del yeti. Al intentar localizar un paso en la montaña, Waldemar accede a un templo subterráneo donde habitan dos bellas hermanas antropófagas, adoradoras del dios Moloch y ansiosas de saciar otros apetitos con un macho como él. Antes de que pueda acabar con ellas, una le muerde y lo convierte en licántropo. La única cura es la flor del acónito, pero antes de hacerse con ella deberá luchar contra los bandidos y la temible nigromante Wandesa (Sylvia Solar). La imaginería del ciclo licantrópico de Naschy se recicla de nuevo –los saltos prodigiosos en sus ataques, el encadenamiento en las noches de plenilunio, la mujer que le ama y que es la única que podría salvarle de la maldición…-, aunque para la ocasión mezclada con toda clase de incrustaciones del tebeo de aventuras. Iglesias cumplió con la obligación de rodar una doble versión para el mercado internacional en la que Sylvia Solar, Grace Mills, Verónica Miriel y alguna figurante aparecían más o menos en cueros y más o menos torturadas. Con desnudos o sin ellos, la cinta cumple con su cometido de proporcionar hora y media de entretenimiento a un público amante de las variaciones sobre el estándar seriado y pedirle rasgos de autoría al realizador sería tan descabellado como incoherente.

En la etapa declinante de Profilmes, cuando la Transición propicia una breve etapa dedicada al cine de autor, Miguel Iglesias se hace cargo de uno de los proyectos más delirantes de la empresa, una historia fantástica sobre la resurrección de la hija de Moctezuma en el Pirineo catalán. Desnuda inquietud (1976) retoma algunos elementos de Presagio. La historia comienza en París, donde dos amigos Roger y Frank (Ramiro Oliveros y Gil Vidal) han acudido al entierro de Jean. Según abandonan el cementerio una carcajada sobrenatural de mujer sobrecoge a los enterradores. La presencia de lo que podría ser un espectro en algunas fotografías tomadas por el difunto Jean en el pueblo del Pirineo donde residió antes de volver a Paría a morir sin causa aparente convence a Roger de viajar al Pirineo. Frank le acompaña. Allí se enteran de que mantuvo una relación con María (Nadiuska), una extraña joven a la que la gente del pueblo acusa de estar poseída. En la casa en la que vivió Jean se producen extrañas psicofonías y las nuevas fotografías revelan imágenes en las paredes que no están allí. Así que los amigos deciden ir a visitar a María en la casa de la montaña en la que vive con su padre (Luis Induni). La sanación de un niño con la pierna gangrenada -un efecto conseguido mediante una serie de encadenados, como las conversiones de Valdemar Daninsky en licántropo- y los sucesos paranormales remiten a una de las corrientes del cine fantástico contemporáneo. Los desnudos de Nadiuska son el resultado estricto de la situación de la industria en España, previa a la desaparición de la censura a finales de 1977. Por tanto, ni la regresión de María a la época de su antepasada, lograda por Roger mediante la hipnosis con un amuleto azteca, ni las alusiones al filón paranormal pesaban tanto en el ánimo del público que asistía a las salas de programa doble a ver la película como el reclamo del cuerpo de su protagonista femenina. Iglesias consigue un par de escenas inquietantes gracias a la certera utilización de los efectos de sonido o algunos raccords de montaje y cumple sin complicarse la vida en las escaramuzas entre los soldados de Cortés y los indígenas.

En la temporada 1978-79 Miguel Iglesias cambia el registro cinematográfico por el televisivo. Realiza entonces varios episodios de la serie de TVE en Barcelona D'un temps, d'un país, titulada como aquella vieja canción de Raimon. Los programas, coordinados por Francisco Rovira Beleta y con guiones de Enrique Josa, pretenden mostrar el paisaje y el paisanaje de Cataluña en tiempos de cambio. Tradición y modernidad se dan la mano en los espacios dedicados a las Ramblas de Barcelona o a las representaciones populares de la Pasión en el Bajo Llobregat, que ya habían servido a Iquino como escenario y macguffin de El Judas (1952). Miguel I. Bonns, según se firma, realiza más de la mitad de los programas y, entre ellos, el dedicado al Tibidabo, cuyo Parque de Atracciones le ha servido como escenario en media docena de películas. Alguna vez habíamos subido con la cámara a la Atalaya, pero nunca la habíamos visto, hasta ahora, situada en el interior del Avión, ofreciéndonos perspectivas inéditas del parque. La locución puede resultar un tanto convencional, pero la emoción y el mareo que provocan las atracciones son auténticos y la incursión en el templo del Sagrado Corazón se nos antoja un peaje inoportuno en nuestro recorrido por la diversión más profana.

Aunque no fuera un especialista en el género Miguel Iglesias ha dirigido dos de los mejores exponentes del cine criminal barcelonés. A los 73 años y para cerrar su filmografía vuelve al género en una producción de José Antonio Pérez Giner, con el que había colaborado en la etapa de Profilmes. El punto de partida de Barcelona Connection (1988) es un hecho de crónica novelado por Andreu Martín: el asesinato en la Cárcel Modelo de Barcelona de un delincuente que cumple condena por tráfico de drogas. Para atraerlo a la reja en la que le disparará un francotirador utilizan como cebo a una yonqui dedicada a la prostitución (Maribel Verdú). A través de ella el juez que lleva la investigación (Fernando Guillén) entra en contacto con la propietaria de un top-less (Claudia Gravy) que atiende a clientes importantes. Paco Huertas (Sergi Mateu), un policía íntegro, es el encargado de devanar la madeja a pesar de que sus superiores empiezan a presionarle para que deje el caso, recurriendo incluso a las amenazas a su familia. Porque según va avanzando la investigación las ramificaciones alcanzan al crimen organizado y a las altas esferas de la política. De este modo, Barcelona Connection intenta adscribirse al modelo del cine de denuncia italiano sin lograrlo por culpa de una realización deudora de la explotación más evidente, un terreno en el que Miguel Iglesias hubo de moverse a lo largo de toda su carrera como director al servicio de cuanta productora requiriera sus servicio.