Mostrando entradas con la etiqueta Tito Carpi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tito Carpi. Mostrar todas las entradas

domingo, 16 de agosto de 2026

naschy y josé luis madrid, cosecha del 72

Las dos películas que Paul Naschy y José Luis Madrid escribieron y rodaron juntos en 1972 suelen quedar fuera de foco porque escapan al canon fantaterrorífico. En realidad, se trata de la puesta al día de dos célebres casos de asesinos en serie. La ambientación contemporánea supone un ahorro considerable, pero al mismo tiempo permite a Naschy dejar volar su imaginación pulp a partir de material histórico que remite al Londres victoriano y a la Francia de la Ocupación.

La coproducción con Italia, la participación de Tito Carpi en el libreto y el asesino misterioso que eviscera a prostitutas con una colección de dagas procedentes de todo el mundo invitan a pensar en Jack, el destripador de Londres / Sette cadaveri per Scotland Yard (José Luis Madrid, 1971) como un giallo más. Sin embargo, alguna características particulares de la cinta —la escasa variedad en la puesta en escena de los crímenes, el nulo erotismo de los mismos, el protagonismo de la policía y de varios sospechosos— remiten a la clásica intriga criminal. En el Londres contemporáneo, alguien está asesinando a las prostitutas y enviando notas desafiantes a Scotland Yard, como hiciera Jack el destripador a finales del siglo XIX. Para el inspector Campbell (Renzo Marignano) y su amigo el profesor Winston Darby Christian (Andrés Resino) el principal sospechoso es Bruno Doriani (Paul Naschy), un extrapecista alcoholizado tras sufrir un accidente que lo ha dejado cojo. Para colmo, la segunda prostituta asesinada, era su novia. Pero, alternativamente, los tres protagonistas de la historia podrían ser los culpables, así como un desconocido cualquiera que estuviera jugando al ratón y al gato con ellos. ¿Quién es el psicópata?

La utilización de la cámara subjetiva en los crímenes —el primero parece calcado de Peeping Tom (El fotógrafo del pánico, Michael Powell, 1960)— hubiera sido un buen recurso para que el espectador entrara en el juego, pero la inconsistencia en su utilización por la alternancia de puntos de vista subjetivos y supuestamente objetivos —cámara fija, presencia de un demiurgo omnisciente en el relato— marran totalmente la propuesta. El resultado es una cinta que fue bien acogida en su momento por su pulso narrativo y el rodaje en exteriores londinenses, pero que hoy muestra sus carencias de una manera inclemente: las incoherencias de la puesta en escena, la utilización de piel de cerdo para los insertos gore, la reiteración de planos del Soho rodados sin permisos y con prisas...

Aparte de la amargura, la principal característica del personaje interpretado por Paul Naschy es una patente cojera —aunque en las peleas desaparece—, consecuencia de una mala caída en el circo. Desgraciadamente, apenas vemos un salto básico ejecutado en plano general por el trío de trapecistas y la caída de Bruno tiene lugar al descender de la red al suelo, lo que pone en entredicho las dotes atléticas del protagonista. El público no existe más allá de unos aplausos en off. No hay reacción por tanto de los espectadores, tampoco de sus compañeros; sólo el hombre caído con su dolor y su impotencia. Claro, que nos encontramos en el territorio subjetivo de la memoria: la secuencia en la que Bruno rememora este trauma, que puso fin a su brillante carrera, está teñida de azul y está precedida y sucedida por sendos primeros planos del actor que se enturbian por la neblina del recuerdo.

Pese a lo que pueda hacer suponer el título de Los crímenes de Petiot (José Luis Madrid, 1972), este Petiot no es aquel Marcel Petiot que se convirtió en asesino en serie durante la Ocupación de Francia por los nazis. Sin embrago, la Ocupación, la Resistencia y la traición femenina, han llevado a un personaje ubicuo y anónimo a cometer una serie de crímenes en el Berlín contemporáneo. El asesino localiza a parejas que hacen el amor en el parque: el varón debe ser rubio y la hembra morena; a él lo liquida de un disparo de Luger entre las cejas y a ella le espera un ajusticiamiento atroz que, para más inri, el asesino rueda en 16mm y le envía la película a la policía. Como ésta da muestras de una ineptitud sin límites, un grupo de periodistas se ponen a investigar por su cuenta. Entre ellos está Vera (Patricia Loran), la amante de un marchante de arte (Paul Naschy) que, por su profesión, se obligado a viajar continuamente.
Resuelta con tan escasos medios como talento, y con un guión escrito a cuatro manos por el realizador y la estrella masculina, Los crímenes de Petiot alterna las escenas de acción rodadas mediante una “noche americana” inextricable —al menos en las copias disponibles— y largos diálogos entre los que sobresale por su estulticia aquél en el que el comisario argumenta que a ver si capturan pronto al asesino porque así no tendrán que pensar más.

Siempre atento al engrandecimiento de su propio mito, Naschy cuela en el informe policial sobre su personaje, sus excepcionales cualidades como atleta —fue, en efecto, campeón de halterofilia—, su fama como pintor —como dibujante no pasó de mediano—, sus expediciones arqueológicas a Egipto —hubo de conformarse con sus extensas lecturas— y su éxito en el campo empresarial —las productoras en las que intervino terminaron invariablemente en la ruina—. Tampoco se trata de hacer leña del árbol caído. Lo cierto es que el final —que incluye un flashback en blanco y negro y virados en el que interpreta un nuevo papel— resulta absolutamente previsible. Eso sí, el comentario postrero del comisario clausura el relato con inesperado cinismo.

Jack, el destripador de Londres Los crímenes de Petiot fueron producidas por Cinefilms y estrenadas con la misma premura con la que fueron rodadas en el verano de 1972. Una vez más, la utilización del Techniscope obedece a criterios económicos antes que plásticos.