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domingo, 23 de junio de 2024

klimovsky, el estajanovista (11)

Cuando en 1968 se estrenó el drama de Jaime Salom La casa de las Chivas, se mantuvo doce meses en cartel. El carácter desgarrado de las situaciones y la elección de la Guerra Civil Española como marco para las mismas llevo aparejada una considerable polémica y una afluencia masiva de público al teatro. No es de extrañar que la adaptación cinematográfica fuera fulminante. Manuel Villegas López, José Luis Garci y Carlos Pumares se encargaron de airear convenientemente el claustrofóbico drama bélico, que Klimovsky llevó a la pantalla en 1971, y escribieron una declaración de intenciones que un narrador lee tras el prólogo en el que las imágenes de archivo se muestran convenientemente descontextualizadas de cualquier ideología. Mientras la imagen de la casa vira del blanco y negro al color y el zoom se acerca a ella, dice el narrador que los protagonistas —desde el presente— acaso recuerden "con un poco de nostalgia" aquellos tiempos, cuando "sólo los principios elementales de la existencia parecían tener cabida en la casa: la propia vida, la muerte, el odio, el sexo..." Y, en efecto, ante la proximidad de la muerte, la rijosidad de los cinco soldados albergados en casa de un padre apocado (Antonio Casas), con dos hijas tan lozanas como cachondonas, es el motor de la acción. Petra (Charo Soriano), la mayor, se entrega a cuanto hombre le ofrece algo. La pequeña, Trini (María Kosty), siente una pasión impetuosa por Juan (Simón Andreu), el intelectual del grupo, que se pasa el día leyendo los Pensamientos de Pascal. Éste, aspirante en secreto a sacerdote, sabrá mantener a raya el deseo y obrar siempre conforme a unos principios morales estrictos, lo que, a la postre, termina significando la muerte para Trini. Las muchas licencias eróticas y el suicidio final parecen haber sido consentidas por la Junta de Censura por esta redención —la muerte nos redime de todo— final y por el sentido significado religioso del clímax, con Juan postrado de hinojos con los brazos en cruz implorando “perdón para todos”.

Charo Soriano y María Kosty interpretan a los personajes que en escena habían encarnado Terele Pávez y María José Alfonso. Aunque el protagonismo recaiga en mayor medida sobre los personajes masculinos, el hecho de que sus caracteres particulares —salvo en el caso de Juan y el sargento (Ricardo Merino), cuyo será el final— se diluyan en la personalidad del grupo, termina focalizando el relato en Petra. Klimovsky arranca o termina con ella la mayoría de las secuencias del planteamiento y el nudo argumental. Por vestuario y carácter, las referencias para el personaje parecen las películas de Sophia Loren y, en concreto, La ciociara (Dos mujeres, Vittorio De Sica, 1960), con la que comparte ambiente bélico.

Produce Galaxia Films. Según Pérez Giner se trataría de la marca de un judío húngaro apellidado Besi que había conseguido un delante de distribución. No obstante, la película tuvo un presupuesto modesto y Klimovsky la resolvió con su pericia habitual; tanto, que el montador Pablo del Amo sólo se habría encontrado con una toma válida de cada plano y con la medida justa para ensamblar una cinta de hora y media. [Piti Español: Josep Anton Pérez Giner: La veritable historia de l’Innombrable. Barcelona: Portic / Filmoteca de Catalunya, 2008, pág. 91.] La operación resultó rentabilísima: La casa de las Chivas sedujo a millón y medio de espectadores.

No era la primera incursión de Klimovsky en el conflicto bélico español. En 1960 ya había dirigido La paz empieza nunca, a partir de una novela del siempre polémico Emilio Romero que había ganado el premio Planeta en 1957. El director del diario sindical Pueblo volvía así al primer plano de la actualidad por partida doble, puesto que recuperaba también su puesto al frente del diálogo después de dos años de exilio profesional por desavenencias con la cúpula del estado donde contaba con buenos apoyos en sectores falangistas pero su afán de protagonismo no era bien visto por otros. Por ello su novela se adscribe a cierta forma de "tremendismo" ahormada a un falangismo que promueve la reconciliación de boquilla pero que clama venganza contra los derrotados. La peripecia vital del anónimo Juan López le lleva a abandonar su pueblo de La Mancha para estudiar en Madrid, su afiliación a las escuadras de pistoleros falangistas, su paso al bando rebelde en Guadarrama durante la Guerra Civil y a aceptar, finalmente, la comisión de infiltrarse en el maquis asturiano para acabar el solo con el comunismo infiltrado en España. La negociación con la Censura de la adaptación cinematográfica no debió ser tarea fácil como demuestra la acumulación de créditos en este apartado, legitimado además por la "supervisión" del propio Emilio Romero.

La película arranca en el momento en que un grupo de falangistas entra en la Casa del Pueblo de una localidad rural y reparte unas octavillas a los atemorizados lugareños. Cuando escapan, un hombre dispara contra el coche. López (Adolfo Marsillach) se siente abrumado por la inquietud de que su objetivo sea el mismo de quienes les han disparado: la justicia social. Pero pronto habrá de tomar partido porque sus compañeros de filas (Manolo Zarzo, Mario Berriatúa...) van cayendo acribillados en la primavera de 1936. Son siempre héroes solitarios, figuras crísticas incluso, que caen bajo las balas de unos cobardes que disparan desde un coche o de un tropel de fusiles... Además, la novia de López (Conchita Velasco) se lía con un miliciano apenas dan a López por muerto. El protagonista no puede tener más claro cuál es su bando. Sin embargo, la posguerra le produce una vaga insatisfacción, con su empleo burocrático y su familia numerosa. Todo eso cambia cuando se encuentra con Mencía (Jesús Puente) un viejo compañero que se infiltre en una partida de maquis comandada por Dóriga (Carlos Casaravilla), amante actual de su antigua novia, dedicada ahora a la prostitución. López acepta la misión porque, según aduce Mencía, para ellos "la paz empieza nunca".

La paz empieza nunca se convierte así en un producto fuera de tiempo, de un anticomunismo extemporáneo en pleno desarrollismo, que Klimovsky adecúa a sus intereses insertándolo en discursos genéricos como el bélico, el melodramático o el de fugas carcelarias, como bien apunta Carlos Aguilar en el único ítem de su filmografía que Klimovsky logra colar en la Antología crítica del cine español. [Julio Pérez Perucha (ed.). Madrid: Cátedra / Filmoteca Española, 1997. págs. 489-491.]

domingo, 15 de mayo de 2022

azote del materialismo y la hipocresía

El asunto de Verde doncella (Rafael Gil, 1968), de los que en la España pacata de los años sesenta se consideraban "fuertes", llama la atención de los glosadores contemporáneos por haberse anticipado en su alambicado dilema moral a Indecent Proposal (Una proposición indecente, Adrian Lyne, 1993). En realidad, la película de Rafael Gil adapta una comedia estrenada pocos meses antes por Emilio Romero. Imbuido de espíritu reformista, el periodista nacionalsindicalista pone en solfa la falta de valores del mundo contemporáneo, aunque nunca termine de quedar claro si ofrece alguna solución o, simplemente, poretende repartir estopa a diestro y siniestro. Teatro de situación que toma la idea de partida de aquel relato de Mark Twain que se tituló en español El hombre que corrompió a una ciudad o El hombre que corrompió Hadleyburg y que Mario Camerini había desarrollado con mano maestra en Centomila dollari (1939). 

La ausencia de cine estadounidense en las pantallas italianas durante la última etapa del fascismo provoca la conversión de esta comedia a la húngara –con ambientación en Budapest incluida- en una genuina y lunática comedia screwball, en la que Amedeo Nazzari y Assia Noris demuestran una adecuación para el género encantadora. El millonario estadounidense Woods (Nazzari) tiene el capricho de cenar con la telefonista (Noris) del hotel de Budapest en el que se hospeda, así que, a pesar de que ella se va a casar al día siguiente, le ofrece cien mil dólares a cambio de que le haga compañía durante esa noche. Camerini mantiene el pie en el acelerador de la farsa en todo momento, aunque el romanticismo de su protagonista femenina le permite adentrarse en el terreno de la comedia brillante con una delicadeza no exenta de ironía. En paralelo, el retrato colectivo de la familia del prometido de la chica propicia el aguafuerte satírico sobre la hipocresía de la burguesía. Los ingredientes están dosificados con tanta sabiduría que Centomila dollari resulta no sólo una de las mejores comedias italianas de los años treinta, sino también una de las más originales al adentrarse por un camino que el curso de la guerra cerró.

El hombre de la película de Gil (Antonio Garisa) ofrece un millón de pesetas a Laura (Sonia Bruno) a cambio de que pase con él su "noche de bodas" en lugar de pasarla con su novio, Moncho (Juanjo Menéndez). Por supuesto, ella iba a llegar virgen al matrimonio, pero no es éste el quid de la cuestión, sino la aquiescencia de sus allegados de que por dicha cantidad harían "cualquier cosa". Laura termina aceptando y, a la mañana siguiente, Moncho sólo le pregunta si ha traído el maletín con el dinero. El segundo acto se desarrolla durante el viaje de novios, con el resquemor continuo de Moncho sobre el origen de la fortuna de que disfrutan y el miedo a que les roben el maletín. La presencia en la playa de dos supuestos policías (Venancio Muro y Álvaro de Luna) que le siguen la pista a unos billetes falsos, culminan con la desaparición del maletín. Último acto: el hombre del maletín vuelve a visitar a Laura. Le ofrece medio millón por otra noche. Ahora la mercancía es ya de segunda mano.

La necesidad de concreción inherente a la narración cinematográfica, empuja a Gil y a su guionista, Rafael J. Salvia, por dos caminos complementarios. El primero es el engrosamiento del escueto elenco teatral con la incorporación de dos personajes reciclados de la comedia de Mihura Ninette y un señor de Murcia, encarnados además por los mismos actores: Rafael López Somoza y Julia Caba Alba. Él encarna al padre de Laura, un viejo republicano que se acostó el 1 de abril de 1939 y que no ha vuelto a levantarse desde entonces; desde la cama se dedica a escribir soflamas anticapitalistas, aunque llegado el momento declara que por un millón de pesetas es capaz de alistarse en el Frente de Juventudes. La otra vertiente tiene que ver con el consumo. La película arranca con un fotógrafo que debe realizar un anuncio de lavadoras y los electrodomésticos serán lo primero que compren los recién casados. También el mítico Seat 600. Y la playa en la que pasan sus vacaciones está enclavada en una localidad levantina en la que sólo hay ingleses y franceses. Más allá del vacío debate ideológico, es en estos ribetes donde Verde doncella se muestra como hija de su tiempo.