domingo, 4 de febrero de 2024

angelino fons, triple salto mortal del nce al ozorismo (5)

El humorista PGarcía firma argumento y diálogos de La casa / Prigionieri dello spazio (Angelino Fons, 1975), en tanto que el guión estaría elaborado en colaboración con el director, aunque éste precisa que la relación entre ambos se limitó a este proyecto y que la idea surgió del lanzamiento del Skylab, la primera estación espacial puesta en órbita por Estados Unidos el 14 de mayo de 1973. La cinta está llena de diálogos altisonantes en la mejor tradición de la comedia burguesa. Y de hecho comienza así, como si se tratara de una comedia con seis personajes encerrados en una casa en un futuro cercano amenazado por la destrucción atómica. El joven David (Antonio Cantafora) representante en la pantalla de la juventud contestataria afirma en los primeros compases:

—La nuestra es una maravillosa sociedad basada en una falsa cortesía. Personalmente detesto la patria, la familia, las madrastras y los ingenieros nucleares.

Paul (Carlos Estrada) es el triunfador de inspiración nietzscheana y Claude (José María Prada) el fracasado que, no obstante, se casó con la mujer de Paul (Helga Liné). La acción, hasta ese momento llevada por el camino de cualquier novela policiaca en la que parece imposible abandonar el encierro por una serie de circunstancias fortuitas, se aclara al final del primer acto. La casa no es tal casa, sino una nave espacial, que ha abandonado la tierra antes de que se produjera la explosión nuclear definitiva. “Siempre he pensado explicaba Fons en la tragedia que supone esas naves girando libremente en el inmenso espacio exterior mientras que sus ocupantes conviven en habitáculos tan reducidos que están a punto de que la claustrofobia los elimine”. Obligados a convivir con reservas de agua y alimento limitadas hasta que los índices de radiación permitan un regreso seguro, los seis personajes viajan por el espacio en unos planos de maquetas que pecan de reiterativos y que alcanzan momentos involuntariamente cómicos en la escena de la lluvia de meteoritos. Aunque se han señalado concomitancias con La caza, por la participación de Fons como guionista en la película de Saura, por la presencia de José María Prada en el reparto e, incluso, por razones de homofonía, lo cierto es que La casa recuerda más a la cinta de Mario Bava Cinque bambole per la luna d’agosto (Cinco muñecas para la luna de agosto, 1969) por la omnipresencia del decorado, el erotismo servido por Helga Liné y Magda Konopka y el recurso a la cámara frigorífica para conservar los cadáveres.

La casa se estrena con dos años de retraso y los espectadores que pasan por taquilla no llegan a los setenta mil, cuando han visto la anterior cinta de Fons casi medio millón.

De su siguiente película, De profesión, polígamo (1975), ya desgranamos el argumento por cuenta de la participación de Victoria Vera en la misma. Armada a partir de una serie de subtramas no siempre bien engarzadas, la producción resulta un artefacto extraño. Los desnudos corresponden a una película de destape, como cualquiera de sus contemporáneas. La fijación del protagonista similar a la de otros personajes con una tara psicológica que Summers interpreta en estos años confiere a la cinta un carácter de apólogo moral. La narración discurre en los primeros compases por la senda de la intriga hitchcockiana, con algún apunte esperpéntico por cuenta de la familia de María, cuyos padres están interpretados por Luis Ciges y Lola Gaos. La reivindicación final del protagonista ante el tribunal no puede resultar más desconcertante. Es como si las piezas del puzle no terminaran de encajar.

Cierra este breve ciclo y su deambular por distintas productoras Esposa y amante (1977), una reelaboración del tema que Fons ya había tratado en Separación matrimonial (1973). Pedro (Ramiro Oliveros) es un periodista deportivo de éxito y un mujeriego empedernido. Su mujer, Luisa (Concha Velasco), le perdona estas infidelidades hasta que le descubre en un hotel de Barcelona con su mejor amiga (Erika Wallner). Ésta le ha confesado más de una vez a Luisa que su matrimonio no va muy allá y que engaña a su marido siempre que se le presenta la ocasión. Pedro abandona el hogar familiar después de la consiguiente trifulca y Luisa decide seguir el ejemplo de su marido y pasar una noche con un hombre al que conoce en un bar (Daniel Martín) y cuyo principal atractivo es el parecido con Pedro. Luego entabla una relación algo más duradera con Mario (Ricardo Merino), un compañero de estudios. Mientras tanto, Marisa (Victoria Abril), la hija de Pedro y Luisa, está cada día más desatendida. De hecho, la película arranca con su tentativa de suicidio y recurre a una serie de escenas inanes en el hospital que pretender pautar los sucesivos flashbacks sobre los que se configura la cinta. El resultado es un relato desarticulado e, incluso, confuso, a pesar del flou con el que Raúl Artigot fotografía las secuencias del hospital.

La alusión a un grupo de futbolistas que pide la amnistía para los presos políticos y una pintada que reclama la libertad para Carrillo en la fachada del diario nacional-sindicalista Pueblo son meros apuntes de la situación política que vive España. Sin embargo, ésta queda expuesta mucho más claramente inscrita en el cuerpo desnudo de Concha Velasco, Conchita Velasco, la chica ye-yé de apenas una década antes. En pleno apogeo del destape y para evitar agravios comparativos también Daniel Martín y Ramiro Oliveros se despelotan.

domingo, 28 de enero de 2024

angelino fons, triple salto mortal del nce al ozorismo (4)

En 1940 Benito Perojo había adaptado Marianela, una novela de su tocayo Pérez Galdós que obtuvo un sonoro éxito en la Mostra de Venecia mussoliniana. La Marianela de Fons (1972) —adaptada por el dramaturgo Alfredo Mañas, como Fortunata y Jacinta (1969)— es indisociable del giro que pretendía dar a su carrera Rocío Dúrcal a principios de los años setenta de la mano de su representante y productor, Luis Sanz. Todos los demás aspectos de la producción y la realización quedan supeditados a esta servidumbre, lo que hoy en día lastra su resultado irremediablemente. El único otro elemento destacable es la fotografía en 70mm de bellos paisajes de montaña asturianos.

Fons entra así en contacto con el productor Luis Sanz, para el que realizará sus siguientes proyectos. El guión de Separación matrimonial (1973) es obra de Sanz —con su seudónimo habitual de Lázaro Irazábal—, Juan José Daza, Carlos Pumares y el propio Fons, aborda un tema candente en la sociedad española: el de la diferencia entre hombres y mujeres a la hora de afrontar el adulterio y la separación matrimonial en una sociedad oficialmente católica y que niega la posibilidad del divorcio. Pero la película lo hace desde una óptica vergonzante. Juan (Simón Andreu) pierde después del matrimonio el interés por su mujer, Clara (Jacqueline Ardere). Primero se trata únicamente de escapadas episódicas, pero cuando conoce a Isabel (Ana Belén), una chica joven, se enamora de ella. La madre de la chica (Mary Carrillo), dando muestras de pragmatismo, le exige un piso, a lo que Juan accede. Clara está dispuesta a separarse, pero tanto su madre (Aurora Redondo) como su confesor (José María Caffarel) la aconsejan apechugar con la situación y reconquistar a su marido. Una noche en la que Juan pone una excusa para no regresar a casa, Clara intenta suicidarse. La inmediata muerte accidental de Miguel (Eusebio Poncela), supuesto novio de Isabel, aboca el relato de lleno al folletín fotonovelístico. De cara al desenlace, puede que los guionistas tuvieran en mente La peau douce (La piel suave, François Truffaut, 1964), con la que la cinta de Angelino Fons guarda alguna similitud argumental, que no moral. 

Con la película terminada, la censura condicionó el permiso de exhibición a la supresión del plano “en que Ana Belén se saca sus prendas íntimas, ya acostada. Empalmar desde que él está en la ventana a plano de ella bajo la sábana cubriéndola el rostro hasta los ojos”. [Expediente de censura citado por Teodoro González Ballesteros: Aspectos jurídicos de la censura cinematográfica en España. Con especial referencia al período 1936-1977. Madrid: Editorial de la Universidad Complutense, 1981, pág. 330.] En algún momento debió reponerse porque este fragmento figura en la copia que circula actualmente.

De Mi hijo no es lo que parece (Acelgas con champán... y mucha música) (1974) ya hablamos algo por aquí. Luis Sanz convierte esta comedia, que Roberto Romero había estrenado unos años antes, en un musical con números que permiten el lucimiento de dos generaciones de vedetes, representadas por Celia Gámez y Esperanza Roy, y del bailarín cubano Jorge Lago. Saza, Milagros Leal y un estrambótico Manolo Summers, proporcionan cierto empaque cómico a las situaciones que soportan una trama adelgazada al mínimo para la puesta al día de la revista. Con el tema Me voy o no me voy intenta reverdecer laureles Celia Gámez, al autocitarse en sus grandes creaciones de la vendedora de nardos de Por la calle de Alcalá o el Pichi de Las leandras, Esperanza Roy recibe el testigo en Las viudas. Angelino Fons parece querer echar el resto en los números musicales y aprovecha el prólogo para lanzarse a una parodia sangrante del cine histórico de Cifesa.

Emilia... parada y fonda (1976) es la última película que Angelino Fons rueda para Luis Sanz. Colabora con Juan Tébar en un guión, sugerido por un cuento de Carmen Martín Gaite, armado a base de flashbacks encadenados, como muñecas rusas, y que pone en juego recursos de la educación sentimental de toda una generación: los consultorios radiofónicos, el lenguaje de las fotonovelas, las excursiones para ver cine erótico en Perpiñán... Emilia (Ana Belén) y Patri (María Luisa San José) se encuentran en una estación después de cuatro años sin verse. La menor viaja a Barcelona con Joaquín (Paco Rabal), un hombre mayor que ella, con un hijo. Patri ha decidido vivir su vida. A partir de esta situacióndesarrolla Emilia... parada y fonda la historia de estas dos hermanas con distinto carácter. Patri escapa pronto a la tutela de la tía achacosa y frustrada (Pilar Muñoz) utilizando a cuanto hombre se le pone a tiro para lograr su objetivo. Emilia no tiene más remedio que malcasarse con un viudo celoso y machista que mantiene una relación desde hace años con una modista (Lina Canalejas). Emilia busca entonces a Jaime (Juan Diego), un antiguo novio que también escapó del pueblo. Pero tampoco este intento de recuperar el tiempo perdido funciona. Hasta que en el viaje a Francia con el que arrancaba la película encuentra a un joven francés (Georges Mansart)...

La música de Luis Eduardo Aute sirve para redondear la propuesta. Los diálogos, que confieren al conjunto un tono literario, corren a cargo de la propia Carmen Martín Gaite.