domingo, 10 de mayo de 2020

santo a las órdenes del toledano díaz morales


Tras rodar en España la segunda versión de La Revoltosa (José Díaz Morales, 1963), el toledano Díaz Morales regresa a México —donde lleva residiendo desde 1937 y ha dirigido seis decenas de largometraje y escrito otros tantos— y se ve envuelto en una extraña aventura. Se trata de rodar una tanda de películas con el aún naciente mito cinematográfico encarnado por Santo, el Enmascarado de Plata. Las cuatro producciones son: Atacan las brujas y El hacha diabólica, realizadas a matacaballo en diciembre de 1964, y Profanadores de tumbas y El barón Brákola, filmadas al año siguiente, aunque hay equipo y metraje que pasan de unas a otras sin sonrojo alguno. El productor es Luis Enrique Vergara y su compañía la Fílmica Vergara-Cinecomisiones. El luchador dobla su salario con respecto a películas anteriores, pero las cintas se resienten de una producción apresurada que obliga a rodajes en un par de semanas, reutilización de material de archivo, reiteración de localizaciones, inclusión de números musicales que estiren el metraje hasta una duración estándar… Además, Díaz Morales rueda como al buen tuntún, dejándose arrastrar por las ideas sugerentes y resolviendo otras sin el más mínimo interés o filmando las escenas de lucha,  desde ángulos elevados demasiado alejados como para que realzar mínimamente la acción. Por último, la carencia de sindicación de los técnicos que trabajan en estas cintas obliga a Vergara a presentarlas como producciones de media hora para televisión que se habrían reagrupado para su estreno en salas a lo largo de un dilatado espacio de tiempo, lo que contribuye al carácter caótico de la narración, interrumpida cada tanto por una cartela que da paso al supuesto capítulo siguiente.

Sin embargo, ocurre en este breve ciclo algo reseñable: a algunos hallazgos puntuales de Díaz Morales hay que sumar que dos de ellas proponen orígenes coloniales para el mito del justiciero enmascarado y se remontan hasta la Nueva España de los siglos XVII y XVIII para certificar el siempre renovado combate del Bien contra el Mal.

El principio de Atacan las brujas constituye toda una declaración de principios. Una joven tiene una pesadilla recurrente en la que se ve aprisionada en una siniestra mansión colonial en la que igual aparecen murciélagos y lobos disecados que el mismísimo Satanás. Sólo el Enmascarado de Plata puede enfrentarse a las fuerzas de las sombras y, sin embargo, nos advierte la voz de la soñante Ofelia (María Eugenia San Martín), también él podría sucumbir, tan poderoso es el enemigo. Y aún, antes de que arranquen los títulos de crédito, este enfrentamiento va conocer su primer asalto, cuando, al penetrar en el recinto de la casona, Santo sucumba a dos guardianes embutidos —cabeza incluida— en mallas negras. Y así, inmovilizado junto a la rubia Ofelia en el sueño, asiste al conjuro de las brujas que hace revivir a la morena Mayra (Lorena Velázquez), una bruja ejecutada hace siglos por la Inquisición. Pero Santo da al traste con el sacrificio humano cuando logra desasirse de los grilletes y proyecta, con los brazos extendidos, la sombra de una cruz formada por su propio cuerpo sobre la víctima. No será la única ocasión en que este símbolo quede incorporado al relato de modo más o menos imaginativo.

Han pasado catorce minutos de metraje cuando por primera vez ponemos el pie en el mundo real. Sin embargo, pronto advertiremos que no hay tal, que el mal no es privativo del universo onírico de Ofelia, sino que se prolonga en la vida cotidiana, y que Elisa (de nuevo Velázquez), albacea de su herencia, es en realidad Mayra rediviva. A partir de ahí, toda la trama adquiere carácter circular: una y otra vez Santo incursionará en el antro de las brujas o éstas enviarán a sus sicarios para que lo lleven allí, y una y otra vez, como en un serial, el Enmascarado de Plata escapará en el último instante al filo de la draga sacrificial.

Por primera vez, al menos en las películas que de él hemos podido ver, Díaz Morales recurre al zoom para enfatizar el poder hipnótico de Mayra. Otro recurso que permite ahorrar tiempo de rodaje es la utilización de dos cámaras en las peleas que se producen en el patio de la casona: una vez coreografiada la lucha se filma en tiempo real y el montador sólo tiene que cortar de una a otra para favorecer el mejor ángulo en cada momento, como si fuera una realización multicámara televisiva.

Es posible que los cuatro años que van desde su rodaje hasta su presentación en el cine Majestic de Ciudad de México en 1968 se debieran al alto octanaje erótico —para los estándares infantiles de una película de Santo— de la escena en la que Medusa (Edaena Ruiz) intenta seducir al luchador. También que este estreno tardío diera pábulo al rumor de que se habían rodado escenas con desnudos, como más adelante ocurriría en algunas producciones de Guillermo “Memo” Calderón.

Música de órgano. Frailes encapuchados que se alumbran con antorchas en un patio colonial y no en un claustro gótico. Cuatro de ellos transportan en unas parihuelas el cadáver del Enmascarado de Plata. Una tumba con su nombre lo aguarda. Cuando los frailes colocan encima la lápida de mármol, nos enteramos de que estamos en 1603. En El hacha diabólica Santo es un aristócrata que llamó a la puerta de la misión para buscar reposo y tomar una nueva identidad que le permitiera luchar contra la brujería desde el anonimato. Sin embargo, su inmortal enemigo, un Encapuchado Negro (Fernando Osés), armado con un hacha de verdugo, promete perseguirle hasta el fin de los tiempos. Casi cuatro siglos más tarde, el Santo se dispone a subir al ring en México D.F. Lleva la capa y la máscara de su antepasado. Mientras calienta, contra la pared del vestuario se recorta la sombra del Encapuchado Negro, que blande un hacha. La sombra se materializará en el cuadrilátero, intentará acabar con la vida del Santo y se esfumará en el aire cuando la policía dispare contra él. El misterio induce al Santo a consultar con el profesor Zanoni (Mario Sevilla), que descubrirá en la máscara el triángulo del “abracadabra” que proporciona al luchador poderes sobrenaturales. Mientras está con el profesor se materializa allí el espectro de Isabel de Arango (Lorena Velázquez), la amada de su antepasado, cuyo descanso eterno depende de la derrota de su satánico rival. Ya sólo falta que Zanoni ponga en marcha su máquina de transmutación de espíritus, para que Santo se desdoble y se materialice en la Nueva España del siglo XVII, donde podrá descubrir su origen y, así, arrancarle la máscara en el presente al Encapuchado Negro.

Desordenada y anárquica en su estructura, construida a base de viñetas que van cayendo en el relato al tresbolillo, El hacha diabólica hace asimismo gala de una total indigencia en lo que a montaje, fotografía y planificación se refiere, con planos de recurso como traídos de otra película, escenas de efecto noche rodadas en pleno día sin utilizar siquiera un filtro y predominancia de estáticos planos largos picados en los que la acción se desenvuelve sin el más mínimo énfasis. La suma de estos recursos provoca primero la desorientación y luego el tedio del espectador.

En Profanadores de tumbas el doctor Toicher (Mario Orea) pretende ser un nuevo Frankenstein. Gracias a unos aparatos con lucecitas parpadeantes aspira a resucitar a los muertos. Para ello necesita cadáveres jóvenes y así es como cada tantas noches se dirige al cementerio local escoltado por sus sicarios —uno de ellos es el imprescindible Fernando Osés) y otro un jorobado respondón (Jesús Camacho)— y se dedica a profanar las tumbas. Poco tardarán en llegar a la conclusión de que estos cadáveres de segunda mano valen para bien poco y que es mejor hacérselos uno mismo, como Burke y Hare. Si hubieran leído antes El ladrón de cadáveres, de Robert Louis Stevenson, como bien se ve que han hecho los guionistas, se habrá ahorrado algunos disgustos. Entre ellos no es el menor que el jorobado decida actuar por su cuenta para extirparle la tiroides al Enmascarado de Plata y volver así a ser “un ser normal”. La añagaza que utiliza consiste en enviarle una lámpara en cuya pantalla hay dibujado un corazón que mana auténtica sangre humana y que emite una frecuencia sonora capaz de hacer enloquecer a cualquiera… salvo a Santo, claro. Le enumeración de sus diabólicos inventos por parte de Toicher —la lámpara que hace perder la razón, las cuerdas de violín infernales, las pinturas sangrientas y la peluca estranguladora— nos pone los dientes más largos que al barón Brákola. Todos tendrán su papel en el desarrollo de una trama que alterna los combates de lucha con las actuaciones musicales de Marta (Gina Romand), la novia de un futbolista (Jorge Peral) amigo de Santo cuyos corazones el doctor Toicher considera idóneos para sus experimentos. El comisario Mendoza (“Bigotón” Castro) está a verlas venir, así que no hay otro remedio que, entre combate y combate, Santo se haga cargo de la resolución del asunto con la colaboración de Interpol, porque el luchador tiene una emisora en su dormitorio gracias a la que se comunica con su homólogo parisino: son los agente JX y PJX respectivamente.

El enterramiento vivo del Enmascarado de Plata que ya ha dado lugar a una de las mejores escenas de El espectro del estrangulador (René Cardona, 1963) se recicla con peor resultado en esta cinta. En cambio, el laboratorio subterráneo del doctor Toicher está escondido en una fábrica, lo que proporciona al compaginador la ocasión de realizar un breve montaje próximo al cine industrial con cubas de líquidos burbujeantes y ruedas de transmisión. Además, el delirio provocado por la lámpara asesina está organizado a partir de una serie de zooms en el más acendrado estilo lazaroviano, recurso que Díaz Morales repite al principio de El barón Brákola para crear la atmósfera siniestra en la que tendrá lugar la presentación del vampiro.

Es ésta la última cinta del Enmascarado de Plata dirigida por Díaz Morales. El segundo acto nos lleva de vuelta a la Nueva España del siglo XVIII. Como tantas veces en las películas del Enmascarado de Plata se nos ofrece así un nuevo origen del luchador que nada tiene que ver con los expuestos con anterioridad y que únicamente afectará a su aventura presente en la que debe enfrentarse con el barón Brákola (el exluchador y guionista Fernando Osés). Es éste un aristócrata transilvano que en el pasado viajó a América, empeñado en casarse con la bella Rebeca (Susana Robles). Como los padres de ella rehúsan contravenir sus deseos y darla en matrimonio sin su consentimiento, recurren al Caballero Enmascarado de Plata, el tátara-tatarabuelo del Santo. Gasta el barón levita a la moda romántica, en tanto que sus interlocutores visten calzas, jubón y gola. Bebe sangre humana del cuello de las mozas de mesón porque debe tener mejor gusto que el vino. Camina a pleno sol sin que nada le ocurra porque su adicción es voluntaria y su condición de no muerto, fruto de un pacto con el diablo. Ensartado en la espada del caballero argénteo, jura vengarse en la persona de Rebeca y, en efecto, cada noche sale de su sepulcro para vampirizar a la mujer que desea poseer. Cuando ella muere desangrada, roba el cadáver de su tumba y se lo lleva a su cripta, convenientemente llena de telarañas, momias y ratas. Ahora es Rebeca la que se presenta en el dormitorio del caballero enmascarado, que la rechaza al conjuro de Dios Todopoderoso. El símbolo de la cruz es lo único que puede atemorizar a los vampiros antes de poder clavarles una estaca en el pecho y salvar así su alma inmortal.

La narración avanza de este modo, entre duelos de espadachines propios de una película de aventuras, peleas a mamporros impropias del género y explicaciones didácticas sobre los dos o tres elementos del mito vampírico puestos en juego para la comprensión de la historia. Lleva el peso de la narración don Luis (Manuel Arvide), un descendiente de los padres de Rebeca que se ha colocado como vigilante nocturno en la Arena donde lucha el Santo para así poder vigilar la reaparición del barón en el presente. Convenientemente liberada el alma de Rebeca en el pasado, Brákola pretende en el presente acabar con la vida del Enmascarado de Plata y hacer suya a Silvia (Mercedes Carreño), la hija de don Luis, en una suerte de subtrama contemporánea que constituye la trabazón del primero y tercer actos. Se insiste así en el carácter eterno y cíclico del combate se Santo contra el Mal con mayúsculas.

Algunos diálogos, tan pedestres como la planificación y el montaje, sirven para apuntalar el armazón seriado del cine popular:
—Hay en estos misterios muchas cosas que parecen absurdas, pero no lo son —replica el luchador al novio de Silvia (Antonio de Hud), cuando este pone en duda el vampirismo.

Y cuando don Luis se dispone a explicarle al luchador la historia de su antepasado y el vampiro es Santo quien contesta con convicción metanarrativa:
—No es necesario que trate de convencerme, don Luis. Ya he tenido experiencia con esa clase de seres.

Chirrían en la concepción folletinesca del relato el engranaje de los componentes románticos —amor más allá de la muerte, necrofilia…— con la fisicidad de las peleas tanto en el cuadrilátero como fuera del mismo. En el ring, el Enmascarado de Plata se muestra especialmente hábil para la finta, hurtando el cuerpo de la trayectoria de los contrarios a fin de que éstos se noqueen mutuamente.

Rodada más o menos en paralelo con Profanadores de tumbas, en Ciudad de México no se estrena hasta enero de 1967. A España llegará en marzo de 1968, cuando se proyecta en tres cines barceloneses en programa doble con Agonizando en el crimen (Enrique L. Eguiluz, 1968).

El crítico cinematográfico de El Mundo Deportivo resume así la actitud del público durante la proyección:

Cinta de terror, lo cierto es que el público ríe abundantemente a lo largo de sus inverosímiles incidencias. Y es que para desquitarse de tanto cine intelectual y pretencioso, el espectador gusta, de vez en cuando, de dejarse llevar por las ingenuidades de esta clase de cine llamado terrorífico. [J. López Español: “Los estrenos”, en El Mundo Deportivo, 14 de marzo de 1968.]
Una declinación del cine terrorífico en la que el Mal es de orden sobrenatural. Santo combate con vampiros, brujas, encapuchados espectrales y científicos locos que pretenden tener el secreto de la vida después de la muerte: temas caros a la iconografía de Universal Pictures de la década de los treinta, que a éstas alturas ya han pasado por todo el ciclo de parodias y trasvases mediales posibles. Garcia Travesí y Osés se apropian de todos estos lugares comunes en sus libretos y son cómplices de un público que anhela el triunfo del héroe sobre los villanos por archipoderosos que estos sean. Ante el raquitismo de los presupuestos que Luis Enrique Vergara pone a su disposición, Díaz Morales resuelve los precipitados rodajes a base de oficio. Queremos suponer que ésa es su contribución a la causa del Bien.

domingo, 3 de mayo de 2020

espías chez procensa


El cordobés Joaquín Bollo Muro ingresa en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas en 1953, como el tangerino Ramón Comas con el que colaborará en los guiones de Historias de Madrid (1957) y Nuevas amistades (1963). Los problemas de ambos títulos con la censura y su mala clasificación oficial llevan a Comas a centrarse en la distribución y la producción. Para lo primero se asocia con Francisco Badal Basora y con el médico metido en negocios cinematográficos Simón Blasco Salas en la compañía Discentro. [Esteve Riambau y Casimiro Torreiro: Productores en el cine español: Estado, dependencias y mercado. Madrid, Cátedra / Filmoteca Española, 2008, págs. 205-206. / Alberto Cañada Zarranz : “Simón Blasco Salas: Un médico navarro en el mundo del cine”, en Ikusgaiak, núm. 4, 2000, págs. 75-97.] Para lo segundo mantiene una productora junto a Juan Antonio Rocafort denominada Sello Blanco con el que han participado junto a Cesáreo González en el rodaje El balcón de la luna (Luis Saslavsky, 1962), la cinta que consiguió reunir en la pantalla a Carmen Sevilla, Lola Flores y Paquita Rico. Con los beneficios obtenidos por Discentro, Badal, Blanco, Comas y Bollo Muro se asocian en 1964 en la creación de Producciones Cinematográficas del Centro, S.A. - Procensa, en la que compartirán esta línea folklórica con protagonismo del Príncipe Gitano y, sobre todo, de Juanito Valderrama, con otra de coproducciones en los dos filones más populares del momento: el western mediterráneo y el de euroespías. Aunque si un subgénero merece el calificativo de mediterráneo es precisamente éste. Vale que haya que pasar por Londres un momento a recoger un encargo bajo el retrato de Su Graciosa Majestad o que si por medio hay un cargamento de diamantes la acción se traslade a Ámsterdam, pero el ciclo espionístico constituye una especie de crucero que recala en Trípoli, Tánger, Málaga, Barcelona, Roma, Atenas, Estambul, El Cairo e, incluso, alguna ciudad o isla cuyos nombres no constan en los atlas. O sí, Mallorca, por ejemplo...


Orden: FX 18 debe morir / Coplan agent secret FX-18 (Maurice Cloche, 1964), la segunda entrega de las aventuras cinematográficas del agente FX-18, Francis Coplan, está protagonizada por Ken Clark y, por aquello de que la acción sucede en Mallorca, se apunta al negocio Procensa. Los elementos para conseguir la nacionalidad, por lo demás, son mínimos: Juan Julio Baena como director de fotografía, papeles sucintos o secundarios para Roberto Camardiel, Ramón Centenero y la algecireña Aida Power. Como es habitual en este tipo de operaciones, firma el guión un hombre de la casa, Joaquín Bollo Muro. Comas explica el cómo:
La base de los guionistas era italiana y nuestro trabajo consistía, sobre todo, en adaptar los guiones al castellano para que fuera más comprensibles por nuestro público y aportar todo lo que se nos ocurriera en este sentido. [Ramón Comas a Antonio Gregori: El cine español según sus directores. Madrid, Cátedra, 2009, pág. 475.]
De modo que lo más hispano del asunto resultan ser las bellas localizaciones en Formentor, la breve visita a la cartuja de Valldemosa y una secuencia de acción ambientada en unas cuevas que probablemente sean las de Artà. Lo demás es una multiplicación de personajes, ya que no de peripecias emocionantes. FX-18 (Clark) se hace acompañar por dos agentes (Amédée Domenech y Centenero) y de una agente (Jany Clair) que se hace pasar por su mujer aunque luego no tenga otra función que la de suspirar por el apuesto protagonista y dejarse espachurrar en un molino para que éste la salve. También hay dos chicas en el yate de los malvados (Margit Koscis y Cristina Gaioni) y un sinfín de traidores y colaboradores del servicio secreto francés que surgen de debajo de las piedras mallorquinas cuando conviene a la situación. Un cigarrillo que en realidad es una cerbatana que lanza dardos envenenados y una pistola que dispara contra quien aprieta el gatillo son los artilugios de los que se valen unos y otros. El macguffin es un transmisor que permite conectarse con un satélite artificial mediante el que los soviéticos tienen controlado todo el Mediterráneo.

En Francia la recepción crítica no es especialmente benévola:
Comparada con la excelente serie de James Bond, esta película es de una gran mediocridad. El humor, el brío, la inspiración: todo con lo que cuenta el director británico Terence Young, le falta a su colega francés Maurice Cloche. En contraste con el elegante y desenvuelto Sean Connery (James Bond), Ken Clark (Coplan) es una especie de Tarzán brutal y de apariencia tan primitiva que uno se está preguntando constantemente si podrá entender y desentrañar la complejidad (relativa, por otra parte) de su misión con agente secreto. Con la excepción del bravo Amédée Domenech (dejó el rugby por el cine y ha asumido su papel de “duro” con eficaz buena voluntad), los demás concuerdan con el ambiente general de la película y con su vulgaridad. [Le Monde, 5 de noviembre de 1964.]

Lo cierto es que las escenas en las que Fondane, el personaje interpretado por Domenech, reparte mamporros están entre lo más socorrido de la cinta, lo cual tampoco es decir mucho. Los paisajes mediterráneos y el despliegue final de medios aéreos hacen subir su cotización en cuanto a medios de producción, no así en las dosis de emoción y entretenimiento, que quedan bajo mínimos. Las de erotismo fueron también convenientemente rebajadas a causa de la censura española. Cuando Coplan acude al domicilio de Carla Menatti (Astrid Caron) en Roma para averiguar si el asesino de la cerbatana es el especialista en curare Noreau (Daniel Ceccaldi), se la encuentra en la bañera. En la pelea con el asesino que tiene lugar a continuación hay dos planos fugaces de la mujer desnuda, que sale de la bañera para arrearle con un taburete.


Es muy dudoso que dichos planos figuraran siquiera en la copia presentada a la comisión censora. En la copia doblada en inglés, en la que Coplan atiende por el apellido de Crabtree, también faltan.

Un humor un tanto ingenuo y la preeminencia de las peripecias aventureras en detrimento de las la intriga y los elementos más fantasiosos son dos de los signos distintivos de las cintas de euroespías a la francesa, que Procensa asume sin chistar.

 

Otra cosa será el díptico compuesto por Operación Mogador / Password: Uccidete agente Gordon (Sergio Grieco, 1966) y y Rififí en Ámsterdam / Rififi ad Amsterdam (Sergio Grieco, 1966), ya que en ambos títulos asume el liderazgo en la producción la italiana Claudia Cinematográfica de Gino Mordini y se pone al frente del equipo Sergio Grieco con su seudónimo de costumbre para estos menesteres: Terence Hathaway. Grieco, que ya ha dirigido a Ken Clark en algunos pseudo-Bonds para Fida Cinematográfica, acepta el encargo de Mordini para hacer lo propio con Roger Browne, un actor estadounidense que ha hecho fortuna en Italia interpretando nada menos que al dios Marte en Vulcano, figlio di Giove (Titán contra Vulcano, Emimmo Salvi, 1962) y en Marte, dio della guerra (Marcello Baldi, 1962).

La secuencia de precréditos de Operación Mogador no remite al propio género, sino que supone un calco apenas alterado por la localización norafricana de la escena de la avioneta en North by Northwest (Con la muerte en los talones, Alfred Hitchcock, 1959). Pero You Play to Win, el tema interpretado por Carol Danell durante los títulos de crédito en la estela del Goldfinger de Shirley Bassey no deja lugar a dudas del terreno en el que nos movemos. Tras la muerte del agente, Gordon llega a París donde recibe el encargo de localizar a Rudy Schwartz (Miguel de la Riva), coreógrafo del ballet Mogador, y probable enlace de una banda dedicada al contrabando de armas europeas para el Vietcong. La empresaria del ballet es una tal señora Kastiadis, paralítica y aficionada al juego. En su casa, descubre un telegrama que anuncia el debut de la compañía en una sala de fiestas de Trípoli. Para entonces y a pesar de que se hace pasar por un agente de espectáculos, Gordon ya ha tenido tres peleas a puñetazos con los sicarios de la Kastiadis y se ha encamado con una cantante (Francesca Rosano), que, antes de desaparecer, le indica que su contacto es la tercera vedette del ballet, Amalia Sánchez (Rosalba Neri).


Pero al llegar a Libia hay otras dos mujeres que también requieren su atención. Por un lado, la rusa Karin (Helga Liné, haciendo valer su condición de bailarina profesional), primera bailarina y confidente de Rudy.


Por otro, Aisha (Susan Terry), la limpiadora del local, que ejerce de celestina. Serán precisamente estos tejemanejes los que solivianten a la censura italiana que apremia a la productora a suprimir varios diálogos si quiere que la película sea autorizada para todos los públicos. Las frases cortadas son las siguientes: “La chica que has escogido no ha querido venir. Es una chica difícil, madame Amalia. De todos modos, por ese dinero te prometo que esta noche la tienes en tu habitación”, “Si me pagas bien también puedo quedarme yo; no vas a perder nada con el cambio” y “¿Adónde vas? ¿No te quedas? ¿Es que no te gusto?”. [23 de marzo de 1966, en Italia taglia] Todos estos cortes son evidentes en la copia italiana. Ramón Comas, como consejero delegado de Procensa, aprovecha el dictamen de la Direzione General dello Spettacolo y la consiguiente autorización para todos los públicos, para presentar un recurso ante la Dirección General de Cinematografía en el que expone que está dispuesto a realizar los mismos cortes en la copia española para que no existan diferencias entre ambas... siempre que se rectifique la calificación por edades para mayores de 18 años. [Carta de Ramón Comas, del 27 de junio de 1966, en AGA 36/04331.] Lo que sorprende entonces es que semejante diálogo hubiera pasado el filtro de la censura hispana.

La intervención de Comas en el guión, junto a Gian Paolo Callegari y a Lucio Battistrada garantiza que los diálogos tengan algo de sabor local: los “pies planos” mencionados en italiano se convierten en el libreto español en la Guardia Civil. Porque, tras la sempiterna persecución por la medina y los muelles de Trípoli, la acción se traslada a Madrid. Como en otras películas del filón así queda justificada plenamente la coproducción. Aquí las cosas se desmadran un poco desde el momento en que el ballet se encuentra acantonado en un chalé que la señora Kastiadis tiene en las afueras de la capital. El juego de las apariencias se multiplica: Gordon se disfraza de repartidor del mercado para colarse en la propiedad, Karin —que utiliza como arma secreta una barra de labios que dispara un rayito láser animado— se desvela como inesperada aliada de Gordon —la Unión Soviética y Estados Unidos se asocian contra China, que está detrás de la operación— y, en un último triple salto mortal la señora Kastiadis resulta ser nada menos que el invisible jefe (Franco Ressel) travestido. De todos modos, a estas alturas la cinta no ha logrado aún levantar el vuelo y ni la pelea en la plaza de toros vacía ni la tortura del somier que traslada descargas eléctricas a Karin en combinación


En cambio, las ideas más locas parecen encajar a la perfección en Rififí en Ámsterdam, en la que repite con el soso y macizo Roger Browne como protagonista. En esta ocasión nos enteramos de que pertenece al Mando Aéreo Estratégico estadounidense y que se llama Rex Morrison y no Rex Monroe. O sea, que no es un ladrón de diamantes interesado únicamente en el dinero y la aventura, sino un espía como la copa de un pino. A Oriana (la rubia algecireña Aida Power) casi se le desencaja la mandíbula cuando se entera de que el hombre del que se ha enamorado es todo un coronel norteamericano. La locura no va por ahí, de todos modos. Tiene que ver con un argumento en el que se mezclan los robos de piedras preciosas en Holanda, con visitas turísticas a la Alhambra de Granada y con los experimentos con la bomba H que el ejército francés realiza en el desierto del Sahara. Ethel Fischer (Evelyn Stewart), la viuda de un científico muerto en la explosión de su laboratorio, pretende sabotear estas pruebas gracias a un superláser inventado por su marido y del que las piedras preciosas constituyen parte esencial; Vladek (Umi Raho) es su siniestro sicario, quien a su vez se vale de una serie de subsicarios no menos siniestros entre los que se encuentran los interpretados por los españoles Tito García y Michael Rivers, o sea, Miguel de la Riva.


Si en Operación Mogador era un coreógrafo neurótico que se atiborraba a fármacos para mitigar el estrés que le ocasionaba saber que el agente americano había escapado con vida de una celada, aquí de la Riva recibe unos billetes de Vladek por los servicios prestados, “para sus vicios”. Queda a la imaginación del espectador la interpretación del alistamiento inmediato de dos jovencitos a la fiesta. En cualquier caso, resulta extraño que el actor, amigo personal de Comas, encarne a dos tipos tan alejados del sólido personaje del caballista en la decena de westerns que ha interpretado en el último año y medio.


Hasta que la acción se traslada a España y se empantana un poco, la película funciona como un mecanismo de relojería. Un atraco perfecto en los canales de Ámsterdam, una emboscada en el parque de Keukenhof —como quería Hitchcock, entre tulipanes y molinos de viento—, una persecución por el puerto de Rotterdam y la torre Euromast… Todo con un magnífico uso de los exteriores apenas afeado por un molesto zoom recursivo que habrá que cargar en la cuenta del operador español Eloy Mella, porque en otras películas realizadas por Grieco por estas mismas fechas no resulta tan invasivo.


Luego, Rex se embarca hacia España en un yate guardado por bellas rubias uniformadas con bikinis negros y armadas con metralletas. Pero la locura llega al despiporre cuando entramos en el laboratorio secreto en Tenerife del doctor Fischer (Franco Ressel), que no había muerto, pero lleva gafas negras, collarín y guantes. Desde allí, con la ferviente admiración de su esposa, llama al presidente de los Estados Unidos para decirle que piensa hacer fracasar las pruebas francesas en el Sahara y culpar a su país del sabotaje.


En pleno ataque de megalomanía hace una declaración de intenciones que puede entrar tranquilamente en el libro de oro del euroespionístico:
—Los Estados Unidos quedarán aislados. Sólo si me llama a su lado, señor presidente, sólo si el Pentágono se decide a atacar usando este rayo exterminador tendremos la oportunidad de romper el cerco y dominar el mundo, como corresponde a la nación más poderosa. ¡No creo en la paz! ¡No creo en la democracia! ¡Sólo creo en mi rayo de la muerte!

En esta ocasión nos encontramos con cinco minutos más en la copia española: una secuencia en la que Oriana le tiende una trampa a Rex y le lleva a escuchar flamenco al Sacromonte para que sus socios le peguen una paliza en el descampado. Claro, que entonces descubren que el cofre que contenía los diamantes, está lleno de cristales tallados. La agente francesa, que se está enamorando como una tontuela del fornido americanote, le deja marchar. En cambio, la versión española sufrió una vez más la inquina censorial y se dejó entre los descartes un inocente final de escena en el que la ayudante de Ethel Fischer, una princesa mexicana (Angela Alargunsolo), le cuenta Rex la pasión necrófila de la viuda por el científico.
—Una historia de amor y de muerte —puntualiza Rex—. Prefiero las que tiene final feliz.
—Yo también —replica la princesa, al tiempo que se incorpora y le besa para demostrar que no habla por hablar.
Los exteriores malagueños se ruedan a principios del verano de 1966 y en agosto la película ya está en las pantallas italianas. En Barcelona se estrena un año después en el Capitol, “Can Pistoles”, en programa doble con un western, pero a los cines madrileños de sesión continua no llega hasta la canícula de 1969. Seguramente por ello es la más desagradecida en la taquilla de todo el lote de espías chez Procensa, con casi ciento cincuenta mil espectadores menos que su película gemela: Operación Mogador. Lógicamente, pasó desapercibida para la crítica. Antonio Martínez Tomás la menciona de pasada en La Vanguardia Española [25 de octubre de 1967] después de haber agotado la tinta en ditirambos para Gli uomini dal passo pesante (Las pistolas del norte de Texas, Albert Band, 1965).


Resultaba previsible que la inflación que sufrió en Europa el filón del espionaje diera lugar a una deriva paródica. Chinos y... minifaldas / Der Sarg bleibt heute zu (Ramón Comas, 1968), penúltima película en la exigua filmografía de Comas, es uno de los ejemplos más conspicuos: producción modesta, variedad de localizaciones internacionales, erotismo apto para menores y grandes dosis de autoironía. No podía ser menos cuando se recurre a un guión -el primero- del veterano escritor de novelas de a duro, Miguel Oliveros, alias Keith Luger, que cuenta entre su producción con novelitas como Un sheriff en vacaciones, Matadme si podéis y, sobre todo, la citadísima Muy alto, muy rubio, muy muerto, que también llevó a los escenarios.


La principal característica de Chinos y minifaldas es pues, su desparpajo. La segunda, un machismo galopante, que hoy causa cierto sonrojo a los mismísimos admiradores del Bond de Sean Connery. Las chicas en minifalda se van acoplado al grupo que se forma alrededor de los dos agentes del contraespionaje francés Paul (Adrian Hoven) y Bruno (Barth Warren) conforme viajan de París a Hong-Kong, de allí a Nueva York y vuelta a París. Chinas (Claudia Gravy, nacida en el Congo Belga), francesas (la alemana Karin Feddersen) o sajonas (la rondeña Tere del Río), todas caen rendidas al recibir los besos apasionados de los superagentes, a la misma velocidad que los chinos caen abatidos como... chinos. Porque ése es el chiste.


El macguffin es el ácido ribonucléico contenido en un frasquito de perfume, que el diabólico doctor Kung (George Wang) piensa inyectarle al Secretario de Defensa estadounidense a fin de provocar un conflicto mundial. Ya se sabe que, a río revuelto...

En este caso las estrategias de coproducción resultan más oscuras que en las anteriores películas de Procensa. La presencia del teutón Adrian Hoven al frente del reparto y con participación en la producción a través de Aquila Film Enterprises GmbH parece evidente aunque las bases de datos germanas multiplican los créditos de esta nacionalidad en puestos subalternos del equipo y atribuyen la banda sonora a Jerry van Rooyen en lugar de a Umiliani, que figura en la versión española. La censura alemana da su beneplácito el 20 de septiembre de 1967 y nueve días después está en las salas, autorizada para mayores de dieciocho años. Por otra parte, el resto de créditos italianos quedan circunscritos a trabajos de segunda unidad. Los títulos de la copia española en ningún momento aluden a la participación foránea, aunque en las bases de datos consta como coproductora Ticino Film y el título Morte in un giorno di pioggia, pero ni una ni otro consta que pasaran censura en Italia. Por último, la cinta no accede al proceso de calificación en España hasta marzo de 1968. En Barcelona se estrena en julio, en Sevilla en agosto y a Madrid no llega hasta el 14 de abril de 1969. El recensionista de ABC en la capital hispalense reprocha a Comas su desidia —“la dirección es endeble, y se advierte que Ramón Comas pasa la mano en algunas escenas con tal de evitarse quebraderos de cabeza”— y resume así la línea declinante de interés:
Adelantemos que su título responde plenamente al contenido; hay chinos y minifaldas —éstas reducidas a su mínima expresión, con la correspondiente generosa exhibición de anatomía— en cantidades masivas. El film tiene un planteamiento original, con las secuencias de un ataúd sobrevolando París, para decaer en su transcurso y terminar en un plano totalmente vulgar. [A. C., en ABC, edición de Andalucía, 23 de agosto de 1968.]

Comas se excusa en que asumió la realización porque Joaquín Bollo no sabía cómo meterle mano al asunto —“no se entendía muy bien con los actores y tampoco le gustaba mucho el tema”— y, de hecho, sólo viaja a París.
Yo no llegué a ir a Hong Kong ni a Nueva York porque caí enfermo con una hepatitis. Fueron sólo los actores con un cámara porque sólo había que rodar escenas de subirse o bajarse de un taxi, el resto lo hicimos casi todo en Madrid. [Ramón Comas a Antonio Gregori: El cine español según sus directores. Madríd, Cátedra, 2009, pág. 475.]
El 28 de marzo de 1967 Procensa le retira los poderes otorgados a Comas dos años antes. Simón Blasco fallece el 13 de junio de 1968 tras sufrir durante dos años una enfermedad que le mantiene apartado de la actividad cinematográfica en este último tramo. En 1965 habían producido La ley del colt / La colt è la mia legge (Alfonso Brescia, 1965), su cinta más exitosa con casi un millón y medio de espectadores. Agotados en 1969 los plazos del crédito bancario con el que la productora se ha puesto en marcha, se lanzan a la aventura de rodar tres westerns simultáneos con protagonismo de Miguel de la Riva y dirección del irunés José María Zabalza, cuya vilipendiada Entierro de un funcionario en primavera (José María Zabalza, 1958) ya distribuyera Discentro.

Comas dirigirá todavía para Sello Blanco la coproducción hispano-lusa El padre Coplillas (Ramón Comas, 1968), una vez más con el protagonismo de Juanito Valderrama. Luego ingresa en TVE. Se deja en el cajón de los proyectos más ambiciosos no realizados sendas adaptaciones teatrales: Baile en capitanía de Agustín de Foxá y Tres sombreros de copa de Miguel Mihura.

domingo, 26 de abril de 2020

espías chez balcázar (y 6)

 
Actualizado el 3 de septiembre de 2024

Aunque el goteo de películas de espías chez Balcázar en las pantallas españolas continúa hasta el arranque de la década de los setenta, la veta productiva ha quedado esquilmada a mediados de 1966. Los socios italianos demandan westerns y a su confección se dedicará la productora barcelonesa, explotando al máximo la construcción de los estudios en Esplugas de Llobregat [Rafael de España y Salvador Juan i Babot: Balcázar Producciones Cinematográficas: Más allá de Esplugas City. Barcelona, Universitat de Barcelona, 2005.] A partir de 1967 la facturación de este tipo de productos no decrece, pero ahora los protagonistas son ladrones de joyas o detectives privados, acaso con seudónimo, pero sin siglas ya que los asocien a un servicio secreto, sea éste real o apócrifo. Como apéndice de lo que fue el filón quedan un par de productos espurios, más próximos a los éxitos en el cine de intriga y acción de Antonio Isasi Isasmendi, que al patrón bondiano.

Para confeccionar Con la muerte a la espalda / Con la morte alle spalle / Typhon sur Hambourg (Alfonso Balcázar, 1967) Alfonso Balcázar y José Antonio de la Loma —en la copia italiana aparece también Gianni Simonelli— recosen todos los tópicos del subgénero en un argumento vertiginoso, lo ambientan en escenarios internacionales y ponen al frente del reparto a George Martin, un ex-gimnasta que ya ha trabajado para los hermanos Balcázar en un buen número de westerns. Sin embargo, el gimmick promocional es la utilización de un sistema alemán de objetivos que se sirve de un negativo en 65mm para obtener una imagen duplicada que permite obtener copias de proyección en 3D con gafas polarizadas. El sistema se denomina HI-FI Stereo 70 aunque en la copia española aparece acreditado como Estereovision’70 y, que nos conste, nunca hubo una proyección patria con efecto tridimensional.

Sobre las particularidades de este proceso encontramos esta  nota en la prensa especializada alemana:

Después de años de pruebas, Jan Jacobsen, quien también desarrolló la cámara MCS de 70mm, ha llevado a la madurez de producción una cámara estéreo de dos lentes basada en la cámara MCS. El 10 de julio comienza en España el rodaje del primer largometraje realizado con el nuevo proceso 3D, que ha sido bautizado como Hifi-Stereo-70. La película, una coproducción hispano-francesa-italiana con participación alemana de International Germania, está ambientada en el mundo de los superagentes y lleva por título provisional Elektra 1.
El principal financiador alemán de la nueva tecnología de rodaje y exhibición en 3D es el propietario de un cine en Múnich, Rudolf Englberth. Ya ha preparado su Roxy Theatre para las demostraciones de prueba del Hifi-Stereo-70. Ahora también equipará el Royal para poder presentar allí Elektra 1 en otoño. Inicialmente, la película será exhibida fuera de los canales de distribución habituales.
Para el registro se utiliza una cámara con dos lentes de 70mm (una por cada ojo), que toma dos imágenes CinemaScope una al lado de la otra a partir de un negativo de 65 mm mediante prismas y con ayuda de una lente Ultrascope con una distancia focal de 50mm.
Para la reproducción en cine, basta con un único proyector de 70 mm en el que se coloca una óptica especial de dos lentes que proyecta las dos imágenes a través de filtros polariazados. Para ver la proyección estereoscópica, el espectador recibe gafas polarizadas desechables mediante las cuales puede percibir el efecto espacial. Además de la óptica prestada por el proveedor de la película, el requisito previo para la sala de cine es una pantalla metalizada y una potencia lumínica de proyección entre dos y dos veces y media más brillante que la convencional.
Dado que la proyección de películas tridimensionales como atractivo visual se limitará inicialmente a unas pocas salas, durante el desarrollo del proceso se puso énfasis en que también es posible una proyección bidimensional normal. A partir de la imagen doble del negativo de 65mm se pueden realizar tanto positivos CinemaScope de 35mm con una sola imagen como una copias estándar en 70 mm. ["Neues Projektionsverfahren: Hifi-Stereo-70", en Film-Echo Filmwoche, núm. 47, 1966, pág. 9.]

Alfonso Balcázar, con la colaboración del prematuramente desaparecido director de fotografía Víctor Monreal, le saca buen partido al relieve, planificando en profundidad las secuencias de acción y, en especial, las peleas, con abundantes puñetazos al objetivo. Este tipo de juegos con el espectador alcanzan también al sonido estereofónico, alabado por el propio protagonista cuando el misterioso jefe de de la organización criminal Elektra (Daniele Vargas) le encierra en una habitación donde todo está controlado. Los agentes secretos de Estados Unidos (Michel Monfort) y la Unión Soviética (Ignazio Leone) se encuentran en la exhibición de joyas de madame Van Hallen (Maria Badmajew) en Hamburgo a fin de hacerse con una misteriosa droga desarrollada por el cerebro de Elektra, que permite dominar la voluntad de quienes tienen en sus manos lanzar la bomba atómica. Menos mal que el profesor Rowland (Georges Chamarat) ha dado con un antídoto y lo va a negociar con los agentes en la recepción de madame Van Hallen. Quiere la casualidad que esté allí también un ladrón conocido como "El Lince" (George Martin). Mientras roba las joyas asiste al asesinato del profesor por parte de Silvana (Rosalba Neri), una agente de Elektra. "El Lince" escapa con Monica (Vivi Bach), la hija del profesor y la fórmula del antídoto.

Con la muerte a la espalda es una coproducción hispano-ítalo-francesa cuyo permiso de rodaje se solicita con el título de Electra Uno. Una vez realizada, Balcázar cede los derechos de distribución a Bengala Films que en 1969 la venderá para territorios tan exóticos como Austria y Líbano. Caso inaudito, la comisión censora rechaza el tráiler el 7 de diciembre de 1967: "Prohibido, con la advertencia a la casa distribuidora de que a Jorge Martín lo anuncien como Jorge y no como George, ya que se trata de un actor español". [Expediente de censura, en AGA 36/04405.] Poco parece importar que el nombre auténtico de George Martin no sea ni Jorge ni Martín, sino Francisco Martínez Celeiro.

Sobre las aventuras del periodista Jeff Gordon (Jack Stuart) en Destino: Estambul 68 / Occhio per occhio, dente per dente (Miguel Iglesias, 1967) y su rodaje back to back en Estambul con El hombre del puño de oro / L’uomo dal pugno d’oro (Jaime Jesús Balcázar, 1967), ya dijimos cuando repasamos la filmografía de Miguel Iglesias que era un “tebeo de acción, resuelto de oficio, en el que si algo destaca es la crueldad de algunas palizas rodadas con cámara subjetiva que toma la posición de la víctima”.


También hemos ido apuntando algo sobre la rentabilidad del ciclo en España. En el puesto más alto del podio taquillero se encuentra El Tigre se perfuma con dinamita con algo más de ochocientos mil espectadores; en el más bajo, Totò de Arabia con apenas un cuarto de millón. Siete de las diez cintas canónicas superaron el medio millón de entradas. No obstante, como explicaba Francisco Balcázar, el negocio no estaba ahí. Aunque el coste final de una coproducción no debía estar por debajo de los quince millones de pesetas y la participación mínima española tenía que ser de cuatro y medio, José Antonio de la Loma le confiesa a Riambau y Torreiro que la aportación de los Balcázar en estudios, laboratorio, material de iluminación y maquinaria de rodaje, figuración y ayudantes de los equipos técnicos, solía estar en torno al millón de pesetas “a cambio de que una producción italiana fuera considerada como española a efectos de protección oficial”. [Esteve Riambau y Casimiro Torreiro: Productores en el cine español: Estado, dependencias y mercado. Madrid, Cátedra / Filmoteca Española, 2008, pág. 870.] Y remata Jaime Jesús Balcázar: “Nosotros poníamos los estudios, el material eléctrico, la figuración, la cámara, los laboratorios y algunos técnicos. Con todo eso, ¿cómo podían negar la nacionalidad española de una película?”. La justificación para las alteraciones en la acreditación literaria es que había que “arreglar” algunos libretos traídos de Italia, “bien porque eran malos, bien para adaptarlos a las necesidades de producción y decorados. En la casa que teníamos en la Costa Brava se hacían reuniones con los italianos de las cuales salían tres o cuatro guiones”. [Esteve Riambau y Casimiro Torreiro: Guionistas en el cine español: Quimeras, picarescas y pluriempleo. Madrid, Cátedra / Filmoteca Española, 1998, pág. 71.] O sea, producción en serie realizada para exprimir al máximo los beneficios oficiales, que, no obstante, encontró un público ávido de escenarios exóticos, mujeres hermosas y hombres musculosos —con las consiguientes dosis de erotismo y acción—, y un deje de autoironía por el quiero y no puedo bondiano compartido con alborozo cómplice por cineastas y espectadores.

domingo, 19 de abril de 2020

espías chez balcázar (5)

 

La anomalía de Agente End / Sicario 77, vivo o morto (Mino Guerrini, 1966) en el corpus espionístico de los Balcázar resulta prueba irrefutable de su nulo poder de decisión en muchos de estos proyectos, que ya venían armados desde Italia. Frente al díptico de Chabrol y a Kiss Kiss Bang Bang (Duccio Tessari, 1966), presenta una serie de características casi diríamos que brechtianas, que la alejan del cine de consumo a cuyas reglas sí que se someten las otras cintas mencionadas. La cinta resulta tan excéntrica como su director Mino Guerrini. Éste se integra en la posguerra en el Gruppo Forma 1, que practica una pintura influida por las vanguardias de anteguerra. Se dedica luego al periodismo y a la literatura. Es así como termina recalando como guionista de algunas de las películas en que Vittorio De Sica interviene como actor en 1953. A principios de los sesenta debuta como director en algunas películas de episodios y colabora en el guión de La ragazza que sapeva troppo (La muchacha que sabía demasiado, Mario Bava, 1962), proto-giallo en el que también incursionará Guerrini con Il terzo occhio (El tercer ojo, Mino Guerrini, 1966). Cultor de géneros populares, su filmografía derivará en los setenta hacia la comedia sexy o bufa, realizada cada vez con menos medios. Pero a mediados de los años sesenta su preocupación formal aún es evidente. Acaso porque el responsable del montaje sea el joven Alberto Perpignani, que ha debutado poco antes con Prima della rivoluzione (Antes de la revolución, Bernardo Bertolucci, 1964), el manierismo de los encuadres y lo distanciado de las interpretaciones de Agente End encuentran su correspondencia en ciertas decisiones de edición. Esto se hace evidente desde el mismo arranque, cuando un tipo albino (Enrico Manera) con ademanes de autómata entra en una casa de empeños y mientras el empleado valora el objeto que le ha entregado saca con morosidad casi ritual una ametralladora con silenciador de la funda del violín y acaba fríamente con la vida del viejo para robarle un único dólar. El contrapunto sonoro es la retransmisión de un combate de boxeo, al que nos trasladamos por corte neto de imagen y continuidad sonora. Los planos cerrados, las angulaciones enfáticas, los encuadres descentrados, los objetos sistemáticamente interpuestos entre objetivo y personaje, la ausencia en buena parte de las secuencias de un plano de situación… todo hace de Agente End un producto anómalo dentro de la producción de la casa, que tiende siempre a la transparencia y a la economía narrativa.

El primer y el tercer acto transcurren en Gran Bretaña: el inicial, íntegramente en interiores; el final, con una incursión en exteriores en la que el realizador ni siquiera de molesta en fingir que los vehículos circulan por la izquierda. El rodaje en Cataluña, como el de todo el bloque central, resulta abstracto de tan concreto como es. Para ambientar las pesquisas y fugas del agente Lester (Robert Mark) se utilizan escenarios tan emblemáticos como el parque de atracciones de Tibidabo, el teleférico del puerto y, de modo preeminente, una Sagrada Familia en obras desde donde el villano King (José Bódalo) espera llevar a cabo la implantación de un IV Reich universal, abortado en 1945 por la demora en el desarrollo de los misiles V-2. Desde el templo en obras concebido por Gaudí, King ha lanzado la operación V-3. Sin embargo, sus sicarios transportan a Lester en una camioneta roja con el rótulo de “Mari Pili” y visten monos azules con un brazalete rojo de “Construcciones Rodríguez”… Todo tan cotidiano, que provoca un efecto de distanciación tan brutal como la rebuscada estética futurista de La decima vittima (La décima víctima, Elio Petri, 1965).

El argumento tampoco ayuda. Al contrario que sus colegas, el agente Lester —que en varias ocasiones luce unas gafas de pasta a lo Harry Palmer— se mueve por interés puramente patriotístico. Lo llaman End porque o termina él el asunto que se le ha encomendado o el asunto termina con él y antes de cada misión, tiene lugar una negociación al penique con su jefe (John Stacy). Así que es capaz de dejar fuera de combate a su colega de la CIA (Francisco Cibrián) para que no avise al Séptimo de Caballería aéreo, cuya intervención le haría perder su recompensa. El asunto queda resuelto gracias a un bazuca de bolsillo, en una de esas ideas desquiciadas en las que son pródigos los libretistas italianos. La otra es una bala con componentes radiactivos, que el propio Lester se dispara en el pecho, a fin de que el MI5 pueda localizarlo en Barcelona.


En la cabecera de la copia italiana apenas aparecen un puñado de españoles. El nombre de Alfonso Balcázar aparece en el guión enterrado entre los del director Mino Guerrini y los de Adriano Bolzoni y Sabatino Ciuffini. En la lista de intérpretes, sólo José Bódalo, Mónica Randall y Francisco Cebrián. Los demás, hasta el último puesto del equipo técnico —Vittorio Storaro es uno de los operadores de cámara—, son italianos. No así en España, donde el productor firma el guión en solitario, como de costumbre, Teresa Alcocer figura como montadora y, sin embargo, como hemos visto más arriba, el montaje fue obra de Perpignani, en Italia. Guerrini no se implicó en el mismo, pero sí, a tenor de las declaraciones del montador [Marco Giusti: 007 all’italiana. Milán, ISBN Edizioni, 2010, el productor Attilio Riccio, con el que los Balcázar ya han colaborado en Viva Carrancho / L'uomo che viene da Canyon City (Alfonso Balcázar, 1965). El negocio en Italia resulta ruinoso: veintiún millones de liras es seguramente el ingreso más bajo de cualquiera de las películas del filón. En Barcelona se estrena en febrero de 1968, en “Can Pistoles”, y en programa doble con El retorno de Ringo / Il ritorno di Ringo (Duccio Tessari, 1965), otra cinta de la casa.


Seis novelas de las escritas por los belgas apodados solidariamente Paul Kenny fueron llevadas al cine entre 1957 y 1968. El agente secreto francés FX-18, Francis Coplan, tuvo seis rostros distintos, pero sólo cuatro directores, ya que Maurice Labro y Riccardo Freda repitieron. Este último se hace cargo de la realización de Coplan FX 18 casse tout / Agente 777 Missione Summergame (Objetivo: Matar, Riccardo Freda, 1965) y de Entre las redes / Coplan ouvre le feu à Mexico / Moresque obiettivo allucinante (Riccardo Freda, 1967), en coproducción con España. De la parte española se hacen cargo los Balcázar; de la italiana, la Fida Cinematografica de Edmondo Amati, que ha intervenido en las cintas del agente 077 protagonizadas por Ken Clark; y por la francesa el Comptoir Français du Film que ha producido la anterior película de FX-18, dirigida también por Freda. Según Boisset, asistente de éste y director del último título de la serie —Coplan sauve sa peau / L'assassino ha le ore contate (El asesino tiene las horas contadas, Yves Boisset, 1968)—, Freda habría afrontado el rodaje desganado y, a pesar de que ya se habían realizado las tareas de localización en México decidió darle una alegría al productor galo, Robert de Nesle, al asegurarle que los alrededores de Barcelona, cercanos a la frontera, quedarían incluso mejor que México.

Coplan (Lang Jeffries) descubre en el tacón del zapato de una colega recién asesinada un microfilm con reproducciones de varios lienzos robados por los nazis durante la Ocupación y que están siendo vendidos clandestinamente en Europa. En compañía del obtuso Fondane (Frank Oliveras) viaja a Londres donde se va a subastar uno de los cuadros. Allí puja contra una condesa (Sabine Sun) a la que siguen a México. Su primer contacto allí es con Langis (José María Caffarel) un colaborador aficionado a la crianza de ofidios y a la música de Wagner que se niega a facilitarle información. Cuando van a buscar al agente Montes (Guido Lollobrigida) a Acapulco en avioneta, sufren un atentado y Montes muere, no sin antes dejarles una nueva pista: deben localizar a Francine (Silvia Solar), la novia de un geólogo también asesinado. Por fin estamos en la buena pista: Francine estuvo fotografiando una zona en las proximidades de la hacienda de don Felipe (Robert Party) y los infrarrojos revelan que se han estado excavando una serie de túneles subterráneos. Coplan acude a la hacienda y allí se topa de nuevo con la condesa, que se ofrece a pasarse a su lado. En la propiedad hay una mina celosamente guardada, que es el origen de las galerías. Allí hay una base secreta y una reproducción del despacho oval en el que un doble del presidente de los Estados Unidos se está aprendiendo su papel para, llegado el momento, llegar mediante estos túneles a la Casa Blanca, pegar el cambiazo y provocar el colapso de la mayor potencia mundial. Así, el nacionalsocialismo volverá al poder. La operación se financia gracias a la venta de los lienzos. ¿Conseguirá Coplan abortar el diabólico plan? ¿Podrá contar con la ayuda de alguien o están todos jugando un doble juego?

 

El prestigio de su director brilla apenas en algunos planos, ni siquiera en secuencias completas, que, además, se yuxtaponen abruptamente de modo que la ausencia de transiciones convierte la continuidad en un una suerte de montaña rusa, como la del parque de atracciones de Montjuic, que debe pasar por México. La economía del rodaje impone que La Quebrada de Acapulco seas unas modestas rocas en la orilla del Mediterráneo y que los villanos que atrapan a Fondane lo metan en un almacén que no es otro lugar que el saloon de Esplugas City. Además, las escenas más espectaculares están resueltas mediante maquetas que, a pesar de la brevedad de los planos en que aparecen, cantan La Traviatta.


Algunas secuencias, como la del matadero, funcionan gracias a un ambiente logrado y a una puesta en escena que refuerza el suspense, pero en otras, como la de la habitación-prensa que amenaza con espachurrarlo, la inacción del protagonista resulta decepcionante. Poco más o menos lo mismo pasa con el descubrimiento del maquiavélico plan en la mina, transmitido por megafonía, mientras Coplan deambula como sonámbulo por un espacio vacío. En esta ocasión, al menos, la aventura adquiere un carácter tan abstracto que puede llegar a resultar atractivo en su despojamiento visual y dramático.
Al menos uno de los cortes que hemos mencionado, corresponde a la censura española. Tras la subasta del Rembrandt, Coplan y la condesa se dedican a intercambiar comentarios irónicos de doble sentido:
—Adoro la pintura. Incluso, llego a hacer algún pinito. Mi especialidad es la pintura a pistola.
—Resulta una especialidad original, Sobre todos, si se interesa por las naturalezas muertas.
—De hecho, no sólo ejecuto naturalezas muertas. También hago desnudos. Me entusiasman.


Ella le ofrece un poco de champán y la elipsis los muestra bebiendo en la cama y besándose. En mitad de la faena amatoria el estornuda. Alega alergia. Vierte un poco del contenido de un frasco en su pañuelo… y narcotiza a la condesa. La copia española salta bruscamente a este forcejeo, suprimiendo aproximadamente el primer minuto y medio de la escena.

El otro corte parece debido a la censura industrial, más que a la administrativa. Cuando llegan a México, Fondane excusa su asistencia a la cita con el agente Montes. Tiene algo importante que hacer. Durante los siguientes cincuenta segundos, cierra la puerta de la habitación, se quita la camisa y se espatarra en la cama, antes de que Coplan regrese y le diga que el tiempo de los asuntos personales ha tocado a su fin. En cualquier caso, nada de todo esto afecta a la falta de escenas de acción imprescindibles en una cinta de este tipo. El espectador cuenta con la mínima alegría de ver en funcionamiento un bastón-lanzallamas, uno de los pocos hallazgos inventivos de la cinta, aparte de su atractivo punto de partida.


De todos modos, como en el resto de las coproducciones de los hermanos Balcázar, las mayores diferencias se dan en los títulos de crédito. El futuro director Bertrand Tavernier, gran admirador del italiano, realizó la adaptación de la novela Coplan fait peau neuve y aunque las cabeceras francesa e italiana acreditan los diálogos a Christian Plume, la española afirma que tanto el guión como los diálogos son obra de José Antonio de la Loma, que probablemente se encargara únicamente de la traducción. Para acabar de enredarlo todo, Tavernier afirma que el diálogo lo iba escribiendo el propio Freda a medida que avanzaba el rodaje. [Roberto Curti: Riccardo Freda: The Life and Works of a Born Filmmaker. Jefferson, McFarland and Company, 2017, pág. 227.] Los Balcázar fueron multados de nuevo cuando alegaron cambios en el guión que ascendía a Sivia Solar a la categoría de coprotagonista y merecedora del tercer cartón en los créditos de cabecera, sólo por detrás de Lang Jeffries y del título de la película. En la copia italiana esta posición está ocupada por Sabine Sun y aún hay dos intérpretes más por delante de la actriz española, nacida en Francia, pero casada con el torero y actor Rogelio Madrid y residente en España desde finales de la década anterior.
Estrenada en febrero de 1967 en Francia y en julio en Italia, a las pantallas madrileñas no llega hasta el verano del año siguiente.

domingo, 12 de abril de 2020

espías chez balcázar (4)


Las aventuras del teniente Harry Sennett y la capitán Pat Flanagan (Anthony Esley y Diana Lorys) en Operación Goldman / Operazione Goldman (Antonio Margheriti, 1966) suponen una entrada extravagante en el corpus del euroespionaje cinematográfico. La participación de Balcázar en la coproducción con Italia incluye la participación en el reparto de Diana Lorys, José María Caffarel, Paco Sanz y Tito García, y la construcción de los sofisticados decorados de Antonio Visone a cargo de Juan Alberto Soler. O, al menos, esto es lo que atestiguan los créditos españoles. Se lleva la parte del león en la colaboración, el argumento del propio Alfonso Balcázar y el guión elaborado a cuatro manos con el ubicuo José Antonio de la Loma. Dadas sus características, parece lógico que la realización terminara en manos de Antonio Margheriti, alias Anthony M. Dawson, especialista en el trabajo con maquetas y en producciones de género fantacientífico.

 

Porque lo que empieza como la investigación sobre una serie de sabotajes en la base de lanzamiento de cohetes de la NASA en Cabo Cañaveral y la desaparición del doctor Rooney (Sanz), que estaba investigando qué ha podido fallar, termina convirtiéndose en una incusión en una ciudad submarina donde los más eminentes científicos mundiales han sido sometidos a un proceso de animación suspendida mediante congelación que permitirá al megalómano Rehte (Folco Lulli) echar mano de ellos cuando le venga en gana. Y a fe que su proyecto lo requiere: situar en la luna un cañón láser que pueda destruir cualquier parte del mundo con sólo apretar un botón. Por eso no está dispuesto a que la NASA llegue antes que él al satélite. Entre las excentricidades de la película no es la menor que el villano haya hecho su fortuna gracias a la cerveza y que el camuflaje de sus operaciones se realice mediante camionetas de reparto o que el agente Sennett prefiera convencer a sus enemigos mediante cheques de un millón de dólares con cargo al departamento del Tesoro de Estados Unidos, antes que desollarse los nudillos pegándoles mamporros.


Sin embargo, queda totalmente desaprovechado el protagonismo inicial de la capitán Flanagan, que parecía que iba a conducir la película por derroteros menos previsibles, pero que queda fuera de juego a partir del momento en que Sennett decide obrar por su cuenta y pasar a la acción, apenas cumplido el primer tercio del metraje. En el doblaje sajón se refieren a ella como la agente 36-22-36, por sus medidas en pulgadas, un chascarrillo ausente de los diálogos españoles e italianos.


Nacido en el seno de una buena familia genovesa, Duccio Tessari colabora en varios guiones apenas rompe la década de los sesenta, entre ellos los de El coloso de Rodas / Il colosso di Rodi (Sergio Leone, 1961) y Ercole alla conquista di Atlantide (La conquista de la Atlántida, Vittorio Cottafavi, 1961). Su primera película como director, Arrivano i Titani (Los titanes, Duccio Tessari, 1962), muestra ya esa ironía con la que se enfrenta a géneros populares de todo cuño que constituirán una de sus marcas de fábrica. Interviene sin acreditar en el libreto de Por un puñado de dólares / Per un pugno di dollari (Sergio Leone, 1964) y escribe y dirige su reverso: Una pistola para Ringo / Una pistola per Ringo (Duccio Tessari, 1965). Donde el personaje interpretado por Clint Eastwood ponía laconismo y conducta heroica, el Ringo de Giuliano Gemma hace derroche de locuacidad y habilidad para jugar a dos y a tres bandas. El taquillazo en Italia tiene como consecuencia inmediata El retorno de Ringo / Il ritorno di Ringo (Duccio Tessari, 1965). En ambas entregas la producción española corre por cuenta de los hermanos Balcázar y la italiana por la de las Produzioni Cinematografiche Mediterranee de Luciano Ercoli y Alberto Pugliese. Kiss Kiss... Bang Bang / Kiss Kiss... Bang Bang (Duccio Tessari, 1966) traslada tanto el esquema productivo como el registro autoirónico a las coordenadas del cine de espías. Como el primer Ringo, Kirk Warren (Gemma, por supuesto) es un criminal a punto de ser ahorcado que será liberado para que les resuelva la papeleta a las autoridades instituidas. En lugar de la frontera mexicano-estadounidense, el escenario es el Londres contemporáneo. Desde allí, si quiere salvar el cuello, Kirk deberá viajar a Suiza y neutralizar a un tal Míster X, jefe de una organización criminal que pretende “apoderarse de la fórmula secreta de un nuevo metal para construir cápsulas espaciales”. Warren recita este texto al tiempo que los jefes del espionaje británico. “¿Cómo lo has sabido?”, pregunta uno de ellos. “Es lo mismo de siempre”, contesta Tessari por boca del nuevo agente. Al fin y al cabo, el macguffin es lo de menos. La misma autorreflexividad muestra cuando, ante la proyección del documental sobre el lugar inexpugnable donde debe dar el golpe, Warren declara que prefiere los westerns.


Tras reclutar a tres especialistas en robos a cámaras acorazadas, Warren consigue la fórmula, que pretende vender directamente a Míster X por cuatro millones de dólares —uno para cada uno— en vez de la mísera pensión y los honores que le ofrece el gobierno de Su Graciosa Majestad. El trato le hará recorrer medio mundo, de Londres a Zúrich, de Cortina d’Ampezzo a Palma de Mallorca —adonde se traslada por arte de birlibirloque el parque de atracciones del Tibidabo—, en una sucesión de encuentros con personajes excéntricos y hallazgos insólitos. En la ciudad de los canales Warren escapa de los agentes enemigos en un submarino de bolsillo mientras ellos le persiguen en un coche anfibio. La fórmula es confiada a la memoria de un loro llamado Sócrates. Un cartel taurino sirve para situar la acción en Palma de Mallorca, pero va a acompañado por el recitado burlesco del “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, de Lorca. Cierto es que en la catarata de ocurrencias humorísticas, algunas pueden resultar pueriles, también que Tessari busca siempre un fantasioso correlato de imagen y sonido para todas ellas. Se lleva la palma la persecución por el parque de atracciones, por lo que de metáfora tiene de toda la película en su conjunto: la pelea en la galería de espejos deformantes constituye la guinda del pastel, pero la atracción denominada El Avión en raccord con el anuncio en el aeropuerto de la salida de un vuelo de Iberia o el jardín laberíntico son otras tantas localizaciones que remiten al juego con el espectador popular —experto en convenciones genéricas parodiadas— que constituye toda la película.


Kiss Kiss... Bang Bang se rueda a principios de la primavera de 1966 en los estudios de Esplugas de Llobregat y el 16 de mayo ya está en las pantallas italianas. Esta vez el éxito no acompaña al equipo. Puede que, como afirmaba Giuliano Gemma, la película llegara demasiado pronto:
Kiss Kiss... Bang Bang era una sátira de las películas tipo James Bond cuando James Bond funcionaba y tenía un éxito increíble. En la nuestra nos burlábamos de ellas. En resumen, era una película inteligente, puede que demasiado para el gran público. [Giuliano Gemma, citado por Marco Giusti: 007 all’italiana. Milán, ISBN Edizioni, 2010, pág, 153.]
Cuando llega a España en 1970, el reseñista de El Mundo Deportivo muestra bastante más simpatía por la cinta que sus colegas italianos cuatro años atrás:
Caricatura inteligente y llena de gracia de las películas de espías y agentes secretos. Parodia desenfada e hilarante de James Bond y todos sus compañeros de fatigas, que el director italiano Duccio Tessari ha sabido desarrollar de forma tan acertada como brillante, burlándose de las películas del género y de los héroes de pacotilla, cuyas hazañas estamos ya cansados de ver repetidas una y otra vez. [El Mundo Deportivo, 17 de mayo de 1970.]

No llega entonces al medio millón de espectadores que solían alcanzar de media las películas del filón producidas por Balcázar en España, pero tampoco es el nadir que suponen las parodias estrictas como Totò de Arabia / Totò d’Arabia (José Antonio de la Loma, 1964) o Una ladrona para un espía / Spia spione (Bruno Corbucci, 1966), que sólo vendieron en torno a doscientas cincuenta mil entradas.
El gag de apertura de Totò de Arabia , remedo del plano cenital de una moto sobre el que aparecían los títulos de Lawrence of Arabia (Lawrence de Arabia, David Lean, 1962) y en el que irrumpe Totò para inflar la rueda, es magnífico de concepción y ejecución. Por desgracia, no será ésta la tónica general. Totò queda como desplazado del corazón de la trama. Los personajes secundarios a los que se encomiendan rutinas cómicas periféricas se multiplican, dando ocasión a la intervención de Luis Cuenca, José Luis López Vázquez o Antonio Iranzo en papeles más o menos breves. Fernando Sancho, que había interpretado al sargento turco que viola a Lawrence en la película de David Lean, es ahora el jeque de Shamara Alí el Buzur. El elegante Jorge Rigaud ejerce del jefe del Servicio Secreto británico.


En Una ladrona para un espía Carlo Barazzetti (Lando Buzzanca) es un camarero que tiene la mala suerte de ir a vivir justo encima de un banco cuya cámara acorazada encierra un montón de dólares y una sortija en el que se esconde una muestra de un poderoso elemento destructor. Su torpeza hace que le despidan de su trabajo y la banda del Profesor (Guy Deghy) , que contaba con su ausencia para practicar un butrón desde su apartamento, se ve obligada a utilizar los encantos de la bella Ursula (Teresa Gimpera) para seducirlo y poder trabajar tranquilos. Los intentos por deshacerse de él una vez ha descubierto las intenciones de la banda resultan impracticables y El Profesor decide utilizarlo como señuelo cuando, una vez en la costa española, su archienemigo El Colombiano (Tito García) intente hacerse con la sortija. La presencia en el reparto de estos y otros actores españoles y el rodaje en la Costa Brava suponen la aportación de los hermanos Balcázar a esta producción en la que también están implicadas Italia y Francia y que intenta conciliar la parodia de dos géneros en boga a mediados de los sesenta: el de espías y el de atracos perfectos.