Margarita y el lobo (Cecilia Bartolomé, 1969)
Cecilia Bartolomé, pionera en esto como en tantas otras cosas, fue la primera en utilizar el Techniscope en dos de sus prácticas para la Escuela Oficial de Cinematografía: Plan Jac Cero Tres (1967) y Margarita y el lobo (1969). La segunda, sobre todo, ha sido ampliamente divulgada en los últimos años, pero ambas comparten un rupturismo formal al que contribuye la pantalla ancha. Según Ferrán Alberich:
En 1970 se renovaron los equipos de filmación, se adquirió más material y las prácticas, además de la incorporación del color, se realizaban con una cantidad de negativo muy superior a la de años antes. [Ferrán Alberich: 50 años de la escuela de cine, colección “Cuadernos de Filmoteca”, núm. 4. Madrid: Filmoteca Española, 199, pág. 31]
En efecto, en 1971 dos prácticas de segundo curso y las tres de tercero se ruedan en color y Techniscope. Las dos primeras —Un tren pasa (Antonio Betancor, 1971) y La chica (José Luis Esteve, 1971)— son dramas sobre las diferencias de clases en los que la presencia de un personaje ajeno al núcleo familiar provoca turbulencias en los miembros más jóvenes de la burguesía. El primero de ellos hace uso provechoso de la pantalla ancha, pero el segundo, rodado en interiores, demuestra la incomodidad de Esteve y de Elías Dolcet y Antonio Martos, como operadores de cámara, a la hora de componer encuadres en 2,35:1.
En cambio, las prácticas de tercero de Enrique Álvarez Diosdado, Roberto Escamilla y Ricardo López Nuño, alias “Palacios”, se inscriben netamente en el cine de género. La dirección de la escuela pretende, con el señuelo de la “profesionalización”, calmar la agitación que ella misma ha provocado al asumir Juan Julio Baena el control del centro [Ibidem, pág. 30] y convertirse en una suerte de comisario político del Ministerio.
Dentro de la corriente posibilista que siempre fue determinante en la institución. estos tres alumnos deciden realizar trabajos que, sin abandonar un cierto compromiso, les sirvan como tarjeta de presentación ante una industria en la que aún no han remitido las inercias propias de los géneros populares. Y así, en tanto que Tetragrámaton (Álvarez Diosdado, 1971) es un relato de intriga criminal y esoterismo cabalístico en clave borgiana, El prisionero (Escamilla, 1971) se inscribe en el spaghetti western de ambientación mexicana y compromiso ético, al modo de los de Sergio Sollima o Sergio Corbucci, y Podemos estar tranquilos (Palacios, 1971) es una cinta sobre los métodos de la Gestapo, afín temáticamente a lo que Jean-Pierre Melville acaba de proponer en L'armée des ombres (El ejército de las sombras, 1969), con el entonces abandonado cuartel de Conde Duque engalanado con cruces gamadas.
Dos años después, uno de los ejercicios fijos en segundo curso es un scopitone o video-clip musical. Serán, hasta donde sabemos, las últimas filmaciones realizadas en la Escuela de Cine utilizando el sistema de dos perforaciones.
Los dos títulos de Cecilia Bartolomé, los cinco rodados en 1971 y estos tres últimos redondearían la cifra de diez que Lourdes Odriozola, Técnico Superior del CCR de Filmoteca Española, aseguraba que constituían la producción de la Escuela de Cine en Techniscope.

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