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domingo, 16 de noviembre de 2025

la vocación internacional de germán lorente (3)

Para Cocinex, Filmco y Cine D'Or

La principal característica de las películas realizadas por Germán Lorente entre 1965 y 1967 es que hoy en día resultan inaccesibles. Cocinex era una empresa concebida para la exportación de cine español que participaba ocasionalmente en producción. Ostentaba la titularidad de la misma Ismael González y, aunque su fuerte eran los cortometrajes documentales, no le debió de parecer mala cosa explotar un poco más el filón playero. El resultado es Vivir al sol (1965), una cinta de la que apenas he podido ver un par de fragmentos en los que constatamos que Lorente sigue fiel a los ambientes cosmopolitas de la Costa del Sol, con el hotel Meliá Don Pepe como emblema, y a un cinismo que encuentra su más preclara expresión en las interpretaciones de Alberto Dalbés y Pastor Serrador. Lo mismo ocurre con Cover Girl (Amor en un espejo) (1967): sólo he visto un puñado de escenas; suficientes para hacerse cargo del entorno de alta burguesía internacional en el que se desarrolla la acción: coches deportivos, residencias lujosas, mayordomos de uniforme... y la presencia de Anna (la yugoslava afincada en el cine italiano Beba Loncar), modelo fotográfica, lo que en este mundo fotonovelístico equivale a una falta de prejuicios lindante con la prostitución.

Las gacetillas de Vivir al sol, acaso redactadas por el propio realizador, ponen el acento en el tono actual de la ambientación y en las localizaciones:

Con este título el cine español, de la mano de Cocinex, S.L., entra en el área del cine de hoy, con temas de hoy, con factura y contenido de hoy, desarrollando un argumento actual, en el que campean como apoyaturas básicas la acción y el romance amoroso tratado a la europea, abierta y sinceramente. [...] Desde Málaga a Torremolinos y Marbella, los modernos conjuntos de apartamentos, hoteles, piscinas, playas, lugares de esparcimiento, captados en maravilloso color por la cámara de Manuel Rojas, uno de nuestros directores de fotografía más dotados y flexibles, sirven de fondo a la fábula central, en la que el espectador va de la admiración a la sonrisa, y de ésta al inesperado latigazo dramático.

La misma nota invita a pensar en Lorente como un “realizador moderno, sensible y agilísimo, maestro en la pintura de caracteres y en la percepción y transmisión de las más sutiles sugerencias”, en tanto que algún crítico le reprocha que toque siempre idéntica melodía, tratando una y otra vez “los mismos tipos, los mismos problemas y la misma insustancialidad”. [Castell: “Cine: Novedades de la semana”, en Hoja del Lunes (Barcelona), 5 de julio de 1967, pág. 38.]

Por su parte, Filmco es la compañía de Ernesto Tejedor Chinchilla. Financia las tres películas que Lorente rueda en 1966-1967. La primera de ellas es Su nombre es Daphne, un proyecto sobre cine dentro del cine que Lorente ansiaba realizar desde hacía tiempo.

Creo que una mujer atractiva puede llegar al público y decir algo con mucha más facilidad. Es esta la razón por la que procuro siempre que mis películas tengan unas protagonistas femeninas que respondan plenamente a la moda actual. [“Germán Lorente, el director español de moda en Europa”, en El Adelantado, 28 de junio de 1966, pág. 7.]

Estos ganchos femeninos son la francesa Dominique Boschero en Vivir al sol, la también francesa Geneviève Grad —habitual en la serie del gendarme louisdefunesco— en Su nombre es Daphne (1966), la desconocida Ilia Sushan en Un día después de agosto (1967) y la serbia Beba Loncar en Cover Girl (Amor en un espejo).

Como tampoco he podido ver Un día después de agosto dejo primero la sinopsis —plagada de comas al tresbolillo— que la productora envía a la Dirección General de Cine para solicitar la licencia de exhibición...

Michel Drac, un joven cirujano francés, sufre una grave crisis profesional, en Paris, agravada por la muerte de su esposa, en circunstancias amargas, y abandona su trabajo. Va a habitar a la Costa del Sol, en España, y allí lleva una vida completamente primitiva. Sale de pesca con los amigos, recorre algunos pueblos, es útil a su manera, a desconocidos. 
Tres años más tarde, un dial Michel conoce a Jeanne, joven con pasado algo turbio, Jeanne evidentemente no es la mujer que puede ayudar a Michel. Sin embargo, el amor llegará a unirlos, con crueldad. 
Sonia, una jovencita, amiga de la familia, a la que Michel conocía en París, llega asimismo a Málaga, y va al encuentro de Michel. En los años transcurridos, Sonia se ha hecho mujer, y sigue enamorada del médico, al que conocía desde muy pequeña. Es su primer amor, sus primeros sueños románticos.
Michel, torturado por sus problemas y dudas, violentado por sus relaciones con Jeanne, procura no dañar a Sonia, pero la rehúye. Entretanto, el doctor Sanromá, un viejo médico amigo de Michel, procura equilibrar las alteraciones emotivas de éste.
Finalmente, Michel, en medio de la falsa alegría y el continuo ajetreo de la Costa del Sol, toma su decisión: regresará a París. Luchará por recobrar su antiguo puesto en el hospital. Michel y Jeanne, lograrán superar la mediocridad de unos años vacíos.

... y luego el juicio sobre el trabajo de Lorente de quien sí vio la película:

No se le puede negar a Lorente gusto en el encuadre y cierto cuidado especial en la forma de mover a los actores. No es un cine vulgar —eso desde luego— y, plano a plano, la película es realmente bella, tiene su atractivo, cierta calidad y un aire moderno que quizá no sepa dar otro director español a sus relatos. Lo que pasa es que es un cine mucho menos profundo de lo que aparenta y discutible desde diferentes puntos de vista. Los personajes que esta vez reúne Lorente en Torremolinos son el del médico que abandonó su profesión tras un desengaño; el de la muchacha que busca casarse con un hombre rico; la jovencita enamorada del doctor —que es el tipo más convincente— el millonario acostumbrado a obtenerlo todo por dinero y otros tipos más característicos de los lugares de veraneo. [Cinéfilo: “Un día después de agosto: Astoria”, en Baleares, 1 de diciembre de 1967, pág. 26.]

Sharon vestida de rojo (1968) supone un final de ciclo. Para poner en pie la producción, Lorente ha confiado en Jaime J. Puig, cuya marca, Cine D’Or, ha realizado hasta entonces cine publicitario y cortometrajes turísticos. Lorente no pretende ya medirse con el cine de la Nouvelle Vague o con el Antonioni de la incomunicación de la alta burguesía o con el Fellini de la dolce vita romana, sino con los grandes melodramas de Hollywood, empezando por los de Vincente Minnelli sobre el mundo del cine.

No pretendo reflejar problemas españoles. Planteo una variedad de comedia que se desarrolla en España, pero con una línea de evasión. Creo sinceramente que puedo hacer mucho más que un cine sofisticado. Si lo hago es porque me lo piden y yo estoy al servicio de la industria. [Juan Francisco Torres: "Encuesta el cine catalán. Hoy: Germán Lorente", en Fotogramas, núm. 1010, 23 de febrero de 1968.]

Una actriz que otrora fue una gran estrella con una hija díscola, un dramaturgo de éxito en Broadway que quiere convertirse en guionista y Pigmalión de una modelo devenida actriz, un autoritario director de cine, un playboy casado con una psicópata internada en una clínica de Lausana, un periodista neoyorquino que debe poner tierra por medio ante las amenazas de la mafia... El guión multiplica las relaciones sentimentales entre ellas y ellos hasta que resulta inextricable quién no se ha acostado con quién y, sobre todo, porque las mujeres se someten a estos tipos violentos, desagradables, machistas y celosos. Todo ello, en un Madrid indeterminado que el espectador nunca logra reconocer del todo y con unos diálogos propios de un folletín firmados por el equipo habitual: Gauna, Josa y Lorente. La novedad en la trayectoria de este último residiría en la inclusión de algunas escenas de acción, que narrativamente funcionan a modo de pegotes —vamos, que no funcionan— y que técnicamente están resueltas con bastante torpeza.

Las alusiones a la M-G-M, distribuidora de la cinta, aparecen salpicadas a lo largo del metraje. Invocación un poco en vano, porque las horas de gloria de los grandes estudios estadounidenses se están viniendo abajo. George Chakiris, el protagonista de West Side Story (West Side Story (Amor sin barreras), Robert Wise, Jerome Robbins, 1961), y la reincidente Beba Loncar intentan poner un mínimo acento internacional en un reparto completado por Eduardo Fajardo y la pareja Manuel de Blas-Patty Shepard. A Silvia Solar, nacida en 1940, le toca en suerte el papel de madre de Sonia Bruno, de la cosecha de 1943. En el papel de abogado, deambula por algunas escenas Luis G. Berlanga, con cara de no saber qué pinta allí.

En una entrevista en Fotogramas preguntan a Lorente por su imposible vinculación con la Escuela de Barcelona:

Si tuviera diez años menos estaría dentro de la "escuela"; ahora me siento al lado de ella. El cine que hace este grupo es más de autor. Es difícil que podamos conectar la "escuela" y yo. Momentáneamente, la "escuela" ha tenido ya importantes aciertos temáticos e individuales. Estoy convencido de que si esto hubiera ocurrido en Francia o en Inglaterra habría conseguido mucha más repercusión. [Juan Francisco Torres: "Encuesta el cine catalán. Hoy: Germán Lorente", en Fotogramas, núm. 1010, 23 de febrero de 1968.] 

domingo, 5 de octubre de 2025

el guión de color de tuset street

Jorge Grau firma en 1956 el Manifiesto del Color del Cine-Club Monterols, junto a José Luis Guarner, José María Otero y otros, el grupo que estuvo tras la organización de la Semana de Cine en Color de Barcelona entre 1959 y 1977. Asimismo, presenta al menos dos ponencias en las jornadas que servían de marco teórico a la muestra cinematográfica: "El color en la pintura y en el cine" y "Experiencia del color en España". En la segunda aboga por la utilización de un "guión de color" en la realización de cada película. Sobre este asunto había tratado una breve charla de Charles K. Hagedon, asesor de color de M-G-M en el rodaje de Some Came Running (Como un torrente, Vincente Minnelli, 1958). Concluía Hagedon su presentación de la película con las siguientes palabras: "Todos los aspectos controlables del color fueron empleados para dar fuerza a los caracteres individuales y dar el tono de la historia". [José Luis Guarner y José María Otero (eds.): La nueva frontera del color. Madrid: Rialp, 1962, pág. 129.]

Aunque los primeros cortometrajes de Grau para la opusdeísta Procusa -El don del mar (1957), Sobre Madrid (1960), Medio siglo de un pincel (1960), Costa Esmeralda, Laredo (1960), Barcelona, vieja amiga (1961), Ocharcoaga, 1961)- son en color, de sus largometrajes sólo El espontáneo (1967) ha incluido unos breves planos cuyo cromatismo se pretendía que produjera un choque en el espectador que estaba viendo una película en blanco y negro. A finales de 1967 le llega por fin la oportunidad de rodar en color una película que terminará por no firmar: Tuset Street (Luis Marquina, 1968).

La idea de partida de Grau es enfrentar la Barcelona cosmopolita de la calle Tuset con la popular del Paralelo. Y el "guión de color" traslada esta oposición al cromatismo en Eastmancolor: en la Barcelona moderna domina el amarillo; en la tradicional, el violeta. Violeta (frío) y amarillo (caliente) son colores complementarios en el círculo del color. El violeta, nos dice Juan Eduardo Cirlot, simboliza la nostalgia y el recuerdo, en tanto que el amarillo es el "atributo de Apolo, dios solar, generosidad, intuición, intelecto". [Diccionario de símbolos. Barcelona: Labor, 1992, pág. 137.] Por si quedara alguna duda, la vedette del Molino encarnada por Sara Montiel se llama Violeta Riscal

The Pub, en Tuset, es amarillo, el apartamento del arquitecto al que da vida Patrick Bauchau está enmoquetado de amarillo y amarillas son las cortinas. Amarillos y naranjas dominan en el vestuario de la mayoría de los personajes que se mueven en el ambiente modernista.

En ese entorno destaca la joven ingenua interpretada por Emma Cohen, con su jersey y sus medias color fucsia, aunque en su presentación aparece sentada en una escalera alfombrada en un disfuncional amarillo con una ofrenda para el arquitecto: un melón... amarillo, cómo no.

Frente a estas intervenciones -las farolas amarillas se quedaron para siempre una vez terminada la película-, las escenografías que reproducen el escenario del Molino y el piso de la vedette no plantean mayor problema para mantener su integridad / integrismo violeta. 

Cuando Violeta y Teresa (Teresa Gimpera) se enfrenten por la posesión del arquitecto, el contraste cromático alcanzará niveles tautológicos.

La vista descansa de tanta saturación cromática durante la escapada de los amantes a una masía, donde la paleta se suaviza, dejando que respiren los colores naturales del paisaje -matizados por la luz invernal- y los beiges y blancos de sábanas, decorados y vestuario.

No obstante, el vestido de Violeta sigue poniendo una nota de vulgaridad en este entorno.

Debido a su desacuerdo con la estrella-productora, Grau se negó a figurar como director y guionista de la película terminada, manteniendo únicamente su crédito como argumentista junto a Enrique Josa y exigiendo su sueldo íntegro, eso sí. Debería haber reclamado también su acreditación como autor del "guión de color", que, por lo que se ve, Luis Marquina, el decorador Enrique Alarcón y los responsables del vestuario -Ochagavia, Andrés Andreu y la boutique Renoma de Tuset Street- siguieron a rajatabla.

domingo, 19 de enero de 2025

dos largometrajes en paso reducido de chávarri


Boceto de Iván Zulueta para el cartel de Ginebra en los infiernos

Antes de ingresar en la Escuela Oficial de Cinematografía, Jaime Chávarri rueda varios cortometrajes en 8mm: Blanche Perkins o Vida atormentada (1962), La nariz de Cleopatra [La peluca / La puerta / Un nuevo barniz] (1963) y Rotas las cuerdas del arpa (1964), producto, según él mismo de un empacho cineclubístico de Ingmar Bergman. [Rosa Alvares y Antolín Romero: Jaime Chávarri: Vivir rodando. Valladolid: Semana Internacional de Cine, 1999, pág. 35.] En todo caso, le habrían servido para practicar y para tomar cierta distancia irónica con sus futuros argumentos.

En 2013 recordaba las circunstancias de su primer largometraje en Super-8, Run, Blancanieves, run (1967):

Lo enfoqué como un pastiche. Siempre me apoyaba en un material preexistente, en este caso, un cuento infantil. Por otro lado, no era difícil asociar a Mercedes [Juste] con siete señores enamorados de ella. Mi Blancanieves era una heroína ingenua, pero con un punto "sucio", porque, para triunfar, dejaba abandonados a sus enanitos. Run, Blancanieves, Run suponía también soñar con un mundo lleno de encanto, como el del "cinema", término que utilizaba en el film con cierta ironía, aunque fascinado por él. Pero ya empezaba a intuir su dureza. [...] Los carteles que aparecen en Run, Blancanieves, Run están copiados de los que utilizaba la productora de Griffith para los rótulos. Los originales tenían una orla parecida, que yo simplifiqué. Lo del cine mudo tenía una explicación: como director, yo necesitaba empezar de cero, comenzaba a balbucear en un mundo desconocido. No podía sonorizar las películas y, en vez de jugar a hacer cine moderno mudo, prefería hacer cine mudo antiguo. Me servía para aprender qué pasaba con los tamaños de plano, hasta dónde se podía entender aquello sin carteles, o en qué lugar debería ponerlos para que se comprendiera la acción. Todos esos trucos me hicieron aprender mucho sobre narrativa. [Ibidem, pág. 34.]

A lo largo de poco más de una hora, Run, Blancanieves, run desarrolla la historia de esta joven ambiciosa que, una vez convertida en estrella, decide regresar a su casa con los siete compañeros que la acogieron de niña, entre los que se encuentran Iván Zulueta, Antonio Drove o Manolo Marinero. Por supuesto, el centro de atención es Mercedes Juste, musa y núcleo generatriz a la vez, en el papel titular. La cámara la sigue, convirtiéndose todo lo demás en secundario. Es su presencia lo que sirve de nexo a las secuencias, casi siempre de carácter episódico, acorde con la discontinuidad de un rodaje entre amigos. Chávarri se lanza incluso a registrar un striptease o una escena de cama que jamás hubieran pasado la censura de haber sido la suya una película comercial. La relación que con el cinema establece la cinta es doble: por un lado, la distancia irónica y mitificadora del cine de Hollywood -el gran estudio es la Biblioteca Nacional y las estatuas de Alfonso X el Sabio y San Isidoro representarían a los próceres del cinematógrafo-; por otro, la realidad del cine español, ejemplificada por una producción ignota en la que hace un papel la actriz Gisia Paradís.

Como un preludio de los temas que traerá a colación en su siguiente largometraje en Super-8, el papel de la madre del gran productor que impide que su hijo contrate a la aspirante a actriz está interpretado por Marichu de la Mora, la madre del propio Chávarri.

El recurso a los relatos clásicos, a la iconografía hollywoodense y a una sensibilidad camp, el profundo sentido autoirónico que preside todo el metraje establecen un vínculo que no se suele traer a colación entre Run Blancanieves, run y Shirley Temple Story (Antoni Padrós, 1976), en la que Rosa Morata encarna el papel titular.

Tras esta experiencia en formato largo, Chávarri se lanza sin red a la realización de una de las películas más interesantes del cine español de los años sesenta: Ginebra en los infiernos (1969). Que esté rodada de nuevo en formato subestándar, que sus intérpretes sean amigos y compañeros de la Escuela de Cine, que el doblaje artesanal no permita una sincronización afinada de los diálogos, no obsta para que Ginebra en los infiernos resulte tan sugerente como turbadora.

Mercedes Juste, Iván Zulueta y Antonio Gasset componen un triángulo amoroso al modo del ciclo artúrico, sí, pero también de afectos y dependencias mutuas, cuyo desequilibrio culminará en tragedia. Toby (Gasset) es un tipo que se entrena como boxeador, pero jamás lo hará porque su combate es contra las sombras del pasado. Iván (Zulueta) comparte con él piso y amores y, sin embargo, le impide ver más allá de sí mismo. Ginebra (Juste) es el ideal femenino y termina recluida en una falsa clínica donde debe curarse de un mal ilusorio gracias a un proceso de amnesia inducida. Zulueta bromea en su boceto para el cartel al presentarla como una película "de Jaime Chávarri en Technidolor".

Las citas de Vincente Minnelli, Alfred Hitchcock o Fritz Lang nunca parecen postizas. La inconsciencia del director no se puede tildar ineptitud o insolencia. El amor por sus personajes se traduce en deseo que el Super-8 recoge en estado puro, sin la mediación del equipo técnico y la parafernalia de un rodaje profesional, por modesto que éste sea. Es difícil encontrar una película en que la adecuación entre lo que se quiere narrar y los medios para contarlo resulten tan coherentes.

Después de treinta y tantos años de invisibilidad, los dos largometrajes en Super-8 de Chávarri fueron proyectados en la Mostra de Cinema Periférico (S8) de La Coruña en 2013.